Me gusta que lleguen las fiestas navideñas, me encanta ese colorido que va destellando en las casas o en los almacenes comerciales, me conmueve la fraternidad que abunda en los hogares. Y qué mejor manera de exaltar dicha alegría interior que elaborar un libro centrado en esta temática, teniendo como eje el ritual de las novenas y sus símbolos adyacentes. De eso trata, entonces, mi nueva obra Es tiempo de navidad.
El libro está organizado en cuatro partes. La primera de ellas, incluye reflexiones sobre los significados de la novena, las consideraciones y las peticiones que allí se realizan; no desde una perspectiva histórica, sino explorando en su significación cotidiana y en los sentidos de este ritual familiar que renueva los vínculos afectivos. La segunda parte del libro, la más abundante, contiene 32 pequeñas “consideraciones” que pueden leerse durante el novenario o convertirse en motivo de conversación para que la celebración de la novena sea, en verdad, un modo de propiciar el diálogo y el encuentro alrededor de esta tradición compartida. Entre la variedad de consideraciones se abordan asuntos como el agradecimiento, la reconciliación, el cuidado, la amistad, la fragilidad, el respeto, la confianza, la sencillez, la comprensión o la paz. Cada persona o cada grupo familiar sabrá elegir cuáles de esas consideraciones son las más necesarias para cada día de la novena o usarlas como motivo para la “meditación” posterior al evento. La tercera parte se ocupa de algunos de los símbolos propios de la Navidad: el pesebre, el árbol, la cena, los mensajes de felicitación, la estrella de Belén. Una vez más, el objetivo de estas meditaciones es indagar en su significado profundo o en lo que tienen de fuerza trascendente. La cuarta parte de la obra recoge un quinteto de aproximaciones que ha hecho la poesía a la época navideña, destacando en cada caso un evento, un objeto o un sentimiento. El libro se cierra con un cuento que recoge y recrea la costumbre infantil de esperar los regalos del niño Dios.
Decía que esta obra es un homenaje a la Navidad y, muy especialmente, a los ritos, costumbres y simbolismos de un tiempo en el que la concordia y la alegría impregnan con su entusiasmo el corazón de las personas y aviva el fuego en los hogares de las familias. El conjunto de textos desea ofrecer un mensaje optimista y esperanzador en una época en la que todo parece llevar al pesimismo, la desesperanza y a una desvertebración de los vínculos humanos. Lo que me ha animado a escribirlos responde a una convicción: no podemos dejarnos derrotar por las múltiples manifestaciones de la muerte, por el odio o por una banalidad reinante que le quita a nuestro corazón la posibilidad de lo posible o lo maravilloso. De allí que el libro refrende la importancia del núcleo familiar e intente ampliar nuestros brazos de lo fraterno hasta tocar al vecino o a ese desconocido del cual sólo sabemos su necesidad o su gesto adolorido.
Y si bien el motivo principal de las reflexiones proviene del ritual de la novena de aguinaldos, lo cierto es que he pretendido celebrar con esta obra, no solo la fuerza sagrada de una devoción, sino refrendar de igual modo los lazos de la fraternidad y exaltar la magia proveniente de los prodigios cotidianos, sin la cual es imposible que aflore el milagro y la renovación de la vida. Por eso también he subrayado en muchas páginas las bondades del dar, la satisfacción interior que produce la hospitalidad y la importancia de disponer el corazón para “ser sembradores de luz” y permitirnos recuperar, al menos durante un tiempo, el asombro de la infancia.
Este libro continúa la serie de publicaciones sobre el tema del cuidado. En este sentido, puede emplearse como una serie de meditaciones para revisar nuestra existencia desde la perspectiva del simbolismo de la fiesta, lo sagrado y los ritos familiares o un medio para “hacer una pausa” y enaltecer cosas cotidianas como una cena, un reencuentro, un humilde regalo o una visita inesperada. Aunque de igual modo, considero que este libro resulta ser un significativo obsequio de lectura mediante el cual se invite a otras personas a contrarrestar el apabullante pesimismo, convertir en realidad la sensibilidad social, y renovar en sus corazones la generosa actitud de la alegría del espíritu.
Es sabido que la escritura no solo es un instrumento para relacionarnos con los demás, sino también una poderosa mediación para transformar el pensamiento. Cuando escribimos nos comunicamos con otros, pero, de igual manera, entramos en relación con nuestra mente. De esta última utilidad de la escritura es que deseo hablar en los párrafos siguientes.
Es probable que no nos percatemos de las operaciones cognitivas que suceden cuando escribimos. Tal vez no advirtamos lo que la escritura le ha permitido a nuestro cerebro. Walter Ong decía que al escribir objetivamos el pensamiento; lo podemos ver y, al hacerlo, logramos tomar distancia de nuestras ideas, comprenderlas, darnos cuenta de sus entretelas, apreciar su forma de manifestarse. Y sabemos que esa propiedad de la escritura fue clave para que se desarrollara el análisis, la argumentación, el pensamiento lógico. De allí que sea tan útil echar mano de la escritura cuando se quiera mejorar nuestra forma de pensar. Ella misma ayudará a percatarnos de las falencias, las incoherencias, o la consistencia de nuestras ideas. Al ver lo que produce nuestro cerebro, al tener la evidencia de ese producto, la escritura se convierte en una herramienta muy eficaz para evaluar o sopesar el alcance o limitación de nuestras ideas; se transforma en un yunque que contribuye a “templar” o “pulir” las operaciones intelectivas. Cuanto más escribimos mejor cuenta nos daremos de la vaguedad de lo que expresamos, de su poca ilación o de nuestra incapacidad para darle extensión y consistencia a una opinión, un juicio o una propuesta. Tal constatación se convierte en una poderosa auditoría sobre nuestro tipo de pensamiento; es decir, logramos constatar si está plagado de lugares comunes, de limitadas y conocidas razones o si, por el contrario, tiene motivos suficientes para volar alto y decir cosas novedosas o dignas de interés.
Pero, además, cuando nos adentramos en la escritura descubrimos que ella misma nos exige ejercitar otros recursos cognitivos, otras operaciones reflexivas a las que no estamos habituados o que hemos descuidado: inferir, relacionar, hacer conjeturas, argumentar, sacar conclusiones, disociar, estructurar, hacer síntesis. Todo ello se pone en movimiento cuando escribimos. Consignamos una idea y, para avanzar a la siguiente, tenemos que pensar si deseamos ampliar, derivar, contrastar completar o contradecir el anterior enunciado. Tal reto a nuestro entendimiento se complejiza aún más cuando nos abocamos al segundo párrafo y tenemos que responder a la coherencia, a la continuidad lógica, a la exposición estructurada. Cada momento la escritura nos somete a dar cuenta de lo mismo que expresamos; nos obliga a meditar, a observar con detenimiento los asuntos o las cosas, a vencer el inmediatismo de la charlatanería o la sinrazón.
De igual modo, resulta interesante descubrir cómo la escritura contribuye a diversificar nuestras formas de enunciación. Porque no es lo mismo escribir un cuento o un ensayo, que un poema, una reseña, un resumen o un informe. Cada tipología textual hace que nuestra mente diversifique sus maneras de expresión, enriquezca sus esquemas cognitivos, multiplique las posibilidades de decir lo mismo desde diferentes enunciaciones; se obligue a ser plural y no condenada a una única vía comunicativa. Escribir, entonces, es prefigurar un lector, una audiencia y, al mismo tiempo, es saber elegir el mejor recurso para abordar un determinado contenido. Esta variedad textual dota a nuestro cerebro de cierta plasticidad que le permite hacer correspondencias entre cosas diversas, establecer simbiosis, analogías, sinestesias; de elaborar traducciones y lograr la habilidad del multiformismo. Lo interesante de este abanico de recursos es que nutre a nuestro entendimiento de unos atributos cognitivos con gran utilidad para la creatividad y la innovación.
La escritura, en cuanto registro de los hechos vividos, es también un valioso documento de nuestras acciones, nuestras ideas, nuestras iniciativas. Al dejar constancia de las peripecias de una vida tenemos la posibilidad de convertirnos en arqueólogos de nuestro pasado y, a la vez, en hermeneutas del relato de nuestra historia. Al escribir dejamos marcas, evidencias, huellas visibles de lo que vamos siendo en nuestro paso por el mundo. Dotamos de sentido nuestra consistencia temporal. Más tarde, esas mismas escrituras servirán para reconstruir los hitos, los acontecimientos, los incidentes críticos de nuestra existencia o conformarán un itinerario preciso, unas coordenadas de nuestra autobiografía intelectual que nos permitirá revisar de qué manera fue nuestra relación con el conocimiento, con la tradición de un saber o con el legado que llamamos “la cultura”. Pero no solo esto; al tener esos registros, al transformarnos en documento, se contará con un medio de soporte para la prospectiva existencial o para darle un horizonte de expectativas a nuestro proyecto vital. Así que, la escritura contribuye a tener una mirada crítica sobre nuestro pasado, al tiempo que vislumbrar paisajes desconocidos sobre nuestro futuro.
Sumado a lo anterior, en la medida en que se aumenta la producción escritural o se va elaborando un cúmulo de diversas obras (de uno u otro género, de diferente tipología textual), ese mismo capital escrito sirve de referente en dos sentidos: tanto para seguir avanzando sobre determinada temática, motivo o asunto; como para obligar a la mente a no decir lo mismo después de un tiempo considerable, a buscar otras alternativas, otros caminos de solución a algo que se había pensado con anterioridad. Quien tiene algo escrito, si desea seguir reflexionando o creando sobre dicho asunto, no tendrá que partir de cero; la propia escritura se vuelve un detonante o una huella de la meta ya alcanzada. Y, al mismo tiempo, pone a la mente en el reto o la necesidad de decir otra cosa, de innovar, de no caer en la repetición expositiva o la monotonía intelectual. Cada producto, cada texto escrito dice “hasta aquí he llegado” y, a la vez, genera el desafío cognitivo de responder a la pregunta de “¿ya no queda más por decir?”; o si es posible derivar, disociar, objetar, precisar o profundizar sobre un asunto, una historia, una situación o determinada problemática que nos interesa. La escritura, entonces, permite hallar unas dendritas para las conexiones próximas y es una espuela o aguijón para incitar o provocar producciones inéditas, diferentes, innovadoras.
Otra bondad de la escritura es la de provocar o mantener la continuidad del pensamiento. Si hay esa voluntad por escribir de manera continua, si se mantiene en vilo una preocupación, un campo de curiosidad o una parcela intelectual, lo más seguro es que se mantendrá ocupada la mente en tales asuntos y, con ello, estarán activas las diferentes funciones de la inteligencia que, si se las estimula con asiduidad, avanzan no de manera aritmética, sino geométrica. Porque lo común es lo episódico del pensar, lo frecuente es la intermitencia al abordar una temática; pero si la escritura tiende esos puentes, poco a poco se van creando hábitos de reflexión más profundos, más fuertes en sus resultados, más vigorosos en su modo de abordaje o comprensión. Si se tiene en la cabeza un proyecto de escritura la mente “siempre estará ocupada”, encontrará filiaciones, hará sendas por caminos poco o nada transitados. La continuidad regula la atención, prorroga los descubrimientos en el tiempo, agudiza la memoria, dota al espíritu de cierta constancia o un talante reiterativo para enfrentar lo difícil, lo complejo, lo enrevesado o desesperadamente complicado. Hay una semilla de perennidad que la escritura arraiga en la mente de quienes la frecuentan, una forma de pensar en la que abundan los encadenamientos, la imbricación de todo tipo de signos, la capacidad cognitiva para estar en constante reanudación. Cada escrito terminado origina una serie de resonancias intelectuales que provocan nuevas ideas, gestándose así una prolongación de las preguntas que llevaron a tal síntesis parcial y que, siguiendo esa tensión del pensar, aspiran a conquistar nuevas tesis que incentiven otras antítesis en un genuino proceso dialéctico.
Y ni qué decir del beneficio de escribir para expresar libremente la subjetividad o de hacer pública la propia voz. Esta dimensión de la escritura se asocia mucho a lo que Kant, en la perspectiva del desarrollo moral, llamaba la “mayoría de edad de la razón”. Es decir, de un pensamiento que puede liberarse de ser sólo la réplica de voces foráneas o de una sumisión a lo ya dicho o protegido por una auctoritas incuestionable, para lanzarse a pensar por cuenta propia, sin muletas o cabestros, ese calificativo que tanto le gustaba usar al maestro Estanislao Zuleta. La escritura otorga ese salvoconducto para entrar a esos territorios vedados de la intelectualidad, lo teórico, del mundo de las ideas, en los que pareciera que únicamente acceden los científicos, sabios y eruditos. Sin embargo, así sean reducidos los productos escritos que se hagan, lo cierto es que ya son la toma de posesión de una mente particular en el concierto de otras obras del pensamiento. Esto es algo que merece celebrarse porque muestra el carácter propositivo de los seres humanos, y es un avance en el desarrollo de las condiciones básicas dadas por la naturaleza. Al escribir potenciamos y activamos, en clave particular, las funciones latentes del pensamiento.
Como puede evidenciarse, la escritura es más que un ejercicio de redacción; se trata, en verdad, de un proceso superior del pensamiento con enormes beneficios para la reflexión, la introspección, la capacidad de juicio, la innovación y la producción personal de las ideas. Mal haríamos, por tanto, en reducir el escribir a un simple ejercicio de destreza gramatical cuando en verdad lo que dinamiza o cualifica son los esquemas con que opera nuestra mente y su incidencia en la producción de conocimiento.
Óscar: Para que vea, yo soy la prueba de que los milagros existen.
Joaquín: No, en serio, casi no podemos sacar el tiempo para tomarnos un cafecito…
Óscar: En algo ayudó el bajón de la pandemia, y que ya acabé de dictar un Seminario con monjitas, en Fusagasugá.
Joaquín: Tú siempre andando entre sacerdotes y monjas… ya casi eres un cura.
Óscar: Ofertas me hicieron, pero yo no sirvo para estar encerrado en un convento.
Joaquín: Además, con ese espíritu tuyo tan poco obediente…
Óscar: Joaquito, digamos más bien, con un espíritu libre como el viento…
Joaquín: ¿Y sobre qué era el Seminario? Si se puede saber…
Óscar: Sobre las bondades del diálogo…
Joaquín: ¿Y por qué no invitó? Me hubiera apuntado; y de paso me hubiera echado una calentadita.
Óscar: Era un evento cerrado. No para pecadores como tú…
Joaquín: Pues cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte…
Óscar: ¿Y dónde estás aprendiendo ahora esas citas bíblicas?
Joaquín: No sólo los que hablan con monjas son los que echan mano de San Pablo…
Óscar: Sorpresas nos dejó esta pandemia… Mi querido Joaco ahora leyendo la Biblia…
Joaquín: Sólo me gloriaré de mis flaquezas… Bueno, pero no me envolates lo que te pregunté: ¿sobre qué trataba el Seminario?
Óscar: Pues del significado que tiene el diálogo y su importancia para todos aquellos que se sienten llamados a servir o aconsejar a otros.
Joaquín: ¿Y eso fue por qué?, ¿cuál era el motivo de ese encuentro?
Óscar: Hacía parte de una lectura atenta de la encíclica del Papa Francisco Fratelli tutti…
Joaquín: ¿Es decir?
Óscar: “Hermanos todos”.
Joaquín: Interesante. ¿Y tú eras el único invitado?
Óscar: Había otros conferencistas, varios sacerdotes jesuitas. Yo era el único laico…
Joaquín: ¿Comprometido?
Óscar: Sí, señor, con Marilyn, la que tú conoces…
Joaquín: Pero dejando la broma a un lado, yo sí creo que lo del diálogo es un asunto de gran importancia para los seres humanos. Fíjate, todos estos meses, casi años, encerrados, sin la posibilidad de reencontrarnos, de darnos un abrazo, de sentir a nuestros amigos o seres más queridos al lado, no fue una cosa de menor importancia. No creo que las pantallas o las breves reuniones por un monitor suplan el calor y la emoción de estar frente a frente con quienes más queremos o más necesitamos.
Óscar: De acuerdo. Parte de los cuadros depresivos de muchos conocidos tiene que ver con eso, precisamente. La falta de contacto entre los seres humanos fue como un retroceso en nuestro avance de socialización.
Joaquín: Y no sé si te has percatado de lo que ha venido después: una especie de reacción agresiva ante cualquier contacto, un desfogue en la violencia, una furia interior difícil de explicar.
Óscar: Sí, puede ser una consecuencia de haber estado enclaustrados a la fuerza. Como las calderas, pero sin ese desfogue por donde sale el vapor que evita la explosión.
Joaquín: Basta analizar el caso nuestro. Aunque contábamos con celular, WhatsApp y zoom, y nos hablábamos con frecuencia, pues añorábamos estar compartiendo este café, aquí juntos, uno al lado del otro. No sé a ti, pero dialogar contigo es una manera de reiterar el afecto, la amistad de tantos años, la certeza de la fraternidad.
Óscar: Igual pienso. El diálogo es el modo como se gesta y se reafirma la cultura del encuentro, que entre otras cosas es una idea del Papa Francisco en su encíclica.
Joaquín: El encuentro, sí señor. Pero mucho más fuerte es en el reencuentro; reencontrarse es una especie de alegría, como cuando uno se topa de pronto con algún dinero que dejó olvidado en un pantalón… Es una manera de ratificar cosas, de subrayar los vínculos o de actualizar el pasado para darle sentido al presente.
Óscar: Insisto en que la pandemia te dejó secuelas teológicas y filosóficas.
Joaquín: Aunque se burle, y usted sabe que me gusta la filosofía, lo cierto es que el aislamiento va minando el espíritu, lo va opacando o quitándole la luz que proviene de un otro que está fuera de ti.
Óscar: El Papa habla de encuentros reales, de que dialogar es “darle tiempo” a otro; de tomarnos en serio a los demás…
Joaquín: ¿Lo del prójimo?
Óscar: Lo del próximo, como le gusta decir a él. Dialogar es romper lejanías de toda índole, es abrir el corazón o, para recordar algo de lo que dije en el Seminario, es una capacidad para “trascenderse en una apertura a los otros”.
Joaquín: Me gusta esa idea de la trascendencia vertida hacia lo humano.
Óscar: Es que, para dialogar, hay que salir de uno mismo, en el sentido de dejar en remojo las propias creencias, las propias ideas, para que sea posible escuchar lo que otra persona trata de decirnos. Porque a veces no dialogamos, sino que monologamos o queremos imponer a los demás lo que pensamos. Trascenderse es romper el cascarón del propio mundo para dejar abierta la posibilidad de lo inédito o lo inesperado…
Joaquín: Además, al otro ser humano debo considerarlo valioso; considerarlo importante, digno, para sentarme a dialogar con él.
Óscar: Así es… y por eso el Papa habla de hospitalidad, de ese don para encontrarse con la humanidad de otro o de otros…
Joaquín: Me gusta esa idea, así no haya leído la encíclica, eso de que dialogar es como ser capaz de hospedar la palabra del otro.
Óscar: Tú, siempre sacando provecho de tus buenas lecturas de poesía…
Joaquín: Para algo deben servir los años que he releído a Pedro Salinas, el gran conocedor de las minucias del tú y el yo…
Óscar: Ilumíname, querido amigo, con algunos de esos versos que cargas en tu mente como si fueran un equipaje lírico.
Joaquín: “Ven a mi desde ti, no desde tu cansancio de ti…” “Que hay otro ser por el que miro el mundo porque me está queriendo con sus ojos…” “Mundo, verdad de dos, fruto de dos…”
Óscar: “La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida”.
Joaquín: Pues parece que el religioso también tuvo su conversión por la poesía…
Óscar: No, Joaquito, es un verso de Vinicius de Moraes que trae a colación el Papa cuando habla de la nueva cultura del poliedro…
Joaquín: Ahora sí tienes que explicarme eso con plastilina, y despacito.
Óscar: Lo que sucede es que el Papa echa mano de esta figura para hablar del modo como debemos hoy entendernos, sin en verdad nos interesa la convivencia pacífica. Se trata de comprender que el mundo o la sociedad actual tiene multitud de caras, puntos de vista diferentes y que, si lo miramos bien, se iluminan recíprocamente. No es que haya unos lados más importantes que otros. Él lo expresa, si mal no recuerdo, así: “nadie es inservible, nadie es prescindible”. Entonces, dialogar es ser capaces de reconocer esas diferentes caras del poliedro, reconocer al distinto, permitirse cambiar de perspectiva.
Joaquín: Y la luz de una cara puede iluminar la sombra de otro rostro.
Óscar: Sí, ese es como el sentido. La riqueza está ahí: hay que permitirle a nuestro oído que resuenen distintas voces… Detrás del poliedro está una crítica a los fundamentalismos excluyentes y los fanatismos de todo tipo.
Joaquín: Pero para eso se requiere ser flexible, ¿no crees?
Óscar: Sí, y de eso también habla el Papa en su encíclica… Es difícil dialogar con alguien que tiene duro el espíritu, calcificado el pensamiento de solo mirar por una cara del poliedro… ¿Y sabes de qué otra condición para dialogar habla Francisco?
Joaquín: ¿De cuál?
Óscar: De la amabilidad. “La amabilidad como liberación de la crueldad…” La amabilidad que no solo permite, sino que estimula el afecto entre las personas, el nacimiento de los vínculos.
Joaquín: Yo creo que esa amabilidad de igual modo crea las condiciones para que se cree la confianza. Sin confianza es casi imposible que un diálogo sea genuino o que alcance la hondura de lo humano.
Óscar: De acuerdo. Cada vez me convenzo más de una cosa: para alcanzar el umbral de la confianza se requiere tiempo compartido con la otra persona, es vital acceder a los itinerarios de su historia y eso demanda sentarse tranquilamente a conversar, dejando que fluyan las palabras, pero también dándole espacio a los silencios…
Joaquín: Y ni qué decir de la discreción, que es como el ángel guardián de las confesiones y los secretos compartidos. Hay muchos diálogos fracturados precisamente por eso, porque la confianza fue desmoronada por la imprudencia, por no frenar la lengua o por la falta de cuidado de ese otro ser.
Óscar: La confianza es una manera de entregarle a otro nuestra fragilidad, y crece en la medida en que salvaguardamos sus secretos, su vida privada.
Joaquín: Asunto que en nuestra época parece en contravía de lo ventilado a diario como trofeo por los medios masivos de información y lo que, con saña y venganza, se divulga en las redes sociales.
Óscar: Hemos ido dejando que lo privado sea secuestrado por el afán de notoriedad.
Joaquín: Asocio lo que dices con otro ambiente propicio para el diálogo, me refiero al respeto. Un valor que cada día nos está resultando difícil de practicar o testimoniar.
Óscar: Pienso que somos irrespetuosos porque, muy en el fondo, el otro no nos importa, porque es alguien que no merece nuestra consideración. Se ha ido perdiendo esa dimensión sagrada de lo que es una persona. No nos importa ni su edad, ni su experiencia, ni sus sueños, ni sus problemas.
Joaquín: Para respetar a otro se requiere sentirnos corresponsables de su existencia, de su historia. Y al no respetarlo, rompemos su autoestima y, con ello, generamos el resentimiento, el odio.
Óscar: De pronto esta época de la prisa y del consumo masivo en que vivimos nos ha vuelto sordos para escuchar la singularidad de las personas…
Joaquín: Sabes que sí, ya nadie quiere ni tiene el tiempo para escuchar a otro, llámese colega, familiar o vecino.
Óscar: El Papa advierte que, por esa falta de escucha, es que hemos ido perdiendo la sabiduría. Tengo acá en mi agenda de notas del celular, una de las frases que usé durante la presentación. ¿Te interesa escucharla?
Joaquín: Sólo oídos…
Óscar: “La sabiduría no se fabrica con búsquedas ansiosas por internet, ni es una sumatoria de información cuya veracidad no está asegurada. De ese modo no se madura en el encuentro con la verdad”. Y el Papa afirma que esa verdad brota, precisamente, del diálogo, “entre espíritus libres y dispuestos al encuentro”.
Joaquín: No sé dónde leí, pero me acuerdo de un filósofo que dijo que “se aspira a la sabiduría frotando y limando el cerebro propio con el de otro”.
Óscar: Sí, esa fue también la apuesta del viejo Sócrates, ¿no?
Joaquín: Y fue mediante diálogos como Platón nos enseñó a buscar la sabiduría.
Óscar: ¿Sabes otra idea que trabajé con las monjitas? La del diálogo como síntesis superadora…
Joaquín: De nuevo la plastilina, por favor…
Óscar: Que dialogar no es sumar diversas opiniones, sino llegar a un punto en que las diferencias se enriquecen iluminándose recíprocamente, en que la complementación es superior a mis ideas o las tuyas. “El todo es más que la mera suma de las partes”. La síntesis superadora es el nosotros.
Joaquín: ¿Y cómo respondieron las monjitas a tus reflexiones?
Óscar: Receptivas, propositivas, con excelente escucha…
Joaquín: Mi tía Purificación, que fue educada por monjas, decía que las monjitas eran las que le ponían la carne al espíritu del evangelio.
Óscar: Yo he comprobado en ellas su vocación de servicio, su dedicación a curar las heridas de su prójimo… Y ahora que lo recuerdo, el Papa Francisco dice eso en la encíclica, “el servicio es, en gran parte, cuidar la fragilidad”.
Joaquín: Bueno, como sé que tienes otros compromisos, y ya hemos repetido la dosis de café, qué tal si me compartes algunas de esas otras frases que sirvieron de motivo inspirador para tu Seminario.
Óscar: Mi estimado Joaco, se nota que me conoces bien… Te las voy a leer para que las rumies mientras vuelves a tu apartamento o para que sirvan de aperitivo a nuestro próximo “reencuentro…”
Joaquín: Aceptada de una vez la invitación.
Óscar: Va la primera: “El diálogo persistente y corajudo no es noticia como los desencuentros y los conflictos, pero ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que podamos darnos cuenta”.
Joaquín: Qué cierto. El diálogo no es noticia; sube más la audiencia cuando se habla del conflicto y de la polarización.
Óscar: Sigo, con mis frases destacadas…
Joaquín: Ay, sí, qué pena, vuestra reverencia.
Óscar: “Nos hemos empachado de conexiones y hemos perdido el sabor de la fraternidad”.
Joaquín: Como quien dice, mucha información, pero poca comunicación.
Óscar: Y la última, que bien parece un homenaje a nuestro diálogo de esta tarde: “La vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentros”.