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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos mensuales: noviembre 2023

Escribir para reconocernos

28 martes Nov 2023

Posted by Fernando Vásquez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 8 comentarios

«Autorretrato» de Johannes Gumpp.

La escritura, además de sus funciones utilitarias y comunicativas, puede ser un medio idóneo para reconocernos.

Pero, antes de desarrollar esta tesis, considero importante recordar algo sobre el sentido del reconocimiento. En la tragedia clásica, la anagnórisis o agnición era el momento en que, por determinadas circunstancias (una cicatriz, por ejemplo), se lograba el descubrimiento de un desaparecido o la identidad de alguien oculto. Sirva de ilustración la escena de Euriclea, la anciana ama de llaves, cuando lava los pies a Odiseo y lo reconoce, precisamente, por la herida que le había dejado el jabalí en su muslo. Ese mínimo detalle conduce a revelarle a la anciana que no está frente a un mendigo, sino ante su antiguo amo. El reconocimiento, como se infiere del ejemplo, permite revelar una identidad, sacar a flote la persona auténtica.

Entonces, ¿por qué considero que la escritura es una aliada o un recurso excepcional para reconocernos?

En principio, porque cuando realizamos un registro escrito sobre un hecho, una vicisitud o peripecia personal, al hacerlo empezamos a entender su peso, su valía, o su grado de resonancia en nuestra existencia.  Es como si tuviéramos un espejo de palabras para, a través de esos signos, mirarnos cara a cara. Ya se trate de una situación de dolor o de alegría, un evento positivo o un problema abrumador, la escritura de tal suceso nos revela, nos ayuda a entender “aquello que nos pasa” y, en esa misma medida, contribuye a que veamos cómo encajan esas piezas discontinuas dentro de la figura de nuestro ser. No digo, por supuesto, que ese reconocimiento siempre tenga un resultado feliz; de igual modo puede llevar a ensimismamientos retadores o dolorosos, a descubrir falencias recurrentes, o a detectar actuaciones que al verlas puestas en el papel muestran filiaciones con “marcas” de crianza o improntas escondidas de un temperamento.

Además de esto, la escritura nos ayuda a recuperar hechos de nuestra vida para volverlos genuinos acontecimientos. Nuestra infancia, nuestro periplo afectivo, nuestras pérdidas y alegrías, los grandes triunfos, las penosas derrotas… todo eso por lo que pasamos, esas peripecias existenciales, se tornan memorables cuando pasan por el cedazo de la escritura. Tales relatos son, en verdad, trabajos de “recuperación del tiempo perdido”, formas textuales para atrapar lo que de suyo es evanescente, documentos de reconocimiento para restablecer filiaciones espirituales con nuestro pasado.

Y esta misma función reveladora de la escritura podemos aplicarla a otros campos. Supongamos que somos educadores con muchos años de oficio, pero durante ese tiempo no hemos escrito nada sobre lo que hacemos. A lo mejor hemos llenado formatos o diligenciado encuestas de desempeño, pero poco acudimos a la escritura para reconocernos. Trabajamos, devengamos un salario, buscamos formar a otras personas, nos ocupamos en las tareas cotidianas de la escuela, sin haber nunca dejado un registro escrito de nuestro quehacer. Cosa distinta sucedería si, con cierta constancia, describiéramos determinadas actividades de aula, lleváramos un diario de clase, o realizáramos la crónica de algún proyecto de nuestro curso. En tal caso, al leer y releer lo que hemos escrito, podríamos “caer en la cuenta” de lo que hacemos para, desde ese reconocimiento, lograr explicar y comprender mejor el mundo de nuestras actividades. Además de obtener un beneficio adicional: el de ver en esos registros escritos las claves para mejorar o transformar nuestro quehacer.

En esta perspectiva, la escritura es un medio para reflexionar la práctica. Y con esa “evidencia de signos” es posible descubrir las coordenadas de nuestro saber docente, la singularidad como maestros, nuestro estilo de enseñanza.

De otra parte, la escritura también nos posibilita reconocer el modo como pensamos o la configuración de nuestro pensamiento. Cuando escribimos descubrimos las entretelas de nuestra cognición, aparece ante nuestros ojos una especie de radiografía de la armazón de nuestro pensar. De allí porqué algunos investigadores de la escritura, como Walter Ong, hayan sugerido que escribir sea un modo de aprender a pensar mejor, a ser coherentes, a tener un pensamiento organizado, a cualificar nuestra argumentación y hallar las conexiones lógicas entre diferentes proposiciones.

Este punto lo considero fundamental para reiterar un asunto en el que he venido insistiendo hace ya muchos años: la escritura permite el reconocimiento de que podemos pensar por cuenta propia, que tenemos la mayoría de edad intelectual para entrar a participar de ese diálogo escritural que moviliza la cultura. Entonces, la escritura posibilita reconocernos como trabajadores del mundo de las ideas. Gracias a ella descubrimos que no solo somos rutinarios trabajadores de la sobrevivencia, sino también seres razonantes y cuestionadores, seres críticos capaces de romper las propias limitaciones de las creencias heredadas y proponer visiones de otros mundos posibles.

Hagamos un alto y repasemos lo que hasta aquí hemos expuesto: al escribir tomamos distancia de nosotros mismos, de lo que hacemos y de lo que pensamos. El escribir es un proceso alquímico mediante el cual ponemos afuera nuestro pensamiento, lo objetivamos y, de esta manera, logramos analizarlo con detenimiento. El filtro de la escritura nos dota de una personalidad diferente a la que aparece en los datos de identidad de nuestra cédula. La escritura nos permite transformar la suerte no elegida de nuestra herencia biológica en una genuina reconstrucción de quiénes somos. Más que un dato, al escribir nos erigimos como historia; más allá de una fecha de nacimiento y otra de muerte, nos transmutamos en un relato apasionante y único de cómo una conciencia da sentido y explicación a su vida. Al escribir dejamos de ser ajenos a nuestra existencia; nos hacemos dueños de nuestro propio destino.

Hastío de la politiquería

20 lunes Nov 2023

Posted by Fernando Vásquez in Ensayos

≈ 2 comentarios

Ilustración de Ángel Boligán.

Se los oye dando declaraciones en los medios de comunicación sobre sus llamativas propuestas de gobierno si llegan a ganar las elecciones y uno no sabe si hablan de esa manera porque consideran a la audiencia tonta o cabalmente crédulos, pues lo que prometen ni es factible, ni está avalado por determinado estudio, una investigación de largo aliento o al menos soportado en alguna documentación. Su discurso está lleno de generalizaciones, de lugares comunes: “acabaré de tajo con la corrupción”, “impondré la seguridad desde mi primer día de gobierno”, “solucionaré ahora sí el problema de la movilización en la ciudad”, “no habrá nuevos impuestos”. Son frases dichas a la topa tolondra, sin ningún respaldo, sin el conocimiento mínimo de lo que implica el largo proceso administrativo de una decisión gubernamental. Son consignas repetitivas, puestas en boca de los aspirantes a gobernar, pero que han sido dichas por los mismos que ahora ocupan los puestos que estos candidatos, “adalides de la democracia”, pretenden alcanzar.

Pero, además de esta vacuidad en el discurso, de esas frases tan rimbombantes como raquíticas de contenido, lo que reiteran estos demagogos marrulleros en las entrevistas, en la prensa y lo multiplican en las redes sociales, son frases llenas de epítetos agresivos contra sus contrincantes de turno. Cada uno acusa a sus opositores de los vicios o los defectos que él dice no tener o exhibe virtudes o comportamientos irreprochables. Por supuesto, tampoco de esto hay respaldo alguno, ni aun cuando de manera flagrante se demuestran delitos como el cohecho o el tráfico de influencias. Bien se sabe, que el discurso del odio contribuye a menguar la vergüenza propia o disipar el reconocimiento de la falta. Son los otros los deshonestos, es el contrincante el que posee todos los males que causan el deterioro de un país. Aquí, una vez más, el discurso de estos tunantes de cuatrienio apela a la desmemoria de la masa, absolutiza el presente y, desde ese tiempo, anuncia las panaceas, el elíxir de la solución definitiva: “conmigo empieza el futuro”, “mi propuesta sí dará solución a las iniquidades y la pobreza”, “yo les devolveré la seguridad a todos los ciudadanos”. Lo común en sus campañas, y que es capitalizado por los medios de información ansiosos por aumentar las audiencias, no es hablar de las debilidades de las propuestas de los contrincantes, sino centrarse en la persona del opositor. De allí que los crédulos electores terminen votando en “contra de alguien” y no eligiendo un programa, una agenda de partido, una razonable propuesta de gobierno.

Pienso que esto último se debe, entre otras razones, a la improvisación o falta de consistencia ideológica y programática de las organizaciones políticas. Es común crear de sopetón un partido para inscribir una candidatura sin ni siquiera haber debatido los principios que lo guían, los fundamentos de su propuesta, su agenda de gobierno. Son partidos de afán, hechos a la medida de las circunstancias y acomodados a la astucia del pícaro redomado y sus secuaces o la “coyuntura política del momento”. Por eso también hay mutantes, trásfugas, militantes tipo “canguro” que saltan de un movimiento a otro, ejemplo de su debilidad ideológica y mostrando un oportunismo mayúsculo. Y ni qué decir de los presuntos directores de los partidos llamados tradicionales, quienes –a la manera de patriarcas religiosos– dan su bendición o excomulgan a los que no acatan sus designios. Mirando en detalle los comicios nacionales es fácil detectar por qué la gente viene descreyendo de los partidos, por qué ya no los representan, y por qué se han ido convirtiendo en “maquinarias” para lograr un único cometido: hacer que alguien ocupe un puesto de gobierno para favorecer los intereses particulares.     

De otra parte, aunque con el mismo fin, los medios de información, especialmente la radio, asumen el papel de propagandistas de tales ladinos camaleónicos. Gran parte de los programas matutinos de noticias se ocupan en llamar a dichos candidatos para preguntarles qué piensan de lo que afirmó otro oponente y, con esa declaración, convertirla en “comodín” para despertar aversiones y repetir el mismo mensaje a lo largo del día, rubricado por los noticieros televisivos que, a su vez, vendiendo la idea de que la “gente debe estar bien informada”, diseñan “debates” para favorecer tendenciosamente a unos o, convirtiéndose en jueces, acorralar con preguntas a otros. Lo cierto es que el cubrimiento informativo de la politiquería trae un doble beneficio: para los demagogos, porque convierten la amplificación de los medios en una semilla para propiciar el rumor, la mentira o la calumnia sobre sus opositores, y para los medios, que conocen de sobra los beneficios de aumentar su audiencia alimentando el fuego de la polémica, la mutua ofensa o la pelea que, como ellos mismos afirman, está para “alquilar balcón”.

Pasadas las elecciones del momento, estos remedos de líderes se los verá asumir, si han ganado, el tono triunfalista y desafiante sobre los vencidos; o, en el caso de que hayan perdido, alegar los fraudes o la falta de “condiciones” para haber logrado su cometido. Hibernarán por un tiempo y, cuando tomen posesión de su cargo, construirán un discurso de descrédito sobre sus antecesores, hallarán más de una razón para disculpar su ineficiencia o, lo que resulta más deprimente, alegarán que necesitan “otro período” para alcanzar sus metas más ambiciosas. Y lo que en sus campañas era tildado de repudiable, ahora se convertirá en motivo de justificación; los principios éticos, defendidos como bandera en el pasado, serán en el presente menos inquebrantables; las promesas hechas en campaña por su partido pasarán a ser negociadas con otros que, enquistados por décadas en las ramas legislativas del Estado, conocen cómo sacar provecho del erario del país. Instalados en el poder estos dirigentes calculadores sabrán disponer las fichas en el gobierno para su propio beneficio, favorecerán a sus financiadores, e irán dejando en el olvido las grandes consignas, el mundo utópico proclamado en las campañas, las ingentes reformas que parecían fáciles de conquistar.

Lejos, muy lejos, están dichos personajes de ser o alcanzar la talla de estadistas responsables, de gestores de sociedades más equitativas e incluyentes, de hombres íntegros al servicio de lo público. Lo suyo es un simulacro de tales atributos; una pantomima del ejercicio responsable de la política, una “ladina ocupación de masas” que cada día se ve más catapultada por la propaganda de los medios masivos de información, el uso de la desinformación de las redes sociales y el respaldo de la abundancia de dinero ya sea de procedencia lícita o ilícita.

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