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Pintura del mexicano Pancho Flores.

Para ensayar primero hay que retomar temas sencillos, temas-becerradas, para luego lidiar a novillos y así poder enfrentarse a toros miuras de mayor peso y más peligro. Para hacer un buen ensayo «hay que haber tomado la alternativa».

Advirtamos, de una vez, que la valentía del ensayista estriba en no lanzarse a la loca, es decir, escribir lo primero que se le venga a la cabeza; no se trata de mero «arrojo». Hay que sumarle a ese impulso el «conocimiento», la verdadera valentía.

De la misma forma, hay que hacer pruebas preliminares: llevar el tema al «tentadero»: qué sabemos de él, qué tan solventes estamos, qué dificultad entraña, con qué fuentes nos movemos. Esos «tientos»,  son la investigación previa del ensayista torero. Parafraseando lo que decía Paquirri, «hay que enseñarle al tema a embestir como tesis». Los temas en sí mismos no son tesis. El buen ensayista es aquel que le enseña al tema a comportarse como tesis.

Después tiene que «cambiar la seda por el percal». Cambiar el capote de paso o lujo por el de brega. Este cambio me parece clave: pasamos de la información previa, del desfile por autores, citas y otras fuentes de consulta, a la lucha directa con el tema, al enfrentamiento directo con el toro.

Y así como en una corrida todo gira alrededor del toro, así en un ensayo, todo debe gravitar alrededor de la tesis. La tesis es la fiesta del ensayo. Si no hay toro no hay lidia, dicen los sabidos en tauromaquia; sin tesis no hay ensayo, decimos los que andamos en la lidia del ensayo.

El ensayista, al igual que el torero, debe poseer temple: no lanzarse en los primeros párrafos a decirlo todo y quedarse sin nada para el resto de la lidia. Y del mismo modo que hay temas que lo obligan a aumentar su velocidad; otros, lo instan a dosificarles la fuerza de su embestida.

Los párrafos iniciales se emplean para «fijar» o sujetar el tema. Es la brega del ensayista para que el tema responda a su propósito. Lo mejor, en estos casos, es entrar pronto a la tesis, no demorarse. Los temas que se «tardan» anuncian ensayos de baja calidad; hay que lograr que el tema se «humille» cuanto antes, que no levante el hocico de la arena, que meta el morro dentro del propósito o la tesis. También es recomendable terminar esos primeros párrafos con alguna media verónica, para que obedezca a la intención del ensayista.

Los temas para convertirse en tesis deben tener «fijeza»; es decir que presenten desde el inicio un viaje fijo sin distracciones o digresiones. No hay que hablar de todo y de nada. No hay que «desparramarse». Hay que templar el tema, sin que llegue a «inclinarse» por cualquier lado. No hay que dejar que el tema «salga suelto»; muy por el contrario, el buen ensayista hace que el tema se «aquerencie» en el centro del ruedo y acuda a cualquier cite. Además, no hay que permitir que el tema se nos «raje» desde el inicio, que no se nos vaya a las tablas o a los chiqueros. Hay que lograr que el tema no tenga «querencias» muy marcadas por las tablas, que podamos abrirlo hacia el centro de la plaza.

Semejante a los pases ayudados, dígase lo que se diga, la lidia en el ensayo consiste en no mover la tesis. Algo así como torear con suertes de «estatuario»: es decir, mantenerla con los pies juntos mientras se dan o se presentan los diversos pases argumentales.

Otra cosa: así como existen toros burriciegos: que ven de lejos pero no de cerca, de igual modo hay ideas «burriciegas» que parecen muy buenas de lejos, pero al empezar a capotearlas descubrimos que son inútiles o más difíciles de manejar de lo que pensábamos. Las ideas hay que torearlas con pases naturales: ni tan cortas, que parezcan telegráficas, ni tan largas que no se sepa a dónde llevan o cuál es su cometido.

Preferiblemente, en el último párrafo no se debe usar el descabello, no meter una frase y otra, como si no fuera suficiente la estocada o idea final que nos interesa dejar en la mente de nuestros lectores. El último párrafo  no debe necesitar de ningún verduguillo, ni mucho menos echar mano de la puntilla.

Concluido el ensayo, terminada la corrida, son los lectores quienes dictaminarán la calidad de nuestra lidia ensayística. De ellos dependerá, si sacan los suficientes pañuelos blancos, que pidan a la presidencia de la plaza las orejas, o tengamos la suerte –con su relectura– de premiarnos con la vuelta al ruedo. Y si nuestro ensayo gusta tanto, a lo mejor, será recomendado a otros y así, de alguna manera, podremos en verdad ser sacados en hombros por la puerta grande. Desde luego, el mismo público, puede gritarnos o silbar nuestra lidia, bien sea abandonando la lectura de nuestro ensayo o condenándonos al más absoluto silencio. La lidia del ensayista puede terminar en las palmas, los pitos o el silencio despectivo. Es la buena faena de escritura la que provocará en los lectores el disgusto, la censura, el abucheo, las ovaciones o las palmas.