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Despedida a Fernando Vásquez Rodríguez
(versión completa)
Penélope Rodríguez Sehk
Palabras leídas en la Parroquia de Cristo Rey Bogotá,
Julio 4 de 2026
Con profundo pesar me dirijo hoy, a ti, mi amigo del alma, mi compañero de muchas vidas, mi hermano y cómplice eterno. Te despediste de tu cuerpo el 30 de junio, pero en realidad te perdimos desde el pasado 6 de febrero, cuando aquel desafortunado evento acabó para siempre con el Fernando que conocimos y amamos por tanto tiempo. Lo que siguió después de esa oscura mañana fue un largo y penoso proceso, en el que día a día, mientras todos nos ilusionábamos con la promesa de tu regreso, tu parecías en cambio estar reuniendo las fuerzas necesarias para emprender el más difícil y definitivo de los viajes sin retorno.
La intensidad de tus días finales no fue distinta a la vehemencia con la que viviste tu vida entera, como si de algún modo hubieras presentido desde siempre que debías aprovechar cada segundo al máximo, pues tu existencia te iba a ser arrebatada prematuramente. Tus días fueron siempre largos y plenos, atiborrados de incesante actividad productiva. Tus noches fueron siempre cortas e inquietas. Mas que un momento para el descanso, las noches parecían intrusas que interrumpían tu lectura, tu escritura, tu creación constante. Sólo la enfermedad ocasional lograba detener tu ritmo febril. La enfermedad sobre la que tanto escribiste y a la que tanto cuestionaste y reclamaste por detenerte sin permiso. Y ahora, tristemente, y sin que tú ni ninguno de nosotros hubiera podido hacer nada para evitarlo, la muerte te ha detenido para siempre.
Es difícil decirte adiós, mi bello amigo. Tu presencia se siente aún muy fuerte en la vida de todos. Nos dejas con una acongojada sensación de orfandad, pero también con un legado de sabiduría y de experiencias compartidas que no desaparecerán con tu ausencia. Por el contrario, ese legado lo percibo ahora como mas denso, mas real; como si tu partida hiciera tus creaciones más reales y como si cada palabra escrita por ti cobrara ahora un significado mas sólido del que quizás hubiéramos captado en su momento. Ese legado será ahora el único lazo que tendremos para seguir conectados contigo, aunque ya no podamos disfrutar mas del sonido grave de tu voz, o la fuerza de tu abrazo, o tu cálido apretón de manos.
Cada uno de los aquí presentes conoció y, por lo tanto, extrañará una versión diferente de ti. Cada uno guardará memorias muy íntimas y personales de esos momentos compartidos contigo. Quizás, la gran mayoría de los que están aquí conservarán los recuerdos del Fernando escritor, el maestro y el trabajador incansable por la educación de las últimas décadas. Otros pocos como yo, tendremos la fortuna de recordarte de toda una vida. Te conocí cuando empezabas apenas a recorrer tus veintiún años, y a pesar de la corta edad, ya tu rostro de joven profesor reflejaba la madurez a la que prematuramente te había forzado la vida. Sin disculpas entraste a educar con mano firme una generación de estudiantes unos pocos años menores que tú, a inculcarles los valores del trabajo duro, el compromiso con la perfección y la intolerancia a la mediocridad y a la holgazanería. Te dedicaste a despertar nuestras mentes adormiladas, a empujar nuestros cerebros por fuera de la parsimoniosa zona de comodidad en la que el sistema educativo nos tenía aprisionados, pero sobretodo a quitarnos el miedo a tomar una postura sólida ya fuera esta política, religiosa, artística o de cualquier tipo. Se que esos valores y esos altos estándares éticos te acompañaron toda la vida y los defendiste en todos los ámbitos de tu quehacer profesional y de tu vida personal. Se que ellos te labraron amores y desamores, pero nunca los comprometiste por ninguna de las falsas adulaciones que podían prometer el poder, el prestigio, o la aprobación social.
Mi entrañable amigo, no tuviste tiempo de despedirte de nada ni de nadie. Todas las conversaciones y proyectos quedaron abiertos e inconclusos. Pero si estuvieras aquí, siendo tú el que nos dieras hoy el adiós definitivo a nosotros, quisiera imaginarte diciéndonos algo así cómo:
Queridos amigos, amigas, colegas, familiares, hermanos de vida: GRACIAS. Gracias por estar aquí hoy. Gracias por sacar un ratico en sus agitadas jornadas para despedirse de este servidor que, sin su voluntad, fue llamado a ocuparse ahora de otros menesteres lejos de aquí (o por lo menos eso quisiera creer, pues no imagino toda una eternidad llena de ocio. Esa sí sería para mí la idea del infierno).
Aunque la ocasión que nos ha convocado aquí parezca triste, es motivo de gran regocijo para mi espíritu sentirme acompañado de tantos rostros familiares y queridos por mí. La presencia de ustedes aquí me dice que sí. Que sí valió la pena. Que las numerosas horas que dediqué a mis amigos, a mis colegas, a mis estudiantes, a mis seres más queridos valieron la pena.
Me disculpo de antemano y profusamente por esta salida tan abrupta del escenario de la vida que no me dejó tiempo para despedirme de cada uno de ustedes como me hubiera gustado. Definitivamente, no somos los escritores del guión de nuestra existencia, aunque tercamente nos empecinemos en creer lo contrario. Al final, es todo un juego del azar, de la mala fortuna, de la mala hora. Los invito a no perder tiempo tratando de encontrar el sentido de lo que me pasó, pues como dirían los budistas, fue tan sólo una forma cruel del universo de recordarnos el carácter irremediable de nuestra impermanencia. Un día estamos y al otro día ya no estamos más. Es así de simple. Y está bien. Sigamos a los estoicos para quienes, como lo escribí en los aforismos en mi blog, “la muerte no debería preocuparnos: cuando vivos, apenas la imaginamos; ya muertos, no tenemos conciencia de ella”. Por mi parte, y siguiendo con mis amados aforismos, no quiero imaginar a la muerte como una figura aterrorizante sino como los brazos abiertos de los seres amados que nos precedieron. No como una partida sino como un reencuentro lleno de luz.
O, si se quiere, recordemos las palabras que Leon Tolstoi puso en boca de Iván Ilich en su lecho de muerte, un libro que, a propósito, y quizás de manera premonitoria, había terminado de releer justo antes del insuceso que hoy nos convoca. Como les decía, quizás Iván Ilich pueda ayudarnos a transitar por los vericuetos del sentido o el sinsentido de nuestro irremediable acabamiento físico. Veamos: En los últimos momentos de su vida, Iván Ilich reconoce que su sufrimiento físico, sus tormentosos dolores no son nada comparados con el sufrimiento moral que le causa pensar que su vida entera fue un error y que su muerte es la consecuencia de no haber vivido como debía. Pero, atrapado en estos juegos mentales, también le sucede que, pensar lo contrario, es decir, que su vida sí había sido buena le impedía rendirse a la muerte que ya sabía era inevitable. La solución a tal enredo le llega cuando deja de pensar en él y se permite sentir compasión por aquellos a los que está haciendo sufrir con su agonía, y decide entonces soltarse y soltarlos. Apaciguado, por fin, respira feliz y reflexiona: “¡Qué bien y que sencillo! — se dice. Y ¿el dolor? ¿Adonde ha ido? Y ¿la muerte? ¿Dónde está? Buscó el antiguo miedo a la muerte al que estaba tan acostumbrado, y no lo encontró. No había ningún miedo porque tampoco había muerte. En vez de muerte había luz, sólo luz. ¡Qué felicidad! Se acabó la muerte, se dijo, Ya no existe. Solo existe la luz.”
Y es hacia esa luz, mis amados compañeros de este viaje efímero que llamamos vida, hacia donde ahora me dirijo, agradeciéndoles de nuevo su presencia aquí y dejándolos con este otro aforismo sobre la gratitud, cómo un regalo de despedida: “Hay muchas formas de agradecer: unas palabras, una visita, un diálogo, un regalo. A veces musitando una oración; otras, rememorando un hecho; las más de las veces, entregando nuestro tiempo. Se puede agradecer con un gesto de respeto, con la prolongación de un ideal, con una obra o un monumento. Pero la manera más importante de agradecer es mantener una actitud de cuidado hacia la vida y de reconocimiento hacia los demás”.
Sepan que, aun desde mi silencio, he recibido con alegría todas sus muestras de gratitud en forma de plegarias y me las llevo conmigo, gozoso, a la eternidad.
Hasta nuestro próximo reencuentro mis queridos amigos y amigas. Gracias.




