Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro

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Ilustración de Marcelo Escobar.

Alexander: En las pasadas vacaciones de fin de año volví a leer Altazor de Vicente Huidobro.

Diana María: Sí, yo conocí esa obra cuando estudiaba literatura. Altazor o el viaje en paracaídas.

Alexander: Es un poema extenso en siete cantos… Con esta obra Huidobro le dio a la poesía latinoamericana nuevas fuerzas y posibilidades creativas.

Diana María: Este poeta chileno escribió otras obras tanto en prosa como en verso… Me acuerdo ahora de Las pagodas ocultas, El espejo del agua, Poemas árticos,

Alexander: El ciudadano del olvido, Poemas giratorios, Temblor de cielo…

Diana María: Pero su obra cumbre, sin lugar a dudas, es Altazor.

Alexander: Mira, aquí tengo el ejemplar que terminé de leer. ¿Quieres que te recuerde algunos apartados:

Diana María: Vamos a retroceder en el tiempo… Te escucho:

Alexander:

“Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?

¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa

con la espada en la mano?

¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como

el adorno de un dios?

¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser?

Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir

¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce de todos

los vientos del dolor?

Se rompió el diamante de tus sueños en un mar de estupor

Estás perdido Altazor

Solo en medio del universo

Solo como una nota que florece en las alturas del vacío

No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza

¿En dónde estás Altazor?

Diana María: Para mí Altazor es el periplo de una caída…

Alexander: Sí, así es:

“Eres tú tú el ángel caído

La caída eterna sobre la muerte

La caída sin fin de muerte en muerte

Embruja el universo con tu voz

Aférrate a tu voz embrujador del mundo

Cantando como un ciego perdido en la eternidad”.

Diana María: Haciendo memoria, me parece que Altazor es un poema difícil. Un poema que es, según los críticos literarios, una rebelión de la palabra. La misma construcción del poema se asemeja a un Génesis invertido, una creación a partir de otra creación fallida.

Alexander: Sí, para el lector, es un camino complejo, porque el poema nos habla de la caída, de la encarnación del espíritu o el conocimiento.

Diana María: Altazor, y espero no equivocarme, fue escrito cuando el poeta tenía 33 años.

Alexander: Pero duró escribiéndolo como doce años, haciéndole cambios y transformaciones. Cambios que también eran los propios del autor…

Diana María: Desde el día que lo leía por primera vez me impactó el inicio del poema: “Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor”.

Alexander: Además de esa entrada, a mí me sorprendió la conclusión del poema, una serie de sonidos que bien pudieran ser el balbuceo de un niño, el gruñido de una bestia o las palabras con las que hablaban primigeniamente los dioses:

“Ululayu

ulayu

ayu yu

Lunatando

Sensorida e infimento

Ululayo ululamento

Plegasuena

Cantasorio ululaciente

Oraneva yu yu yo

Tempovío

Infilero e infenauta zurrosía

Jaurinario ururayú

Montañendo oraranía

Arorasía ululacente

Semperiva

Ivarisa tarirá

Campanudio lalalí

Auriciento auronida

Lalalí

Io ia

Iiio

Ai a i ai a i i i i i o ia”

Diana María: Es la palabra aunada a la música… el ritmo original de la vida.

Alexander: Altazor, según lo expresó Huidobro, es el recorrido que va del cenit al nadir, del vientre de la madre o del borde de la estrella a la muerte o a la tierra. El poeta decía que esta caída es el miserable destino del hombre; que la vida está enjaulada por ese destino y que, este viaje en paracaídas rueda entre rocas de sueño y nubes de muerte:

“¿No ves que vas cayendo ya?

Limpia tu cabeza de prejuicio y moral

Y si queriendo alzarte nada has alcanzado

Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo de la sombra

Sin miedo al enigma de ti mismo

Acaso encuentres una luz sin noche

Perdida en las grietas de los precipicios”.

Diana María: En un trabajo que presenté en aquella época sobre esa obra yo decía que la caída de Altazor era una lucha entre estar amarrado a la puerta o abrirla definitivamente, y que se iba dando por estratos. El poeta cae por escalones fantásticos. En el primero de ellos se encuentra al creador quien le dice que los hombres han pervertido la lengua: la bella nadadora. Luego, sigue cayendo y se enreda en una estrella apagada y es desde allí que habla de la poesía y del poema: enuncia su Génesis.

Alexander: Así lo expresa Huidobro en el Prefacio de la obra:

“Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.

Un poema es una cosa que será.

Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.

Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.

Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento”.

Diana María: Más adelante el aeronauta se encuentra con la virgen, la virgen que habla una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes. Ella le promete al poeta enseñarle proezas aéreas a cambio de su amor; sin embargo, cuando el poeta duerme y recita sus versos, seca con sus palabras los cabellos de la virgen, quedándose solo, huérfano. Es, entonces, cuando Altazor aparece.

Alexander: Aquí tengo esa aparición: “Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.

De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.

Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta”.

Diana María: En mi trabajo, precisamente, insistí en eso: en la profecía, que es uno de los aspectos fundamentales de Altazor. La profecía o el imperio de la palabra. Profecía dada desde la magia, la poesía o el sueño; todas ellas son, como diría Huidobro, las llaves que abren con un suspiro la puerta que ha cerrado el huracán. Poesía, sueño, magia: líneas de evasión que intentan salvar al hombre de la caída inevitable. Aunque no sé si lo salvan en verdad. ¿Cómo salvar al hombre de la caída si está cayendo? Me parece que el final de Altazor deja un lugar para el miedo, el silencio, el vértigo; un lugar para el dolor, aquel secreto tenebroso que olvidó sonreír.

Alexander: Leyendo con cuidado y glosando el poema, noto que desde el prefacio de Altazor hasta el canto VII, Huidobro repite un movimiento de caída, de viaje hacia abajo, hacia la muerte. Y lo hace en dos instancias: el hombre y la palabra. El primero va desde el dolor de ser isla, orquesta trágica, hasta la desmesura enferma o el ángel caído. El hombre se mueve entre la piel y el sentimiento, o entre la nostalgia de ser barro y Dios, al mismo tiempo. La otra instancia se desarrolla con la misma intensidad, pero en el terreno de la palabra, del lenguaje: desde el precepto trágico o el símil gastado hasta el nuevo lenguaje. Se trata de la palabra profética en donde ya no hay trampas o simulación porque se habla desde la herida. Tanto en una como en otra instancia, Huidobro anhela romper dichos espacios, quiere salir de ese destino. Por un lado, usando una “lengua mojada en mares no nacidos”; por otro, atando sus pies a la estrella propia.

Diana María: Noto que tu perspicaz lectura se emparenta con algo que yo también averigüé en ese trabajo para el profesor Figueroa: Huidobro considera que el hombre es un animal fraterno desnudo de nombre que está junto al abrevadero de sus límites. El hombre está mordido por la eternidad; la serpiente se llama: ansia de infinito. De igual manera, la palabra o el verso vive su tragedia al no poder salir de las sienes, al estar también entre los barrotes de la temporalidad. ¿Qué queda, entonces? Quizá renegar, maldecir, pedir cuentas: ¿por qué, ¿para qué? De pronto, porque al hombre sólo le ha quedado la posibilidad de la pregunta.

Alexander: Cómo hay de preguntas en Altazor.

“Ángel expatriado de la cordura

¿Por qué hablas? ¿Quién te pide que hables?

Revienta pesimista mas revienta en silencio

Cómo se reirán los hombres de aquí a mil años

Hombre perro que aúllas a tu propia noche

Delincuente de tu alma

El hombre de mañana se burlará de ti

Y de tus gritos petrificados goteando estalactitas

¿Quién eres tú habitante de este diminuto cadáver estelar?

¿Qué son tus náuseas de infinito y tu ambición de eternidad?

Átomo desterrado de sí mismo con puertas y ventanas de luto

¿De dónde vienes? ¿a dónde vas?”

Diana María: Pienso que las posibilidades de Altazor son esas: cantar, maldecir, renegar. Esta ave de las alturas protesta y araña el infinito con las garras, y calla únicamente cuando la tierra va a dar a luz un árbol o cuando la mujer, la dadora de infinito, se presenta ante él y hace dudar al tiempo. La mujer, la vida, la profundidad de toda cosa, la otra voz que crea un imperio en el espacio. Sin embargo, Altazor advierte que tanto él como su amante enfermera están cosidos a la misma estrella.

Alexander: Por todo ello, en el Canto IV Huidobro advierte que hay que renovar las lenguas, hay que resucitar la poesía. No hay tiempo que perder, hay que cuidar el ojo, es precioso regalo del cerebro. ¡Hay que darse prisa, no hay tiempo que perder! Nos advierte Altazor. El buque tiene los días contados, como el hombre, como el poeta. No hay tiempo que perder; la muerte madura como los planetas, hay que aferrarse para ver más allá del más allá, porque ya viene la golondrina monotémpora, el acento antípoda de las lejanías que se acercan. No hay tiempo que perder, la eternidad quiere triunfar y se lanza cayendo en otro campo inexplorado, jugando fuera del tiempo, jugando como el molino de viento… Jugando con las posibilidades ilimitadas del lenguaje;

“Hurra molino moledor

Molino volador

Molino charlador

Molino cantador

Cuando el cielo trae de la mano una tempestad

Hurra molino girando en la memoria

Molino que hipnotiza las palomas viajeras.

(…)

Profetiza profetiza

molino de las constelaciones

mientras bailamos sobre el azar de la risa

ahora que la grúa que nos trae el día

volcó la noche fuera de la tierra”.

Diana María: No sé qué has investigado, pero siento que esta obra de Huidobro resulta inclasificable.  Me Parecen insuficientes categorías como creacionista, ultraísta, poesía concreta, vanguardista. Y ni qué decir del significado de Altazor. Yo me animé a concluir algo al cierre del trabajo que presenté. Allí dije que Altazor se mueve en dos tipos de caída: la caída como revelación y la caída como confusión. En el primer caso, el hombre cae en la cuenta de su ser finito, de su temporalidad. Mitos como los de Faetón, Ixión, Belerofonte, Adán, Lucifer o los ángeles, reflejan la epifanía de la mortalidad del hombre. La segunda caída es ésta: Altazor descubre que las fronteras del lenguaje son las fronteras de su mundo. La torre de Babel señala la finitud del lenguaje y la carga mortal de la palabra.

Alexander: Sí, por acá tengo subrayadas algunas líneas al respecto:

“Todo ha de alejarse en la muerte esconderse en la muerte

Yo tú el nosotros vosotros ellos

ayer hoy mañana”.

Diana María: Caer es conocer el tiempo fulminante. Para el bípedo vertical que somos todos, el sentido de la caída y de la gravedad acompañan todas nuestras primeras tentativas de movimiento, decía Gilbert Durand, en su hermoso libro las Estructuras antropológicas de lo imaginario. Se me quedó grabada de Durand esta frase: “El vértigo es una llamada brutal de nuestra humanidad y presenta condición terrestre”.

Alexander: Se nota, por lo que me compartiste, que Huidobro caló hondo en tu formación de literata.

Diana María: Huidobro y su máxima para todos aquellos que intentamos escribir: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”.

Alexander: Antes de despedirnos releamos juntos algo del Canto primero de Altazor. ¿Te parece?

Diana María: Con todo gusto… ¿Puede ser acá donde tienes el separador?

Alexander: Sí, ahí, precisamente:

“Soy todo el hombre

El hombre herido por quién sabe quién

Por una flecha perdida del caos

Humando terreno desmesurado

Sí desmesurado y lo proclamo sin miedo

Desmesurado porque no soy burgués ni raza fatigada

Soy bárbaro tal vez

Desmesurado enfermo

Bárbaro limpio de rutinas y caminos marcados

No acepto vuestras sillas de seguridades cómodas

Soy el ángel salvaje que cayó una mañana

En vuestras plantaciones de preceptos

Poeta

Antipoeta

Culto

Anticulto

Animal metafísico cargado de congojas

Animal espontáneo directo sangrando sus problemas

Solitario como una paradoja

Paradoja fatal

Flor de contradicciones bailando un fox-trot

Sobre el sepulcro de Dios

Sobre el bien y el mal

Soy un pecho que grita y un cerebro que sangra

Soy un temblor de tierra

Los sismógrafos señalan mi paso por el mundo”.

Simplismo de lo político en las campañas presidenciales

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Ilustración de Ángel Boligán.

Lejos estamos hoy de una forma de hacer política centrada en las ideas, y padecemos, en abundancia, un modo de proceder de los antiguos y nuevos candidatos basado en las ofensas. Hemos cambiado la profundidad en los planteamientos por la fogosidad y el tono ofensivo en los discursos. Esto, como parece evidenciarse en varias latitudes, responde a un desplazamiento de una política concebida como mediación participativa para la toma de decisiones hacia el beneficio común a otra articulada desde el beneficio personal y las cuotas burocráticas.

Sorprende, en primera instancia, la cantidad de personas que se sienten autorizadas para lanzarse al más alto cargo público. Pareciera que la autocrítica y un ajuste entre las exiguas capacidades y las amplias limitaciones no se tuviera en cuenta. Ni la preparación, ni los saberes especializados para tal puesto, ni el talante de liderazgo, se ponen en consideración; basta con el simple deseo y disponer de los suficientes recursos económicos para sentirse ya futuro mandatario. Quizá esto se deba a una mirada muy superficial de lo que es el Estado, de la lógica interna de las instituciones y de las minucias de la administración de recursos públicos. Más aún: por el afán inmediatista de llegar a la presidencia se desconocen los intríngulis de gobernar, las relaciones y los límites de las ramas del poder público, y el papel fundamental que cumplen los organismos de control. Hay miopía de las particularidades de la administración pública que trata de compensarse con soluciones fáciles sacadas de la manga o con frases de cajón barnizadas de patriotismo.

Pero lo más grave de tal estilo de divulgar o hacer campaña política es la poca importancia que se da a las propuestas, a la agenda programática, a la consistencia de las iniciativas o planes de gestión pública. De eso no se habla o si se tocan estos temas se hacen de afán, apelando a generalidades o invocando el bienestar “del pueblo”. Hasta el mismo periodismo ha contribuido a potenciar esta superficialidad en los contenidos políticos por andar preocupados en exaltar el rumor del momento o esperando a que el entrevistado diga algo en contra de alguien para, con cierta malevolencia, ponerlo como titular a la espera de la reacción del destinatario. Las opiniones reactivas han sepultado el análisis y los asuntos verdaderamente importantes pasan a un segundo plano porque, lo que mueve a las audiencias, es promover la pelea, replicar el escándalo, azuzar la discordia y darle pábulo al cotilleo alarmista.

Los medios masivos de información han ido copiando las formas y el modo de comunicar de las redes sociales. Es decir: propagan la adhesión por emociones primarias, por pasiones irracionales que, en el fondo, acendran el odio y la animadversión. Y si a esto se le suman la mentira irresponsable, el fanatismo y una despreocupación por indagar en la verdad de los hechos, el resultado será la pérdida de un horizonte real para comprender y buscar soluciones a los problemas esenciales de un país; a cambio de ello se engolosina a la gente con una barahúnda de opiniones sin piso, sin conocimiento especializado o experiencia validada en la gestión pública. En consecuencia, lo que prima es quien haga la mayor alharaca, el que ofrezca panaceas curalotodo o aquel que reduzca la complejidad de gobernar a un eslogan efectista, semejante al modo de la venta de productos comerciales. Precisamente por esto, los políticos que tratan de mostrar propuestas o proyectos bien pensados, respaldados en estudios o aquilatados por el buen juicio, son tildados de “tibios”, de débiles o faltos de garra o carácter. En el vertiginoso mundo de las redes sociales no hay tiempo para meditar o examinar la consistencia y validez de iniciativas ofrecidas de afán o para congraciarse astutamente con inconformismo coyuntural de la gente.

Tampoco cuenta en esta manera de hacer política la trayectoria del futuro servidor público, los antecedentes en cargos de responsabilidad administrativa, la hoja de vida profesional del candidato. Basta con buscar a como dé lugar un número de firmas, aliarse con quien sea para engrosar la financiación de la campaña y utilizar astutamente las redes sociales para crear un efecto de visibilidad mediática. Se ha creado la falsa idea de que “cualquiera” puede dirigir a un país o que para cargos de gran responsabilidad gubernamental es suficiente con tener un número considerable de seguidores. El youtuber agitador ha sepultado al sesudo estadista; el vedetismo farandulero se ha impuesto sobre la trayectoria y los avales de experiencia validada en campos específicos de gobernanza. Nadie parece preocuparse por mostrar una hoja de vida de ciudadano honesto y responsable de sus deberes. La barbarie moral ha doblegado al escrutinio ético que, como es sabido, es garantía para lograr la confianza de los demás y, con ella, instaurar un clima de genuina autoridad. La grandeza en el servicio suena a ideal romántico del pasado; porque lo que exhiben como prenda de garantía estos futuros gobernantes es que han tenido éxito en los negocios. ¿Será que conducir un Estado es igual a gerenciar una empresa? No lo creo: porque una cosa es el Estado como mediador para el bienestar social y la provisión de servicios y, otra bien distinta, una empresa que busca la mayor rentabilidad y los jugosos dividendos.

De otra parte, este modo de hacer política se ha agudizado por la crisis de los partidos políticos que han terminado siendo grupos de personas sin filiación real a un ideario que les de unidad o derroteros de acción. Lo que percibimos –a veces con un descaro rampante– son partidos oportunistas, cambiando de bando según sus intereses o haciendo alianzas para no perder los beneficios burocráticos o económicos ya tenidos o con expectativas de tenerlos. El transfuguismo se ha convertido en hábito y cada quien se acomoda en función no de unos principios que convocan y direccionan, sino atendiendo al maquiavelismo de que no importan los medios con tal de obtener determinados fines. La idea de representación de un conglomerado social, tan sustancial para la esencia y mantenimiento de los partidos, ha derivado en las prebendas o intereses particulares de quienes los dirigen.  

Qué vergonzoso y qué riesgo para el ejercicio de la democracia terminar participando de un modo de hacer política en el que se incentiva a votar contra alguien y no a favor de una propuesta programática. Porque si se mira con alguna objetividad, las insuficiencias administrativas o de liderazgo de los políticos en campaña se disfrazan con el comentario infundado contra el contrincante, con el juicio descontextualizado, con el vituperio enardecido, pero jamás soportado en pruebas. De allí que, cuando estos políticos consiguen su objetivo, lo que se nota, además de sus incapacidades flagrantes, son las intenciones de fondo que traían entre manos: la posibilidad de sacar “tajada” del erario para sus negocios, sus empresas o sus financiadores de campaña; la participación en el amañado juego de las influencias y prebendas que lubrican la corrupción; la conquista de cierto régimen de inmunidad y vanagloria ofrecido por el poder. No cabe duda: este modo de hacer política responde a la lógica de los negocios y no a una responsable tarea de representar a los ciudadanos en búsqueda del beneficio de la mayoría.

Dado este panorama de candidatos a granel, de poca hondura en los programas ofrecidos y de campañas que tienen como foco principal los agravios a los antagonistas, lo mejor es meditar bien a quién se le puede confiar nuestro voto. No es bueno sucumbir a los cantos de sirena de políticos oportunistas, improvisados y pendencieros; no podemos rebajar nuestra condición de ciudadanos defensores de la democracia y del Estado de derecho entregando nuestra libertad de elegir a cualquier mercachifle bravucón y altanero o a aquellos otros que de entrada sabemos van a defraudarnos. Un freno personal al emotivismo ciego, una mirada de largo alcance hacia los problemas fundamentales de nuestro país y un continuado escrutinio crítico parecen ser los remedios para filtrar tanto bagazo promesero y ver las entretelas de los discursos demagógicos.

Los poetas premios Nobel hablan de su oficio

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Ocho voces liricas para un mundo insensible y convulsionado.

En el discurso de recepción del premio Nobel, los escritores laureados –en este caso, poetas– leen o hacen una declaración sobre su quehacer literario. Me ha parecido interesante repasar algunos de esos discursos para entresacar las particularidades o ideas vertebrales del ser de la poesía.

Empecemos por Octavio Paz. El mexicano creía que “la poesía está enamorada del instante y quiere revivirlo en un poema: lo aparta de la sucesión y lo convierte en un presente fijo”. Tal convicción lo conducía a intuir que los poetas saben algo muy especial: saben “que el presente es el manantial de las presencias”. Una presencia que se nos escapa siempre, que es como el pájaro que, “cuando queremos asirlo, abre sus alas y se desvanece, vuelto un puñado de sílabas”. De Octavio Paz podemos inferir que, si bien la poesía trabaja con palabras, su materia prima esencial es el tiempo.

Seamus Heaney, el poeta irlandés, insistió en su discurso que la poesía “era capaz de crear un orden tan fiel al impacto de la realidad exterior como tan sensible a las leyes internas del ser del poeta”. Por eso era una especie de “auxilio” para que hubiera “una relación fluida y revitalizante entre el centro de la mente y su circunferencia”. Heaney afirmó que, por esto, la poesía era una certidumbre de humanidad porque lograba “persuadir a esa parte vulnerable de nuestra conciencia de su rectitud; porque nos recordaba que somos cazadores y recolectores de valores”. Heaney le agradece a la poesía por ayudarle a mantener “la fidelidad a la vida”. En este caso, para la tarea que nos hemos propuesto, podemos extraer de Heaney el puente sensible de la poesía para mantener intercomunicados de manera fluida el mundo exterior con el mundo íntimo.

Las ideas de Heaney guardan una relación con las del polaco Czeslaw Milosz, quien en su discurso afirmó que la vocación del poeta consistía en “contemplar la tierra a lo lejos, desde arriba, pero al mismo tiempo ver en ella hasta el más mínimo detalle”. Es decir, que las dos grandes cualidades del poeta eran: “el ansia de ver y el deseo de describir lo que ve” o, para ponerlo en términos del objetivo de la poesía: “es la Tierra vista desde arriba en un presente eterno y la Tierra que perdura en un tiempo recuperado”. Milosz advertía que “ver” no significaba tener algo frente a los ojos, sino también podría significar “tener algo en la memoria” o “reconstruirlo en la imaginación”. Lo que más nos interesa de Milosz es esa doble lente de la poesía tanto para acercarnos a la vida y explicar sus detalles, como su mirada en distancia para comprender su significado.

El gran chileno, Pablo Neruda, dijo que “la poesía era una acción pasajera o solemne en que entraban por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza”. Neruda advertía que el poeta no podía perder la “sencilla conciencia” pues sin ella le sería imposible cumplir los deberes de todo gran poeta: “la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita”. De Neruda retomamos el papel concienciador de la poesía para hacernos hondamente sensibles y solidariamente fraternos.

Jaroslav Seifert, el poeta checo, optó por referirse en su discurso no tanto a la poesía, sino al “estado lírico” que es “un estado de serenidad que no es ni paciente ni impaciente, un estado de tranquila experimentación de esos valores en que el hombre halla los fundamentos más profundos, fundamentales, esenciales de su equilibrio y habilidad para habitar este mundo”. Ese estado lírico posibilita “fluir con el mundo junto con él haciendo la unidad y la identificación”. Seifert insistió en que el estado lírico permite “escuchar afortunadamente lo que está a nuestro alrededor y, de esta particular manera, encontrarnos”. De este poeta nos resulta llamativo el papel de la poesía para vincularnos con valores esenciales que equilibran nuestra humanidad.

El ruso Joseph Brodsky afirmó en su discurso que la poesía combinaba tres tipos de cognición: “el analítico, el intuitivo y el de la revelación”. Señaló, además, que el poema era “un coágulo vertical negro sobre la hoja en blanco”, y cerró su intervención diciendo que la escritura de versos era “un acelerador extraordinario de la conciencia” que le posibilitaba al pensamiento “comprender el universo”. Según Brodsky, la poesía no era sólo una acción racional, sino también intuitiva que cambiaba el ritmo de la propia conciencia para, en ese estado de sensación extraordinaria, entrar en contacto directo con el lenguaje. Y así lograr aproximarse o entrever el sentido de la existencia, del mundo y de la vida. De Brodsky recogemos esta proposición: la poesía o la lectura de ella nos intensiva los niveles de conciencia, nos hace sensibles a todas las manifestaciones del cosmos.

Además de las ideas ofrecidas por los poetas ya mencionados, podemos recuperar otros testimonios sobre los pormenores de la poesía. Para no extendernos demasiado, quedémonos con dos de ellos: El del poeta francés Saint-John Perse quien dijo en su discurso que la poesía “debía elevar ante el espíritu un espejo más sensible a sus posibilidades interiores; propiciar una condición más humana, más digna del hombre original”. Y conservemos también lo dicho por el griego Odiseas Elytis; él aseveró que el quehacer poético respondía a una metafísica solar en la que los poetas debían “sostener el sol en las manos sin quemarse y convertirlo en una antorcha que guiara a otros en la oscuridad”.

Un libro sobre la urgencia y relevancia de la escucha

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La editorial CELAM acaba de publicar (en versiones digital e impresa) mi nuevo libro: La actitud de escucha. Reflexiones y aproximaciones narrativas en perspectiva de sinodalidad. La obra hace parte de una nueva colección que busca mostrar diversos enfoques y retos al campo de la comunicación y “ofrecer subsidios formativos para comunicadores, catequistas, educadores y agentes de pastoral”.

Las razones que han motivado la realización de este libro sobre la escucha son variadas: una época de vertiginosa información que no da tiempo para el discernimiento y, mucho menos, para pensar en los emisores de tales mensajes; el tintineo de odio de las redes sociales que combinan ofensas con falsedad informativa y que, de entrada, niegan cualquier tipo de interlocución; el afán desmedido por hablar de líderes y políticos centrados más en avasallar a los demás que en construir reales espacios para el diálogo y la convivencia… Y, por supuesto, la necesidad de ahondar en esta “virtud pasiva” de la comunicación que nos obliga a contenernos, a concentrar nuestra atención y a tratar de comprender a otra persona, antes de juzgarla o denigrarla con nuestros gritos.

La obra contiene textos de revisión documental sobre el amplio magisterio de la escucha por parte del Papa Francisco, análisis pormenorizados de las condiciones y particularidades de escuchar y diversas propuestas narrativas centradas en el mismo tópico. La idea de fondo en tal organización del libro responde a una propuesta o convicción que he venido defendiendo desde hace mucho tiempo en foros y en seminarios de investigación: no podemos seguir pensando que la única forma de abordar una temática sea desde los textos expositivos, argumentativos o llamados “académicos”; de igual manera son válidas las formas literarias: una fábula, un cuento, un aforismo, un poema, tienen en sí mismos su propia consistencia, su rigor y su “verdad comunicativa”, como para seguir considerándolos menores o “poco serios” en relación con otro tipo de documentos. Lo que sucede es que requieren un lector diferente; un lector que sea capaz de ver en la forma figurada o alegórica, en la alusión estética, otra manera de develar o poner en alto relieve aspectos esenciales de la condición humana. La narrativa o las formas literarias no pueden reducirse a mera entretención; más bien debemos entenderlas como lo que son: miradores integrales de la condición humana que, partiendo de experiencias particulares, muestran situaciones o problemas universales.

Este libro rubrica, de igual manera, una preocupación personal de estos últimos años: la incapacidad de las personas de “frenar la lengua” para que brote la escucha y se produzca la relación comunicativa. Soy testigo de ese afán, de esa imprudencia, de esos actos cotidianos de “tapón auditivo” en los que se contradice sin saber bien por qué, en los que un trato indigno fractura la dignidad de un compañero afectivo, un subordinado laboral o un familiar, y en los que se multiplican las discusiones y la violencia precisamente por no hacer una pausa para escuchar, y crear un ambiente propicio en el que fluyan la conversación y el intercambio de opiniones o pareceres diferentes. Reconozco que la inmediatez de las emociones propagada por los mensajes de chat en los que se invita a “reaccionar” y no a pensar con juicio, han ido relegando la importancia de escuchar como mediación idónea para crear pareja, hogar, sociedad. Sé también que la arrogancia de los poderosos o los plutócratas de nuestra época consideran una debilidad o innecesario sentarse a escuchar a sus contradictores o empleados; y hasta las mismas empresas o compañías de bienes y servicios, sienten que atender las demandas de sus clientes son una pérdida de tiempo o una molestia de la cual hay que salir lo más pronto posible. En diversos ámbitos de nuestra vida nos cuesta escuchar o se nos ha vuelto habitual considerar que comunicarse con otros es un acto verboso, grosero y unidireccional.

Pienso, además, que al poner el sentido de la existencia sólo en el afuera, en adquirir cosas, en alimentar cierto exhibicionismo de lo privado, ha hecho que perdamos contacto con nuestra intimidad, con nuestro mundo interior que supone dejar habitar el silencio, ponernos en actitud de recogimiento y disponer el espíritu para “escucharnos a nosotros mismos”. Tal falta de cuidado sobre nuestra “zona íntima” nos ha ido convirtiendo en autómatas morales, en masas acríticas, en seres angustiados por aparentar lo que no somos o por perseguir sueños creados por la tendencia en redes o la novedad del momento. Tal vez esta despreocupación por la médula de nuestro ser le convenga a los propagandistas de utopías fáciles, a los embaucadores de la guerra y el fanatismo, a los que incitan a acabar con quien piense diferente. Porque si tuviéramos el tiempo y la disposición para escucharnos, para dejar hablar a nuestro corazón, seguramente descubriríamos nuestras falencias y torpezas, nuestra falta de “tacto” para decir las cosas, nuestras dudas e incertidumbres. Y si esto hiciéramos, de manera intencionada y continua, con toda seguridad descubriríamos que es preferible buscar la bondadosa fraternidad al avaro egoísmo, y que las falencias de un solitario “yo” pueden solventarse en gran parte si abrimos las puertas a otros “tú” que nos apoyen y enriquezcan.

Aprender a escuchar supone ir más allá del mero oír. Es un acto volitivo que demanda contener las riendas de nuestros prejuicios, darle flexibilidad a nuestro espíritu y afinar, con dedicación genuina, nuestra capacidad para atender a nuestro interlocutor, descubriendo en los pormenores de su mensaje las fisuras y silencios, las reiteraciones y titubeos. Escuchar, lo reitero, es una “virtud pasiva”, porque supone un esfuerzo de nuestra voluntad, porque implica un trabajo de forja sobre nuestro impulsivo y fogoso carácter. Escuchar es una calidad o una conquista evolutiva de los seres humanos para hermanarse con sus semejantes, un hito de la comunicación que permitió construir las bases de la tribu, de estar en comunidad. Escuchar, en su dimensión más profunda, es un deseo de albergar a la palabra ajena, especialmente cuando está confundida, asediada por el infortunio o agobiada por la inevitable fragilidad.

La visita de la señora Soledad

«Caminos tortuosos» de Remedios Varo.

“¡Oh, Soledad! Si tengo que convivir contigo
que no sea en la maraña de oscuros edificios!”
John Keats

 

En esta Navidad vino a visitarme la señora Soledad. Al comienzo pensé que era un corto saludo como acostumbra ella realizar, pero no, su estadía preludiaba varios días: “Si usted no tiene inconveniente, me dijo con cortesía, quisiera acompañarlo hasta pasadas las fiestas del seis de enero”. Yo le contesté que no tendría dificultad, aunque no sabía bien cómo atender durante esta larga visita sus necesidades y requerimientos.

Como llegó hacia el ocaso de un viernes decembrino, apenas tuve tiempo de armar una cama sencilla en la que, décadas atrás, murió mi padre. Ella me acompañó a esta tarea, ofreciendo sus manos de ayuda y siempre reiterando su pena por ponerme en estos contratiempos.  Busqué un tendido, una almohada y de la parte superior del closet bajé unas cobijas. “Qué pena ocasionarle estas molestias”. Luego de tendido el lecho bajamos al primer piso y le ofrecí algún alimento. “Coma usted, y yo lo acompaño”, dijo la mujer dejando entrever que no tenía hambre. Opté entonces por calentar una crema de verduras que había hecho a la hora del almuerzo y acompañarla con un poco de jamón y una tajada de aguacate. La señora Soledad me observaba desde la puerta de la cocina, atenta a cómo iba poniendo esos alimentos en una bandeja con motivos florales: “Yo prefiero no comer nada en la noche, a ver si así puedo dormir”. Con la bandeja entre las dos manos me dirigí al comedor, insistiendo en decirle si no deseaba tomar algo. “Un vaso de agua estaría muy bien”, me respondió, quedándose de pie observando algunos portarretratos familiares. “¿Y ellos?”, me preguntó como si supiera mi respuesta. “Ya partieron” le respondí. Enseguida empecé a comer la cena en tanto ella, en silencio, se extasiaba mirando un vitral que tenía el motivo de Don Quijote. “Yo soy como Sancho”, exclamó de pronto, dejando en vilo la afirmación. Concluida la cena me siguió de nuevo a la cocina y durante unos minutos siguió los movimientos de mis manos lavando los platos. Después subimos a ver televisión. Ella se sentó en una pequeña silla que tengo a los pies de la cama, y así estuvo, sin decir palabra, hasta que notó que el reloj despertador marcaba la mitad de la noche. “Que tenga un buen descanso”, me dijo a manera de despedida. Salió de mi alcoba con total discreción. Pude ver que estaba algo encorvada y que caminaba con lentitud.

Los primeros días me di cuenta de que la señora Soledad apenas se sentía en mi casa: caminaba muy suavecito, como si no hubiera nadie en la cocina, en la sala o en las habitaciones del segundo piso. Tan silenciosamente se comportaba que, a veces, me la encontraba de golpe, como si ella estuviera al acecho de mis desplazamientos. “¿Se siente a gusto?”, le preguntaba, haciendo caso omiso a mi sorpresa. “Sí, no se preocupe por mí, lo que pasa es que temo interrumpir sus rutinas cotidianas o alterar sus ocupaciones”. Yo le contestaba que no había ningún problema, aunque mi corazón se sentía ansioso por no saber bien cómo lidiar con este inesperado huésped.

Algo que me llamó la atención desde la tarde que llegó fue su maleta. Se trataba de una valija de cuero, de esas con doble amarre. No era voluminosa, pero estaba bien abultada; sin embargo, la señora Soledad la cargaba con entereza. Cuando me ofrecí a ayudarle a transportar la maleta hasta el segundo piso, ella me la entregó con alivio: “Le agradezco. Es que vengo caminando desde bien arriba donde me dejó el transporte público”. ¡Cómo pesaba esa maleta! “Qué carga usted en esta valija? ¿Piedras?”, dije a manera de broma. La mujer se esforzó en mostrarme una sonrisa; sin embargo, su respuesta hizo evidente mi imprudencia: “Es alguna ropa, cosas de aseo personal y un crucifijo de madera que siempre cargo conmigo”. Cuando descargué la valija al lado de la cama que le había tendido, no pude contenerme y la interrogué con voz queda: “Y ese crucifijo, ¿por qué es tan importante para usted?”. La señora Soledad se sentó en la cama y me miró con piedad: “a veces me gusta invitar a quienes visito a entrar en actitud contemplativa, y este crucifijo tiene la virtud de ensimismar a las personas”. A sabiendas de que me estaba metiendo en su vida íntima, preferí dejarla en su habitación para que acomodara sus haberes. “Gracias, una vez más”, me reiteró la mujer poniéndose de pie para darme un abrazo. No sé por qué, pero al recibir aquella muestra de cordialidad, sentí que la nostalgia se anidaba en mi corazón.

Cuando más hablábamos era durante la noche. Si bien comía muy poco, me acompañaba a cenar, ubicándose en una silla lateral del comedor. “No sabe cuánto le agradezco que me haya dado posada, porque durante estas fiestas de jolgorio decembrino, nadie me acoge o a ninguno parezco interesarle; entonces, tengo que buscar algún alma caritativa como la suya que me pueda dar albergue mientras pasan el bullicio y la fiesta”. Intrigado la interpelé sobre cómo me había encontrado. Ella, bajó la mirada y se entretuvo en el círculo del vaso del que estaba tomando agua. “Basta con escuchar en qué casa no se oyen demasiadas voces estridentes”. Después hizo una pausa y agregó: “Aunque en verdad, lo que hace que elija una vivienda es que no resplandece durante la noche”. En ese momento caí en cuenta de que no había puesto algunas luces decorativas en la ventana. “¿O sea que mi casa es demasiado oscura?”, la interpelé. La señora Soledad levantó su mirada, tenía unos ojos taciturnos, algo melancólicos. “No sé si sabe, pero todos los seres humanos proyectamos una luz hacia el cielo, y cuando estamos muy tristes se apaga tal lumbre y resulta fácil distinguir esas estrellas opacas de aquellas otras que resplandecen con magnificencia”. El comentario de la señora Soledad me hizo reflexionar en mis estados emocionales de esos días. Sí, la risa no estaba a flor de piel y las preocupaciones me cubrían de sobrecogimiento. “¿O sea que cuando uno está muy triste deja de proyectar luz a las alturas?”. La mujer tomó otro sorbo del vaso de agua, después comentó algo que me dejó pensando: “Así es, pero eso sólo lo puede apreciar alguien como yo, no importa lo lejos que esté de donde procede esa estrella apagada; se requiere una vista muy aguda para percibir esos focos de penumbra en medio de la noche”. Después agregó: “Aunque parezca contradictorio, yo soy una especie de regalo para los entristecidos, o si lo prefiere entender de otra manera, yo soy un ser compasivo para los que han perdido la alegría”.

Durante los días siguientes, incluyendo la noche de navidad y el día de año nuevo, la señora Soledad me acompañó a todas partes. Iba siempre a mi lado, llevando el mismo ritmo de mis pasos. A veces me hacía preguntas o respondía algunas de las mías, pero parecía estar más absorta en sus propios pensamientos. El día que estuve comprando un pan especial de navidad, ella se atrevió a comer un pedazo que le ofrecí: “En verdad está muy rico, y eso que yo no tolero el dulce”. Algo parecido sucedió cuando fue mi escudera en una de las visitas que hice a la plaza de mercado cerca de donde vivo: “De todas las frutas yo prefiero las cítricas y las amargas, como la toronja”. Le pregunté al muchacho del puesto de frutas si tenía toronjas, pero me dijo que no, aunque me ofreció unos apetitosos mangos de azúcar. “A la gente le gusta mucho el dulce, pero se privan de apreciar las bondades de lo amargo”, dijo espontáneamente la señora Soledad, mientras observaba las papayas, las fresas, los melocotones y los racimos de bananos colgados en escalera en una de las paredes del pequeño local. Esa misma mañana la mujer, que ya parecía una extensión de mi sombra, me sirvió de escolta hasta una farmacia que quedaba bien arriba de mi casa. Durante ese recorrido le pregunté sobre cuál era su ultimo anfitrión; ella no dudó en compartirme la respuesta: “Una viuda sin hermanos, y antes fue un escritor y más atrás fue un hombre envejecido y enfermo… nunca falta quien me hospede por un tiempo”. Cuando entramos a la farmacia la mujer me preguntó qué tipo de medicamentos requería; yo le dije que uno para el reflujo y los problemas gástricos. “Ojalá no sea mi presencia la que le haya ocasionado ese desorden en su estómago”, exclamó a manera de confesión. Yo le respondí que no, que esas dolencias ya las tenía desde hacía años atrás. Cuando veníamos de regreso, la señora Soledad hizo varios comentarios, pero el que más me llamó la atención fue uno referido al apetito: “Mis huéspedes me comentan que cuando yo los visito se les merma el deseo de comer y entran como en un estado de desgano, confío en que en usted sea diferente”. De forma inmediata le respondí: “Hasta ahora no se me ha quitado el hambre”. Justo antes de entrar a mi casa la señora Soledad volvió a soltar una de sus aseveraciones enigmáticas: “Nuestro cuerpo a veces es un fiel amigo y, en otros casos, un brutal enemigo”.

Cuando no estaba a mi lado, la señora Soledad pasaba buena parte del día observando por la ventana de mi cuarto o leyendo un pequeño libro de pastas grises. “¿Y de qué trata esa obra?”, me atreví a preguntarle. Ella giró su cuerpo hacia mí y me respondió “Es un libro sobre pequeños relatos de monjes del desierto”. Hizo una pausa, interpelándome: “¿Quiere que le comparta el que estoy leyendo?”. De manera inmediata le respondí: “Será un placer escucharla”. La mujer empezó a leer pausadamente, sopesando el valor de cada palabra: “Una tarde en que estaba yo refugiado en mi cueva escuché una voz muy aguda que pronunciaba mi nombre. Salí con extrañeza a mirar quién era y sólo me encontré con el habitual y extenso desierto. Apenas volví a entrar, pasados unos minutos, escuché de nuevo la voz susurrante, llamándome. Antes de volverme a levantar, cerré los ojos y me concentré para saber si en realidad era una voz real o alguna resonancia que todavía quedaba en mi mente de cuando vivía con los hombres. Pero no era ilusión aquel llamado, aquella voz clamaba por mí. Con cautela salí a observar. Pero una vez más sólo tuve ante mí la inmensidad seca de aquel erial. En ese instante comprendí que debía ser una de las tentaciones fraguadas por el viento. Entonces retorné a mi reducido espacio, me puse de rodillas con los brazos levantados y empecé a orar. Entregado a mis plegarias fui sintiendo que la voz se adelgazaba hasta convertirse en un murmullo leve e indeterminado.  Mi alma se apaciguó y pude seguir tranquilo con mi voto de silencio”. Apenas concluyó su lectura la señora Soledad me miró con curiosidad, esperando mi impresión sobre aquel relato. “No sabía yo que el viento puede ser una tentación”, le comenté sin pensar mucho mi respuesta. La mujer volvió sus ojos hacia la ventana: “Cada quien enfrenta sus tentaciones según oriente su destino”. Y como si fuera el anacoreta del que me había relatado la historia, la señora Soledad se estuvo callada durante las horas que me acompañó en mi estudio mientras terminaba de redactar el informe final de una investigación en curso.

Quizá motivado por el relato del eremita en el desierto, y después de compartir una ensalada con atún enlatado como almuerzo, un miércoles en la tarde le pregunté a la señora Soledad si podía mostrarme el crucifijo del que me había hablado. “Será un gusto”, me respondió. Subimos a su improvisado cuarto y extrajo de su maleta de cuero un crucifijo tallado en madera de cedro. Era una escultura magnífica. Noté que al levantarlo con sus manos pesaba más de lo imaginado: “Es por las penas que ha ido recogiendo durante mi peregrinar”. Por sugerencia suya entre los dos lo colgamos de una puntilla que, sin saber bien porqué, estaba puesta para tal fin hacia la mitad de la pared. “Mírelo con mucha atención”, me dijo la mujer.  Al comienzo me detuve en la cabeza desgonzada, en los extenuados brazos, en las piernas llagadas, y sólo al final pude entrever los rasgos de su rostro. “Fije toda su atención”, me volvió a repetir la señora Soledad, sirviendo de celestina a mi mirada escrutadora. Tal vez por un efecto de sombra de las cortinas a medio abrir, aquel rostro empezó a desdibujarse y comenzó a adquirir otras facciones que se parecían mucho a las mías. Apenas hice tal descubrimiento sentí que se me resecaba la garganta y el preludio del llanto me hizo bajar la mirada. “Eso es normal, no se angustie ni tenga vergüenza conmigo”, me advirtió la mujer, poniendo uno se sus brazos sobre mis hombros. Esas últimas palabras y el gesto solidario abrieron de par en par mi llanto; así estuve durante unos minutos viéndome en el rostro de esa talla de madera. El silencio se alargó hasta que sentí un alivio interior, una especie de oleada de aire fresco a mi alma.  La señora Soledad se mostró respetuosa de mi dolor, y ni preguntó por los motivos ni hizo ningún comentario al respecto. Sólo empezó a proferir una especie de letanía en tono tan bajo que apenas lograba escucharse. 

Ese mismo día, a la hora de la cena que fue bastante frugal, indagué un poco más en lo que me había sucedido con el crucifijo. “¿Le pasa a todos los que usted visita que les de ese ataque de llanto apenas miran con detenimiento el crucifijo?”, le pregunté intrigado. Ella apuró otro sorbo de té, tomó una de las galletas de cereales, y me respondió como quien evoca un pasado muy lejano: “No, no a todos les pasa lo mismo; algunos se enmudecen o comienzan a abrazarme intensamente. Eso varía según el tinglado del espíritu que tenga cada uno”. Hizo una pausa y agregó: “Porque ha de saber usted que el alma tiene cuerdas como un instrumento musical”.  Para continuar la conversación le confesé que mi llanto se había incitado por haber visto en el rostro del crucificado los rasgos de mi propia cara; ella me aclaró que eso se debía a que el sufrimiento hermana a los desventurados. “¿Y será que esa talla de madera recogió el agua de mis lágrimas?”, la interrogué escéptico. “Eso sólo lo sabré cuando parta de su casa y cargue con mi maleta”. Mientras yo lavaba la losa aproveché ese tiempo para interrogar a la mujer sobre sus familiares: “mi familia son los que me hospedan”. Mientras subíamos a descansar la señora Soledad me dijo que ella sufría de insomnio permanente y que, a pesar suyo, los que la hospedaban empezaban a sufrir de ese mismo mal. Apenas la oí decirme eso, le comenté que efectivamente durante esos días dormía de manera intermitente, siempre en estado de alerta. “Es el sueño del conejo”, puntualizó la mujer, dándole a sus palabras un tono de franca conmiseración: “Sabrá usted perdonarme esta intromisión en su descanso nocturno, pero son cosas que escapan a mi voluntad”. La acompañé hasta su cuarto y yo volví al mío; esa noche no prendí la televisión, como una muestra de solidaridad con la mujer desvelada del cuarto contiguo.

Casi al final de su visita, la señora Soledad empezó a ponerse inquieta por el aumento del ruido de carros que empezaba hacerse más fuerte en el tránsito de la avenida. “Me gustan más las calles desiertas”, exclamó con franca molestia. También me hizo preguntas sobre cuándo volverían las personas que habitaban en la casa. “Seguramente llegarán cuando pasen las últimas fiestas de fin de año”. Ella asintió, pero la noté inquieta. “Espero no haberlo incomodado”, expresó más de una vez en los últimos días de su visita. En la postrera cena que compartió conmigo se dedicó a hablarme del exceso de bullicio de los tiempos de hoy, de la estridencia en los corazones humanos y de una incapacidad para “alejarse del mundanal ruido”. Yo la escuchaba atento, aunque en verdad detallaba la abundancia de lunares en sus brazos. Ella me descubrió y sin que yo le preguntara nada me ofreció una respuesta: “Esos lunares son el testimonio de mi trasegar ambulante, son las estrellas muertas que van constituyendo mi historia”. Al oírla pensé que muy seguramente yo entraría a formar parte de ese pequeño cielo color piel. Pero preferí guardar silencio. Justo en la madrugada de su partida la vi ya arreglada, con algún afán y la maleta de cuero en su mano derecha. Me acomedí a ayudarle a bajar su embalaje que, quizá por mi falta de sueño, lo percibí demasiado pesado. Ya en la puerta de la casa nos despedimos con cierta tristeza. Ella me dio un abrazo de agradecimiento y yo sentí al recibirlo que todo mi ser era una ausencia, un vacío, una concavidad que se extendía hasta el fondo de mi alma. “Ojalá no nos volvamos a ver; o si nos vemos que no sea en las fiestas decembrinas”, me dijo, empezando a caminar hacia el norte de la ciudad.