«Escucharte como mereces»

«La oreja de Giacometti» de Meret Oppenheim.

Héctor José, hombre de gran sensibilidad, recibió a su correo la invitación para un seminario sobre Desarrollo Integral Armónico.  Aunque no estaba muy animado para ir al evento, decidió asistir y aprovechar ese fin de semana como unos días de descanso. Empacó alguna ropa informal y, muy temprano, tomó un taxi que lo llevaría hasta el punto de encuentro a las afueras de la ciudad. Allí se reunió con otros colegas de trabajo y, a las ocho en punto de la mañana, él y los demás compañeros se acomodaron en el autobús que la Compañía había contratado para conducirlos hasta un hotel campestre, sede del evento.

El viaje no tuvo contratiempos. Más de tres horas de camino le permitieron a Héctor José y a sus colegas llegar a tiempo para la hora del almuerzo. Pasada la etapa de la inscripción y el proceso normal de alojamiento, el hombre de pelo cano bajó a elegir el menú entre las diversas alternativas dispuestas en varios samovares. Terminado el almuerzo, enriquecido por el diálogo y las bromas de los amigos de oficina, Héctor José se dirigió a su cabaña para lavarse los dientes y rápidamente se dirigió al salón “Cattleya” destinado para el seminario.

El protocolo del inicio del evento consistió en unas cortas palabras del jefe de personal y la entrega de una carpeta con la programación de los días del evento. Hecha la presentación del currículo del conferencista, llamado Santiago Contreras, éste tomó la palabra, dio la bienvenida a la concurrencia e inmediatamente les pidió a los asistentes que llenaran un pequeño cuestionario que tenían dentro de la carpeta entregada hacía unos minutos. La hoja mostraba 5 puntos y un título a manera de pregunta: “¿Es usted un buen escucha?”.

A Héctor José le pareció interesante el ejercicio y con entusiasmo respondió a todos los interrogantes. Terminó de escribir y esperó las indicaciones del expositor. Un par de mujeres jóvenes estaban atentas para recoger la hoja de respuestas. Cuando todos acabaron de contestar aquella encuesta el doctor Contreras empezó una disertación sobre la importancia de la escucha en los diferentes escenarios de la vida. Apoyado en una presentación de power point el conferencista iba desarrollando su argumentación con voz pausada y agradable.

—Oír no es lo mismo que escuchar. Lo primero es natural, lo segundo un acto intencionado que hay que aprender.

La charla no solo era interesante por los contenidos, sino por el modo como Santiago explicaba cada aspecto. Se notaba que era un tema sobre el cual tenía dominio y que disfrutaba al compartirlo con los participantes.

—Escuchar es más difícil que hablar, porque supone una fuerza de contención interior, un constreñimiento de la propia palabra.

Casi dos horas empleó el expositor Contreras para finalizar la primera charla de la tarde de ese viernes. Enseguida vino un tiempo de descanso para tomar un café y, luego, pasar a un trabajo en grupos de discusión. La concurrencia estaba motivada y más de uno hacía bromas retomando algunos de los puntos mencionados en la charla. Héctor José buscó un lugar entre los grupos de sillas organizadas en el amplio espacio del salón “Cattleya”. Cuando todos estuvieron acomodados, el conferencista tomó el micrófono y dio las indicaciones para la actividad.

—De ahora en adelante nadie puede hablar.

Se oyó un murmullo de sorpresas y algunas risas. El doctor Contreras prosiguió:

—Me gustaría que en grupo logren escribir en una cartelera, que ya les vamos a entregar, las cinco condiciones básicas para una buena escucha.

Héctor José recordó en ese momento el juego de adivinar películas con mímica que practicaba con un grupo de amigos cuando estudiaba en la universidad y le pareció una actividad retadora o, al menos, entretenida. Miró a sus compañeros del pequeño grupo y le pareció que ellos compartían su misma percepción del ejercicio.

—Tienen hora y media para presentar su cartelera. Sean creativos. Sáquenle provecho a los marcadores de colores que les estamos entregando. Recuerden —insistió el doctor Contreras— deben estar en silencio.

Lo que parecía una instrucción fácil de cumplir no resultó como se esperaba. En el salón se oían risas, carcajadas y monosílabos que estallaban en gritos, seguidos de invitaciones a callar. Cada participante sacaba a relucir sus dotes histriónicas y otros miraban a sus compañeros como espectadores de una comedia improvisada. En el grupo en el que estaba Héctor José la situación de comunicación se hacía más difícil porque dos de los siete integrantes al no entender a sus colegas se ponían de pie y empezaban a manotear negativamente o a hacer musarañas de desaprobación. Así transcurrieron los primeros minutos del ejercicio. Tal vez por ser jefe de departamento o porque transpiraba autoridad, Alirio Cáceres calmó los ánimos y el desorden, invitando al grupo a tratar de comprender lo que intentaban comunicarles los demás. Con los gestos de las manos fue dando el turno y, después, cada uno como bien podía expresaba con su cuerpo o haciendo mímica lo que consideraba era una de las condiciones de la buena escucha. Héctor José de manera espontánea manifestó con un gesto repetitivo de su mano derecha que él sería el redactor de la sesión. Para que se viera algún avance, Héctor José sacó unas hojas tamaño carta de la carpeta que les habían entregado y, en ellas, empezó a escribir lo que parecía la síntesis o interpretación de aquellas muecas de sus compañeros. Este recurso obligó a los siete miembros del equipo a abandonar los asientos y tirarse en el piso para leer lo que el hombre de pelo cano ponía en letras grandes. Por supuesto, más de una vez los índices decían que no era eso lo que tenían en su mente o las palmas de las manos, con un movimiento de lado a lado, señalaban que lo escrito era un concepto aproximado a lo expresado. Alirio no paraba de manifestarle al pequeño grupo con sus brazos actitudes de espera, de bajar el tono de la voz cuando involuntariamente salía de las bocas presas de la desesperación, de invitar de nuevo a cada persona para que escenificara otra vez lo que era su aporte o contribución para el logro de la actividad. Casi una hora duraron en este tanteo comunicativo. Al final, con un poco de frustración y de optimismo por haber logrado sacar adelante la tarea, cada grupo fue hasta unas pequeñas mesas dispuestas alrededor del salón para redactar en las carteleras los acuerdos de cada equipo. Héctor José le pidió el favor a Stella, una de las secretarias del Departamento, para que fuera ella la que pusiera de manera estética aquellas condiciones del buen escucha. La mujer de uñas impecables se mostró algo tímida a la invitación, pero después asumió la tarea con esmero y creatividad.

Una vez el conferencista comprobó que todos los equipos habían terminado el ejercicio pasó al frente del auditorio y dijo con voz vibrante: 

—Ahora sí, ya pueden hablar.

La indicación del Doctor Contreras hizo que las palabras represadas de la concurrencia salieran como una avalancha, se transformaran en carcajadas o en bromas sobre la incomprensión o la falta de ingenio para comunicarse. Las personas se recriminaban jocosamente entre sí o agregaban explicaciones no pedidas a lo que ellos consideraban un flagrante malentendido. No le resultó fácil al conferencista lograr la calma del auditorio.

—Voy ahora a invitarlos a visitar el producto de cada uno de los grupos de trabajo. Pasen por las carteleras y obsérvenlas como si fueran las pinturas en una galería. Les pido —agregó Contreras— que en la libreta de notas que les entregamos, recojan algunos de los puntos que les vayan llamando poderosamente la atención.

Poco a poco los asistentes fueron desfilando a lo largo de las paredes del salón en donde estaban expuestas las carteleras. Héctor José se sorprendió de ver en la mayoría de ellas dibujos de orejas como recurso decorativo y, en otras, labios pintados con una “X” encima para indicar la orden de silencio. Con la libreta de notas en sus manos comenzó a entresacar aquellas ideas que le parecían más interesantes.

—Escriban las ideas tal y como aparecen en las carteleras —advirtió el doctor Contreras— dirigiendo la dinámica desde el escenario.

Héctor José encontró que en un buen número de esos carteles se mencionaba “el estar muy atentos” y “aprender a tener la boca cerrada”, pero hubo dos afirmaciones de grupos diferentes que lo sorprendieron. La primera frase estaba escrita en rojo. Decía: “Ponga en stop los prejuicios, así sea por unos minutos”. El grupo había dibujado, además, al lado de esta condición de la buena escucha una señal de tránsito de las usadas regularmente para indicar “prohibido parquear”. La otra frase que Héctor José consideró llamativa fue la de un equipo que, por los nombres puestos en la parte inferior derecha de la cartelera, estuvo constituido solo por mujeres: “sea cómplice y no juez de su interlocutor”. Terminado el paseo de observación, cada uno volvió a tomar asiento. El conferencista invitó a que algunos leyeran en voz alta lo que habían escrito, haciendo unos cortos comentarios o repitiendo la idea que había escuchado. Cerró esta parte del ejercicio pidiendo un aplauso de felicitación por el logro colectivo e inmediatamente le pidió a una de las muchachas auxiliares que fuera repartiendo a la concurrencia una hoja doblada de color amarillo.

—No lean todavía la hoja que les están entregando. Guárdenla en su carpeta para que la lean esta noche, antes de ir a dormir.

El doctor Contreras pidió a una de las asistentes que apagara las luces de la parte delantera del auditorio y aprovechó la penumbra de la noche incipiente para lograr un mejor contraste en sus diapositivas.

—Les voy a ir pasando algunos aforismos con el fin de que mediten en lo que allí se dice. El aforismo —prosiguió el expositor— es un escrito concreto, agudo, en el que se resume un caudal de sabiduría y tiene como objetivo ponernos a reflexionar.

La primera diapositiva traía una frase de algún filósofo chino que Héctor José no conocía. Las letras amarillas resaltaban sobre el fondo oscuro: “Una boca y dos orejas tenemos. En consecuencia, escucha dos veces antes de decir una palabra”. El conferencista continuaba pasando aquellas láminas sin hacer ningún comentario. Las diapositivas que siguieron eran de filósofos antiguos. Héctor José las iba leyendo, a pesar de que algunas le parecían bastante enigmáticas: “Los dioses son dioses porque, a diferencia de los hombres, pueden escuchar en silencio”. Fueron por lo menos veinte diapositivas las que desfilaron frente a los ojos de los asistentes. La última era un refrán que Héctor José recordó usaba mucho su padre, en las conversaciones familiares: “Del escuchar procede la sabiduría y del hablar el arrepentimiento”.

—Creo que estos aforismos son un buen aperitivo para la cena que nos espera —dijo el Doctor Contreras— dando por concluida la primera sesión del seminario.

El grupo abandonó el auditorio conversando animadamente. Algunos retomando ideas de las que habían presentado en las carteleras, otros haciendo eco a los aforismos y otros más exaltando o retomando para sí varias de las sugerencias ofrecidas por el conferencista.

Después de cenar, de charlar con amigos del trabajo, Héctor José prefirió caminar por la amplia zona verde del hotel, en parte para ayudarle a la digestión y como una manera de aprovechar el aire puro y reflexionar sobre la temática de esa tarde.

Quizá por la resonancia en su mente de las conferencias sus sentidos estaban atentos. Pudo percibir con claridad el sonido intermitente de los grillos, el ladrido de los perros y uno que otro cacareo de gallos en las casas vecinas. Se adentró por un camino, entre bambúes, y escuchó al viento acariciando las ramas. Se detuvo a detallar el croar de las ranas que permanecían invisibles entre la variedad de plantas que servían de andén a los caminos empedrados. Miró el cielo y se fascinó con las estrellas, titilantes, hermosas. En esa postura, se dijo a sí mismo que la ciudad no ayudaba mucho a la escucha, que el abundante ruido y el afán angustioso de la urbe, además de las demandas de la velocidad, poco colaboraban para que el espíritu hiciera esa pausa en la que podía percibir el sonido de cada uno de los seres vivos, la presencia susurrante de la vida. Por más de una hora Héctor José siguió deleitándose con esas voces que tenuemente se escuchaban en la lejanía, en otros cantos de aves que, si bien él no conocía sus nombres, podía diferenciarlos en la penumbra del bosque. Se sintió feliz. Pensó que si uno se dedicaba a escuchar alcanzaba cierto nivel de tranquilidad interior, y guardó esa idea para el siguiente día, si el conferencista le pedía algún aporte. Retornó al cuarto caminando con lentitud. Prefirió no prender la televisión. Se cambió de ropa, se cepilló los dientes y se tendió en la cama a rememorar y darle libertad a sus pensamientos. Justo en ese momento recordó la hoja amarilla que el Doctor Contreras les había entregado. Se levantó hasta una pequeña mesa, buscó la carpeta y extrajo la hoja doblada por la mitad. Volvió a la cama, se sentó y empezó a leer el documento, titulado: “Oración del escucha”.

Dame, Señor, paciencia para escuchar a mi prójimo,

atención infinita para no perderme sus reclamos;

pon un sello en mis labios para acallar mis palabras,

y un remanso en mi corazón para albergar el silencio.

Que yo tenga, Señor, la voluntad de escucha necesaria

para entender lo que alguien dice a medias,

para comprender el fondo oscuro de una confesión,

el lamento que balbucea como un niño,

las voces difusas de la soledad o la desesperanza.

Héctor José dejó de leer el pequeño texto y se acordó de su hijo adolescente, Vladimir; tuvo por unos segundos la última discusión con él, a pesar de su intención de evitar los conflictos. También vino a su mente la cara de Janeth, de quien se había separado hacía por lo menos dos años. Janeth que era iracunda y ofensiva; Janeth que, como él le decía, siempre veía el vaso medio vacío y no medio lleno. Esos rostros pasaron por su cabeza antes de terminar el texto.

Señor, aminora el ritmo de mi sangre, hazme lento

para no sacar conclusiones apresuradas o juicios inmediatos;

no dejes que mis pasiones cieguen mi inteligencia,

ni permitas que mi indiscreción rompa la frágil tela del secreto.

Que yo tenga, Señor, el don de la tranquilidad

y el tacto suficiente para saber ser oportuno;

que pueda, con el pasar de los años, crecer en sabiduría

y tener la humildad necesaria para inclinarme respetuoso

y escuchar, sin afanes ni censuras, el testimonio de los demás.

Concluida la lectura de la hoja amarilla, Héctor José releyó algunos apartados. La oración no tenía autor y todo hacía indicar que debía ser una creación del Doctor Contreras. Eso lo consultaría al otro día. Una vez más los recuerdos vinieron a su mente, esta vez en forma de autoexamen: ¿Sería él un buen escucha?, ¿parte de sus problemas familiares se deberían a esa incapacidad?, y si no fuera así, ¿por qué varios compañeros de la oficina lo consideraban un buen amigo? Así continuó meditando durante un buen tiempo mientras que lentamente le cogía el sueño. Lo último que escuchó fue el pito de algunos automotores que, lejos en la carretera, se abrían paso en medio de la noche.

*

El desayuno estuvo magnífico. Frutas y variedad de quesos y panes, huevos al gusto, varios tipos de jamones, jugos en cantidad… La conversación crecía en intensidad y el entusiasmo por el nuevo día de seminario estaba muy alto. No fue solo Héctor José el que elogió la oración de la hoja amarilla, sino varios los que subrayaron la importancia de compartirla con los miembros de su familia.

—Eso le queda como anillo al dedo a mi marido —comentó Stella, la secretaria de bonita letra.

—No, y será un obsequio que gustosa le llevaré a mi suegra —repuso sonriendo Nelly, una de las más jóvenes del Departamento donde laboraba Héctor José.

Pasado el desayuno los asistentes volvieron a sus habitaciones y retornaron rápidamente para empezar a tiempo la jornada. El Doctor Contreras los esperaba en la puerta del salón, dándoles la bienvenida, a la par que los invitaba a buscar un sitio que les agradara. Terminado este protocolo, el conferencista fue hasta el atril y desde allí empezó a hablar de la importancia del discernimiento.

—Discernir es pasar la acción por el cedazo de la reflexión —afirmó categórico.

En tal asunto empleó casi una media hora. Enseguida fue pidiéndoles a los participantes que dijeran en voz algún discernimiento producto del día anterior.

—Yo creo que no es fácil escuchar, aunque parezca natural —opinó un hombre que trabajaba en Contabilidad.

—A mí me llevó a pensar que, porque hablo mucho, es que no dejo un espacio para escuchar a los otros —dijo Lucy, la de ventas.

—Yo pienso —intervino Héctor José— que la ciudad no deja mucho tiempo para escuchar, que el ruido y la angustia cotidiana le cierran a uno los oídos. Que el afán es enemigo de la escucha…

—Yo creo que la oración la voy a rezar todas las noches —agregó Marina, una de las secretarias más antiguas—. Después de una pausa, puntualizó: —A ver si mi Diosito me ayuda a lograr comprender a mi hija.

Un buen número de participantes hizo público su discernimiento. El Doctor Contreras los escuchaba con atención, haciendo pequeñas glosas sobre algunas de las intervenciones. De esta manera concluyó la primera hora del día. Enseguida el conferencista proyectó en la pantalla una pintura de un hombre amarrado al mástil de un barco.

—Este que ven aquí es una representación de Odiseo el personaje de Homero, una magnífica obra que narra las aventuras de un héroe, astuto, que sufre infinidad de peripecias antes de retornar a su patria con su amada Penélope.

Con esa imagen de fondo el Doctor Contreras empezó su charla de esa mañana.

—Yo creo que para ser un buen escucha hay que ser como Odiseo: es necesario amarrarse la boca a ese mástil, para lograr escuchar las voces del silencio, el canto de las Sirenas.

Héctor José estaba fascinado con aquella manera de interpretar ese relato. Sus recuerdos fueron hasta el colegio Panamericano y en él vio al profesor Peláez hablando emocionado del cíclope, de la maga Circe, de la añorada Ítaca, de la tela que tejía durante el día y destejía de noche la fiel Penélope y de todo ese mundo de mitología que un ciego nos hizo ver con sus versos. Los recuerdos le hicieron perder algunas aseveraciones del Doctor Contreras.

—Pienso que, si uno no tiene voluntad de escucha, si no logra sujetar sus pasiones, sus prejuicios, sus escrúpulos, terminará estrellándose contra las rocas de la incomunicación o los malentendidos… Las personas le temen a las Sirenas del silencio.

Esta disertación duró hasta la media mañana. El doctor Contreras era un gran expositor y lograba con las inflexiones de su voz cautivar a su audiencia. Apenas terminó el relato, el conferencista empezó a enumerar y explicar algunas condiciones del buen escucha. Pasó revista a los pormenores de la atención concentrada, amplió las cualidades de la interlocución inteligente, puso varios ejemplos de cómo los escuchas de calidad sabían relacionar los mensajes segmentados y cerró con un aspecto que él consideraba esencial.

—Lo fundamental es tener voluntad de contención. Sin esa talanquera en nuestras palabras, sin esa restricción a nuestro afán por defendernos o avasallar a nuestro interlocutor, es imposible escuchar.

Precisamente con ese punto se terminó la primera sesión de la mañana, porque lo que vino luego, una vez tomado el refrigerio, fue una actividad de escritura individual. Las indicaciones las dio el Doctor Conteras:

—Cada uno vaya a su habitación o halle un lugar apartado en las instalaciones de este hotel y redacte una carta para alguna persona a quien desea manifestarle su voluntad de escucharla, o explicándole en la misiva por qué no lo ha podido escuchar en verdad. Procuren ser sinceros tanto en la elección de la persona como en el contenido de la carta —concluyó el Doctor Contreras.

Héctor José prefirió buscar una banca de cemento ubicada hacia la parte superior del hotel, desde donde podía divisarse el pueblo ubicado en las laderas de una montaña cercana. Abrió la carpeta, sacó una hoja de papel y se entretuvo largos minutos eligiendo quién iba a ser el destinatario o destinataria de su carta. En un primer momento pensó en Janeth, su exmujer, pero consideró extemporánea aquella confesión. Optó, entonces, por su hijo. Redactó, tachó, volvió a escribir, hizo enmiendas hasta que pudo elaborar el primer párrafo. Centró la carta en reconocer su dificultad para comunicarse con Vladimir, agregó que no sabía escucharlo, que los lugares para conversar con él no habían sido los más adecuados, al igual que el poco tiempo destinado para sus encuentros. Héctor José fue sincero hasta las lágrimas. Concluyó la misiva reiterándole el cariño y el apoyo a su hijo y, con letras subrayadas, solicitándole otra cita para “escucharte como mereces”. Terminada la misiva la metió en la carpeta, pero se quedó sentado allí otros minutos, contemplando las formas caprichosas de las nubes o cerrando los ojos para recrearse con el múltiple canto de los pájaros.  

Después del almuerzo había en la programación del evento tarde libre. Esto quería decir que los participantes podían elegir entre descansar en su habitación, charlar con amigos, estarse un rato en la piscina, disfrutar la mesa de juegos o, como lo hizo Héctor José, irse caminando hasta el pueblo cercano. Todos se encontrarían de nuevo en el restaurante a la hora de la cena.

*

Terminada la comida, Héctor José se quedó conversando con Mauricio y Daniel, dos de sus amigos más cercanos. Stella, la secretaria de la bonita letra, estuvo un tiempo con ellos, pero luego los dejó porque tenía que ir a arreglar maleta y reportarse con su familia.

—Este seminario apareció en un momento clave de mi vida —dijo Daniel, llenando un vaso de plástico con cerveza—. Estoy viviendo una crisis de pareja muy tenaz.

—Eso nos pasa a todos —terció Mauricio—. La convivencia no es fácil.

—Lo que pasa es que los dos tenemos nuestro genio y terminamos peleando por bobadas. Pero yo creo que una causa de lo que nos está pasando es que solo nos vemos por la noche, cuando uno está cansado y no quiere sino descansar.

—O como dijo el conferencista —agregó Héctor José—, se empieza a vivir de sobreentendidos, y ninguno ya se escucha. Cada uno habla, pero ninguno lo escucha. Es una costumbre que lentamente va rompiendo la relación. La quiebra desde dentro, sin que se vea nada por fuera.

—¿Ese fue el motivo de su separación? —preguntó Daniel al amigo.

—En parte fue eso… Lo otro es que Janeth era muy celosa y eso la hacía decir cosas que me dolían demasiado porque no eran ciertas.

—En mi caso creo que el responsable soy yo. Me pongo a ver televisión y no le presto la suficiente atención a mi mujer. O cuando me cuenta sus problemas en el trabajo yo apenas cabeceo como para que no se moleste, pero en el fondo no los considero importantes o dignos de gastarle mucho tiempo.

—Y con lo sensibles que son las mujeres para estas cosas —comentó Mauricio, poniendo un tono de suspicacia en su apreciación.

—Yo creo que todos somos sensibles cuando no nos sentimos escuchados, es una especie de reacción ante la indignidad o la falta de consideración. ¿Se acuerdan de un aforismo que nos presentó el conferencista? —¿preguntó Héctor José a sus amigos?

—¿Cuál? —interpeló Mauricio.

—Uno de un escritor mexicano —agregó Héctor José— ¿Cómo era que decía? “Escuchar a otro es ponerle un rostro, que ya no sea un ser anónimo”. Algo así.

—Sí, sí, —contrapunteó Mauricio—. “Escuchar a otro es darle un rostro, es quitarle el peso de parecer un ser insignificante”.

—Buena memoria la tuya, querido amigo —dijo Héctor José, apurando otro sorbo del vaso con cerveza.

La noche cálida, la brisa refrescante, contribuían a que los amigos siguieran en su diálogo sin pensar en compromisos laborales o urgencias del diario vivir. A eso de las diez de la noche se despidieron. Héctor José caminó hasta su cuarto llevando el vaso en una de sus manos. Entró a la habitación, sacó una silla plástica y se acomodó en el vestíbulo a escuchar los sonidos de la noche. El croar de las ranas era más fuerte que el chirrido de los grillos. Su mente meditaba al mismo tiempo que se cuestionaba en silencio: ¿a cuántas personas había dejado sin rostro por no escucharlas?, ¿a cuantos más su falta de genuina atención los había convertido en seres insignificantes? El aullido de un perro lo sacó de sus cavilaciones. Apuró el último sorbo del vaso y entró al cuarto. En ese instante, quizá como un efecto del clima o del alcohol, sintió en su espíritu una inusitada tranquilidad y escuchó nítido cada palpitar de su corazón.

Significados de empezar a estudiar un doctorado

Ilustración de Pawel Kuczynski.

Las ideas que siguen pueden resultarles útiles a quienes inician sus estudios de doctorado. Me interesa, de especial manera, reflexionar sobre las condiciones de los estudiantes y no tanto en aspectos epistemológicos o de orden curricular. Procederé por ideas fuerza, ampliando algunas de estas afirmaciones.

¿Qué significa empezar a estudiar un doctorado?

  1. Es una oportunidad para ser, en verdad, investigador.

Tal vez los candidatos a un doctorado han sido investigadores de manera ocasional, esporádica; pero cuando se empieza un doctorado se tienen varios años para descubrir el sentido, los métodos, las técnicas necesarias para ser un investigador. A pesar de que los planes de estudio ofrecen seminarios y electivas, lo vertebral, lo esencial de un doctorado es esa línea que concluye con la elaboración de la tesis.

Lo medular de un doctorado, lo que lo hace ser el culmen del proceso de formación académica, es que el candidato se dedica horas, días y años a seguirles la pista a unos indicios, a tratar de resolver una inquietud, a darle respuesta a algún problema. Volverse, de verdad, un investigador. Cuando se entra a formar parte de un doctorado el estudiante deja por un momento las seguridades de lo ya sabido y empieza el camino de las incertidumbres, de dejarse habitar por algunas preguntas, de adquirir una voz propia para presentar alternativas o soluciones.

  1. Es un modo especial de formación en el que se estudia a fondo un problema, a partir del desarrollo de una tesis.

Esto quiere decir que, entre otras cosas, en un doctorado hay que leer mucho, tomas notas de forma permanente, trabajar con fuentes primarias, indagar en hemerotecas, profundizar en los vacíos de otras investigaciones, cotejar y analizar los antecedentes de un problema.

No se trata, en consecuencia, de hacer una mirada superficial o elaborar un comentario tangencial de los textos sugeridos por el programa o que empiezan a interesarnos; todo lo contrario, es un estudio en profundidad que nos permita salir de las fronteras de la monografía (dar cuenta extensiva de un tema) para justificar y profundizar en un problema.

Como bien se sabe, el problema es una forma de encarar lo que ignoramos o desconocemos, y no la tranquila enunciación de lo que nos es familiar. El problema, por lo general, nos obliga a trasegar varios semestre o años con la incertidumbre, el cuestionamiento prolongado; y por eso mismo, dada esa larga travesía académica, es importante contar con la guía, con el acompañamiento de un tutor de investigación.

  1. Es una práctica formativa en la que la relación pedagógica fundamental es con un tutor o director de tesis.

Por supuesto, a lo largo de un doctorado habrá profesores y profesoras de gran trayectoria, se tendrán que presentar trabajos y atender a variadas actividades, pero lo que diferencia a un doctorado de otras modalidades de formación superior, es la relación continua, cercana, hombro a hombro, con un tutor de investigación. Esto supone en los estudiantes del doctorado una escucha atenta, el diálogo genuino, un juicioso seguimiento de instrucciones o recomendaciones, una comunicación sincera y permanente.

Además, la relación con el tutor de tesis, en un doctorado, no es pasiva o de obediencia ciega. La tutoría de investigación es un espacio para compartir dudas y hallazgos, para discutir una conclusión, para mostrar avances y, lo fundamental, para hacer circular preguntas concretas, preguntas generadoras que movilicen el desarrollo de la tesis. Cada encuentro con el tutor de tesis es una conversación académica en la que se movilizan las inquietudes, las pistas incipientes que el doctorando va encontrando en su viaje investigativo. Solo de esta manera se logra, mancomunadamente, adentrarse en las particularidades de un problema.

  1. Es un tiempo para hallar, escoger o consolidar un campo del conocimiento, una parcela de problemas, al cual o a la cual dedicarse varios años de vida.

Desde el momento en que los doctorandos se inscriben en una línea de investigación, o cuando seleccionan una de las diversas propuestas académicas, están perfilando o delineando un campo de estudio que será su parcela para muchos años. Quizá esta sea otra diferencia notable de anteriores estudios posgraduales. En un doctorado hallamos un eje de interés o ponemos en un mismo mapa inquietudes dispersas, intereses casuales o temáticas heterogéneas que han venido bullendo en nuestra cabeza, pero sin un asentamiento o articulación. Los estudios doctorales exigen, por lo mismo, hallar el filón que en verdad nos motiva, nos preocupa, nos dinamiza la curiosidad. Por eso es tan importante elegir bien esa zona de trabajo, ese laboratorio de investigación.

Pienso que la falta de consistencia o el poco impacto de las investigaciones de muchos doctorandos está asociada a no haber encontrado ese “nicho intelectual propio”, a andar siempre a la deriva, a perderse entre las novedades bibliográficas y las modas académicas. Y esa es también la razón por la cual, buena parte de los doctorandos, una vez se titulan, no continúan investigando y publicando, dejan atrás la tesis como un largo y arduo trabajo, pero desligado de su proyecto de vida intelectual. Al no haber descubierto su “zona temática de problemas”, dilapidan el tiempo del doctorado atendiendo los compromisos académicos, pero sin encontrarles un centro de gravedad. Delimitar y profundizar los temas y los problemas, he ahí una buena y fundamental tarea para los noveles doctorandos.

  1. Es una relación nueva con el conocimiento, en la que priman el pensamiento crítico y la producción de saber.

Este es uno de los matices más significativos en un doctorado: la relación con el saber no puede ser pasiva o de simple consumo de información. Ahora hay que leer entre líneas, tomar postura, filtrar los mensajes, contrastarlos, compararlos. Es aquí, en un doctorado, donde se ponen en escena todos los recursos del pensamiento crítico: inferir las ideologías subyacentes, ver las fisuras de los discursos, someter la interpretación de la realidad a diversos filtros de análisis, poner los textos en diálogo con los contextos. En suma, considerarse un actor protagonista en la consecución, uso y utilidad de las fuentes escritas o del testimonio de los informantes. En un doctorado se espera que el estudiante establezca una interacción genuina con el saber y, esto sí que es vital, produzca conocimiento.

Esto trae consigo, y así parezca básico decirlo, proveerse de ediciones críticas de las obras que vayamos a emplear como soporte o referente, revisar y enriquecer la biblioteca que tengamos, establecer nuevos hábitos de estudio, hacer un razonado pero estricto manejo del tiempo, al igual que un compromiso ético para no plagiar o querer evitarse la lenta y exigente producción escrita.

  1. Es un espacio de reflexión e indagación que está mediado y soportado, prioritariamente, en la producción escrita.

En un doctorado se escribe desde el inicio de la admisión al programa hasta la redacción final de la tesis, que debe ser un producto original, innovador y de impacto social. Escribir es el modo como damos razón de nuestra voz intelectual y la manera en que avanzamos en nuestra relación con el tutor de investigación. En un doctorado, la aduana son los escritos que elaboramos; son ellos los que evidencian nuestra capacidad de análisis, nuestros descubrimientos investigativos o nuestra postura frente a determinado asunto.

La escritura que pide un doctorado es una escritura soportada en argumentos, en fuentes; es una escritura retadora porque supone no sólo el dominio de la cohesión, la coherencia de nuestras ideas a lo largo de muchas páginas, sino una consistencia en lo que allí se plantea y una pertinencia relacionada con el problema que se trae entre manos.

Visto desde otra perspectiva, un doctorado también ofrece las condiciones de tiempo y de asesoría para conseguir el sueño de aquellos estudiantes que han pretendido siempre escribir un libro. Pero esto supone el dominio de esta herramienta de la mente, la experticia para diferenciar tipologías textuales, la artesanía que va desde la producción y organización de las ideas hasta la redacción y las interminables correcciones. Desarrollar esa competencia de escritura académica, que no es idéntico a saber redactar, es otro de los retos y los beneficios al hacer un doctorado.

  1. Es un modo de intervención estratégico para contribuir al análisis o solución de algunos problemas de una sociedad en particular, de un contexto determinado, de una región específica.

Por supuesto, no es cualquier investigación la que se realiza en un doctorado. Tampoco es un trabajo para lograr graduarse o mostrar suficiencia académica. La investigación doctoral tiene un propósito más alto o unos objetivos que rebasan las formalidades de una institución. Lo que se pretende con la tesis es contribuir a comprender o solucionar un problema o una situación que está presente en la comunidad, que afecta a una región o que exige a los investigadores una contribución real para solucionar un conflicto, innovar una práctica u ofrecer elementos de juicio, claves para comprender de mejor manera determinado asunto de interés colectivo.

La finalidad de las investigaciones de un doctorado, en esta perspectiva, quieren interpelar a los contextos, situar el papel de la academia en el concierto de repensar lo público, poner el conocimiento al servicio de la solución de las flagrantes necesidades, desigualdades, exclusiones que nos circundan. Las tesis de los doctorados aspiran a darle al conocimiento una función social, y eso trae para los doctorandos unas responsabilidades éticas y políticas.

  1. Es una ocasión para hacer pasantías internacionales, movilizar los propios marcos de referencia y conocer otras tradiciones académicas.

Si bien, por las condiciones laborales de muchos estudiantes de doctorado, este punto se vuelve una dificultad o un obstáculo, lo cierto es que hace parte de la esencia de esta modalidad posgradual. Salir y conocer otras tradiciones académicas, debatir, participar de otros ambientes y otra forma de abordar problemas semejantes, constituye un reto que no puede desaprovecharse. El que estudia un doctorado necesita tener esa perspectiva del exterior para hacer más consciente su familiar territorio. Alejarse para ver ayuda a comprender y dimensionar la tesis, y es un modo de poner en la balanza tanto sus presuntos logros como sus flagrantes deficiencias.

La exigencia de pasar un tiempo, hacia el final del doctorado, indagando o siendo asistentes de investigadores con larga trayectoria en un problema similar al de la tesis en que se ha venido trabajando, es un modo de validar o darle carta de ciudadanía a nuestra parcela de estudio. Podría decirse que al tener que exponer a pares autorizados lo realizado, los doctorandos tienen que asumir en propiedad su voz de investigadores, mostrar las pruebas de lo hecho, evidenciar que ya son productores de conocimiento.

*

Por todas estas razones y otras más que cada persona irá descubriendo a lo largo del proceso de su formación doctoral es que se requiere un cambio de actitud como estudiante, un modo diferente de asumir los seminarios o los trabajos, otra manera de aproximarse al saber, un cambio en la valoración de la importancia social de la investigación y una capacidad distinta de asumir la relación enseñanza-aprendizaje. Obvio, si es que en verdad lo que se desea es aprovechar sustancialmente un doctorado y no simplemente cumplir con los compromisos mínimos que llevan a conseguir otro título universitario para la hoja de vida.

Álvaro Marín y las antologías de lectura

Tuve la fortuna, a lo largo de mis años de educación primaria, de utilizar y disfrutar las antologías de lectura de Álvaro Marín Velasco. Los libros tenían como título Nuevas lecturas escolares y se inscribían dentro de la metodología de la “globalización” que buscaba desde el lenguaje “integrar” las otras áreas de formación. Las lecturas pretendían, en este sentido, “relacionar las áreas, iniciándolas o complementándolas”. El antologista había nacido en Popayán, estudiado en la Escuela Normal de su ciudad natal, recibió Cursos de Información en el Gimnasio Moderno de Bogotá y fue, entre otras cosas, maestro de escuela, director de Normales, Inspector, consultor y presidente de la Asociación de Autores Colombianos de Textos Didácticos.

Las Nuevas lecturas escolares las imprimía Editorial Prensa Moderna de Cali o la Editorial Bedout de Medellín. Eran libros que oscilaban entre las 240 o 250 páginas, con abundantes dibujos, en colores planos, elaborados por Manuel Parra, y que yo copiaba con devoción en mi cuaderno Ibérica. Una vez se presentaba cada lectura seguía la parte de los ejercicios, distribuidos siempre en cuatro momentos de la “lectura activa”: vocabulario, interpretación (a partir de preguntas), ortografía y redacción. La primera página, con varios dibujos verde oliva, estaba destinada para llenar el “pertenece a…”, y la última incluía una ficha de preguntas relacionadas con el día en que se terminó de leer el libro, el nombre de los padres y de la profesora, del establecimiento educativo y una invitación a escribir las lecturas que habían gustado más. También se dejaba un espacio para pegar el retrato del lector.

Pero, lejos de hacer una evaluación de la propuesta didáctica sobre lectura, lo que me interesa es resaltar la selección de textos, el buen criterio del antologista y creador de historias, de estos libros de lectura y su valor en el proceso formativo de los estudiantes. Subrayo, para empezar, la combinación acertada de diversas tipologías textuales, el valor edificante de las anécdotas incluidas, el deseo por inculcar en los espíritus infantiles las virtudes básicas para cimentar un carácter o preparar al buen ciudadano y un repertorio de textos que incitaban la curiosidad o el asombro. Bastaría mirar con algún detenimiento uno de aquellos libros y decir algo más al respecto. Elegiré el libro tercero, que empezaba con un poema de Carmen Sylva, “Humilde y pequeño”:

Considero que para un niño que cursaba tercero de primaria, aprender estos versos de memoria era una especie de sello imborrable en su corazón, una lección sobre cómo el alcanzar grandes metas se logra con pequeños y humildes esfuerzos. Mi memoria no recuerda nada que nos hubiera comentado el profesor Paz sobre Carmen Sylva, aunque hoy sé que ese nombre era el seudónimo de la reina Isabel de Rumania, y que el poema tenía más versos de los seleccionados por Álvaro Marín.

Después de esto venía una serie de anécdotas sobre Simón Bolívar, articuladas desde su lema: “¡Siempre adelante!”. Y en las páginas siguientes estaba “La canción del herrero” de Miguel Roquendo que hacia el final decía: “Coraje, muchachos / Cargad bien el fuego / la fragua del pecho / y enciéndase el fierro/ que fue un corazón/ ¿Teméis que en el yunque/ lo rompa el destino? / No importa: quien cumple, / cayendo ha vencido: que cante el martillo/ la férrea canción: / tón, tín-tán, tín-tón”. Enseguida había una recreación de la fábula de “La lechera”, y una hermosa historia de los tipos de vivienda, y una exploración sobre los “Animales que parecen flores”, y una descripción sobre las estrellas en el firmamento… Posteriormente aparecía de nuevo la poesía, una de Rafael Pombo, que sigue resonando en mi cabeza después de tantos años:

“Mirringa Mirronga, la gata candonga

va a dar un convite, jugando escondite,

y quiere que todos los gatos y gatas

no almuercen ratones ni cenen con ratas…”

Si uno seguía avanzando en las páginas de Nuevas lecturas escolares podía encontrarse con anécdotas sobre los pieles-rojas o con poemas, esta vez uno de Víctor Hugo, traducido por Andrés Bello, “La oración por todos”, o con fábulas o  relatos aleccionadores como el de “Don Entrometido”. Esta variedad en las lecturas era el mejor remedio contra el aburrimiento y llevaba a que uno, en su casa, avanzara en el libro más allá de las tareas señaladas por el profesor. Álvaro Marín echaba mano de capítulos de obras clásicas como aquél de “La zorra y el gato engañan a Pinocho” o recurría a responder preguntas como “Por qué le ladran a la luna los perros” o ideaba historias que buscaban poner en escena algún vicio con sus respectivas consecuencias. El menú de lecturas ofrecía textos sobre historia, biología, geografía, virtudes, cuentos y una buena cantidad de poesía. Cómo olvidar ese poema heroico y de un ritmo vertiginoso de José Santos Chocano, “Los caballos de los conquistadores” que primero se recitaba en el salón y luego, el que mejor lo hiciera, era seleccionado para presentarlo en las Semanas Culturales del colegio.

Superada la página 150 el libro no perdía el interés. Uno se enteraba de las particularidades del avestruz, se entretenía con relatos como “Las peras de oro” o “Nadie debe morder el anzuelo”, o se fascinaba con el origen y exploración del petróleo o la destrucción de la ciudad de Pompeya. Ahí estaba el conejo “Sabelotodo” que servía para ilustrar la petulancia y “El príncipe feo” que lograba trasmitir su talento a la persona que lo amara, como también un poema dramático de Francisco Añón, titulado: “Antón y el eco”:

He pasado revista con algún detalle a las Nuevas lecturas escolares de Álvaro Marín porque encuentro en ellas una riqueza didáctica, un esfuerzo de armonizar el gusto por leer con una preocupación por la formación moral y el desarrollo de la curiosidad y la imaginación. Buen tino hay en la selección de los textos, atinadas las adaptaciones de los temas a la edad de los estudiantes y siempre, tal como lo afirma el autor en el preámbulo del libro, se nota la intención de exponer o tratar situaciones “de la vida misma de los niños y sus relaciones con la naturaleza, con el hogar, la escuela, conjuntamente con sus alegrías, ilusiones y conflictos”. Se observa que es un texto elaborado por alguien consagrado al oficio de ser maestro, de un conocedor de los contextos citadinos y rurales, y por un experto en la elaboración y aplicación de guías didácticas.

Cuánto necesitamos hoy en la escuela antologías de lecturas tan bien pensadas, tan fundacionales para el carácter de las nuevas generaciones como las de Álvaro Marín, o esas otras antologías tan recordadas y queridas como la Alegría de leer de Evangelista Quintana o Para los niños de Colombia de Cecilia Charry Lara. Y ni qué decir de obras magníficas como Lecturas para mujeres de Gabriela Mistral o Lectura en voz alta del mexicano Juan José Arreola. Todas estas propuestas cumplían lo que la nobel chilena consideraba las tres cualidades de este tipo de textos: intención moral, belleza y amenidad.

Álvaro Marín, “el hábito de leer para agilizar la capacidad mental de los niños”.

 

Recursos de cuidado en tiempos de pandemia

Ilustración de Ángel Boligán

Son tantos los colegas o amigos que a diario me llenan con sus temores derivados de esta pandemia, tantas las desinformaciones que desestabilizan el equilibrio emocional, infinitos los mensajes de alarma multiplicados por los medios masivos de información, que he pensado en una serie de pequeñas acciones mediante las cuales podemos cuidar nuestra mente o mantener estable nuestro espíritu. Por supuesto, son “recursos de cuidado” que yo mismo practico y, en esa medida, considero pueden servir a otras personas.

PRIMERO: no sea replicante impulsivo de cuanta cosa alarmista sobre el Covid-19 le llegue en las redes sociales. No contribuya a aumentar la zozobra. Sea un lector crítico de esas informaciones antes de enviarlas a sus conocidos. Use filtros de procedencia, de confiabilidad de la fuente, de contrastación de los mensajes. Quítese de la cabeza la idea de que “reenviando” cualquier información contribuye a aclarar o mejorar la situación de esta pandemia.

SEGUNDO: no haga eco a remedios caseros o a soluciones mágicas para enfrentar el coronavirus. Si bien el miedo nos lleva a buscar respuestas mágicas a problemas difíciles o desbordantes, impóngase la tarea de cumplir con lo que recomiendan los especialistas en este campo. Si procura cumplir con las normas básicas de bioseguridad (que de tanto escucharlas parecen poco importantes), si hace ejercicio de manera constante, si se ocupa en mantener vivo algún proyecto y no solo en multiplicar las preocupaciones, seguramente se sentirá más sano en cuerpo y espíritu.

TERCERO: no dedique todo el tiempo a ver o escuchar noticias, ni se vuelva un obsesivo con las cifras alarmistas. Elija un noticiero, no vea siempre el mismo; pero no se mantenga conectado todo el tiempo o preso de la “primicia” o el amarillismo de la fatalidad. Desconéctese por unas horas. Manténgase informado, pero no constriña su vida cotidiana al vaivén de los programas de información que, cada vez más, se han ido volviendo espacios de opinión. Recuerde que la prensa o las revistas tienen más tiempo para sopesar lo que otros medios sacrifican por el afán de novedad.

CUARTO: no dedique el ocio solo a ver televisión o navegar por internet. Diversifique sus aficiones o sus actividades de tiempo libre. Juegue, camine, practique una artesanía o un arte, converse, escriba, lea libros, inicie un nuevo proyecto, ocúpese en algo que le produzca pequeñas satisfacciones o lo afirme en la riqueza de la vida. No se postre o pierda la iniciativa. Deje de mirar tanto el escenario desolado del afuera y observe con cuidado los paisajes inexplorados de su interioridad.

QUINTO: no maldiga tanto, no reniegue de lo que nos está pasando, no busque culpables, no impregne su discurso de palabras pesimistas o abiertamente catastróficas. Cuando hable con amigos, colegas o conocidos, sea más bien un heraldo de optimismo que un mensajero de malos auspicios. Intente, así no le resulte fácil al inicio, ver el vaso medio lleno y no medio vacío. Donde quiera que esté o haga lo que haga procure ser un promotor de la esperanza.

SEXTO: no idealice el pasado, ni mire los años anteriores con nostalgia. Cuando así se procede la mente y el corazón empiezan a sentir que en lo perdido estaba la felicidad y, por supuesto, se pierden las alegrías del presente. Lo que estamos viviendo es algo inesperado, impredecible, pero por eso mismo tiene en su semilla un horizonte para construir escenarios inéditos. Deje de hablar de los tiempos sin pandemia como el mundo deseable, y mejor converse sobre las posibilidades o los desafíos que esta nueva realidad nos ofrece.

SÉPTIMO: no se angustie por los nuevos aprendizajes que deberá asumir o por aquellos otros que vendrán en el inmediato futuro. Quítese de la mente la idea de que está viejo para ser estudiante de nuevo; despójese de esos orgullos o de esa soberbia intelectual que le daba seguridad o lo hacía dueño de un saber. Haga de la experimentación su aliada y vuelva la palabra “cacharrear” su mayor aliada. Este verbo es la clave para entender que el ensayo y el error es el modo más adecuado para sortear los analfabetismos digitales o las nuevas maneras de comunicarnos. Transforme el error, en usted y en los que lo rodean, en oportunidad para saber cosas nuevas y no en un impedimento o un defecto. Deje de considerarse como un ser autosuficiente; hoy más que nunca, pedir ayuda a otros es una clave para acabar de aprender.

OCTAVO: no sea tan rígido o intolerante, ni tan serio o amargado que, además de los problemas propios de la pandemia, agregue en su casa aquellos otros del mal ambiente, del clima tenso o la incomunicación amenazante. Flexibilice el espíritu y amplíe el umbral del humor. Bromee con frecuencia. El mal genio poco ayuda cuando el temor ronda y la incertidumbre se multiplica. Cuando hay humor, cuando no perdemos la “ironía” para entrever en lo más trágico un atisbo de comedia, cuando logramos vernos en el espejo para ver el rostro de la fragilidad o la torpeza, lo más seguro es que mermaremos la tensión emocional que tanto daño hace a los nervios y al sistema digestivo. Reír es también un diluyente del pánico y una prueba de que hemos tomado distancia comprensiva de lo que nos pasa.

NOVENO: no se encierre o se aísle de sus conocidos o amigos. Tampoco se trague todas sus angustias o corte las relaciones interpersonales. Mantenga un flujo de comunicación permanente con los que, por las mismas circunstancias de la pandemia, están lejanos o sin posibilidad de contacto. Practique la tertulia, busque un motivo para el diálogo, dele a la conversación el papel de ser lubricante de la vida cotidiana. Disponga espacios en su agenda semanal para esos encuentros y otórgueles el valor de ser reuniones inaplazables. Renueve los lazos de la amistad y, si alguien confía en usted para ser su confidente, descubra las bondades de ser un buen escucha. No deje de llamar a las personas cercanas a sus afectos o aquellas que ha descuidado en el trato para darles un saludo animoso y reiterarles la gratitud, el cariño o la importancia en su existencia.

DÉCIMO: no descuide el cultivo de su zona espiritual o deje al garete eso que podemos llamar el “ámbito del alma”. Si es creyente, refuerce algunos ritos y alimente su interioridad con el pan de la oración. En todo caso, dedique unos minutos todos los días a meditar y, para ello, oblíguese a descubrir la riqueza del silencio. La lectura de ciertos libros edificantes, o la buena poesía, pueden contribuir a mantener la fortaleza íntima y la necesaria tranquilidad. Haga ejercicios de discernimiento a partir de apólogos, aforismos, haikús, relatos zen o fábulas morales. Vuelva revisar la literatura sapiencial o, si lo prefiere, explore en aquellos textos que hablan de la filosofía como forma de vida. No me canso de recomendar La ciudadela interior de Pierre Hadot.

El Papa Francisco y la comunicación del «ir y ver»

Ilustración de Christoph Niemann.

Leo en el mensaje del Papa Francisco para la 55 jornada mundial de las comunicaciones sociales varias cosas interesantes que merecen un análisis concienzudo, y más en estos tiempos de pandemia en que vivimos.

Un asunto al cual se refiere el Papa Francisco es a la necesidad de que los comunicadores dejen de practicar la “información autorreferencial” y se lancen a “interceptar la verdad de las cosas y la vida concreta de las personas”. Entiendo que es un llamado para no quedarse con los comunicados oficiales de prensa o a replicar noticias de las redes sociales, pero sin la contrastación de fuentes que es uno de los principios básicos del oficio. Y porque se ha ido relegando o abandonando el trabajo de reportería o de cronista es que, al decir el Papa Francisco, “ya no se sabe recoger ni los fenómenos sociales más graves ni las energías positivas que emanan de la base de la sociedad”.

Los comunicadores se han vuelto espectadores de sí mismos y no actores genuinos de una profesión que, en épocas de crisis o de conflictos sociales, sí que es valioso su aporte y su vigilancia continua. Las redes sociales y la avalancha de la tecnología les han hecho creer a los periodistas que no es necesario salir a la calle, a “abrirse al encuentro”, que basta una llamada para construir la noticia. El Papa Francisco los conmina, al igual que el antecedente bíblico, a “ir y ver”, porqué ahí está la clave de su labor y porque así se gana la credibilidad y el respeto de la audiencia o los lectores. “Para poder relatar la verdad de la vida que se hace historia –afirma Francisco– es necesario salir de la cómoda presunción del ‘como es ya sabido’ y ponerse en marcha, ir a ver, estar con las personas, escucharlas, recoger las sugestiones de la realidad, que siempre nos sorprenderá en cualquier aspecto”. Estas recomendaciones son la esencia del periodismo si es que sigue importando la comunicación fidedigna, imparcial y oportuna.

Me gusta esa consigna que el Papa Francisco entrega a los comunicadores de diversos medios: “hay que comunicar encontrando a las personas donde están y como son”. Eso es lo que él denomina una “comunicación auténtica”. No es propagando el odio o sirviendo de eco a los emporios del poder económico o político como los comunicadores podrán elaborar un buen “relato de la realidad”; no será entrando en la lógica de la sociedad del espectáculo y la banalización de la información como los periodistas hallarán su mejor lugar como orientadores de opinión pública y gestores del pensamiento crítico; no es cultivando el “banal narcisismo” que ahora parece ser el punto más alto de la profesión. Lo que se necesita es una voluntad de trabajar con responsabilidad social o volver a lo que fue la esencia del periodismo: “ir más allá donde nadie va”, “permitir que aquel que tenemos de frente nos hable, dejar que su testimonio nos alcance”. Esto requiere fortaleza moral, vigor físico, y un deseo de moverse y salir a ver.

“Hay que abrirse al encuentro”, afirma el Papa Francisco. Hay que ir al “conocimiento directo, nacido de la experiencia”; basta ya de lanzar contenidos sin una aduana ética, sin verificar o sopesar las partes en conflicto; basta ya de disfrazar la genuina información con una práctica inconsciente e insensata de lanzar la piedra y esconder la mano. El Papa Francisco insiste en que los comunicadores deben estar menos aferrados a la novelería y el servilismo acéfalo, y ocuparse más en tener “una mayor capacidad de discernimiento y a un sentido de la responsabilidad más maduro, tanto cuando se difunden, como cuando se reciben los contenidos”. Y agrega algo que, si bien se enfila al trabajo de los periodistas, es un llamado de atención que a todos nos compete: “Todos somos responsables de la comunicación que hacemos, de las informaciones que damos, del control que juntos podemos ejercer sobre las noticias falsas, desenmascarándolas”. Es decir, que no podemos, por ejemplo, mandar o replicar mensajes en las redes sociales sin someterlos a un mínimo ejercicio reflexivo, sin prever el efecto negativo que pueden producir en otras personas; o que en nuestra vida cotidiana debemos “frenar la lengua”, no ser promotores de rumores o entrar en el eco irresponsable de las mentiras sin pruebas o evidencias. Todo eso es lo que implica ser responsables de las comunicaciones que emitimos o recibimos.

El trasfondo ético de este mensaje subraya la comunicación “limpia y honesta”. Por supuesto tal cometido no es únicamente para los comunicadores. Es también una invitación a los educadores, a los padres y madres de familia, a los líderes empresariales o políticos, a todos los que tienen a su cargo grupos de personas o se consideran “influenciadores” sociales. Necesitamos una comunicación que “invite al diálogo” y no tanto al odio y la venganza; una comunicación que busque puntos de confluencia y no tanto la insistencia en las pequeñas diferencias; una comunicación más centrada en la esperanza y la posibilidad de futuro, que no sea como esa –tan abundante hoy– que promueve la incertidumbre, rompe los vínculos sociales y alimenta el derrotismo y la banalidad de la existencia.

Por supuesto no es éste el único mensaje en el que el Papa Francisco ha sugerido o invitado a pensar en la comunicación, sus actores, sus formas, su alcances y responsabilidades. Basta mirar otros mensajes similares de años atrás para tener a la mano un repertorio de consejos que pueden resultar útiles y beneficiosos: “necesitamos valentía para orientar a las personas hacia procesos de reconciliación”; “necesitamos paciencia y discernimiento para redescubrir historias que nos ayuden a no perder el hilo entre las muchas laceraciones de hoy”; “necesitamos resolver las diferencias mediante formas de diálogo que nos permitan crecer en la comprensión y el respeto”. Yo agregaría, en esta misma perspectiva, que los comunicadores profesionales y todos los que a diario usamos la comunicación necesitamos gritar menos y escuchar más, reafirmar las semillas de la vida y no los sensacionalismos de la muerte, ser promotores de mensajes alentadores y no emisarios del desánimo. Seguramente así, y más cuando la zozobra de la pandemia nos circunda, aplacaremos la ansiedad que demuele el espíritu y hallaremos soluciones solidarias para el bienestar común que tanto anhelamos.

Arte y representación

Cuaderno de bocetos de Diana Corvelle.

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Lo real. Consistencia, dureza, fijeza. Y, a pesar de ello, lo real es blando, fluido, está en movimiento. Lo real transcurre; el tiempo encarna en los seres o, mejor, los seres son por el tiempo. Durar y dureza son análogos. La piedra, que parece tan inmóvil, guarda dentro de sí una movilidad incesante. El exterior de la piedra, sólo la cáscara, es dureza; lo demás, la pulpa de la roca, es perpetuo desmoronamiento. Lo real es diverso. Posee muchas caras.

2

La conciencia es un puente. La conciencia se interpone entre el yo y lo real. La conciencia trae consigo la representación de lo real. Toda representación es como un fantasma de lo real, como su desdoblamiento. Representación podría entenderse como el envés de las cosas. Lo real aprehendido por la conciencia sufre un proceso de transformación: primero pasa por el cedazo de nuestros sentidos, luego por el filtro de nuestro entendimiento y, finalmente, se torna signo. Es indudable que lo real está preñado de conciencia. El mundo que habitamos, el mundo en que estamos, ya es mundo representado. Eso es lo que llamamos Cultura: un mundo vuelto signos.

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Lo real no necesita representación. Se basta a sí mismo. Pero la conciencia requiere de continuas representaciones. La conciencia teme a la ilusión, teme que eso que representa no sea o no tenga relación con lo real genuino. La conciencia necesita de un real. La cultura tipifica, clasifica, determina. Y si lo real es virtual, la cultura se impone la tarea de otorgarle un rostro único: o dureza o fijeza. La cultura siempre es un acto de disyunción. Si no fuera así, los hombres jamás se hubieran podido socializar.

Cabe ahora la pregunta, ¿qué es lo que imitamos cuando nos disponemos a pintar, esculpir o componer?, ¿de dónde partimos? ¿Cuál es el referente?: ¿será ese real duro y blando, virtual, o esa otra representación, sígnica, construida por la conciencia? ¿De dónde parte el artista? Digamos que el artista parte de una representación, de un real prefigurado. Desde allí, el artista configura la obra, esa «otra realidad». La obra de arte es la configuración de una representación. Una reconstrucción. Una restitución. El arte entonces, le devuelve a lo real su virtualidad. Nos lo vuelve a presentar.

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El arte imita según dos modelos: según real y según representación. De un lado sigue el patrón de lo óntico y, de otro, los modelos de lo sígnico. O, en otras palabras, copia según la lógica de la vida y copia según la lógica de la cultura. El arte es una síntesis. Y como síntesis, una obra de arte es un nuevo real, «otro tipo de ser». Una cosa que presenta a la par que representa. Porque presenta es un ser, porque representa se parece al ser. La obra de arte es apariencia. Un aparecer. Aparecer es la manera como el ser retorna a su viejo cascarón. Apariencia es, a la vez, realidad y representación.

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Entonces no hay un arte cabalmente realista. Como no hay tampoco un arte totalmente subreal, suprareal o hiperreal. Digamos más bien que en ese juego entre presentación y representación, la obra de arte se inclina más hacia un lado o hacia otro. Cuando más presenta, parece más real; cuando más representa, es más representación. Sea como fuere, la obra de arte sigue siendo apariencia: cosa que deja ver el ser, representándolo. Y si lo figurativo es la cima de lo presentable, lo no figurativo es la cima de lo representacional. Realismo y abstracción siguen siendo maneras de aparecer.

Cuaderno de bocetos de Diana Corvelle.

¿Por qué Orfeo perdió a Eurídice?

«Eurídice se desvanece en el inframundo» de Enrico Scuri.

¿Por qué el gran cantor, el que tañendo la lira lograba apaciguar los ánimos o las fieras, a quien le obedecían las piedras, los árboles y las montañas, el mismo que logró hipnotizar a Plutón y Proserpina en el reino de las sombras, por qué ese encantador no pudo cumplir la prohibición de mirar hacia atrás? ¿Por qué Orfeo, el héroe hijo de las Musas, a sabiendas de su magia con la voz o la música, volteó su rostro y de esta manera perdió para siempre a su amada Eurídice? ¿Desconfianza?, ¿ansiedad?, ¿miedo?

Una primera posibilidad reside en la lógica del nivel emocional. Así uno sea un héroe reconocido, así haya vencido a las Sirenas, así haya mostrado experticia en un oficio, cuando tiene la posibilidad de “recuperar” lo más amado, seguramente sentirá en el corazón una desazón por llegar cuanto antes a la luz, por pasar el umbral del Hades. Las pasiones cuentan el tiempo y el espacio de una especial manera: los largos minutos con el ser amado parecen segundos y las cortas ausencias se asemejan a larguísimas distancias. No sabremos qué tanto fue el camino que recorrió Orfeo con Eurídice detrás. Estoy seguro de que no la llevaba de la mano, como la representan algunos pintores; porque si así hubiera sido, Orfeo no hubiera tenido la necesidad de volverse. Quizá la condición de Plutón contenía esa dicha envenenada: Eurídice iría con él, pero unos pasos atrás, como una presencia alada, como una sombra leve y difusa. Entonces, el amor de Orfeo, su deseo de tener de nuevo a la que por tan poco tiempo fue su esposa, lo hizo girar justo cuando ya estaba próximo al final del recorrido. Al no tener una evidencia del cuerpo de Eurídice, al no reconocer su calor o la suavidad de su piel, la pasión de Orfeo lo llevó a buscar esos indicios con la mirada. Por supuesto, lo que observó fue una mancha evanescente, un humo con algunos rasgos de su amada, pero que podría confundirse con el vapor de la cueva por donde estaba saliendo. El exceso de deseo lo llevó a quedarse sin nada entre las manos. Y sabemos que ya no fue posible volver a intentarlo, porque el can Cerbero “ya se sabía la melodía” y le obstruyó el paso a Orfeo en su tránsito al Hades.

Es importante subrayar que la muerte convierte los cuerpos en sombras. O por lo menos los dota de otra substancia diferente a la que conocemos los vivos. Y las pasiones amorosas, las que están gestadas y movidas por el deseo, necesitan tener evidencias: un roce, un olor, una piel. No le bastan solo los recuerdos. Orfeo perdió a Eurídice porque no supo convertirla en canto, porque se negó a transformar la vida del ser amado en melodía. Tal vez si hubiera sido ciego como Homero, le habría resultado más fácil transmutar a Eurídice en una leyenda. Pero él, acostumbrado a hacer mover a los árboles a su antojo, lo que en verdad quería era acariciar y besar cuanto antes el cuerpo terso del amor.

Cabe también otra interpretación: que Orfeo, yendo obediente delante de Eurídice, se haya vuelto porque escuchó o le pareció oír la voz de su amada. Sabido es que los habitantes del Hades, a pesar de su incorporeidad, pueden hablar, y ser escuchados en sueños o en ciertos espacios sagrados destinados como oráculos. Y si uno escucha un lamento, un corto murmullo del ser más querido, ¿cómo no va a mirar hacia atrás?, ¿cómo permanecer inmutable ante ese clamor venido de las sombras? Aunque también cabe otra hipótesis: que esa voz fuera una imaginación de Orfeo por la futura felicidad imaginada… o que hubiera confundido la tonalidad de la voz Eurídice con uno de los sonidos ululantes del inframundo. Mucho más, si él tenía oído de músico o era hábil intérprete del lenguaje de los pájaros. En este caso, Orfeo pierde a Eurídice porque sucumbió –siempre había sido así– a la encantadora cadencia de las palabras de su amor. Y si bien no hay textos que lo atestigüen, es plausible que Orfeo escuchara la voz de Eurídice como una modalidad de cítara o un tipo de flauta de pan.  Porque la voz de Eurídice era para Orfeo “música para sus oídos”. Y así como él usaba su cítara para apaciguar las fieras, ella –al hablarle–lograba serenar su corazón.

Platón creía que la pérdida de Eurídice se debió a que Orfeo tuvo miedo de asumir la muerte para, como correspondía, estar con ella en el reino de las sombras. Según el filósofo, a Orfeo le faltó valor para “confundirse” con su amada, no logró que su amor lo llevara al suicidio o a compartir la condición sombría y evanescente de Eurídice. Esta otra respuesta me parece interesante en la medida en que invita a pensar en el cambio de perspectiva que debemos asumir si estamos interesados en “retener” lo más amado. Si seguimos pensando en las coordenadas de este mundo, poco aprenderemos de la geografía del más allá; no hay manera de recuperar de la misma forma aquello que ya hemos perdido. Al estar untada de la pátina del Hades, Eurídice adquiere otra materialidad que exige a quien desea poseerla asumir una nueva condición o dejar las ataduras del mundo de los vivos. El error de Orfeo, siguiendo esta vía de explicación, estriba en permanecer inalterable, en no sufrir ninguna modificación en su ser, en seguir idéntico a sí mismo, a sabiendas de que Eurídice era una persona completamente diferente, una otredad radicalmente distinta. Dicho de otro modo, Orfeo pierde a Eurídice porque es incapaz de asumir el amor en una dimensión distinta a la ya conocida, por su obcecación de conservar inalterable la pasión del amor, por no tener la valentía de asumir el cambio. Tal vez Plutón y Proserpina pusieron a prueba a Orfeo, haciéndole la promesa de que recuperaría a Eurídice si no miraba atrás, a ver si entendía en esa katábasis que recuperar a un ser amado muerto presupone la renuncia a los goces de su presencia, a asumir el dolor de la pérdida definitiva; pero, a la vez, a provocar en el alma una metamorfosis que permita transmutar el placer efímero de lo vivo en el goce atemporal de la rememoración.

Una posible respuesta adicional al gesto de Orfeo de voltear el rostro se halla en el temor de comprobar que Eurídice llegara “desfigurada” de aquella breve estadía en el inframundo. ¿Cómo podría soportar una mancha en la belleza de lo más amado?, ¿cómo convivir de nuevo con quien tiene los olores de la noche eterna?, ¿cómo amar de nuevo a quien nos acaricia con manos frías o nos observa con unos ojos sin mirada? Puede ser que el giro de Orfeo esté asociado a ese miedo a la corruptibilidad, a la zozobra agobiante de recuperar un cuerpo enfermo desde adentro, a descubrir una Eurídice débil y con las marcas en el rostro de quien ha caminado sobre tierras estériles, oscuras y plagadas de la más absoluta soledad. El gesto de Orfeo, entonces, fue apenas una mirada de precaución, de prevención en el sentido primero del término: de adelantarse a una posible desventura. Porque Orfeo en su caminata por el Hades había visto tal cantidad de cuerpos mutilados, de formas monstruosas y con expresiones tan horripilantes que así fuera, por unos segundos, pensó que su Eurídice, su bella amada, habría podido contagiarse de tales miasmas putrefactas o traer infectado todo el cuerpo por el veneno que la serpiente había inoculado en su pie. De allí su fugaz giro de cabeza. Podemos imaginar que lo que observó, como un destello, fue la desaparición de algo que, dadas las condiciones de claroscuro de aquel ambiente, se parecía mucho a su Eurídice. Una forma difusa en la que no podía saberse con claridad si estaba incólume de impurezas o si, por el contrario, apenas era un retazo amarillento de carne de lo que fuera una hermosa auloníade. Como se infiere de lo expuesto, la pérdida de Eurídice se debe a la suspicacia o al presentimiento de la futura tragedia. Hasta es posible afirmar que el giro de la mirada corresponde a un lance adivinatorio o a un sutil gesto profético que tenía Orfeo, a un don que mucho tiempo después se comprobará cuando las Ménades lo despedacen. Orfeo pierde a Eurídice porque adivina en el retorno de su amada no la felicidad tan esperada, sino la desdicha incipiente.

O puede ser que Orfeo perdiera a Eurídice porque no pudo comprender el tiempo de la esperanza, ese que proviene de la fe o la confianza en el Kairós, –el tiempo de la oportunidad– y no en el ansioso y afanado Cronos que siempre devora a sus hijos… 

Un nuevo libro sobre la escritura y sus tipologías

Después de tantos años dedicado, con pasión y disciplina, a estudiar y tratar de formar a otros en las particularidades de la escritura, me ha parecido bien reunir en esta nueva obra una parte de esa cosecha, con el fin de compartir mis reflexiones y logros comprensivos sobre este invento extraordinario y, además, señalar pistas de enseñanza relacionadas con diversas tipologías textuales. Así que, no solo mostraré aspectos y cualidades de la escritura, sino expondré algunos de sus modos y técnicas para construirla.

El libro tiene una columna vertebral que es, al mismo tiempo, una convicción validada con el ejercicio diario de luchar con las palabras: la escritura es uno de esos saberes que no pueden dejarse de lado en cualquier nivel educativo, ni suponerse como una “habilidad” que se desarrolla de manera natural. Es una actividad superior del pensamiento que merece conocerse, investigarse y hallar la mejor manera de ponerla en las manos de todas las personas. Eso supone superar el reduccionismo de la escritura a las meras técnicas de redacción y, por el contrario, verla más como el desarrollo de habilidades cognitivas mediante las cuales podemos expresar lo que sentimos, entrar en relación con los demás, registrar lo que nos acontece, construir mundos posibles y legar el saber o las conquistas intelectuales de una cultura. Aquí vale la pena repetirlo: escribir es proveer a nuestra mente de una herramienta capaz de posibilitarnos el autoexamen, la comunicación y la producción de conocimiento.

Varios de los textos de la primera parte bordean dimensiones de la escritura o profundizan en determinadas cualidades. Exploro en el proceso de escribir, que empieza en la producción y organización de las ideas, continúa en la estructura textual, hasta llegar a la configuración de un lector; me detengo en el goce de escribir, pero, de igual modo, en la importancia de la corrección de la escritura; hablo del valor del hábito y de ciertas dificultades cuando se empieza a lidiar con estos signos que no siempre obedecen a nuestros deseos. Saco provecho de mi propia experiencia para discurrir sobre aspectos esenciales de la puntuación y de eso que llamamos “estilo”. Pongo especial cuidado en las ganancias de la escritura cuando se trata del autoconocimiento y en lo que aporta para los procesos de humanización. De igual manera, extraigo conclusiones didácticas, pistas para el aula, siempre bajo la consigna de que los maestros y maestras deberían animarse a poner por escrito su quehacer, como una forma de reflexionar su práctica y un medio de enaltecer la profesión docente.

El segundo grupo de escritos están referidos a formas concretas de la escritura. Allí están ejemplos de la gama de la descripción, como la etopeya o la écfrasis; algunos ensayos centrados en la escritura de aforismos y fábulas, y otros que se ocupan de las particularidades de la ponencia, la relatoría, la crónica, la reseña, el blog o el informe. A veces paso revista, con la finalidad de ver sus potencialidades, a tipologías como la carta o el diario, o subrayo líneas de interés de escritos con larga trayectoria literaria como el cuento o la novela. Presto especial atención a la alegoría y a la analogía, que son modos privilegiados del pensamiento relacional, tan útiles para la escritura poética al igual que para aprender a hacer más plásticas nuestras ideas. Me interesa en todas esas formas de la escritura, además de indagar en su ser y utilidad, mostrar cómo pueden convertirse en dispositivos de enseñanza o, por lo menos, en servir de motivación para el aula de clase.

Salta a la vista que esta es una obra con múltiples tonalidades y diversos frentes de enunciación: por momentos asumo el acento testimonial, en varios casos hecho mano de resultados de investigaciones y, en otros ensayos, que son la mayoría, me apoyo en las vicisitudes de mi propia producción escrita. Lo que presento aquí ha sido validado, contrastado y enriquecido por el trasegar del aula o forjado con el fuego de una pasión que asumo como una opción de vida. En esta perspectiva, este libro puede entenderse como un conjunto de evidencias de una larga búsqueda alrededor de la escritura y de la comprensión de varios de sus enigmas. Por eso son amplias las rutas de acceso a él y por eso, también, estas páginas pueden leerse como un abanico de rasgos y modos de la escritura para quien esté interesado en ella como afición personal o busque caminos de mediación formativa para enseñarla a otros.

Concluyo esta presentación del libro exaltando dos potencias que la escritura convoca y reaviva: la del pensamiento, porque al escribir podemos ver la entretela de nuestra cognición y, de esta manera, pensar mejor; porque al escribir ponemos afuera nuestras ideas, y nos queda más fácil afinarlas, corregirlas o cultivarlas. Y exalto de igual modo a la imaginación, porque al escribir podemos traspasar las fronteras de lo dado para explorar creativamente en otros universos; porque la escritura nos permite descifrar el pasado, pero a la vez nos da claves para prefigurar los paisajes de los tiempos venideros.

 

Lo prometedor de la belleza

Pintura de Amy Judd.

“La belleza nace así… espontáneamente…,
a despecho de tus fatigas o de las mías.
Existe al margen de nuestra presunción de artistas”.
Muerte en Venecia, Luchino Visconti

 

Belleza…, la mano extendida, temblorosa, moribunda; la mano ligeramente temerosa, indecisa por la mirada ya borrosa, ya perdida. Belleza que aún a la muerte se atreve a seducir, que aún puede volver la vista (la misma mirada, pero desde otra visión) y despreciar la vida. Esquivarla –si se quiere– coquetamente. Belleza, la mano moribunda, inmoral, tratando de asir la eternidad. Belleza es una mascarada por abarcar en un único instante la totalidad del tiempo. Belleza no habita en la confianza, en el lugar seguro de lo deducible, no; ella se mantiene junto al mar, en la arena o en la noche, siempre moviéndose en el espacio de lo infinito, de lo inconmensurable.

Si alguien pregunta ¿dónde está la belleza? Yo –mostrándole algunos de mis poemas– le diré: “Toma, léelos y te darás cuenta de lo que es el intento por retener la belleza”; y si insistiese en su pregunta, sólo podría darle un argumento más: “Belleza es tan cercano a muerte, a Dios… Cuando quieres tenerlos, y son tuyos, ya no puedes saber dónde hallar su presencia. Belleza es ansiedad de ver el envés de la vida, la espalda de las cosas, el dorso impenetrable de la sangre… Lo visible, lo que uno se atreve a mostrar como belleza: el poema, la escultura, la pintura: la obra, no recoge la esencia de lo bello, nunca ha podido. Lo que retiene la obra de arte es el apetito, el ansia furibunda de otear aquella ignorada pradera donde, según se dice o se intuye, viven las presencias angélicas, los héroes, la luz intermitente de una virgen y el sello tranquilo con que se impusieron las señales constitutivas del mundo… Lo que retiene la obra de arte es lo que ella, por sí misma, nunca logrará ser. La belleza que se aposenta no existe, su ser es el movimiento; pero en un ritmo tan perfecto que logra ser quietud. La belleza detiene el flujo de lo interior y lo exterior en su fluctuar, lo torna puro equilibrio, símbolo pleno”.

Mortalidad que, reconociéndose, se afianza en lo inmortal. Finitud que, contemplándose en el espejo, descubre la nostalgia o la reminiscencia del infinito. Muerte que, desde su corte brusco o inesperado –siempre venidero– se levanta insensata, proclamando resurrección. “¡Oh, Dios, tú que nos has hecho para morir, ¿por qué nos inundaste la sed de eternidad, que hace al poeta!”, reclamaba Luis Cernuda. Belleza es un vaivén, un árbol majestuoso quejándose por no llegar al cielo…; lo bello es seducción de sacrificio, llamado que es destino, camino que es olvido. Bello es el viento en su presencia ausente, en su caricia sin mano, en su frescura impalpable. No, la belleza no está en lo determinado; si hay belleza, ella es lo indefinido. No es bella la mujer, no es bello el hombre; tan solo son hermosos. ¿Quién, entonces, en la vida retiene un soplo de lo bello? ¿Quién juega a mantener la monstruosa sensación de la belleza? Ese quien no se muestra y, si de veras existe, es una peligrosa unión, un contraste de labios rojos, manos largas y ojos tristes somnolientos a playa; sí, ahí, en el despertar indeciso, en la alegría que es ausencia de conocimiento; ahí, se reclina momentáneamente la belleza, se deja ver, pero no debe tocársele. La mano que roza la belleza, la caricia que se unta de lo bello quema ardiendo la flor, destruye el espejismo: se conoce su engaño. La verdad de la belleza es efímera, su gesto es apariencia. Belleza no hay en las dimensiones conocidas ni en las realidades propuestas por la historia; belleza no se encarna en lo visible, en lo sensual; belleza siempre es límite… Límite de lo humano que todavía no ha alcanzado más allá de sí mismo y, en esta dirección, límite también de lo inhumano, juego simbólico en el extremo límite terreno. Belleza: el juego en sí, el juego que el hombre juega con sus propios símbolos y así, simbolizando –lo único posible– escapar a la angustia de su finitud.

No es belleza lo que las obras guardan; es belleza lo que las obras buscan. Nada hay perfecto en la imperfección y sólo la imperfección sabe ir a lo perfecto. El barro quiere ser luz iridiscente, la luz tiempo vacío, el tiempo cuerpo, el cuerpo eternidad. No es belleza lo que el poema atrapa, es belleza lo que huye del poema. Toda obra de arte es imperfecta porque, de otra manera, sería divinidad o mera muerte; y la obra, se esfuerza por ser vida o afirmación de la vida. Así que tiene que resignarse a la mutilación o lo incompleto. No es belleza lo que el poeta siente; es belleza lo que no es el poeta. Allí, la vida, la realidad manchada de costumbre; allá, lo bello, lo innombrable dispuesto a la sonrisa. Allí, la sensación, el vestigio primario de la esencia; allá, el espíritu, la resistencia imperturbable a ser naturaleza; allí y allá: la levantada insatisfacción, el abandono a lo imposible. No es belleza lo que la vida busca, es belleza lo que la vida ignora. Toda obra de arte repite el mismo movimiento de búsqueda, perpetúa el tintineo de husmear en la prohibición, en el misterio de lo santo. Hay tantas experiencias negadas al entendimiento. Toda obra de arte repite el grito salvador en medio de la peste, la blancura de un traje en medio de la podredumbre del abismo. Toda obra de arte baja como Dante a los infiernos y repite la aventura del sentido. Odisea, travesía, correría. ¿Dónde, dónde la belleza? Al final nunca habita, nunca vive al comienzo. ¿Dónde, dónde la belleza? En el esfuerzo, en el intento, en la paciencia del artesano, en la ignorada persistencia, en el golpeteo constante, en la obra; sí, en la obra de arte se encuentran los vestigios de la belleza. No es belleza lo que las obras tienen; es belleza de lo que las obras dan indicios y… de nuevo, la búsqueda: arte. La promesa: “Lo bello no es tan operante como prometedor”, decía Goethe, y son “solo pocos los que recuerdan lo sagrado que han contemplado”.

Belleza… la mano extendida, temblorosa, moribunda; la mano ligeramente temerosa, indecisa por la mirada ya borrosa… La mano del poeta John Keats: “Estoy convencido de que escribiría por puro anhelo y amor de lo bello, aun cuando el trabajo de mis noches apareciera quemado cada mañana y ningún ojo la llegara a contemplar”.

El balón de cuero

En aquel entonces vivíamos en el barrio Ricaurte. Recién acabábamos de llegar huyendo del bandolerismo y, después de muchas búsquedas infructuosas de trabajo, mi padre había conseguido un puesto de celador almacenista en una fábrica de jabón. Los escasos recursos obligaban a mi papá a restringir cualquier gasto innecesario, y las manos de mi madre ayudaban para hacer rendir los alimentos en la cocina. En esas condiciones recibí la navidad, cuando tenía nueve años.

Mi memoria tiene aún frescos los alumbrados del parque, los dibujos que se hacían en las calles, los festones multicolores, las luces decorando las casas y negocios y la música festiva que salía de todas partes, compitiendo con los vendedores ambulantes y el apetitoso olor de los pollos asados que vendían en El Semáforo en Rojo. Todo el barrio exhibía, adentro y afuera, la alegría y el colorido navideño. La misma iglesia disponía en el vestíbulo unas figuras enormes en el pesebre, ubicadas al frente de un largo telón pintado de azul oscuro que reflejaba la noche y la estrella de Belén. Mi corazón de niño empezaba a agitarse con una emoción de júbilo, de querer saltar, de añorar la noche del veinticuatro y poder quemar luces de bengala o salir a mirar cómo otros muchachos encendían volcanes o los más viejos lanzaban voladores a las alturas.

En ese diciembre, al igual que en el año anterior, mi petición al niño Dios era un balón de fútbol, pero de los profesionales, de aquellos que eran cosidos en cuero y que tenían válvula inflable. Porque no es lo mismo jugar un partido con una pelota de plástico, esas que el viento las lleva a su antojo, que hacerlo con un balón de verdad. Aquel deseo se lo comunicaba a mi madre de manera insistente. Ella se mantenía en silencio, sirviendo de cómplice, pero consciente de que tal petición no era fácil de cumplir. Sin embargo, no desanimaba mis anhelos.

—Pídale al niño Dios con mucha fe —me contestaba—, mientras acababa de preparar el almuerzo de ese día.

El sitio donde dormíamos era una pequeña pieza a la entrada de la enorme fábrica. Pasaba uno la pieza y seguía otro mínimo espacio distribuido entre la cocina y el baño. El ambiente era reducido, apenas para que cupieran dos camas y un armario de madera que servía de división. Una mesa para el comedor y otra más pequeñita para la estufa de gasolina, de esas de tanque rojo que había que darles bomba para que lanzaran sus llamas azulosas. Allí vivíamos, arropados por el amor y la esperanza de tener algún día un techo propio.

Pero en esas navidades mi urgencia de recibir el balón se convirtió en una obsesión. Mucho más cuando descubrí que quien poseía uno de ellos era el que disponía la selección de jugadores y el tiempo que podían durar aquellos partidos al terminar las clases. Balón tenía Cardona, y también Murillo, uno de los del curso que era muy buen arquero. Por eso, le decía a mi madre que ojalá el niño Dios no me trajera un pantalón de pana, como el año pasado, sino un balón de cuero, de esos que cuando se iba desinflando había que ir hasta una bomba o un pequeño local especializado en despinchar llantas para que allí le hicieran a uno el favor de inflárselo de nuevo. Tal era mi reiteración en esos días previos a la nochebuena que mi padre, una noche después de la comida, me dijo una cosa que me desalentó un poco.

—A veces el niño Dios debe darles regalos a los niños más pobres —afirmó—. Y por eso algunos niños se quedan sin recibir nada el 24 de diciembre.

Cuando mi papá me dijo esas cosas, yo podía ver en los ojos de mamá un hilillo de esperanza. Seguramente yo no haría parte de los niños sin regalo. Hasta llegué a desear ser como Tibocha, uno de los compañeros más humildes del salón, quien no tenía casi nunca para las onces, y se mantenía de pie, recostado en una de las paredes del patio, mientras se terminaba el recreo. Quizá si yo fuera más pobre tendría asegurado mi balón.

—Si uno tiene fe, el niño Dios siempre se acordará de nosotros —agregó mi madre—, llevando los platos hacia la reducida cocina.

Mi padre se quedaba sentado un buen tiempo reposando la cena. Prendía un radio transistor y escuchaba una de las radionovelas que tanto le gustaban, Arandú el Príncipe de la selva… Yo acercaba un pequeño butaco y juntos nos emocionábamos con las aventuras de este héroe que enfrentaba al Kaitolé ayudado por su amigo Taolamba. Apenas que mi madre terminaba de lavar la losa me invitaba a cepillarme los dientes y disponerme para dormir. En mi cama, después de que apagaban la luz, yo seguía pensando en el balón, en el niño Dios y los pobres, y en la tristeza de esos otros niños que no recibirían ningún regalo el 24 de diciembre.

Tres días antes de Navidad, mientras mi madre preparaba una deliciosa natilla, que acompañaba con dulce de mora, me senté en la mesa del comedor y empecé a redactar en una hoja del cuaderno ferrocarril, para que me quedara la letra bien pareja, mi carta al niño Dios. Tenía al lado mi borrador y el corazón henchido de expectativas maravillosas. Puse la fecha y el destinatario, subrayando con rojo el nombre de Niño Dios. Enseguida empecé a justificar mi petición. Hablé de que me había portado bien, que no había perdido ninguna materia, que me había ganado un “billete de honor” por mi conducta, disciplina, orden y puntualidad en el Liceo San Gregorio Magno, y que no le había respondido mal a ninguno de mis papás. Cuando ya estaba por empezar a redactar lo esencial de mi petición, mi madre me interrumpió:

—Vaya corriendo y me compra una cajita de uvas pasas, en la tienda de Doña Bertha.

Para no contradecir mi justificación de niño obediente y juicioso, tomé el billete que mi madre sacó de su delantal, bajé dos escalones, abrí el portón verde y salí corriendo hasta la tienda de la señora Bertha que quedaba una cuadra abajo de donde vivíamos.  La tienda estaba llena y en las mesas pude ver a varias personas tomando cerveza. Con la caja de uvas pasas en una mano y las vueltas en la otra, regresé corriendo hasta la entrada de la fábrica. Siempre que salía se presentaba el problema de que el timbre estaba muy arriba para mi altura y necesitaba golpear muchas veces el portón metálico. A veces dejaba un palito, al lado de un poste, para que me sirviera de ayuda, pero siempre desaparecía. Después de varios intentos, me abrió mi padre que seguramente estaba ocupado recibiendo algún pedido al otro extremo de la fábrica.

—¿Dónde andaba? —me preguntó.

—Haciendo un mandado.

Mi padre me sobó cariñosamente la cabeza. Di varios pasos, subí los escalones de cemento, entré a la pieza y entregué a mi madre la cajita de color rojo. Presuroso volví a mi tarea. El olor que salía de la cocina me animó a escribir el regalo que tanto anhelaba. Describí el tipo de balón con detalle, para evitar que el niño Dios fuera a equivocarse y me trajera uno de plástico. Al final di las gracias y puse mi nombre bien clarito.

—¡Ya terminé la carta al niño Dios! —le grité a mi madre.

Ella levantó su cara, me miro con ternura y agregó algo digno de su amor infinito:

—Póngala debajo de la almohada, que el niño Dios recoge esas cartas cuando uno tiene sueños.

—¿Cuando uno está soñando?

—Sí —respondió—.

Doble la carta en cuatro mitades y le puse en los dos extremos un poco de goma para que conservara el porte de documento secreto. Enseguida volví a la cocina a buscar alguna prueba de esos manjares que preparaba mi madre únicamente en navidad. De un recipiente de vidrio, mi mamá extrajo una cucharada de dulce de mora y me la dio a probar. El olor a la canela se expandió en mi paladar.

—Es una pruebita —advirtió mi madre—. Espere a que esté la natilla.

Volví a la mesa del comedor y me puse a imaginar la realización de mi sueño. El niño Dios recogería esa noche mi carta, la leería con atención y, aunque yo sabía que no era tan pobre, haría una excepción o pondría mi carta de primeras, porque los motivos expuestos por mí eran una razón de peso. Algo para tener en cuenta. Yo no era tan pobre como Tibocha, pero sí más juicioso que él. En esos pensamientos andaba cuando mi madre me volvió a llamar para traer de la placita de mercado que quedaba cerca unas cosas que faltaban para el sancocho del veinticuatro. Me tocó hacer una lista, dictada y repetida varias veces por mi madre.

—Vaya donde la pecosa Helena, que ella tiene buen mercado—me advirtió—. Diga que es para la señora Saturia.

Repetí mi ruta de salida y esta vez, en lugar de tomar hacia el occidente, emprendí mi carrera hacia el norte de la ciudad. En mi rápido desplazamiento pude ver la pequeña puerta por la que descargaban el carbón para la enorme caldera que hacía hervir el jabón en los tanques enormes donde se fabricaba; observé en las ventanas de las casas vecinas los dibujos de Papá Noel y las luces eléctricas que decoraban los ventanales. Aminoré el paso y me entretuve un buen tiempo mirando las reses que descendían de los camiones y seguían el laberinto de los corrales del matadero. Muchas personas a lado y lado de la calle vendían y compraban diferentes productos. El bullicio parecía aumentar el jolgorio de las fiestas. A pleno día un hombre echaba voladores que al explotar en el cielo hacía que los gritos de los allí reunidos levantaran la voz como si fuera un brindis colectivo. Seguí hacia adelante y, a mano derecha, entré a una pequeña plaza. El puesto de la pecosa estaba como a la mitad del segundo pasadizo. Le pasé la lista y dije mi carta de presentación

—Es para la señora Saturia.

La Pecosa me miró y constató en mi rostro los rasgos de mi madre. Exhibió una sonrisa, procediendo luego a meter en una bolsa verde de plástico las yucas, los plátanos, la arracacha, unas mazorcas y unas papas. Después de empacado aquel mercado procedió a buscar un cuaderno cuadriculado donde apuntaba las clientes que tenían crédito. Me entregó la bolsa y como ñapa una manzana roja.

—Es porque estamos en navidad —me dijo.

Retorné a la fábrica a toda carrera. Cuando le conté a mi madre del regalo de la manzana me dijo que el niño Dios a veces tomaba la forma de personas común y corrientes.

—Son como pequeños regalos adelantados.

Me acomodé a los pies de mi cama y disfruté la manzana, una fruta que pocas veces teníamos en nuestra mesa. Allí sentado me imaginé llegando al parque con mi balón nuevo, mirando cómo otros niños venían hacia mí para pedirme que los dejara jugar y yo eligiendo a los que formaran parte del equipo de esa tarde. Me estiré un poco en la cama y revisé que la carta estuviera donde la había dejado horas antes. Todo parecía correcto. Después me entretuve un buen tiempo jugando a indios y vaqueros con muñecos de plástico que mi madre me iba comprando poco a poco.

En la fábrica los empleados salían a las cinco de la tarde. Después, el enorme espacio de aquel lugar quedaba a mis anchas. Mi padre seguía terminando sus labores y empacando en bolsas jabón de bola, para la venta al detal. Yo lo iba a acompañar unos minutos hasta que mi madre me llamaba para que fuera a traer el pan del otro día. Por supuesto, eso era después de terminar la radionovela. Salía entonces corriendo hasta una panadería que quedaba por la calle décima, arriba de la carrera 28. Se llamaba ICOPAN y vendían mogollas rellenas de bocadillo y un pan coco muy delicioso.

—Como mañana voy a hacer masato, traiga además tres mantecadas.

Al oír esas dos palabras juntas, el masato y la mantecada, me llené de una alegría adicional, porque esa era otra de las razones por las que me gustaba diciembre. Únicamente en esas fechas mi madre preparaba masato, y era tan rico combinarlo con los bocados de mantecada que vendían en esa panadería de altas y surtidas vitrinas.

—Que le empaquen aparte las mantecadas —me advirtió mi madre—, sacando del delantal unas monedas.

Salí corriendo calle arriba. Pasé la gran avenida, volteé a la derecha y subí por la calle décima hasta entrar a la panadería. Allí atendieron la solicitud. Me entretuve mirando unas galletas decoradas con figuras navideñas y varias repollas que, una vez, me habían comprado con un jugo de curuba en leche. Pagué, me devolvieron otras monedas y salí a toda carrera hacia la casa. Las luces de colores en las ventanas y las guirnaldas plateadas en los almacenes parecían encender aún más mi alegría. Varios niños jugaban balón en el parque. Vi a Aldana, uno de mis compañeros, y a Murillo, pero preferí pasar rápido sin que ellos se dieran cuenta. Golpeé con mis manos el portón verde y, a los pocos segundos, apareció mi padre. Entré de una vez a la pieza donde dormíamos y fui a entregarle a mi madre las dos bolsas de pan. Yo quería probar las mantecadas.

—Déjela para mañana, que eso sabe mejor con el masato.

Pero como mi mamá se dio cuenta de mi ansiedad, cortó con el cuchillo un pedacito de mantecada y me la entregó como si fuera un premio por haber hecho el mandado tan rápido.

—Pruebe, o si no se le totea la hiel —comentó, sonriente.

Esa noche, después de tomarnos una maizena con pan, mi padre me contó que cuando niño lo único que le traía el niño Dios era ropa.

—Y eso en ocasiones especiales —agregó—. Muy de vez en cuando.

Mi madre, que estaba planchando, corroboró lo dicho por mi padre, diciendo que en esas épocas lo que a veces daban eran unas muñequitas de carey, que vendían en el pueblo de San Juan.

—Lo que a uno lo hacía feliz no eran los regalos, sino la comida que le daban en todas las casas de la vereda, por esas fechas —comentó mi padre—. Daba gusto recibir morcillas en una parte, chicharrones en otra, tamales allí, bizcochuelos más allá…

Después de que mi mamá acabó de planchar me fui a bañar los dientes y me dispuse para acostarme. Yo sabía que ese día el niño Dios se llevaría mi carta y en la noche del veinticuatro, debajo de mi cama encontraría el balón de cuero. Entre sueños escuché a mis padres seguir conversando. 

Lo primero que revisé al despertarme fue mi almohada. Nada había debajo. El niño Dios ya tenía en sus manos mi petición. Desde la cama le grité a mi madre dicho descubrimiento.

—¡Ya se llevó la carta, mamá…!

—Me alegra, mijo, esa es una buena señal…

Corrí a bañarme cuanto antes. El agua fría de la ducha no me resultó tan helada como en otros días. La emoción me llevó a imaginarme el día veinticinco de diciembre cuando llegara al parque con mi balón nuevo, para estrenarlo, mostrándoselo a los otros compañeros del Liceo y organizando el equipo para el partido de esa tarde. Hasta me vi marcando un golazo de tiro directo, pasando por las piernas de Díaz, López y Villaveces. Enseguida de bañarme pasé a desayunar en compañía de mi papá.

—¿Y qué le pidió al niño Dios? —me preguntó sonriente.

­—Un balón de cuero —le respondí entusiasmado—. De los profesionales.

Mi padre apuró otra cucharada de caldo, levantó sus ojos y me observó con cariño.

—Ojalá el Niño Dios alcance a llegar hasta este barrio.

—Yo creo que sí, porque anoche recogió mi carta.

—Lo importante es que algo le traiga, mijo —agregó—. Mejor la gratitud que la sorpresa.

Yo le dije con la cabeza que sí, pero en mi corazón no perdía la esperanza de que el obsequio fuera mi balón. Además, el niño Dios volaba como el viento, tan rápido que podía en una sola de sus salidas dejar debajo de la cama de los niños miles y miles de regalos. Mi padre terminó de desayunar, se despidió de nosotros y salió a atender los asuntos de la fábrica. Mi madre me invitó a terminar el chocolate, lavarme los dientes y ayudarle a arreglar nuestra pequeña habitación.

—Tienda la cama, barra, y prepárese porque vamos a comprar vino y galletas.

Me puse alegre con esa noticia. Uno de los ritos decembrinos que hacía en compañía de mi madre consistía en comprar esos dos símbolos de navidad: las galletas y el vino. Para ello nos dirigíamos a una bodega inmensa situada a una cuadra arriba de donde vivíamos y, allí, adquiríamos las “Caravana”, una caja de color amarrillo que solo aparecía en estas festividades. Después, caminábamos unas cuadras hacia el sur, en donde quedaba las Bodegas del Rhin, allí mi madre compraba una botella de un moscatel de pasas. Luego retornábamos a la casa. Mi padre nos recibía con una sonrisa, pero al ver la bolsa que traía yo y la otra que portaba mi madre, soltaba una frase que le escuché repetir con frecuencia:

—Mija, hay que ahorrar todo lo que se pueda.

Mi madre le daba un beso y entrábamos con ella a la pequeña pieza. Con una voz entre juguetona y amable le respondía a mi papá.

—Son para el niño…

Al entrar a la pieza mi mamá me invitaba a abrir el paquete amarillo. Yo buscaba las galletas que más me gustaban; unas redondas de chocolate rellenas de crema blanca. Apenas tenía la galleta en mi mano, mi madre destapaba la botella de vino, sirviéndome un trago en una copa de aguardiente.

—Solo porque estamos en navidad —me decía—, sirviéndose ella otra copita de ese licor café rojizo.

Me gustaba ir combinando un sorbo de vino con un bocado de la galleta. Durante ese tiempo, aprovechaba el momento para decirle a mi mamá lo feliz que sería si el niño Dios me regalara el balón de cuero, y que no por eso iba a dejar de ser juicioso en el estudio. Mi madre me escuchaba con ojos amorosos.

—Hay que tener fe, mijo. La fe mueve montañas.

Como en esos días estaba de vacaciones del Liceo aprovechaba el tiempo para ir a ver televisión donde los Garzón, unos de mis compañeros de estudio. Allí en esa casa taller, disfrutaba las películas de Tarzán y una serie que me encantaba, “Bonanza”. O me iba a jugar con los hijos de la señora Idally, la modista de mi mamá, quienes tampoco tenían televisión, pero en cambio poseían una lotería y un parqués. Claro está que lo que más deseaba era encontrarme con Salazar y Bolívar, en el parque, para nuestra vuelta a Colombia por los sardineles de los andenes con tapas de gaseosa, pero mi madre no me daba permiso. La otra cosa que me llenaba de felicidad era ir con mi papá a cine, aunque ese plan se daba de manera excepcional.

Siempre era en domingo, después de almorzar. Asistíamos al teatro Encanto o al San Jorge, a ver a Cantinflas o a Jorge Negrete, pero lo que más nos encantaba eran las películas del oeste. El plan consistía en, antes de entrar a ver la película, comprar una bolsa de “piquitos” y una colombina “charms” para que me durara toda la película. Luego nos veníamos caminando hasta la casa. Mi padre me hablaba sobre sus historias de niño cuando fue boga y pescador en el río Magdalena. Generalmente, antes de llegar a la fábrica, mi padre se detenía en una cafetería situada diagonal a la iglesia y allí le compraba a mi madre unos merengues que le gustaban. Yo no paraba de contarle a mi mamá la película que acabábamos de ver, mientras en la radio Santafé se escuchaba la música distintiva del programa “La hora de los novios”.

El tan esperado veinticuatro de diciembre comenzaba con un desayuno que mi madre lo llamaba «especial», porque incluía además del chocolate y el pan, unos envueltos de mazorca rellenos de cuajada. A mi padre le gustaba repetir ese manjar, elogiando la sazón de mi mamá. Mi mente no paraba de contar las horas que faltaban para la llegada del niño Dios. Ese día me mostraba más colaborador que de costumbre y estaba atento a todos los mandados que me solicitaran. Mi padre aprovechaba la tarde libre de ese día para mandarse peluquear y hacer algunas diligencias de último momento. Yo me quedaba con mi madre colaborándole a preparar el almuerzo de ese día, otra delicia navideña: el sancocho tolimense.

—Vaya, hasta donde la pecosa y me trae dos tomates bien maduros.

No sé cuántas más correrías hice en ese día, pero mis pies no sentían ningún cansancio. Yo estaba seguro de que el niño Dios ya me tenía separado mi regalo. Por eso creo que el apetito me aumentó a la hora del almuerzo y pude comerme toda la costilla que me sirvieron y el arroz atollado y el caldo y la yuca y el plátano con ese hogao tan exquisito. Lo mismo hizo mi padre, quien también dejó los platos limpios. Mi madre estaba feliz de vernos comer así. Los sonidos lejanos de unos voladores sirvieron de postre al sancocho.

—Empezó la fiesta —dijo mi padre—. Comenzaron temprano este año.

A mí me gustaba echar pólvora, pero mis padres me la prohibían.

—Eso es quemar la plata —afirmaba serio mi papá.

Las horas parecían ir muy lentas. Hacia la mitad de la tarde mi madre me dijo que la acompañara hasta donde la señora Bárbara, una mujer delgadita que tejía en paño. Después de arreglarse y cambiarse de ropa, salimos con ella hacia arriba de la calle 11, buscando el sector más comercial del barrio Ricaurte. La carrera 28 estaba llena de gente, vendedores, niños y adultos caminando en doble vía. La música decembrina sonaba a todo volumen y en más de un local “La paloma guarumera” salía de los bafles que estaban a la entrada de los establecimientos. Mi madre llegó al sitio de la señora Bárbara, conversaron unos minutos, y ella le entregó una bolsa que tenía guardada. Pasamos luego por la Droguería Social. No sé qué más compraría mi madre, porque yo estaba entretenido mirando la caseta de venta de pólvora en la esquina del parque. No muy lejos podía ver los voladores, las rodachinas, las cajas de luces de bengala y los volcanes de diverso tamaño. Al lado de la caseta dos canecas verdes, tan altas como las que había en la fábrica, servían de guardianas del pequeño local. Cuando mi madre salió de la droguería, le lancé una petición que más parecía un lamento:

—Mamá, al menos cómpreme una cajita de luces de bengala.

—No, mijo, mire que a varios niños se les enredan esas bengalas en el pelo.

Yo insistí, pero mi madre se mostró inflexible. Sin embargo, ya llegando a la otra esquina del parque, donde estaba ubicada otra caseta, lancé de nuevo mi ruego:

—Bueno, al menos cómpreme de navidad algo para celebrar esta noche…

Mi mamá no dijo nada. Cruzó la calle y fue hasta el pequeño sitio de venta de pólvora. Allí estaban exhibidos en una mesa las mechas, los buscaniguas, las sirenas, los volcanes… y colgados atrás los totes y las rodachinas, y en el piso los voladores y otros artefactos pirotécnicos. Mi madre observó con cuidado y, al final, me compró dos volcanes, de los más pequeñitos. Me puse feliz, a pesar de que ansiaba las luces de bengala. Enseguida volvimos a la casa. Mi padre nos abrió el portón. El sonido de la pólvora empezaba a oírse muy cerca. Después de comernos un tamal, que mi papá tenía por costumbre comprar para esas fechas, y acompañarlo con chocolate y pan, salimos a la calle a ver a los vecinos celebrar el veinticuatro.

Si uno miraba hacia arriba veía la cantidad de niños moviendo sus brazos con las luces de bengala, mientras otros saltaban de un lado a otro, porque alguien había prendido un “marranito” y no se sabía bien para dónde tomaba rumbo. El cielo se iluminaba con el destello de los voladores y en algunas partes era incesante el ruido de las mechas o el estallido de los torpedos. Cuando uno miraba hacia abajo no era tanta la algarabía ni el resplandor de la pólvora, pero se podía ver los que quemaban totes, los que amarraban una esponjilla con una cabuya, para luego prenderle fuego y hacerla girar como un rejo multicolor. Mis padres saludaban a los vecinos y los niños de la cuadra celebrábamos en común lo que era escaso para cada uno. Los Garzones podían echar “helicópteros” o darse el lujo de apuntillar en un palo de escoba cinco rodachinas que al prenderse la primera iba encendiendo la segunda en un espectáculo maravilloso. Así estuvimos por lo menos una hora, hasta que me animé a quemar mis volcanes. Mi padre estaba atento a mis movimientos.

—Agáchese, préndalo con la vela y apártese de una vez…

Por unos segundos la mecha del volcán parecía extinguirse, pero luego brotaba de aquel pequeño cono una explosión plateada de chispas, estrellas, fuego en miniatura. Apenas eran unos segundos, pero yo saltaba de la emoción, haciendo una ronda alrededor de aquel artefacto que poco a poco dejaba de expulsar aquellas luces fascinantes. Estos volcanes no explotaban al final, como si lo hacían los de pólvora “Mariposa”, más nada de eso me importaba en esos momentos. Apenas terminó el primero encendí el segundo, feliz de mi pequeña fogata multicolor. Como estaba haciendo bastante frío, estuvimos otros minutos en la calle, hasta que mi padre nos dijo que era mejor entrarnos.

Para cerrar el día comimos natilla, escuchamos música en el radio… nos tomamos otros vinitos, casi que acabamos la caja de galletas y como a eso de las diez nos acostamos. Mi mente y mi cuerpo sabían que el niño Dios llegaría a visitarme esa noche. Quise dormirme rápido, pero la emoción me desveló. El ruido de la pólvora no paraba de sonar. Por la pequeña ventana que daba a la calle se podía ver en el cielo el destello de los voladores de luces, esos que no explotaban, pero formaban figuras hermosas, como si fueran magos fugaces que pintaran en la noche.

Al despertarme al otro día, lo primero que hice fue mirar debajo de la cama. Vi un papel regalo en forma redondeada y otro paquete envuelto en papel de navidad. La dicha se me agolpó en la garganta.

—¡Vino el niño Dios! —grité—. ¡Sí pasó por aquí!

Mis padres sin levantarse de la cama me vieron llegar con los dos regalos.

—Abra a ver qué le trajo el niño Dios —dijo mi padre.

Mis manos tomaron el regalo redondo. Lo abrí con rapidez. Sí era un balón, pero plástico, de esos grandes con rayas rojas. Mi sorpresa se transformó en tristeza. Mi mamá notó mi desilusión.

—¿No era eso lo que le había pedido?

—Sí, era un balón, pero yo quería uno de cuero —respondí—, poniendo en mi voz un tono de reclamo.

—Eso pasa, mijo, no siempre lo que uno le pide al niño Dios es lo que le trae —interrumpió mi padre.

—¿Y qué será el otro regalo? —agregó mi madre.

No tan entusiasmado como la primera vez comencé a abrir el otro paquete que, por el tacto, parecía ropa. Mi intuición se confirmó: era un chaleco de lana azul.

—Felicitaciones —dijo mi padre—, extendiendo los brazos e invitándome a acomodarme entre ellos dos. Me abrazó con fuerza a la par que me acariciaba la cabeza.

—De pronto el otro año el niño Dios sí le cumple sus deseos…

Yo dije que sí con la cabeza, pero tenía como ganas de llorar. Con este ya llevaba dos años en que no se cumplían mis peticiones. A lo mejor el niño Dios solo le cumplía las promesas a los más pobres de la ciudad, o se había equivocado de dirección, porque yo creo que no era el único que pedía pelotas para jugar, o por ser tantas las solicitudes se había agotado la existencia de balones de cuero en el cielo.

—Al medio día vamos a comer pollo asado —me confesó mi padre—, a ver si con eso se le quita un poco la tristeza.

Ese malestar en el corazón no se me pasó de una vez. Pero al estar en medio de los brazos cariñosos de papá y mamá e imaginar que pronto saborearía las alas tostadas del pollo que vendían en El Semáforo en rojo, me ayudó a recuperar la alegría de aquellas fiestas navideñas.