Las guacharacas incendiarias

El odio entre los animales de la sabana iba en aumento. Ya no era solo por la comida, sino manifestado en agresiones verbales que se multiplicaban cada día.

—Estamos hartos de que los elefantes vengan a ensuciar nuestras charcas —arengaba un hipopótamo a sus compañeros de manada.

—Debería ser un delito el que los hipopótamos infecten nuestra agua con sus excrementos —murmuraban los elefantes.

Las guacharacas, apenas escuchaban tales afirmaciones, se apresuraban a divulgarlas con estridente voz.

—Tenemos la exclusiva —chachalaqueaban—: Los elefantes andan en negociaciones con los cocodrilos para acabar con los hipopótamos.

—Y una fuente muy importante nos ha contado que los hipopótamos se han vuelto traficantes de marfil.

Con sus bufandas de color rojo encendido y sus medias rosadas, las guacharacas iban de árbol en árbol amplificando y repitiendo toda la mañana esta noticia. Al otro día, aunque los actores eran distintos, ellas se mantenían en su letanía alarmista:

—Hay un choque de trenes entre carnívoros y carroñeros —exclamaban con su chillona voz.

Con el pasar del tiempo los animales empezaron a creer y repetir que toda la sabana estaba polarizada y que, de seguir así, una guerra era inminente.

El león se enteró de este rumor y, muy rápidamente, conformó una comisión de alto vuelo para indagar la causa de este mal ambiente. El águila, la cigüeña y un flamenco integraban el grupo. Después de una semana presentaron al león sus hallazgos:

—Eso se debe a la sequía, que exacerba los ánimos —dijo el águila, después de otear todo el territorio.

—La causa de este malestar es la sobrepoblación —explicó la cigüeña—. La sabana no aguanta un animal más, y por ese apretujamiento hay tantos conflictos.

—Para mí el motivo está en las migraciones —y lo sé por experiencia propia, afirmó el flamenco—. Los inmigrantes causan muchos problemas.

El león oyó con atención a todos los miembros de la comisión. Les agradeció y se encerró a meditar en su despacho.

De regreso a su guarida le comentó a su esposa lo sucedido. Ella lo escuchó mientras atendía a tres de sus cachorros. Una vez que el león terminó de hablar y, como si fuera algo obvio para ella, le comentó:

—No creo que sea por ninguna de esas razones.

El león la miró intrigado.

—Eso se debe a la bulla que hacen las guacharacas.

—¿Esas pajarracas estridentes?

—Sí. Ellas son las que torean el avispero. Repiten y repiten cualquier pequeño incidente de dos animales hasta volverlo un problema de todos. Cogen una chispita y la vuelven un incendio

—¿Y por qué dices esas cosas?

— Las cazadoras sabemos cómo alcanzar nuestras víctimas.

Al león no le pareció desacertado el comentario de su mujer. Habló de otros asuntos cotidianos y dejó que sus hijos jugaran unos largos minutos con su melena.

Al otro día, a primera hora, el león convocó a las guacharacas a su palacio. Cuando llegaron exhibiendo sus medias rosadas y sus bufandas de color rojo encendido, les expuso los pormenores del ambiente conflictivo que se vivía en la sabana y que las invitaba a contribuir a mejorar la situación.

—Nos sorprende que nos diga esas cosas —replicó altanera una de las guacharacas.

El león, mirando de reojo las flacas patas de las aves con esas vistosas medias rosadas, siguió hablándoles:

—No podemos permitir que se pierda la concordia y la paz en la sabana.

—Eso es lo que hacemos todos los días —repuso una guacharaca que cargaba una cartera muy costosa.

—Las invito a calmar los ánimos. Ya es suficiente con la sequía que nos agobia —terminó diciéndoles el león.

Apenas abandonaron el palacio, las guacharacas volaron hasta el primer árbol que encontraron. Estaban muy molestas, ofendidas desde la cabeza hasta la cola.

—¡El alto gobierno quiere amordazar la libertad de expresión…!

Y en ese chachalaqueo estuvieron todo el resto de la mañana, prosiguieron en la tarde y siguieron hasta el inicio de la noche.

Ese mismo día, cuando el león regresó a su guarida y la leona le comentó del rumor que ahora estaban diciendo a los cuatro vientos las guacharacas, le hizo a su mujer una sesuda confesión:

—Tal vez el problema no sea únicamente por las guacharacas, sino por los animales crédulos y lenguaraces de la sabana.

Hizo una pausa y terminó su reflexión:

—Si cada animal creyera la mitad de lo que le comentan y callara la mitad de lo que le dicen, sería más fácil convivir en paz.

La leona miró a su marido de reojo y le pareció que los años lo iban volviendo más sabio. Se rescostó a su lado, en silencio, para observar el rojo atardecer en la sabana.

Fábulas para reflexionar

El pavo real y el búho

Uno de los primeros en adquirir celular fue el pavo real. El mismo día que lo consiguió no paraba de tomarse selfies a cada minuto. Se fotografiaba al lado de las gallinas más cenicientas, otras con la finca del dueño al fondo y, en la mayoría, exhibía su colorida y enorme cola en diversos ángulos.

Durante varias semanas el pavo real estuvo presumiendo de su nuevo juguete. Varios patos y gallinetas halagaron el dichoso celular y unas cotorras envidiaron la suerte de tener a la mano esa maravilla tecnológica.

El único que no se inmutaba era el búho. Trepado en una rama de pino observaba con sus grandes ojos lo que ocurría a su alrededor. Al pavo real le pareció curioso tal comportamiento y se acercó al árbol mostrando el aparato reluciente.

—¿Y a usted no le interesa mucho tomarse fotos?

—No —repuso el búho de manera despreocupada.

—¿Por asuntos de belleza? —preguntó con ironía el pavo real.

—No. Por prevención y pudor…

El pavo real no entendió muy bien la respuesta y prefirió seguir fotografiándose esta vez en compañía de unos cerdos al lado de la porqueriza.

El búho continuó contemplando la escena. Se acomodó mejor en la rama del árbol mientras decía para sí: “Lástima que esos aparatos no saquen fotos de lo que la gente tiene adentro de su cabeza”.

El arma más letal

Varios animales se juntaron de manera espontánea para conversar sobre la mejor estrategia de cacería.

—La mejor arma para matar —dijo el león— son unos colmillos largos y cortantes.

—No —replicó el tigre—, no hay como unas garras bien afiladas.

Las hienas permanecían a unos pasos y en silencio, observando atentamente aquella conversación.

—Yo pienso que el veneno es lo más efectivo —argumentó una cobra, alzando amenazante su cabeza.

—¿Y dónde me dejan la eficacia de la velocidad? —interpeló al grupo un atlético guepardo.

Las hienas se sonreían, como si conocieran algo secreto para la concurrencia. Entonces el rey de la selva se digirió a ellas, increpándolas de manera desafiante:

—Y ustedes, señoras, ¿qué piensan al respecto?

Una de las hienas se acercó al grupo y, con un tono de voz que parecía un gruñido musitado, les hizo la siguiente confesión:

—Nada hay más cortante, más rápido y más venenoso que la baba pudridora de la mentira y la murmuración.

Los animales miraron a las hienas con cierto asombro y, poco a poco, fueron disolviendo la reunión.

Ilustración de Pawel Kucynski

Los buitres, las palomas y la paz

Las palomas insistían en que la paz era fundamental para lograr vivir mejor en toda la comarca.

—Así cada quien está tranquilo y podemos todos ser felices.

Los buitres escuchaban los argumentos de las palomas. El rey gallinazo, a sabiendas del riesgo de esa propuesta para su bienestar, replicó:

—Esos son ideales muy loables…

Las palomas sintieron los ojos amarillos de los buitres sobre sus espaldas.

—Más que loables, necesarios. Miren la cantidad de ciervos muertos aquí y allá en los últimos meses.

El gallinazo alargó el cuello, batió las alas y respondió no sin dejar de mirar a las palomas.

—Por lo que sé, y comprobé con mis certero olfato, eso fue a causa de una peste.

—Nosotras sabemos que no fue por eso —replicó la paloma mirando a lado y lado.

Los buitres callaron. Después se alejaron de las palomas y empezaron a correr para levantar el vuelo.

Mientras ascendían, buscando la mejor corriente de aire, hablaban de que tales propuestas eran las que estaban acabando con sus hermanos.

—Las palomas no entienden que sin la guerra estaríamos acabados.

Y el calvo rey gallinazo graznó con tono sentencioso:

—De carroña vivimos y por la carroña mantenemos nuestro trabajo.

 

Nuevos relatos cortos

Ilustración de Craig Frazier.

Heráclito y el río

Heráclito, desnudo, se bañaba en un río. Entre cantos y letanías para sus dioses protectores, jugaba con el agua corrientosa que acariciaba sus piernas. Se sentía a gusto entre aquel húmedo elemento.

El agua que rozaba su cuerpo continuaba su recorrido hasta perderse de vista. Descendía por montañas, se descolgaba por entre rocas y se alargaba serpenteando en las llanuras. El sol, mientras tanto, calentaba las aguas de aquel río siguiendo su curso. El agua del río sufría entonces un cambio imperceptible; se iba evaporando hasta condensarse en nubes, para luego caer de nuevo en forma de lluvia.

Heráclito, friccionando su espalda con una esponja, recibió nuevamente la caricia del agua, esta vez en forma de lluvia leve y continua. Reflexivamente dijo para sí:

—Estaba equivocado: me he bañado dos veces en el mismo río.

Idit

Mi marido empezó a correr como loco. Vociferaba, maldecía, miraba a todos lados, alertándonos del peligro inminente:

—Es el fuego divino, el fuego que arrasará a este pueblo pecador.

Yo no entendía bien lo que pasaba, pero supuse que era algo grave lo que se avecinaba porque el calor me sofocaba y el humo parecía asfixiarme.

—Cojan lo más necesario y no miren hacia atrás —gritó.

—Corran lo más que puedan —dijo con voz angustiosa.

Yo quería sacar mis perfumes, mis vestidos predilectos, el collar de nácar que él me había regalado cuando nos casamos, y por eso me demoré más que los otros miembros de la familia. A empellones metí lo que pude en un saco y en medio del gentío empecé a correr hacia donde parecía que estaba el camino de la salvación.

De pronto, me pareció escuchar detrás de mí la voz de mi esposo:

—No quedará piedra sobre piedra…

Pero cuando giré la cabeza para comprobar si era en realidad mi esposo el que hablaba, sentí que el cuello no me obedecía y un sabor de arena se confundía con mi espesa saliva. De pronto mis ojos comenzaron a ponerse pesados y mi respiración se hizo imposible.

Con mi último acto de lucidez recordé mi nombre: Idit, esposa de Lot. 

El desvelo

Por las noches la desvelaba el recuerdo de él. Durante largas horas se reacomodaba por todos los lugares de su lecho, sin conciliar el sueño. Así transcurría la mayor parte de sus días. Era una enfermedad que se apoderaba de su cuerpo, haciéndolo incapaz de aceptar el descanso. La culpa la tenía él: por ser tan etéreo, tan fugaz. Pero la mayor parte de la culpa —volvía y reflexionaba— era de ella, por aceptar en su vida ese amor vaporoso.

Desesperada, decidió comentarle a su intermitente amor aquella penosa situación. Él la escuchó extasiado, como si saboreara cada parte de la anécdota, cada largo suspiro, cada exclamación de agotamiento. Parecía no importarle, pero le agradaba profundamente saberlo. Las lágrimas asomaron discretamente a los ojos de ella. Él no les prestó mayor importancia a esas lágrimas y continuó escudriñando los pormenores de aquella historia de insomnio.

Pasado aquel encuentro vino la noche y, con ella, el desvelo. El cuarto de la mujer se convirtió en una celda. Esperaba otra vez el tormento nocturno. Pero, esa noche, pudo conciliar el sueño. Durmió plácidamente hasta altas horas de la mañana, sin aquel temor que la había acompañado.

Quiso comentarle al hombre fugaz el maravilloso suceso, pero prefirió callar. Comprendió que la felicidad de él consistía en saberse verdugo permanente de su vigilia nocturna. Y supo también que no podía amarlo como antes, porque sus desvelos ya no eran de él, sino del sueño. Y eso, a pesar suyo, le producía una infinita tristeza.

Amargura caudalosa

No soportaba verlo llorar. Ahí, de pie, tratando de mantener el equilibrio, como un niño de 70 años, apenas aguantando el dolor, ayudándose con la morfina de una pastilla cada cuatro horas, el viejo le hablaba a su hijo:

—Es que no aguanto el dolor en toda esta pierna.

El hombre menor, de unos 44 años, le servía de lazarillo a su padre. Vertió agua de una jarra en un vaso y se lo pasó al padre para que la mano raquítica ingiriera el medicamento.

—Anoche, como no veo bien —dijo el viejo—, pensé que el vaso estaba bocabajo, y no; se me regó toda el agua.

El hijo levantó la mirada hasta encontrarse con el cuerpo apaleado de su padre. Lo vio más flaco, más enjuto. Hasta pensó que era un poco más pequeño.

—¿Otro poquito?

—No, mijo.

El viejo estaba agotado. Desde hacía un mes había empeorado. El cáncer iba a toda prisa, corriendo, saltando de hueso en hueso, de la espalda a la pierna, del tobillo al antebrazo. Ya nada podía hacerse para controlar su alocado juego de golosa mortal; y el viejo cada día iba perdiendo movilidad, lozanía, brillo en sus ojos. Ya no salía al frente de su casa a comprar el periódico; ya no podía ir a cobrar su pensión; ya no caminaba por el primer piso.

—Vamos a tener que hacer como un mesón, acá arriba, para colocar los platos.

El viejo soñaba el espacio para un mueble entre el televisor y la puerta de su dormitorio.

—Ya no puedo bajar las escaleras.

—Más bien compremos una mesita, de esas altas —dijo el hijo.

—Sí, yo las conozco.

El viejo dejó el vaso sobre la mesa del televisor y salió hacia el cuarto de baño. Iba como renqueando, como si fuera una presa herida por el tiempo. El hijo se quedó contemplando el diseño del futuro mueble; luego salió de la habitación y se encaminó a buscar su comida.

Bajó por la misma escalera que su padre había escalado tantos años, recorrió el mismo piso de madera por donde el viejo había caminado y se ubicó en el comedor circular cerca al puesto en el que su padre acostumbraba sentarse.

Miró a su alrededor y vio sobre uno de los asientos dos cojines de goma que, como si fueran salvavidas, servían de soporte para que la cadera del viejo no tocara la madera. Alzó la mirada y no pudo evitar pensar en aquellos últimos días. Recordó a su padre tendido en la cama, echado, acompañado por el transistor y la voz de Américo Rivera leyendo las noticias del mediodía. Lo vio con un pañal, como un ridículo bebé triste y tambaleante. Lo vio también intentando levantarse de la cama y necesitando de una mano que pudiera impulsarle la cabeza, así como a los niños. Lo vio igualmente vomitando, regurgitando el poco alimento que ya su organismo se negaba a recibir.

Lo vio con la barba crecida y con unas ojeras tan extrañas, como si ya el viejo estuviera aprendiendo a mirar desde otro mundo.

El hijo se tomó sorbo a sorbo la crema de tomate y mordisqueo una arepa. Su mente no estaba en el plato ni en la comida.

—¿Quiere algo más? —le preguntó la madre, acercándose despacio hasta la mesa.

—No, así está bien.

Ese día había llovido con tenacidad, con la fuerza de las lluvias de abril. El hijo acompañó a la madre a lavar los platos; la mujer complementó su labor con palabras cotidianas, con anécdotas de la enfermedad del viejo.

—Ha vomitado mucho esta tarde. Ya el cuerpo no le acepta nada.

Después el hijo y la madre subieron de nuevo a la habitación del enfermo. Lo hicieron en silencio, para evitar que se desbordara la caudalosa amargura de sus corazones.

Relatos cortos

Ilustración de Francesco Bongiorni.

Instantánea

El hombre, bajando la cabeza, dejó que sus palabras salieran lentamente.

—Tú tienes la razón —dijo.

La mujer lo miró con odio.

—Claro, esa es siempre tu disculpa.

Cuántas historias de amor imposible por culpa de nuestra desmemoria; por culpa de un olvido o una frase inoportuna.

 —Pero, di algo —increpó.

“Para qué repetir una antigua mentira. Para qué”.

—Anda, háblame —gritó.

“Mejor no volver a lo mismo”.

La mujer recorrió con sus ojos la pequeña habitación. La mirada se detuvo en un antiguo retrato familiar. “Tú bien sabes lo de Manuel, querida Luisa; y lo del problemita con Laura.  Te lo quiero contar a ti, porque tú me comprendes”.

—Pues yo no tengo nada más que decir —dijo el hombre con amargura.

—Sí, siempre es así.

—No siempre —repuso el hombre, levantándose del lecho.

Afuera llovía. Algún muchacho montaba en bicicleta.

El accidente

El chirrido de las ruedas del automóvil invadió el mínimo corredor del bus. Hizo un eco. Las voces y las miradas de los pasajeros se volvieron hacia diversos ángulos, hasta que al fin lograron ubicar el sitio o la causa del ruido. Un zapato suelto estaba tirado en la avenida. Las personas, afuera, comenzaron a reunirse alrededor del carro color crema. “La mató”. La gente se aglutinaba creando un cerco, una ronda de ojos. “Aún se mueve”. Yo, observando por la ventanilla, alcancé a divisar entre las piernas de los curiosos el movimiento de unos brazos, y vi también cómo el cuerpo de una mujer era levantado. “Deberían llevarla a un hospital”. Miré a mi alrededor y todos los ocupantes del vehículo se habían levantado de sus asientos para contemplar la escena que se desarrollaba en el carril derecho de la avenida. El chofer también se detuvo, irguiendo el torso y buscando mayor información alargando su cabeza. “La culpa es de uno, por imprudente”. Una señora, con una criatura entre sus brazos, le comentaba a una vecina de puesto la historia de un motociclista quien, luego de ser atropellado por un taxi, se paró tranquilo, diciéndole al conductor que lo acababa de estrellar que no tenía de qué preocuparse y, después, levantó su moto, dio unos pasos y “cayó más adelante, muerto”. La amiga, a manera de conclusión le respondió asintiendo la cabeza: “Es el instinto, el instinto lo hace a uno levantarse”. El bus prosiguió la marcha y algunos de los pasajeros continuaron mirando hacia atrás, aunque ya nada podían contemplar de aquel accidente. Luego de unos minutos, una muchacha advirtió que al lado derecho del bus iba la que acababan de atropellar. Todos los pasajeros volvieron sus ojos; la atención se renovó. Hubo otra vez comentarios diversos. Tendida sobre las piernas de un hombre y echada en el asiento posterior de un automóvil color crema, una mujer de edad permanecía desmadejada, como soñando. El carro iba rápido. Las miradas de los ocupantes del bus trataban de verle el rostro a la moribunda. El bus frenó bruscamente; la luz roja de un semáforo lo detuvo. El vehículo que llevaba a la anciana siguió de largo, tomando el desvió de otra avenida. Las personas que aún permanecían de pie mirando a través de las ventanillas recuperaron su sitio y su postura. La señora del niño en brazos seguía contándole a la amiga ocasional de puesto detalles adicionales del motociclista: “no murió al instante, sino cuando se quitó el casco protector de la cabeza”.

Confusión y memoria

—Vi multitud de animales —comentó de un momento a otro Carla, la antigua amiga de José. Dijo estas palabras sin proponérselo; las palabras salieron de su boca, como si ella no hubiera querido decirlas.

—Al final de la avenida —prosiguió Carla— se ven osos embriagados con uvas, que retozan en las ramas de los olmos y castores que se bañan en un lago.

—Ardillas negras juegan en los espesos ramajes —concluyó.

Justó ahí, al pronunciar Carla las palabras “espesos ramajes”, José fue sacudido por una rememoración. Volvió a él, como si fuera un enjambre de avispas guitarreras, un conjunto de frases —similares a las de Carla, pero muy diferentes— que había escuchado allá en su remota infancia.

—“Los resplandores —dijo José—, los resplandores que delineaban hacia el oriente las cúspides de la cordillera central doraban en semicírculos sobre ella algunas nubes ligeras que se desataban las unas a las otras para alejarse y desaparecer”.

Al terminar la frase, dicha a manera de recitación escolar, José quedó en silencio. Carla lo contemplaba fascinada y recelosa al mismo tiempo.

—“Los papagayos de cabezas amarillas, los picos verdes sonrosados, los cardenales de fuego saltan y gritan en los cipreses…”

—No, cipreses no —interrumpió José—. Eran los grupos de palmeras.

—“Los grupos de palmeras —continuó desesperado José—. Las palmeras, su línea invisible, que crea la silueta de las montañas”. Tú no sabes nada Carla, nada sabes porque todo lo has visto en los libros. “No eran cipreses, sino naguares y piaundes, eran pambiles y gualtes, o si prefieres, eran los ‘reyes de la selva’ que empuñaban sus copas sobre ella para divisar algo más grandioso que el desierto, la mar lejana”.

Carla, asombrada, guardó Atala de Chateaubriand dentro de su abrigo negro y, haciéndole un mimo en la cabeza a José, se despidió de él, mandándole un beso desde la distancia.

—Eso es puro Exotismo.

José hizo caso al comentario y prefirió adentrarse en los recuerdos de su infancia.

—¡Exotismo!, como si pudiera haber exotismo en la antigua casa de mi abuelo. ¡Exotismo! Cuando yo, de niño, corría entre el pasto yaraguá persiguiendo pechiblancas y taponas, y mi madre, al llegar yo todo encadillado de mis aventuras, me llamaba la atención porque traía sucia la ropa, manchada de musgo y líquenes porque no paraba de subirme a los guácimos, a los totumos, a los hojianchos, los capotes, los guamos y a los guayabos repletos de hormigas locas.

El extranjero

—¿Quién?, ¿quién es ese que llega?

—Es un extranjero. Alguien que dice traer una buena nueva.

—Pero, ¿quién es?, ¿de dónde viene?, ¿qué camino lleva?

—No, no sabemos, sino que anhela cumplir no sé que destino. Algo que tiene que ver con un hecho que debe cumplirse.

— ¿Acaso es un profeta?, ¿otro de los falsos profetas?

—Quizá. Pero afirman que es muy seguro, muy lleno de sí, de sus palabras, de sus propios pasos. Que se sabe dueño de su camino e intenta que otros lo sigan. Se hace llamar “pescador de hombres”.

—¿Y en verdad hay otros que lo siguen?

—Sí. Algunos. Otros lo intentan, pero luego, pasadas dos o tres lunas, se arrepienten. “Es un exigente”, dicen. Hay demasiados ayunos en su vida.

—Me quedan preguntas sin resolver. Por ejemplo, ¿por qué eligió este pueblo, esta aldea y no otra? ¿Por qué nuestro suelo?

—Él dice, según me cuentan, que vino a esta región porque es acá, precisamente, donde todos tememos al contagio. Donde cada uno teme ser tocado por los forasteros. Y donde, según afirma, castigamos sin clemencia al peregrino.

—Eso son falsos rumores. Siempre hemos abierto la puerta al extranjero.

—No. Él dice que no habla de puertas de madera, sino de otras, mucho más sólidas y menos evidentes. Habla de las puertas del espíritu y agrega que, por eso, somos duros con nuestros semejantes. Predica, según me ha dicho, que nosotros debemos abrir de par en par las puertas de nuestros corazones.

—Loco debe ser. ¿Cómo puede pedirnos tal cosa?

—Sí, algo loco debe estar. Pues, montado en un burro atraviesa nuestras calles, sin ni siquiera tener esclavos que le carguen sus maletas. En un burro. Y, sin embargo, la gente ofrece a su paso hojas de palma, cuando no sus mantos.

—Gente ridícula. ¿ni que fuera un rey?

—Nada se sabe al respecto, sólo que viene de muy lejos, de un reino que a todos nos pertenece y que, sin embargo, desconocemos.

—Claro que es un loco. Solo ellos ofrecen tales cosas.

—En todo caso, él se sabe enviado. Viene en nombre de alguien. Habla de su padre, como si fuera un rey mayor, como si fuera su soberano.

—Bueno, eso es más cuerdo. Digamos que él es un emisario.

—No es muy claro, porque a veces él mismo se llama Dios. Él mismo es su rey y su siervo, su potestad y su obediencia.

—¿Y cómo cubre su cuerpo?

—Extraña es su actitud y extraños sus vestidos. Anda desnudo y no le importa.

—¿Y tú lo has visto, dime, lo has visto?

—No, no lo he visto. Nunca lo he visto. Pero quisiera verlo.

—Yo también, aunque fuera por mera curiosidad. Sería muy raro hallarse de frente, así de pronto, con uno que dice llamarse Dios… Aunque, pensándolo bien, mejor no. De pronto al verlo, pierde su encanto. En fin, debe ser uno de los tantos caminantes que al verlo pasar nos hace sentir nuestra rutina sedentaria. Un extranjero de esos que, como el viento, por unos instantes mueven algunas de nuestras empolvadas hojas.

—Yo sí quisiera verlo, pero conocerlo en verdad. Porque de él no se tienen sino comentarios. Verlo, estrechar su mano y decirle: mire, yo soy uno de los tantos que ha oído hablar de su reino; por favor, explíqueme dónde queda o qué hay que hacer para llegar allá… Yo quisiera encontrarme frente a frente con ese hombre.

Minificción para leer en vacaciones

Ilustración de Mariusz Stawarsk.

Este inicio de año, cuando seguramente estaremos disfrutando de algunos días de vacaciones, qué mejor complemento a nuestro descanso corporal que acompañarlo de alguna lectura relajante y entretenida. Cumpliendo ese necesario tiempo para el ocio, estos días he estado leyendo y releyendo algunas antologías de relatos cortos o minificciones. Como, por ejemplo, la de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares: Cuentos breves y extraordinarios, editada por Losada en 1973. De este libro clásico entresaco dos textos para compartirlos con los lectores: “El cielo ganado” del argentino Gabriel Cristián Taboada y “La verdad sobre Sancho Panza» de Franz Kafka.

El cielo ganado

El día del Juicio Final, Dios juzga a todos y a cada uno de los hombres.

Cuando llama a Manuel Cruz, le dice:

—Hombre de poca fe. No creíste en mí. Por eso no entrarás en el Paraíso.

—Oh, Señor —contesta Cruz—, es verdad que mi fe no ha sido mucha. Nunca he creído en Vos, pero siempre te he imaginado.

Tras escucharlo, Dios responde:

—Bien, hijo mío, entrarás en el cielo; mas no tendrás nunca la certeza de hallarte en él.

La verdad sobre Sancho Panza

Sancho Panza —quien, por otra parte, jamás se jactó de ello—, en las horas del crepúsculo y de la noche, en el curso de los años y con la ayuda de una cantidad de novelas caballerescas y picarescas, logró a tal punto apartar de sí a su demonio —al que más tarde dio el nombre de Don Quijote— que éste, desamparado, cometió luego las hazañas más descabelladas. Estas hazañas, sin embargo, por faltarles un objeto predestinado, el cual justamente hubiese debido ser Sancho Panza, no perjudicaron a nadie. Sancho Panza, un hombre libre, impulsado quizás por un sentimiento de responsabilidad, acompañó a Don Quijote en sus andanzas, y esto le proporcionó un entretenimiento grande y útil hasta el fin de sus días.

*

Una obra maravillosa, que me gusta repasar, es El libro de la imaginación del mexicano Edmundo Valadés (Fondo de Cultura Económica, México, 1978). Retomo tres textos: “Traspaso de los sueños” de Ramón Gómez de la Serna, “Los nuevos hermanos siameses” de Oscar Wilde y “El veredicto” del mexicano Alfonso Reyes.

Traspaso de los sueños

De pronto dejó de tener pesadillas y se sintió aliviado, pues habían llegado ya a ser una proyección obsedante en las paredes de su alcoba.

Descansado y tranquilo en su sillón de lectura, el criado le anunció que quería verle el señor de arriba.

Como para la visita de un vecino no debe haber dilaciones que valgan, le hizo pasar y escuchó su incumbencia.

—Vengo porque me ha traspasado usted sus sueños.

—¿Y en qué lo ha podido notar?

—Como vecinos antiguos que somos, sé sus costumbres, sus manías y sobre todo sé su nombre, el nombre titular de los sueños que me agobian a mí, que no solía soñar… Aparecen paisajes, señoras, niños con los que nunca tuve que ver…

—¿Pero cómo ha podido pasar eso?

—Indudablemente, como los sueños suben hacia arriba como el humo, han ascendido a mi alcoba, que está encima de la suya…

—¿Y qué cree usted que podemos hacer?

—Pues cambiar de piso durante unos días y ver si vuelven a usted sus sueños.

Le pareció justo, cambiaron, y a los pocos días los sueños habían vuelto a su legítimo dueño.

Los nuevos hermanos siameses

Era una mujer que tuvo dos hijos gemelos y unidos a lo largo de todo el costado.

—No podrán vivir —dijo un doctor.

—No podrán vivir —dijo otro, quedando desahuciados los nuevos hermanos siameses.

Sin embargo, un hombre con fantasía y suficiencia, que se enteró del caso, dijo:

—Podrán vivir… Pero es menester que no se amen, sino que, por el contrario, se odien, se detesten.

Y dedicándose a la tarea de curarlos, les enseñó la envidia, el odio, el rencor, los celos, soplando al oído del uno y del otro las más calumniosas razones contra el uno y contra el otro, y así el corazón se fue repartiendo en dos corazones, y un día un sencillo tirón los desgajó y los hizo vivir muchos años separados.

El veredicto

La mujer del fotógrafo era joven y muy bonita. Yo había ido a buscar mis fotos de pasaporte, pero ella no me lo quería creer.

—No, usted es el cobrador del alquiler, ¿verdad?

—No, señora, soy un cliente. Llame usted a su esposo y se convencerá.

—Mi esposo no está aquí. Estoy enteramente sola por toda la tarde. Usted viene por el alquiler, ¿verdad?

Su pregunta se volvía un poco angustiosa. Comprendí, y comprendí su angustia: una vez dispuesta al sacrificio, prefería que todo sucediera con una persona presentable y afable.

—¿Verdad que usted es el cobrador?

—Sí —le dije resuelto a todo—, pero hablaremos hoy de otra cosa.

Me pareció lo más piadoso. Con todo, no quise dejarla engañada, y al despedirme le dije:

—Mira, yo no soy el cobrador. Pero aquí está el precio de la renta, para que no tengas que sufrir en manos de la casualidad.

Se lo conté después a un amigo que me juzgó muy mal:

—¡Qué fraude! Vas a condenarte por eso.

Pero el Diablo, que nos oía dijo:

—No, se salvará.

*

Otra compilación interesante es la realizada por los colombianos Guillermo Bustamante Zamudio y Harold Kremer, que recoge 100 textos publicados en la revista Ekuóreo, titulada Los minicuentos de Ekuóreo (Deriva ediciones, 2003). Transcribo dos relatos: “Fatum” de Jaime Alberto Vélez y “Tragedia” del chileno Vicente Huidobro.

Fatum

Cuando el envejecido gladiador comunicó su decisión de probar una vez más su arte, enfrentando a varios leones simultáneamente, el emperador recordó el presagio según el cual aquella sería la última gran hazaña que viera realizada por su atleta favorito. Y como siempre le había parecido justo que un hombre muriese en su ley, no trató de postergar el plazo, ni le alertó tampoco sobre los peligros que corría, sino que, obrando en consecuencia, se dispuso a seguir cada uno de los incidentes del arriesgado combate. Pero en el instante en que el gladiador venció al último de los leones, el emperador, tocado súbitamente por la muerte, se desplomó repitiendo las palabras del presagio según el cual aquella sería la última gran hazaña que viera realizada por su atleta favorito.

Tragedia

María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.

Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.

Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y luego tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.

Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel, perfectamente fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía su deber, la parte Olga adoraba a su amante.

¿Ella era culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?

Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder entender un gesto tan absurdo.

Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.

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Me sigue pareciendo extraordinaria la selección de cuentos breves de Benito Arias García titulada Grandes Minicuentos fantásticos, publicada por Alfaguara en 2005. De este libro he elegido dos relatos: uno, del español José María Merino, “Ecosistema” y, otro, del guatemalteco Augusto Monterroso, “La Sirena inconforme”.

Ecosistema

El día de mi cumpleaños, mi sobrina me regaló un bonsái y un libro de instrucciones para cuidarlo. Coloqué el bonsái en la galería, con los demás tiestos, y conseguí que floreciese. En otoño habían surgido de entre la tierra unos diminutos insectos blancos, pero no parecía que perjudicasen el bonsái. En primavera, una mañana, a la hora de regar, vislumbré algo que revoloteaba entre las hojitas. Con paciencia y una lupa, acabé descubriendo que se trataba de un pájaro minúsculo. En poco tiempo el bonsái se llenó de pájaros, que se alimentaban de los insectos. A finales de verano, escondida entre las raíces del bonsái, encontré una mujercita desnuda. Espiándola con sigilo, supe que comía los huevos de los nidos. Ahora vivo con ella, y hemos ideado el modo de cazar a los pájaros. Al parecer, nadie en casa sabe dónde estoy. Mi sobrina, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un homenaje al desaparecido. En uno de los otros tiestos, a lo lejos, hoy me ha parecido ver la figura de un mamut.

La Sirena inconforme

Usó todas sus voces, todos sus registros; en cierta forma se extralimitó; quedó afónica quién sabe por cuánto tiempo.

Las otras pronto se dieron cuenta de que era poco lo que podían hacer, de que el aburridor y astuto Ulises había empleado una vez más su ingenio, y con cierto alivio se resignaron a dejarlo pasar.

Ésta no: ésta luchó hasta el fin, incluso después de que aquel hombre tan amado y deseado desapareció definitivamente.

Pero el tiempo es terco y pasa y todo vuelve.

Al regreso del héroe, cuando sus compañeras, aleccionadas por la experiencia, ni siquiera tratan de repetir sus vanas insinuaciones, sumisa, con la voz apagada, y persuadida de la inutilidad de su intento, sigue cantando.

Por su parte, más seguro de sí mismo, como quien había viajado tanto, esta vez Ulises se detuvo, desembarcó, le estrechó la mano, escuchó el canto solitario durante un tiempo según él más o menos discreto, y cuando lo consideró oportuno la poseyó ingeniosamente; poco después, de acuerdo con su costumbre, huyó.

De esta unión nació el fabuloso Hygrós, o sea “el Húmedo” en nuestro seco español, posteriormente proclamado patrón de las vírgenes solitarias, las pálidas prostitutas que las compañías navieras contratan para entretener a los pasajeros tímidos que en las noches deambulan por las cubiertas de sus vastos trasatlánticos, los pobres, los ricos, y otras causas perdidas.

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He disfrutado también la cuidadosa y atinada antología del microrrelato hispánico de David Lagmanovich, titulada La otra mirada (Menoscuarto ediciones, Palencia, 2005). Aunque son varios los textos que desearía compartir, selecciono solo tres: “El grillo” del dominicano Manuel del Cabral, “La montaña” de Enrique Anderson Imbert y “Una pasión en el desierto” de José de la Colina.

El grillo

Y el primer hombre que apareció sobre la Tierra comenzó desde temprano a caminar para ver por primera vez las cosas maravillosas que le rodeaban.

Luego, al anochecer, cansada su anatomía —no aburrida— bajo tanta belleza que le caía encima, los astros que se le metían por todos los sentidos, se acostó sobre la primera yerba virgen del mundo, y tranquilamente se dispuso a dormir el primer sueño del hombre. Pero, apenas se quedó en reposo, sintió un grito agudo que le subió por los pies.

Entonces, las primeras manos del mundo ahogaron entre sus dedos al primer grito de la Tierra.

Pero aquel hombre no se durmió tranquilo, no estaba satisfecho de haber matado la primera canción del universo.

Quizá por eso el hombre no acaba de dormirse, busca tal vez en el ruido de su sangre aquella voz primera…

La montaña

El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en su butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.

—¡Papá, papá! —llamó a punto de llorar.

Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.

—¡Papá, papá!

El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado piso de la montaña.

Una pasión en el desierto

El extenuado y sediento viajero perdido en el desierto vio que la hermosa mujer del oasis venía hacia él cargando un ánfora en la que el agua danzaba al ritmo de las caderas.

—¡Por Alá —gritó—, dime que esto no es un espejismo!

—No —respondió la mujer, sonriendo—. El espejismo eres tú.

Y en un parpadeo de la mujer el hombre desapareció.

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Para ir cerrando este banquete de lecturas, elijo dos textos más del libro Los cuentos más breves del mundo, compilados por Eduardo Berti (Páginas de Espuma, Madrid, 2008). El primero, de un autor chino; Sheng Buhai: “El príncipe Ye y los dragones”; el segundo, del ruso Iván Turgueniev: “El mendigo”.

El príncipe Ye y los dragones

El príncipe Ye era famoso por la pasión que sentía por los dragones. Le gustaban tanto que los tenía pintados en las paredes o tallados por toda la casa. El verdadero dragón de los cielos se enteró de esto, fue volando a la tierra e introdujo su cabeza por la puerta de la casa del señor Ye y su cola por una de las ventanas. No bien el príncipe Ye lo vio, huyó asustado y casi loco.

Esto demuestra que el príncipe Ye, en realidad, no amaba tanto a los dragones, sino a algo que se les parecía.

El Mendigo

Iba por la calle… y me detuvo un mendigo, un anciano decrépito. Los llorosos ojos hinchados, los labios amoratados, los harapos arrugados, las llagas mugrientas… ¡Oh, de qué horrible manera roía la pobreza a ese desdichado ser!

Me tendió una mano enrojecida, tumefacta, sucia… Gemía, berreaba pidiendo ayuda.

Busqué en todos los bolsillos: ni la bolsita con el dinero, ni el reloj, ni siquiera un pañuelo. No los llevaba conmigo.

Pero el mendigo esperaba… y su mano tendida se balanceaba débilmente y temblaba.

Confundido, turbado, estreché con firmeza aquella mano sucia y temblorosa.

—Perdóname, hermano. No tengo nada.

El mendigo me miró con sus ojos hinchados. Sus labios azules sonrieron y él, a su vez, apretó mis dedos fríos.

—No importa, hermano —balbució—, y gracias. Esto también es caridad.

Comprendí que yo había recibido la caridad de mi hermano.

Contemplaciones navideñas

“Adoración de los pastores” de Gerard van Honthorst.

Es una escena de total admiración. De sorpresa mayúscula. Personas y animales dirigen su mirada hacia el centro del cuadro. Varios de ellos no soportan el destello de la pequeña criatura y otros están embelesados o maravillados de lo que la mujer ha descubierto al destapar aquel resplandeciente ser. Un aire de alegría envuelve el acontecimiento; las sonrisas de los curiosos se suman al rostro extasiado de la madre. Pero lo que resulta fascinante es la luz que despide ese niño; es una luz novísima, impoluta. Es la luz de un astro que convoca, que atrae, que atrapa la atención de los presentes. Y para hacer más solar a la criatura, más deslumbrante, todo lo que hay alrededor asume los matices de la sombra, y los rostros cercanos se muestran pasivamente como meros reflejos de la pueril candela. Es una luz muy potente la que hace gravitar el cuadro, es la luz de la nueva vida que, aunque a veces lo olvidemos, sigue siendo el mayor de los milagros.

«Natividad mística» de Sandro Boticelli.

Lo que parece menos destacado en el cuadro es el niño que está como escondido al centro de la escena. Lo más notorio es la danza de ángeles, en el cielo, en los prados, encima del techo del belén, a lado y lado del pesebre. Ángeles felices, abrazándose; ángeles bailando en rueda festiva; ángeles celebrantes, pregoneros, fraternales. Lo que cuenta de este nacimiento es la noticia, la propagación de la noticia, la buena nueva que corre como el viento y se disipa como las nubes. ¿Pero por qué tanta alegría? ¿Cuál es el motivo de este júbilo alado? Bien podemos suponer que es el cumplimiento de una promesa, de un bien muy esperado, de una esperanza convertida en realidad. Todo parece volar en el lienzo: los pigmentos se convierten en melodías, el aire en un cantar alado; el cielo y la tierra se funden en un dinamismo leve y armonioso. El cuadro nos invita a participar de tal festividad y a ser testigos de esa dicha pletórica de alas: también nosotros debemos estar contentos porque la vida continúa siendo el más sorprendente de los milagros.

«La adoración de los magos» de Andrea Mantegna.

Qué procesión tan larga, qué camino tan extenso, cuánta gente en romería. Todos se dirigen al mismo sitio, a una cueva sombría resguardada por ángeles niños. Son muchísimos los que desean ver el origen de aquella estrella que aún sobresale como un largo farol por encima de las rocas. El paso para llegar hasta la criatura no es tan ancho y los camellos parecen querer observar también aquel niño. No son estos los primeros visitantes, como tampoco serán los últimos; es un peregrinaje que se prolonga por los altibajos de las montañas. Esta es una obra que nos recuerda el gesto reverencial ante la nueva vida, que nos invita a mantener el asombro por esos pequeños milagros que aparecen a la vera de los caminos. Toda vida naciente nos obliga a hincarnos con respeto, no importa si somos reyes o mendigos.

«La adoración de los pastores» de Bartolomé Esteban Murillo.

Los que muestran un mayor interés por la reciente criatura son los mismos que cuidan y protegen la vida. Los primeros que asisten al develamiento del niño con una curiosidad y una disposición de ayuda, que es absoluta ternura, son los pastores. Están encantados por ese nacimiento al punto de cobijarlo con sus ojos. Son aldeanos humildes, son campesinos, son gente que anda cerca a los rebaños y sabe la delicadeza con que debe tratarse el despuntar de toda existencia. La escena sirve de ejemplo a una de las aldeanas para enseñarle a su hijo una historia semejante: “Así eras tú recién nacido”, le dice con voz queda. Y el niño aprieta contra su pecho la gallina que lleva en su brazo e imagina que el animal también participa de ese milagro. El fondo sombrío de la escena, la penumbra que la envuelve, permite al espectador considerar que esta criatura, la de abajo, sea uno de los ángeles de arriba, que por una fantástica ley de gravedad haya caído poco a poco al seno de esa joven madre. Todo es sutil en este cuadro: basta observar la mano de uno de los pastores que toca levemente a una de sus ovejas, como si de esta manera pudiera acariciar la vida reciente que se abre radiante ante sus ojos.

«La navidad» de Federico Barocci.

La vida nueva genera expectativa, curiosidad. Siempre el misterio se esconde, se resguarda de las miradas pesimistas, de los escépticos ante las formas de lo extraordinario. Sin embargo, esa pequeña criatura fuerza el espíritu de los curiosos, los hace impacientes y ansiosos; los convierte en husmeadores de imposibles que golpean más de una vez a la puerta. El anciano portero, para exacerbar más su interés, les dice que no pueden entrar todos al tiempo, advirtiéndoles con el índice de su mano izquierda el silencio que exige ese niño tan reciente. Entre la criatura y el gentío está la madre de la criatura que parece cubrirlo de todas las miradas que le esperan, de todos los elogios que cubrirán su humilde lecho, de todos los rumores que irán de boca en boca propagando la noticia de un nacimiento extraordinario. El cuadro representa el momento de la antesala a la visita, de la expectativa por lo maravilloso, de esa desazón en el espíritu cuando se está ante algo que deseamos con el impulso pasional del corazón. Es bueno no perder la curiosidad por la vida que nace a diario en los pesebres cotidianos; es necesario golpear con insistencia para ver con nuestros propios ojos la esperanza encarnada o la semilla convertida en fruto humanizado.

«La adoración de los pastores» de Jacopo Tintoretto.

Realmente es en un cobertizo donde acaece el milagro de la vida. Es en lo alto donde mejor se observa el aparecer de una nueva existencia. Hay que elevar los ojos hacia las alturas para descubrir lo maravilloso, para recuperar el asombro; y, desde esa perspectiva, levantar nuestros brazos para hacer las ofrendas, para dar algo que consideremos valioso. Pocas veces nos percatamos de que arriba de nuestra cotidianidad acaecen sucesos extraordinarios. Y menos aún nos damos cuenta de que alguna criatura puede estar necesitando un alimento, una prenda, el calor de nuestros brazos. Pero lo que hace más llamativa la doble escena del cuadro es que el techo del cobertizo está abierto hacia los cielos; encima del niño y sus padres se pueden ver seres alados. Un mensaje profundo se revela: los que adoran y veneran el milagro de la vida no deben olvidar mirar a las alturas.

«La natividad» de El Greco.

Ya está la vida aquí. Cuánta sorpresa de ver su fragilidad, cuánto tacto para saber protegerla sin herir su novísima piel. Es tan fuerte el impacto de ver ese ser tan hermosamente indefenso que el resultado es el estatismo, la parálisis del ánimo ante esa maravilla tan diminuta. En la intimidad del hogar, en la familia más humilde, se vuelven a repetir los mismos cuestionamientos: ¿cómo lograr mantener aquella criatura con vida?, ¿cómo atender sus urgencias?, ¿cómo saber velar su sueño?, ¿cómo evitarle el sufrimiento? El cuadro nos recuerda que más allá de procrear o traer un niño al mundo lo más importante, lo que seguramente provocará un estado de estupefacción en sus progenitores, es saber bien cómo cuidarlo. La sorpresa de la natividad cobra en esta pintura todo su significado: el milagro de la vida merece y exige conservarse.  

Del agradecimiento

«Un corazón verde», ilustración de Catrin Welz-Stein.

A pesar de que la mayoría de las personas señalan y elogian la importancia de agradecer, la exigen más de los demás que de sí mismos. ¿La razón?: es más fácil mostrarnos como soberbios acreedores de gratitud que aceptar la vergüenza de que a más de uno le debemos.

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El agradecimiento comparte la lógica de las relaciones amorosas: las más tristes son las no correspondidas.

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Para ser agradecidos se requiere una actitud de permanente examen de conciencia: ¿mis logros son sólo míos?, ¿mis éxitos son fruto de mi buena fortuna?, ¿lo que tengo es únicamente el resultado de mis esfuerzos? El agradecido sabe que, de no hacer este discernimiento, fácilmente caerá en el autoengaño o en la justificación narcisista.

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Los epitafios son, para algunas personas, la postrera oportunidad de reconocer lo que en la vida del difunto no se hizo.

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Se necesita cierta fidelidad en los afectos para ser agradecidos: sin esa tenacidad del corazón todos los vínculos humanos estarían condenados a la intrascendencia del olvido.

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Las personas agradecidas tensan hilos, tejen relaciones, mantienen firme la urdimbre. Los desagradecidos, en cambio, desmadejan, debilitan, desanudan los vínculos creados. Así que, en las relaciones humanas, unos prefieren la aguja y el dedal y, otros, las tijeras.

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El padre que invita al hijo a “dar las gracias”, cuando recibe una atención o un alimento, en el fondo le está enseñando otra cosa: el agradecimiento es el trueque con que se hacen las transacciones en el mundo de los dones.

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Desagradecido: avaro moral sin pasado ni futuro. Cicatero anclado en el presente.

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El agradecimiento es una virtud porque supone crianza y voluntad. Aprendemos a ser gratos y cultivamos la gratitud. En ambas situaciones hay un intencionado deseo para que la indiferencia de la naturaleza obedezca a las demandas de la socialización.

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La ingratitud es un tipo de amnesia en la que el paciente recupera súbitamente la memoria cuando vuelve a tener una apremiante necesidad.

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Resulta imposible ser agradecidos si antes no se tiene un notorio reconocimiento por otra persona. La gratitud es una manifestación perdurable de la dignidad ajena.

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Los desagradecidos tienen un desnivel en la balanza de sus sentimientos: pesa más lo que reciben que lo que dan.

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Los cortos mensajes de las dedicatorias en los libros son conjuros mágicos de gratitud para salvar el nombre de una persona del corrosivo olvido.

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La mano blanda del suplicante desagradecido se torna en duro puño cuando tiene que hacer retribuciones.

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El corazón agradecido guarda rostros y no caras; usa nombres propios y no apelativos comunes.  La gratitud es siempre singular.

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Los exvotos son muestras tangibles de cómo los mortales agradecen los favores de sus divinidades. Estas pequeñas ofrendas, además, son la evidencia de que los seres trascendentes retribuyen el cumplimiento de las promesas con milagros.

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El principal enemigo del agradecimiento es la vanagloria y la soberbia. Es decir, los vicios propios de la altivez y del individualismo exaltado.

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En la casa del desagradecido hay muchas puertas y ninguna ventana. Demasiadas “entradas” y ninguna “salida”. En el fondo, es la arquitectura de un alma presa en un laberinto.

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El reconocimiento a alguien, especialmente en público, es el modo como la gratitud se multiplica. Los logros personales se acrecientan cuando son compartidos.

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El desagradecido por más que dice no usar a las personas, las desecha apenas logra sus propósitos. Además de utilitarista tiene la excusa de la mala memoria.

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A veces recibimos tanto de alguien que, por descuido, empezamos a creer que lo suyo es una obligación. Así nos volvemos demandantes con aquellos que en verdad nos aman y acostumbramos nuestro corazón a tomar mucho y ofrecer poco.

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Nunca acabaremos de agradecer a nuestros padres el regalo de la vida. Si es que consideramos nuestra existencia un bien y no una desgracia.

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Los agradecidos son sedentarios en los afectos; los desagradecidos, nómadas del corazón.

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Algunas personas son incapaces de agradecer porque sienten que reciben menos de lo que merecen. Para ellas, el mundo y los demás siempre están en deuda permanente.

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Dos fuerzas motivan el nacimiento de las religiones: el miedo y el agradecimiento. En un caso, para protegerse de lo desconocido; en el otro, para retribuir lo dado. De allí nacen, entonces, la oración o el sacrificio.

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Mientras que los favores se miden en minutos o días, el agradecimiento se cuenta en meses o años. La inmediatez de los beneficios riñe con la lentitud de las retribuciones.

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Los envidiosos están impedidos para agradecer: ven rivales donde hay hermanos; sienten celos al recibir amor; mutan ayudas en resentimiento. La envidia es el envés moral de la gratitud.

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Hay muchas formas de agradecer: unas palabras, una visita, un diálogo, un regalo. A veces musitando una oración; otras, rememorando un hecho; las más de las veces, entregando nuestro tiempo. Se puede agradecer con un gesto de respeto, con la prolongación de un ideal, con una obra o un monumento. Pero la manera más importante de agradecer es mantener una actitud de cuidado hacia la vida y de reconocimiento hacia los demás.

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Los desagradecidos andan tan obsesionados por alcanzar los frutos del árbol de sus intereses que ignoran las raíces que le sirven de soporte.

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Los regalos, en general, son símbolos de gratitud. El nivel de asombro y la alegría que producen dice qué tanto se acertó en el tipo y la calidad del agradecimiento.

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Las dedicatorias en las tesis de grado son las licencias que tiene el corazón para manifestarse sin temor en los discursos académicos.

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Ciertos individuos fingen la amistad con alguien mientras logran sus propósitos. Una vez adquieren lo que buscan, se alejan para evitar así el compromiso del agradecimiento.

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Cuando un colega de trabajo o un académico dice que “no le dieron los créditos” pone en evidencia una cuestión moral: el reconocimiento tiene profundos lazos éticos con la equidad.

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Es común en épocas del dinero fácil que ciertos favores encadenen al beneficiario. En estos casos, el agradecimiento se vuelve un compromiso temeroso e ineludible: hay beneficios envenenados.

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Caín no soportó que el fuego de la ofrenda de Abel subiera más alto que el de su sacrificio. Ese es el problema de los desagradecidos: anhelan el humo de los beneficios ajenos, pero poco observan lo que ofrecen como oblación.

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Consejo de sabiduría popular: ayuda al que puedas sin esperar retribución y, si recibes alguna vez muestras de agradecimiento, tómalas como un hallazgo fortuito o alguna compensación divina.

Un libro para celebrar la fraternidad y la familia

Me gusta que lleguen las fiestas navideñas, me encanta ese colorido que va destellando en las casas o en los almacenes comerciales, me conmueve la fraternidad que abunda en los hogares. Y qué mejor manera de exaltar dicha alegría interior que elaborar un libro centrado en esta temática, teniendo como eje el ritual de las novenas y sus símbolos adyacentes. De eso trata, entonces, mi nueva obra Es tiempo de navidad.

El libro está organizado en cuatro partes. La primera de ellas, incluye reflexiones sobre los significados de la novena, las consideraciones y las peticiones que allí se realizan; no desde una perspectiva histórica, sino explorando en su significación cotidiana y en los sentidos de este ritual familiar que renueva los vínculos afectivos. La segunda parte del libro, la más abundante, contiene 32 pequeñas “consideraciones” que pueden leerse durante el novenario o convertirse en motivo de conversación para que la celebración de la novena sea, en verdad, un modo de propiciar el diálogo y el encuentro alrededor de esta tradición compartida. Entre la variedad de consideraciones se abordan asuntos como el agradecimiento, la reconciliación, el cuidado, la amistad, la fragilidad, el respeto, la confianza, la sencillez, la comprensión o la paz. Cada persona o cada grupo familiar sabrá elegir cuáles de esas consideraciones son las más necesarias para cada día de la novena o usarlas como motivo para la “meditación” posterior al evento. La tercera parte se ocupa de algunos de los símbolos propios de la Navidad: el pesebre, el árbol, la cena, los mensajes de felicitación, la estrella de Belén. Una vez más, el objetivo de estas meditaciones es indagar en su significado profundo o en lo que tienen de fuerza trascendente. La cuarta parte de la obra recoge un quinteto de aproximaciones que ha hecho la poesía a la época navideña, destacando en cada caso un evento, un objeto o un sentimiento. El libro se cierra con un cuento que recoge y recrea la costumbre infantil de esperar los regalos del niño Dios.

Decía que esta obra es un homenaje a la Navidad y, muy especialmente, a los ritos, costumbres y simbolismos de un tiempo en el que la concordia y la alegría impregnan con su entusiasmo el corazón de las personas y aviva el fuego en los hogares de las familias. El conjunto de textos desea ofrecer un mensaje optimista y esperanzador en una época en la que todo parece llevar al pesimismo, la desesperanza y a una desvertebración de los vínculos humanos. Lo que me ha animado a escribirlos responde a una convicción:  no podemos dejarnos derrotar por las múltiples manifestaciones de la muerte, por el odio o por una banalidad reinante que le quita a nuestro corazón la posibilidad de lo posible o lo maravilloso. De allí que el libro refrende la importancia del núcleo familiar e intente ampliar nuestros brazos de lo fraterno hasta tocar al vecino o a ese desconocido del cual sólo sabemos su necesidad o su gesto adolorido.

Y si bien el motivo principal de las reflexiones proviene del ritual de la novena de aguinaldos, lo cierto es que he pretendido celebrar con esta obra, no solo la fuerza sagrada de una devoción, sino refrendar de igual modo los lazos de la fraternidad y exaltar la magia proveniente de los prodigios cotidianos, sin la cual es imposible que aflore el milagro y la renovación de la vida. Por eso también he subrayado en muchas páginas las bondades del dar, la satisfacción interior que produce la hospitalidad y la importancia de disponer el corazón para “ser sembradores de luz” y permitirnos recuperar, al menos durante un tiempo, el asombro de la infancia.

Este libro continúa la serie de publicaciones sobre el tema del cuidado. En este sentido, puede emplearse como una serie de meditaciones para revisar nuestra existencia desde la perspectiva del simbolismo de la fiesta, lo sagrado y los ritos familiares o un medio para “hacer una pausa” y enaltecer cosas cotidianas como una cena, un reencuentro, un humilde regalo o una visita inesperada. Aunque de igual modo, considero que este libro resulta ser un significativo obsequio de lectura mediante el cual se invite a otras personas a contrarrestar el apabullante pesimismo, convertir en realidad la sensibilidad social, y renovar en sus corazones la generosa actitud de la alegría del espíritu.

Escribir, una mediación para transformar el pensamiento

Ilustración de Davide Bonazzi.

Es sabido que la escritura no solo es un instrumento para relacionarnos con los demás, sino también una poderosa mediación para transformar el pensamiento. Cuando escribimos nos comunicamos con otros, pero, de igual manera, entramos en relación con nuestra mente. De esta última utilidad de la escritura es que deseo hablar en los párrafos siguientes.

Es probable que no nos percatemos de las operaciones cognitivas que suceden cuando escribimos. Tal vez no advirtamos lo que la escritura le ha permitido a nuestro cerebro. Walter Ong decía que al escribir objetivamos el pensamiento; lo podemos ver y, al hacerlo, logramos tomar distancia de nuestras ideas, comprenderlas, darnos cuenta de sus entretelas, apreciar su forma de manifestarse. Y sabemos que esa propiedad de la escritura fue clave para que se desarrollara el análisis, la argumentación, el pensamiento lógico. De allí que sea tan útil echar mano de la escritura cuando se quiera mejorar nuestra forma de pensar. Ella misma ayudará a percatarnos de las falencias, las incoherencias, o la consistencia de nuestras ideas. Al ver lo que produce nuestro cerebro, al tener la evidencia de ese producto, la escritura se convierte en una herramienta muy eficaz para evaluar o sopesar el alcance o limitación de nuestras ideas; se transforma en un yunque que contribuye a “templar” o “pulir” las operaciones intelectivas. Cuanto más escribimos mejor cuenta nos daremos de la vaguedad de lo que expresamos, de su poca ilación o de nuestra incapacidad para darle extensión y consistencia a una opinión, un juicio o una propuesta. Tal constatación se convierte en una poderosa auditoría sobre nuestro tipo de pensamiento; es decir, logramos constatar si está plagado de lugares comunes, de limitadas y conocidas razones o si, por el contrario, tiene motivos suficientes para volar alto y decir cosas novedosas o dignas de interés.

Pero, además, cuando nos adentramos en la escritura descubrimos que ella misma nos exige ejercitar otros recursos cognitivos, otras operaciones reflexivas a las que no estamos habituados o que hemos descuidado: inferir, relacionar, hacer conjeturas, argumentar, sacar conclusiones, disociar, estructurar, hacer síntesis. Todo ello se pone en movimiento cuando escribimos. Consignamos una idea y, para avanzar a la siguiente, tenemos que pensar si deseamos ampliar, derivar, contrastar completar o contradecir el anterior enunciado. Tal reto a nuestro entendimiento se complejiza aún más cuando nos abocamos al segundo párrafo y tenemos que responder a la coherencia, a la continuidad lógica, a la exposición estructurada. Cada momento la escritura nos somete a dar cuenta de lo mismo que expresamos; nos obliga a meditar, a observar con detenimiento los asuntos o las cosas, a vencer el inmediatismo de la charlatanería o la sinrazón.

De igual modo, resulta interesante descubrir cómo la escritura contribuye a diversificar nuestras formas de enunciación. Porque no es lo mismo escribir un cuento o un ensayo, que un poema, una reseña, un resumen o un informe. Cada tipología textual hace que nuestra mente diversifique sus maneras de expresión, enriquezca sus esquemas cognitivos, multiplique las posibilidades de decir lo mismo desde diferentes enunciaciones; se obligue a ser plural y no condenada a una única vía comunicativa. Escribir, entonces, es prefigurar un lector, una audiencia y, al mismo tiempo, es saber elegir el mejor recurso para abordar un determinado contenido. Esta variedad textual dota a nuestro cerebro de cierta plasticidad que le permite hacer correspondencias entre cosas diversas, establecer simbiosis, analogías, sinestesias; de elaborar traducciones y lograr la habilidad del multiformismo. Lo interesante de este abanico de recursos es que nutre a nuestro entendimiento de unos atributos cognitivos con gran utilidad para la creatividad y la innovación.

La escritura, en cuanto registro de los hechos vividos, es también un valioso documento de nuestras acciones, nuestras ideas, nuestras iniciativas. Al dejar constancia de las peripecias de una vida tenemos la posibilidad de convertirnos en arqueólogos de nuestro pasado y, a la vez, en hermeneutas del relato de nuestra historia. Al escribir dejamos marcas, evidencias, huellas visibles de lo que vamos siendo en nuestro paso por el mundo. Dotamos de sentido nuestra consistencia temporal. Más tarde, esas mismas escrituras servirán para reconstruir los hitos, los acontecimientos, los incidentes críticos de nuestra existencia o conformarán un itinerario preciso, unas coordenadas de nuestra autobiografía intelectual que nos permitirá revisar de qué manera fue nuestra relación con el conocimiento, con la tradición de un saber o con el legado que llamamos “la cultura”. Pero no solo esto; al tener esos registros, al transformarnos en documento, se contará con un medio de soporte para la prospectiva existencial o para darle un horizonte de expectativas a nuestro proyecto vital. Así que, la escritura contribuye a tener una mirada crítica sobre nuestro pasado, al tiempo que vislumbrar paisajes desconocidos sobre nuestro futuro. 

Sumado a lo anterior, en la medida en que se aumenta la producción escritural o se va elaborando un cúmulo de diversas obras (de uno u otro género, de diferente tipología textual), ese mismo capital escrito sirve de referente en dos sentidos: tanto para seguir avanzando sobre determinada temática, motivo o asunto; como para obligar a la mente a no decir lo mismo después de un tiempo considerable, a buscar otras alternativas, otros caminos de solución a algo que se había pensado con anterioridad. Quien tiene algo escrito, si desea seguir reflexionando o creando sobre dicho asunto, no tendrá que partir de cero; la propia escritura se vuelve un detonante o una huella de la meta ya alcanzada. Y, al mismo tiempo, pone a la mente en el reto o la necesidad de decir otra cosa, de innovar, de no caer en la repetición expositiva o la monotonía intelectual. Cada producto, cada texto escrito dice “hasta aquí he llegado” y, a la vez, genera el desafío cognitivo de responder a la pregunta de “¿ya no queda más por decir?”; o si es posible derivar, disociar, objetar, precisar o profundizar sobre un asunto, una historia, una situación o determinada problemática que nos interesa. La escritura, entonces, permite hallar unas dendritas para las conexiones próximas y es una espuela o aguijón para incitar o provocar producciones inéditas, diferentes, innovadoras.

Otra bondad de la escritura es la de provocar o mantener la continuidad del pensamiento. Si hay esa voluntad por escribir de manera continua, si se mantiene en vilo una preocupación, un campo de curiosidad o una parcela intelectual, lo más seguro es que se mantendrá ocupada la mente en tales asuntos y, con ello, estarán activas las diferentes funciones de la inteligencia que, si se las estimula con asiduidad, avanzan no de manera aritmética, sino geométrica. Porque lo común es lo episódico del pensar, lo frecuente es la intermitencia al abordar una temática; pero si la escritura tiende esos puentes, poco a poco se van creando hábitos de reflexión más profundos, más fuertes en sus resultados, más vigorosos en su modo de abordaje o comprensión. Si se tiene en la cabeza un proyecto de escritura la mente “siempre estará ocupada”, encontrará filiaciones, hará sendas por caminos poco o nada transitados. La continuidad regula la atención, prorroga los descubrimientos en el tiempo, agudiza la memoria, dota al espíritu de cierta constancia o un talante reiterativo para enfrentar lo difícil, lo complejo, lo enrevesado o desesperadamente complicado. Hay una semilla de perennidad que la escritura arraiga en la mente de quienes la frecuentan, una forma de pensar en la que abundan los encadenamientos, la imbricación de todo tipo de signos, la capacidad cognitiva para estar en constante reanudación. Cada escrito terminado origina una serie de resonancias intelectuales que provocan nuevas ideas, gestándose así una prolongación de las preguntas que llevaron a tal síntesis parcial y que, siguiendo esa tensión del pensar, aspiran a conquistar nuevas tesis que incentiven otras antítesis en un genuino proceso dialéctico.

Y ni qué decir del beneficio de escribir para expresar libremente la subjetividad o de hacer pública la propia voz. Esta dimensión de la escritura se asocia mucho a lo que Kant, en la perspectiva del desarrollo moral, llamaba la “mayoría de edad de la razón”. Es decir, de un pensamiento que puede liberarse de ser sólo la réplica de voces foráneas o de una sumisión a lo ya dicho o protegido por una auctoritas incuestionable, para lanzarse a pensar por cuenta propia, sin muletas o cabestros, ese calificativo que tanto le gustaba usar al maestro Estanislao Zuleta. La escritura otorga ese salvoconducto para entrar a esos territorios vedados de la intelectualidad, lo teórico, del mundo de las ideas, en los que pareciera que únicamente acceden los científicos, sabios y eruditos. Sin embargo, así sean reducidos los productos escritos que se hagan, lo cierto es que ya son la toma de posesión de una mente particular en el concierto de otras obras del pensamiento. Esto es algo que merece celebrarse porque muestra el carácter propositivo de los seres humanos, y es un avance en el desarrollo de las condiciones básicas dadas por la naturaleza. Al escribir potenciamos y activamos, en clave particular, las funciones latentes del pensamiento.

Como puede evidenciarse, la escritura es más que un ejercicio de redacción; se trata, en verdad, de un proceso superior del pensamiento con enormes beneficios para la reflexión, la introspección, la capacidad de juicio, la innovación y la producción personal de las ideas. Mal haríamos, por tanto, en reducir el escribir a un simple ejercicio de destreza gramatical cuando en verdad lo que dinamiza o cualifica son los esquemas con que opera nuestra mente y su incidencia en la producción de conocimiento.

Hospedar la palabra del otro

Ilustración de Alessandra Olanow.

Joaquín: ¿Y ese milagro de ver a su reverencia?

Óscar: Para que vea, yo soy la prueba de que los milagros existen.

Joaquín: No, en serio, casi no podemos sacar el tiempo para tomarnos un cafecito…

Óscar: En algo ayudó el bajón de la pandemia, y que ya acabé de dictar un Seminario con monjitas, en Fusagasugá.

Joaquín: Tú siempre andando entre sacerdotes y monjas… ya casi eres un cura.

Óscar: Ofertas me hicieron, pero yo no sirvo para estar encerrado en un convento.

Joaquín: Además, con ese espíritu tuyo tan poco obediente…

Óscar: Joaquito, digamos más bien, con un espíritu libre como el viento…

Joaquín: ¿Y sobre qué era el Seminario? Si se puede saber…

Óscar: Sobre las bondades del diálogo…

Joaquín: ¿Y por qué no invitó? Me hubiera apuntado; y de paso me hubiera echado una calentadita.

Óscar: Era un evento cerrado. No para pecadores como tú…

Joaquín: Pues cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte…

Óscar: ¿Y dónde estás aprendiendo ahora esas citas bíblicas?

Joaquín: No sólo los que hablan con monjas son los que echan mano de San Pablo…

Óscar: Sorpresas nos dejó esta pandemia… Mi querido Joaco ahora leyendo la Biblia…

Joaquín: Sólo me gloriaré de mis flaquezas… Bueno, pero no me envolates lo que te pregunté: ¿sobre qué trataba el Seminario?

Óscar: Pues del significado que tiene el diálogo y su importancia para todos aquellos que se sienten llamados a servir o aconsejar a otros.

Joaquín: ¿Y eso fue por qué?, ¿cuál era el motivo de ese encuentro?

Óscar: Hacía parte de una lectura atenta de la encíclica del Papa Francisco Fratelli tutti

Joaquín: ¿Es decir?

Óscar: “Hermanos todos”.

Joaquín: Interesante. ¿Y tú eras el único invitado?

Óscar: Había otros conferencistas, varios sacerdotes jesuitas. Yo era el único laico…

Joaquín: ¿Comprometido?

Óscar: Sí, señor, con Marilyn, la que tú conoces…

Joaquín: Pero dejando la broma a un lado, yo sí creo que lo del diálogo es un asunto de gran importancia para los seres humanos. Fíjate, todos estos meses, casi años, encerrados, sin la posibilidad de reencontrarnos, de darnos un abrazo, de sentir a nuestros amigos o seres más queridos al lado, no fue una cosa de menor importancia. No creo que las pantallas o las breves reuniones por un monitor suplan el calor y la emoción de estar frente a frente con quienes más queremos o más necesitamos.

Óscar: De acuerdo. Parte de los cuadros depresivos de muchos conocidos tiene que ver con eso, precisamente. La falta de contacto entre los seres humanos fue como un retroceso en nuestro avance de socialización.

Joaquín: Y no sé si te has percatado de lo que ha venido después: una especie de reacción agresiva ante cualquier contacto, un desfogue en la violencia, una furia interior difícil de explicar.

Óscar: Sí, puede ser una consecuencia de haber estado enclaustrados a la fuerza. Como las calderas, pero sin ese desfogue por donde sale el vapor que evita la explosión.

Joaquín: Basta analizar el caso nuestro. Aunque contábamos con celular, WhatsApp y zoom, y nos hablábamos con frecuencia, pues añorábamos estar compartiendo este café, aquí juntos, uno al lado del otro. No sé a ti, pero dialogar contigo es una manera de reiterar el afecto, la amistad de tantos años, la certeza de la fraternidad.

Óscar: Igual pienso. El diálogo es el modo como se gesta y se reafirma la cultura del encuentro, que entre otras cosas es una idea del Papa Francisco en su encíclica.

Joaquín: El encuentro, sí señor. Pero mucho más fuerte es en el reencuentro; reencontrarse es una especie de alegría, como cuando uno se topa de pronto con algún dinero que dejó olvidado en un pantalón… Es una manera de ratificar cosas, de subrayar los vínculos o de actualizar el pasado para darle sentido al presente.

Óscar: Insisto en que la pandemia te dejó secuelas teológicas y filosóficas.  

Joaquín: Aunque se burle, y usted sabe que me gusta la filosofía, lo cierto es que el aislamiento va minando el espíritu, lo va opacando o quitándole la luz que proviene de un otro que está fuera de ti.

Óscar: El Papa habla de encuentros reales, de que dialogar es “darle tiempo” a otro; de tomarnos en serio a los demás…

Joaquín: ¿Lo del prójimo?

Óscar: Lo del próximo, como le gusta decir a él. Dialogar es romper lejanías de toda índole, es abrir el corazón o, para recordar algo de lo que dije en el Seminario, es una capacidad para “trascenderse en una apertura a los otros”.

Joaquín: Me gusta esa idea de la trascendencia vertida hacia lo humano.

Óscar: Es que, para dialogar, hay que salir de uno mismo, en el sentido de dejar en remojo las propias creencias, las propias ideas, para que sea posible escuchar lo que otra persona trata de decirnos. Porque a veces no dialogamos, sino que monologamos o queremos imponer a los demás lo que pensamos. Trascenderse es romper el cascarón del propio mundo para dejar abierta la posibilidad de lo inédito o lo inesperado…

Joaquín: Además, al otro ser humano debo considerarlo valioso; considerarlo importante, digno, para sentarme a dialogar con él.

Óscar: Así es… y por eso el Papa habla de hospitalidad, de ese don para encontrarse con la humanidad de otro o de otros…

Joaquín: Me gusta esa idea, así no haya leído la encíclica, eso de que dialogar es como ser capaz de hospedar la palabra del otro.

Óscar: Tú, siempre sacando provecho de tus buenas lecturas de poesía…

Joaquín: Para algo deben servir los años que he releído a Pedro Salinas, el gran conocedor de las minucias del tú y el yo…

Óscar: Ilumíname, querido amigo, con algunos de esos versos que cargas en tu mente como si fueran un equipaje lírico.

Joaquín: “Ven a mi desde ti, no desde tu cansancio de ti…” “Que hay otro ser por el que miro el mundo porque me está queriendo con sus ojos…” “Mundo, verdad de dos, fruto de dos…”

Óscar: “La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida”.

Joaquín: Pues parece que el religioso también tuvo su conversión por la poesía…

Óscar: No, Joaquito, es un verso de Vinicius de Moraes que trae a colación el Papa cuando habla de la nueva cultura del poliedro…

Joaquín: Ahora sí tienes que explicarme eso con plastilina, y despacito.

Óscar: Lo que sucede es que el Papa echa mano de esta figura para hablar del modo como debemos hoy entendernos, sin en verdad nos interesa la convivencia pacífica. Se trata de comprender que el mundo o la sociedad actual tiene multitud de caras, puntos de vista diferentes y que, si lo miramos bien, se iluminan recíprocamente. No es que haya unos lados más importantes que otros. Él lo expresa, si mal no recuerdo, así: “nadie es inservible, nadie es prescindible”. Entonces, dialogar es ser capaces de reconocer esas diferentes caras del poliedro, reconocer al distinto, permitirse cambiar de perspectiva.

Joaquín: Y la luz de una cara puede iluminar la sombra de otro rostro.

Óscar: Sí, ese es como el sentido. La riqueza está ahí: hay que permitirle a nuestro oído que resuenen distintas voces… Detrás del poliedro está una crítica a los fundamentalismos excluyentes y los fanatismos de todo tipo.

Joaquín: Pero para eso se requiere ser flexible, ¿no crees?

Óscar: Sí, y de eso también habla el Papa en su encíclica… Es difícil dialogar con alguien que tiene duro el espíritu, calcificado el pensamiento de solo mirar por una cara del poliedro… ¿Y sabes de qué otra condición para dialogar habla Francisco?

Joaquín: ¿De cuál?

Óscar: De la amabilidad. “La amabilidad como liberación de la crueldad…” La amabilidad que no solo permite, sino que estimula el afecto entre las personas, el nacimiento de los vínculos.

Joaquín: Yo creo que esa amabilidad de igual modo crea las condiciones para que se cree la confianza. Sin confianza es casi imposible que un diálogo sea genuino o que alcance la hondura de lo humano.

Óscar: De acuerdo. Cada vez me convenzo más de una cosa: para alcanzar el umbral de la confianza se requiere tiempo compartido con la otra persona, es vital acceder a los itinerarios de su historia y eso demanda sentarse tranquilamente a conversar, dejando que fluyan las palabras, pero también dándole espacio a los silencios…

Joaquín: Y ni qué decir de la discreción, que es como el ángel guardián de las confesiones y los secretos compartidos. Hay muchos diálogos fracturados precisamente por eso, porque la confianza fue desmoronada por la imprudencia, por no frenar la lengua o por la falta de cuidado de ese otro ser.

Óscar: La confianza es una manera de entregarle a otro nuestra fragilidad, y crece en la medida en que salvaguardamos sus secretos, su vida privada.

Joaquín: Asunto que en nuestra época parece en contravía de lo ventilado a diario como trofeo por los medios masivos de información y lo que, con saña y venganza, se divulga en las redes sociales. 

Óscar: Hemos ido dejando que lo privado sea secuestrado por el afán de notoriedad.

Joaquín: Asocio lo que dices con otro ambiente propicio para el diálogo, me refiero al respeto. Un valor que cada día nos está resultando difícil de practicar o testimoniar.

Óscar: Pienso que somos irrespetuosos porque, muy en el fondo, el otro no nos importa, porque es alguien que no merece nuestra consideración. Se ha ido perdiendo esa dimensión sagrada de lo que es una persona. No nos importa ni su edad, ni su experiencia, ni sus sueños, ni sus problemas. 

Joaquín: Para respetar a otro se requiere sentirnos corresponsables de su existencia, de su historia. Y al no respetarlo, rompemos su autoestima y, con ello, generamos el resentimiento, el odio.

Óscar: De pronto esta época de la prisa y del consumo masivo en que vivimos nos ha vuelto sordos para escuchar la singularidad de las personas…

Joaquín: Sabes que sí, ya nadie quiere ni tiene el tiempo para escuchar a otro, llámese colega, familiar o vecino.

Óscar: El Papa advierte que, por esa falta de escucha, es que hemos ido perdiendo la sabiduría. Tengo acá en mi agenda de notas del celular, una de las frases que usé durante la presentación. ¿Te interesa escucharla?

Joaquín: Sólo oídos…

Óscar: “La sabiduría no se fabrica con búsquedas ansiosas por internet, ni es una sumatoria de información cuya veracidad no está asegurada. De ese modo no se madura en el encuentro con la verdad”. Y el Papa afirma que esa verdad brota, precisamente, del diálogo, “entre espíritus libres y dispuestos al encuentro”.

Joaquín: No sé dónde leí, pero me acuerdo de un filósofo que dijo que “se aspira a la sabiduría frotando y limando el cerebro propio con el de otro”.

Óscar: Sí, esa fue también la apuesta del viejo Sócrates, ¿no?

Joaquín: Y fue mediante diálogos como Platón nos enseñó a buscar la sabiduría.

Óscar: ¿Sabes otra idea que trabajé con las monjitas? La del diálogo como síntesis superadora…

Joaquín: De nuevo la plastilina, por favor…

Óscar: Que dialogar no es sumar diversas opiniones, sino llegar a un punto en que las diferencias se enriquecen iluminándose recíprocamente, en que la complementación es superior a mis ideas o las tuyas. “El todo es más que la mera suma de las partes”. La síntesis superadora es el nosotros.

Joaquín: ¿Y cómo respondieron las monjitas a tus reflexiones?

Óscar: Receptivas, propositivas, con excelente escucha…

Joaquín: Mi tía Purificación, que fue educada por monjas, decía que las monjitas eran las que le ponían la carne al espíritu del evangelio.

Óscar: Yo he comprobado en ellas su vocación de servicio, su dedicación a curar las heridas de su prójimo… Y ahora que lo recuerdo, el Papa Francisco dice eso en la encíclica, “el servicio es, en gran parte, cuidar la fragilidad”.

Joaquín: Bueno, como sé que tienes otros compromisos, y ya hemos repetido la dosis de café, qué tal si me compartes algunas de esas otras frases que sirvieron de motivo inspirador para tu Seminario.  

Óscar: Mi estimado Joaco, se nota que me conoces bien… Te las voy a leer para que las rumies mientras vuelves a tu apartamento o para que sirvan de aperitivo a nuestro próximo “reencuentro…”

Joaquín: Aceptada de una vez la invitación.

Óscar: Va la primera: “El diálogo persistente y corajudo no es noticia como los desencuentros y los conflictos, pero ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que podamos darnos cuenta”.

Joaquín: Qué cierto. El diálogo no es noticia; sube más la audiencia cuando se habla del conflicto y de la polarización.

Óscar: Sigo, con mis frases destacadas…

Joaquín: Ay, sí, qué pena, vuestra reverencia.

Óscar: “Nos hemos empachado de conexiones y hemos perdido el sabor de la fraternidad”.

Joaquín: Como quien dice, mucha información, pero poca comunicación.

Óscar: Y la última, que bien parece un homenaje a nuestro diálogo de esta tarde: “La vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentros”.

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