Isabel y el aro plateado

James Jean

Ilustración de James Jean.

Fue un regalo de su padre, Gonzalo,  para unas fiestas navideñas. La noche del veinticuatro, después de hacer la novena y cantar villancicos, reunidos alrededor del árbol, Isabel recibió aquel último obsequio. La niña  desenvolvió el regalo lentamente, gozando del pequeño placer de la sorpresa, porque el aro estaba metido en una caja grandísima. Carolina, su madre, también estaba sorprendida y ayudó a su hija a desempacar el último empaque del niño Dios. Al quitar la cinta que cubría las tapas de la caja, Isabel vio un círculo plateado que, de inmediato, la atrapó con su brillo cautivador.

Aunque el aro no tenía nada extraordinario, Isabel no dejaba aquel círculo para nada. Si tenía que hacer algún mandado, iba con él; si estaban viendo algún programa de televisión, ella lo conservaba al lado, como si fuera una  mascota que necesitara caricias permanentes; y cuado iba al colegio, siempre lo llevaba consigo al igual que su morral con útiles escolares. Isabel y el aro eran una sola persona.  Por la noche, ponía el círculo plateado cercano a su cama, semejando un ángel guardián de su sueño.

A su padre Gonzalo no le pareció extraño dicho comportamiento y hasta celebraba que Isabel tuviera tanto afecto por ese regalo navideño. Sin embargo, a veces la reprendía por estar jugando en el comedor o por sus salidas frecuentes a la calle cuando estaba empezando a llover, y entrar de nuevo a la casa con el aro lleno de barro. Otro tanto hacía Carolina, quien la recriminaba por ensuciarse la ropa con ese juguete y por mantener las manos sucias a todo momento. Isabel fingía una mejora en su comportamiento por unos minutos, pero pasado un tiempo volvía a coger su aro y salir a correr por las calles del barrio.

La alegría de Isabel comenzó a opacarse el día en que jugando aro con otros amigos de su edad notó que su círculo no era tan rápido o se desviaba con facilidad del objetivo propuesto. Y por más que ella lo impulsara con el palo o con su mano derecha, por más fuerza que le impusiera, el aro se comportaba con una pesadez que siempre llevaba a Isabel a terminar en los últimos lugares de la competencia. O sucedía también, en las pruebas de derrumbar con el aro botellas vacías de plástico puestas a la manera de columnas en el centro de la calle, que su anillo parecía ir bien direccionado al inicio y a medida que avanzaba por el pavimento se iba desviando, alejándose del objetivo, hasta terminar derrumbado en un balanceo interminable. Los amigos de la cuadra no le prestaban mucha atención a esa situación, pero a Isabel la desmotivaba el hecho de que su aro tan querido no estuviera en el nivel que se merecía. Así que, cada vez que sus amigos la invitaban a jugar aro en la calle o en el parque, ella prefería decir que no podía en ese momento, porque su madre la había mandado a traer algo de la tienda o que tenía que terminar unas tareas escolares. Los muchachos salían corriendo empujando sus aros, diciéndole a Isabel que la esperaban apenas terminara de hacer sus diligencias. La niña veía a sus compañeros alejarse entre risas y saltos, haciendo escaramuzas de competencias de velocidad o intentando la riesgosa prueba de saltar un aro en movimiento.

La tristeza de Isabel se hizo tan evidente que Gonzalo tomó cartas en el asunto. La ñina le explicó el motivo de su pena y el padre pasó a revisar el aro con cuidado. Frente a su hija Gonzalo revisó que el anillo, por el uso, no estuviera doblado o que por alguna melladura perdiera su condición de ir siempre en línea recta. El examen mostró que estaba en perfectas condiciones. Otro tanto sucedía con el asunto de la pesadez del aro. A Gonzalo le pareció tan liviano el objeto que podía levantarlo con el dedo meñique. Isabel quedó más tranquila con lo que vio y oyó decir de su padre. Al otro día, con gran optimismo salió a buscar al grupo de muchachos con el que siempre acostumbraba reunirse y, antes de que ellos dijiran algo, los retó a una competencia de velocidad. Sin embargo, el ánimo de la niña no estaba al mismo ritmo de su aro; a los pocos metros empezó a quedarse relegada y con gran dificultad alcanzó la meta. Los amigos y amigas se burlaron por unos minutos de la “colera” y después apostaron a quién llegaba de primeras a la venta de helados de la señora Rosita. Isabel dijo que debía volver rápido a su casa y tomó el aro en su mano, llevándolo en vilo como un ser herido. Lo que era tristeza se convirtió en vergüenza.

Carolina adivinó que algo le pasaba a su niña y buscó un momento para tener con Isabel una conversación. La niña le relató lo sucedido. La madre escuchó con atención los detalles del aro, haciendo que su silencio fuera una forma de mitigar la pena de su hija. Luego, abrazando a Isabel, le comentó que esas cosas no eran como para echarse a morir, que se trataba de un juego y que, por lo mismo, a veces se ganaba y otras se perdía. Que no se preocupara tanto y que para levantarle el ánimo le había preparado un jugo de curuba en leche. La niña se puso contenta, aunque la pena que sentía permaneció en su pecho al igual que el aro que estaba abandonado en un rincón de su alcoba.

Al ser hija única, Isabel era el centro de atención de sus padres. Por este motivo y porque la vergüenza por su aro se fue adentrando en el corazón de Isabel hasta el punto de llevarla a un encerramiento voluntario, Gonzalo y Carolina decidieron visitar el colegio y hablar con la psicóloga sobre el asunto. La profesional, quien se llamaba Marlén, los escuchó en su reducida oficina dejando en claro al final que ese era un comportamiento típico de las hijas sobreprotegidas y que lo mejor era desatenderse del asunto y no prestarle demasiada atención a esos caprichos de una niña consentida. Los padres sintieron que ese era un buen consejo y, apenas llegaron del colegio, tomaron la decisión de deshacerse del aro que ahora provocaba en su hija tanta amargura como en los meses anteriores había sido el motivo de muchísima felicidad.  Eligieron un potrero retirado de la casa donde vivían. Cuando Isabel regresó del colegio, antes de tomar el almuerzo, subió a su cuarto y lo primero que notó fue la desaparición del aro.  Salió corriendo a la cocina e indagó por él con su madre, pasó al comedor e interpeló a su padre sobre el mismo tema. Gonzalo y Carolina, le dijeron que por ahí debía estar o que ella misma lo había embolatado. Isabel entró en un estado de angustia que alteró por completo la rutina de ese día. Ni almorzó, ni dejó que sus padres pudieran consumir los alimentos. Entraba al cuarto, esculcaba aquí y allá, volvía a salir, husmeaba atrás de la lavadora, buscaba entre cajas, dentro de los closets, con tal desespero que sus padres tuvieron que decirle la verdad. Al conocer la noticia Isabel sintió de nuevo el amor perdido por su juguete y con lágrimas les suplicó a sus padres que la llevaran hasta el lugar donde habían tirado el aro de sus querencias. Por más que Gonzalo y Carolina se resistieron, fue tan genuina la tristeza que vieron en su hija que los dos decidieron ir con la niña hasta el potrero. Cuando llegaron al sitio descubrieron que el círculo plateado ya no estaba. Y por más que repasaron el lugar, a pesar de revisar centímetro a centímetro las partes donde la hierba era más alta, no fue posible encontrar el aro. Isabel extendió la pérdida del objeto hasta convertirla en una sensación de abandono sobre su propia persona. Se sintió huérfana sin serlo y bajo esa condición regresó a su casa, escoltada por sus padres que, sin quererlo, se sentían culpables del sufrimiento de su hija.

Después de unos días el hecho pareció olvidarse y la vida familiar volvió a la tranquilidad. Sin embargo, Isabel se afianzó en su soledad y en una forma de ser tan reservada que parecía rayar con la desaparición. Pasaron los años, la niña se hizo mujer, empezó a trabajar en una fábrica manufacturera, y continuó viviendo con sus padres hasta que ellos murieron. Así le llegó la vejez, sin hijos, habitando la casa familiar, manteniéndose de una limitada pensión, soportando los días recostada en su cama frente al televisor. Era frecuente que su memoria la llevara a aquella escena de infancia. Entonces, al igual que una avalancha de imágenes y gestos nostálgicos, de sentimientos y emociones melancólicas, a su presente volvía ese corto episodio de su niñez. Y aunque ese era un pedazo de historia de su más lejano pasado, la tristeza que sentía en ese momento tenía el mismo sabor de esos años, especialmente al observar por la ventana a los niños que jugaban en la calle y darse cuenta de que ninguno de ellos empujaba un aro como el plateado aquel que su padre le había regalado para una navidad.

El arte de fracasar de Rigoberto

Heinrich Kley

Ilustración de Heinrich Kley.

“Lo intentaste. Fracasaste. No importa. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.
Samuel Beckett

 

Todos le dijeron a Rigoberto que eso de dar vueltas en una pata era tarea infructuosa, además de conllevar un inmenso peligro.

—Lo más seguro es que te vas a romper los huesos —le vaticinó un antílope, al verlo intentar esas piruetas.

Pero Rigoberto, que había tenido en su mente desde muy pequeño la persistencia de su madre y el incansable espíritu de su padre, hacia caso omiso de tales comentarios y volvía a intentar su giro imposible.

Por supuesto, no es nada fácil para un elefante sostener todo su enorme cuerpo en una sola extremidad, y girar sobre ella, pero Rigoberto seguía intentándolo.

Estas pruebas las hacía por la mañana y dejaba para la tarde el revolcarse en el barro como una manera de contrarrestar los dolores, las magulladuras en patas y cuello, en caderas y vientre, producto de sus continuas caídas.

Un avestruz que había pasado mucho tiempo meditando en el caliente desierto le recomendó que, después de cada fracaso, dedicara un tiempo a analizar lo que había aprendido de tal evento. Rigoberto le hizo caso y empezó a notar ligeras pero importantes diferencias entre sus múltiples caídas.

Descubrió, por ejemplo, que si no hubiera intentado ponerse de pie en una pata poco sabría del equilibrio y menos aún de su peso. Eso pensaba tirado en el barrizal de un río. También notó que entre más se caía menos sentía el impacto. Y lo que le pareció más sorprendente de sus innumerables fracasos fue el nivel de previsión que iba adquiriendo con cada desplome de su descomunal figura. Casi que podía predecir con absoluta precisión el instante en que su corpulencia daría contra el piso.

Cantidad de intentos fallidos lo llevaron a sentirse optimista de sus derrotas progresivas. Y fueron muchos animales de la sabana los que empezaron a asistir para verlo fracasar. Rigoberto sacó provecho de ese público y empezó a transformar sus porrazos en un espectáculo.

—Fracasar es todo un arte —decía—. Y enseguida, convirtiendo su trompa en una flauta, creaba una fanfarria para anunciar con dramatismo su proeza: —Son muchos años de experiencia los que se necesitan para lograr una caída perfecta.

Los cegatones rinocerontes se reían, al igual que las hienas y las despreocupadas jirafas. Varias cebras festejaban con relinchos las ocurrencias de su colega de orejas gigantescas. Las gracias de Rigoberto eran una terapia en medio de las angustias cotidianas.

—Miren con mucha atención —exclamaba el elefante—. No pueden perderse a este maestro del golpazo más descomunal. Fíjense en la precisión como no logro mi objetivo.

Y todos los asistentes al improvisado espectáculo veían cómo Rigoberto empezaba a elevar las patas delanteras, impulsando el cuerpo hacia arriba, para luego, con movimientos estudiados por el ejercicio frecuente, comenzar lentamente a levantar una de sus patas traseras. El objetivo parecía estar logrado, pero cuando ya iba a dar el primer giro sobre esa pata, toda la mole del elefante empezaba a temblar y los espectadores, a la expectativa, seguían el fugaz bamboleo, el vaivén instantáneo que conducía al desequilibrio y el impacto estruendoso contra la tierra. Una ovación cerraba la demostración de Rigoberto.

El elefante con dificultad se incorporaba, volviendo a su improvisado escenario. Miraba a su público, moviendo una y otra vez la trompa en señal de agradecimiento.

—Recuerden este consejo —les decía a los espectadores que seguían mirándolo—: Lo bueno de buscar imposibles es todo lo que se aprende en los sucesivos fracasos.

Los animales volvían a reír. Pero la broma de Rigoberto contenía una verdad que sólo las fábulas han sabido transmitir a lo largo de los siglos

El vigía de la ventana (4)

Rafal Olbinski

Ilustración de Rafal Olbinski.

Mayo 1 de 2020

He visto, oído y vivido la repetición de acciones, de noticias y asuntos cotidianos que padecemos los confinados por el coronavirus. Al no tener el afuera –el espacio propio de la aventura–, todo se reduce a microescenarios que, si bien buscan crear un cambio en las comidas, en las tareas, en la rutina diaria, lo cierto es que agotan sus posibilidades después de por lo menos dos semanas. Los aislamientos obligatorios tienen ese peso en nuestro espíritu volátil y dinámico: repetir lo que hacemos, machacar como un eco lo ya hecho y conocido. He recordado lo que dice Cortázar en un cuento memorable: “Las costumbres son la cuota de ritmo que nos ayudan a vivir”. Sin embargo, estas otras rutinas de la cuarentena están privadas del aire de la novedad, de las iniciativas inéditas que brotan de las interacciones, de los problemas e inquietudes que trae consigo un trabajo, una ocupación afuera de nuestra casa. Pareciera que el número de posibilidades es menor en la medida en que agotamos o suprimimos los espacios en que nos movemos. La repetición de noticias, de un videojuego, de hablar con familiares, de navegar en internet, va convirtiendo al enclaustrado en un ser proclive al hastío o a una ataraxia que, para nada, es un propósito espiritual o de alcances metafísicos. Es probable, como sucede en mi caso, que el contacto con la lectura y la escritura, sean modos diversos de hacer lo mismo; aunque me hace falta visitar las librerías, recorrer las calles de mi barrio, dejarme habitar por las voces y las gentes que transitan y pueblan mi ciudad. La repetición condensa el tiempo, lo constriñe hasta el punto de verle su rostro –siempre escurridizo– en el minutero del reloj o en el cronómetro que aparece arriba en la programación de la televisión por cable. Se padece en el espíritu la gravedad del tiempo lento. Ese hastío va corroyendo el ánimo y pone al cuerpo en una condición de “abandono” que, si no se tiene la voluntad lo suficientemente ejercitada, puede llevarlo a la desesperación o a una inercia en la que da lo mismo hacer o no hacer cualquier cosa. Estar obligado a repetirse es una forma de castigo; como bien nos lo enseñó el mito de Sísifo; y es de igual modo, una prueba de fuego a la libertad del ser humano. Rememoro los trabajos forzados, las rutinas inapelables de las cárceles, las draconianas rutinas militares y me digo que la ansiedad por salir de la cuarentena, el deseo para que se reactive la economía, la esperanza de que circule lo más pronto el transporte aéreo, todo eso, no son más que indicios de no querer seguir haciendo lo mismo, una fuerza interna que anhela cambiar, de llenarse de vicisitudes y peripecias para así darle matices, tonalidades, variaciones melódicas a la monotonía de la existencia. Las repeticiones obligadas, como escribió Albert Camus, “vacían de sentido las expresiones del corazón”.

Mayo 2 de 2020

Que los campeonatos de fútbol hay que posponerlos hasta julio, que las pruebas ciclísticas tendrán que realizarse después de medio año, que los restaurantes a lo mejor podrán abrir sus establecimientos a los comensales no antes de agosto, que los juegos olímpicos de Tokio se realizarán en el 2021… La cuarenta, su acecho invisible, ha puesto de moda el verbo “posponer” junto con una cadena de términos semejantes: “aplazar”, “retrasar”, “relegar”, “retardar”. Congresos nacionales o internacionales aspiran a realizarse dos o tres meses adelante, las aerolíneas piden y sueñan empezar a operar por lo menos en un mes, los centros comerciales confían en abrir sus almacenes apenas termine la cuarentena (el 11 de mayo) y poder así, aminorar sus pérdidas y dinamizar la economía. La misma fecha del término del aislamiento ha ido postergándose cada quince días, convirtiendo cada fecha límite en inicio para otro período de encerramiento, dependiendo de cómo avance el número de contagios, de cómo crece o se aplane la curva, de si se cuenta con las suficientes unidades de cuidado intensivo. Esta pandemia ha roto los cronogramas, las agendas, la certeza de los horarios o la detallada administración del tiempo. El verbo prever se lo escucha asociado preferiblemente a la dimensión de la salud y para el acopio de alimentos. Todo lo demás, se conjuga con el calificativo del “después”, con el condicionante de la subordinación, con la justificación de estar “supeditado” a la evolución de la pandemia. Este virus ha obligado, tanto a personas como a entidades, a alterar las prioridades, a cambiar la escala de las preferencias. Lo fijo se ha vuelto provisional, lo determinado o programado con anticipación se ha convertido en un “tal vez”, un “quizá”, un “de pronto”. La pandemia alarga el tiempo, lo vuelve gelatinoso, se regodea en las demoras, vive plena en los retrasos. Aunque no quisiéramos, nuestras decisiones y proyectos los estamos ajustando con el rasero de lo “indefinido”. Y lo indefinido es un modo de “suspensión”, una herida de Medusa a nuestras actividades cotidianas. Nos hemos quedado con el presente, sacando del cuarto de San Alejo el pasado, y añorando que la estatua detenida del futuro recobre el fluir de la vida.

Mayo 3 de 2020

Uno supondría que, frente a la amenaza de una pandemia, con tantas víctimas en el mundo, el deseo de matar pasara a un segundo plano. Pero no es así. Al menos en Colombia durante esta semana se han seguido asesinando líderes sociales, en un sistemático proceso de extinción de aquellas personas que defienden los derechos humanos o, por convicción, se oponen a que la ambición del narcotráfico inunde de sangre sus campos. Como siempre, son difusos los móviles o los posibles asesinos y, como siempre, todo entrará en una exhaustiva investigación. Pero más allá de la falta de protección real a estos líderes del Cauca, lo que me llama la atención es cómo el temor frente a un virus es menor que el deseo de venganza; el miedo a contagiarse cede su paso a provocar otro miedo social: el de la intimidación. Porque no se trata de asesinatos a escondidas o hechos con el favor de la oscuridad. Se hacen a plena luz y frente a la familia de la víctima. Supongo que si los criminales usan tapabocas, no es tanto para protegerse del covid-19, sino para evitar el reconocimiento público. A veces el odio es más fuerte que el miedo a la infección; o de pronto, las infecciones más terribles, las que nunca tienen vacuna, son esas que brotan del resentimiento, del fanatismo o de la ambición ciega por el dinero. O también es posible que a los grupos armados ilegales les parezca poca cosa 16 asesinatos, con tal de tener el control de un territorio. Y aún cabe otra posibilidad: que la ilegalidad, por andar siempre por fuera de la ley, se considere inmune al coronavirus, como se han burlado las endebles políticas protectoras del Estado o de los estamentos que deben velar por la seguridad de todo ciudadano.

Mayo 4 de 2020

De cara a la apertura paulatina de la economía, y como una manera de aprender a convivir con el coronavirus, la recomendación de los altos mandatarios o de las cabezas directivas del gobierno es la de “reinventar”. Reinventar las formas de producir y de hacer circular los productos; reinventar las maneras de trabajar; reinventar la estructura misma de concebir y funcionar una empresa. Comprendo que la invitación es apenas la indicada para estos momentos de incertidumbre y de lucha por mantener un empleo; me parece más que atinado pedirles a pequeños empresarios y a gerentes de la gran industria que se autogestionen y rediseñen estas nuevas maneras de funcionamiento. Por supuesto, esa petición para que sea “sistémica” requiere que otros estamentos tanto del sector administrativo del Estado como del sector bancario –para poner sólo dos casos– también se reinventen, so pena de que lo que se idee innovadoramente en un campo no termine detenido o castigado por otro. Casi siempre la lógica de la burocracia y del control va en contravía de lo innovador y creativo; es más, muchos proyectos no logran su realización o sus resultados, no tanto por la concepción novedosa o su creatividad, sino porque aquellos estamentos que los evalúan, lo hacen con formatos que están gestados desde lo ya establecido, desde un statu quo validado y reconocido por un grupo de “expertos”. Esto es lo que hace que la innovación sea riesgosa, que implique un liderazgo a prueba del rechazo, y que en la mayoría de las ocasiones se haga por medios divergentes, en los márgenes, más con la tenacidad y la iniciativa individual que con el beneplácito de la mayoría. Reinventar, por lo demás, presupone no un acto de chispa, sino de investigación, de una reserva de capital para cubrir el “fracaso”, los prototipos que no funcionan, el experimento que no resulta. Reinventar, en este sentido, es una actividad costosa. De otra parte, cualquier reinvención presupone un cambio de percepción en los usuarios, en el público, en los futuros beneficiados o potenciales compradores. Recuérdese no más la reinvención de la máquina de escribir por un procesador de texto. Recalco lo anterior para darle al mandato a “reinventar” su justa proporción o alcance: ni suponer que eso es un acto creativo de una sola rueda del engranaje social, ni obviar el riesgo que trae consigo. Y tal vez, si fuéramos más audaces y responsables con nuestra historia, la gran “reinvención” que deberíamos hacer todos, gobernantes y gobernados, es concebir otra forma de construir sociedad, con menos inequidades, con una mejor calidad de vida para la mayoría de las personas, con justicia social y participación efectiva en la toma de decisiones. Eso sí sería una “reinvención” estructural y no un mero afán por salir de los efectos de una pandemia.

Mayo 5 de 2020

Como era de esperarse, el presidente ha anunciado hoy el alargue de la cuarentena hasta el próximo 25 de mayo. Lo nuevo es que se seguirá ampliando, gradualmente, la apertura económica a otros sectores como el de fabricación de muebles, automóviles y prendas de vestir, eso sí, siguiendo “estrictos protocolos” y de acuerdo a los lineamientos de los acaldes. De igual modo, desde esa fecha, podrán abrir sus establecimientos las librerías, papelerías, los centros de diagnóstico automotor y las lavanderías a domicilio. Este nuevo tiempo de confinamiento fue respaldado, una vez más, por expertos epidemiólogos y según un detallado análisis de riesgo presentado por el Ministro de Salud. Además, los niños desde 6 años hasta jóvenes de 17 podrán salir a los parques, durante media hora, tres veces a la semana, a “tomar el sol”. La frase motivo de este día, tanto para ampliar más la apertura de la economía como para alargar el confinamiento, ha sido la de “vigilancia epidemiológica”. Es decir, una toma de decisiones amparada en datos, frecuencias, estadísticas diversas. Esa parece ser la “nueva normalidad” a la que tendremos que familiarizarnos este mes y los que siguen, por lo menos durante este año. Una normalidad fluctuante, inestable, porque dependerá de qué tanto suba o baje un porcentaje, y de cómo se combinan diferentes variables como el número de infectados, el número de pruebas y el número de camas con respiradores en los hospitales. La nueva normalidad tiene una consistencia de estira y encoje, porque si se sobrepasan los porcentajes previstos, seguramente tendremos que volver a encerrarnos si es que, en verdad, queremos cuidar la vida. Y como sucede siempre con los argumentos basados en estadísticas, se usan las tablas y los diagramas de barras, como argumento suficiente para convencernos de que la conclusión tomada es la correcta. Aunque el verdadero telón de fondo de todos estos guarismos y curvas estadísticas es controlar, con un eje de coordenadas, lo que continúa invisible y amenazante en el ambiente: el miedo. Ese siempre ha sido un deseo de los guarismos, el de poder delimitar o nominar lo que parece gaseoso o inasible; el de prefigurar o atrapar el incierto futuro. “El miedo no es bueno para el futuro”, afirmó  el gerente de la Fundación Santafé; en consecuencia, hay que tratar de dominarlo saliendo a trabajar con esta nueva “normalidad” y teniendo como escudo el cálculo y las probabilidades que podemos hacer en el presente.

Mayo 7 de 2020

Una encuesta realizada entre el 8 y 20 de abril, con 3549 personas, mayores de 18 años, y realizada por Profamilia con el apoyo del Imperial College de Londres, mostró, entre otros resultados, que un 34% dice no resistir la situación de la pandemia, un 34%, afirmó que la sufren, y un 40 % dijo que la aceptan. La encuesta corresponde al “Estudio de solidaridad sobre la respuesta social a las necesidades de distanciamiento social para contener el covid-19 en Colombia”. El 75% manifestó que el coronavirus ha afectado su condición mental, manifestada en ansiedad (54%), cansancio (53%), nerviosismo (46%) o rabia (34%). Y otras encuestas similares, hechas por ejemplo por el Observatorio de Políticas públicas de ICESI, concluyeron que además de la ansiedad, a la depresión se sumaba un alto nivel de preocupación por la salud de los seres queridos (84%) más que por la propia salud (16%). Me detengo a pensar en estos resultados y dimensiono el lado menos evidente de esta pandemia; no los signos exteriores como la fiebre o la tos seca, sino esos síntomas de la interioridad que a veces nos parecen menos preocupantes pero, que si uno lo analiza con cuidado, resquebrajan desde adentro nuestro ser. Porque la ansiedad, demos por caso, acumula sus heridas poco a poco, a veces sin parecer nada preocupante o anidándose al lado de nuestras almohadas para no dejarnos dormir bien o para atiborrarnos de pesadillas agotadoras. La ansiedad azuza la imaginación en su lado más negativo, puya en la mente el derrotismo, el fatalismo, el destino infausto o el callejón sin salida de la mala suerte. Y esta misma ansiedad, al ir tomando posesión de nuestro pensamiento, se revierte sobre el cuerpo para ulcerarlo, trastocarle los ciclos de alimentación o poner en corto circuito a nuestro sistema nervioso. La ansiedad puede ser una explicación a la violencia intrafamiliar o al mal genio que está al acecho por cualquier nimiedad. Creo que, y esa parece ser una buena medida “no para favorecer la apertura de la economía”, el contar con fundaciones u organizaciones dispuestas a atender estas dolencias del alma en lo que lo más importante es “poder hablar” y “poder ser escuchados”. En esa vía está la Fundación Santo Domingo y Profamilia con la plataforma “Porque quiero estar bien”, cuyo eslogan ya es en sí mismo una salida a estos problemas: “Te escuchamos, te acompañamos, te ayudamos”. Esa parece ser la vacuna; a la ansiedad se la controla o se la derrota así: hablando con sinceridad de lo que nos agobia, recibiendo la escucha atenta de otro ser humano, sintiendo la comprensión y la compañía –así sea con tapabocas y a un metro– de quienes reciben nuestra desazón o nuestro miedo. La ansiedad se cura no callando, no aguantando, no autoengañándonos, no pareciendo solitarios héroes mudos y embravecidos. Esta enfermedad del alma requiere un genuino reconocimiento de nuestras flaquezas y debilidades, y la apertura a dejarnos ayudar, sin que por ello sintamos que somos endebles o incapaces de sortear una amenaza como el covid-19.

Mayo 8 de 2020

Durante toda la pandemia se ha hablado, por parte del gobierno o de diferentes ministros, del término “pedagógico” para referirse a un video, al modo de presentar una medida de salud pública o a un comportamiento esperado por parte de la comunidad. Aunque, en un primer momento, uno podría llegar a pensar que pedagógico se confunde con didáctico, lo cierto es que se asemeja a cualquier producto audiovisual que explica o informa sobre determinado asunto. A veces hace las veces de “recomendaciones” o de “pautas de conducta”; en otras ocasiones sirve este apelativo para presentar una “información”, comunicar una “prescripción” o señalar algunas “advertencias” derivadas del mismo confinamiento obligatorio. Tal banalización del término no contribuye mucho a que la gente común y corriente entienda qué es lo que en realidad hacemos los maestros y menos a que noten la diferencia entre lo que dice un mandatario y, luego, lo que muestra como ilustración “pedagógica”. Buena parte de las piezas usadas por el alto gobierno son información audiovisual, pero muy lejanas de la transformación de un contenido para que sea claro, secuencial, enfocado a un determinado público, convergente en el uso de diferentes medios de comunicación, selectivo en el lenguaje utilizado y acorde a un propósito específico de aprendizaje. Las mismas gráficas empleadas son un decorado, pero sin el sentido de servir de orientación o de ofrecer una traducción más comprensible de lo dicho. Si se olvida que lo pedagógico, en sentido amplio, y lo didáctico en lo específico, tienen como fin traducir o convertir determinada información en un producto asimilable por otra persona, se caerá en un generalismo que más que ayudar a aclarar, lo que hace es confundir. Bien lo dijo hoy la alcaldesa Claudia López el finalizar su presentación sobre las nuevas medidas para Bogotá, a partir del próximo lunes 11 de mayo: “una cosa es anunciar y otra cosa es comprender”. Precisamente la labor de un educador consiste en eso: transformar un contenido en unidades asimilables, hacer transferencia de lo erudito y abstracto a lo sencillo y concreto, ponerse en el lugar del que aprende para secuenciar, dosificar y adaptar determinado conocimiento. Tal vez por ese uso errado de “pedagogía” es que las políticas públicas ni logran impactar, ni ser asumidas o acatadas en su real magnitud.

Mayo 10 de 2020

Una celebración del día de la madre sin abrazos físicos, sin besos en directo. En cambio aumentaron las videollamadas, los mensajes en whatsapp, los correos electrónicos. Tampoco se olvidaron las serenatas, solo que en esta ocasión debieron hacerse mirando la pantalla de un celular o de un computador. Estos hechos me evocaron la época de las oficinas de Telecom en los pueblos, de las operadoras, de los pequeños locutorios a donde le pasaban a uno la llamada y, desde allí, como si fuera un acto mágico, escuchábamos a los seres queridos lejanos, a esos que desde hacía mucho tiempo no oíamos o de los que no teníamos noticia alguna. Eran pocos minutos, a veces con sonidos interrumpidos, pero bastaban para alegrar a alguien o darle un poco de tranquilidad afectiva a nuestro corazón. El coronavirus ha replanteado, al menos por un tiempo, la manifestación de nuestros afectos: si estamos con los seres más queridos, nos toca tratarlos a distancia, sin tocarlos, sin traspasar la barrera de un metro; y si no estamos compartiendo la casa con ellos, lo mejor entonces es no ir a visitarlos, alejarlos más de lo que ya están. Perdida la fuerza del contacto, esa intransferible sensación de abrazar otro cuerpo, nos hemos visto obligados a poner nuestra voz y nuestras palabras escritas como única forma de rubricar esos vínculos de la sangre. Hay algo de trato fantasmal: disuelto el cuerpo del ser amado, se asemeja más a una ausencia cargada aún con los atributos de la imagen; es una especie de “aparición” que conservamos como “visión” tutelar o como un “espíritu”. Sabemos que están vivos, pero al mantenerlos alejados de nosotros, les otorga un tinte de “desaparecidos” o de pertenecer al álbum de los seres más queridos de quienes conservamos solamente las “instantáneas” de sus recuerdos. Yendo un poco más lejos: el coronavirus ha puesto en cuarentena no solo nuestros cuerpos físicos, sino que ha ido evaporando las manifestaciones de los afectos interpersonales. La sociedad líquida, de la que hablara Zigmunt Bauman, dio paso a la sociedad evanescente.

Mayo 11 de 2020

En varias entrevistas de los telenoticieros de este miércoles se les preguntó a trabajadores que retornaban hoy a sus labores sobre cuál era su sentimiento o cuál era su opinión sobre este retorno al mundo laboral. Las repuestas subrayan el entusiasmo y la alegría de volver a sentirse activos, con fuerzas para conseguir lo necesario para vivir y contentos de conservar su empleo. A pesar de un cierto temor, el hecho de sabernos útiles, de hacer parte del mundo productivo y, sobre todo, de tener la evidencia de no estar vacantes, hace que el trabajo sea visto como algo fundamental. Pienso que el ser humano, a pesar de su fantasía de “vivir sin hacer nada”, requiere este insumo de la actividad, de la labor, de constatar que con sus manos y su esfuerzo puede conseguir los recursos económicos para satisfacer sus necesidades básicas. Este hecho, de no depender exclusivamente de la caridad o la beneficencia pública, convierte al trabajo en un medio para afianzar la dignidad y, muy especialmente, en un recurso que apalanca la libertad de las personas. Para ponerlo en otras palabras, el trabajo le quita al ser humano la penosa carga de la incertidumbre y reafirma al padre o la madre cabeza de hogar en su rol de cuidador responsable. Así sea poco o mucho lo que se gane, el trabajo crea una especie de “certeza” en medio de la inestable situación propiciada por el coronavirus. Más allá de recibir un mercado o un dinero del Estado, más allá de las campañas de solidaridad para que los más empobrecidos logren sortear la cuarentena, el volver al trabajo es una especie de liberación de cadenas, de poner en los propios brazos la confianza de que el presente no depende del capricho de otros o de la suerte, que siempre es incierta y muchas veces injusta. Es posible que esta sobrevaloración del trabajo corresponda, como tantas otras cosas en la vida, a su amenaza de pérdida o a ese súbito distanciamiento ocasionado por el covid-19; pero, más allá de la eventualidad, lo que nos muestra este hecho de retornar al taller, al mostrador, a la fábrica, a la obra en construcción, es que el trabajo además de ser la forma como conseguimos recursos para la sobrevivencia, le devuelve a los seres humanos un fuero de autonomía y un sentido de proyecto, un lugar de existencia a partir del cual hallar un reconocimiento social y la posibilidad de sentirse parte de la gestación o elaboración de algo. Porque si uno tiene un trabajo organiza el inestable futuro y quita de su mente el triste y angustiante fantasma del vagabundeo permanente.

Yolanda y el pájaro copetón

Daira Petrilli

Ilustración de Daira Petrilli.

A Yolanda le gustaban los pájaros. De niña, cuando la sacaba al parque su madre, se extasiaba mirando y escuchando aquellas criaturas que saltaban entre los altos árboles. Su mamá tenía que romper aquel embeleso porque Yolanda, en lugar de dedicarse a jugar en el columpio, prefería mirar esos seres con plumas de colores que entonaban una música que la llenaba de mucha felicidad.

Desde esa corta edad, Yolanda quiso tener pájaros en su casa. Pero su madre, Doña Inés, no era amante de estar de esclava del cuidado de un animalito. Por eso Yolanda le encantaba llegar muy temprano al colegio donde estudiaba, porque en el segundo piso, después de una improvisada sala de música que tenían las monjas salesianas, estaba varias jaulas con pájaros de diverso color. Allí fue que Yolanda aprendió a distinguir cuáles eran los azulejos, cuáles los turpiales y cuáles los ruiseñores. Y casi siempre llegaba tarde a la primera hora de clase, por quedarse contemplando esas pequeñas cajas de música.

En el colegio las profesoras coincidían en que si bien Yolanda era aplicada y cumplidora de sus deberes escolares, se mostraba poco participativa en clase y muy silenciosa. El veredicto que le transmitieron a su madre fue que la niña era demasiado tímida e introvertida. Doña Inés no le prestó demasiada importancia a tal comentario y más cuando supo que a su hija le iba muy bien en los estudios. Algo había heredado de ella y algo de la abuela Berenice que, como decía el difunto Matías, su esposo, “apenas musitaba palabra”. El tiempo que no empleaba Yolanda estudiando lo dedicaba a colorear un libro con figuras de pájaros que su madre la había regalado para navidad. Y, por supuesto, también se entretenía con devoción en dibujar aquellas criaturas. Con muy contados contratiempos, Yolanda terminó sus estudios básicos sin pocas compañeras o amigas y apenas relacionándose con las otras muchachas de la cuadra donde vivía. Lo que sí disfrutaba era visitar los parques, entrar varias veces a un jardín botánico que quedaba no muy lejos de su casa y, cuando su madre se lo permitía, tomar un bus intermunicipal para viajar y estar varias horas en el campo.

Yolanda empezó a estudiar veterinaria pero, después de dos semestres, se retiró porque casi todas las asignaturas se centraban en caballos, vacas, perros y gatos, pero nada de aves. Su madre no estuvo de acuerdo con esa decisión e insistió en que debía pensarlo mejor, porque los contados recursos que tenía no era para estarlos desperdiciando. Yolanda simuló que asistía a la Universidad, aunque en verdad lo que hacía era vagar por un parque que había descubierto cercano a la Universidad y que, como cosa especial, estaba casi siempre con muy poca gente.

Abandonados los estudios de veterinaria, Yolanda intentó buscar algún trabajo. Tuvo buena suerte y pudo, sin muchos inconvenientes, empezar a trabajar como cajera en un supermercado. Doña Inés le recriminaba tal empleo, pero luego de unos meses se acostumbró a aquella situación, entre otras razones porque Yolanda le había dicho que con lo que ganara iba a ahorrar para pagarse ella misma sus estudios de Hotelería y turismo. Como el turno de su trabajo empezaba a las dos de la tarde, Yolanda desayunaba bien temprano para aprovechar las primeras horas de la mañana e ir a disfrutar el parque que tanto le gustaba.

Con el primer sueldo, y a pesar de la resistencia de su madre, Yolanda compró una jaula y un par de ruiseñores. Los ubicó al lado de la ventana de su habitación. Ella soñaba con que al otro día, a primera hora, las aves la despertarían con su canto, pero los pajarillos permanecieron en silencio. La mujer supuso que era una reacción natural de los animales a un nuevo ambiente, porque cuando los compró un sábado por la mañana, el par de aves cantaban con brío y de manera continua. Cambió el periódico de la jaula, renovó el agua, puso el concentrado y se despreocupó de los pájaros que, durante el tiempo que estuvo en la habitación, no emitieron ningún sonido. Salió a trabajar, recomendándole a Doña Inés, el par de ruiseñores.

Cuando regresó por la noche, mientras comía un pedazo de pan integral con un agua aromática, su madre le dijo que los pájaros casi la habían enloquecido con su canto. Yolanda se puso feliz con la noticia y corrió a su cuarto a ver sus aves. Los vio juntos en la vara, despiertos, pero sin emitir ningún sonido. La mujer quería escucharlos trinar, pero supuso que por la hora, ya su naturaleza les dictaba que debían callar. Entonces, como le dijeron en la tienda de animales donde los había comprado, cubrió la jaula con una manta y les expresó unas palabras cariñosas invitándolos a dormir. Enseguida se sentó en la silla de un pequeño escritorio, sacó su cuaderno de dibujo y empezó a delinear la figura de un pájaro copetón. Le salió así, sin copiar, como si esa ave viniera del bosque de su interioridad. Dejándose llevar por su imaginación le puso al ave, en el pico, una llave, como la de la cómoda donde su madre guardaba las porcelanas. Luego empezó a colorear los ojos del ave y a encrespar los pelos del mechón. Satisfecha con su obra, cerró el cuaderno de dibujo y se sentó en la cama a desenredarse el cabello. Se miró en el espejo del tocador y se vio más pálida que de costumbre. Atribuyó el color de su piel al tenue bombillo que alumbraba la habitación. Pasó luego a desnudarse, se puso una piyama con diseños de aves, y después de unos minutos entró en un sueño que la acompañó hasta las cinco de la mañana.

Apenas se despertó, subió la persiana, quitó el manto protector de la jaula y esperó, de pie, a que los ruiseñores la sorprendieran con sus exquisitas melodías. Los pájaros saltaron al piso y de ahí a su vara, picotearon algo de alimento, tomaron agua, revolotearon en varios sentidos, agarrándose algunas veces con las patas a la reja de la jaula, pero en ningún momento emitieron un trino. Yolanda no sabía cómo explicar ese mutismo de las aves, si su madre le había dicho que los ruiseñores en la tarde anterior no habían dejado de cantar un minuto. Contempló de nuevo los dos pajarillos y, como no quería hacer enfadar a su madre por no acompañarla a desayunar, prefirió darse una ducha y bajar cuanto antes al comedor. Durante el tiempo que bebió un té verde y una taza de cereal, le compartió a Doña Inés el asunto de los pájaros. Su madre dijo que eso pasaba muchas veces porque, según le había escuchado decir a la abuela Berenice, los ruiseñores cantan cuando quieren. Yolanda, terminado el desayuno, lavó la loza y se dispuso a su caminata hasta el parque situado a unas cuadras de su antigua universidad. Por primera vez, en muchos años, se sintió sola.

Volvió a su casa a horas del almuerzo. Le preguntó a su madre, cómo estaban los pájaros y ella le contestó que por andar en la cocina no había estado pendiente de las aves. Sin embargo, Yolanda escuchó el trino leve de los ruiseñores y fue rápidamente a su habitación. Sin embargo, a la par que se acercaba notó que el trinar de las aves era más débil, hasta el punto de que cuando abrió la puerta ya no se escucha ningún sonido melodioso. Bajó de nuevo al comedor, almorzó una ensalada fresca y decidió pasar, antes de entrar a trabajar, a la tienda donde había comprado el par de ruiseñores. Se despidió de su madre y fue hasta el paradero para tomar un transporte público que la llevara hasta el lugar. La atendió la misma muchacha que le había vendido los pájaros. Ella le explicó lo del evento del poco canto de lo ruiseñores, dejando entrever si esto era a causa de alguna posible enfermedad. La vendedora le dijo que no y que, algunas veces, por desconocer un nuevo ambiente, estas aves se silenciaban hasta que tomaran posesión de su territorio. Yolanda quedó satisfecha con la respuesta y salió a buscar de nuevo el transporte que la dejara cerca al supermercado. Por su mente pasó la idea de cambiar la jaula por una más amplia, a ver si de esta forma los pájaros se sentían más libres para cantar.

El sábado siguiente, que no tenía que trabajar, fue hasta la plaza de mercado del sector y en un local ubicado al lado de la venta de alcancías de barro y utensilios de cocina, encontró lo que estaba buscando. Cargó durante varias cuadras el objeto y entró a su casa con esa sorpresa para su madre. Doña Inés le dijo que ya dejara quieto a los animalitos, que eso no era asunto de jaula, sino de la propia constitución de los pájaros. Yolanda la escuchó en silencio, mientras comía su cena frugal; enseguida agarró la jaula y subió a su alcoba. Le dio pesar despertar a las aves pero, aun así, los tomó para hacer el cambio de esa reducida cárcel. Los ruiseñores se dejaron trastear sin oponer resistencia. En la nueva habitación enrejada estuvieron un tiempo en el piso, aleteando cada vez que la mujer movía la jaula. Yolanda los cubrió con la manta y esperó que al otro día este cambio de ambiente diera buenos resultados. Entró al baño, se lavó bien las manos y se dirigió a su escritorio para empezar a dibujar.

Observó el dibujo que había realizado la noche anterior y le pareció que debía acompañar aquel copetón con otra ave. Eso pensó al inicio pero, luego, dejándose llevar por la mano, sin oponer resistencia, comenzó a delinear el rostro y el cuerpo de una mujer. A Yolanda no se le facilitaba pintar retratos, pero en esta ocasión sintió que podía hacerlo. Cambio de lugar, trasteando el asiento hasta el tocador. Frente al espejo miró su rostro y empezó a copiar esos rasgos. Se detuvo un buen tiempo en darle forma a su labios porque, según ella creía, eran de los rasgos más hermosos de su rostro. Puso especial atención en lo delicado de su nariz y en el fino mentón. Vistió a la mujer con un vestido de seda de color oro, muy parecido al que su madre le había regalado para el día del grado de bachiller. Se detuvo en destacar su cuello, dejándolo desnudo al igual que sus hombros. A pesar de estar dibujando, que era una de sus grandes alegrías, volvió a sentir una tristeza en todo el cuerpo. Terminó de detallar el diseño de la tela del vestido, un racimo repetido de granadas que se esparcían a la manera de un jardín, y se quedó pensando largo tiempo, contemplando en el espejo la lozanía de sus mejillas y la inmaculada frescura de su frente. Unas lágrimas se desprendieron de sus ojos. Se las secó con el dorso de la mano derecha, la misma con que dibujaba, y retornó a su obra. Tal vez incitada por aquella tristeza, por la soledad de su piel de tantos años o porque el pájaro del lado tenía en su pico una llave, empezó a dibujar encima del pecho izquierdo de la mujer el diseño de una cerradura. Y, para darle más énfasis a aquel detalle, recordó cómo eran los cuadros de las vírgenes que tenían las hermanas decorando algunos salones en el colegio, y pintó una mano como protegiendo el seno en que sobresalía aquella cerradura. Duró un buen tiempo para lograr que el gesto de la mano tuviera la suficiente levedad como para parecer que entregaba y protegía al mismo tiempo ese cerrojo. Después se sintió muy cansada. Guardó el cuaderno de dibujo en el cajón del escritorio, fue al baño, se lavó los dientes y retornó a sentarse en el lecho. Esta vez no empezó a alisarse el cabello, sino que se lo recogió, haciendo una especie de moña. A su mente acudieron muchos recuerdos e infinidad de silencios. La tristeza  la envolvió por completo. Una vez más las lágrimas asomaron en sus ojos. Comenzó a desnudarse poco a poco, como era su costumbre, pero en lugar de ponerse la piyama de pájaros, eligió una prenda diferente. Buscó entre el closet, en la parte más resguardada del mueble, el vestido de grado que estaba protegido por una blusa plástica. Lo puso sobre la cama y se maravilló de que aún conservaba el brillo oro de hacía tantos años. Se quitó la ropa interior, pasando luego, con delicadeza, a ponerse el vestido, procurando mantener intactos los dobleces. Sin levantar el tendido de la cama, se acostó en ella, mirando la tenue luz del bombillo que, por el agua de sus lágrimas, parecía emitir una luz difusa, casi indefinida.

Doña Inés se sorprendió al otro día de que su hija no bajara a desayunar con ella. Supuso que era cosa del sueño porque los ruidos de la noche anterior en el cuarto de Yolanda daban a entender que había estado despierta hasta las primeras horas de la madrugada. Tampoco escuchaba a los ruiseñores. El excesivo silencio la puso en alerta. Subió, entonces, hasta el cuarto de su hija. Golpeó con discreción en la puerta. Nadie le contestó. Con sigilo abrió la hoja de madera y vio a Yolanda tendida en el lecho, con su vestido de grado. Se acercó a ella con cautela, pensando que seguía dormida. Musitó el nombre de su hija varias veces pero no hubo respuesta. Un mal presentimiento le atenazó el corazón. “¡Yolanda!”, grito con desesperación, tomando la mano izquierda de su hija, porque la otra, con la que dibujaba, estaba sobre su pecho, en una actitud de quien desea entregar o proteger su corazón.

Veinte sugerencias para mantener o mejorar la comunicación en familia

Pintar mi familia

El confinamiento obligatorio, por causa del coronavirus, ha hecho que los miembros de la familia estén juntos durante tres meses consecutivos. Si bien ha sido una oportunidad para el reencuentro y la renovación de vínculos afectivos, también este confinamiento ha generado dificultades en el trato, la convivencia y, muy particularmente, en el modo de comunicarse los padres con sus hijos. Tomando como eje esta situación propongo el siguiente repertorio de sugerencias, recomendaciones o pistas con el propósito de que en algo ayuden a mitigar o prevenir los problemas de comunicación en familia.

1. Tenga presente la edad de sus hijos cuando trate de comunicarse con ellos: adapte el tipo de lenguaje, dosifique el mensaje, busque el mejor momento y, especialmente, fíjese si esa persona está en disposición de recibirlo.

2. Cuídese en generalizar, no estereotipe un comportamiento o una actitud de sus hijos. Si algo no le gusta o le molesta, descríbalo, sin hacer juicios o sacar conclusiones generalizadoras.

3. Proteja, pero sin ahogar el propio desarrollo de aquel a quien desea salvaguardar.

4. Sea cómplice de sus hijos, pero no alcahueta de sus faltas.

5. No se desanime si lo que usted le comunica a sus hijos parece no tener un resultado inmediato. Recuerde que la comunicación es un proceso; requiere que los mensajes se asienten, maduren. Pero no por ello, deje de persistir en una consigna, un valor, una forma de ser o comportarse.

6. Cuando sienta que no sabe cómo entender a sus hijos, especialmente si están entrando en la adolescencia, mire su propio álbum familiar y recuerde cómo era usted en esa época. Reflexione sobre las modas que usaba, sobre sus travesuras, sobre el ansia de exploración que lo embargaba… Hecho todo esto, vuelva a observar a sus hijos y trate de comprender.

7. Cambie los imperativos o las oraciones cortantes de mandato, por frases como: “me gustaría que hicieras tal cosa…”, “preferiría que no fueras a tal sitio”. Emplee todos los recursos de la comunicación asertiva; es decir, de esa comunicación que no es ni agresiva, ni pasiva…

8. Reconozca el punto de vista de la otra persona, ponga en sus palabras lo que su interlocutor le dice a ver si usted ha entendido bien lo que ha querido comunicarle. Nada obstruye más la comunicación que los sobreentendidos o lo dado por hecho.

9. No amenace. Los mensajes de este tipo lo que hacen es aumentar el silencio o la resistencia de su interlocutor. El que mucho amenaza va perdiendo, poco a poco, la autoridad.

10. Escuche con atención y con actitud empática a sus hijos. Tenga voluntad de contención. No pase a defenderse. Escuchar en silencio es una buena manera de generar simpatía.

11. Converse con su pareja sobre las actitudes o los comportamientos que desaprueba de sus hijos. Analice los puntos de vista de cada uno y, hecho un consenso, asuma una postura comunicativa común. No emplee frases como: “Hable con su mamá, a ver qué dice”, “le voy a decir a su papá”… Es mejor expresarse así: “con su papá hemos acordado que…”, “Con tu mamá consideramos que…”

12. Cuando acompañe a sus hijos en tareas o labores escolares, no asuma la actitud del que lo sabe todo. Muéstrele mejor a su hijo el gusto por aprender. No descalifique; hable más bien de que “nadie nació aprendido”. Tampoco se desespere y, opte más bien, por darle al error un valor positivo. Porque si al error se le suma el enfado, lo que se produce es el miedo. Y el temor no es la mejor motivación para aprender.

13. Trate por todos los medios de ser afable con sus hijos. Tenga presente que un gesto amigable rinde más beneficios que un rostro malhumorado y distante. Si tenemos una comunicación no verbal afable, seguramente propiciaremos la comunicación verbal de nuestros hijos.

14. No discuta con sus hijos en el mismo espacio donde ellos hacen las tareas. Cambie de lugar para que sea otra la postura y otras las condiciones del diálogo.

15. No saque conclusiones apresuradas de los rumores que escuche sobre sus hijos. Sea prudente. Indague. Contraste diversas opiniones, antes de tomar una decisión sobre ellos.

16. Hable menos, regañe menos; testimonie con sus actitudes lo que proclama con sus palabras. El ejemplo es la comunicación encarnada.

17. No haga juicios apresurados ni desestime, frente a sus hijos, la labor que hacen los docentes. Si tiene dudas, consulte con ellos. Si es necesario, pida su ayuda. Usted, como padre o madre, sabe algunas cosas, pero los profesionales de la enseñanza son los maestros.

18. Use el espacio del comedor o de la sala para promover la conversación. Emplee la comunicación informal para crear o fortalecer la confianza. Idéese rituales o juegos con este mismo fin. El apoyo a sus hijos no es únicamente para el mundo escolar.

19. Todo encierro va alterando las emociones, cambiando el estado de ánimo de las personas, en particular si son niños o jóvenes. No le dé tanta trascendencia a pequeños impases cotidianos. Use el humor. Entienda que a los más pequeños se los ha obligado a asumir actitudes y comportamientos de los mayores de edad. Un poco de flexibilidad en el espíritu ayuda mucho a mermar la resonancia de los problemas en la comunicación en familia.

20. Y en tiempos de crisis, o de una situación como esta pandemia, procure usar frases de comunicación que sean más optimistas que pesimistas. Más esperanzadoras que alimentadoras de la catástrofe. Revise las expresiones frecuentes que usa en su habla cotidiana: ¿son propositivas, alentadoras, vivificantes? Sus hijos oirán y verán en usted, por su modo de hablar, un ejemplo de cómo se puede enfrentar lo difícil, lo inusitado y la ansiedad que produce la incertidumbre.

 

Siempre

Igor Morski

Ilustración de Igor Morski.

“¡Oh mi rosa de siempre, viuda de tu perfume!”.
Rafael Michelena Fortoul

 

—Lo que dijiste me afectó mucho — dijo Betty—. Enseguida levantó la mirada y agrego: —Y tú no te diste cuenta.

—¿Darme cuenta de qué? —la interrumpió Rodrigo.

—Pues de las cosas que dices sin pensar —agregó la mujer—, bajando de nuevo la cabeza y poniendo su atención en un salero que estaba casi vacío.

—La verdad no te entiendo —repuso el hombre—. Yo creo que te tomas muy a pecho cualquier cosa que te digo.

La discusión, que en el último mes se habían vuelto más frecuentes, había comenzado por un comentario de Rodrigo, cuando Betty no estuvo atenta al pago de un recibo de energía. Él usó la palabra “olvidadiza”, y ella sintió que no era justo ese calificativo por un simple olvido. Además, lo que más generó en ella una especie de tristeza, fue que esa palabra estuviera acompañada de un adverbio rotundo y vergonzante: “siempre”.

—A ti te falta tacto para decir las cosas, Rodrigo.

—¿Y se puede saber en qué consiste ese dichoso tacto?

Betty se mantuvo en la misma postura, dándole vueltas al salero, observando sin mirar el empaque azul cielo con letras blancas. Era un azul pálido, como el manto de la virgen, de quien ella era devota. No supo por qué en ese momento pensó en que su color preferido era el azul, pero no el de tonalidades oscuras, como el azul de Prusia, sino esos otros que iban desde el celeste hasta el azul de Francia. Armándose de ánimo, con una voz tenue, le respondió a su pareja:

—Tener tacto es saber elegir bien las palabras, según el momento y según la ocasión.

Rodrigo miró a la mujer, con quien llevaba cinco años de convivencia, y se propuso, a pesar de ser impulsivo e irascible, escucharla para tratar de entenderla. Con la mirada la invitó a seguir hablando.

—Mira, lo de ahora, tú usas la palabra “siempre” cuando cometo un error o cuando las cosas no salen bien entre nosotros. Y yo no soy “siempre” así. Algunas veces se me olvidan las cosas. Pero no es “siempre”.

Rodrigo sintió que la explicación de la mujer le daba demasiadas vueltas al asunto. Como buen comerciante, esperaba que ella le dijera de una vez cuál era el motivo de su disgusto.

—¿O sea que el problema es porque usé esa palabra?

—Sí, en parte…

Cuando Betty empezaba con esas medias tintas, con esas frases gelatinosas y poco definidas, a Rodrigo le entraba una desesperación que lo llevaba a subir la voz. Era un acto involuntario, de fogonazo oral:

—Tú y tus partes —dijo con ironía…

Betty agarró el salero con fuerza y se inclinó sobre la mesa redonda del comedor.  Bajó la voz.

—Ese es el otro asunto que no ayuda mucho a que aclaremos las cosas…

—¿Cuál?

—Pues tus constantes ironías, y el tono con que las dices —murmuró Betty—, dejando que sus palabras se confundieran con la brisa leve de la tarde que entraba por una pequeña ventana del apartamento.

—Qué culpa, si así somos los santandereanos…

La disculpa de Rodrigo hizo que Betty lo mirara con un gesto de extrañeza. Porque de eso ya habían hablado antes, cuando tuvieron otra discusión por el gasto excesivo de un tendido de cama, que Betty compró a escondidas de él, usando una plata destinada para otros gastos, y él esa vez se había exaltado hasta el punto de gritarla. Y ella, después de la “calentura”, optó por hablarle suavecito, tan quedo que parecía no decir nada. Entonces Rodrigo comprendió que su forma de actuar no había sido la indicada. Pero a él se le olvidaba bajarle el volumen a su voz, o no era consciente de que cuando la rabia lo gobernaba cualquier cosa que saliera de sus labios se convertía en ofensa.

—Tú sabes que no todos los de tu tierra son así…

—Pero así me conociste y así soy —concluyó Rodrigo.

—De eso ya hemos hablado —dijo la mujer— volviendo a concentrar su mirada en el salero.

El hombre se echó hacia atrás en su asiento y puso las manos entrelazadas detrás de la cabeza. Recién acababan de comer una pizza que habían pedido a domicilio, porque a Betty se le había hecho tarde para preparar algo de almuerzo. Era sábado, y ese día ella lo dedicaba a ir al salón de belleza a arreglarse el pelo. La culpa la tuvo Damarys, la dueña del local, quien quiso intentar con ella un nuevo corte y unas tinturas que al final tuvo que cambiarlas porque a Betty le parecieron demasiado llamativas. No obstante, Rodrigo no estaba molesto por la tardanza, sino por otra razón: el olvido del pago del recibo de la energía.

—Yo creo que tú eres muy consentida —dijo Rodrigo—, usando un tono de voz tranquilo y no recriminatorio.

—Es posible —repuso la mujer—, alzando los hombros, y poniendo un gesto de padecer una condición inexplicable.

—Y por consentida es que te afectan esos detalles…

—Por falta de detalles —lo interrumpió Betty de inmediato—, es que el amor se va acabando…

—Otra vez la mula al trigo…

—Pero no es solo esto —agregó Betty—.

Aunque el comentario de la mujer salió de manera espontánea, Rodrigo adivinó lo que se avecinaba.

—Tú sabes lo importante que son los cumpleaños para mí —continúo la mujer—, yo te lo he dicho, y en el último, ni un ramo de flores. Nada.

—Y las rosas rojas que te traje al otro día, para disculparme, ¿no cuentan?

—Pero si tú conoces que a mí me gustan son las hortensias…

—¿Quién te entiende?, mujer. Nadie —dijo Rodrigo con un tono de franca incomprensión.

—Yo creo que a ti eso no te importa, como tampoco me dices nada cuando me pongo algo bonito…

—Tú sabes que yo te quiero… pruebas has tenido durante estos cinco años, ¿no?

La mujer empezó a meter las moronas de la pizza, esparcidas en la mesa, en la caja. Lo fue haciendo con lentitud, sin mirar a Rodrigo, como si estuviera haciendo una labor de muchísima precisión. Recordó el domingo hacía quince días cuando se puso una blusa azul bondi con discretos diseños grises, y Rodrigo ni siquiera lo había notado. Esas eran minucias que a él le parecían “bobadas” y a ella, “detalles que enamoraban”.

—Yo lo que digo es que a ti se te olvida que las mujeres no somos como los hombres.

—¿Y cómo son las mujeres? —interrumpió Rodrigo—, a ver si oyéndote aprendo a conocerlas…

Betty acabó de meter todas las moronas en la caja de la pizza. La tapó bien y, encima de ella, acomodó los dos platos sucios que habían utilizado. También acercó los dos vasos vacíos y puso en el centro de la mesa, al lado de un servilletero, la botella de gaseosa cola que estaba aún por la mitad.

—Las mujeres somos ondulantes…

—¿Y eso viene siendo como qué?

—Pues eso hay que averiguarlo con cada una…

Rodrigo esbozó una sonrisa con posibilidades de burla. Bajó los brazos y convirtió las manos en un atril para su cabeza. Quiso agregar algo más, pero se contentó con emitir un suspiro que parecía simbolizar una tarea imposible de lograr.

—Ondulantes somos, sí señor —agregó Betty—, como mi cabello.

El hombre se fijó, ahora sí, en la textura del cabello de la mujer. Era rizado y abundante. Y cuando Betty se lo acariciaba de una especial manera, la hacía parecer menos tímida de lo que en realidad era. Rodrigo pensó en las veces que iba donde su peluquero Arnaldo y en la poca importancia que le prestaba al corte, el de “siempre”, que el hombre le hacía mientras le contaba historias referidas a la separación de su pareja. Consciente de que ya llevaban varios minutos en esa discusión que no iba para ningún lado, alargó una de sus manos buscando la de su compañera. Betty no opuso resistencia.

—Tú sabes —inició Rodrigo—, tú eres testiga de lo que yo me esfuerzo en complacerte. Aunque a veces no sé qué es lo mejor… Pero tú sabes —insistió el hombre, apretando el brazo de la mujer—, que en mí no hay deseo de herirte.

La mujer miró con detenimiento a su compañero de historia. Los ojos café oscuros de Betty  se concentraron en un botón de la camisa de Rodrigo que estaba ligeramente suelto. Era el segundo botón, el que quedaba al lado del bolsillo donde Rodrigo metía siempre los billetes de alta denominación. Mirando ese botón se sorprendió de no haberlo cosido o de haber pasado por alto ese detalle cuando había planchado la camisa de cuadros cafés. O de pronto el botón estaba así, no por descuido de ella, sino por las manos bruscas de Rodrigo, o por la fuerza inadvertida del tiempo que va rompiendo poco a poco las cosas.

—Lo sé, y por eso me duelen más esas palabras…

Rodrigo miró a Betty con un gesto de disculpa. Se quedó en silencio unos segundos. Luego apoyó las dos manos en la mesa e irguiendo un poco el cuerpo le dio un beso en la mejilla a la mujer.

—Siempre te querré… Siempre.

La mujer se puso de pie y trajo hacia sí la cabeza del hombre. Rodrigo se dejó meter en ese cuerpo y sintió que esa noche podría dormir tranquilo. Al otro día tenía un negocio y necesitaba estar bien descansado para no dejarse engatusar por Doña Marina.   

Diccionario del coronavirus

Christoph Niemann

Ilustración de Christoph Niemann, para New Yorker.

A dos metros: medida de advertencia en espacios públicos, como si cada persona fuera un vehículo que cargara gases inflamables.

Abrazo: antiguo gesto de afecto que, en tiempos de pandemia, es una expresión de peligro o amenaza para quien amamos.

Adulto mayor: persona a la que no le puede dar el sol.

Aeropuerto: los puertos anhelados por el coronavirus.

Aislamiento preventivo: modo práctico de burlar al covid-19.

Alerta amarilla: los de tu barrio pueden estar infectados / El miedo en la distancia.

Alerta naranja: el contagiado está muy cerca de tu casa / La vecindad del temor.

Ayuda humanitaria: solidaridad de muchos que, por culpa de la corrupción, termina beneficiando a unos pocos.

Banca rota: forma de volar de algunas aerolíneas, en época de cuarentena.

Beso: contacto íntimo y anhelado pero imposible con tapabocas y a un metro de distancia.

Bolsonaro: representante de quienes confunden una pandemia con “una gripita”.

Calle: utopía del confinado.

Casa: Fortaleza en las primeras semanas y cárcel después de quince días / Lugar familiar del que, al mismo tiempo, no podemos y deseamos salir.

Cerco epidemiológico: encerramiento dentro del confinamiento / Aislamiento al cuadrado / Compromiso ciudadano en cuidados intensivos.

Cierre de fronteras: medida gubernamental que responde a una lógica oriental infalible: si el covid-19 vino de China, una muralla china bastará para detenerlo.

Codo: La nueva mano del confinado.

Comparendo: sanción disciplinar para indicarle al ciudadano que no lo pilló el virus pero sí la policía / “La ley con multa, entra”.

Confinamiento: vacaciones obligadas sin sol, sin mar y sin paseos.

Contención: el coronavirus extranjero.

Coronavirus: insignia que nadie desea ceñir sobre su cabeza / ¡Viva el rey!,  el infectado puede morir.

Covid-19: aunque la Real Academia de la Lengua diga que es femenino, lo cierto es que este virus ataca también a lo masculino / Virus transgénero / Enfermedad infecciosa con recuerdos de movimiento insurgente colombiano, pero con síntomas parecidos: “¿decaimiento, falta de energía?”.

Crédito blando: nuestro interés es diferirte los intereses.

Crisis: efectos económicos secundarios de la pandemia que se agudizan en la medida en que aumentan los días de cuarentena.

Cuarentena: medida preventiva que antes se imponía en los barcos y, ahora, en las ciudades. Pero en uno u otro espacio, los infectados están rodeados por un mar de incertidumbre.

Cultura ciudadana: lo que se espera que todos cumplan, pero que cada uno tiende a no hacer.

Curva: línea cuyo punto más alto lleva a la cuarentena y su aplanamiento a la calle.

Depresión: estado psíquico caracterizado por una tristeza profunda de no poder salir y un aburrimiento de hacer siempre lo mismo / manifestación interna del coronavirus cuando obstruye no los pulmones, sino el espíritu.

Desinfección: nueva actitud de bienvenida en la que en lugar de ofrecer los brazos y las manos, se emplea como gesto de acogida un atomizador.

Disciplina: autohigiene social / La prueba más difícil para quienes se sienten sanos o invulnerables a la pandemia.

Distancia social: la proxémica administrada por el miedo al contagio.

Domicilios: activación económica en bicicleta.

Educación virtual: el maestro enseñando a estudiantes y a padres de familia durante veinticuatro horas.

Elementos de bioseguridad: implementos que excepcionalmente usaban los astronautas, pero que en tiempo de pandemia utilizan hasta los mensajeros domiciliarios.

Epidemiólogo: especialista llamado a la sala de ministros –solo en tiempos de pandemia– para servir de justificación a los gobernantes, si las decisiones tomadas por éstos salen mal o tienen consecuencias adversas.

Estadística: disciplina que se ocupa de la recogida, obtención y tratamiento de datos para justificar a los gobernantes cuando deben tomar medidas impopulares.

Fiebre: signo de alerta que antes, solo se tomaba en los hospitales, pero que ahora detectan con una pistola infrarroja para entrar a cualquier lugar público.

Fiesta en cuarentena: Alegría de unos pocos, para perjuicio de muchos / Darle salida a los piernas por un exceso de encierro de la cabeza / Nueva danza de la muerte / Obedecer con los pies a lo que desobedece la cabeza.

Gel antibacterial: guantes líquidos y olorosos. / Lavamanos portátil.

Gutícula: pequeño medio de transporte preferido por el coronavirus.

Hagan caso: recomendación de un sobreviviente del covid-19 que estuvo a punto de morir.

Indisciplina: ¡pero si el rey soy yo! / Inobservancia de las normas de prevención social para jugar a las escondidas con el covid-19

Infectado: un coronado por el destino o por la falta de cuidado.

IRA: sigla de la infección respiratoria aguda que, por su sorpresiva y silenciosa forma de atacar, parece un grupo terrorista.

Jabón: el virus del coronavirus.

López Obrador: ejemplo de los mandatarios que consideran tres mil infectados diarios por el coronavirus como una cifra optimista.

Lugares públicos: fincas de recreo del coronavirus.

Mano: extensión del brazo que sirve, principalmente, para lavarla con jabón cada dos horas.

Mechudo: corte de pelo en tiempos de confinamiento.

Médico: profesional de la salud a quien se le rinden aplausos al inicio de la pandemia, pero al que después se lo amenaza para que abandone el edificio donde vive / Persona que el infectado quiere cerca cuando está enfermo, pero desea lejos cuando no lo está.

Melancolía: estado del espíritu caracterizado por un aumento de la ansiedad a causa de la incertidumbre y una baja de defensas por falta de alegría.

Mercar: odisea en solitario contra el virus para lograr sobrevivir.

Mitigación: el coronavirus vernáculo.

Monitoreo: vigilancia al virus, pero más a la desobediencia de los ciudadanos.

Multitud: el correveidile del coronavirus.

Normalidad: situación o estado ideal ansiado por los confinados que, con las rutinarias medidas de protección y el interminable seguimiento de protocolos, terminará pareciéndose a la anormalidad.

Noticias falsas: manera como la pandemia infecta primero la mente que el cuerpo / Forma como se comunican los “ídolos de la caverna” con los “ídolos de la tribu” / Entrega al inmediatismo del rumor por pereza a indagar la verdad.

Pandemia: infección que copió la ambición expansionista del capitalismo global.

Pedagogía: muletilla empleada por algunos gobernantes para mostrar que la política sabe muy poco de educación / Término al cual acuden algunos gobernantes para suavizar el autoritarismo.

Personal de la salud: primera línea de batalla sin suficientes armas defensivas contra la pandemia /  Infantería que sale a luchar cuerpo a cuerpo todos los días, a sabiendas del fuego cruzado del coronavirus.

Pico: cumbre temida pero esperada por los no infectados / Premio de montaña, fuera de categoría, de la propagación de la pandemia.

Pistola infrarroja: el nuevo revólver de los vigilantes para defenderse de la facinerosa pandemia.

Prorrogar: verbo de uso obligado por culpa del coronavirus.

Protocolo: detallado instructivo de convivencia pacífica con el covid-19.

Quédate en casa: mandato materno del ayer que hoy es norma gubernamental.

Reapertura económica: segunda línea de defensa ante el avance continuado del coronavirus que, como se sabe, opera mejor desde la trinchera.

Recuperado: la pandemia en el estado del relato.

Redes sociales: medio de contagio que exacerba la ansiedad de los confinados y multiplica el alarmismo peor que la pandemia.

Reinventarse: consecuencia económica del covid-19 que consiste en tratar de hacer lo mismo pero con computador / Volver a los empleados mensajeros.

Repeticiones: estrategia de los programas deportivos de fútbol que consiste en convertir el pasado en noticia de actualidad.

Tapabocas: prenda de vestir para que el coronavirus no nos reconozca.

Teletrabajo: modalidad laboral que consiste en que el empleado, además de las labores propias de su oficio, paga en lugar del empleador la luz, el arriendo, el teléfono y las horas interminables de internet / La casa hogareña vuelta oficina / Empleado sin horario fijo de trabajo.

Toque de queda: el último recurso “pedagógico” de los alcaldes.

Transporte público: medio de locomoción para el contagio / Medio de locomoción para ir de la casa al trabajo y del trabajo al contagio.

Trapo rojo: pieza de tela o de otro material para exhibir el hambre o clamar ayuda humanitaria.

Trump: ejemplo de los políticos que presumen de médicos y culpan a los contagiados del covid-19 por no inyectarse desinfectante para limpiar sus pulmones.

UCI: mazmorra temida por los infectados.

Urgencias: lugares de los hospitales que, en tiempos del coronavirus, hay que demorarse el mayor tiempo posible antes de acudir a ellos.

Vacuna: el elíxir de la larga vida de los infectados.

Ventana: abertura elevada sobre el suelo para que entren las calles que no podemos recorrer.

Ventilador: tercer pulmón del infectado.

Videoconferencia: contigo, pero sin ti.

Zoom: servicio de videoconferencia –que la pandemia volvió habitual–mediante el cual se habla en público, estando solo.

Cuidar de sí, para cuidar a otros

Angel Boligán

Ilustración de Ángel Boligán.

Como una manera de celebrar el día del maestro, Foros Santillana Plus me invitó a un encuentro virtual titulado “Cuidar de sí, para cuidar a otros” con docentes de diferentes países de Latinoamérica y de Colombia. A partir de las numerosas preguntas de los participantes, durante una hora, tuve la oportunidad de responderlas. Si bien el video puede verse en Facebook, considero pertinente compartir en este espacio una muestra de los interrogantes de los educadores y mis puntuales comentarios. Las inquietudes de los maestros reflejan bien las dudas que los agobian en esta cuarentena, su deseo de resolver las demandas de una modalidad virtual de enseñanza súbita y obligada, y la expresión del cansancio o el esfuerzo empleado frente a las demandas excesivas de los directivos de las instituciones educativas y de los padres de familia. Que sea, entonces, el siguiente diálogo virtual un modo de contribuir a sus problemas más inmediatos, a la par que un homenaje a su incansable labor de ser acompañantes de la formación de otros.

Laura Edith Vásquez RamónBogotá / Carlos Albán Holguín

¿Cómo cuidarse a sí mismo en este momento de confinamiento, cuando los estudiantes ven en el docente su tabla de salvación y esperan que éste les ayude a solucionar un sin número de situaciones ocasionadas por el aislamiento?

Escuchar, escuchar mucho, con escucha empática y solidaria / Ofrecer puntos de vista diferentes para ver un problema / Más que dar soluciones, ayudar a comprender dichas situaciones / Incitar al diálogo / Invitar a los estudiantes a la escritura del diario / Promover estrategias didácticas en las que el testimonio sea fundamental / No solo preocuparse por llenar de actividades, sino disponer de tiempos para compartir experiencias / Puede ser una buena oportunidad para la tertulia.

Rosario Casas / Chimbote, Perú / Fe y Alegría 14

Para cuidar de sí, ¿cómo hacerlo a veces sin remordimiento?

Reconocernos en la dimensión de ser necesitados / Quitar de nuestra mente y de nuestro corazón la culpa, el peso moral del desmerecimiento / Tener presente que no somos solo personas que damos, sino también seres de carne y hueso que necesitamos recibir: cariño, acogida, hospitalidad, comprensión / Recordar que el autocuidado es una manera de cuidar al otro.

Silvia Cataño / Riosucio / I.E. Los Fundadores

¿Cómo realizar un buen acompañamiento a los docentes desde el rol de directivo cuando ellos manifiestan situaciones de estrés por el cambio de escuela en casa, al enfrentarse a plataformas no usuales para ellos, a la presión de padres de familia y al asesoramiento durante el día a estudiantes?

Subrayar la planeación colectiva / Menos autoritarismo y más gobernanza; es decir, dirección participativa / Posibilidad de acordar actividades conjuntas entre los maestros / Reflexionar permanente sobre lo hecho para hacer los ajustes o cambios necesarios / Valorar el aprendizaje sobre el error / Más confianza y apoyo a los que dirigimos y menos vigilancia enjuiciadora.

Alejandro José Acuña / Managua / Colegio Centroamérica

¿Cómo cuidar de mi familia en estos tiempos?

Crear o mantener espacios de diálogo / Separar los tiempos de trabajo de los tiempos de reunión y estar en familia / “Desconectarse” para entrar en ese otro espacio / Escuchar en silencio, sin la respuesta inmediata de la defensa / Recuperar o instaurar ritos / Reconocer las tareas o actividades cotidianas / Cuidar la lengua / Socializar los problemas / No “tragarse” todo.

Gloria Jurado / Pasto / Instituto Champagnat de Pasto

¿Cómo cuidar de nuestra salud no solo física sino mental y emocional para no agotarnos en este momento que estamos viviendo donde no sólo atendemos a los niños sino la tensión de padres y directivos a la que nos sometemos, además de largas horas de trabajo?

Sacar tiempos para sí / Pausas activas durante las horas laborales / Treinta minutos de ejercicio diario / Tiempo sagrado para alimentarnos / Quitar de nuestra mente la idea de que equivocarnos es una imperfección de nuestro oficio / Flexibilizar el cuerpo, pero mucho más la mente / Considerar el descanso como parte de nuestra agenda vital.

Roberto Carlos Barragán Rocha CaliI.E Las Américas

¿Qué tanto se va a posicionar el tema de la ética del cuidado en la educación?

Dependerá de la confluencia de las voluntades de los directivos de las instituciones, de los maestros, de los padres de familia / El cuidado hace parte de nuestro compromiso con la formación y con las diferentes dimensiones del ser humano / Cuidar se relaciona con prevenir, pero además con una idea de corresponsabilidad que sobrepasa la mera instrucción / La ética del cuidado presupone una profunda comprensión de la relación pedagógica y, muy especialmente, de lo que significa acompañar a otro.

Amanda Supelano Martínez / Floridablanca / Fray Nepomuceno Ramos

¿Cuáles serían los tres componentes básicos para una buena salud mental, tan necesaria para trabajar en Educación?

Flexibilidad – creatividad – tolerancia al error / Más sabiduría que conocimiento, más argumentos que imposición, más voluntad de aprender que arrogancia de lo ya sabido / Fuerte autoestima, buena capacidad de autocrítica, inicio constante de proyectos / Mínimo fanatismo, perspectiva plural de las hechos y las personas, no dejar de investigarnos constantemente.

William Efraín Timaná Gutiérrez / Piendamó / El mango Morales

¿Principales hábitos recomendados para cuidar de nosotros?

Hábitos relacionados con el cuidado del cuerpo (ejercitarlo todos los días) / Hábitos de reflexión, meditación… / Acostumbrarse a mínimos ejercicios de discernimiento / Hábitos de desintoxicación de la avalancha de información circulante: tener juicio crítico para no seguirle el juego a las noticias falsas o al alarmismo que abunda por las redes sociales.

Marirrosa Carrera Rivas / Caracas / Unidad Educativa Colegio San José de Calasanz

¿Cómo desarrollar capacidades resilientes que nos ayuden a estar en un continuo mejoramiento personal? Recomendar actividades sencillas que se puedan aplicar en la vida cotidiana…

Compartir con estudiantes casos de resiliencia / Hacer análisis de situaciones problema con el fin de explorar diferentes alternativas / Pedirles a los estudiantes que hagan pequeñas entrevistas con sus familiares en las que se aprecien situaciones de resiliencia, o de cómo esas personas cercanas siguieron adelante a pesar de las dificultades / Fomentar la búsqueda de historias de vida, de ejemplos de superación que muestren el no rendirse ante las dificultades o los problemas.

Alba Luz Velandia Botia / Bogotá / San Viator Bilingüe Internacional

¿Qué factores pueden llegar a ser determinantes para clasificar como buena o mala práctica, la labor de un docente que sin capacitación alguna empezó, de un momento a otro, a afrontar la modalidad virtual, como único camino para avanzar en esta inesperada situación para la humanidad?

Compartir con nuestros alumnos las posibles falencias de nuestros experimentos virtuales / Aprender colaborativamente de esos fallos / Tener plan “b” / Hacer sondeos permanentes / Buscar las mejores soluciones de manera colaborativa / Mantener algo de lúdica y de mucho humor para aceptar que se es alumno otra vez / Mermar el temor al error de uno mismo o del otro.

José Luis Mora Machado / Bogotá / Agustiniano Tagaste

¿Cuál es su postura frente a aquellos que ven en esta coyuntura una oportunidad de crecimiento y aprendizaje profesional y otros que ven una radiografía de la precariedad del sector educativo y las carencias del mismo?

Entender que ni vamos a solucionar todos los problemas de la educación ahora, ni las falencias del sistema educativo pueden resolverse con las estrategias virtuales / Permitirnos volver a aprender / Pedir ayuda cuando sea necesario / Experimentar, probar, constatar / Considerar el aprendizaje mediante el ensayo y el error con todo nuestro interés / Atreverse a innovar la propia práctica / Revalorar la curiosidad, en todas sus manifestaciones.

Ana Lilia Ojeda / San Francisco del Rincón, Guanajuato / LaSalle

¿Qué es lo más importante entre tantas necesidades y emergencias?

Priorizar / Cuando se prepare una clase, seleccionar muy bien los contenidos y las actividades / Dosificar / Entender que los maestros no podemos descuidar acciones de formación por la urgencia de proveer información / Incluir ejercicios de metacognición (como aprendo lo que aprendo) en cualquier tarea / Favorecer modelos educativos co-constructivos 

Carol Edith Duarte Tejada / Bogotá / Colegio Nuestra Señora del Rosario Bogotá

Me gustaría saber si es posible como maestros ayudar a los padres en este proceso también.

Compartir con los padres los contratos de aprendizaje establecidos con sus hijos / Pensar bien las actividades para que no se conviertan en las tareas de los papás / Informar a los padres los protocolos estandarizados por el colegio / Recordar que los adultos son apoyo pero no maestros / Ofrecer algunos principios o reglas de oro del papá mentor o tutor.

Martha Liliana Linares Alvarado / Bogotá / Fernando Mazuera Villegas

En tiempos de pandemia, los miedos abundan, ¿cómo fortalecer la confianza y la esperanza en los estudiantes y sus familias para que estudiar tenga sentido en sus proyectos de vida?

El futuro tiene mucho de incertidumbre, con pandemia o sin pandemia / Fomentar la creatividad, la innovación / Formar el carácter de los estudiantes para enfrentar el fracaso, las cosas que no salen bien / Insistir en ciertas virtudes, como la persistencia, el coraje, la perseverancia / Tener cuidado con los reforzadores orales que usamos en clase / Dibujar el monstruo para reconocerlo.

María Josefa Martínez Basterra / México / Casa Mambré -Servicio Migrantes y Refugiados

En mi grupo de trabajo hay un día de autocuido… pero sólo físico/psicológico ¿Cómo incluir lo espiritual, no religioso?

Tener un espacio para meditar o tiempos para el discernimiento resulta esencial cuando aumenta la angustia y la desazón interior / Darle trascendencia e importancia al silencio / Cultivar algún arte: esa otra vía con grandes beneficios para el cuidado de nuestro espíritu / Acudir a la lectura de poesía, de ese tipo de textos que tanto ayudan a formarnos en lo sutil, en lo sensible, y que además distienden las zonas constreñidas de nuestra interioridad. Por ejemplo, “Intus” del mexicano Enrique González Martínez: 

Te engañas, no has vivido… No basta que tus ojos

se abran como dos fuentes de piedad, que tus manos

se posen sobre todos los dolores humanos

ni que tus plantan crucen por todos los abrojos.

 

Te engañas, no has vivido mientras tu paso incierto

surque las lobregueces de tu interior a tientas;

mientras, en un impulso de sembrador, no sientas

fecundado tu espíritu, florecido tu huerto.

 

Hay que labrar tu campo, divinizar la vida,

tener con mano firme la lámpara encendida

sobre la eterna sombra, sobre el eterno abismo…

 

Y callar, mas tan hondo, con tan profunda calma,

que absorto en la infinita soledad de ti mismo,

no escuches sino el vasto silencio de tu alma.

 

En el arca de Noé

La gran aventura de Margaret Keare

“La gran aventura” de Margaret Keane.

Lo más difícil no fue la llegada a aquella larga embarcación de madera, ni el lento proceso como cada pareja de animales fue acomodado en el arca. Tampoco el brusco bamboleo y el ir a la deriva cuando empezó el diluvio. Lo realmente complicado empezó cuando todos comprendieron que ese no iba a ser un corto viaje con una meta precisa, sino un confinamiento gobernado por la incertidumbre.

—¡Tranquilos!, ¡tranquilos! —exclamaba el viejo Noé—, contagiando ánimo en medio de aquella tormenta interminable.

La distribución de los animales había sido pensada con cuidado. En jaulas estaban los más salvajes, las aves en el techo del enorme barco, los rumiantes en pequeños establos, los reptiles en una rústica poceta, un sinnúmero de roedores vagaban entre los pasadizos y los monos se colgaban de los maderos de la barca. Todo parecía lo suficientemente organizado, a pesar de la estrechez natural de aquel espacio oscuro y repleto de sonidos de diversa especie.

—¿Y alguien sabe aquí para dónde vamos? —preguntó una leona, mirando por detrás de la jaula.

—Que es un cambio de pradera —respondió un tigre, mirándola desde otro enrejado semejante.

—No —interrumpió un elefante, dejando de agarrar con su trompa un haz de pasto de una cesta colgante—. Es para protegernos de la inundación.

—Ojalá esto acabe pronto porque no aguanto el mareo —repuso una jirafa, abriendo bien las patas para no dejarse caer.

Noé y su familia no paraban de trabajar. Alumbrándose con un lámpara de aceite iban de un lado a otro, tratando de controlar los nervios de los pasajeros, recogiendo huevos, leche, rellenando de granos o de pasto cestas y vasijas de barro, echando agua en palanganas de madera o barriendo o limpiando las heces y la mugre que se multiplicaba todos los días.

Los truenos resonaban más fuertes al interior del arca. El eco no permitía que las conversaciones entre los animales fluyeran o se dieran de forma natural.

—¿Y por qué hay unos afuera, y nosotros encerrados aquí? —preguntó una pantera.

—Privilegios que tienen —repuso su pareja, rezongando entre dientes, y cambiando con dificultad de posición.

Todos los animales salvajes, además de estar confinados dentro del arca, padecían el enclaustramiento de las jaulas. Y por más que Noé o sus hijos les traían alimento, especialmente leche, no dejaban de sentir como una injusticia que otros animales transitaran libremente por los corredores de aquella nave.

—Mira esos venados allí —agregó la pantera—. Ellos sí pueden mover sus piernas.

—Lo que digo —repuso el compañero de celda—. Aquí no todos estamos en igualdad de condiciones.

Como si Noé hubiera escuchado al par de panteras, a los pocos segundos pasó por allí. Miró su pelambre a la tenue luz de la llama de la lámpara, vio sus ojos amarillos y el lomo magnífico de estos animales.

—Ya casi deja de llover —les decía—. Ya casi escampa.

Los animales escucharon a Noé sin replicar. Aunque entendían sus palabras, prefirieron no decirle nada, para que él adivinara su malestar.

—Todos los que estamos aquí somos unos privilegiados —volvió a hablar Noé, yendo y viniendo cerca de la jaula.

—Unos más que otros —replicó la pantera, impaciente por el caminar de lado a lado de Noé.

—Para salvar la vida hay que soportar algunos sacrificios —repuso el anciano, moviendo el índice de su mano derecha en un gesto pedagógico de obediencia.

—Primero es lo primero —volvió a hablar, prosiguiendo su ronda de vigilancia nocturna.

Porque no era fácil en aquella nave, sellada con brea, saber cuándo era de día y cuándo de noche, y menos cuando el clima, los truenos, el ruido ensordecedor del torrencial seguían azotando por todos los costados a la embarcación.

Así pasaron las dos primeras semanas. Tal vez por la novedad de la situación, buena parte de los animales se conformaron con los cambios en sus hábitos de alimentación, en sus ciclos de sueño y en el ambiente al que estaban acostumbrados. Sin embargo, iniciada la segunda semana, una grulla de largo pico y patas delgadas, se atrevió a interpelar al capitán del navío:

—Cuándo terminará esta aventura —dijo.

Noé se fijó en la grulla y le pareció que tenía las patas más flacas o más largas que como las recordaba en su mente.

—Yo creo que el tiempo lo dirá.

La respuesta del viejo no le pareció suficiente a la grulla.

—¿Otra semana, quizás?

—Ya veremos… hay que tener paciencia —respondió Noé.

La grulla puso un gesto de resignación y voló hacia una de las vigas del techo del arca.

—¿Qué te dijo? —preguntó el compañero de baranda.

—Nada. Que no sabe nada —repuso la grulla—. A esperar, esa es la consigna.

Pero no eran únicamente las grullas o las cigüeñas las que estaban angustiadas; también los pelícanos y unos flamencos que, por la falta de sol, habían perdido el rojo encendido de sus plumas. Y ni qué decir de las águilas, insatisfechas de comer siempre pescado seco.

—¿Será que Noé si sabe para dónde vamos? —preguntó de manera retórica un águila calva a las otras aves que estaban alrededor.

—¿O nos tiene aquí engañados, sin decirnos el verdadero propósito de este encierro?

Una pareja de halcones compartieron las dudas del águila, moviendo hacia arriba y abajo su cabeza. Por unos minutos se escucharon chillidos, graznidos y gritos de protesta, pero que no repercutieron en el ánimo de los otros animales.

—Con tal de que a mí me pongan cualquier planta de vez en cuando, no tengo nada de qué preocuparme —dijo una camella de largas pestañas.

—Sí —repuso su consorte—. Lo que pasa es que nadie está conforme.

Noé no era indiferente a las afectaciones que tendría ese prolongado encierro en sus animales. En sueños supo que debía informarles a los pasajeros, de cuando en cuando, las peripecias de aquella situación. Confiado en aquellas voces, escuchadas en sueños, organizó con sus hijos una pequeña reunión con todos los animales, escogiendo para ello, el centro del arca. Desde ese punto, trepado en unos de los estantes del segundo nivel de los tres que tenía aquella casa flotante, empezó su explicación. Dadas las precarias condiciones de luz, los ratones, las tortugas, las liebres, los puercoespines, tuvieron que contentarse con oír lo que no podían ver. Además, la cantidad de patas, colas, pezuñas, no dejaban mucho espacio para divisar el rostro barbado del anciano.

—Estamos aquí reunidos —empezó a decir Noé— porque es la única manera de salvarnos de la inundación.

El término inundación fue reforzado por el crujir de los maderos del arca.

—Y si queremos salvarnos de estas aguas impetuosas, de estas olas inmensas, de esta lluvia huracanada, tenemos que tener paciencia…

Los búfalos, las cebras, pensaron en la palabra inundación y se imaginaron un caudaloso río desbordado, cubriendo pastizales, árboles y llanuras inmensas. Noé prosiguió hablando de no perder la calma y de algunas medidas que eran necesarias conocer para una mejor convivencia.

—Hemos puesto paja en las jaulas para que allí hagan sus necesidades… —dijo en tono de amonestación a los que defecaban en cualquier lugar.

—Hay que habituarse a una ración diaria —agregó—, mirando a los hipopótamos y a los cocodrilos que parecían nunca llenarse.

—Respeten el turno cuando estemos entregando las frutas —señaló—, dando a entender que los orangutanes, las ardillas y los hurones eran unos constantes infractores.

—Y de ahora en adelante —prosiguió entusiasmado Noé— al no tener sol o luna que nos guíe, usaremos este cacho, para fijar las horas de sueño.

El anciano mostró el objeto y con una señal invitó a Jafet que soplara el instrumento de marfil. El sonido llegaba hasta todos los rincones del arca.

—Un llamado para levantarnos y dos para irnos a dormir —concluyó Noé— volviendo a retomar el cacho de las manos de su hijo.

—Esto ya parece una cárcel —murmuró una hiena a su pareja—, molesta por aquellas medidas disciplinarias de Noé.

—Yo me  duermo cuando tenga sueño, y no cuando me lo imponga un cacho —refunfuño un jabalí, tratando de hozar en el piso de la barca.

—¿Y quién va a controlarlo a uno —gruñó una zarigüeya—, en esta oscuridad y con tantos que estamos  metidos en esta inmensa cueva?

El viejo continuó con sus indicaciones:

—He pensado que vamos a distribuir el arca en tres zonas, la del norte, la del sur y la del centro. Y al frente estará cada uno de mis hijos: Sem al norte, Cam al sur y Jafet al centro.

Noé terminó su discurso y cada una de las parejas de animales retornó a su sitio acostumbrado. El murmullo se fue opacando en la medida en que desalojaban la parte central, ocupada por la mayoría de los animales enjaulados.

Así transcurrieron dos semanas más, en las que los movimientos intempestivos, el sonido de la tormenta, la inestabilidad del viaje, parecían distraer otras preocupaciones de los animales. La situación empezó a empeorar cuando dejó de llover y el arca asumió la monotonía de andar en aguas tranquilas.

—Me hace falta carne fresca —manifestó una guepardo—.

—Perseguir a alguien… eso es lo que más necesito—repuso el macho de piel manchada.

—Ni que fuera uno un impala para comer siempre lo mismo —agregó la flaquísima fiera.

—Estoy que pierdo la paciencia.

Un grupo de animales, del ala sur, empezaron a romper las normas que había determinado Noé. Fueron inútiles las amonestaciones de Cam y los regaños paternales del viejo. No era sino que ellos dejaran de observarlos para hurtarse la comida de un vecino, hacer sus necesidades en un lugar alejado de donde dormían, estar merodeando y dando alaridos después de que el cacho había sonado dos veces. Pocos pensaban que eran unos privilegiados o daban gracias por salvarse del diluvio; la mayoría sentía el aburrimiento correrle por las tripas, o una especie de angustia que, por lo general, se convertía en agresión permanente. El arca empezó a llenarse de patadas, de picotazos, de dientes amenazantes y una mutua desconfianza. Los tres hijos de Noé parecían estar desbordados por las peleas, las amenazas, el vandalismo entre los animales. Dada esta situación, Noé sintió la necesidad de volver a dirigirse a la audiencia confinada.

—Comprendo sus angustias —dijo para empezar—. Pero si ya amainaron las lluvias ese es un buen presagio de que pronto esto terminará.

La concurrencia se entusiasmó con lo que parecía un anuncio de pronta salida de aquella prisión de madera con olor a brea.

—No podemos desfallecer ahora —prosiguió Noé—. Lo peor ya ha pasado.

Unos canguros dieron varios saltos buscando un espacio con una mejor visibilidad. El interés era total.

—Yo creo que en un tiempo no muy lejano podremos salir…

Un ruido de decepción se propagó entre el público.

—Pero, ¿cuándo? —gritó fuerte un gorila con rabia contenida.

—Yo ya no aguanto estos olores —exclamó una oveja, alzando una de sus patas.

—No hay cuero que resista esta falta de luz —complementó un caimán, abriendo de par en par la dentada boca.

Noé no se inmutó por los comentarios negativos. Subió el tono de la voz y, tratando de parecer convencido de su mensaje, soltó una frase tan dura como retadora:

—Ahora, si alguno quiere irse, bien pueda…

Los animales guardaron silencio. Entendieron que la oferta era imposible. Después de tantos días de lluvias, lo más seguro era que las aguas debían cubrir las montañas, los árboles, toda la tierra firme. Sin contar la fetidez de las aguas por todos los que, a diferencia de ellos, habían muerto por la inundación. Lo único vivo estaba dentro de aquella nave; afuera la muerte rondaba a sus anchas. Así que, cabizbajos, empezaron a dispersarse. El único que se mantuvo unos minutos mirando desafiante a Noé fue el gorila, pero después de una corta amenaza territorial, se retiró a la zona donde estaban otros simios.

—Un toque de cacho para levantarnos y dos para irnos a dormir —repitió fuerte por tres veces Noé.

Lo que siguió durante la semana siguiente en el cuerpo de los animales fue una modorra que los llenaba de pereza y aburrimiento hasta el punto de quitarles las ganas de alimentarse. Los hijos de Noé, por primera vez, notaron que los alimentos dejados en las cestas o la leche puesta en las palanganas, permanecía igual a la última vez que la habían cambiado. Jafet le contó a su padre que en los ojos de los coyotes y los lobos se podía ver una tristeza desconocida. Que el encierro los había vuelto dóciles y con una mansedumbre que parecía más una mueca de resignación ante lo inevitable.

—Ponen ojos de cuando uno los va a matar —dijo Jafet, claramente afectado por aquel comportamiento de esos carnívoros salvajes.

Noé escuchó a sus hijos y salió a comprobar si era verdad. Jafet y sus hermanos no se equivocaban. Se encontró con varios animales echados, encorvados en su propio vientre, como si padecieran de peste; observó a las cascabeles mudas en su mover de crótalos; descubrió a los guacamayos y a las cacatúas en un silencio impensable; y pudo constatar que el instinto de aquellas bestias había sido devorado por la monotonía. Del júbilo y la algarabía ya no quedaban sino quejidos o cuerpos tirados en el abandono.

Después de una noche en que Noé no pudo conciliar el sueño, tomó la decisión de abrir una de las ventanas del arca. No fue fácil hacerlo. La brea había sellado los intersticios de tal forma, que fue necesaria la fuerza de sus tres hijos para despegar la hoja del marco. El rayo de luz que entró por el pequeño espacio despertó a los animales de su apatía. Los balidos, los graznidos, los silbos y castañeteos, los gorjeos y gruñidos se sumaban a rebuznos, rugidos, aullidos  y trinos infinitos.

—¡Por fin! —gritó una danta.

—¡Acabado este encierro! —exclamó un armadillo.

Noé dejó de mirar el inmenso e interminable mar y volvió sus ojos hacia a ese conglomerado de ojos, cuernos, pelos, alas… que entonaban un coro de algarabía en el piso del arca.

—¿Dónde está el cuervo? —preguntó Noé.

Cam dijo que lo había visto hacía poco. Descargó una bolsa con cereales y fue a buscar el ave. Al poco tiempo volvió ante su padre:

—Aquí está —dijo.

El cuervo estaba asustado porque en esas circunstancias no era fácil saber lo que se propondría Noé.

—Quiero que vayas a hacer una inspección —dijo.

El pájaro negro, casi gris por el encierro, apenas se atrevió a contestar. Si bien se sentía feliz por ser el primero en que podía abandonar el arca, por otro lado temía por su vida, al no conocer con lo que se encontraría.

—No te vayas tan lejos, apenas unas brazadas.

—¿Tengo que ir solo? —preguntó el cuervo.

—Es mejor —repuso Noé.

El cuervo miró hacia arriba del arca pero no encontró a su compañera. De un corto vuelo se puso en el borde de la ventana y de allí extendió sus alas hasta cuando los ojos del anciano lo perdieron de vista. Noé permaneció al lado de la ventana esperando al animal, pero este no retornó.

—La muerte sigue rondando afuera —dijo—, cerrando la ventana con fuerza.

Los animales sintieron que su alegría había sido fugaz.

—¡Déjela abierta!— exclamaron al tiempo, sin ponerse de acuerdo.

—¡No la cierres! —volvieron a pedir.

Pero Noé entendió que era mejor resguardarse y no exponer a estas criaturas a las contaminaciones y los vientos putrefactos. Haciendo caso omiso a las súplicas, les pidió a sus hijos que amarraran con cuerdas el pasador de la ventana. La oscuridad volvió a aposentarse en todas las partes del arca.

—Noé nos salvó para matarnos —exclamó una avestruz.

—Prefiero morir ahogado que seguir en este encierro —chilló un mandril—, arengando a los más cercanos.

—Estamos cansados de obedecer —repuso un burro.

No obstante las manifestaciones de protesta, Noé se mantuvo férreo en su decisión. Pero prefirió no caminar por entre los animales, como una medida de sana protección.

Una semana después, cuando nadie lo esperaba, Noé eligió a una paloma y, con sus tres hijos, abrieron la ventana del arca.

—Vuela a ver qué encuentras —fue la sucinta orden del viejo.

—Allá voy —respondió la paloma—, feliz de estar de nuevo entre el cielo y el viento.

Los animales, al ver entrar la luz, no se entusiasmaron como la primera vez. Apenas miraban de reojo, como para no perder del todo lo que podría suceder.

—Seguro, que luego nos vuelve a decir que por el bien de nosotros lo mejor es quedarnos a oscuras otra semana —refunfuño un pavo.

—Que la muerte sigue en el aire, como nos amenazó la última vez —agregó un carnero de cuernos encorvados.

Los comentarios de uno y otro animal no dejaron escuchar la exclamación de júbilo de Noé, cuando vio llegar a la paloma con una rama de olivo en su pico.

—¡Ya terminó el encierro!, ¡ya terminó!

Noé y sus hijos se abrazaron y con ellos sus esposas. La paloma voló presurosa a contarle a su parejo lo que había visto.

—Árboles muy verdes, esplendorosos… como nadie los imagina —arrullaba feliz la paloma, moviendo el cuello de un lado para otro.

—¿Y qué más pudiste ver? —preguntaron unos turpiales que estaban cerca.

—Un cielo límpido, hecho de un azul que al solo verlo le alegra a uno el corazón.

La noticia corrió de arriba hacia abajo en un alud de comentarios que se impregnaban al cuero, a los pelos, a la piel de cada ser vivo.

—Que hay pasto tan abundante como para alimentar a muchísimas manadas.

—Y las frutas cuelgan de toda rama, maduras o a punto de madurar.

—Que el aire es tan reciente que lo hace volar a uno con solo aspirarlo.

Pasado el regocijo y la exaltación, Noé consideró que debía volver a reunir a los animales para darles unas últimas indicaciones de lo que vendría. Una vez más se ubicó al centro del arca, acompañado de sus hijos. Jafet hizo sonar el cacho, pero para que la concurrencia guardara silencio.

—La buena noticia es que estamos salvados.

Muchas ovaciones y vítores retumbaron en el espacio del arca. Noé dejó que esa algarabía mermara y siguió con su discurso.

—Ya vi en el cielo el arco iris…

—¡El arco iris! —exclamaron los animales entusiasmados.

La gritería se convirtió en una exaltación de fiesta. Los ratones bailaban con los gatos y las gallinas saltaban de la mano de los zorros. Nunca antes hubo tantos abrazos juntos, nunca se había visto tanta fraternidad en la naturaleza.

—Pero no podemos salir todos al tiempo —dijo Noé—, así que tendremos que hacerlo por etapas, poco a poco.

—¡Como sea! —exclamó un rinoceronte.

—Lo que diga Noé —rugió el león, ansioso porque lo dejaran salir de su doble encierro.

Y Noé dispuso que los animales fueran saliendo por sectores, de acuerdo a una secuencia diferenciada por zonas y pisos que había ideado y compartido con sus hijos. Tal desalojo del arca les llevó buena parte del día. Pero a todos los animales les importaba poco esa demora, con tal de sentir de nuevo el sol y ver el anunciado arco iris.

El vigía de la ventana (3)

Niña mirando por la ventana Edward Münch

“Niña mirando por la ventana” de Edward Münch.

Abril 19 de 2020

Después de un mes de cuarentena podemos comprobar un rasgo de la condición humana: su capacidad para adaptarse a nuevas situaciones de vida. Quizá ahí esté la clave de nuestra permanencia en este mundo y lo que ha posibilitado la invención, el descubrimiento, la ciencia. Analizo lo que ha venido pasando y aventuro una analogía con los estadios de duelo o de muerte, descritos por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross: primero, la negación al hecho, eso de que “a mí no me va a afectar”, o que acaecerá en países lejanos del nuestro; después la cólera o la incomodidad al saber que no se tomaron las medidas de cierre de fronteras a tiempo, que  no tenemos el suficiente número de camas disponibles,  que debemos asumir un encierro en nuestras viviendas; enseguida, la etapa del regateo, de los plazos que se van reanudando, de las excepciones que aspiran a multiplicarse para continuar con la vida cotidiana como se la traía hasta ahora; en unos días posteriores se entra en la depresión, en la tristeza y aumenta el miedo. Tantos encierro, tanta incertidumbre junta, conlleva a que baje el optimismo y se múltiple la angustia y la ansiedad; finalmente, entramos en la aceptación del hecho, de que el covid-19 no va a desaparecer en una semana y en la certeza de que debemos seguir viviendo a pesar de esta amenaza a nuestra salud y a mermar o entorpecer el dinamismo de la economía. Entonces, es casi seguro, comenzaremos a volver habitual lo que nos parece excepcional, convertiremos un práctica diaria el usar tapabocas, estaremos atentos a conservar la distancia social, planearemos de otra forma el comprar alimentos y, aunque nos suene inhumano, tendremos menos horror por el número de contagiados que seguramente aumentarán en los hospitales o en nuestras casas. Así, seguramente, esperaremos la vacuna, o nuestros propios organismos desarrollarán unos mecanismos de defensa que nos posibiliten el encuentro, las relaciones humanas, el ir a trabajar o adelantar proyectos de todo tipo, y una entusiasta afirmación cotidiana por continuar viviendo.

Abril 20 de 2020

Los deportes masivos están en crisis. En particular el fútbol que, como se sabe, es uno de abigarradas multitudes. En las noticias se anuncia que los campeonatos locales o internaciones se han cancelado y que, dependiendo la evolución del coronavirus, se tendrá que jugar a puerta cerrada. Podríamos aprovechar esta eventualidad para reflexionar sobre el deporte y las masas, un tema que apasionó a Elías Canetti. Porque, ¿qué aportan las masas, el público en vivo a un deporte, como el fútbol? Muchas cosas: la emoción, la tensión, el fragor de la contienda, el corazón hecho grito de cada hincha. Por eso, si se piensa en hacer certámenes sin público, se descubrirá que la entretención y gusto por este deporte no es tanto apreciar la técnica o el virtuosismo de los jugadores, sino otra cosa: la interrelación entre unos que actúan y otros que los apoyan; entre individuos que corren y patean, saltan y tratan de meter un balón en un arco, y un  grupo amplio de espectadores que toman partido por esa contienda. Tal vez haya deportes que por su esencia individual sea posible desarrollarlos en salones cerrados y con poquísimas personas observándolos; pero los deportes colectivos, esos basados en la fuerza, en el roce, en la gambeta, en el cuerpo a cuerpo con un oponente, perderán gran parte de su esencia. Y no lo digo solo por los aficionados, sino por los mismos futbolistas, quienes perderán la motivación de una tribuna, el apoyo emocional que provoca oír rugir a un colectivo de personas vitorear el nombre de su equipo, el coro de una masa que aviva el entusiasmo cuando decae el ánimo o se está padeciendo una derrota. A lo mejor, tendremos que hacer un ajuste emocional: de sentir y participar con los mismos hinchas en la disputa por un balón a verlos en diferido y en solitario desde nuestras casas. Quizá, recordando las ideas de Roger Caillois quien escribió un libro sobre Los juegos y los hombres, asistiremos a un desplazamiento: de un deporte de agon, o de lucha, a uno de mimicry, o de simulacro; algo así como dejar de ir en grupo a los estadios, para pasar a conformarnos con la pequeña y estática contienda de un futbolín.

El presidente, una vez más desde la sala del Consejo de Ministros, anunció que la cuarentena se prolongará otros quince días. Hasta el 11 de mayo estaremos en aislamiento preventivo obligatorio. A pesar de que se ha podido mermar un poco el avance del coronavirus, “no podemos bajar la guardia”, “relajarnos” o “cantar victoria”. Se mantendrá cerrado el aeropuerto y no habrá transporte intermunicipal, salvo para el acarreo de alimentos. El cambio es que se empezará a activar la economía en dos sectores: el de la construcción y la industria manufacturera. Eso sí, y en esto se insistió a lo largo de la hora de transmisión, con las medidas de bioseguridad más estrictas, como son el tapabocas, el baño continuado de manos, la distancia social, los turnos escalonados en los sitios de trabajo y una contratación especial de servicio de transporte para estos trabajadores. Se dijo también, que se podrá hacer deporte al aire libre, conservando condiciones de distanciamiento. Casi todas las nuevas medidas estuvieron acompañadas de la preparación, construcción o seguimiento de protocolos. Como bien se sabe, un protocolo es un conjunto de reglas o normas para guiar una acción o regular una práctica. Es una forma de homogenizar la acción, de interiorizar instrucciones y de unificar ciertos procedimientos. Así que, si en nuestra idiosincrasia tropical lo corriente es no leer el manual de instrucciones, ahora tocará –gracias al covid-19– no solo conocerlo, sino aprender a cumplirlo. Seguramente no será fácil, porque eso demanda disciplina, persistencia, y una regulación colectiva que generará discusiones y “molestias” cuando alguien imponga obedecerlas. Los protocolos direccionan, estandarizan y permiten un control; serán habituales las listas de chequeo, el monitoreo permanente y una reeducación de la conducta. Los protocolos son un modo de mermar los comportamientos individuales y lograr unas pautas homogéneas de las personas en las actividades y los procesos. Como se adivina, los protocolos son un recurso para mermar la improvisación, el azar y los caprichos personales de cara a la amenaza de la pandemia; es un modo de combatir lo incierto a partir de una concreción administrativa de “hacer todos lo mismo”.

Abril 22 de 2020

Escucho por la radio una entrevista a la alcaldesa Claudia López sobre sus declaraciones de no permitir la activación de los trabajos de manufactura el próximo lunes 27, entre otras cosas porque no están los protocolos terminados. El periodista le pregunta si esa medida fue consultada con el presidente y, ella, le responde que sí. El periodista insiste en que si eso ha sido así, por qué entran en contradicción las medidas del alto mandatario con las de ella o si es que sus argumentos no son tenidos en cuenta. La alcaldesa le responde que no va a entrar en esas confrontaciones y menos ahora cuando de lo que se trata es de un problema que pone en juego la vida de las personas. Enseguida agrega que hay una diferencia entre promulgar decretos y otra, bien distinta, ejecutarlos. Y que para el caso del coronavirus, habría que mirar si esas medidas pueden aplicarse homogéneamente a todos los municipios o de manera idéntica para todos los departamentos. Insiste en que hay que basarse en datos y ver cómo evoluciona la pandemia en cada caso. En síntesis, que Bogotá —por tener más de ocho millones de habitantes y por tener el más alto número de contagiados, casi mil cuatrocientos— no puede ser lo mismo que Medellín o Quibdó. Las respuestas de la alcaldesa me dan pie para traer a cuento la tensión que ha habido, durante siglos, entre lo local y lo nacional, o entre lo nacional y lo internacional, o entre el centralismo y el federalismo. Y si, es suficiente, para un país tan grande como Colombia, en el que hay regiones claramente diferenciadas, sirven medidas que pretendan uniformar procedimientos, resolver problemas o ejecutar normas administrativas. Para todos es evidente que las grandes ciudades requieren protocolos distintos al sector campesino, y que no puede ser igual reactivar la vida cotidiana en un pueblo de un millón de habitantes a otro que quintuplica esa población. De allí que los protocolos, tema que se ha vuelto “tendencia” en estos días, deban consultar los contextos, enfocar las acciones, incluir las particularidades o excepciones, contemplar las contingencias específicas. Tal vez el afán por salir de la pandemia, por retornar a la vida como antes, nos hace perder esta capacidad de foco y diferenciación de las realidades. Porque sí es cierto que legislar o promulgar una norma de alcance nacional —amparada en favorecer a la mayoría—, resulta difícil de aplicar o cumplir cuando ya llega a las regiones o a los municipios de la denominada “Colombia profunda”. Pueda ser que este covid-19 nos ayude a comprender que si no se consulta y se legisla teniendo en cuenta las necesidades y condiciones de lo local, los decretos y buenas iniciativas centralistas quedarán en el limbo de la ineficacia, el incumplimiento o la improvisación.

Poner a pelear a los dirigentes, esa ha sido una de las formas como el periodismo, especialmente radial y televisivo, busca material para llenar sus espacios. Y si bien estamos viviendo una pandemia, si afrontamos una emergencia sanitaria, los periodistas persisten en buscar “el puntico”, “la frase”, el “comentario” de un dirigente para ponerlo en contrapunteo con otro que, por lo general, forma parte de una filiación política diferente. A veces se disfraza esta práctica cizañera de los periodistas con “buscar la verdad” o, lo que es más grave, “ayudar a la opinión pública”, pero lo que en realidad muestra este afán de “encender la pelea”, es dejar de analizar un problema para pasar al campo de mover las pasiones de las personas. Hay algo de tinte “amarillista” en estas maneras de “informar” y mucha, pero muchísima, falta de prudencia en un oficio que, más en épocas de incertidumbre, angustia y temor como las actuales, necesitan que los expertos en comunicación sopesen la lengua, aquilaten sus emociones, dimensionen el alcance social de iniciar o propagar una u otra polémica. Los mismos políticos deberían dejar de hablar echando puyas, de estar arengando a los desinformados, de prestarse a una disputa momentánea y novelera en la que lo menos importante es el bien común, sino reforzar la vanagloria de determinados periodistas o contribuir a mantener un alto índice de audiencia en algún medio masivo de comunicación. Ante la duda  y la indeterminación provocadas por coronavirus es fundamental la mesura, el análisis, la contención de las opiniones gratuitas. Ese tendría que ser, también,  uno de los reaprendizajes para los que dirigen o tienen bajo su orientación un noticiero radial o un telenoticiero: comprender que el periodismo es, esencialmente, una profesión de servicio público.

Abril 23 de 2020

Desde hace días, en las ventanas de algunas casas o edificios se ha puesto un trapo rojo, indicando que ahí reside un necesitado de ayuda humanitaria o alguien que requiere alimento. Esos trapos rojos son como banderas que denuncian el hambre, que gritan a los pocos transeúntes o a las entidades de servicio social una ayuda para enfrentar el aislamiento provocado por la pandemia del coronavirus. En muchos de esos casos, se trata de inmigrantes venezolanos; en otros, de personas solas o que sobreviven mediante el “rebusque” cotidiano, o miembros de ese amplio grupo de trabajadores de la economía informal. El trapo rojo sirve de señal de advertencia, pero también de signo de contagio: aquí está un damnificado, aquí habita un individuo que soporta la pobreza extrema, aquí hay un ser humano que solicita con urgencia la colaboración y la solidaridad de sus semejantes. Si bien los contagiados son aislados en habitaciones o lugares especiales, estos que exhiben sin vergüenza el trapo rojo en sus ventanas, son otras víctimas del covid-19; ellos también padecen un contagio: el del abandono, el desarraigo o la miseria. Hay tantas formas invisibles de infección social, tantos estigmas ocultos que, debido a esta pandemia, salen a relucir, como pequeñas manchas coloradas en medio del gris de la ciudad. Pero ya no se trata de exponer la bayetilla roja para anunciar un producto, como era la costumbre de los carniceros, sino de izar una prenda de este color, exhibirla al público, para que la pasiva compasión o las buenas intenciones de la gente se transformen en alimento, en ayuda real que contribuya a seguir viviendo.

A un médico en el norte de Bogotá le dejaron escrito a la entrada de su apartamento un mensaje amenazante: “Doctor si no se va matamos a su esposa e hijos”; y en Buenos Aires, para solo mencionar otro ejemplo, a la viuda de un enfermero que murió por coronavirus, los vecinos le han dicho que si no se va, le van a quemar su vivienda, para que no “infecte el barrio”. Son muchos los profesionales de la salud que han sido objeto de discriminación, señalamiento o agresión verbal por ser ellos, precisamente, los que tienen un mayor contacto con los enfermos de la pandemia. Y lo que manifiestan estos “afectados” es su tristeza al no entender la reacción de la gente, cuando su riesgoso ejercicio está en servir a la comunidad. “Somos los más conscientes de cumplir todas las medidas de protección, y más cuando pensamos en cuidar a nuestra familia”, dicen. “Seríamos las personas menos peligrosas para un contagio”. Estos hechos, claramente reprochables, pueden ser el resultado de la intolerancia con el “diferente”, con el “distinto”, con las personas que desestabilizan una moral mayoritaria, contravienen una ideología, o rompen la “tranquilidad” de un orden de cosas establecidas. Porque parecidos mensajes se les envían a los líderes comunitarios, a aquellos que no pertenecen al mismo partido político, o a los “sospechosos” de promulgar ideas extrañas o contrarias a las de la mayoría. Por supuesto, al estar confinados, eventos como el del médico o la viuda del enfermero nos parecen dignos de rechazo. Pero en países como el nuestro, en el que nos cuesta convivir con el “diferente”, se han vuelto costumbre estas manifestaciones del chantaje, del “boleteo”, de la intimidación excluyente y anónima. Somos intolerantes hasta el delirio: “váyase de aquí” ha sido el mensaje que hemos usado desde hace muchos siglos para evitar el contagio no solo de enfermedades físicas, sino de esas otras infecciones que se propagan en nuestra cabeza y en el mundo afectivo de nuestras pasiones.

Si no hay fútbol en directo, ¿qué hacen los canales nacionales o de tevecable para remediarlo? ¿A qué han acudido? Al pasado, a las repeticiones de “partidos históricos”. Recordar, rememorar, volver a ver el ayer. Los largos confinamientos, los encierros obligados, al mermar la acción de nuestras manos o nuestros pies, conducen toda la atención al ejercicio de la memoria. Al estar confinados, enclaustrados en nuestras casas, al no tener la libertad de movernos en el campo de la vida cotidiana, lo que renace o se aviva es el pasado. Este ha sido el recurso de los hombres cuando ya no están ni pueden ser protagonistas de fascinantes aventuras: acudir al recuerdo de pretéritas odiseas para mantener el fluir de la vida. El aislamiento, la inacción, crean unas condiciones ideales para que la conciencia del tiempo deje de ser el de la prisa, el de “en directo”, y se vuelva un lento reencuentro con lo ya vivido. La evocación de hechos significativos, el reencuentro con eventos cargados de alta valoración, es el modo como los seres humanos rompen la monotonía de hacer siempre lo mismo para estar a sus anchas en los paisajes de la recordación. Los territorios del pasado son mucho más amplios que los linderos del presente. El aficionado, mirando en una pantalla la repetición de una final de fútbol de hace varios años, busca en el recuento del ayer un remedio contra su tristeza de hoy. De allí la importancia del relato, de la historia, como medios para recuperar lo perdido y, a la vez, un modo de seguir cultivando la imaginación, la capacidad de mantener intacto el heroísmo, cuando las fuerzas decaen o están debilitadas por una cuarentena interminable.

El presidente quiere meter en cintura a los bancos para que atiendan los clamores de las medianas empresas, de los comerciantes que no saben cómo pagar su nómina, de los ciudadanos que esperan con prontitud los ansiados préstamos. Es un llamado de atención tardío, porque el gobierno, y no sólo éste, siempre han mostrado una actitud cómplice y alcahueta con todos los costos e intereses que estas entidades multiplican sin consideración a sus clientes. Los congresistas claman, con gestos demagógicos de solidaridad, que los bancos tengan tasas más bajas, acordes a la situación especial que ha traído el coronavirus. Pero la respuesta de los directivos de estas entidades, en general, es la de que “los bancos no están para arriesgar”; o si hacen algunos desembolsos, los intereses no se apiadan de la “crisis” de los necesitados. Basta mirar un ejemplo personal: llega a mi correo el recibo de una tarjeta de crédito, incluyendo arriba, en fondo rojo, un aviso de cobranza, explicando en detalle de cuántos son los intereses, según dure en pagar, so pena de ser “reportado mi comportamiento negativo a las Centrales de Riesgo”. El recibo señala, así me haya tardado dos semanas en pagar –por estar cumpliendo el confinamiento–, que debo hacer el pago de manera “inmediata”. Hay demasiada falsedad en esos mensajes bancarios que llegan al whatsapp o al correo diciendo, “queremos que te cuides, quédate en casa… tu banco ha creado diferentes alivios de pago”; porque tarde que temprano, su veredicto será una factura con un término implacable de vencimiento. Con pandemia o sin pandemia, así difieran tu deuda a doce meses, llegará el extracto con el monto que debes pagar y, debajo, la respectiva suma de dinero, correspondiente a la ampliación de tu deuda. La usura no ha tenido ni tiene corazón. Por eso es que los bancos en el último año reportaron ganancias por más de once billones de pesos.

Abril 24 de 2020

La Fiscalía, la Contraloría y la Procuraduría han sumado esfuerzos para controlar que los dineros de apoyo destinados a aliviar la crisis desatada por el coronavirus no terminen desviándose de su propósito original. Porque lo que denuncian estos estamentos de control es que hay “irregularidades en la contratación” y “usos indebidos del dinero público”. Gobernadores, alcaldes y otros funcionarios, amparados en la crisis sanitaria, han sacado otra vez cuantiosos porcentajes para su beneficio. Hasta al Ministro de agricultura se le ha abierto investigación por la “asignación de créditos blandos que terminaron en las manos de los grandes agroindustriales y no beneficiando a los pequeños productores del campo”. Uno podría pensar que dadas las circunstancias desfavorables en que estamos hoy, ocasionadas por el coronavirus, haría que estos inescrupulosos no tocaran estos dineros. Pero ya se advierte que hay por lo menos 38 casos de flagrante corrupción. Lejos queda la solidaridad, invisible el hambre y la suerte de trabajadores humildes, cuando reaparece una práctica inveterada y de uso corriente en políticos y funcionarios regionales. Más que optimizar una ayuda económica o buscar la mejor manera de subsanar las inequidades sociales, lo que hacen estos corruptos es darse mañas para adulterar documentos, desviar el fin de unos recursos, amangualarse con otros inescrupulosos para inflar unos gastos o falsificar unos resultados. Todo lo que tenga el epíteto de público en lugar de producir un deseo de salvaguarda y control permanente, parece más un campo de rapiña, de desgreño, de terreno de nadie sin ninguna protección. Así tratan las oficinas, el mobiliario, el transporte, los servicios: si saben que son públicos, ya es razón suficiente para romperlos, hurtarlos o dejarlos a la intemperie. Compruebo en esa relación con lo público no la actitud de respeto hacia lo que es un bien común, sino la astucia bárbara del saqueo y el vandalismo.

Abril 25 de 2020

Después de cuarenta días salí a la calle a tomar el sol. La alegría de caminar se sumaba a la grata sensación de recibir la brisa. Vi muy poca gente en la calle cubiertos con tapabocas y uno que otro local comercial abierto. Mis pasos parecían descubrir de nuevo las casas conocidas, los sitios familiares, las calles tantas veces recorridas por mis pies. Una conmoción de libertad le insuflaba a mis pasos energía, como si reclamaran para ellos el alimento ansiado, la cuota de agua esperada al concluir una larga travesía. Es emocionante y grato sentir la tibieza del sol en la espalda, tener otro paisaje en el horizonte, sabernos libres de ir por cualquier avenida, recuperar el movimiento corporal en toda su plenitud. Imagino la falta del parque, de los juegos de locomoción, del césped  y los árboles, que tendrán los niños en esta etapa del confinamiento. No son suficientes las entretenciones o los videojuegos, no basta con el “playStation”; resulta indispensable también correr, saltar con la mascota, poder tirar y recoger una pelota. Pero lo que más me ha entusiasmado de esta corta salida es el hecho de “estirar las piernas”, de andar varias cuadras sin la obstrucción de las rejas en las ventanas de mi casa. Al menos para mí, caminar es un bálsamo para aliviar mis cuitas, el mejor ambiente para meditar, la escuela cotidiana donde aprecio el trasegar de la realidad. Esto ha sido lo más difícil del encierro obligatorio: privarme de recorrer las calles de mi querida ciudad de Bogotá, renunciar a esos caminos grises que de tanto marcarlos con mis huellas, conforman un mapa de mi propia historia. He recordado el relato bíblico del diluvio durante cuarenta días y cuarenta noches y el encierro de Noé en el arca, y pienso que la caminata que he realizado esta mañana es semejante al segundo vuelo de la paloma en el vasto azul y su regreso con una ramita de olivo verde.

Abril 26 de 2020

Según el gobierno, después de haber hablado de manera genérica de que mañana se reactivarían los sectores de la construcción y la manufactura, ahora advirtió que esto iba a darse de manera gradual y progresiva. “El gobierno abre la puerta, pero son los alcaldes los que abren la llave de la gradualidad”, afirmó el ministro de comercio, industria y turismo. A veces la premura o la presión de grupos económicos, hace que los gobernantes anuncien medidas que luego, cuando ya se van a llevar a la práctica, muestran la necesidad de mayor tiempo para su implementación o alcanzar a preparar una logística minuciosa. Tan es así que los protocolos sanitarios hasta hace pocos días se están difundiendo y muchas empresas tienen dudas sobre qué es lo correcto y cómo deben proceder para evitar propagar el coronavirus. En algunos departamentos se va a pedir el Pasaporte sanitario y, en otros, los industriales deberán inscribirse en un portal virtual, llenar unos requisitos y esperar la aprobación de las alcaldías para saber que pueden empezar a funcionar. Por todos los medios de información se habla sin cesar de seguir los protocolos pero, poco se piensa en que esto demanda la adquisición de unos hábitos que, como se sabe, no son fáciles de interiorizar. Advierten que debe respetarse la distancia social, que todo el mundo debe salir con tapabocas, que se puede trotar a ciertas horas y únicamente en el radio de un kilómetro del sitio de residencia, que los sitios de trabajo deben contar con gel antibacterial suficiente, varias estaciones para lavarse las manos, que los puestos de trabajo deben estar por lo menos a dos metros de distancia, que debe tomarse la temperatura de los empleados antes y después de terminar labores, que apenas se llegue de trabajar hay que quitarse la ropa, ponerla en un sitio especial para desinfectarla, y cambiarse por otra que no vaya a estar contaminada. Esta es una situación difícil y generadora de alto temor, con un doble filo igual de cortante, porque como dijo un obrero de la construcción: “Me da miedo salir a la calle, pero tengo que trabajar”. Como sea, todo este afán por la reapertura económica tiene una buena cuota de riesgo; no se sabrá sino hasta dentro de unos quince días o más, cuántos infectados nuevos hay, cuántos contagios se producen por los insensatos que no siguen los protocolos, o por todos los empresarios que le hacen “pequeñas trampas” a las normas o las “adaptan” de tal manera con tal de no cumplir la ley. Tal vez esta prisa por volver a la “normalidad” sea, precisamente, una forma de no entender la medula de lo que está pasando. Porque para nada es normal andar con tapabocas, guantes, lavándose las manos cada dos horas, aplicándose antibacterial, alejados de las personas con que trabajamos, sospechando del colega que atraviesa la frontera del escritorio, imposibilitados para la movilidad, yendo como encarcelados de la prisión al lugar de trabajo y del sitio de trabajo a las cuatro paredes de nuestro confinamiento. Por eso los protocolos son documentos sacados de afán, por eso son más las preguntas que los procedimientos claros. Al querer retornar a una realidad que no puede ser la misma, hacemos el simulacro de retornar a ella, pero con los imaginarios de un pasado convertido en costumbre. Esta actitud se asemeja, según me contó un amigo maestro, a la niña de un colegio que, todas las mañanas, se levanta, se baña, se pone su uniforme y se sienta en la mesa del comedor a tomar clases virtuales por un computador. Pasará un buen tiempo, quizá años, para que esta “anormalidad” nos parezca “normal” o, una vez se tenga la vacuna, podamos recuperar los hábitos y costumbres que ya nos eran familiares y no necesitaban de ningún protocolo policivo para llevarlas a cabo.

Abril 27 de 2020

Salí a pagar un recibo al banco y noté un número de ciclas mayor que el de estos últimos días, un tanto más de vehículos y varias personas esperando a la entrada de locales de venta de materiales de construcción. Algunas de ellas con los tapabocas puestos y otros con ellos en el cuello o haciendo las veces de balaca. En el banco está señalizada, mediante cintas, la distancia dentro del establecimiento pero, afuera, es una vigilante la que regula el distanciamiento obligatorio. No obstante, observé a un grupo hablando en corrillo. No todos los que caminan siguen las instrucciones de protección. En varias de las droguería del sector aparecen letreros escritos a mano en los se anuncia: “Sí hay antibacterial”, “Sí hay guantes”, “Sí hay alcohol”, Sí hay tapabocas”. Y si hace un mes esos avisos dentro de los locales anunciaban que no había ninguno de estos productos, ahora es todo lo contrario. Vi busetas azules del servicio público con personas sentadas una detrás de otra y camiones descargando alimentos. Pregunté el costo de una caja de guantes de nitrilo y me dijeron que valía cuarenta mil pesos (antes el precio no sobrepasaba los veinte mil). En un supermercado se informa en una cartelera escrita con marcador azul que las personas deben usar guantes para manipular los alimentos y si no lo hacen será “bajo su propio riesgo”. Los pequeños locales de comida, anuncian que ofrecen “almuerzo ejecutivo” a domicilio; se mencionan los teléfonos de contacto. Si bien las personas en la calle evitan andar juntas, miré a las afueras de las cafeterías a pequeños grupos de dos o tres individuos compartiendo un tinto con el tapabocas abajo. Los recicladores siguen esculcando las basuras sin ningún instrumento de protección. Algunas peluquerías y centros de belleza tienen sus puertas a medio abrir, como si estuvieran prestos a cerrarlas apenas aparezca la policía. Casi todas las tiendas han puesto sus mostradores como otra barrera para el público o atienden separados por rejas de hierro. El pico y género se cumple parcialmente. Una buena parte de los dueños o vendedores de establecimientos de comidas o de otros productos están a la expectativa, mirando a la calle, detallando a los pocos transeúntes que pasan, con una actitud de desconsuelo o de súplica para que se detengan a comprarles. Describo todo esto para captar el ambiente que se respira en un barrio popular de estrato tres, en el último día de la primera cuarentena (se sabe que la segunda fase llegará hasta el 11 de mayo) y la expectativa del reinicio “gradual” y “progresivo” de dos sectores, el de la construcción y el de las manufacturas que, por ahora, están inscribiéndose en las plataformas de la alcaldía, adjuntando los protocolos en que muestren cómo van a cumplir las normas de bioseguridad, y después de todo este proceso, obtener la aprobación para su funcionamiento.

Abril 28 de 2020

El presidente insistió hoy, en su hora habitual por la televisión, en la disciplina individual y colectiva, para ser más estrictos con los protocolos y las medidas del confinamiento obligatorio. Y a pesar de que ciertos gobernadores dicen que “todo va muy bien”, lo cierto es que en ciudades como Cartagena y Santa Martha los alcaldes han tenido que hacer uso del toque de queda para “obligar” a las personas a cumplir el aislamiento. Más de 200.000 comparendos en todo el país ha impuesto la policía por violar la cuarentena, y la mayoría de los infractores son jóvenes. Poco vale el pico y cédula, el pico y género, el pico y NIT; los “ciudadanos” salen el día que no es, abren el negocio sin tener medidas de bioseguridad, se reúnen en fiestas sin atender la distancia social, les resulta insoportable resguardarse en su casa… Pienso que esta es la consecuencia de tener morales todavía reguladas por la heteronomía, por la figura del policía, y poco, muy poco, articuladas desde la autonomía. Eso de una parte, pero además, la disciplina requiere un desarrollo personal, una educación de la voluntad que nos “obligue” desde adentro, sin esperar la aprobación ajena o el “regaño” de una figura de autoridad. Disciplinarse tiene mucho que ver con la formación del carácter y, en eso, cuenta enormemente la crianza y la escuela primaria. Disciplinarse en ponerle brida a los caprichos, pulir nuestros arrebatos, someter nuestros instintos inmediatistas al acatamiento de las convenciones y pactos de convivencia. La disciplina está asociada a los hábitos y éstos a una conciencia profunda del cuidado de sí y de los demás. Disciplinarse, más que una tortura o un sacrificio, es adquirir la conciencia del esfuerzo para alcanzar cualquier logro, es poner el empeño y la persistencia para alcanzar metas de largo aliento, es saber gobernar nuestras pasiones con el propósito de conservar la propia vida y la de los demás. El que se disciplina, a pesar de la amenaza actual del coronavirus, mantiene un cuidado permanente de su cuerpo, y por eso convierte el ejercicio físico en una práctica diaria; sopesa el alcance de sus acciones y, en esa proporción, mide el grado de sus responsabilidades; logra cultivar una afición, un arte, así la cotidianidad lo agobie con obligaciones labores; aprende a planear sus actividades y sus gastos, porque tiene sentido de la previsión y de la dosificación de sus fuerzas. Creo que la disciplina, con el tiempo, se transforma en una forma de prudencia que alimenta nuestra sabiduría. Ojalá logremos en algún tiempo futuro, como personas, como comunidad, no necesitar de comparendos para ser disciplinados y acatar la ley; que hallamos superado una moral regulada por el miedo, a otra, más serena, de ser “obedientes” o “responsables” por  convicción  y por un profundo discernimiento de los límites de nuestra libertad.

Abril 29 de 2020

La ministra de Educación informó hoy que, para ayudar a estudiantes y maestros durante esta pandemia, habrá televisión educativa las 24 horas. A partir del 4 de mayo, se emitirá “Mi señal” por la televisión y la radio pública y los canales regionales, además de la televisión digital terrestre. De igual manera, se ha previsto otra estrategia para acompañar a los docentes: “Conectados con el aprendizaje”, que tiene como objetivo mostrar guías y videos que contribuyan al conocimiento y manejo de herramientas digitales. Me llama la atención, en tiempos del coronavirus, la revaloración de la radio educativa y televisión educativa, después de que por muchos años los canales y emisoras los han despreciado o subordinado de las parrillas de programación. Ha sido tal el entreguismo al “rating” y a la mera entretención que, resulta “extraño” este descubrimiento de una de las funciones esenciales de los medios masivos de comunicación: educar. Por lo demás, a veces estas medidas descubren, al momento de ponerse en práctica, que hay regiones, que no a todas personas les llega la señal, que este es un país de cordilleras, y que si de veras se desea llegar a los estudiantes de nuestros pueblos más lejanos, la radio sigue siendo una de las mejores las alternativas. Recuerdo la apuesta de Radio Sutatenza, en la década de los 60, para educar a los campesinos, al igual que los programas derivados de la comunicación para el desarrollo, que respondían a una televisión educativa, con sentida preocupación social. Y es una lástima que el centralismo de la programación televisiva, considere ahora sí, que son importantes los canales regionales, pues son ellos los que en realidad conocen y llegan a las veredas más alejadas de la capital. Ojalá estas iniciativas de recuperar la radio y la televisión para enseñar o ayudar a los maestros, recuerde o aprenda ciertos principios de ese entonces: que los actores no son meros receptores, sino protagonistas de la misma programación; que un medio no es igual a sus mediaciones; y que la apuesta de todas esas iniciativas de educación popular tenían como norte ayudar desarrollar el pensamiento crítico, recuperar las voces de los silenciados y, como nos lo enseñó Paulo Freire, orientar la pedagogía hacia acciones liberadoras, no solo personales, sino colectivas.