Un rayo de luz entra por el resquicio de la ventana. Esplendoroso. El sol ha querido esta mañana darme ese regalo. La luz ha seguido rauda, inmediata, por encima de mi cama, tocó la esquina de un armario de madera y fue a estrellarse contra una pared de cemento. Allí se quedó mirándome y se mantuvo maravillado, supongo, del brillo de mis ojos. Luego se alejó por donde vino, despacio, muy lentamente, dejando tras de sí una estela amarillenta. Me quedé un tiempo en el lecho contemplando la magia de la luz, la fuerza de la vida, el regalo astral de ese día. Después me puse de rodillas sobre el lecho, abrí una de las hojas de la ventana y miré hacia las montañas. Aún quedaban rezagos de neblina en la parte más honda de la serranía, pero los grandes árboles ya habían dispuesto sus ramas para el canto de los pájaros. Una algarabía maravillosa entró también a mi habitación; gorjeos, trinos, melodías, decoraron parte de las vigas y se miraron en un espejo que había sobre la mesa. El sonido hizo que mi corazón se pusiera a tono con mi mente. También las gallinas sintieron sobre sus plumas los rayos del sol y comenzaron a bajar de un guanábano que les servía de dormitorio. Los gallos fueron los únicos que prolongaron con su canto el mensaje del sol: su quiquiriquí repetido convirtió el mensaje previsto para los ojos en un anuncio para los oídos. Este es un misterio de estas aves de cresta roja: transforman los rayos de luz en ondas de sonido. Por eso son símbolos de resurrección, porque logran mudar la materia de las cosas. Por eso están encima de las torres y por eso son buen augurio en momentos en que los hombres andan a tientas en las noches de su espíritu. Quiquiriquí… Mis ojos fueron más lejos, delinearon las montañas de otra vereda, subieron hasta el cielo que esa mañana estaba azul, muy diáfano en su textura, y volvieron a bajar hasta un sembrado de maíz y tomaron, imaginariamente, el camino real hasta llegar a la casa de don Manuelito y, de allí, bajaron hasta la zanja del Peñón y de un salto entraron por la puerta donde yo estaba arrodillado. Mis ojos me vieron la espalda sin que me diera cuenta. Fue por unos segundos. Porque al sentir mis propios ojos mirándome me di cuenta enseguida que debía voltearme para no quedarme ciego. Ese reencuentro fue un choque de luz iridiscente. Me senté en el lecho y puse mis pies en el cemento frío. Debajo de la cama seguía la noche. Allí la luz no había querido entrar o de manera esquiva ignoró mis zapatos y unas chanclas tendidas sobre una piel de venado. Quizá los venados muertos son un antídoto contra la luz, vaya uno a saber. El frío del cemento me devolvió la conciencia de que estaba de vacaciones, en la casa de mi niñez. Así que, sin pensarlo dos veces, a pie limpio abrí la puerta y salí a recibir con todo el cuerpo la luz del sol, el trinar de los pájaros y el canto de los gallos. Pero fueron las manos de mi tía las que me recibieron con un saludo de bienvenida, de buenos días, de si durmió bien, de si descansó, todo eso aromatizado con un pocillo de café oloroso a viejos recuerdos y nombres maravillosos: Caracolí, La Guásima, La Peña, Aguas Claras, Lomalarga… Vi un asiento naranja y allí me ubiqué. Los perros, siempre innumerables, fueron a juntarse a mi lado, moviendo la cola o poniendo sus hocicos como una mano húmeda. El humo de la cocina dio una pequeña vuelta y vino a saludarme de manera rápida antes de que la brisa mañanera lo alejara de mi lado. El humo y la brisa siempre han tenido sus rencillas en estas tierras hermosas, en estos parajes donde transcurrió mi niñez. Mi infancia más querida. En todo caso, mientras estaba sentado volví a mirar hacia las montañas y vi las palmeras y los grandes peñascos y divisé, o quizá lo soñé, que iban subiendo varias recuas de mulas y dos hombres, con sombrero, las iban arriando con un sonido seco y potente: ¡mula!, ¡mula! Gritaban. Y las bestias avanzaban con su carga de piña, porque eran piñas las que llevaban, de eso me di cuenta de inmediato, porque aunque el camino real estaba distante, era tal el aroma de esas frutas, que embargaba todo el bosque. O fue porque en ese momento mi tía me acercaba en un plato dos rodajas de piña: ¡coma, mijo! Cómo huelen las piñas en la mañana, justo después de que una peinilla tres canales les quita su cáscara de ojos y las deja desnudas para que puedan servirse en rodajas, así limpias en su propio jugo… Las manos tomaron una de las rodajas de piña pero los ojos volvieron al camino real a ver si seguía la romería de mulas… Pero ya estaban llegando bien arriba de la Señora Josefina, y no quedaban sino el reguero de boñiga de las mulas y el aserrín de los gritos de aquellos arrieros venidos del fondo de las montañas… Ahora los pavos y las gallinas, los palomos, los marranos entraron al concierto de sonidos. Mi tía trató de conjurarlos llamándolos a desayunar: ¡tico, tico, tico…! , les entonaba, a la par que sacaba de una totuma manotadas de maíz, esparciendo ese alimento como si fuera una lluvia amarilla… Plumas, gruñidos, zumbidos, bullicio, todo eso se desataba a los pies de mi tía, que ese día, como otros tantos, tenía un vestido lleno de flores. Los pasos largos de mi tío hacía tiempo habían llegado de despertar el rocío de los potreros y ahora, después de ordeñar, le entregaba una totuma con leche espumosa a su mujer, que estaba dándole vida con sus manos a las arepas y los plátanos, a la carne frita y el chocolate caliente, en medio del crepitar de la leña y el incesante zureo de los palomos… ¡Qué maravilla observar esas escenas tan sencillas y, a la vez, tan pletóricas de fuerza vital, de plenitud campesina! Creo que me quedaba extasiado contemplando estos paisajes del amanecer largos minutos, tantas veces como días tenían mis vacaciones. Porque ir a Capira y ver amanecer era sentir de nuevo la vida renacer a manos llenas, porque era una forma de recibir la libertad en mi pecho y llenarme de una alegría capaz de convertir el encierro citadino en cosa baladí. Allí, en esos momentos, observando y escuchando de nuevo cómo se gestaba el génesis de la vida, yo me sentía, aunque todavía muy pequeño, un gigante, un héroe poseedor de esos misterios. Un ser dotado de leyendas, poseedor de un mito que aún hoy, después de más de 60 años, sigue intacto en mi mente y rebosante de luz en mi corazón.