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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Navidad

Contemplaciones navideñas

17 sábado Dic 2022

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Contemplación y pintura, Lectura de cuadros, Navidad

“Adoración de los pastores” de Gerard van Honthorst.

Es una escena de total admiración. De sorpresa mayúscula. Personas y animales dirigen su mirada hacia el centro del cuadro. Varios de ellos no soportan el destello de la pequeña criatura y otros están embelesados o maravillados de lo que la mujer ha descubierto al destapar aquel resplandeciente ser. Un aire de alegría envuelve el acontecimiento; las sonrisas de los curiosos se suman al rostro extasiado de la madre. Pero lo que resulta fascinante es la luz que despide ese niño; es una luz novísima, impoluta. Es la luz de un astro que convoca, que atrae, que atrapa la atención de los presentes. Y para hacer más solar a la criatura, más deslumbrante, todo lo que hay alrededor asume los matices de la sombra, y los rostros cercanos se muestran pasivamente como meros reflejos de la pueril candela. Es una luz muy potente la que hace gravitar el cuadro, es la luz de la nueva vida que, aunque a veces lo olvidemos, sigue siendo el mayor de los milagros.

«Natividad mística» de Sandro Boticelli.

Lo que parece menos destacado en el cuadro es el niño que está como escondido al centro de la escena. Lo más notorio es la danza de ángeles, en el cielo, en los prados, encima del techo del belén, a lado y lado del pesebre. Ángeles felices, abrazándose; ángeles bailando en rueda festiva; ángeles celebrantes, pregoneros, fraternales. Lo que cuenta de este nacimiento es la noticia, la propagación de la noticia, la buena nueva que corre como el viento y se disipa como las nubes. ¿Pero por qué tanta alegría? ¿Cuál es el motivo de este júbilo alado? Bien podemos suponer que es el cumplimiento de una promesa, de un bien muy esperado, de una esperanza convertida en realidad. Todo parece volar en el lienzo: los pigmentos se convierten en melodías, el aire en un cantar alado; el cielo y la tierra se funden en un dinamismo leve y armonioso. El cuadro nos invita a participar de tal festividad y a ser testigos de esa dicha pletórica de alas: también nosotros debemos estar contentos porque la vida continúa siendo el más sorprendente de los milagros.

«La adoración de los magos» de Andrea Mantegna.

Qué procesión tan larga, qué camino tan extenso, cuánta gente en romería. Todos se dirigen al mismo sitio, a una cueva sombría resguardada por ángeles niños. Son muchísimos los que desean ver el origen de aquella estrella que aún sobresale como un largo farol por encima de las rocas. El paso para llegar hasta la criatura no es tan ancho y los camellos parecen querer observar también aquel niño. No son estos los primeros visitantes, como tampoco serán los últimos; es un peregrinaje que se prolonga por los altibajos de las montañas. Esta es una obra que nos recuerda el gesto reverencial ante la nueva vida, que nos invita a mantener el asombro por esos pequeños milagros que aparecen a la vera de los caminos. Toda vida naciente nos obliga a hincarnos con respeto, no importa si somos reyes o mendigos.

«La adoración de los pastores» de Bartolomé Esteban Murillo.

Los que muestran un mayor interés por la reciente criatura son los mismos que cuidan y protegen la vida. Los primeros que asisten al develamiento del niño con una curiosidad y una disposición de ayuda, que es absoluta ternura, son los pastores. Están encantados por ese nacimiento al punto de cobijarlo con sus ojos. Son aldeanos humildes, son campesinos, son gente que anda cerca a los rebaños y sabe la delicadeza con que debe tratarse el despuntar de toda existencia. La escena sirve de ejemplo a una de las aldeanas para enseñarle a su hijo una historia semejante: “Así eras tú recién nacido”, le dice con voz queda. Y el niño aprieta contra su pecho la gallina que lleva en su brazo e imagina que el animal también participa de ese milagro. El fondo sombrío de la escena, la penumbra que la envuelve, permite al espectador considerar que esta criatura, la de abajo, sea uno de los ángeles de arriba, que por una fantástica ley de gravedad haya caído poco a poco al seno de esa joven madre. Todo es sutil en este cuadro: basta observar la mano de uno de los pastores que toca levemente a una de sus ovejas, como si de esta manera pudiera acariciar la vida reciente que se abre radiante ante sus ojos.

«La navidad» de Federico Barocci.

La vida nueva genera expectativa, curiosidad. Siempre el misterio se esconde, se resguarda de las miradas pesimistas, de los escépticos ante las formas de lo extraordinario. Sin embargo, esa pequeña criatura fuerza el espíritu de los curiosos, los hace impacientes y ansiosos; los convierte en husmeadores de imposibles que golpean más de una vez a la puerta. El anciano portero, para exacerbar más su interés, les dice que no pueden entrar todos al tiempo, advirtiéndoles con el índice de su mano izquierda el silencio que exige ese niño tan reciente. Entre la criatura y el gentío está la madre de la criatura que parece cubrirlo de todas las miradas que le esperan, de todos los elogios que cubrirán su humilde lecho, de todos los rumores que irán de boca en boca propagando la noticia de un nacimiento extraordinario. El cuadro representa el momento de la antesala a la visita, de la expectativa por lo maravilloso, de esa desazón en el espíritu cuando se está ante algo que deseamos con el impulso pasional del corazón. Es bueno no perder la curiosidad por la vida que nace a diario en los pesebres cotidianos; es necesario golpear con insistencia para ver con nuestros propios ojos la esperanza encarnada o la semilla convertida en fruto humanizado.

«La adoración de los pastores» de Jacopo Tintoretto.

Realmente es en un cobertizo donde acaece el milagro de la vida. Es en lo alto donde mejor se observa el aparecer de una nueva existencia. Hay que elevar los ojos hacia las alturas para descubrir lo maravilloso, para recuperar el asombro; y, desde esa perspectiva, levantar nuestros brazos para hacer las ofrendas, para dar algo que consideremos valioso. Pocas veces nos percatamos de que arriba de nuestra cotidianidad acaecen sucesos extraordinarios. Y menos aún nos damos cuenta de que alguna criatura puede estar necesitando un alimento, una prenda, el calor de nuestros brazos. Pero lo que hace más llamativa la doble escena del cuadro es que el techo del cobertizo está abierto hacia los cielos; encima del niño y sus padres se pueden ver seres alados. Un mensaje profundo se revela: los que adoran y veneran el milagro de la vida no deben olvidar mirar a las alturas.

«La natividad» de El Greco.

Ya está la vida aquí. Cuánta sorpresa de ver su fragilidad, cuánto tacto para saber protegerla sin herir su novísima piel. Es tan fuerte el impacto de ver ese ser tan hermosamente indefenso que el resultado es el estatismo, la parálisis del ánimo ante esa maravilla tan diminuta. En la intimidad del hogar, en la familia más humilde, se vuelven a repetir los mismos cuestionamientos: ¿cómo lograr mantener aquella criatura con vida?, ¿cómo atender sus urgencias?, ¿cómo saber velar su sueño?, ¿cómo evitarle el sufrimiento? El cuadro nos recuerda que más allá de procrear o traer un niño al mundo lo más importante, lo que seguramente provocará un estado de estupefacción en sus progenitores, es saber bien cómo cuidarlo. La sorpresa de la natividad cobra en esta pintura todo su significado: el milagro de la vida merece y exige conservarse.  

Una fe muy especial

14 sábado Dic 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de poemas, Luis Rosales, Navidad, Villancico de la falta de fe

Villancico de la falta de fe

Para que la maravilla de la navidad anide en nuestro corazón se requiere tener una fe muy especial, un convencimiento interior de que una estrella en el cielo es el signo de algún misterio o de un hecho de gran trascendencia. Precisamente, de eso nos habla el poeta español Luis Rosales en su texto “Villancico de la falta de fe”, de la miopía que tenemos los hombres para percibir la claridad de los astros o descubrir el paso lentísimo de una luz excepcional.

Ya en las primeras estrofas el poeta nos ayuda a entender los motivos para no percatarnos de esa estrella fulgurante. Las razones están en la lentitud del astro, en su traslúcido vestido o en la calentura que tenemos al ser habitantes de las grandes ciudades. Porque andamos de carreras y mirando hacia el piso el rutinario trabajo que nos permite sobrevivir, por eso poco levantamos la cabeza para avizorar los destellos que incitan a lo extraordinario. Porque nos vamos acostumbrando a no detenernos en lo bello o lo trascendente, porque hemos perdido nuestra herencia celeste, por eso ya no vemos lo que alumbra arriba de nuestras cabezas.

Hemos perdido el don de los magos, de esos seres capaces de entrever el fulgor en lejanía, la invitación que es guía aunque pareciera un resplandor común. Los magos son los que nos devuelven el sentido de lo fantástico, de gozar con lo que parece imposible. Los magos saben de estrellas porque las han visto nacer, porque pueden entrever en un simple fulgor el llamado a emprender la aventura. Los magos tienen más afinada la mirada para ver las estrellas porque han estado mucho tiempo con el cielo desnudo, porque la infinitud ha sido su paisaje cotidiano.

En cambio los hombres citadinos, los apegados a la inmediatez, difícilmente logramos observar los espacios abiertos o de amplitud sobrecogedora. En lugar de aprender de la vejez de Baltasar, ansiamos ser eternamente jóvenes; en vez de tener los ojos ardientes del creyente, nos contentamos con una incredulidad cercana al hastío. Aunque tenemos el alma llena de sed, preferimos dejarla sin florecer; hemos volcado todo nuestro interés en las cosas y las posesiones materiales hasta el punto de tornarnos invidentes para los esplendores o las luminarias inmateriales.

El poeta parece indicarnos que necesitamos de una fe más consistente, más previsora, con la cual podamos atisbar lo que está ahí pero parece ocultarse a nuestros sentidos. Y la navidad con sus belenes, con ese rito de cantos y novenas, puede ayudarnos a recuperar la fuerza de la visión creadora, el fervor de la creencia que fortifica el espíritu y nos devuelva la condición de ser criaturas limitadas pero con el poder de levantar la mirada para adorar la eternidad de las estrellas.

https://fernandovasquezrodriguez.com/wp-content/uploads/2019/12/isabel-pantoja-no-se-ha-perdio-especial-navidad-tve1-2005-ytmp3s.me_.mp3

La figura central del pesebre

11 miércoles Dic 2019

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Comentario de poemas, Luis López Anglada, Navidad, Receta para construir un nacimiento

Para construir un nacimiento

Además del encuentro familiar para decorar y hacer el pesebre, de crearle un escenario lo más realista posible a las figuras centrales de la fiesta navideña, el poeta español Luis López Anglada nos dice que se requiere de otra cosa para que la puesta en escena de esta tradición cobre vida. Si no está la disposición genuina, la fe o el fervor, el nacimiento quedará sin terminar, será un cuadro pintoresco y destellante, pero esencialmente inanimado.

Porque de lo que se trata es que la navidad nos devuelva la fuerza del rito; de que nos desliguemos de lo rutinario e intrascendente para entrar en esa “zona sagrada” de lo excepcional o maravilloso. Y como todo ritual, esta práctica de “armar” el pesebre, de iluminarlo, de buscar el mejor lugar para las diferentes piezas, implica emplear un tiempo considerable, con una dedicación cercana al disfrute del ocio infantil. Es una actividad que nos invita a concentrarnos, a sentirnos diseñadores de geografías maravillosas, a ser directores de una obra de teatro guardada celosamente en nuestra memoria. De allí que al desempacar las diferentes figuras, guardadas en una caja desde el año anterior, empecemos a sentir que cambia nuestra actitud, que nos habita el corazón otra música, que somos transportados a otro tiempo.

Por supuesto, al “montar” el pesebre estamos creando un ambiente para el encuentro, para la celebración familiar de una devoción común. De allí que el poema nos reitere que la “pieza” fundamental de un pesebre sea nuestra genuina entrega a ese rito. Y que si no tenemos esa convicción o si por lo menos no somos capaces de dejarnos habitar por la fuerza de dicho relato, la fabricación del portal, de los ríos de plata, del rocío hecho con harina, habrá sido una labor vacía de sentido.  

Lo fundamental, por lo mismo, es dejar que el rito nos vaya adentrando en sus misterios. Porque de tanto estar junto al pesebre, de tanto mirar el humilde nacimiento, de tanto ensimismarnos con las pequeñas ovejas y los pastores, de tanto contemplar a María y José, empezaremos a sentir una especie de prodigio en nuestro corazón. Y, entonces, descubriremos que hay una luz interior en nuestro pecho capaz de iluminar a los reyes  magos que vienen de oriente, y están en el lugar más alejado del portal. Sólo así el pesebre estará cabalmente terminado.

https://fernandovasquezrodriguez.com/wp-content/uploads/2019/12/marta-gomez-ay-s-ay-no-zvooq.me_.mp3

Llegó diciembre

01 domingo Dic 2019

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Comentario de poemas, Diciembre, Meira Delmar, Navidad

Diciembre Meira Delmar

Este poema de la colombiana Meira Delmar es un buen heraldo del mes que comienza. Y lo es porque en sus versos deja traslucir la magia que trae diciembre, su relación con la niñez, con la alegría primaveral y con un renacer de fiesta en el espíritu.

Porque lo que trae este mes, además de los festones y decorados, de las luces y la algarabía, es un aire “fino” de flores que nos invita soñar; un aire que nos vincula con recuerdos felices en el que abundaban los juegos y la fantasía desbordante. Los aires de diciembre transforman el entorno, dejan más azul el cielo, lo limpian de nubes para que los ángeles –especialmente vespertinos– nos encanten con sus tonalidades de arpas ensoñadoras. Es un aire o brisa que todo lo envuelve, que nos pone a temblar el alma porque llega hasta las fibras más íntimas de nuestro ser.

Diciembre es también un mes para que salgan de sus escondites los duendes de “nevosas barbas”, los enanos y elfos, los Papá Noel y todos esos personajes que por nuestros afanes cotidianos o nuestra angustia para sobrevivir los olvidamos. Este es el mes para que ellos suban a la tierra de nuevo, para que entren a formar parte de nuestro mobiliario y desordenen con colores vivos la monótona vida que llevamos. En diciembre recuperamos la credibilidad de la infancia y, con ella, la certeza en lo imposible, en lo probable, en lo maravilloso. El más humilde puede soñar que es rico, el más solitario sentirse acompañado de voces fraternales. Hasta la misma naturaleza recupera su fuerza y esplendor para entrar por las ventanas abiertas de nuestras casas.

El poema, en su misma elaboración, desea comunicarnos esa música particular que trae diciembre. Los versos van dejándonos entrever un ritmo juguetón y cadencioso, un vaivén que por momentos se parece a un rumor y, en otros, a los golpes de las corrientes de agua. Esa música invita a la ensoñación, a imaginar paisajes románticos o “pueblos azules” en los que los lirios, los jazmines, las acequias y una infinitud de pájaros mueven sus formas como si fueran bailarines leves. Meira Delmar pone el acento en que la llegada de diciembre es, esencialmente, el inicio de una melodía fina, delgada, como son las notas en que la vida canta su renacimiento.

Diciembre llega con rostro de niña, con los gestos y clamores de quien se siente despreocupado y libre para saltar y reír hasta el cansancio, de quien sabe que puede alzar sus manos para alcanzar las nubes o que confía en el milagro de una promesa para tener los regalos más ansiados. Diciembre es una ráfaga, un ventarrón de aromas y sabores, de cantos y formas, de abejas mensajeras de mieles exquisitas, un júbilo que lo inunda todo, que a todos despierta, que nos aviva los sentidos y nos permite recuperar la facultad de soñar. Diciembre llega corriendo como los niños que, gratuitamente, vienen hacia nuestro pecho para darnos un abrazo o remover, como si fuera una travesura, las fibras hondas de nuestro corazón.

https://fernandovasquezrodriguez.com/wp-content/uploads/2019/12/brisas-de-diciembre-rufo-garrido-ytmp3s.me_.mp3

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