Grabado de Escher

«Cielo y agua», grabado de Maurits Cornelis Escher.

Aunque no lo queramos, a pesar de nuestra terquedad o desazón, los cambios vienen con la propia vida. Cambia nuestro organismo, nuestras relaciones y nuestras metas. Hay cambios muy evidentes y, otros, van silenciosamente mudando su fisonomía en nuestro interior. Cambiamos de moda, de gustos, de ideas y de aspiraciones. Hay una permanente transformación en lo que somos y en el mundo que habitamos.

Siendo esto tan evidente, ¿por qué nos resistimos a los cambios?, ¿cuáles son los motivos que nos llevan a ser reactivos, renuentes y esquivos para aceptarlos? Una primera razón, si no la más determinante, es el miedo a lo desconocido, a lo nuevo. Este miedo a lo extraño o poco domesticado nos genera ansiedad, preocupación, estrés; este miedo por momentos nos ataca la voz, nos inmoviliza las piernas y los brazos o nos enconcha en el rincón de lo familiar y repetitivo. Tengamos presente que las rutinas y las costumbres nos tranquilizan, pero ellas mismas se convierten en talanqueras u obstáculos para aceptar lo desconocido. En todo caso, si son demasiados los miedos, muy poco será el campo de radiación de nuestra libertad y raquítico el andamiaje para nuestros sueños.

La otra causa de la resistencia al cambio proviene de una crianza gestada fuertemente en el apego. Son tan firmes y extensivos los lazos primeros del afecto familiar que terminan transformándose en cárceles para nuestro espíritu. Algunas familias convierten su deseo protector en una incapacidad de sus hijos para salir de los mundos sobreprotectores o cómodos. Dicha crianza crea una limitación para explorar, para aventurarse o enfrentar ambientes extraños, lejanos, inusitados. El apego crea una pátina, una envoltura nada elástica, que bloquea nuestras articulaciones emocionales y nos hace sedentarios, conformistas, anquilosados.

Una razón adicional, esta de orden psicológico, es la poca autoestima y la mínima confianza que tenemos en nuestras propias posibilidades. Si la autoestima está en déficit poco será nuestra fuerza interior para enfrentar lo novedoso, los desafíos, las iniciativas retadoras. Esta minusvalía moral nos lleva a considerarnos inferiores a las oportunidades y al continuo empobrecimiento de nuestras capacidades inexploradas. Es esa desconfianza interior la que también contribuye a no lanzarnos a innovar, a actuar de manera divergente o atrevernos a romper con nuestros propios paradigmas. La falta de fe, de autoconfianza, de reconocimiento en los múltiples talentos de que estamos hechos, frena el dinamismo del desarrollo humano, nos condena a dejar dimensiones sin cultivar o a despreciar capacidades que con seguridad nos abrirían posibilidades personales, laborales o de otra índole. La poca autoestima, por lo demás, nos convierte en pábulo del que dirán, del rumor a la crítica adversa. Todo esto contribuye a que busquemos más la aceptación de la mayoría que un genuino encuentro con la geografía mutante de nuestro proyecto vital.

Creo, de igual modo, que la resistencia al cambio tiene mucho que ver con una sobredimensionada forma de apreciar los riesgos y las pérdidas. Nos atenaza el alma el temor a fracasar. Hemos sobredimensionado el éxito. Es claro que los cambios comportan un riesgo; no es fácil saber si todo va a salir bien o los resultados serán favorables. No obstante, como lo sabe la sabiduría popular, “quien no arriesga… no consigue nada nuevo”. De allí que se necesite un poco de valor para enfrentar los cambios; un valor que a veces toma la forma de la tenacidad o la persistencia, y que siempre contiene una buena dosis de optimismo para alcanzar determinado cometido. La persona que se atreve a cambiar, que asume esa nueva piel, necesita tener en su corazón la fortaleza suficiente para enfrentar la adversidad o los equívocos del primer intento. Y si las cosas no salen como se imaginaba, tendrá que levantarse, intentar otra vía y continuar en su aventura personal. Quizá al final, descubrirá que ese riesgo era algo menor comparado con la conquista de su nueva condición.

Cabe señalar otro motivo: nuestra dificultad para adquirir nuevos hábitos, la falta de voluntad para imponernos una disciplina o romper con prácticas que a todas luces nos amodorran o nos llevan a la inercia. En muchas ocasiones no logramos asumir los cambios porque ellos nos demandan la adquisición de otras habilidades, de ciertas destrezas, de determinados saberes, y estamos tan limitados por lo que ya conocemos o por las rutinas inveteradas que no tenemos la suficiente tenacidad para volver a aprender o, si ya tenemos bastantes años, para empezar a desaprender. Los viejos hábitos terminan por minar la motivación a las nuevas iniciativas y todo queda en impulsos sin continuidad o en conatos de hacer innovaciones de largo aliento. Y si a eso le sumamos una ausencia de planeación, de constancia en el tiempo para determinado propósito, lo más seguro será el desánimo rápido o un estar a tientas recomenzando lo que nunca somos capaces de terminar.

Digamos para ir cerrando que las pocas habilidades sociales para contar con aliados o cómplices que apoyen o secunden nuestros proyectos innovadores son una razón adicional de la resistencia al cambio. Sabemos que un cambio depende principalmente de nosotros, pero si tenemos al lado un “cómplice”, un colega o un compañero de aventura, será más fácil enfrentar las dificultades o el cansancio para la nueva empresa. Es muy importante al momento de lanzarnos a escalar altos desafíos tener una voz de aliento, una mano amiga, un estímulo o un llamado de atención para no claudicar. Son esas voces y esos brazos los guardianes de los cambios que nos hemos propuesto. Por lo mismo, saber elegir a esas personas, cultivar su confianza, mantener esas relaciones, se convierte en una poderosa fuente de reserva para conquistar nuestros objetivos más retadores. Dichos “aliados” son una especie de certeza cuando navegamos por los mares de la incertidumbre.

Frente a todas estas resistencias, quizá la mejor de las estrategias para combatirlas sea un espíritu y un carácter flexibles. Una mente predispuesta a luchar cada día con esas pequeñas certezas y esas ansiadas seguridades que nos hacen tan obcecados, tan tercos, tan duros para asumir lo nuevo, lo diferente, lo inédito. Quien no tiene un corazón atento o preparado para lo nuevo, siempre estará resistiéndose a lo inevitable. Es en nuestra manera de asumir o enfrentar la existencia, en la forma como resolvemos las crisis o los problemas, donde encontraremos la clave para identificar porqué somos tan reactivos ante los cambios.  Y si de veras queremos ser más proactivos, más sinérgicos, más propositivos ante nuevas maneras de ser, actuar o pensar, tendremos que hacer varios ajustes en nuestra interioridad. Porque enfrentar los cambios no es otra cosa que aprender a vivir.