Tres fábulas más

Tatuaje de Chris Garver.

La pantera y los animales en sacrificio

La pantera que, como se sabe, es astuta y vengativa, había decidido por mero capricho que los animales incluidos dentro de sus dominios debían, desde esa semana, elegir a uno de ellos para entregarse en sacrificio voluntario.

—Es inaudito —gruñó un pecarí— moviendo sus patas traseras.

—Solo a ella se le ocurren esas cosas —repuso un venado de grandes ojos.

—Eso es una locura —agregó un carpincho, levantando el hocico.

La pantera sigilosa había observado toda la conversación. De un salto salió de su escondite poniéndose en medio del grupo. Mirando a los animales de manera desafiante los interpeló:

—¿Así que ninguno está de acuerdo con mi mandato?

Con lentitud fue interrogando con su mirada a cada uno. Primero clavó sus ojos en el carpincho:

—Aunque de pronto es mejor morir así —repuso el chigüiro, con gesto complaciente—. De esta manera uno sabe quién es la próxima víctima y no anda con esa incertidumbre.

 Después la pantera se detuvo en el pecarí:

—Hasta uno tiene tiempo para prepararse —reforzó el saíno.

La pantera hizo un giro y posó sus ojos en el venado:

—Además, tarde que temprano de algo hay que morir —se apresuró a replicar el ciervo.

La pantera observó al grupo complacida:

—Muy bien. Estaré entonces esperando a que uno de ustedes me visite este viernes… Ojalá sea puntual —agregó burlonamente.

Como se ve, lo mejor que le puede pasar a un tirano es que los subyugados terminen justificando sus arbitrarios designios.

Las palomas y el busto

En la historia que sigue puede verse cómo, por el paso del tiempo o la altanera ignorancia, el pedestal de los sabios es el muladar de los necios.

La primera paloma que llegó a posarse en el busto (era de bronce macizo) se ubicó sobre el hombro izquierdo de la estatua.

—¿Tú eres un sabio? —le dijo en un zureo desafiante.

La estatua se mantuvo callada. La paloma de un corto vuelo se encaramó a la cabeza del busto. Allí continuó con su monólogo.

—¿Y de dónde sacas tus ideas?

El busto siguió imperturbable, poniendo sus ojos sin mirada en la avenida que estaba al oriente del parque.

—¿Y alguien viene a visitarte?

La paloma se apartó súbitamente de la cabeza de la estatua porque dos colegas vinieron a posarse en el mismo lugar.

—¿Y este es el personaje del que nos has hablado?

—Sí —contestó la paloma—. Este es —repitió—, mientras se trasladaba al hombro derecho del busto.

—A mí me parece, común y corriente —exclamó la otra paloma— inspeccionando la tierra acumulada en los surcos del cabello de la estatua.

La primera paloma guardó silencio.

Después de unos minutos, en los que continuó el diálogo fallido, las tres aves alzaron el vuelo. El busto quedó manchado, de los hombros a la cabeza, por los excrementos de las palomas.

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Ilustración de Robert Bissell.

El cisne blanco y el conejo brincador

El cisne blanco no entendía por qué el conejo se apareaba con cuanta hembra encontraba en su camino. “Yo soy libre de elegir a la coneja que más me gusta”, afirmaba el animal, dando un salto.  “Eso no está bien, le respondía el cisne; uno tiene una pareja para toda la vida”. El conejo trataba de explicar su comportamiento: “Pero a mí me gustan todas. Eso es algo que no puedo evitar”. El cisne, moviendo sus patas en el lago, se deslizó un poco más hacia su interlocutor: “Hay que elegir; de esta manera resolverás tu incesante correría”. El conejo apenas tuvo tiempo de responderle, antes de irse con largos brincos a perseguir una coneja que vio moverse en la espesura del bosque: “Así lo quiere la naturaleza; yo no hago sino cumplir sus mandatos”. El cisne se quedó con las palabras en su pico. De vuelta al centro del lago recordó la imagen de sus padres, cuando viejos, acicalándose uno al otro al finalizar la tarde. El cisne blanco tuvo pesar del conejo al pensar que estaba preso por lo mismo que tanto deseaba.

Ningún día sin una línea

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Jean Miélot trabajando en su scriptorium, Bélgica, 1456.

Es frecuente que mis amigos y alumnos me pregunten sobre cómo hago para publicar un libro cada año o para mantener una producción intelectual permanente. La respuesta inmediata, o la que tengo más a la mano, es la disciplina o la de trabajar, con dedicación y constancia, en determinado proyecto. Pero creo que vale la pena desmenuzar un poco más mi modo de producción escrita con el fin de que pueda servirle a colegas o discípulos.

Cuando hablo de tiempo y dedicación lo digo en el sentido de reservar en mi agenda unas horas o unos días específicos para tal fin. Por decirlo de otra forma: si no se aparta en el horario del día o de la semana un tiempo para el proyecto que tengamos en mente, seguramente lo que empezó con ánimo y amplias expectativas terminará sepultado entre las cosas urgentes y los agites de la vida cotidiana. Cuando era estudiante y trabajaba por las mañanas, siempre dedicaba las horas de la noche; ahora, saco sagradamente dos o tres horas al comienzo del día. Esa reserva de tiempo la vivo como si fuera una “obligación laboral”, y la defiendo a capa y espada contra las otras eventualidades que proliferan como maleza en tierra abandonada.

Sobra decir que este tiempo destinado para escribir, para leer y escribir, no es un invento personal. La mayoría de escritores expertos hacen lo mismo; unos más disciplinados que otros. Pero en todo caso, la mayoría dedica unas horas a cultivar su parcela; a que no pase, como quería Plinio el Viejo, refiriéndose al pintor Apeles, Nulla dies sine linea: ningún día sin una línea. Aquí es donde la voluntad convertida en tenacidad es imprescindible, porque no todos los días tenemos el mismo ánimo, ni siempre estamos tan volcados a la creación. Pero he ido aprendiendo, y esto hace parte de los saberes de los escribas devotos, que lo importante es sentarse durante ese tiempo frente a la hoja en blanco o al computador. Sentarse como niño que va a la escuela, como artesano en su mesa de trabajo. Ahí, ya acomodado en ese espacio, empiezan a aparecer ideas, motivos, temas de escritura que sin esa convocatoria de la hora fijada seguirían deambulando en lo innominado o etéreo. 

Lo otro que he hago, y a lo que me he referido en otras entradas de esta bitácora virtual, es ir poco a poco, avanzando a pedazos, sin querer de una vez terminar el gran proyecto. A veces lo vivo como un reto: escribir un corto ensayo todos los días; subir al blog una entrada todas las semanas; redactar las consideraciones para un novenario; escribir por lo menos tres aforismos diarios, durante un mes, sobre un tema específico… Esos retos los vivo de manera lúdica y son un estímulo mental y una compañía cuando voy por la calle o cuando soporto las reuniones interminables del mundo académico. En todo caso, así sea mínima la producción, lo que me interesa es ir minando, como la ola al acantilado, la mayúscula tarea que me he propuesto. Este estilo de escribir, como la tortuga, es el que ha hecho que termine ganándole a la liebre del “contar con todo el tiempo del mundo” o de “no estar ocupado en otra cosa”.

Paralelo a lo anterior o como consecuencia de andar lento pero sin dejar de caminar, me mantengo siempre conectado con un proyecto, con algo que agite mi mente y avive mi entusiasmo. La lectura es vital en esta red de confluencias y resonancias. Busco, investigo, tomo referencias, lleno mi libreta de apuntes, dejo registro en el diario o en “despertario”, hablo y converso sobre lo que voy encontrando, le sigo la pista a una intuición o un descubrimiento… Este es un modo de proceder que ya constituye un hábito: al dejarme poseer por lo que me interesa o me inquieta, he descubierto que le facilito a la ley de las correspondencias operar sus fuerzas insospechadas. Es cierto: si uno anda conectado con un asunto todo parece converger hacia ese punto. Es oportuno recordar que buena parte de las estrategias creativas provienen de esa inmersión o incubación en cierto campo de interés. Así que lo mejor es no desconectarse o abandonar lo que tenemos como meta. Bien sea como lectura, meditación o diálogo, lo fundamental es no dejar apagar el fuego de lo que empezó como una iniciativa estimulante.

Hay otra cosa que me gusta hacer y contribuye en cantidades a que la escritura fluya incesante: caminar. “El tacto de la ciudad se percibe por los pies”, decía Ezequiel Martínez Estrada; en consecuencia, podemos usar los pies para desentumecer las manos y avivar la imaginación. Este ejercicio ayuda a que circule la sangre, se despeje el pensamiento y cambie la perspectiva de nuestra mirada. Hay páginas caminadas durante muchísimos minutos y libros que han demandado recorridos interminables por calles y avenidas, por parques y caminos rurales. Y mientras deambulo, las ideas saltan a la vera del camino, se van acomodando mejor en un párrafo o relampaguean al fondo de mi cerebro, cual rayos fugaces. A veces pienso que al caminar, la soledad propia de la escritura halla una compañía en la que la meditación se acompasa con el ritmo de cada paso y logra así convertirse en otra forma de viajar. 

También utilizo la diagramación de lo que voy escribiendo como estímulo para avanzar en el proyecto en curso.  Darle forma de futuro libro a lo que produzco fragmentariamente, meterlo en una caja tipográfica e ir adaptándolo a un formato específico se convierte en una certeza de que la obra en proceso tiene prefigurado un rostro, una evidencia de realidad. A veces esas “ediciones caseras” empiezan por el anillado o por una compilación con un índice preliminar. Puede suceder que la “obra embrionaria” anide en una carpeta del escritorio de mi computador o haga parte de un nuevo fólder en el cajón de mi escritorio. Lo cierto es que al dotarlas de esa factura, el mismo documento diseñado se vuelve acicate, campana de alerta, aviso de lo que está pendiente o no debo dejar de visitar. Tal vez este recurso provenga de mi gusto por el diseño gráfico y del convencimiento de que la forma y el contenido se retroalimentan en una fructífera simbiosis.

El último aspecto, por no decir recurso o táctica de escritor, es tener a la mano una buena batería de diccionarios. Al lado de mi escritorio están, por ejemplo, el Diccionario de uso del español de María Moliner, el Diccionario de lengua española VOX, el Diccionario combinatorio del español contemporáneo dirigido por Ignacio Bosque, el Diccionario de ideas afines de Fernando Corripio y el Mega thesaurus de sinónimos y antónimos de Editorial Sopena. Me gusta frecuentarlos, manipularlos, ir de página en página por sus variadas acepciones, como si fuera un buscador de pepitas de oro o un biólogo que anhela hallar un espécimen desconocido. Mis diccionarios hacen las veces de colegas de taller o se asemejan a miembros de una hermandad que confían sus secretos únicamente a los más entregados al oficio. Al estar al lado mío, firmes y atentos, me dan confianza, me invitan a no levantarme de mi scriptorium y a redescubrir en cada página que redacto las delicias de una pasión vuelta destino.

Acción de gracias

Marie Cardouat

Ilustración de Marie Cardouat.

El día de acción de gracias, tan celebrado por estadounidenses y canadienses, es una fecha en la que se rememora el festival de la cosecha y se dispone el espíritu para el agradecimiento. Aunque sea en un día diferente al elegido por estos pueblos del norte de América, me ha parecido oportuno no dejar terminar este año sin reflexionar sobre algunas cosas que me han pasado, analizar determinados acontecimientos relevantes y ofrecer un sincero gesto de agradecimiento a las personas que han contribuido a seguir construyendo mi proyecto vital.

Acción de gracias por la certeza y el cobijo de mi familia. No acabaré nunca de agradecerles el cariño genuino, la solidaridad y los cuidados en mi enfermedad, la escucha en los desvelos y las palabras de aliento cuando más lo necesitaba. Sé también que sus oraciones son una fuerza intangible tan potente como el más eficaz medicamento. Me llena de regocijo saberme protegido por esos brazos y esas manos, por la ternura y el amor, que me mueven a levantarme y seguir de pie frente a las adversidades.

Acción de gracias por mis amigos y amigas que logran darle a la lealtad el rostro de la permanencia. Son pocos, pero son la zona de vínculo fraterno en la que puedo confiar sin tener la ambigüedad de los intereses o las maquinaciones engañosas. Esas amistades son como mis hermanos o hermanas, y representan una riqueza tanto más valiosa cuanto más pasa la edad. Varios de ellos me han mostrado grandeza cuando mi salud está quebrantada o los problemas se multiplican. Ahí estuvieron sus llamadas permanentes, sus mensajes de aliento, sus remedios caseros. Sentí que había siempre una voz, una presencia convertida en empuje vivificante.

Acción de gracias por mis estudiantes, especialmente los de la maestría en Docencia de la Universidad de la Salle. Había pasado mucho tiempo sin sentir que le hacía tanta falta a varias personas; me vi reconocido por ellos, y en sus ojos o en las saludes enviadas por colegas, los adiviné haciendo fuerza para que pronto apareciera en su salón a ofrecerles mi saludo y pasión por la docencia. Fueron los abrazos de mis estudiantes los que me sanaron la garganta para volverles a hablar; fueron ellos, los que me dijeron que la cosecha había sido buena y que no debía preocuparme por mi retiro de la universidad. Gracias a todos ellos, a los de Bogotá, a los de Casanare, a los de Pasto y a todos esos otros que mantuvieron su calidez y su preocupación; para todos mis estudiantes, y especialmente para los egresados, les reitero mi gratitud y me enorgullezco de haberlos tenido como alumnos. Cuánta humanidad hay en sus abrazos, cuánta abundancia en sus corazones.

Acción de gracias por las personas que durante este año me acompañaron en la realización de propuestas laborales, en la conquista de sueños profesionales o en el trasegar propio de mi ejercicio formativo. A través de su colaboración, de su gestión o de su confianza, varias ideas se cristalizaron en cursos, seminarios o conferencias. De igual modo, a mi equipo de trabajo más cercano, a quienes durante trece años hemos trajinado compartiendo un mismo objetivo de formación académica responsable y de calidad. Ese equipo merece toda mi gratitud, por su compromiso, por su lealtad, por su solidaria manera de convertir una experiencia de trabajo en una cálida camaradería llena de amistad y mutuo respeto.

Acción de gracias por los cómplices de camino, por esos seres que me entregaron como un regalo especial sus confesiones, sus historias, sus angustias más preocupantes. A esas personas, por departir las peripecias de la vida al lado de un café, por hacerme parte de su existencia, por caminar conmigo muchas calles, a ellas, no solo les debo gratitud, sino un especial afecto por haberme hecho parte de su cotidianidad, por dejarme entrar a sus corazones, por ofrecerme un lugar privilegiado en sus elecciones y preferencias. Mi agradecimiento se transforma en silente discreción y generoso cuidado; solo así se puede corresponder a quien bien tiene ofrecernos la desnudez de su alma.

Acción de gracias por el reconocimiento que los hermanos de la Salle y la Universidad en la que he trabajado por más de una década, hicieron “a una vida dedicada a la formación de maestros y a la invaluable producción intelectual en relación con la lectura y la escritura como ámbitos esenciales para el desarrollo del pensamiento crítico”. Este honor lo tomo como un reconocimiento a todos aquellos que siguen izando la bandera de la docencia como una forma de construir esperanza para las nuevas generaciones y de contribuir a la formación de un país menos inequitativo y más propenso para la convivencia. A los hermanos de la Salle les agradezco el haberme respaldado en muchas de las iniciativas, eventos y publicaciones que posibilitaron la acreditación de alta calidad del posgrado a mi cargo. A los hermanos de La Salle mi gratitud por haberme ayudado a entender la importancia de la relación pedagógica, el valor del acompañamiento formativo, y el sentido hondo de la democratización del conocimiento.

Acción de gracias por la ayuda ofrecida de mis colaboradores cotidianos, de mis aliados incondicionales, de esas personas acuciosas y solícitas para convertir ideas en obras, utopías en realidades. Todas esas manos y todas esas voluntades han aligerado el peso de mis retadoras empresas y han sido garantía para los buenos resultados. Sin esos brazos, sin esos consejos, sin ese patrocinio hecho de saberes y oficios, difícilmente mis proyectos más esenciales hubieran podido finalizarse satisfactoriamente.

Acción de gracias, finalmente, a las divinidades protectoras de la vida por permitirme gustar de otro año de existencia, por los múltiples y variados aprendizajes y por dejarme seguir sorprendiéndome de la maravillosa experiencia de ser y convivir con otros en esta parcela de mundo. Del mismo modo, a mi ángel custodio por cubrirme con sus alas en las situaciones adversas o librarme del peligro de la desesperanza. Y al benigno azar o a la estrella de la fortuna por los enriquecedores viajes y por transformar lo inesperado y extraño en un magnífico regalo envuelto en la odisea de cada día.

Novena, día 9: La vida

Gerard van Honthorst

“La adoración de los pastores” de Gerard van Honthorst.

Poner en el centro de las celebraciones navideñas la figura del nacimiento de un niño es un símbolo de exaltación a la vida. Asistimos o acompañamos, día tras día, el milagro de la natividad. La vida recobra su trascendencia y celebramos mancomunadamente la alegría de acudir a tal evento. Más allá de creer o no en esta conmemoración de la religión católica, resulta significativo poner de nuevo nuestra atención sobre el sentido y la relevancia de la vida humana.

Llegar a la vida es un acto, en sí mismo, maravilloso. La conjugación de los imperativos de la biología y la complicidad entre dos seres permite que entremos al mundo. Y aunque no pedimos o determinamos cómo hacerlo, una vez ya logramos estar en este universo, nos aferramos a él con todas nuestras fuerzas. Participar de la vida, de su desarrollo, del ciclo que nos hace niños, adultos y luego viejos, es un viaje que nunca pierde su fascinación. A pesar de las vicisitudes y los problemas, de las angustias y las reiteradas luchas por la existencia, la experiencia de vivir o haber vivido largo tiempo, es un acontecimiento digno de recordación y de agradecimiento. La vida es un don, un regalo de las estrellas, una odisea de permanentes descubrimientos. 

Por ser algo espléndido y excepcional, por darse de manera única e irrepetible en cada uno de nosotros, merece todo nuestro cuidado. Cuidar la vida es atender nuestra salud, ser preventivos y no meramente curativos; cuidar la vida es tener una vigilancia sobre nuestros apetitos y nuestros pasiones; cuidar la vida es también saber elegir nuestras relaciones y el modo como atendemos o satisfacemos nuestros afectos y nuestros sentimientos. No sobra repetir esto: el cuidado de la vida empieza con el cuidado de sí mismo. Pero no es solo un asunto del cuerpo, de igual modo tenemos que cuidar nuestra alma, nuestros valores, nuestra ética. Si nos cuidamos es porque tenemos, como lo pedía el sabio Sócrates, un continuo examen sobre nosotros mismos; porque no vivimos en función de la inmediatez de nuestras pulsiones, sino guiados por la reflexión y la prudencia.

Y ese cuidado de la vida conlleva, aún con mayor responsabilidad, al cuidado del otro, del prójimo. Si valoramos la vida propia, si la tenemos en alta estima, con mayor razón deberemos vigilar para que la vida del semejante sea siempre digna, respetable. Cuidar al otro es ofrecerle siempre un trato amable, deferente, nunca grosero; cuidarlo es empezar por escuchar sus razones y comprender sus diferencias. La vida de los demás nos demanda reverencia y freno a nuestros caprichos. Porque cuidamos a los otros es que observamos y cumplimos las normas y los acuerdos sociales, aprendemos a ser mejores ciudadanos y nos hacemos más tolerantes, más solidarios. El cuidado de los otros es, en últimas, un compromiso con la no agresión, con la no violencia.

De otra parte, la vida trae consigo una cuota de responsabilidad. Si bien es cierto que bastaría con degustarla de cualquier manera, a la topa tolondra de las circunstancias, la vida exige que le demos una dirección, que la convirtamos en un proyecto. Eso es lo que dota de sentido a la sobrevivencia. ¿Qué deseamos hacer con nuestra vida?, ¿hacia dónde queremos conducirla?, ¿cuál es la razón fundamental que inspira nuestras acciones? Para responder a esos interrogantes es necesario elegir un norte en nuestra existencia: a veces, esa estrella polar está en los hijos, en una causa noble, o en un motivo personalísimo. La vida, así iluminada e imantada, halla un camino orientador y colmado de importancia. Vivimos por algo, para algo; dejamos de subsistir y nos volvemos protagonistas de nuestra historia.

Precisamente, porque la vida adquiere un significado mayor al de la subsistencia es que no vale la pena empobrecerla con el pesimismo amargo o el desánimo desesperanzador. Siempre habrá más motivos para celebrar la vida que para maldecirla: tener una familia, ser amado por alguien, poder disfrutar el renacer de un nuevo día, ocuparnos en un oficio, caminar o conversar con los amigos, compartir un alimento, atrevernos a empezar una aventura… El optimismo hacia la existencia, hacia sus posibilidades y sus revelaciones inéditas, continúa siendo la mejor prueba de que la vida es más poderosa que la muerte. Velar para que la vida conserve su feliz irradiación es una de las tareas cotidianas que cada ser humano tiene sobre sí mismo y debe proteger especialmente en los demás.

Novena, día 8: La fe

Manos rezando

“Manos rezando” de Alberto Durero.

Dice el adagio que la fe mueve montañas y que sin fe muchas cosas negativas no logran tener solución. También se afirma que la fe genuina presupone el fervor y que la fe ardiente y entusiasta convoca al milagro. Pero sin entrar a complejas divagaciones teológicas, lo que resulta significativo en el contexto de la fiesta de la natividad es reflexionar sobre el sentido y los alcances de la fe, es permitirnos el autoexamen y sopesar qué tanta fuerza real tienen nuestras creencias religiosas y de qué modo contribuyen a cualificar nuestro ser y el convivir con nuestros congéneres.

La fe, como se sabe, es una actitud vital acorde a unas creencias, que se convierte en garantía para actuar de una especial manera y relacionarse con los demás. Ese convencimiento íntimo se evidencia en la práctica de unos valores, en la convicción de seguir unas virtudes o en la devoción por determinadas divinidades trascendentes. A pesar de ser una manera individual de convencimiento es, de igual modo, un signo de participación social. La fe regula, direcciona, da soporte, busca la asociación, afianza sentimientos profundos.

La fe, en sentido estricto, es la adhesión inequívoca hacia una religión. Profesar esa fe es compartir un conjunto de creencias y dar testimonio de las mismas. No es un asunto solo de ideas metafísicas, sino especialmente de acciones y relaciones vivas. Se profesa una fe cuando hay concordancia entre lo que se cree y como se actúa, entre el escenario de la oración y la beatitud y ese otro que acaece con nuestra pareja, en el hogar, en el vecindario. Si algo pide la fe es coherencia en nuestra vida; si algo exige es atestiguamiento, pruebas de que aquello en lo que creemos puede certificarse con nuestro proceder cotidiano. La fe nos compromete, nos implica, nos suscribe a un orden moral y, en muchos casos, a abrazar y defender un tipo de ética.

En otra perspectiva, menos sagrada, la fe también es una extraordinaria forma de confianza en uno mismo, de certeza íntima en alcanzar una meta, lograr atravesar una situación adversa o ir más allá de los propios límites. La fe, así entendida, es un refuerzo a la voluntad, un vigoroso estímulo para la acción y la continuidad en los propósitos. Sin esa fe renunciaríamos al primer escollo que apareciera cuando llevamos a cabo un proyecto; sin fe fácilmente sucumbiríamos al veredicto desesperanzador de una enfermedad; sin fe nos conformaríamos con la suerte o con las condiciones que a bien tuvo darnos la naturaleza. La fe hace que nos atrevamos a vencer muchos temores, a no desistir de una posible curación, a sobreponernos del infortunio, a intentar vencer nuestras restricciones o dificultades físicas.

No obstante la importancia de tener una fe incitante y reguladora, deberíamos tener cuidado para que ella no se vuelva motivo de conflicto con las otras personas. La fe madura no quiere ser fanática; la fe adulta es incluyente. Y menos aún, convertirse en un sectarismo acusador. Entender la diversidad de creencias es un mandato de la sana convivencia y de una ciudadanía saludable. No podemos, por la piedad exaltada o la idolatría apasionada, ir a todas partes pregonando la equivocación de los demás, denunciando y tachando el pecado ajeno y considerándonos en la única vía de salvación. Una fe prudente riñe con la intolerancia y la intransigencia. Cuando la fe alcanza su mayor nivel de desarrollo moral deja de ser una lucha de supremacía por convertir al descreído y se convierte en un motivo para el diálogo ecuménico y la solidaridad fraterna.

En todo caso, la fe es muy importante para mantener equilibradas las fuerzas de nuestro espíritu o nuestro psiquismo. Cuánto le deben los enfermos desahuciados y los marginales empobrecidos a la fe; cuánto los solitarios y proscritos en una cárcel; cuánto los que están atribulados por las dificultades y los problemas enloquecedores. Es mediante la fe como los seres humanos recuperan la esperanza, es con fe que se vuelve a sembrar la semilla en la aridez de la existencia, y es con la ayuda de la fe como se soporta la vejez y se hace más llevadero el tránsito hacia la muerte. Por lo tanto, no es un asunto banal el tener o no tener esa convicción suprema, esa certeza en nuestro corazón. 

Novena, día 7: La confianza

Julia Solans

Ilustración de Julia Solans.

En un mundo que ha acentuado la competencia y la deslealtad para lograr el éxito, en una sociedad cada más escéptica del vecino, es bueno volver a poner en el centro a la confianza. Por ser ella una especie de esperanza firme en las personas, por considerarla la base de muchas modalidades de relación interpersonal y porque sin ella se arruina el tejido de la sociabilidad y se malogran los vínculos de lo íntimo. Necesitamos que la confianza sea un eje ético a partir del cual podamos abrir nuestro corazón sin temor a ser engañados o abrir las puertas de nuestras casas sin el miedo a ser asaltados en nuestra hospitalidad. Requerimos que la confianza y no la delación sea el soporte de nuestra civilidad, y que confiar sea el modo como recuperamos la fraternidad y el espíritu solidario.

Y para evitar las objeciones de parecer cándidos o ingenuos frente a este cometido, deberíamos proveernos de mucha autoestima y de una fe interior que apacigüe la duda y nos aquiete los prejuicios. Para atrevernos a confiar es indispensable conocernos bien, habernos examinado para saber lo que somos en verdad, y tener la suficiente abundancia de corazón como para que nuestras elecciones no dependan del fluctuar de los demás. Además, si nos atrevemos a confiar es porque las coordenadas de nuestro proyecto vital están bien definidas, y en consecuencia podemos deambular por las peripecias de los afectos ajenos sin que perdamos el rumbo de lo que queremos. 

Es importante recordar que la confianza se conquista: con nuestra prudencia, con nuestras actuaciones, con nuestro cuidado al hablar o con la discreción. Se requiere sabiduría e integridad para que alguien nos considere dignos de confianza, al igual que entereza de espíritu para mantenernos fieles y leales a los acuerdos y los juramentos. Así digamos y proclamemos que somos personas confiables, será nuestro comportamiento cotidiano el que evidencie o testimonie tal afirmación. Porque son los otros los que rubrican tal calidad moral, son las personas más allegadas las que avalan tal certidumbre. La confianza no se presume; nos la reconocen.

¿Y cómo se gana la confianza?, podemos preguntarnos. Seguramente la primera respuesta está asociada a la lealtad o la fidelidad a un compromiso, a una relación, a un proyecto. Al ser firmes en ese empeño, en ese pacto o en esa asociación, iremos ganando más y más confianza. Si con nuestros comportamientos damos prueba de que no defraudamos a los demás, que podemos mantener una adhesión a pesar del paso de los años, o que no abandonamos al amigo o compañero apenas tiene un revés de la fortuna, el resultado será que nos consideren personas confiables. La otra causa proviene de la sinceridad o la franqueza, de la transparencia en el trato. Confiamos en alguien porque no nos dice verdades a medias o anda astutamente en dobles aguas. Es por esa sencillez generosa y por la limpidez en sus afectos que una persona logra inspirar confianza y hacerse depositaria de toda nuestra credulidad.

La confianza se defrauda, se erosiona, se quebranta. Es decir, pierde su consistencia, su fuerza relacional, por muchos motivos. El más frecuente de ellos es la traición: el engaño, la perfidia o la delación ponen en vilo lo que era compacto o resistente; lo que parecía imposible de romper o que poseía la firmeza de las promesas hechas con sangre, muestra su falsedad, su impostura o su inconstancia. Se fractura la confianza cuando divulgamos un secreto puesto en nuestras manos como una sagrada confidencia; cuando pervertimos el sentido hondo de un compromiso amoroso; cuando la astucia y la mentira pueden más que la familiaridad y el cariño.  Otro de los motivos es la falta de honradez. Cuando la ambición o la codicia fisuran o rompen el saco de la confianza es porque nuestra voluntad o nuestros valores son inferiores a la tarea de custodia que nos ha sido encomendada. La falta de probidad o de conducta intachable transforma la confianza en recelo, suspicacia o prevención.   

Ojalá podamos, en nuestras relaciones personales o en nuestro trabajo, ser dignos de confianza. Que las acciones que hagamos, que nuestra discreción o nuestra lealtad nos permitan concitar ese sentimiento de seguridad. Si tal fe logramos provocar, si los demás se sienten tranquilos para ser como son, si hallan en nosotros la suficiente reserva como para hacernos partícipes de su intimidad, habremos logrado ser garantes de los vínculos sociales y ejemplo de que la certidumbre es más provechosa que el miedo o la sospecha.

Novena, día 6: El diálogo

JOSÉ LUIS ÁGREDA

Ilustración de José Luis Ágreda.

Es posible que el exceso de rencillas, la exagerada violencia entre parejas o entre los miembros del grupo familiar se deba a que hemos ido perdiendo la costumbre de dialogar, de tratar de acudir a la conversación, como un recurso para expresar nuestras molestias o nuestros desacuerdos. Al no darle a la conversación esa importancia nos hemos quedado con el estallido de las emociones y con el ambiguo significar de los sobreentendidos o los irresponsables prejuicios. Si no abogamos por las bondades del diálogo nos iremos acostumbrando a la agresión alevosa o al aislamiento emponzoñado.

El diálogo se deriva de nuestro gusto por el encuentro, por establecer lazos afectivos, por renovar relaciones. Dialogamos para conocer a otras personas y para afianzar determinados vínculos. El diálogo es una de las claves de nuestra sociabilidad y un medio inigualable para que las desavenencias no prosperen o los malentendidos logren subsanarse. Sin el diálogo, sin la conversación, estaríamos condenados al mutismo de la soledad o al ostracismo de los apátridas; mediante el diálogo desahogamos las penas, pedimos ayuda, nos hacemos copartícipes de experiencias ajenas y construimos un relato capaz de darle sentido a nuestra historia y a la de los demás. Quien tiene por hábito dialogar alberga o guarda menos pesadumbre en el corazón y mantiene abiertos los brazos para lo comunitario.

La conversación presupone que la otra persona con quien nos juntamos la consideremos un interlocutor válido. El diálogo empieza con ese reconocimiento y prospera en la medida en que le damos la oportunidad a otro ser para que nos enriquezca, nos interpele, nos amplíe nuestros horizontes. Conversamos para expandir nuestras fronteras y favorecer la retroalimentación, que sigue siendo la mejor forma de vencer nuestro individualismo ególatra. Al dialogar, el “tú” de los demás entra a formar parte del “yo” hasta tornarse en un “nosotros”. Y son los demás, cuando así los aceptamos e incorporamos en la conversación, los que pueden sacarnos de las cárceles del dogmatismo o la testarudez. Porque somos seres dialógicos sabemos que la polifonía es más provechosa y más fértil que el monólogo.

Pero saber dialogar requiere una gran capacidad de escucha. Se es un buen conversador en la medida en que lo que dicen o comentan los contertulios sea significativo e interesante para nosotros. El diálogo no depende tanto de lo mucho que decimos, sino de la paciente escucha que podemos ofrecerle a otra persona. Porque sin esa atención intensa y empática es muy difícil que se logre traspasar la barrera de la confianza. La escucha es la garantía para que en el diálogo aflore la intimidad, se produzca la confesión y se pueda hacer “catarsis” de los dolores que aquejan el alma. Dialogar, por lo mismo, es una asociación espontánea en la que dos o más personas deciden libremente escucharse entre sí para aliviar las cargas de la existencia, compartir un logro, discutir un tema o solazarse, con un buen vino, en los goces de la lúdica de la palabra.

De todas las bondades del diálogo, la más valiosa o más necesaria es la de ser un medio para evitar o resolver los conflictos. Si tenemos la voluntad de dialogar difícilmente recurriremos a la violencia física o a la agresión denigrante; por el contrario, tenderemos siempre a pasar los desacuerdos por el filtro de la conversación. Procediendo así se disipan las dudas, se atenúan las maquinaciones, se buscan soluciones colegiadas. El diálogo es un fármaco efectivo para contrarrestar la incomprensión y la no siempre fácil lógica de los sentimientos y los afectos. El mutismo o la indiferencia no son buenos consejeros cuando del corazón se trata. Conversar es más provechoso, más sanador y contribuye a que la confianza vuelva a su cauce. Por eso es esencial dialogar a tiempo, no dejar que los resentimientos hagan nido en nuestra alma, atender oportunamente el inicio de la animosidad o el rencor.

En resumidas cuentas, nos hace falta en esta época dialogar más, romper la burbuja del ensimismamiento de las nuevas tecnologías, ofrecer el coloquio cara a cara para celebrar, vivificar las relaciones y sentirnos parte de una colectividad. Es urgente dejar por unas horas la dependencia de los aparatos y revivir la grata reunión con seres de carne y hueso. Tenemos que recuperar la práctica de la tertulia, mantener el rito de compartir un café, o hacer en familia la novena de navidad, como maneras de darle al diálogo su potencial interactivo y contribuir a que el aislamiento de nuestro tiempo no siga propagándose en nuestros hogares.

Novena, día 5: El reconocimiento

Joao Fazenda

Ilustración de João Fazenda.

Las épocas de cierre laboral o de fin de año, la gratitud que circula como viento dadivoso en la época navideña, el anhelo de ofrecer felicidad y bienaventuranza a manos llenas, todo ello debe llevarnos a reflexionar sobre la relevancia del reconocimiento y su trascendencia para los seres humanos. Ponernos en esa actitud de agradecimiento o retribución a los que nos sirven, con quienes trabajamos o comparten día a día nuestra existencia, es una bella manera de enaltecerlos y dignificar su contribución o su apoyo amoroso a nuestras metas más queridas.

El reconocimiento nace de hacer un balance sobre las personas que a diario nos acompañan o de esas otras que, hombro a hombro, dan forma a una familia o ponen el plato de alimento caliente en nuestra mesa. Ese ajuste de cuentas, que por la costumbre o la cercanía dejamos de efectuar con frecuencia, es el que nos lleva a ofrecer palabras de elogio o a simbolizar en un regalo nuestra retribución por los favores recibidos, por la compañía incondicional, por la certeza de una presencia. Dichas exaltaciones dicen de nosotros que estamos en deuda con esas personas y que necesitamos rubricar con gestos su valía en nuestra existencia. Al reconocerlas ponderamos su esencial contribución a nuestro proyecto vital o la incidencia que tienen en nuestros logros.

Por eso son tan esenciales los ritos: ellos ayudan a que el reconocimiento tenga una mayor trascendencia, que despliegue cierto aroma sagrado a partir del cual lo más cotidiano o banal adquiera el tinte de lo significativo o digno de grandeza. Y aunque esos rituales sean llevados a cabo en la mesa familiar o en los recintos más humildes, a pesar de no contener en sí mismos cuantiosas sumas de dinero, son poderosos porque muestran nuestra preocupación para que la otra persona se sienta importante y sea atendida como bien lo merece. Los ritos de reconocimiento hacen que lo sencillo, el detalle más insignificante, adquiera una relevancia mayúscula, tanto como para anclarse en forma de recordación y crear en el espíritu de los reconocidos una alegría por la tarea cumplida o el vínculo establecido.

Reconocer es ponerle a la cara anónima un rostro personal y único. Quien así procede es porque no vive o convive con seres desconocidos o indeterminados. Por el contrario, se esfuerza por reconocer en cada quien lo que tiene de singular. Por momentos, reconocer es evocar a una persona y conservarla viva en nuestra memoria; en otros casos, el reconocimiento consiste en buscar a alguien específico para darle un abrazo, hacerle una llamada, invitarlo a una comida. Las personas que proclaman y ofrecen reconocimiento poco hablan de clientes o de estadísticas impersonales; están más bien inclinadas a propiciar el diálogo fraterno, la visita renovadora de las relaciones interpersonales, la poderosa fuerza del encuentro.  Cuando se reconoce al semejante la historia personal substituye a los guarismos abstractos.

Reconocer a los más cercanos es lo más difícil. Bien sea porque nos habituamos a sus mimos y cuidados o porque de tanto contar con su presencia terminamos por pasarla inadvertida. Esa parece ser la paradoja en la que se mueve el reconocimiento: si está muy cerca el ser que nos importa y nos sirve denodadamente, nos parece que no necesita tal estímulo afectivo; pero si ya no está con nosotros, si su muerte o su lejanía nos interpela, entonces sí parece digno de nuestros elogios y de muestras de gratitud. Tal vez deberíamos cambiar la perspectiva y no esperar a que la ausencia de determinados seres nos revele lo que ya sabemos: que gracias a ellos nuestra existencia es menos dura y la soledad más llevadera, que por ellos nos hemos recuperado con prontitud de una enfermedad, que sin ellos buena parte de nuestras metas habrían quedado a medio camino.

A veces el orgullo o la soberbia, cuando no la ingratitud altanera, son los causantes de nuestra falta de reconocimiento a los demás. Pensamos que realzar o encomiar al amigo, al ser querido, al trabajador o colaborador, nos hace dependientes o nos subordina el espíritu. Equivocadamente creemos que “no debemos deberle nada a nadie” o que nuestra estima se rebaja si nos mostramos humildes o agradecidos. Nos falta sutileza moral para entender que los actos o expresiones de reconocimiento brotan de la grandeza de espíritu y no de la pequeñez de nuestros egoísmos o la tacañería de nuestros afectos. Reconocemos a otros porque tenemos amplitud de corazón, porque nos sabemos necesitados, y porque vemos a las personas no como fichas utilitarias sino como aliados insustituibles.

No perdamos, entonces, la oportunidad de reconocer a los que más nos sirven o nos entregan cotidianamente su amor, no nos cansemos de reiterarles nuestro aprecio y gratitud. Convirtamos ese reconocer en un mensaje de paz y concordia decembrina.

Novena, día 4: La sinceridad

Javier Jubera García

Ilustración de Javier Jubera García.

En un contexto en el que abunda el encubrimiento, la trampa y la mentira campea por doquier, mostrarnos sinceros es una tarea de primer orden de nuestro carácter y una garantía para la permanencia en el trato con las personas. Si nos comportamos de esa manera, si hay franqueza en nuestro decir y autenticidad en nuestro actuar, en mucho ayudaremos a destronar el imperio de la hipocresía y la artificialidad que nos ronda como una atmósfera asfixiante.

La sinceridad empieza por no perder nuestra espontaneidad; en asumir tranquilamente, con naturalidad, un pasado, un origen, unas marcas de identidad que se traducen en un modo de hablar o de pensar. Si nos libramos del esclavismo del “qué dirán”, si no falsificamos nuestra esencia por la apariencia y la vanagloria, seguramente seremos más felices y haremos más plenos a otros. Si somos espontáneos en la manifestación de nuestros afectos, si menos elucubramos la expresión de nuestros sentimientos, tendremos un mejor escenario para hallar el amor, mantener una amistad o consolidar los lazos de confianza entre familiares o  con colegas de trabajo. Cuando los demás perciben nuestra sinceridad abren una vía para la lealtad y lo fraterno, para el abrazo abierto y la mano sincera.

Al actuar de otra manera, al construirnos una personalidad artificial; al elaborar sofisticados montajes sobre lo que no somos, o aparentar lo que no tenemos, terminamos desfigurando nuestro ser, lo vamos diluyendo en una gelatinosa figura tan poco confiable como carente de certidumbres. La falta de sinceridad nos va llevando al autoengaño, a volvernos solapados y a tener lo postizo como moneda de trato cotidiano. Lo engañoso y disfrazado, la mascarada,  termina por imponérsenos como el propio rostro. Olvidamos la gran lección de Rubén Darío, el poeta nicaragüense, quien nos había dicho que “ser sinceros es ser potentes” y que “de desnuda que está, brilla la estrella”.

Por supuesto, la sinceridad y la verdad van de la mano. Es muy difícil ser sinceros cuando detrás de nosotros no tenemos sino la sombra de la mentira. Pero no es únicamente la veracidad la que avala el ser sinceros, también están la honradez y la rectitud. Esas otras virtudes, o esos otros valores, son los que respaldan un actuar leal y abierto, franco y cordial. Porque no hay nada de qué avergonzarse, porque se tiene la conciencia limpia, se puede ser sincero y manifestarse sin hipocresía alguna. Aquí es oportuno decir que la sinceridad impone un cuidado sobre el itinerario de nuestra historia personal, una vigilancia sobre nuestra vida privada y, especialmente, sobre nuestra vida pública. Si ese recorrido vital es íntegro, si hemos logrado, como dicen los filósofos, llevar una “vida buena”, podremos obtener el derecho a ser sinceros, tendremos la autoridad moral para manifestarnos sin eufemismos y con verdad.

De otra parte, la sinceridad nos impone una valentía o una fuerza interior capaz de sobrepasar los miedos o las angustias de expresar lo que pensamos o sentimos. No es aconsejable callarse lo que a todas luces fractura nuestra alma o nos apesadumbra el espíritu. Por eso, para ser sinceros se necesita vigor en el corazón, decisión y coraje en la voluntad para no “atragantarse” o soportar con hondo rencor lo que nos ofende, humilla o mortifica. Declarar, decir, confesar, descargar con sinceridad la culpa o la afrenta que nos quita el sueño o descompone nuestras vísceras es una forma de “mayoría de edad” de nuestras emociones. Lo peor es –por cobardía o pusilanimidad– hacer como si nada, dejar que las cosas sigan su “curso normal”, fustigar la fiera herida del resentimiento. Si hay coraje íntimo, la sinceridad apacigua los odios y el resquemor que lleva a la desconfianza.

Es probable que al actuar con sinceridad se nos diga que somos ingenuos o que nos falta suspicacia para adivinar el maquiavelismo del prójimo. O que nos tilden de cándidos por no prever los efectos nefastos de los marrulleros y taimados. O que nos censuren por querer agrandar los problemas y sacar a la luz lo que debería permanecer encubierto. Todo eso es posible. Pero aun así, a pesar de tales críticas, la sinceridad nos debe permitir ser genuinos, mantenernos sencillos, abrir con claridad las ventanas de lo que somos. Mejor ser y proceder de esa manera, que deambular como fingidores o farsantes en el teatro brumoso de la falsedad.

Novena, día 3: El respeto

Miramiento a nuestros mayores

Todo lo que hagamos por reivindicar o destacar el valor del respeto es fundamental para la sana convivencia y el fluir de las relaciones humanas. Sin ese lubricante se atascan los vínculos, se dificulta la vida en pareja y en familia y se está siempre abocado al conflicto o la agresión interpersonal. El respeto es la base de la interacción entre personas y uno de los pilares fundamentales para construir comunidad. Por ello es significativo ponerlo como un propósito de actuación pacífica y como un emblema de los tiempos de fraternidad navideña. 

Aprender a respetar a nuestros padres es el primer mandato de la crianza genuina. Gracias a tal consigna las nuevas generaciones tienen un lazo con la tradición y se permiten una continuidad con sus descendientes. Respetar a los progenitores, resulta esencial si queremos que el legado moral del pasado no se haga trizas o se desvanezca entre la insolencia y el desacato. El respeto parte de la consideración a los que nos dieron la vida, a los que formaron nuestra primera salvaguarda para nuestra endeble existencia y a los que nos prodigaron un techo y un alimento. No podemos ser groseros o irreverentes ante esos brazos y esas manos amorosas, y menos cuando han permanecido ofreciéndonos cuidado y apoyo a lo largo de muchos años.

Este imperativo del respeto se hace extensivo a nuestros mayores. Los abuelos, los más viejos del clan familiar, son otros depositarios de nuestra deferencia y nuestra atención. Si somos amables y considerados con ellos, si observamos ciertos modales de cuidado y escuchamos sus palabras, muy seguramente honraremos y enalteceremos su valía como personas. Porque seguimos admirando y dignificando la presencia de nuestros mayores es que les debemos gratitud y solicitamos sus consejos sabios o su voz orientadora. Respetar a los ancianos de la tribu es reconocer que nuestra verdadera fuerza está en las raíces que nos soportan y en el legado cultural tejido a lo largo de muchas estirpes.

Pero el respeto no solo abarca al núcleo familiar; cobija de igual modo a los demás, llámense vecinos, semejantes o personas de nuestra comunidad. Respetar a las otras personas es uno de los principios de la buena ciudadanía. Es respeto tiene que ver con la zona sagrada de su intimidad, con sus credos o sus preferencias sexuales, con sus inclinaciones, sus gustos o sus particulares maneras de entender la vida. Si somos respetuosos, en consecuencia, somos más tolerantes y grandes defensores de las minorías. El respeto nos hace proclives a entender el pluralismo, la divergencia, los matices y el abanico de las diferencias. Por tener enarbolado en nuestro espíritu el respeto somos más incluyentes, menos fanáticos y altamente participativos.       

Pero ese imperativo del respeto no cubre solo a los individuos, también incluye los pactos, las leyes, los acuerdos sociales. Si somos respetuosos de las normas tendremos menos conflictos y podremos facilitar la convivencia; si no buscamos profanar o desobedecer los preceptos que garantizan un orden dentro de la vida en común, mayor será nuestra confianza en nuestros gobernantes; si acatamos las observancias con las que la vida cotidiana nos regula, disminuirán los motivos de conflicto o los conatos de violencia que tanta sangría provocan en transeúntes y paseantes citadinos. Respetar las normas o los mínimos códigos de lo público es la garantía para que nuestro propio mundo sea respetado por los demás.    

Desde luego, el respeto a los otros no puede darse sin el respeto a nosotros mismos. Al sentirnos dignos, valiosos, cabales, nos debemos un miramiento y un aprecio especial. Por querernos y tener una alta autoestima no nos denigramos ni nos sometemos a la humillación condescendiente. Por sabernos más que un cuerpo finito es que nos llenamos de espíritu trascendente y voluntad alada, y por eso somos respetuosos de los ideales y los sueños imposibles. Sin el respeto a nosotros mismos, sin ese cultivo de sí, sería imposible considerarnos dignos de ser amados o necesarios e importantes para nuestros congéneres.

Resulta oportuno en este tiempo, al menos como una ofrenda decembrina, procurar el respeto con nuestros gestos y nuestras palabras. Que merme la grosería entre parejas o familiares, que no agobiemos al vecino con nuestros escándalos, que reverenciemos cariñosamente a nuestros ancianos, que no desperdiciemos nuestra vida en acciones denigrantes o conduzcamos nuestro ser a relaciones vergonzosas.