Fijar la atención

Simone Weil

Simone Weil: “La atención absolutamente pura y sin mezcla es oración”.

“No hay arma más eficaz que la atención”.

Simone Weil

Si uno está atento la vida le ofrece más beneficios y las personas mayores decepciones. Si uno está atento descubre la riqueza de las pequeñas cosas y los engaños a los que ciertas personas nos someten. Si uno está atento disfruta de lo que la vida le da como regalo y descubre también cuándo debe desaparecer o distanciarse de determinados individuos. Si uno está atento tiene más conciencia de sus cambios y puede adivinar las transformaciones ajenas.

La atención es un acto de nuestra voluntad para dirigir los sentidos hacia un lugar específico. La atención enfoca, determina, ubica, pone un marco a lo indeterminado o genérico. Ese recorte permite fijarse en los detalles, en un recuadro de la realidad o de las prácticas de las gentes. La atención, además, posibilita apreciar cómo son afectados los seres o las cosas por el pasar del tiempo: si uno está atento, verá las sutilezas de la descomposición, la herrumbre o el moho; si uno está atento, podrá apreciar las finísimas fisuras en un afecto o las imperceptibles marcas que dejan las pasiones en el temperamento de un ser humano. La atención nos torna alertas de los demás y del entorno; la atención nos dilata las pupilas del entendimiento y nos agudiza el tacto o la escucha. Si uno está atento huele más, saborea con más intensidad, percibe el universo de otra manera. El que está atento se percata de las reiteraciones y las diferencias, devela aspectos de asuntos que todos consideran como ya sabidos. La atención es un lente de aumento, un filtro, una luz especial que proyectamos según nuestro interés y que ilumina con gran claridad la zona de sombra o de penumbra que cubre como un halo a las personas y las cosas.

Desde luego, podemos fijar la atención en algo exterior, pero, también, dirigirla hacia nuestra propia interioridad. Si somos capaces de enfocar la atención hacia nuestros miedos o nuestras miserias, si logramos apreciar bien los tics de nuestro discurso cotidiano o las costumbres con las que poblamos nuestra cotidianidad, seguramente se nos irá revelando la fauna y la flora abisal que nos constituye. Obvio: al poner toda la atención lograremos reconocer esos otros habitantes que, como inquilinos, han estado con nosotros los mismos años que tenemos; o lograremos darnos cuenta de lo que aún nos intranquiliza o de aquello que todavía nos desestabiliza. Así que la atención es un arma poderosa para hacer incisiones en nuestra identidad pero, de igual modo, es un arma de defensa ante los demás. Es evidente: del mismo modo que enfilamos las armas de la atención hacía sí, podríamos fijar la diana en quienes nos rodean o en esos otros con los que trabajamos o tenemos determinado vínculo afectivo, comercial o de otra índole. La atención es un arma poderosa porque no nos deja al garete las peripecias de nuestra historia y, a la vez, permite crear un campo de fuerzas para evitar el odio o las manifestaciones envenenadas de aquellos que nos envidian o nos odian.

Simone Weil consideraba que la atención era la médula de la oración y la meditación, porque el que logra reconducir su atención, concentrarse de tal forma que alcance el éxtasis o el arrobamiento de sus sentidos, conseguirá otro rango de percepción, otra mirada sobre sí mismo y el universo. Los mayores niveles de atención abren vías para la trascendencia del ser y dejan abiertas ventanas para apreciar realidades inmateriales o sutiles. La atención suprema, de la que hablan ciertos místicos o iluminados, transmuta el ver físico en un mirar apto para la contemplación metafísica, la clarividencia intuitiva y la admiración simbólica.   

Comunicar con efectividad una ponencia

Conferencista

¿Cuál es el sentido comunicativo de presentar una ponencia en congresos, foros o eventos similares? Me lo pregunto, porque he notado que muchos ponentes preparan un largo texto escrito, sin pensar en que va a ser leído en voz alta y no cuentan para ello sino con determinados minutos. El resultado es una lectura a toda prisa, sin ninguna conexión real con el auditorio. Se lee de afán, luchando para tratar de meter en tan corto tiempo el contenido de las hojas previamente escritas. Por lo demás, la ponencia está hecha no por ideas-fuerza o usando una cuidadosa selección de los contenidos, sino empleando un  orden discursivo propio de los escritos que el lector tiene a la mano y puede, si lo quisiera, volver atrás, revisar o contextualizar. Olvidan que el texto para una ponencia debe ser modificado, transformado o adaptado a la realidad del auditorio y de las otras variables de la ocasión: tiempo disponible, turno de la exposición, clima, características físicas del lugar, particularidades de los asistentes, estado emocional del público. Desde luego que se puede combinar la lectura con la exposición, aunque eso demanda una experticia y un dominio muy cuidadoso del tiempo.

La otra cosa que noto es la fracturada relación de la exposición con la ayuda de un programa de presentaciones. Las diapositivas estás cargadas de texto o, como sucede en auditorios escolares, el telón es demasiado pequeño y las letras terminan perdiendo su legibilidad. Casi que la proyección en el videobeam se vuelve más un distractor o una convención protocolaria, pero sin ningún efecto comunicativo. Poco o nada se piensa en cómo vincular la oralidad con la imagen, en qué tipo de diseño merece cada diapositiva y cómo dialoga con el texto escrito y la enunciación del expositor. Todas estas cosas comprueban la falta de conciencia escénica de los ponentes. Se asiste a “dar la lección”, a informar, a “echar el cuento”, dejando de lado o pasando inadvertidas las circunstancias de tiempo y lugar que son las clave para generar una comunicación interesante y motivadora.

Al ver estos desaciertos en la comunicación, me reafirmo en la idea de preparar las ponencias en clave de guion: es decir, escribir un texto corto, bien claro, sin extensas o largas argumentaciones, sin infinitas explicaciones, dejando de lado innumerables justificaciones, para concentrarse en contados tópicos y darles relevancia en la exposición oral. Sobre esos tópicos o ideas-fuerza es que se preparan luego las diapositivas,  y se seleccionan las imágenes y el tipo de letra. A veces de todo el texto de la ponencia se muestra en la imagen un apartado con el fin de provocar un foco de interés o una recordación en el auditorio. La imagen debe ser llamativa, provocadora, llena de asociaciones y que provoque en el espectador un refuerzo, amplificación o subrayado a la idea fuerza estipulada. En el texto de la ponencia-guion se puede indicar con tintas o marcas de color diferente, qué debe aparecer en la pantalla y qué ejemplos o cosas son las que van a servir de motivo para la exposición oral. Para decirlo desde otro lugar más artístico: presentar una ponencia es como diseñar una puesta en escena, una pequeña obra teatral en la que juegan de manera armónica y diferenciada: el cuerpo, la voz, la imagen, el decorado, el tipo de público.

Me convenzo también de lo importante que es para un conferencista o ponente tener voluntad de contención en su discurso. Me refiero a saber sopesar, o escoger muy bien la cantidad de información que va a compartir con su audiencia. Muchas veces, por querer parecer altamente ilustrado o gran conocedor de algo, el ponente se alarga en nombres de autores y obras, en largas disquisiciones que rápidamente producen un ruido en la escucha del público. Los oyentes no pueden seguirlo porque no tienen un texto escrito a la mano en el que logren descifrar esos múltiples mensajes. Por eso, más que sumar y sumar datos y fuentes, los ponentes de calidad, seleccionan y sopesan la información más relevante, la que en verdad puede ser útil o interesante para sus escuchas. Más que mostrar su erudición, el buen ponente se pone en el lugar del receptor para detectar cuál es su interés o motivación, cuál la columna vertebral de su expectativa. Por tal motivo, condensa información, destila temas, pasa por el filtro lo que es anecdótico o circunstancial. Este aspecto de la voluntad de contención requiere no sólo madurez intelectual, cierta sabiduría, sino una buena dosis de vacuna personal para la egolatría o la vanagloria. Porque en el fondo, si lo que uno quiere en una ponencia es compartir un hallazgo, una idea novedosa, una experiencia significativa, lo vital es que nuestros receptores la capten, la aprendan o puedan replicarla más adelante. Son ellos lo que en verdad importan, y no tanto el afán por exhibir una erudición insuflada de pretensiones académicas arrogantes.

Hay otro asunto que vale señalar: el maestro de ceremonias contribuye positiva o negativamente para el logro comunicativo de una ponencia. Si es hábil y tiene experticia sabrá cómo ir regulando el tiempo del expositor, insistirá en las reglas de juego del evento y, según se cumpla o no el cronograma, sabrá si es conveniente dar unos minutos para hacer preguntas por parte de los asistentes, o si es más conveniente escuchar dos ponencia y después abrir unos minutos para el foro, o si nota demasiado cansado el auditorio, invitar a tomar unos pocos minutos de descanso. El maestro de ceremonias es el termómetro del evento, el que ayuda a dar un poco de calor emotivo cuando el público parece demasiado frío o el que regula lo que parece caótico o desordenado. No siempre todo lo que se tiene planeado corresponde a las circunstancias como transcurre un evento: son muchas las veces en las que el maestro de ceremonias debe intervenir para acortar o dosificar lo que, si no se corrige a tiempo, termina por desbordar la programación. Y lo más importante: el maestro de ceremonias es el gran auditor del clima del público, el que detecta cuándo es oportuno hacer pequeños ajustes en una agenda de trabajo o cuándo el aburrimiento de un expositor debe compensarse con unas preguntas más vitales o enfocadas a las necesidades del evento. A veces al maestro de ceremonias le corresponde tomar decisiones drásticas, en especial cuando hay ponentes que ignoran o se olvidan de los acuerdos comunicativos estipulados para su presentación. Sin ser grosero o descortés, un buen presentador necesita mostrarse severo o firme en sus decisiones. De alguna manera, él es un árbitro del juego intelectual presentado en un teatro frente a los ojos y la escucha de un público.

Si la efectividad, como se afirma, es la suma de la eficacia y la eficiencia; si es la conjugación de lo que queremos alcanzar con los recursos indicados, entonces, los buenos ponentes, para lograr ser efectivos en su propósito deben no solo planear y elegir muy bien el contenido de lo que van a decir, sino que, además, necesitan adecuar perfectamente los medios, el tiempo, y la conciencia del auditorio al que van a dirigirse. De esta manera, impactarán más hondamente con su discurso, crearán un ambiente comunicativo cálido y cercano, y harán que su comunicación multimodal toque la mente y los corazones de quienes los escuchan.

El destello poético del erotismo

Eterna primavera Rodin

“Eterna primavera” de Auguste Rodin.

El erotismo es un destello  de nuestra imaginación sobre las demandas de la sexualidad. Tiene mucho de fantasía y amueblamiento personal, frente al genérico impulso de apareamiento de la especie. El erotismo, que es una forma de diferir el imperativo de la naturaleza, echa mano de la creativa libertad individual y transgrede las homogéneas regulaciones sociales. El erotismo ha logrado proveernos de particulares maneras de gozar el urgente placer proveniente de las emociones y los sentidos.

Precisamente, la poesía ha dejado testimonios de ese modo de expresar el deseo, de esa ansia por satisfacer un apetito de la piel usando las potencialidades del lenguaje. Veamos un primer ejemplo: “Eros es el agua” de la nicaragüense Gioconda Belli.

Entre tus piernas
el mar me muestra extraños arrecifes
rocas erguidas corales altaneros
contra mi gruta de caracolas concha nácar
tu molusco de sal persigue la corriente
el agua corta me inventa aletas
mar de la noche con lunas sumergidas
tu oleaje brusco de pulpo enardecido
acelera mis branquias los latidos de esponja
los caballos minúsculos flotando entre gemidos
enredados en largos pistilos de medusa.
Amor entre delfines
dando saltos te lanzas sobre mi flanco leve
te recibo sin ruido te miro entre burbujas
tu risa cerco con mi boca espuma
ligereza del agua oxígeno de tu vegetación de clorofila
la corona de luna abre espacio al océano.
De los ojos plateados
fluye larga mirada final
y nos alzamos desde el cuerpo acuático
somos carne otra vez
una mujer y un hombre
entre las rocas.

 

Se pueden apreciar en el poema de Gioconda Belli dos campos de atracción que, a través de imágenes marinas, ponen en comunión el deseo amoroso. El hombre es arrecife, roca erguida, coral altanero; la mujer: gruta de caracoles, concha de nácar. Y esas imágenes que al comienzo parecen presas de cierta quietud cobran vida al transformarse en pulpo enardecido, en molusco de sal que busca acelerar las branquias y los latidos de la esponja. El acto sexual se multiplica en delfines y medusas que lanzan quejidos y provocan burbujas y espuma. Gioconda asocia hacer el amor con dos seres marinos que lanzan frenéticamente sus cuerpos contra las rocas. Los cuerpos adquieren, entonces, aletas, pistilos, vegetación de clorofila, asumen las particularidades de los seres acuáticos. Qué mejor manera de expresar la furia del deseo que el oleaje del mar y qué acertado acompañar esa pasión del agua con una luna plateada en la que caballos minúsculos se enredan desbocados en la noche.

Tomemos otro texto para ilustrar la forma como los poetas han cantado a la pasión amorosa. Esta vez los versos son de Héctor Rojas Herazo: “El deseo”:

El deseo es vegetal
pide caminos
aire
quiere temblar en fruto
suspenderse
pide un cuerpo abonable
pide un labio
pide comer y ser comido
quiere
entrabarse y gemir con ramas duras.
Gime por ser
quiere temblar
sentirse
palparse desde  dentro
saberse entre las cosas respirando.
Quiere el viento y el ala
quiere el día
quiere el follaje de su fuerza obscura
brillando entre la luz hoja por hoja.
Es vegetal por eso:
por su destino de tiniebla y cielo
porque rompe y emerge
porque sube
porque la muerte sufre con su anhelo.

 

En esta mirada, el deseo se representa a través de una fuerza oscura, vegetal, que rompe, emerge, abre caminos, respira a través de las ramas y las hojas, y va entrabándose como un bejuco que gime a la par que sube desde la muerte misma. Rojas Herazo usa estas imágenes de follaje y plantas carnívoras para darnos una idea del atavismo del deseo, de sus oscuros orígenes y con fuerza tan descomunal que nos impele o nos lleva a “comer y ser comidos”, a padecer esa doble condición de ser tiniebla y anhelo de cielo. El poeta subraya que ese deseo nos asfixia, y por eso reclama aire; que ese deseo “pide cuerpos abonables”,  labios,  para “saberse entre las cosas respirando”; que ese deseo, oscuro, quiere el día, la luz hoja por hoja, para “temblar en fruto” y “palparnos desde dentro”.

Los dos ejemplos sirven para ayudarnos a aclarar la idea inicial con la que empezamos: el erotismo reconfigura o ralentiza, usando imágenes o metáforas, la inmediatez del instinto. O si se prefiere entender de otra forma, el erotismo recrea lo que a primera vista es solo necesidad o imperativo natural. La anatomía se desdibuja y los órganos pierden su función inmediata para asumir otras posibilidades. Sirva de ilustración “Poema de amor” de Darío Jaramillo Agudelo. En este caso, el poeta hace de un pequeño órgano muscular, como la lengua, un universo de asociaciones, de emociones y simbolismos del encuentro sexual. El uso de la metonimia –la parte por el todo– amplifica hasta el éxtasis el abandono y la posesión de otro cuerpo enamorado.

Tu lengua, tu sabia lengua que inventa mi piel,
tu lengua de fuego que me incendia,
tu lengua que crea el instante de demencia, el delirio del cuerpo enamorado,
tu lengua, látigo sagrado, brasa dulce,
invocación de los incendios que me saca de mí, que me transforma,
tu lengua de carne sin pudores,
tu lengua de entrega que me demanda todo, tu muy mía lengua,
tu bella lengua que electriza mis labios, que vuelve tuyo mi cuerpo por ti purificado,
tu lengua que me explora y me descubre,
tu hermosa lengua que también saber decir que me ama.

 

Eso es lo que hace el erotismo, al menos el que usa las palabras: “inventar una piel”, “explorar y descubrir” el propio cuerpo y el ajeno, expresar “nuestra carne sin pudores”. A través de diferentes medios de expresión el erotismo nos libera de culpas religiosas o de temores provenientes de moralidades soterradas; todo lo que toca el erotismo, parafraseando a Jaramillo Agudelo, es “purificado”. El erotismo nos transforma en un doble sentido: primero, nos ayuda a reconocer la parte de dementes delirantes que somos y, segundo, nos ofrece un aprendizaje proveniente no de las razones lógicas, sino de la sabiduría del cuerpo. Jorge Gaitán Durán, en su poema “Amantes” ha elogiado ese redescubrimiento de lo que somos cuando compartimos otra piel:

Somos como los que se aman.
Al desnudarnos descubrimos dos monstruosos
desconocidos que se estrechan a tientas,
cicatrices con que el rencoroso deseo
señala a los que sin descanso se aman:
el tedio, la sospecha que invencible nos ata
en su red, como en la falta dos dioses adúlteros.
Enamorados como dos locos,
dos astros sanguinarios, dos dinastías
que hambrientas se disputan un reino,
queremos ser justicia, nos acechamos feroces,
nos engañamos, nos inferimos las viles injurias
con que el cielo afrenta a los que se aman.
Sólo para que mil veces nos incendie
el abrazo que en el mundo son los que se aman
mil veces morimos cada día.

 

Detengámonos ahora en el poema “Sequía” de Carmen Conde, para apreciar esa forma particular de confesión que posibilita la palabra íntima de la poesía. Porque esa es otra virtud del erotismo: nos permite decir lo más secreto, nos da un lenguaje para gritar lo que parece indecible o absolutamente arrobador:

¡Cuánta sed la mía! Vuelca lluvia frondosa
Sobre mi lengua enorme, grande porque es la tierra.
Híncheme los riachuelos, precipítame ramblas…
¡Lluéveme sin desorden! Soy un barco gimiente
que, aunque te embeba íntegro, te seguiré en acecho.
Es mi sed muy antigua: se confunde contigo
cuando eras con el fuego una criatura unísona.
Son de incendio mis manos. Echo humo amarillo
que se vuelve violeta al airear su greña.
¿Estas sedes tan rígidas me desucan, estiran
los alaridos roncos del querer anegarse!
Ven. Deshazte en mis labios y aprende
que esta sed que rujo es más fiera que el tigre.
¡Oh tu agua de lluvia; ponla pronto en mi lengua!
Por las gargantas agrias que no tienen resuello
yo te pido que lluevas, que desciendas raudante.

 

Las imágenes usadas por la poetisa española nos advierten que el deseo proviene de las profundidades de nuestro ser, que es una sed insaciable. Y que aunque en el encuentro de las pieles lo que abunda es el agua, lo cierto es que esos líquidos son más el producto de un incendio; que la lluvia rugiente es en realidad la explosión de un fuego primigenio. ¿Qué es el acto sexual?,  podríamos preguntarle al erotismo, y él, utilizando los anteriores versos nos responderá que es una sed que nos saca todo jugo, que es un alarido de fuego por querer anegarse; que es un afán por deshacerse en labios, que es el gemir del barro por la lluvia a raudales.

En todos los poemas anteriores el uso del símil o la metáfora parece no solo necesario, sino indispensable. Las comparaciones le dan al pensamiento recursos múltiples, sinestesias, para elogiar o exaltar, para regocijarse o tratar de descubrir la fascinación que atrae, el misterio que convoca. En este sentido, el erotismo difiere o cambia de lugar el determinismo de los órganos, retoma otras realidades para sobrepasar los límites de la fisiología. Baste recordar el largo poema “Besos” de Tomás Segovia, para corroborar estas ideas. Después de un detenido viaje de caricias por la boca, la mejilla, el cuello y los hombros, el poeta se detiene en los pechos de la mujer amada:

(…)
besaré tus pechos globos de ternura
besaré sobre todo tus pechos más tibios que la convalecencia
más verdaderos que el rayo y que la soledad
y que pesan en el hueco de mi mano como la evidencia en la mente del sabio
tus pechos pesados fluidos tus pechos de mercurio solar
tus pechos anchos como un paisaje escogido definitivamente
inolvidables como el pedazo de tierra donde habrán de enterrarnos
calientes como las ganas de vivir
con pezones de milagro y dulces alfileres
que son la punta donde de pronto acaba chatamente
la fuerza de la vida y sus renovaciones
tus pezones de botón para abrochar el paraíso
de retoño del mundo que echa flores de puro júbilo
tus pezones submarinos de sabor a frescura
besaré mil veces tus pechos que pesan como imanes
y cuando los aprieto se desparraman como el sol en los trigales
tus pechos de luz materializada y de sangre dulcificada
generosos como la alegría de aceptar la tristeza
tus pechos donde todo se resuelve
donde acaba la guerra la duda la tortura
y las ganas de morirse
(…)

 

Lo que resulta interesante y cautivador en este poema es la selección de las comparaciones, el régimen de imágenes elegidas para comunicar la exaltación, el goce, la pasión provocada por esa doble cosecha de la piel femenina. Segovia no se satisface sólo con besar los pechos, quiere además aliviarse en su tibieza, abandonar por ellos su soledad, recuperar las ganas de vivir, renovarse, tocarlos para poder tener el calor del sol y así lograr irrigar de vida el mundo y acabar toda guerra. Los pechos son globos, paisaje, tierra, imanes… son otra forma de sabiduría, otra manifestación dulce de la generosidad.

El erotismo, especialmente el cantado por la poesía, exalta la libertad, en particular la que se logra vivir a plenitud en el territorio de lo íntimo. Al ser una creación de nuestra imaginación, al soltarle las riendas a la fantasía sin interdictos de ninguna índole, el erotismo nos vuelve dueños de nuestra corporeidad, nos ofrece el reconocimiento feliz de ser sujetos y objetos de deseo. Que sea, entonces, Pablo Neruda quien nos adentre en esta escuela de libertad que es el erotismo, que sea él quien nos enseñe a decir, mientras a tientas buscamos ansiosos una piel, “Déjame sueltas las manos”:

Déjame sueltas las manos
y el corazón, déjame libre!
Deja que mis dedos corran
por los caminos de tu cuerpo.
La pasión –sangre, fuego, besos–
me incendia a llamaradas trémulas.
Ay, tú no sabes lo que es esto!
Es la tempestad de mis sentidos
Doblegando la selva sensible de mis nervios.
Es la carne que grita con sus ardientes lenguas!
Es el incendio!
Y estás aquí, mujer, como un madero intacto
ahora que vuela toda mi vida hecha cenizas
hacia tu cuerpo lleno, como la noche, de astros!
Déjame libre las manos
y el corazón, déjame libre!
Yo sólo te deseo, yo sólo te deseo!
No es amor, es deseo que se agosta y se extingue,
es precipitación de furias,
acercamiento de lo imposible,
pero estás tú,
estás para dármelo todo,
y a darme lo que tienes a la tierra viniste–
como yo para contenerte,
y desearte,
y recibirte!

A la búsqueda del yo auténtico

Daria Petrilli

Ilustración de Daria Petrilli.

Leí, en días pasados, el libro de Pablo d´Ors, Biografía del silencio (Siruela, Madrid, 2019) que, en realidad, es un texto sobre la meditación. La pequeña obra se destaca por su claridad y una sencillez cercana a los consejos de los textos sapienciales.

El libro, según el autor, es un testimonio de alguien que empieza a descubrir la meditación y cuenta las peripecias de ese encuentro, de ese aprender a disfrutar de la realidad y a despojarse de los ideales ficticios. Cada apartado (de los 49 que son)  es un llamado para asumir la vía de la desnudez, a deshacerse de los falsos anhelos  y los problemas creados por nuestras propias manos. Pablo d’Ors nos confiesa sus hallazgos en este aprendizaje de estar con él mismo, de sentir el ritmo de la vida y ser uno con lo que lo rodea. En ese recorrido de silencio, el autor siente que ese es el camino para la verdadera felicidad y subraya, en más de una ocasión, que lo mejor es confiar en el poder de la no acción, en la riqueza del abandono y el milagro de lo que nos sucede sin buscarlo. Echando mano de pequeños principios zen el libro aboga por el desapego y el descubrimiento del yo auténtico.

¿Y qué es meditar?, cabe preguntarnos después de terminar la lectura de Biografía del silencio. Podemos decir que es, esencialmente, una práctica de la atención, de la observación concentrada, reforzada por la quietud y el silencio. Meditar es un ritual consigo mismo para pensarse, sentirse, habitarse. Se trata de un ejercicio que logra sus mejores resultados en tanto más se repite. La meditación es, agrega d’Ors, un estado de compasión con el mundo que nos rodea y nuestros semejantes. Compasivos en cuanto nos dejamos interpelar, en tanto que todos los seres merecen nuestro cuidado. Al meditar disolvemos las disyuntivas y comenzamos a ser una conjunción con el vasto universo. De igual forma, la meditación nos hace más hospitalarios y dispuestos para la aventura de vivir intensamente: comer cada alimento con fruición, hablar con el amigo sin prevenciones, caminar sintiendo cómo nos habla la realidad al ser tocada por nuestros pies. Aprender a meditar es, en suma, salvar nuestra alma, nuestro ser más preciado, de las demandas imperiosas de la prisa, de las obligaciones infundadas por la sociedad a la que pertenecemos, del bullicio que anula el yo auténtico que habita en nuestro  corazón.

Me parece bien interesante la forma como el autor describe y muestra los beneficios de la meditación: “es una práctica para tirarse de cabeza a la realidad y darse un baño de ser”; “consiste en una rigurosa capacitación para la entrega”, “es un invento solo para erradicar el miedo”; es un puente para “pasar por la quietud y adiestrarse en el dominio de sí, sin el que no puede hablarse de verdadera libertad”; es un aprendizaje para “saber estar aquí y ahora”, ofreciendo la mínima resistencia a la vida.  La meditación: permite que “la flora y la fauna interiores se enriquezcan cuanto más se observen”; “nos ayuda a recuperar la niñez perdida”; “nos con-centra, nos devuelve a casa, nos enseña a convivir con nuestro ser”. Dadas todas esas bondades, nos asalta de una vez una pregunta: ¿y por qué no todos fácilmente apropiamos esos beneficios? La respuesta nos la ofrece d’Ors a lo largo del texto: porque “estar atento a las propias distracciones es mucho más complicado de lo que uno se imagina”; porque estamos deslumbrados por ese pequeño yo, que no es otra cosa que “esas identificaciones falsas a las que solemos sucumbir”; porque poco “cultivamos la propia vida”.

Resulta sugestivo entender la meditación como una búsqueda de lo que en verdad somos. Pablo d’Ors señala que esa pesquisa se debe hacer de manera oblicua, nunca directa. Para ello usa la imagen del “buscador del buscador”; es decir, que meditar consiste en fijar la atención de tal manera que únicamente nos concentremos en el testigo interior que está en dicha búsqueda. Cuando meditamos un yo auténtico mira a otro yo falso, pero lo hace de manera “amorosa”, como quien “espera una revelación sin ninguna prisa”. Meditar, en consecuencia, es observar cuidadosamente a ese testigo que como “una gota de agua que cae sobre una roca, va perforándonos muy poco a poco”. Haciendo esta labor lateral, de sesgo, podemos dejar de temer a vivir o al menos “cambiar el modo en que nos enfrentemos con nosotros mismos”. Meditamos para limpiar el receptáculo de  nuestro interior, “de modo que el agua que se vierta en él pueda distinguirse en toda su pureza”.

Cerremos este comentario de Biografía del silencio subrayando una lección transversal del libro que es también una consigna de la meditación: “vivir es transformarse en lo que uno es”.

Un diálogo sobre didáctica de la literatura

Grupo de investigación UTP

Grupo de investigación en Literatura Latinoamericana y enseñanza de la literatura, Universidad Tecnológica de Pereira.

En mi pasada visita a la Universidad Tecnológica de Pereira, invitado por la Facultad de Bellas Artes y humanidades y los Posgrados en literatura, tuve la oportunidad de impartir una conferencia sobre la “Didáctica de la escritura, según los escritores expertos”. Fruto de esa charla, al final les propuse a los asistentes escribir algunas preguntas derivadas o motivadas por mi disertación. Varias de ellas las respondí presencialmente y otras son las que ahora trato de contestar aquí. Sirvan estas respuestas, entonces, como una forma de continuar el diálogo con los estudiantes y profesores de la Maestría en literatura, de la Maestría en estudios culturales y narrativas contemporáneas, del Diplomado en didáctica de la lectura y la escritura y del Grupo de investigación en literatura latinoamericana y enseñanza de la literatura, liderado por Juan Manuel Ramírez y dinamizado académicamente por Fabián Andrés Cuéllar.

¿Cómo hacer que los niños amen la lectura? (Lina María Gómez Ángel).

Como tantas cosas en la docencia, lo más importantes es mover, conmover a los más pequeños. Digamos que el maestro debe mostrarse, antes que nada, como un animador a la lectura: elegir bien los textos, ponerlos en escena, entonarlos, darles vida frente a los ojos de sus estudiantes. Al maestro le corresponde crear esa fascinación o dotarlos de magia. La lectura oral es esencial para este propósito. Pero, insisto: una lectura con dramatización en la voz, con pausas y silencios, con cambios en la modulación, con énfasis estratégicos. Considero que el libro álbum es un excelente recurso para que los niños y niñas empiecen a amar la lectura. La combinación entre la imagen y el texto, los contrapuntos y el doble mensaje, contribuyen a que un corto relato o una anécdota sencilla se conviertan en una secuencia maravillosa. Es decir, hay que combinar el ritmo de la palabra entonada con los múltiples recursos de las imágenes: el color, la textura, las formas, el tamaño, la perspectiva… todo ello hace que los más pequeños vayan adentrándose en un universo que les ofrecerá aventuras inesperadas.

¿Cómo puedo llegar a sorprender y/o ser escuchado, atendido, ayudándome de autores literarios, siendo en mi profesión administrador de organizaciones? (Gerson Alexander Aguirre Trujillo).

Creo que lo primero es empezar a buscar esos textos o esas obras literarias que tienen como motivo aspectos relacionados con el campo profesional de tu interés. Te sugiero revisar el cuento, la novela corta, la fábula, el apólogo, el poema… Pienso, por ejemplo, en los textos de Kafka que son una buena lectura crítica al trabajo rutinario, a la burocratización, al anonimato de los procesos administrativos. Se me ocurre ahora también el cuento Bartleby, el escribiente, de Herman Melville: una irónica alegoría al trabajo repetitivo de las oficinas, o pienso en Ramón Villaamil, el funcionario desgraciado de la novela Miau, de Benito Pérez Galdós, o en la obra de teatro La muerte de un viajante de Arthur Miller, en la que puede evidenciarse la tensión entre la ética y el beneficio económico… Hay compilaciones de fábulas, cuentos y apólogos –retomadas en gran parte de la literatura oriental– que pueden ser de gran utilidad para analizar el liderazgo, los procesos de cambio, el trabajo en equipo (por ejemplo, El círculo de los mentirosos de Jean-Claude Carrière). En este mismo blog puedes encontrar algunas de mis propuestas al respecto, usando como mediación la fábula. Sobra decir que en esas obras y otras tantas, la literatura sirve de reflejo, de crítica, de mirada comprensiva, de bisturí inclemente; lo que sigue es el trabajo del docente para provocar con esos textos literarios la reflexión, invitar al análisis social de un oficio  o ver los riesgos morales de una profesión.

¿De qué manera puedo encontrar un género literario que me apasione? (Alejandro Cortés Osorno).

Es necesario explorar, hacer varios intentos, descubrir en cuál de esos géneros te sientes más cómodo para expresarte, o en cuál de ellos encuentras el mejor camino para traducir tus emociones, tus pensamientos, tus ideas. Desde luego, hay que ir leyendo diversos modos de manifestarse la literatura. Empieza por el cuento, sigue con la poesía, adéntrate en el ensayo, revisa la fábula, el drama, la novela… No te contentes con beber de una sola fuente; sacia tu curiosidad en varias de ellas hasta que percibas una o dos que sean más afines con tu sensibilidad. Emborrona, haz muchos intentos, lleva un diario, ten a la mano una libreta de notas, experimenta, deja que fluya tu interioridad. Te recomiendo mirar mi libro Escritores en su tinta en donde hay bastantes testimonios o ejemplos sobre eso de “encontrar la propia voz” o averiguar cuál es el mejor género para empezar a escribir.

¿Qué se desnuda cuando se escribe: el alma o el cerebro?, ¿por qué es tan difícil escribir? (Lina Marcela Alvarado Vélez).

Escribir es difícil por muchos motivos. Pero hay dos que me parecen los más evidentes: el primero es, por supuesto, la falta de conocimiento y dominio de una técnica como la escritura. No siempre se cuenta con un acervo de recursos, trucos, habilidades o formas que faciliten poner en palabras una emoción o una idea. El saber y el componer con palabras un texto es ya, de por sí, una dificultad. En algunas ocasiones tenemos mucho que decir pero somos torpes o inexpertos en el dominio de esa técnica. El segundo motivo proviene de otro lugar: a veces es difícil escribir porque hay demasiado miedo a que otros vean o sepan de nuestra íntima personalidad, a volver los vericuetos de nuestra interioridad un evento público. Tememos ser censurados o criticados, malinterpretados o señalados por otros. Porque al escribir no solo desnudamos nuestra alma, sino, de igual modo, nuestros pensamientos. Esos dos obstáculos requieren superarse de manera diferente: para el primero hay que estudiar, hacer “lecturas de relojero”, para mirar con detalle cómo otros han forjado o construido un mundo con palabras; el segundo, requiere de cierto valor para atreverse a comunicar una emoción que nos atenaza el corazón, una angustia que paralizar nuestro ser. Sin ese vigor interior, sin esa sinceridad que tanto recomendaba Nietzsche, será difícil vencer el miedo a escribir.

¿Cómo sembrar en los estudiantes el hábito de escribirse y tomar conciencia de sí? (Aída Marina Jiménez Rivera).

Las respuestas son múltiples. Me atrevo a señalar unas cuantas. Empezaría por recomendarte que no te centres demasiado en la corrección idiomática o la censura a los errores de redacción. Al menos, no al inicio. Considero que las llamadas escrituras expresivas o aquellas otras más cercanas a la biografía de los estudiantes, rinden más beneficios que las consideradas académicas (demos, por caso, una reseña o un informe). Que los estudiantes encuentren los medios más idóneos para decir su mundo, sus emociones, es una buena manera de motivarlos. Puede que la elaboración de la letra de una canción sirva de puente; puede que la elaboración del “diccionario autobiográfico” de esos jóvenes sea una actividad más llena de sentido que copiar en el cuaderno un vocabulario retomado de un libro de texto. De igual modo, pienso que invitarlos a leer novelas cortas, de esas consideradas “de formación”, o textos en los que se mencione la importancia de escribir contribuye a romper la desidia o el desinterés por la escritura. He usado el “Cuaderno del escucha”, que es una especie de diario en que los jóvenes van registrando aquellas cosas que oyen en su vida cotidiana o familiar y que, por una u otra razón, las consideran interesantes. He obtenido mediante este recurso muy buenos resultados. También me he valido de las diversas formas de la autobiografía: la musical, la del relato derivado de las fotografías (puedes mirar en este mismo blog, la sección “Autobiografía”), el perfil, la etopeya… En todo caso, esas estrategias no las he utilizado para ejemplificar un aspecto de la gramática o para evaluarlos. Si de veras deseas crear el hábito de escribir en tus estudiantes lo fundamental es que ellos se descubran, se problematicen; que al escribirse, den testimonio de sus angustias, sus experiencias, sus sueños, sus miedos.

¿Cómo podemos hacer un buen diagnóstico para saber desde dónde empezar a mejorar las habilidades de la escritura? (Lourdes Angélica Palacios Bermúdez).

Basta pedirles un pequeño texto o que traigan a clase uno de los hechos para cualquier clase. A partir de ese escrito se puede conocer dónde están los mayores problemas: en la sintaxis, en la puntuación, en la competencia lexical, en el uso de conectores, en la cohesión y la coherencia. Lo fundamental es ver esas fallas recurrentes, esas carencias repetitivas. Otra alternativa es solicitarles a tus alumnos que traigan a clase, para compartir con sus compañeros, cosas que hayan escrito, bien sea cuentos, poesía, relatos, reflexiones. Oyendo esos testimonios se puede obtener también un diagnóstico de lo que debe mejorarse. A veces resulta útil emplear encuestas, en las que se les pide a los estudiantes su opinión sobre sus debilidades al escribir. Este cuestionario ayuda a delinear un campo de trabajo docente o, al menos, a fijar cuáles deben ser las prioridades en una agenda didáctica. Sea como fuere, no sobra recordar que los problemas de la escritura son particulares, por eso hay que hacer ese diagnóstico, y ya en el trabajo tutorial con cada estudiante, se irán reconociendo otras falencias que merecen una ruta de mejora específica.

¿Cómo acostumbrar el cuerpo a escribir? (Diego Alejandro Olarte Quintero).

Aunque parezca un asunto menor, este es de los mayores escollos para escribir. Por el amodorramiento, por la pereza o la falta de disciplina, no se empieza o concluye un proyecto de escritura. Se escribe con el cuerpo y, al depender de él, hay que entrenarlo. Lo recomendable es empezar poco a poco, sin forzarlo, haciendo pequeños ejercicios de escritura. Lo mejor es llevar un diario, o tener a la mano una agenda de notas en la que  redactemos  pequeñas instantáneas  de nuestras reflexiones o  de lo que observamos en la vida diaria. Si ya se cuenta con ese hábito, y hay que desarrollar una vigorosa voluntad para que no todo acabe en buenas pero fallidas intenciones, ya se podrá pensar en escritos de mayor extensión, al menos alcanzar la meta de una página. Esa puede ser una vía. Otro camino es transcribir párrafos o segmentos de algún autor o libro que nos ha parecido interesante. La copia de esos textos ayuda al cuerpo a habituarse a tener una relación con la escritura, a sentirla cercana, a percibir su ritmo y su consistencia de palabras. También puede servir elegir una cita, un aforismo, una frase memorable y hacerle una glosa o un comentario. Contrapuntear la escritura de otros, además de retador, contribuye a que el cuerpo aprenda a foguearse en las lides de la escritura. No sobra repetir el consejo de muchos escritores expertos: lo esencial es adquirir el ejercicio cotidiano con la palabra escrita, para fortalecer las “conexiones” del pensamiento y evitar que se “encalambre” la mano o se “canse” en los primeros párrafos. 

¿Cómo decidirme entre ser crítico literario o maestro? (Santiago Largo).

Si bien son oficios diferentes, es posible combinarlos. Gran parte de los críticos literarios son maestros. El trabajo del crítico, del analista, del estudioso de la literatura, enriquece y revitaliza la enseñanza de la literatura. Eso es lo deseable, para que la docencia no sea una labor repetitiva y anquilosada, sino la puesta en escena de lo que se ha investigado. Pero entiendo que tu pregunta señala una duda sobre el futuro profesional. En ese caso, lo mejor es que mires tus aptitudes, que sopeses tus talentos y cómo son tus emociones en uno u otro escenario. La labor del crítico, si se la mira desde una perspectiva de la mera producción, es más solitaria, más de estudio concienzudo y pesquisas de largo aliento. El crítico es, por excelencia, un gran lector y tiene como objetivo publicar eso mismo que investiga. El maestro, aunque no sea tan especializado como el crítico literario, lo que mayormente le interesa es compartir sus conocimientos con otros. Su labor es de motivación y animación de un área del conocimiento, como es el español o la literatura. El quehacer del maestro requiere paciencia, dedicación, sensibilidad social y altas habilidades comunicativas o de interacción. Desde luego, el maestro también hace con sus alumnos una forma de crítica literaria, quizá no tan sistemática o densa, pero, al igual que su colega, intenta desentrañar los sentidos y los significados de las obras. Como se ve, son dos posibilidades laborales que tienen muchos lazos en común, más que diferencias irreconciliables. Aunque hablando del futuro, lo mejor es explorar dónde te sientes más a gusto o cuál de ellas te produce mayor felicidad.

¿Qué es la emoción de escribir? (Abelardo Gómez).

Para los que vivimos esa experiencia, la emoción de escribir es antes que nada una sensación de libertad. Te sientes sin lastres de ninguna índole, avanzas por los vericuetos de la página en blanco como si jugaras o no tuvieras límites para tu imaginación. Esa libertad te permite dejar fluir el mundo de tu interioridad y sorprenderte de lo que va saliendo de tus manos. Mas hay otra gran emoción derivada del acto de escribir: el apreciar cómo va tomando forma un texto, cómo adquiere una fisonomía que antes no era sino difusas ideas o un maremágnum de exaltaciones y entusiasmos. Qué gran emoción se siente cuando el acto de crear se vuelve cuento, poema, ensayo concluido. Y ni qué decir de la emoción de compartir eso mismo que se escribe; en hallar un cómplice, un lector, un alma gemela que pueda adivinar o imaginar el significado escondido o resguardado por unas palabras. Esa es la emoción suprema del escritor: recuperar desde otro ser lo que salió de su corazón, pero transformado en comentario, en subrayado, en glosa o línea recordada. Aunque no sobra decir que a veces esa emoción de escribir posee sus momentos angustiosos, sus tristezas, cuando lo que tenemos adentro no logra hallar la mejor vía para manifestarse, o cuando padecemos tiempos de sequedad, o cuando las mismas criaturas hechas por nuestras manos no logran satisfacernos. No obstante, esas intermitentes alteraciones negativas, hacen parte de la emoción de escribir. Son, por decirlo así, las peripecias propias de esos consagrados alquimistas obsesionados en descubrir el elixir mágico de la palabra escrita.

¿Cómo puedo enseñar poesía para interpretar las condiciones de esta vida, para llegar al alma y sensibilizar los corazones y los actos de mis estudiantes (Ángela María Suárez Londoño).

La poesía es una escuela de la sensibilidad y la sentimentalidad. Por medio de ella aprendemos otra forma de conocer y, al mismo tiempo, otra manera de aprender a vivir. La poesía pule nuestro instinto, da voz a lo que nos paraliza, ofrece un caudal de experiencia, vertido en imágenes, que sin lugar a dudas es genuina sabiduría. La poesía, de otro lado, hace maleable nuestro entendimiento, flexibiliza la dureza de nuestra racionalidad y, lo que es más importante, es un buen lenguaje para expresar y comprender las emociones propias y ajenas. Por todo ello es que vale la pena considerarla una prioridad en nuestra labor docente. Para ello, es fundamental elegir muy bien qué poemas son los que vamos a llevar a clase, cuáles los que deseamos que nuestros estudiantes aprendan de memoria, y qué libro de poemas amerita leerse de forma completa. Hay que buscar poemas que estén cerca a las necesidades vitales de nuestros alumnos; impulsar el comentario de esos poemas y vincularlos con el mundo de ellos. De igual manera, es necesario con la lectura de poemas en clase, ayudar a superar la superficialidad afectiva que circula en la sociedad de consumo. Es urgente conversar sobre la ambigüedad de los sentimientos y la no siempre grata vivencia de las pasiones. Te recomiendo leer mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, creo que en esta obra podrás encontrar un buen recurso para tus inquietudes. 

Ecos de la Feria del libro

Asistir a la Feria del libro, la número 32 llevada a cabo en Bogotá, del 24 de abril al 6 de mayo, es motivo de alegría para mi espíritu. En principio, porque estoy a mis anchas en un escenario que me es familiar, en un ambiente que considero parte de mi opción de vida; y en segunda instancia, porque me permite indagar en las novedades bibliográficas o descubrir obra y autores en los que no me había fijado con suficiente atención. Cada visita a la Feria es, entonces, una pequeña aventura en la que caben el hallazgo, el redescubrimiento, la curiosidad o la satisfacción de encontrar por fin un texto que deseaba, desde hacía mucho tiempo, tener entre mis manos. Como parte de esa odisea, comparto con mis lectores algunas obras recogidas en el pasado viaje.

Las tres pequeñas lechuzas

Empiezo por un libro álbum que buscaba años atrás: Las tres pequeñas lechuzas. El texto es de Martin Waddell y las ilustraciones de Patrick Benson (Kalandraka, Pontevedra, 2017). Me interés era leer y apreciar en detalle la magnífica propuesta del ilustrador británico. No quedé decepcionado. La plumilla detallista, el uso estratégico del color, el manejo de los planos, todo ellos confluye para que sea una obra excepcional. Y si a eso le sumamos un texto con un sugestivo estribillo cercano al sentir de los más pequeños, el resultado es un libro álbum digno de tener en nuestra biblioteca y, en lo posible, de leerlo en familia o en la escuela.

Cigarra

Otro de mis descubrimientos es de un autor que no me canso de recomendar, Shaun Tan: Cigarra (Bárbara Fiori, Albolote, 2018). Este libro álbum, que parece evocar la Metamorfosis de Kafka, está inspirado en un kaikú de Basho: “¡Cuánta quietud! /El canto de la cigarra / taladra la roca”. Escrito de manera taquigráfica muestra con ironía la transformación de un “juicioso” y sumiso trabajador hasta su liberadora jubilación. Las imágenes contrastan el gris de la rutina laboral (el encierro, la opresión) con el amarillo brillante de los cielos abiertos.

Como se lee un libro

Prosigo con una obra hecha a cuatro manos: Daniel Fehr (texto) y Mauricio A. C. Quarello (ilustraciones), titulada: ¿Cómo se lee un libro? (Océano, Barcelona, 2018). El libro álbum opera como un artefacto que, según la posición sugerida durante el texto, va cambiando los elementos gráficos. Un texto lúdico que invita a pensar la “postura” en el acto de leer.

Un día muy normal

Agrego el libro álbum de Mark Janseen, Un día normal (Flamboyant, Barcelona, 2019). Es un excelente contrapunto entre lo que dice el texto (cosas poco extraordinarias o cotidianas) y lo que muestran las imágenes (que son maravillosas o no nada habituales). Lo que parece en un nivel “menos interesante” o aburrido, al contrastarlo con el nivel de las ilustraciones se convierte en una aventura llamativa y digna de admiración.

Lecciones de vuelo

Cierro esta primera parte de mis hallazgos, centrados en el libro álbum, mencionando un pequeño texto de Pirkko Vainio: Lecciones de vuelo (Thule, Barcelona, 2016). El libro álbum, con una exquisita sencillez, ofrece lecciones sobre el difícil arte de aprender a “manejarse en la vida”. Es maravilloso ver cómo pueden combinarse un texto condensado y unas imágenes sutiles para presentar una manual de sabiduría.

Etnografía digital

Mi visita a la Feria en esta ocasión también abarcó otros sectores de mi interés. Por ejemplo, Etnografía digital. Principios y práctica de Sarah Pink, Heather Horst, John Postill y otros (Morata, Madrid, 2019). El texto, que es el resultado del trabajo realizado por los miembros del Centro de investigación en etnografía digitial de la RMIT University, de Australia, está organizado en ocho capítulos: comienza explicando qué es la etnografía digital, y luego pasa a mostrar cómo puede hacerse esta práctica de investigación en experiencias, estudios de cosas, relaciones, mundos sociales, localidades y eventos. Una obra útil para investigadores que les interesa conocer “las posibilidades de la etnografía digital para el estudio y la redefinición de conceptos fundamentales de la investigación social y cultural”.

Poesia eres tu

Me llamó la atención una recopilación hecha por Fermín Herrero y Jesús Munárriz, Poesía ¿eres tú? (Hiperión, Madrid, 2018) en la que los autores presentan frases, citas, definiciones, opiniones diversas sobre el poema, el poeta y la poesía. Como se dice en el prólogo, “en este gran batiburrillo poético y metapoético puede encontrarse de todo, desde joyas y genialidades hasta perogrulladas y boberías, pero de todas es responsables la misteriosa poesía, que las ha motivado e inspirado y que, tras miles de años de existencia, continúa sin dejarse atrapar por definiciones y conceptos pero nunca desaparece, y sigue viva en quienes la escriben, la escuchan o la leen”. Como muestra de esta obra, transcribo dos citas: “La poesía es de todas las aguas claras la que se entretiene menos en los reflejos de los puentes” de René Char, y “La poesía no es la música del alma, sino el silencio de una inteligencia que ha ido formándose en el mundo, hasta transformarse en espíritu capaz de cantar libremente” del poeta irlandés Seamus Heaney.

Antologia del cuento extraño

Concluyo este menú de adquisiciones señalando la Antología del cuento extraño de Rodolfo Walsh (El cuenco de Plata, Buenos Aires, 2014), que fue publicada en un solo tomo en 1956 por Hachette, y que ahora se reedita en cuatro volúmenes. La compilación hecha por el escritor argentino es una recopilación de cuentos completos en las que se mezclan ejemplos narrativos de lo alucinatorio, lo siniestro, lo maravilloso, las distorsiones de la subjetividad. A lo largo de la antología aparecen autores como Saki: “Laura”, Oliver Onions: “El buque fantasma”, Julio Garmendia: “La tienda de muñecos”, E. M. Foster: “Panico”, Gérard de Nerval: “El monstruo verde”, John Russell: “El precio de la cabeza”, Joseph Conrad: “La bestia”, H. G. Wells: “La puerta en el muro” o Leónidas Andréiev: “Lázaro”. Son 49 cuentos “no realistas” compilados por un escritor de novelas realistas como Operación masacre.   

Lo arduo es saber ser libre

Wieslaw Walkuski

Ilustración de Wieslaw Walkuski.

¿Cuál es el conflicto de Miguel?: ¿una doble vida?, ¿sus duales motivaciones?, ¿la lucha entre la responsabilidad y la libertad?, ¿su doble moral? Ese conflicto es el que André Gide expone a lo largo de la novela El inmoralista (en la traducción de Julio Cortázar). El recurso empleado por el novelista en un largo testimonio contado a sus amigos Dionisio y Daniel, los únicos que podrían entender y “resistir” ese cambio de vida y de sensibilidad.

Una afirmación del mismo Miguel puede servirnos de brújula para este comentario: “Saber liberarse no es nada; lo arduo es saber ser libre”. Esa es la lucha de alguien que se casa por ternura, más no pasión, y que solo hacia el final, en contra de las responsabilidades conyugales, logra liberarse de “esa primera moral de niño” que había dejado más “pliegues en su espíritu” de las que él suponía. El conflicto se hace más fuerte al comprobar Miguel que ha pasado casi 25 años de su vida sólo “mirando ruinas y libros” y “desconociéndolo todo de la vida”. Ha estado encerrado, resguardado por una moral que, a la par que lo tranquilizaba, “también lo preservaba al mismo tiempo”. Sin embargo, dentro de sí, vivía activo dentro de él “un enemigo poderoso y activo”. Y la novela de Gide muestra el itinerario de esa lucha. Un recorrido desde los compromisos a una “primera moral” hasta el reconocimiento y aceptación de una segunda moral, ya no anclada en principios, sino libre y despierta a la fruición de los sentidos.

Ese enemigo, al cual Miguel “escucha, espía y siente” a lo largo del texto, es su fascinación por los niños. Hacía ellos tiende su verdadero interés, a pesar de sentir también un cariño hacia Marcelina, su esposa. Gide pinta a esa mujer con una abnegación y un amor, únicamente mermados por la tuberculosis. Marcelina es compañía, enfermera, soporte para los proyectos de Miguel, y entre más da muestras de ese amor, de ese afecto, mayor es el drama para la sensibilidad de Miguel. Porque su desasosiego, “su sentimiento trágico”, su dolor, es tener que aparentar lo que no es. Él mismo lo confiesa: “me vi obligado a representar un falso personaje, a parecerme a aquel que los demás creían que seguía yo siendo, bajo pena de dar la impresión de que fingía; y para mayor comodidad, fingí entonces tener los pensamientos y los gustos que me atribuían”. Miguel es un simulador, con las personas que lo rodean y, lo más doloroso, consigo mismo. Ese es su drama: “no poder ser a la vez sincero y parecerlo”.

Lo que apreciamos los lectores, a partir del testimonio del protagonista es que él, al igual que un palimpsesto, tiene que ir “borrando sus textos recientes” para descubrir en su propia persona un “texto muy antiguo pero infinitamente más precioso”. Miguel escarba dentro de sí a lo largo de la novela; al hacerlo, halla debajo de sus virtudes sus vicios. Y si en un comienzo se sorprende de ello, poco a poco va comprendiendo que “las cosas consideradas peores (la mentira, por no citar más que una) sólo son difíciles de hacer cuando no se las ha hecho nunca, pero que muy pronto se tornan fáciles, agradables, gratas de repetir, y en poco tiempo como naturales”. Ahí está la clave de su inmoralismo. Al final de la novela se lo ve atendiendo más sus propios deseos nocturnos que la solidaridad o la compañía a su esposa enferma, más entregado a las urgencias de sus propios apetitos que a las responsabilidades de otra persona necesitada. 

Ahora bien, si en la vida “lo importante es saber qué que se quiere”, podríamos concluir que Miguel ha conquistado ese propósito. Por supuesto, darle rienda suelta a su libertad no es tan fácil como parece: su conquista se hace sobre la destrucción de Marcelina; llevarla de allí para allá, mermándola, abusando de ese amor incondicional y no culposo. Miguel logra su cometido pero, de alguna manera, sacrificando a alguien que lo ama. Por eso concluye con amargura que “sufre de una libertad sin empleo”. Y por eso también, como su amigo Menalcas, no quiere mirar al pasado; desea “el perfecto olvido del ayer para crear la novedad de cada hora”. El inmoralista vive en un vertiginoso presente, anhela estar embriagado por una alegría “semejante a aquel maná del desierto que se corrompe de un día a otro”. Nada de mirar hacia el pasado, hacia las tradiciones o las costumbres. Miguel asume el súbito porvenir como “un agujero vacío” al cual precipitarse. Ya no quiere ser un lector o un observador de ventana, ahora desea ser protagonista de sus pasiones, para saber “cuántos enemigos pueden cohabitar en él”.

Detrás de este cambio de Miguel se esconde una convicción: “de las mil formas de vida, cada uno sólo puede conocer una”. Cada quien debe hacer la suya “a su medida”. Esa es la tarea mayor, a pesar de las normas o los convencionalismos establecidos. De allí la lucha, el conflicto de los seres humanos. Gide retrata en Miguel la tragedia de esa conquista del sí mismo, la no siempre feliz labor de reconocerse y aceptarse tal como se es. La lectura de la novela nos muestra que la conquista de la felicidad, para ciertos espíritus “extremadamente vivos”, es “obstinadamente dolorosa”. Y que, como se aprecia en la novela, “solo se cuenta aquello que la prepara, y luego aquello que la destruye”. Lo que queda en la mitad le pertenece únicamente a cada persona, hace parte de las peripecias de su libertad. 

No obstante, el resultado de esa batalla no parece ser un final feliz o victorioso. Miguel comprueba que “uno cree que posee, y, en realidad, es poseído” por aquello mismo que persigue. Ese parece ser el otro drama del protagonista. Lo que tanto se anhela y anhela termina devorando las ansias mismas de poseerlo. Por eso Miguel no puede exigir en los demás sus opciones, de pronto se alegre si “encuentra en otros sus vicios”. Miguel no es un animal. No puede gritar sin ser escuchado por sus semejantes. El inmoralista convive con otras personas, ese es su tormento, el gran dilema que ha acompañado a los seres humanos desde cuando decidieron sacrificar sus instintos por alcanzar la vida en sociedad. Luis Cernuda, el poeta español, lo sabía también: el hombre vive en una lucha continua con sus demonios interiores, está en contienda permanente, oscilando entre las demandas de sus deseos y las prescripciones de la realidad.

Sobre la recitación y las veladas poéticas

Gabriel Pacheco

Ilustración de Gabriel Pacheco.

Las veladas poéticas, como la organizada por el colegio Santo Tomás de Aquino de Bogotá, eran y siguen siendo eventos de gran importancia formativa. En estas jornadas se declaman, escenifican o se recuerdan poemas y se enaltece la magia de la palabra hecha verso. Además, maestros y padres de familia, congregan sus esfuerzos para que los más más pequeños representen lo que leen, y los jóvenes estudiantes muestren sus propias producciones literarias, a la vez que superen el miedo escénico y muestren sin vergüenza su espíritu sensible. Volver a estar en una de estas veladas me ha hecho reflexionar sobre el sentido de la recitación y el papel de la poesía en los procesos educativos.

Una primera evidencia, la más notoria, es que estos eventos son una buena oportunidad para convocar a los diversos actores de una institución educativa. Ahí están los padres listos a preparar y dar ánimo, a filmar y celebrar con sus hijos sus primeras presentaciones. Los padres se convierten en colaboradores efectivos, en aliados de una intencionalidad formativa. Y también están los profesores y profesoras que con paciencia y dedicación motivan, corrigen, practican y afinan los gestos y las palabras de los más pequeños. Los maestros se sienten satisfechos al ver que sus esfuerzos culminan con éxito en esos cortos minutos que dura la presentación de sus alumnos. Y están también los directivos o los coordinadores académicos que asisten a estas veladas no solo para apoyar el evento, sino para disfrutar al ver cómo se desarrolla ante sus ojos y sus oídos otra dimensión del desarrollo humano. La misma parte administrativa y de servicios se siente feliz de colaborar y contribuir a la decoración del auditorio, de disponer la mesa para un café o un pequeño refrigerio, de las luces, del sonido, de toda la escenografía necesaria para una evento solemne y digno de recordación. 

La confluencia de estos actores hace que estas veladas se constituyan en verdaderos ritos educativos. El rito, lo sabemos, además de actualizar un relato genera un aura de participación, crea un ambiente de comunidad; construye, por así decirlo, un clima fraterno dentro del cual cobra sentido el estudiante protagonista de la declamación. En cuanto rito, la velada demanda hacerse con alguna regularidad –para el caso al que me estoy refiriendo esta es la versión XIX–, convoca un tiempo asociado a algún hecho significativo que, por lo general, es el día del idioma, y presupone una puesta en escena especial: hay frases celebratorias, portadas de obras representativas, símbolos alusivos a algún autor literario. Todo ello confluye en un decorado que aviva el certamen tan esperado. Por supuesto, hay maestros de ceremonias y música y premios y certificaciones. Sin esas cosas, que no son menores o de poca valía, el rito quedaría sin trascendencia, pasaría por las instituciones educativas como otra de las muchas actividades cotidianas. Pero no es así. Las veladas poéticas quieren ser recordadas, fijarse en la memoria de los protagonistas y de los asistentes, y conseguir estampar en el corazón de los participantes un cariño especial por la poesía, por esa música particular de las palabras dispuestas en versos.

La recitación misma, el acto de declamar un poema, le otorga a un grupo de versos una dimensión mayor que la que puede apreciarse cuando solo los observamos con nuestros ojos silenciosos. La recitación,  por ser una práctica oralista, le devuelve a los signos fríos de la escritura, la viveza, la entonación, el ritmo, la emoción primaria con la que nacieron. Y si a eso le sumamos los disfraces de que se valen los estudiantes para darle una mayor verosimilitud al poema que interpretan, el resultado es un espectáculo de voces vivas, un teatro colorido en el que se recupera la palabra de la tribu, aquel rito que hacían nuestros ancestros primitivos al lado del fuego. Al declamar los poemas vivificamos las letras; al recitarlos, recuperamos para ellos su música; al pasarlos por el cedazo del gesto, al apropiarlos desde un cuerpo, los convertimos en mediadores para conmover, para despertar los sentimientos. La recitación, en esta perspectiva, se parece bastante al talento de un músico que transforma una partitura en un canto o una interpretación personal con el fin de producir en el auditorio emociones hondas y perturbadoras.

Por lo demás, al recitar un poema, al guardar esos versos en la memoria, estamos interiorizando también un tipo particular de lenguaje. Las palabras con que está hecha la poesía son la mejor cosecha del idioma. Lejos del limitado uso del habla cotidiana, de la procacidad a la que reducimos la riqueza de un lenguaje, la poesía ofrece un repertorio de términos que pueden sazonar y darle vuelo a nuestra comunicación y nuestro pensamiento. Y no hablo de palabras “bonitas” o de vocablos rebuscados, sino de un abanico de términos que nos permitan ser más precisos al nombrar el entorno, desplegar con amplitud nuestra competencia lexical, enriquecer la expresión de nuestros afectos, multiplicar los puntos de interacción para el diálogo o la interacción con otros. Quien se lanza a recitar un poema va incorporando otro tipo de lenguaje, va sembrando de buenas semillas el campo fértil de su pensamiento.

Cabe decir otras cosas sobre esto de la recitación. Una, sobre el ejercicio de la memorización. No hay declamación genuina sin esta previa labor de ir, verso por verso, estrofa por estrofa, guardando esas palabras en nuestra mente. Al hacerlo, lubricamos uno de los atributos de nuestra inteligencia, hacemos que nuestro cerebro, con su múltiple red de conexiones eléctricas, recupere una de sus posibilidades maravillosas. Entonces, memorizar el poema es “enseñar a recordar”, que es uno de los aprendizajes que hemos ido dejando al garete en la escuela, por la facilidad que tenemos hoy de ciertas tecnologías. Desde luego, cuando nuestros estudiantes aprenden de memoria un poema también están consolidando o reiterando unos esquemas mentales que más tarde les servirán de vías para retener otro tipo de conocimientos. El contenido es apenas una parte de lo que se retiene, porque al memorizar un conjunto de versos a la par estamos troquelando en nuestra mente hitos, zonas, “lugares” que luego podrán ser ocupados por nueva información. Otra cosa para subrayar es el vínculo de la recitación con la lectura en profundidad de un texto. Porque para declamar con calidad un poema, para lograr comunicar su sentido cabal, hay que haberlo comprendido en verdad. No es tarea de repetir por repetir, sino de hallar lo medular del mensaje, la vía que lo hace inteligible. Por eso, quien declama un poema es un lector que ha sobrepasado el sentido literal y puede dar cuenta de la relación entre las partes y el conjunto, del mensaje que esconden algunas metáforas, de la organización del poema y su efecto lírico. Ese es otro beneficio académico para quien se lanza a declamar en público un poema: desentrañar el significado de lo mismo que desea memorizar.

Concluyamos reiterando el papel de la poesía en los procesos formativos. La cartilla que ofrecen los versos está concebida para educar nuestras emociones, para proveernos de otros miradores que nos permitan degustar y apreciar lo que por descuido o prisa dejamos de lado. La poesía, con sus símiles y metáforas, con su música, con su lenguaje finamente elaborado, es un medio de expresar o conocer las peripecias de nuestra existencia. En esto, participa de la finalidad de otras artes y, por eso también, contribuye a cumplir uno de los objetivos fundamentales de la literatura: servir de ayuda para reconocernos y entender los asuntos complejos de la condición humana.

Entrevista a un maestro investigador

Craig Frazier

Ilustración de Craig Frazier.

Entrevistador: Empecemos por lo obvio: ¿cómo empezó usted a investigar?

Investigador: Debo contestarle que desde muy niño, por haberme criado en el campo, mis mayores me enseñaron a seguir las huellas de los animales, a leer el contexto, a diferenciar marcas y signos del entorno. Ir de cacería con uno de mis tíos, por ejemplo, era de por sí una clase maravillosa de atender los detalles, de percatarme de sutiles diferencias, de hacer inferencias y estar atento a las pequeñas variaciones en un camino, en un cultivo, en las ramas de los árboles. El verbo que mejor resume ese estado de alerta y perspicacia al ambiente era: “atisbar”. Desde luego, esas no eran investigaciones que pudiéramos llamar académicas, pero ya en ellas estaba el germen o el gusto por la pesquisa y la curiosidad de desentrañar lo que a primera vista parece irrelevante. Mi entrada muy joven al periódico El Espectador fue otro punto valioso para responder su inquietud. Ver a los periodistas cómo buscaban la información, cómo contrastaban las fuentes y, finalmente, cómo la convertían en una noticia o un reportaje, tuvo un alto impacto para mí. Los primeros archivos que conocí fueron los de ese periódico, no solo de fuentes escritas, sino también de fotografías. Creo que después, la investigación se centró en el lenguaje y en sus posibilidades: mi interés y fascinación por las palabras, me obligaron a husmear en los diccionarios, en las interrelaciones entre esos signos que se concretaban en crucigramas, en dameros, en el cifrado mundo de los juegos de lenguaje. Pero fue al hacer mi carrera de literatura cuando tuve una experiencia investigativa documental, y más al tener la responsabilidad de hacer los libretos semanales para un programa de radio llamado “Detrás de la palabra”. Era un investigación intensiva, multidisciplinar y con una enorme voluntad comunicativa, pues todo lo consultado y leído debía ser transformado en un lenguaje ágil y fuertemente interpelativo. Más de cien emisiones, más de cien libretos me ayudaron a hacer habitual lo que parecía excepcional y lejano.  El otro filón importante fue mi relación con la semiótica, con el campo de la comunicación social, el que en propiedad me acerca a la investigación, entendida como formular un problema, tener unos objetivos y disponer de un método para alcanzarlos. El escenario de la semiótica, la de los telenoticieros, la de los objetos, la del consumo cultural, la de la imagen, se convirtieron para mí en preocupación de enseñanza y de muchísimas direcciones de trabajo de grado. Ahora que me lo pregunta, las investigaciones semióticas son las que me dieron aliento para entrar a otro campo fascinante, la educación. Dentro de ese campo, mis investigaciones se concentraron en los procesos de la lectura y la escritura que, siguen siendo una veta de mis investigaciones actuales. La experiencia me ayudó a afinar un método, a cualificar los instrumentos y a saber buscar fuentes pertinentes y oportunas. El ángulo que asumí y sobre el cual produje varios artículos fue el de la investigación etnográfica, que algunos rubrican como de orientación cualitativa.  Muchos estudios de caso, trabajo a fondo usando el diario de campo, preferencia por la entrevista en profundidad y la observación sistemática. 

Entrevistador: ¿Así que son muchas las raíces, y muy diversas?

Investigador: Desde luego que sí. Al menos en mi caso, la investigación ha estado asociada a mis campos de trabajo, a mis búsquedas profesionales y a mis preocupaciones vitales. ¿Qué quiero decir con esto? Que, para mencionar solo un aspecto, durante un tiempo estuve dedicado a enseñar semiótica en la carrera de Diseño industrial de la Universidad Javeriana; entonces, mis investigaciones buscaron hacer legible ese universo, me sumergí en la sintaxis, la semántica y la pragmática de los objetos; indagué con mis alumnos en el nacimiento, evolución y significado de los objetos, me adentré en autores y metodologías propias de este lugar docente. O, para mencionar otro caso, dado mi interés por los procesos de composición escrita en autores de larga trayectoria o considerados expertos, por más de 20 años le fue siguiendo la pista en diarios, cartas, entrevistas a esos escritores con el fin de aprender los trucos del oficio, las técnicas, los recursos de ese arte de hacer mundos posibles con palabras. Fruto de ese largo proyecto de investigación está mi libro Escritores en su tinta. Lo que me interesa subrayar con estos dos ejemplos es que la investigación no ha estado por fuera ni de mi trabajo, ni de mis inquietudes intelectuales. O para decirlo de otra manera, no soy investigador porque me lo demande un contrato laboral, sino por una necesidad interior que me lleva a hacerme preguntas, a someter a prueba algunas conclusiones; porque me produce felicidad descubrir, conocer más allá de la obvio o lo dado por hecho.

Entrevistador: ¿Siempre hay esa felicidad en usted, cuando investiga?

Investigador: Casi siempre. Por supuesto, también hay incertidumbres. He escrito que uno investiga, precisamente, porque su zona de incertidumbre es mayor que la de sus certezas. Hay etapas de duda, de andar como a tientas, sin saber muy bien a dónde se va a llegar. Más esto, con el tiempo, hace parte del goce de investigar. Hay investigaciones difíciles, complejas, que exigen paciencia y una persistencia a toda prueba; y otras, que parecen más cercanas a nuestras manos, salen a nuestro encuentro como si fueran familiares muy queridos. 

Entrevistador: Hablemos un poco de sus maestros de investigación… ¿Los hubo?, ¿qué particularidades tenían o tienen?

Investigador: Ahora que me lo pregunta, no tengo en mi memoria un nombre específico. Yo creo que buena parte de los profesores que tuve en mi formación básica y luego en la educación superior eran grandes sabedores de contenidos pero no tanto me marcaron en su personal manera de investigar. Pero obras escritas, testimonios de investigadores, sí han servido de referente para mi trabajo investigativo. Pienso ahora en el historiador Georges Duby y su texto autobiográfico, La historia continúa. En ese libro obtuve claves para aprender a investigador y, muy especialmente, para ser acompañante de esa labor. El otro autor, fue un Umberto Eco: por su manera de estudiar las prácticas, los objetos o los discursos de la vida cotidiana. Recuerdo, especialmente, sus estudios sobre los cómics. En esa misma perspectiva, considero que leer y estudiar los trabajos de investigación de Roland Barthes, me dieron elementos de análisis y ejemplos de indagar con rigor y sistematicidad: El sistema de la moda, Sarracine, Mitologías. Un maestro indirecto, que ha sido uno de los más cercanos a mi sensibilidad intelectual, fue y sigue siendo Paul Ricoeur. Me ofreció muchos rudimentos para la pesquisa al detalle, me mostró como las disociaciones pueden ayudar a construir teorías, y cómo ahondar en los textos y cómo interpretarlos. Mucho más adelante, leí a dos autoras, Goetz y Lecompte, que me adentraron, con claridad y lucidez, en el mundo de la investigación etnográfica, en sus vericuetos y toda la utilería necesaria para abordar los espacios y los actores de la escuela, en un inicio, pero también de otras parcelas de la realidad. Digamos que han sido más los investigadores que he leído y no tanto los maestros investigadores que he escuchado, los que han contribuido a formarme como investigador.

Entrevistador: ¿Y a qué atribuye usted eso?, ¿por qué escasearán los maestros investigadores?

Investigador: Por muchas razones. Se me ocurren por ahora dos, que son las más recurrentes: una, porque muchos de los educadores se concentran en su tarea de transmisión y descuidan la de la investigación. Se centran en sus clases y van con el tiempo, cubriéndose de una pátina sobre lo ya sabido, van adquiriendo esa seguridad sobre determinado campo de saber, que los hace inmunes a los cuestionamientos, a la pregunta, a la incertidumbre, que son los que movilizan al investigador. Y si a ese trabajo se le suma la cantidad de horas de clase y de estudiantes a su cargo o la proliferación de formatos exigidos por la burocracia administrativa, pues, cada vez se aleja más el dedicarse a una investigación. La otra razón, muy relacionada con la anterior, es la relación que una gran parte de los maestros establecen con el conocimiento. Me refiero a ser excelentes replicantes de información ajena, pero poco productores de saber. Nutren su oficio de lo hecho por otros, con un mínimo aporte personal. A lo mejor esto corresponde a cierto temor a exponerse, o a mantener en su pensamiento un “subdesarrollo intelectual” que los hace siempre vicarios de ideas foráneas, débiles para publicar, tímidos para entrar en discusión con la tradición y leerla creativamente. Aunque mirando esas dos razones, que en algo explican lo que me pregunta, considero que la que más pesa en los maestros para no ser investigadores es ese exceso de certeza sobre el conocimiento, esa actitud de no fisurar o poner en cuestionamiento lo que parece un saber acabado o definitivo.

Entrevistador: ¿Cuéntenos de sus primeras investigaciones?, ¿cuál podemos considerar su trabajo pionero?

Investigador: Mis primeras investigaciones, de corto alcance, estuvieron enfocadas a la lectura de textos literarios, usando a veces instrumentos de la estilística o echando mano del arsenal estructuralista y semiótico. El símil en la obra narrativa de Juan Rulfo, el mundo de la imagen en Lezama Lima…  Del mismo modo, hubo varios trabajos de investigación documental: sobre el arte colonial, sobre las novelas de caballería, sobre la mujer en la Comedia de Dante.  Después vinieron trabajos de mayor alcance, como un estudio semiótico sobre los telenoticieros, el consumo cultural de los jóvenes universitarios, las particularidades del libreto para radio… Pasados varios años empecé a concentrar mis investigaciones en el campo de la lectura y la escritura, que siguen siendo vetas inagotables de mis actuales indagaciones. Mire, usted, no más, el largo trabajo de investigación sobre cómo escriben los escritores expertos, que me llevó por lo menos diez años de pesquisa. O ese otro proyecto de investigación sobre la escritura argumentativa o uno más sobre las particularidades del texto poético.

Entrevistador: ¿Y cómo ha logrado mantener esa producción investigativa al tiempo de tener clases?

Investigador: La clave ha sido vincular lo que investigo con lo que enseño; o lo que enseño no desligarlo de lo que investigo. Me esfuerzo para establecer ese vínculo, para poner trabajos o tareas no desligadas de lo que son mis filones de investigación. Otra cosa que he hecho es aprender a guardar registros de mi labor como docente, a tener archivos o documentos que luego puedo analizar o comparar. De igual modo, y esto sí que es fundamental para un investigador, he adquirido el hábito de escribir –así sean textos pequeños–sobre una actividad, un proyecto, o sobre asuntos derivados del quehacer educativo. Reflexionar sobre lo que se hace es, sin lugar a dudas, uno de los secretos para enfilarse como investigador. De allí que use mi libreta de notas o mi diario de escritor a la manera de un artefacto de etnógrafo, o parecidas a las bitácoras de quien viaja y se sorprende de lo que observa a su alrededor. Por lo demás, no dejo de seguirle la pista a determinado problema a lo largo de varios años; lo coyuntural no logra desviarme de mis búsquedas personales o de mis preocupaciones más sentidas. Esos pequeños textos, esos mismos productos derivados de procesos o proyectos de investigación, los hago circular con mis estudiantes y, al dialogarlos con ellos, los voy validando, enriqueciendo, puliéndolos en su contenido y en su calidad comunicativa. Puesto de otra forma, mi trabajo cotidiano está atravesado por mis inquietudes investigativas en una doble vía, tanto al diseñar un syllabus o preparar una tarea, como en la reflexión continuada sobre las peripecias del mismo oficio de enseñar. En esto, el caso de un maestro investigador como Vigotsky es digno de imitar.

Entrevistador: Compártanos un ejemplo de cómo es su proceso de investigación, ¿cómo son sus rutinas de trabajo, su técnicas, sus estrategias?

Investigador: Voy a echar mano de una de ellas, la que realicé sobre las técnicas de escritura de los escritores expertos. El motivo empezó con varias preguntas que me rondaban fuerte en mi cabeza: ¿cómo escriben los escritores expertos?, ¿qué han dicho de ese oficio?, ¿cuáles son las técnicas que emplean? Esos cuestionamientos estaban asociados, por supuesto, a mis propias preguntas como incipiente escritor. Quería desentrañar lo que era una vocación pero aún torpe para manifestarse. Yo había leído el “Manual del perfecto cuentista” de Horacio Quiroga y algunas cartas de Flaubert a su amada Colet, pero nunca me había propuesto de manera continuada y sistemática dar alguna respuesta a esas inquietudes. Entonces, lo que fui haciendo fue recopilar en mis agendas, frases que iba encontrando sobre ese punto. En esa búsqueda me encontré con un libro para mi pesquisa: El oficio de escritor, en el que se recopilaban varias entrevistas a escritores literarios de prestigio, publicadas originariamente en The Paris review. Ese encuentro bibliográfico me llevó a adentrarme, como fuente primaria de mi investigación, en las entrevistas dadas por escritores. Allí empecé a encontrar que los entrevistadores, aunque no siempre, les hacían preguntas relativas al mismo objetivo de mi investigación, es decir, ¿cómo escribían?, ¿qué manías eran las frecuentes en su labor?, ¿qué técnicas empleaban? Me propuse por lo mismo adquirir la colección Confesiones de escritores, publicada por editorial El Ateneo, de Buenos Aires, en la que se compilaban dichos testimonios de autores de novela, de cuento, de poesía, latinoamericanos y europeos… Esa fue una primera base para recolectar información. Luego, casi al mismo tiempo de lo anterior, descubrí los diarios, los diarios de los escritores. En esas páginas obtuve una mina muy valiosa para mi pesquisa. Una vez más, la lectura concienzuda me llevó a hallar pequeños apartados de escritores como Virginia Woolf, Cesare Pavese, Ernst Jünger, Franz Kafka, en los que referían cómo enfrentaban su labor creativa y las minucias del oficio literario. Otra fuente de datos la obtuve en libros y en revistas –tengo en mi memoria las portadas blancas de la Revista de Occidente y las de Cuadernos Hispanoamericanos–, en las que pude ubicar ensayos o textos en los que los propios autores hablaban de su oficio. De igual modo acudí a cartas de los escritores y a biografías en las que se recuperaban testimonios sobre su tarea de construir mundos posibles con palabras. Sobra decir que toda esta labor de ubicar y recolectar información me llevó varios años. Ya con ese material, procedí a analizarlo a partir de unos criterios: los puntos de partida, los trucos del oficio, las maneras de corregir, los consejos específicos sobre redacción, las técnicas tanto en la planeación como en la producción… Tomé, entonces, toda la información que ya tenía pasada en mi máquina de escribir, cita por cita en hojas independientes, y fui a mano señalando si hacían parte de uno u otro criterio. Fui haciendo paquetes o carpetas rubricadas con cada uno de estos tópicos. Más adelante, empecé a discriminar dentro de cada paquete los pormenores o a elaborar un segundo tamizaje que me permitió descubrir minucias y habilidades específicas de cada autor que, al mirarlas en conjunto con otras de otros escritores, me permitieron descubrir las recurrencias y las variantes a determinado aspecto de la artesanía escritural. Un primer fruto de ese trabajo fue mi artículo “El oficio de escribir. La creación literaria a través del testimonio de escritores consagrados al oficio”. Proseguí con esa tarea por otros años, recopilando y filtrando, analizando y agrupando, escudriñando y analizando, haciendo índices analíticos y revisando la información recolectada… Por fin, toda esa investigación se agrupó en mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos.

Entrevistador: Son muchos años dedicados a un mismo asunto, ¿verdad?

Investigador: Sí. La investigación genuina, la que nos convoca desde el fondo de nuestras preocupaciones, no es algo circunstancial; permanece, se enriquece con el tiempo. Pienso que esos “nichos” continúan resonando a lo largo de nuestra existencia, independientemente de las circunstancias o las obligaciones laborales. Si usted quiero saberlo, sigo recolectando esas citas, esa información de los escritores sobre su propio oficio. A lo mejor ahí se esté caldeando un nuevo artículo o un nuevo libro. Y si a eso le sumamos la nueva bibliografía existente, pues las respuestas que obtuve en un momento ya se han convertido en otras preguntas que aguijonean mi curiosidad y movilizan mi pensamiento.

Entrevistador: Entiendo que usted le da mucha importancia al análisis de la información recolectada en una investigación, ¿por qué?

Investigador: De nada sirve recopilar información, si uno no la destila o la pasa por los filtros del análisis. Creo que ahí es donde realmente uno aporta algo al esclarecimiento de un problema o ahonda en el conocimiento de una temática. Ahora bien, analizar la información, que parece una etapa natural para el que investiga, presupone unas habilidades de pensamiento que desafortunadamente no se enseñan o, lo más grave, se presuponen. Piense no más en qué es clasificar y qué codificar, sin mencionar la dificultad de categorizar un conjunto de datos. Considero que si uno no tiene una buena formación en lógica, en semiótica, los resultados son lamentables. El investigador cuando analiza la información es cuando en realidad aporta algo a un asunto, es el momento en que construye un campo explicativo o comprensivo a un problema. Por eso hay que prestarle tanta importancia y por eso, también, es necesario enseñar a elaborar este tipo de análisis, a partir de criterios, de recurrencias, de campos semánticos y cuadros categoriales.

Entrevistador: Según leí en un artículo suyo, ha propuesto otras maneras de presentar los resultados de una investigación diferentes a los formatos ya establecidos, ¿puede ampliarnos de qué se trata?

Investigador: Lo que sucede es que nos hemos acostumbrado ahora a una única manera de divulgar o hacer pública nuestras investigaciones. Hay una especie de estandarización que no ayuda en nada a la riqueza y la diversidad de las investigaciones, en particular de un campo como las ciencias sociales. No digo que no sean una posibilidad de socializar los resultados; lo que afirmo es que es terriblemente reductiva y que, al igual que la leyenda del lecho de Procusto, termina tergiversando o constriñendo lo que en realidad hacen los investigadores. Piense no más en el uso del diario, al estilo de Darwin, para dar cuenta del proceso y los hallazgos de un tipo de pesquisa, o el valor de la crónica para narrar la variedad de voces y de perspectivas de un acontecimiento, como lo hizo de manera excepcional Carlos Monsiváis en México; o la eficacia del relato para contar, en viva voz, los sentimientos y la experiencia de vida de unos sujetos. No todo puede expresarse en un único canon, con la excusa de parecer más objetivos y más científicos. En este mundo globalizado, también hay transnacionales que con su parafernalia formalista pretende invisibilizar la diferencia y homogenizar lo que a todas luces reclama su propio orden discursivo.

Entrevistador: Usted nos habló antes de su aprendizaje en investigación leyendo libros, ¿cuáles serían esos textos recomendados para alguien que desea aprender a investigar?

Investigador: Es muy amplia la bibliografía disponible y muy diversos los campos de trabajo. Pero para echar mano de mi propia experiencia como maestro, voy a centrarme únicamente en la investigación en ciencias sociales, advirtiendo que esta ruta es una de las posibles. Un libro que recomendaría, como caldo de cultivo para motivar a los futuros investigadores, es Los descubridores de Daniel Boorstin (Crítica, Barcelona, 2000). Esta obra contribuye enormemente a entender qué es eso de investigar, cómo se lleva a cabo una pesquisa de largo aliento y, lo más importante, cuáles son las particularidades o las condiciones de esos seres que pueden dedicar toda una vida para descubrir la tabla periódica, las leyes de la herencia o la circulación de la sangre. Me parecen útiles, y eso es un gusto personal, los textos: Cómo se hace una investigación de Loraine Blaxter, Cristina Hughes y Malcolm Tigh (Gedisa, Barcelona, 2000); Metodología de las Ciencias humanas de Sylvain Giroux y Ginette Tremblay (Fondo de Cultura Económica, México, 2004) y Más allá del dilema de los métodos. La investigación en Ciencias sociales de Elsy Bonilla-Castro y Penélope Rodríguez Sehk (Uniandes-Norma, Bogotá, 1997), por su manera didáctica de expresar y mostrar con ejemplos los diferentes aspectos de un trabajo de investigación. Finalmente, le daría un lugar destacado a dos libros: La escuela por dentro. La etnografía en la investigación educativa de Peter Wood (Paidós, Barcelona, 1998) y Trucos del oficio. Cómo conducir su investigación en Ciencias sociales del sociólogo Howard Becker (Siglo XXI, Buenos Aires, 2009), que más allá de ser manuales sistemáticos de investigación, son un repertorio de pistas, alternativas y recomendaciones para el quehacer cotidiano del investigador.

Entrevistador: Conversemos ahora, un poco, de su experiencia como tutor de investigación, ¿cómo es su manera de hacerlo?

Investigador: Mire que este tema es uno de los que más me ha interesado en los últimos años, entre otras cosas porque nace de muchas presuposiciones o sobreentendidos. A qué me refiero: a que las personas dedicadas a tutorear investigación, en gran parte, no han hecho investigaciones; son tutores de metodología de la investigación pero sin pruebas concretas de lo mismo que demandan o reclaman en sus tutorados. Sumado a una indefinición o línea de operatividad sobre cómo investigar. De allí el fracaso o los tiempos indefinidos a los que someten a sus pupilos. Me he dado cuenta de que tutorear es una destreza que demanda experiencia, contención en el saber, claridad en las tareas, corrección y acompañamiento permanente, y una habilidad especial para motivar y fomentar la confianza. No es una actividad como la docencia en la que sea suficiente el dominio de un área del conocimiento. Aquí se trata más bien de una labor hombro a hombro en la que la confianza se junta con la prodigalidad académica para logar que alguien inexperto e inseguro en sus búsquedas, pueda abrirse camino y alcanzar unos objetivos. Para mí, y eso lo que he confirmado con los años, un buen tutor de investigación empieza por contagiar a otros de un problema, invitarlos a meterse de lleno en el asunto y, luego, apenas toman vuelo, ayudarles a que dominen un método para alcanzar de la mejor manera lo que se condensa en una pregunta de investigación. He escrito que esa tarea implica, a la vez, cercanía y lejanía, presencia continua y actos de manumisión, entrega de una ruta prefijada y posibilidad de experimentar desvíos… Mi forma de ser tutor trata de cumplir eso que le vengo diciendo, aunque también depende mucho de quién es el tutorado y qué tanto está comprometido con una investigación. 

Entrevistador: A partir de esa larga experiencia investigativa, ¿qué consejos le daría a alguien que está empezando a hacer una investigación?

Investigador: Lo primordial, que más allá de cumplir unos requisitos académicos, considere su trabajo de grado o su tesis como una oportunidad para responderse esos cuestionamientos que lo acucian o que son esenciales en su trayectoria formativa. Así, pues, antes de las teorías y los métodos, está la actitud y la disposición para investigar. Que no se desespere o se desanime cuando empiece su proyecto; serán muchas las dudas, las inquietudes que aparecerán en el camino. En la labor investigativa a veces se avanza un poco y, pasos adelante, hay que volver atrás para corregir o tomar una vía más idónea. Por eso hay que persistir, insistir y no claudicar al primer escollo o dificultad. De igual modo le recomendaría leer fuentes primarias o, en su defecto, consultar editoriales confiables. Que lea siempre atendiendo los otros textos mencionados y a la letra menuda citada en las notas a pie de página o referenciada en la bibliografía. Que haga lecturas de estudio, con notas a la mano, sacando en limpio preguntas, inferencias, desarrollos derivados de su pesquisa inicial. Le diría, además, que lea bien un texto de técnicas de investigación, acorde al campo de su interés. Pero que lo haga con intención de dominarlo, de aprender en serio dicho repertorio de instrumentos. Desde luego, le sugeriría que atienda lo que dice su tutor, que se deje guiar, pero no asumiendo un comportamiento pasivo y acrítico, sino llegando preparado a cada sesión, para que se dé una conversación productiva, interesante y con enorme ganancia para su proyecto. No sobraría advertirle a ese aprendiz de investigador que tenga presente una ética en los datos que obtenga y en la confidencialidad de los mismos, que respete a sus informantes y que no adultere o saque conclusiones apresuradas de la información recolectada.  No sobrará insistirle a esa persona que piense bien en el impacto social de su pesquisa y cómo, desde su proyecto de investigación, contribuye a la solución de un problema o a la mejora de cualquiera de las dimensiones del ser humano.  

Entrevistador: ¿Y qué recomendaciones le haría a quien empieza su tarea de tutor de investigación?

Investigador: Lo primero, y quizá lo más importante, que lea concienzudamente lo que sus tutorados producen; que no devuelva informes de avance sin haberlos analizado y glosado. Esto es vital para ganar en el tutorado un compromiso y lograr reconocimiento al rol de tutor. Lo segundo, que no trate de que sus pupilos dominen una información para la que él ha necesitado años para lograrlo. La dosificación en lecturas es una de las cualidades de un tutor experimentado; aprender a seleccionar esas lecturas puntuales, ofrecerlas en el tiempo adecuado, saber ubicar la información pertinente y precisa, constituye parte de la experticia del que guía un proyecto y que luego repercutirá en los avances del mismo. Tercero, que sea paciente pero al mismo tiempo exigente; que no sea tan laxo como para dejar que los tutorados hagan cualquier cosa, ni tan autoritario para no permitirles tomar sus iniciativas. De otra parte, le diría que lleve registros constantes de las sesiones de tutoría realizadas tanto para evitar la dispersión como para concretar las tareas y las responsabilidades; es sabido que la oralidad, por su fugacidad, tiende a la desmemoria y si no pasa por el filtro de la escritura, se termina repitiendo lo ya dicho o empantanados en la confusión de los malentendidos. Y un consejo adicional, que ayuda a favorecer el dominio teórico o la fundamentación conceptual: que los proyectos que dirija estén vinculados a una línea de investigación en la que él mismo haya hecho pesquisas, o sobre la cual tenga conocimientos consistentes y con suficiente apropiación. En suma, que no se disperse tutoreando cuanto tema le propongan, creyendo que le serán suficientes los generales saberes de metodología de investigación. Ese es un engaño que a la final repercute en la credibilidad del tutor y en los alcances reales de un proyecto investigativo.

Entrevistador: No quisiera terminar esta entrevista sin preguntarle ¿en qué proyecto de investigación anda ahora?, ¿qué problema ocupa sus reflexiones y su días?

Investigador: Lo que ocupa mayormente mi tiempo, en estos meses, es una investigación para una novela. Por ahora le adelanto que ya tengo una pregunta que condensa el problema: ¿cuál es la causa determinante para que alguien tome la decisión de quitarse la vida? Como podrá suponer, esta investigación me ocupará varios años.

La lectura, según Quevedo

Juan Van der Hamen

Quevedo y Villegas, según Juan Van der Hamen.

Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

 Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.

 Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Iosef!, docta la emprenta.

 En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquella el mejor cálculo cuenta 
que en la lección y estudios nos mejora.

El elogio de la lectura propuesto por Quevedo empieza con una condición: el aislamiento. Para el caso particular del poeta, seguramente correspondió a uno de sus destierros o a sus habituales encierros en la Torre de Juan Abad. Para el caso nuestro, podría ser alejarse de las demandas del consumo de los medios masivos o “desconectarse” por unos minutos de las adictivas redes sociales o de las omnipresentes demandas laborales. Ese aislamiento es la base para encontrarse con la lectura, el hábitat indispensable en el que pueden desarrollarse sus semillas.

La segunda circunstancia estriba en contar con un grupo de libros, en tener una pequeña biblioteca seleccionada bajo el criterio de la sabiduría. Quevedo subraya esa particularidad en el conjunto de obras que nos acompañen en ese retiro del espíritu: que sean “doctas”, que hayan pasado el tamizaje del tiempo y sean iluminadoras para nuestra propia existencia. Que sean obras “sabias”. No es una sumatoria heteróclita de información, sino un puñado de libros cuidadosamente elegidos, fruto quizá de una labor anterior en la que, durante años de lecturas, se pudo escoger la paja del grano verdadero. Con ese selecto grupo de libros es que el autor nos propone conversar. Aquí no importa mucho que dicho diálogo sea con “difuntos”, sino en tener la suficiente atención para saber “escuchar con los ojos”. La lectura es una conversación silenciosa que exige una convergencia de nuestros sentidos para concentrarse esencialmente en la vista: palpamos, escuchamos, olemos y saboreamos con los ojos.

El diálogo silencioso de leer, propuesto por Quevedo, es un genuino contrapunto. De un lado están los libros y, de otro, nuestro entendimiento. En ese intercambio entre las hojas y los ojos pasan infinidad de cosas: que las obras “enmienden o fecunden” nuestras preocupaciones o nuestras preguntas esenciales; que nutran o corrijan nuestras acciones o creencias; que nos hagan despertar a la vida, a pesar de ser un mensaje cifrado por difuntos. Dependerá de nosotros, de nuestra concentración, el sacar el mejor partido de esos libros que, a pesar de “estar siempre abiertos”, no logramos de manera inmediata entender su cabal sentido o su “música callada”.  En todo caso, la lectura debería “despertarnos” del marasmo o la abulia existencial.

Quevedo hace extensivo este homenaje de la lectura a la imprenta. Gracias a su papel, y al de impresores como José González de Salas que fue su editor, logran salvarse las “grandes almas” de la corrosiva envidia, “la injuria” y otros vicios humanos. La imprenta es el resguardo de los hombres sabios a la maledicencia de su época; es, por decirlo así, la venganza que el tiempo ejerce sobre los que se niegan a reconocer el talento de sus contemporáneos. ¡No todo será olvidado!, dice la imprenta. De allí que el poeta pida o agradezca a su impresor esta labor de salvamento, de justicia intelectual, cuando su muerte lo convierta en una “ausencia”. Lejos ya de la comidilla y el rumor malsano de una época, quedan los libros como testimonio indiscutible de las “grandes almas”. 

Al final del poema, en ese tono tan propio del barroco, Quevedo nos recuerda la fugacidad de la vida. Y nos dice que de todas las horas de nuestra existencia, las que mejor cuentan al final son las que hemos empleado en mejorarnos, esas que la lectura convierte en lecciones memorables. Son esos “estudios” los que en verdad valen la pena. Leemos para perfeccionar nuestro espíritu, leemos para saber cómo enmendar nuestros errores, leemos para despertar de los letargos tranquilizadores. Esa es la propuesta de fondo de Quevedo: que las lecciones de los muertos, contenidas en los libros, pueden contribuir a mejorar el mundo de los vivos.