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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Comentario de obras pictóricas

Aislarse en el desierto para enfrentar las pruebas al espíritu

05 viernes Dic 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de obras pictóricas, Iván Kramskoi, Recogimiento y contemplación, Simbolismo del desierto

«Cristo en el desierto» de Iván Kramskoi.

Absorto, abstraído del mundo. Enclaustrado en sus pensamientos, en un fluir de conciencia que va más allá de la simple reflexión. La mirada, aunque parece concentrarse en las piedras, en realidad no está fija en ningún objeto en particular. Es un rostro circunspecto, impasible, duro como las rocas que lo circundan. Mantiene las manos entrelazadas, en un gesto de fuerza contenida o de oración; esas manos refuerzan su actitud ensimismada, profundamente alejado de las personas y las circunstancias. Se trata de un hombre que, después de caminar a pie limpio largos días por el desierto, se ha sentado a meditar sobre su vida, sobre su pasado, pero especialmente sobre su futuro.

*

Las piedras a su alrededor son los testigos mudos de sus cavilaciones. Este paisaje árido, desértico, contribuye a hacer más fuerte el aislamiento, la infinita soledad. No hay un árbol, ni un pájaro, ni una lagartija que pueble aquel ambiente desolado. La piedra caliza del erial hace las veces de un espejo que refracta sus meditaciones. He aquí un hombre mayor enfrentado al examen profundo de su destino.

*

Es el inicio del amanecer, se nota que el sol hasta ahora está despuntando. La luz emerge por atrás del personaje, pero sin sorprenderlo o hacerle alterar sus preocupaciones.  Por lo visto, este caminante ha estado en esa posición toda la noche, velando sus pensamientos, ocupado en sus dilemas más íntimos o en alguna decisión que aún no logra delinear dentro del mapa de su existencia. Este es un hombre de meditación doliente, símbolo de todos aquellos que, en algún momento de su vida, tuvieron que enfrentar solos un conflicto esencial, y asumieron con temple de corazón el abatimiento de su espíritu.

*

El desierto siempre ha sido prueba y confrontación, inmensidad que nos obliga a revisar nuestra finitud. La extensión de lo árido nos vuelca hacia las limitaciones de lo íntimo. Las preguntas emergen cuando el silencio nos sobrecoge: ¿Por qué a mí me suceden estas cosas?, ¿qué decisión tomé equivocadamente en el ayer y produjo estas nefastas consecuencias en el presente?, ¿habrá otra alternativa que no me sea tan dolorosa o evite el dolor en otro ser?, ¿puedo ser dueño cabalmente de las riendas de mi existencia?, ¿es este el fin de una etapa de mi vida? Los ambientes externos secos e infecundos, la suprema desolación, nos permiten observarnos hacia adentro: ¿basta con ser buenos para conseguir ser amados?, ¿se puede ser totalmente libres sin que otros sufran?, ¿tengo el alma dispuesta para hospedar sin temor lo inesperado? El realismo de la imagen es contundente: este es el retrato de un hombre asaeteado por cuestionamientos que ponen en vilo su existencia.

*

La cabeza está ligeramente inclinada hacia adelante, fruto del lastre invisible que carga sobre sus hombres. Es un fardo secreto que lleva a cuestas o que soporta con una resignada pesadumbre. La lucha con ese peso inmaterial es interna: no hay en él manifestaciones exteriores de desesperación o expresiones de desespero. Aunque padece una honda angustia, se mantiene impertérrito, en reposada contención de su ser. Este lienzo sobrecogedor representa a todos aquellos hombres que, calladamente y por un largo tiempo, sobrellevan sobre sus espaldas un problema personal de descomunales proporciones.

*

El relato bíblico refiere que en un ambiente como estos, estéril y desolado, ocurrió la tentación de Satanás: el adversario interior de la negación absoluta. Jesús se apartó al desierto para ponerse a prueba, para examinarse: necesitaba esta cuarentena de ayuno y soledad para exorcizar sus miedos, para afirmarse en su opción de vida, para caldear su voluntad. La tentación se le manifestaba a manera de incógnitas: ¿podría seguir adelante privándose de algo o de alguien?; ¿estaba preparado para enfrentar la muerte de su pasado?; ¿tenía cabida en sus convicciones la acechante incertidumbre? El cuadro ilustra la situación en que un hombre se aleja al desierto a enfrentar sus tentaciones; muestra el necesario paso por la suprema soledad que lleva al recogimiento silencioso y, mediante ese trance, alcanzar la conversión de su espíritu.

*

El gesto de la cara, la postura del cuerpo, todo ello son indicios del sumo recogimiento. Apartado de la gente, aislado de cualquier tipo de distracción, el hombre está retraído, reuniendo dentro de sí lo que estaba disperso o lo que no le permitía entablar un diálogo con su esencia. Este retiro le posibilita meditar, es decir, poner al unísono su alma y su cuerpo para sopesar el valor de las posesiones y de las opciones, para aquilatar el sentido de su existencia. Y para no perder tal estado concentrado del espíritu –lo sabemos al volver a mirar sus manos entrelazadas– está en silencio orando o en un dedicado ruego por un apoyo trascendente. El recogimiento es tan profundo que lo ha puesto en actitud contemplativa: apaciguada la exaltación de los sentidos y resguardado por la silente aridez del entorno puede, entonces, ir más allá de las apariencias y esclarecer el motivo de sus tormentos. El recogimiento supone un esfuerzo de la voluntad para escucharnos, evitar la disipación e interiorizar nuestras cruciales decisiones.

*

El óleo del ruso Iván Kramskoi nos ofrece varias lecciones de vida: la resistencia de la piedra que ilustra a nuestro corazón sobre la manera de aceptar lo inevitable; la búsqueda de silencio como invitación a concentrarse y a apaciguar las pasiones; la necesidad de soledad que conduce al pensamiento a una actitud introspectiva; la condición indispensable del aislamiento para disponer el espíritu hacia un estado contemplativo. La obra Cristo en el desierto nos interpela porque muestra de cualquier ser humano, sometido a la opresión de un trance irreversible o una crisis inesperada, cómo soporta con entereza los debates internos de su alma.

*

Entrar y padecer la cuarentena en el desierto nos permite sobrepasar algunos hundimientos existenciales o esclarecer indeterminaciones que nos provocan desasosiego; recogerse en la soledad de lo árido nos ayuda a reencontrarnos, a darle temple a la voluntad, y, sobre todo, a reconstruir nuestro corazón cuando está fracturado o hecho pedazos.

Cuervos sobre un trigal

14 domingo Sep 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de obras pictóricas, Lectura de pinturas, Museo imaginario personal

«Campo de trigo con cuervos volando» de Vincent Van Gogh.

Este es un cuadro de Van Gogh que me intrigó desde la primera vez que lo vi. Hay en él un contraste de colores, una vigorosa manera en las pinceladas, un cierto misterio en el asunto expresado que me hizo detenerme y entrar en actitud contemplativa. “Campo de trigo con cuervos volando”, lo tituló el holandés; pero, además de esos dos actores pictóricos, yo percibo que hay otros “personajes” en juego, otros elementos significativos en este lienzo magnífico de un metro por cincuenta centímetros.

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Me intriga, por ejemplo, uno de los caminos. El camino que irrumpe en el trigal y que parece terminar en el centro mismo del cuadro. Este camino cobra más valor en la medida en que fractura y equilibra la mitad de la composición; y deja en el espectador la duda de si hasta ese punto llega o si continúa detrás de los trigales. No lo sabemos. Lo cierto es que ese camino abre una línea de horizonte a la mirada y, al mismo tiempo, clausura la posibilidad visual de seguir adelante. Los otros dos caminos se abren como los brazos de una cruz.

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Me conmueve en esta pintura el contraste entre dos fuerzas antagónicas: el oscuro cielo y el destellante cultivo de trigo. Entre esos dos elementos –decía– está el camino, un camino que parece concluir justo allí, en medio de esa confluencia de atmósferas. La confluencia o choque de esas dos fuerzas provoca una explosión de aves negras.

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Observo con detalle la bandada de cuervos. Las aves –lo compruebo– son el resultado de la lucha entre el amarillo solar y el azul crepuscular. El estallido entre lo celeste y lo terrígeno las hace abrir sus alas y desperdigarse en dos direcciones. Pocos de esos cuervos, los de la izquierda, vienen hacia nosotros; la mayoría, los de la derecha, levantan su vuelo hasta confundirse con el cielo. Los cuervos se aproximan o se van, descienden o ascienden, dejando a mi imaginación suponer que son la evidencia o la premonición de una lucha interminable: la del combate entre las sombras siempre amenazantes de la muerte y la vida luminosa empecinada en buscar la luz.

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Miro una y otra vez el cuadro: el cielo está encapotado; el trigal, por el contrario, arde atizado por el viento. Van Gogh logra comunicar ese movimiento de flama a la naturaleza; hay una energía en cada espiga del trigal que contribuye a que nuestros ojos se lancen hacia el horizonte; pero, al mismo tiempo, los nubarrones del cielo tienen tal pesadez que parecen aplastar la dirección de nuestros ojos. No hay manera de que sobresalgan las nubes blancas; no es posible que el cielo se muestre despejado o que aflore la claridad. El incendio desaforado del trigal está amenazado por los nubarrones de tormenta. ¡Qué carga de simbolismo! ¡Qué manera de expresar el conflicto entre la pasión por expresarse libremente a través del arte y las contradicciones y dudas de un alma atormentada!

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Mi gusto especial por este cuadro se refrendó cuando leí la novela Anhelo de Vivir. La vida de Vincent Van Gogh de Irving Stone. Este autor considera que dicha obra fue la última que pintó Van Gogh y, en este sentido, contiene la melancolía de un adiós. Después averigüé y supe que no, que este cuadro fue uno de los últimos que pintó, pero no el definitivo. Sin embargo, al novelista como a mí nos cautivó la nube de pájaros negros que “llenaron el aire y oscurecieron el sol y cubrieron a Vincent con sus alas oscuras”. Lo cierto es que este cuadro antecede o está íntimamente ligado al suicidio de Van Gogh: “Por mi trabajo arriesgo la vida, y mi razón ha naufragado casi en la empresa”, le escribió Vincent a su hermano Theo, en julio de 1890.

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En reproducciones a doble página, como la de Taschen con textos del historiador alemán de arte Ingo F. Walter, descubro la potencia del viento sobre el trigal. El viento doblega las espigas, las somete a una fuerza aplastante. Es una ráfaga que sale como de debajo de la tierra y lanza el trigal hacia el fondo de la escena. Este viento parece un soplo descomunal, una avalancha invisible. Y, por contraste, del fondo del cuadro, del cielo lejano, provienen los cuervos de la izquierda, luchando contra la corriente vertiginosa; en tanto las otras aves, las de la derecha, continúan o multiplican la arremetida de este viento expansivo. Es indudable que el viento es otro protagonista de esta obra; el viento, es decir, la fuerza del espíritu creador.

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Buscando otras reproducciones de la obra me encuentro con esta afirmación del historiador y crítico de arte alemán Rainer Metzger: “El cuadro refleja la constante amenaza de una vida en la que la libertad se convierte en abandono y la independencia en aislamiento”. Y para reforzar su interpretación, recupera la carta 133 de Van Gogh a su hermano Theo: “El pájaro, que en otro tiempo ansiaba volar en el cielo tormentoso, ahora tiene que luchar tenazmente contra la superioridad de los elementos”. El motivo, entonces, es la “conexión paradójica del consuelo y la tristeza”. Reflexiono sobre estas afirmaciones y observo de nuevo el cuadro. Sí, la obra me conmueve porque pone en disonancia la felicidad de crear y los obstáculos personales para hacerlo; sí, porque el cuadro muestra en una amalgama de fuertes tonalidades la soledad y la alegría; sí, porque la libertad de elección trae consigo la pérdida de otras alternativas. El cuadro me interpela profundamente porque representa el encuentro tormentoso entre nuestros anhelos y nuestras limitaciones, entre la avidez por la vida y la inminencia de su término.

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En este cuadro, como en otros, Van Gogh usa pinceladas a la manera de arañazos, de improntas existenciales, de testimonios expresivos convertidos en trazos contundentes. Sus obras quieren zaherirnos, rompernos el cascarón de lo dado por visto. El paisaje deja de ser, entonces, un ambiente exterior para convertirse en una muestra del estado interior del artista, de la contienda habida con su propio espíritu. Aunque vemos el trigal y el cielo encapotado, los cuervos y los caminos, en verdad estamos en presencia de una contienda del alma, de una lid mayúscula, personificada por los elementos de la naturaleza. Y eso es, precisamente, lo que me sobrecoge: cómo los zarpazos de color desean sacar de dentro del lienzo el motivo interior padecido por el alma del artista.

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Como a varios de los amantes de las pinturas de Van Gogh me intrigaba también esas dos nubes blanquecinas que aparecen extrañamente hacia la mitad del cielo encapotado. Algunos las han confundido con presuntos soles, pero no es así. Herbert Frank, en su biografía de Van Gogh, formula una hipótesis sobre dichas nubes: “Vincent se sentó con su caballete frente al campo de trigo, recorrido por dos verdes caminos rurales que ascendían hacia el horizonte, e hizo dos disparos, primero a la izquierda y después a la derecha. Esto se ve con toda claridad en el cuadro. La bandada de pájaros de la izquierda desciende hacia la tierra, mientras que la de la derecha busca la lejanía en densa bandada. Las dos manchas claras en el cielo, naturalmente, no representan soles, sino más bien el humo producido por los dos tiros. La nube de humo de la izquierda ya se está retirando, mientras que la de la derecha todavía se encuentra en expansión”. Además del dato esclarecedor, lo que aporta el biógrafo es la reiteración en que esta obra –hasta en sus mínimos detalles– ha convocado el interés de muchísimos espectadores. Y ese par de bolas de humo del disparo, en consecuencia, cobran más significado porque preludian otro más, el que se propinaría Van Gogh en su pecho el 27 de julio de 1890. El humo de ese disparo terminará refundiéndose con las volutas de la pipa que fumaba el artista antes de fallecer dos días después.

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Observo el cuadro de nuevo y siento que la obra me contagia una soledad esencial o, al menos, una honda tristeza. Pero esa tristeza, metaforizada por los pinceles de Van Gogh, purifica el alma.

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