Sentarse a conversar

Dialogando

Hablar con otros, reunirnos para tal fin, es una de las actividades más valiosas para reforzar los vínculos sociales. Mediante ese rito se afirma la amistad, se afianzan los lazos del afecto y se comparten las vicisitudes de la existencia. Conversamos para enterarnos de lo que acaece más allá de nuestras fronteras, para conocer las interpretaciones que otras personas tienen de los acontecimientos más actuales, para adentrarnos en las particularidades de la historia de nuestros semejantes. El diálogo fue y sigue el medio como los seres humanos se consolidan como pareja, como familia, como comunidad.

Por supuesto, dialogar presupone una valoración significativa de la persona con quien deseamos encontrarnos. De por sí, la conversación le otorga o le devuelve a nuestro interlocutor una importancia que lo hace digno de interés. Por eso sacamos tiempo para estar con él o con ella, para disponer nuestra atención y nuestro gusto, para dejar que el ovillo de la comunicación se desenrede poco a poco. Y si bien tenemos una necesidad de expresarnos, de confesar una pena o compartir una alegría, lo que hace más valiosa la conversación es que alguien esté dispuesto a escucharnos. Sin la escucha empática la conversación pierde su médula, su esencia. Tal vez ahí esté la clave de la secundaria importancia que tiene la conversación en nuestros días: nadie quiere en verdad escuchar a los demás.

Habría que recordar, como un hecho histórico, la relevancia de la conversación en pasados siglos. Piénsese no más, en los salones literarios, en la abundancia de los cafés, en las tertulias o en las veladas familiares. Y si se asistía a esos lugares era porque se tenía la necesidad y la convicción de que la experiencia propia o ajena necesitaba aprenderse y refrendarse; que si bien existían fuentes escritas o conocimientos disciplinares, hacía falta el filtro de la oralidad para convertirlos  en asimilable sabiduría. Era hablando con los demás como la vida reclamaba para la existencia individual una anécdota, un apunte digno de recordación, una peripecia llena de ejemplaridad. En aquellos salones o en esos sitios en los que el café o un buen vino sazonaban la palabra, los contertulios leían, debatían, festejaban, hacían actos públicos de contrición o dejaban fluir el aforismo crítico o la sátira picante. Era una práctica gobernada no por una agenda preestablecida, sino acomodada al ritmo propio de la duración; es decir, a un tiempo interior elástico y proclive a disfrutar los placeres de la ocasión.

Desde luego, si había esos sitios de encuentro para conversar, si asistir al ágora privada era un programa estimulante, se necesitaba a la par desarrollar el habla, fortalecer el pensamiento argumentado, darle a la locuacidad y el buen uso del lenguaje una trascendencia tanto académica como social. Hablar bien, saber elegir las palabras adecuadas, tener una amplia y variada reserva lexical, eran condiciones básicas para ser un excelente contertulio. Por eso la prensa de esos años tenía articulistas y editorialistas que con sus escritos constituían tácitamente una escuela del buen conversar. De igual modo, los centros educativos propiciaban, como uno de sus objetivos fundamentales, el que sus estudiantes tuvieran una expresión oral fluida y coherente; se retomaban lecciones de la retórica clásica y se aprendían modelos de las figuras literarias para darle color y fuerza a la expresión. Todo esto convergía en un gusto por reunirse con el familiar, el vecino o el colega a intercambiar ideas, discutir pareceres y enriquecer experiencias.

Contrario a esas épocas, nuestro exceso de individualismo, nuestro ideal adolescente de la “burbuja” existencial, el desprecio por lo público, todo ello ha hecho que sea el encierro, el espejismo solipsista, la egolatría fanática, los que han convertido la práctica de la conversación en un evento esporádico o poco llamativo. Hay demasiada agresión en el ambiente, demasiada desconfianza con el vecino, demasiada soberbia proveniente de los guetos ideológicos, como para tomarse un tiempo, largo y lento, a sentarse a escuchar la confesión del extraño, del forastero, de esos otros que tienen opiniones diferentes a la nuestra. Y como estamos llenos de ruido, como pasamos todo el tiempo conectados a algún dispositivo tecnológico, tampoco sabemos cómo escuchar, padecemos de una sordera para saber descifrar, en el escueto relato de una persona, los clamores de ayuda de otra vida. De allí la poca importancia que tiene para estas nuevas generaciones conservar el tejido social o sean apáticos para contribuir en la rehechura de los vínculos de toda índole. Se nos está olvidando sentarnos a conversar; por eso abunda la ofensa grosera, la calumnia insidiosa, el odio que busca acabar con la vida de nuestros conciudadanos. Porque hemos ido olvidando la plural riqueza del diálogo nos hemos ido acostumbrando al monólogo asesino de las armas.

Puede creerse que chatear o intercambiar mensajes por whatsapp sea un substituto de la conversación cara a cara; pero no considero que sea así. El diálogo genuino presupone cierto contacto, una atención permanente a los gestos y los sobreentendidos, a las pausas intencionadas, a los intersticios que la conversación va dejando en la medida en que avanza y, sin los cuales, resultaría imposible intercambiar opiniones con sentido. Eso de una parte. Además, el diálogo obliga a una compenetración con el interlocutor que nos invita a dejar de lado artefactos distractores u otro tipo de actividad. Si uno se sienta a conversar es porque estima que ese hecho es el fin mismo de encontrarse; no es un pretexto mientras se hace otra cosa o un modo de entretenimiento marginal. De allí que el diálogo en directo, el que posee ese calor de las relaciones interpersonales vivas y cambiantes por el fragor de los afectos, nos invite a escuchar a otro ser con total interés, a sabiendas de que lo dicho no podrá ser repetido o asimilado de igual manera en el futuro. La conversación reclama para sí el sello del acontecimiento; en consecuencia, no podemos perdernos ningún detalle de dicho evento, ni pasar inadvertidos los gestos y las palabras de la persona que está al lado o al frente nuestro. Dialogar es, en últimas, una práctica de dignificación del interlocutor, del ser humano con el que compartimos nuestra mesa.

Resulta prioritario, en este mundo de la rapidez mecánica y el egoísmo individualista, dedicar horas y espacios a esta práctica de la conversación. Pero no me refiero a almuerzos de trabajo o a mesas de negocios, sino a recuperar el sentido del diálogo fraterno, de la conversación con que se acendraba la crianza, se ahondaba comprensiblemente en los laberintos del corazón, y se establecían puentes para que los saberes de la tradición dejaran en los espíritus jóvenes improntas de valores civiles o virtudes morales. Si conversáramos más, entenderíamos que los mayores problemas de nuestra existencia, si se comparten en la mesa familiar, en un bar o en una cafetería, resultan más llevaderos; que las desavenencias o los conflictos tienen vías solución cuando se tiene la voluntad de solucionarnos; y que la sabiduría de vivir no es otra cosa que el recuento de muchas conversaciones guardadas en nuestra memoria.

Relatos cortos

Escribir en la luna Gary Kelley

Ilustración de Gary Kelley.

Las vacaciones

Cuando el niño y sus padres llegaron huyendo de Capira, obligados por las amenazas del bandolerismo, les tocó vivir en una pieza que quedaba al fondo de un garaje, en el barrio Santander. La habitación era muy fría. La pobreza era durísima, tanto como el amor que los reunía al lado de una estufa de gasolina, de las que había que bombear. Para el niño era un encierro total. Porque como quedaba sobre una avenida, no podía salir ni al portón. Pero cuando llegaba diciembre, cuando el niño podía volver a la tierra de su infancia, era la absoluta felicidad. Porque en esas montañas volvía a ser totalmente libre, y no había portones, ni avenidas peligrosas. Solo el canto infinito de los pájaros y el sol y el viento, y el agua y las frutas, y las manos cariñosas de todos los familiares que celebraban cuanta picardía hiciera. Por eso, cuando volvía de esas vacaciones a la fría Bogotá, en los primeros días se soñaba volando. Que como un ave planeaba por encima de todas esas montañas y veía cada casa y cada camino. Partía de El Prado y de ahí se iba descolgando hacia La Laguna y pasaba por encima del Cerro Colorado y divisiva las palmeras y el sinuoso Magdalena, y veía con claridad la casa de puertas y ventanas naranja donde había estado los días anteriores. Era hermoso sentir el aire despeinando su cabello y, según moviera más o menos los brazos, ir más lento o más despacio. Aunque encerrado de nuevo en ese garaje, su imaginación se mantenía libre en aquellos sueños maravillosos.

La fanática

A ella le decían la fanática, cuando no, la loca.

Su presencia recordaba la vieja imagen de María Egipcíaca, pero su vicio no emanaba del cuerpo, sino de sus creencias. Era impura por ser creyente de otra fe, insana por tartamudear al decir el nombre de su dios. Ella, la fanática, lloraba a solas, pues queriendo una vez amar a sus semejantes —darles lo más suyo— recibió de ellos, como compensación, el aúllo o la sentencia farisea: ¡Quemadla!… ¡Nosotros tenemos la certeza y ella, la fanática, sólo posee el equívoco y la obstinación!… ¡Quemadla!, ¿qué puede importar otra bruja en la purificación de la hoguera!

Sin embargo, cuando la turba retornaba a sus casas, o cuando la ola del cuchicheo descansaba en el silencio —porque a veces, también a ella se la sancionaba con el indigno rumor anónimo—, cuando esto sucedía, cada uno de los “inquisitivos acusadores” meditaba… o imaginaba. Cada uno aceptaba en el fondo de su corazón que nadie está exento del camino de Damasco, que el fondo del alma es un misterio con muchos caminos de acceso, y que sin valentía la fe es un adorno parecido a los trajes usados por los actores de teatro.

Entre tanto, ella, la fanática, soñaba despierta.

Torta de manzana

El hombre estaba ansioso por ver a la mujer que amaba. Tomó un taxi para llegar cuanto antes a la cafetería en la que habían acordado verse. Se sentó y la imaginó llegar. Apenas la vio entrar se levantó de la mesa donde estaba ubicado y fue a su encuentro. La abrazó y buscó sus labios pero ella, tal vez porque no esperaba ese emotivo recibimiento, apenas respondió a aquel gesto de amor. Enseguida fueron a sentarse a la mesa. Pidieron una aromática de hierbabuena, limonaria y manzanilla y una torta de manzana para compartir. Aunque el diálogo fue cordial y amoroso, el hombre sintió que cada pedazo de esa torta era amargo o demasiado insulso. Pasada media hora, en la que la mujer no paraba de reír, dejaron el lugar y caminaron unas cuadras hasta el lugar del trabajo de ella. El hombre tomó el transporte público para llegar a su oficina. Aunque no sabía por qué, ese sabor amargo en su boca permaneció durante toda la tarde de ese jueves.

Enfermo menor

Las manos ligeramente temblorosas. La cara sucia por la barba y un color amarillento en el rostro. Enfermo. El cabello desordenado por la furia de las sábanas, sudoroso y con el olor de las fiebres irreconocibles en la madrugada. Los ojos como resignados y la voz ahogada, débil, infantil. “¡Qué va, esta es una enfermedad menor”, decía para sí el poeta, mientras trataba de ponerse de pie dejando de lado una borrachera muy particular y un cansancio inaudito. “Una enfermedad menor es una enfermedad que no alcanza a hundirnos en la incertidumbre de la finitud pero que tampoco logra ponernos en el optimismo del pasará pronto”. Con la mano derecha acercó un vaso con jugo de tomate que estaba en la mesa de noche, tapado con un platico de losa; ahí, estaba el vaso, rosado y repleto de espuma. Tomó algunos sorbos, tragando de paso una de las tantas pastillas que días atrás el médico le había recetado. Blancas pastillas en las cuales se deposita la esperanza, el milagro; blancas pastillas, drogas no prohibidas, drogas buenas; blancas pastillas tan similares, tan parecidas pero tan distintas; blancas pastillas de tres veces al día o de una cada doce horas; pastillitas que son como oraciones condensadas, como plegarias de niño esperando el regalo salud del Niño Dios; pastillitas blancas que nos alejan la muerte, eso dicen. Volvió el vaso al lugar inicial, retornando también a sus cavilaciones de postrado: “Una enfermedad menor es algo que duele poco, aunque podría doler más —si uno no se cuida—; una enfermedad menor es una expectativa”.

El poeta trató de levantarse otra vez de su lecho de enfermo menor, pero un mareo lo hizo detenerse, “Lázaro, levántate, levántate”. Una mosca iba y venía en zigzagueantes movimientos, como midiendo el cuarto; subía y bajaba, se alzaba, descendía; planeaba pero nunca se estrellaba; otra mosca se juntó a la danza cómica y otra más, y a esas tres otras más, mucho más grandes y de colores más vistosos. “Las moscas me visitan, no es lo mejor, pero al menos tengo compañía. Debe ser algún desvarío, algún efecto secundario de esta droga que me pone tembloroso”. El pecho se le apretaba como un puño, como una mano que se cerrara alrededor de una fruta madura, exprimiéndole el aire, “La pechuguera nos hace recordar el sitio del corazón”. Se acomodó mejor en la cama, maltratada por tantas horas de peso acumulado, y quiso conciliar —conciliar a quién con qué— el sueño. “Si no puedo salir a la brisa o a la calle, a la luz del sol, vengo siendo como un vampiro; más sin embargo, la noche con su frío también es mi enemigo. Soy un vampiro, pero negado a su elemento… qué va, soy un enfermo menor”. El poeta se sintió triste o, mejor, se le veía triste. La saliva se abría paso hacia su garganta a empujones, con trabajo; la tos, entonces, brotaba ligera, seca pero con firmeza y, a la par que salía, hería su garganta, empezando otra vez este ciclo estertórico. “Aire, aire es lo que necesito…”. Aire, aire: cuando uno salía de la casa paterna, bien abajo, cerca a la quebrada, digo, cuando uno subía a la casa de Doña Josefina que quedaba arriba en la cúspide, cuando uno trepaba sudoroso, arreando mulas, subiendo, trepando, montaña arriba, cuando llegaba a esa casa con tejas de zinc, entonces uno lo sentía, ¡ah!, fresco, limpio, necesario. Aire, aire: bocanada de viento refrescante, invisibles ondas de esperado descanso… ¡Ah!

Un nuevo trío de fábulas

Low Bros

Ilustración de Low Bros.

El erizo y el amor

Que no te pase a ti, lector, lo que sucedió con el erizo; quien teniendo el milagro del amor entre sus manos, por aferrarse a una forma de ser, lo alejó para siempre de su lado.

Un erizo soñaba con alcanzar el amor. Un amor intenso, sincero y apasionado. Quizá por el clamor de su corazón, en un mes de verano su anhelo apareció. Era una ardilla de cuerpo escultural, aunque saltona y muy inquieta. El erizo sintió que ella era lo que por tantos años había esperado. Con palabras y gestos, con frecuentes paseos se fueron enamorando hasta la locura. La relación era perfecta. El único inconveniente aparecía cuando ella quería abrazarlo. El deseo por acercarse al erizo era una constante herida para la ardilla. Lo mismo acontecía al querer él demostrarle su amor a ella: terminaba puyándola y dejándole clavadas infinitas muestras dolorosas de su afecto. Debido a esto prefirieron amarse desde lejos, pero con el otro sufrimiento de nunca poder estar juntos.

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El zángano y la abeja vivaz

El zángano, echado en su cama, veía a varias abejas pasar a buscar polen en las flores del jardín. Aunque todo era agitación en la colmena, él no tenía ganas de levantarse. En esa postura, adormilado, apenas abría los ojos para ver a sus hermanas revolotear de aquí para allá.

Una de las abejas, la más vivaz, hastiada de ver aquella actitud, se detuvo cerca de él y lo increpó de esta manera:

—¿Cansado de descansar?

El zángano abrió uno de los ojos y no dijo nada.

—¡Dichoso tú que puedes darte estos lujos! Deberías al menos, ya que eres más grande, salir a defendernos de las avispas.

El zángano se hizo el desentendido y fingió dormir.

—¡Eres el colmo de la desvergüenza!

La abeja, molesta, dejó al zángano y corrió detrás de sus compañeras.

El zángano, al ver que la abeja ya había desparecido, se levantó y caminó un poco hacia la salida de la colmena. Vio unos girasoles a poca distancia, pero sintió que las fuerzas no le iban a alcanzar para llegar hasta ellos. Prefirió regresar a su celda. Arrullado por el sopor de la colmena volvió a recostarse en su lecho.

La abeja vivaz, después de su recorrido, lo interrumpió una vez más:

—¡Qué desfachatez la tuya —le gritó.

El zángano intuyó que la recriminación iba para largo y prefirió guardar silencio.

—Aprende de nosotras. Al menos gánate tu propio alimento. Es una injusticia que las más pequeñas tengamos que alimentarte.

—¡Eres un desconsiderado… eso eres!

La abeja siguió presurosa hasta bien adentro de la colmena. El zángano tuvo por un momento algún cargo de conciencia, pero enseguida halló una disculpa: “Bien poco ayudarían mis brazos a las miles de extremidades de tantas obreras”.

Varias abejas llegaron con un plato de miel y lo dejaron en una pequeña mesa. El zángano, con parsimonia, se dispuso a tomar el almuerzo. Después de ingerir la deliciosa merienda, sintió la necesidad de tomar una siesta. El sueño que tuvo lo despertó sobresaltado. En su pesadilla vio a la reina de la colmena llamarlo a su presencia, diciéndole de forma imperativa:

—¡Tienes un trabajo! Prepárate. ¡Será tu única y final tarea!

Ilustración de Grandville

Ilustración de Grandville.

La leona muy titulada y los cambios en la selva

Recién murió el león viejo, el consejo de la selva recomendó a una leona muy titulada para ese cargo. “Nada de lo que hizo mi antecesor vale la pena”, fue lo primero que dijo en la toma de posesión de su mandado. “Aquí las cosas van a cambiar”, afirmó enfática al terminar su arenga. Y así fue. Lo primero que hizo la monarca fue provocar cambios drásticos en la dieta de los animales; por ejemplo, los felinos debían ser vegetarianos y los vegetarianos, carnívoros. De igual modo, ordenó que varios animales que eran nocturnos deberían empezar a ser diurnos y aquellos que llevaban su vida de día debían empezar a llevarla de noche. Fueron muchas las disposiciones, todas ellas anunciadas con estruendosa pompa. Lo cierto es que, después de unos meses, las cosas no iban bien en la selva. La confusión era mayúscula, además de una desazón y una incertidumbre agobiante. El tigre, por ejemplo, ya no sabía si debía cazar a la gacela y ésta, a su vez, no entendía cómo atrapar al felino. Hubo varios búhos que perdieron la razón por causa de la vigilia extrema y se supo de varias águilas que se quebraron sus alas al querer volar en la oscuridad. A pesar de que la leona se mostró amenazante, los animales en coro pidieron a gritos su renuncia. Después de largas reuniones del consejo de la selva, un león con mayor experiencia y no tantos títulos, substituyó a la déspota leona. Frente al grupo nutrido de asistentes a la ceremonia, el nuevo mandatario empezó su alocución con una frase que era, en sí misma, su plan de gobierno: “No es bueno cambiar todo al mismo tiempo, como tampoco no cambiar nada en mucho tiempo”.

Celebrar el fin de año

Celebrar año nuevo

Las fiestas navideñas, que tanto reiteran la alegría y el compartir en familia, tienen un momento culmen en la noche del 31 de diciembre. Es la fecha para despedir un año y darle la bienvenida a otro. Dicho ambiente de fiesta se ha ido consagrando en temas musicales, en canciones que con el pasar de los años se vuelven hitos de festejo y de recordación imborrable. En cada país hay orquestas, grupos musicales o cantantes insignes asociados a esta celebración. En Colombia, por ejemplo, Rodolfo Aicardi es uno de ellos. “Cantares de navidad”, un tema original del puertorriqueño Benito de Jesús, sirvió y sirve de telón de apertura y de cierre a las fiestas decembrinas. Entre la alegría y la tristeza el año nuevo aparece como un regalo floral sacado de algún jardín cultivado por el tiempo.

¿Y con quién se desea celebrar el año nuevo?: con el ser que amamos, con los parientes más cercanos, con los amigos de toda la vida… Con todo ellos queremos recibir el primer día del año, abrazarnos en signo de fraternidad y unión perentoria. No en vano tratamos de que toda la familia esté reunida; aún aquellos parientes más lejanos anhelamos que estén presentes. El brindis de año nuevo rubrica los lazos de la sangre o ese otro vínculo de los afectos elegidos. Mucho de ese sentimiento está contenido en la canción emblema de fin de año, “La víspera de año nuevo”, compuesta por Tobías Enrique Pumarejo y popularizada por Guillermo Buitrago. Al escuchar este tema surge en nosotros el afán de reiterarles a las personas de nuestro núcleo afectivo los deseos por su salud y prosperidad, por la mayor felicidad en el año que comienza. ¡El inicio de año nuevo es una fecha para felicitar en cuerpo y alma!

Algo de nostalgia trae esta celebración. Porque a la par que se festeja lo nuevo, el año que comienza, también se da gracias por lo vivido, por el otro año de vida que hemos logrado llevar hasta el final. A veces se celebra el 31 de diciembre, simbolizando en la quema de muñecos, el acabose de un hecho nefasto, de una enfermedad que nos tuvo recluidos y postrados, o el dolor por la pérdida de un ser querido; y en otros casos, se festeja en este día un logro personal destacado, un buen negocio, una meta que parecía imposible de alcanzar, un giro favorable de la fortuna. Damos gracias al año viejo porque alguien a bien tuvo regalarnos su amor o su ternura, porque sacamos adelante un proyecto, porque salimos avante de situaciones dolorosas o adversas. Precisamente, Crescencio Salcedo interpretó ese sentimiento de gratitud hacia el año que nos deja y que es, al menos en nuestro país, otro hito musical de fin de año: “Yo no olvido el año viejo”. La voz de Tony Camargo y la Orquesta de Rafael de Paz le dieron a esta canción el tono perfecto de la añoranza vuelta agradecimiento.

Pero el eje fundamental de celebrar el último día del año es la exaltación de lo porvenir. Si hay algo medular en esta fiesta decembrina en la que abunda la comida, las bebidas, el baile, es el augurio porque el futuro nos sea grato, favorable o placentero. De alguna manera al brindar por un año nuevo lleno de salud y prosperidad lo que estamos declarando es que anhelamos renacer. Y si hubo algo que nos hizo sentir frágiles o desdichados, si las cosas no salieron del todo como quisimos, al levantar las copas, al mirar hacia el cielo cómo explotan en luces multicolores los juegos pirotécnicos, lo que hacemos en verdad es direccionar de nuevo nuestra voluntad o reconducir el rumbo de nuestro espíritu para vientos favorables, tierras prósperas o un tranquilo estado de bienestar. Al gritar, ¡feliz año!, lo que decimos es que aún sentimos en el corazón el palpitar vigoroso por nuevas aventuras o que estamos dispuestos a sembrar otra vez la parcela de nuevos proyectos. La BiIlo’s Caracas Boys supo concretar muy bien esta emoción de renacimiento que trae consigo el inicio de empezar otro tiempo: “Año nuevo, vida nueva”.

Esperando al niño Dios

Ilustración de Martina Peluso

Ilustración de Martina Peluso.

Tengo vivo en mi memoria el recuerdo de aquella navidad. Vivíamos en La Laguna, por aquel entonces, en una casa grande de techo alto y protegida por árboles de naranjos, mandarinos, anones, totumos, papayos e innumerables matas de café. Eran los años 60 y yo debía tener unos cinco años. Mi padre se dedicaba a la agricultura y mi madre a las múltiples tareas del hogar. En ese ambiente, cansado de jugar con mis dos perros y una gata, “La chillona”, yo debía atender varios oficios como traer de una quebrada agua para llenar una alberca enorme situada justo entre la cocina y la casa dormitorio, buscar garranchos para encender el fogón en las mañanas, llevarle el fiambre del almuerzo a mi papá en Caracolí, cuidar el café que él dejaba para secar extendido en costales en el patio de cemento y ayudar a subir por la tarde los pollos y las aves al gallinero. Así transcurrían mis días de niño en aquella casona que había sido de la abuela Clara y, en esos años, era sostenida y mantenida impecable por las manos y el cuidado de mi madre.

Yo sabía que las fiestas navideñas empezaban con la quema de la hoguera que hacíamos el siete de diciembre, por la noche. Durante todo el día me ocupaba en arrumar pequeños palos secos, hojas de plátano caídas, hojarasca de árboles de aguacate, guamos, yarumos, chamizos de diferente tamaño, palmichas, bejucos y abundantes cortezas de guácimo. De igual modo cargaba cantidad de astillas que encontraba en el sitio donde se cortaba la leña. Me parece ver la pila de madera, puesta en un claro, entre el camino y la entrada de la casa, a la cual se le agregaban canastos viejos y boñiga de vaca, cuando los mosquitos se tornaban insoportables.

Agotado de tanto ir y venir por el entorno verdoso de la casa, o de aventurarme más lejos hasta los límites con los potreros de Los Guzmanes o la casa de Don Higinio o la de la familia Cruz, esperaba que llegara mi papá de trabajar. Me trepaba en un anón y, desde allí, como un vigía de sombras del ocaso, aguardaba ansioso su retorno. Cuando ya lo veía venir me bajaba del árbol y con “Tolismán” y “Canelo” íbamos presurosos a encontrarlo. Él me recibía con una sonrisa, me preguntaba qué había hecho durante el día y así, conversando, llegábamos a la casa, como si yo también fuera un jornalero de los que labraban la tierra de Capira. Mi padre iba hasta la cocina, le daba un beso a mi mamá y se sentaba en una banqueta a tomarse una totumada de limonada fresca.

Después de comer, yo seguía ilusionado con la quema. Mi padre, primero hacía con sus manos un pequeño hueco en la base de la pirámide de palos y hojas secas y, luego, volvía a la cocina en búsqueda de una pequeña esperma, la prendía en el fogón  y retornaba a donde estábamos trayendo la diminuta vela en una mano, protegiéndola con la otra. La noche ya cubría todos los rincones de la vereda, esto hacía que la figura de mi padre se destacara más; parecía una larga sombra transportando una trémula luz. Mi papá se arrodillaba frente a la pira y ponía la espermita en el pequeño nicho que había preparado. Enseguida cubría con cuidado esa chispa con ramas delgadas, hojarasca y cortezas envejecidas. Apenas la luz alcanzaba las primeras hojas y los líquenes secos, en el momento en que las astillas de madera comenzaban su crepitar con un sonido maravilloso, el grupo lanzaba un grito de celebración. Alrededor de la hoguera estaba toda mi pequeña familia y dos trabajadores que, por esas fechas, acompañaban a mi padre en las faenas de labranza. El círculo se iba apartando a medida que crecía el fuego. A mí me daba una gran alegría ver cómo las llamas cobraban más y más fuerza hasta el punto de producir un resplandor que alumbraba la casa, la arboleda, los caminos, el guadual lejano. El humo, las chispas, el totear de la madera, subía a los cielos, acallando los grillos, los búhos y las ranas.

Pasados unos minutos, los que estaban de pie, iban a sentarse en el andén de la casa para seguir contemplando la hoguera. Yo me quedaba dando saltos alrededor de las llamas.

—Deje de jugar con la candela, porque si no, esta noche se orina en la cama —decía mi mamá.

Pero yo hacía caso omiso a su advertencia y proseguía con mi baile, brincando en derredor o saltando cerca al fuego. Los perros me secundaban, pero a prudente distancia, como si ellos sí atendieran la prohibición señalada por mi madre.

A medida que el fuego perdía fuerza yo traía más chamizos y hojas secas de plátano que había dejado apiladas en una de las esquinas del patio. Mi idea era no permitir que el fuego se extinguiera, mantenerlo tan potente en su fulgor cuanto más pudiese. Así iban pasando los minutos. Mi madre había traído tinto para todos los asistentes a esta costumbre decembrina. Aunque no éramos solo nosotros los que hacíamos la quema, de igual modo se prendía en todas las otras casas de la región, en El Cerro, en El Prado y en Lomalarga. Daba gusto ver relucir entre las montañas esos pequeños fuegos titilantes. Parecía que el cielo se hubiera bajado a la tierra y cada hoguera se asemejara a estrellas cercanas a nuestras manos.

Desde esa noche yo empezaba a añorar los regalos del niño Dios. Se me hacían muy largos los días de espera, a pesar de todos los mandados que se multiplicaban durante esas semanas: ir por la leche bien temprano donde mi tío Cristóbal, abajo de la carretera; llevar unos envueltos a donde don Ignacio; traer de donde mi abuela Hermelinda una mantecada que asaba en un horno de barro; ir donde la señora Inés, la modista, por unos vestidos… Durante esas correrías mi mente de niño se extasiaba con camiones y volquetas, con balones y pistolas niqueladas, con juguetes de todo tipo. Estaba como poseído por esa presencia que, según me habían dicho mis padres, entraba el 24 de diciembre por una pequeña ventana que quedaba justo en la habitación donde dormía. Yo me imaginaba que el niño Dios era como un ángel que venía desde el cielo a poner en la cabecera de la cama los regalos que mi corazón había soñado. Tal era mi anhelo, y por eso no paraba de hablar sobre mis deseos, especialmente a mi mamá, quien me escuchaba en silencio mientras preparaba el desayuno o terminaba de lavar la loza, después de que mi padre y los jornaleros terminaban de cenar.

—Mijo, era como una tarabita —comenta, mi madre, al recordar esas épocas.

Por eso en aquella navidad, tal vez estimulado por la curiosidad innata de esos años, decidí conocer al niño Dios. Me propuse, como fuera, no quedarme dormido para verlo entrar por la ventana y reconocer su rostro o su atuendo celestial. Lo que pensé e hice empezó desde temprano de ese veinticuatro de diciembre. Me porte más juicioso que de costumbre, hice todos los oficios que me encomendaron ese día: recogí los mangos caídos, le di de comer maíz a las gallinas, le piqué yuca a los marranos y, por primera vez, casi que ni jugué con los perros. A escondidas guardé una esperma de las que mi mamá tenía en la cocina con unos fósforos. Mi madre no sospechó nada o poco me dijo, ocupada como estaba preparando unos tamales para el otro día. Mi papá ese sábado había salido muy temprano para el pueblo de San Juan, a traer, como era su costumbre el mercado, el pan y la carne para la semana. Cuando mi padre volvió yo iba de camino a la tienda de El Piñal, porque mi mamá me había pedido ir por una caja de maizena para elaborar una natilla. Así que cuando regresé a toda carrera de hacer el mandado, ya estaba mi papá abriendo las talegas, sacando y extendiendo sobre la mesa cebollas y tomates, zanahorias y panelas, chocolate, fideos y paquetes de arroz, de frijol y lentejas. Daba gusto ver sobre la mesa del comedor el arrume de alimentos y encima de unas hojas de bijao las libras de carne, de costilla de res y varios pedazos de tocino. Mi padre me saludó, me sentó sobre sus piernas, y con gran suspenso sacó  de una bolsa de papel un bizcocho “liberal” para entregármelo con una sonrisa cómplice. En medio de ese alborozo, almorzamos un sancocho. Mi padre contó que San Juan estaba lleno de festones y que la música en las cantinas y el ruido de los voladores no paraba se sonar. Como a eso de las seis de la tarde, después de comer arepa de maíz pelado con carne de cerdo frita, mis padres continuaban conversando sobre las últimas noticias sabidas en el pueblo. Una luna llena y esplendorosa le daba al paisaje un color plateado.

Al paso que transcurrían las horas mi corazón sentía a la vez emoción y expectativa. Por eso, al irnos a acostar, como a las ocho, supuse que sería poco el tiempo para ver llegar al niño Dios. Mi madre me acompañó hasta mi cama, me dio un beso y las buenas noches. Cuando ya presumí que mis padres estaban dormidos, con sigilo le quité el puntillón a la ventana y la dejé abierta, previendo que por ahí llegaría el ángel con los regalos. La luz de la luna iluminó la sábana y parte del cuarto. Aproveché esa luz para buscar debajo de la cama la esperma y los fósforos. Los puse al lado, casi al pie de mis zapatos, para tenerlos cerca cuando apareciera el niño alado. Afuera se escuchaba el croar de las ranas y el ladrido de perros de los vecinos. Desde la casa se podía oír también el ruido de la pólvora que, en esas montañas, resonaba más fuerte que en otros lugares. De medio lado, observando la noche por ese pequeño espacio, hubo un momento en que sentí miedo, pues por ahí podía entrarse el Pollo de viento, ese espíritu errante que se lleva a los niños; entonces, mentalmente recordé la oración del ángel de la guarda y la repetí varias veces:

Ángel de mi guarda,

mi dulce compañía,

no me desampares ni de noche ni de día,

hasta que me pongas en paz y alegría

con todos los santos, Jesús y María.

Pasaban los minutos y nada que se aparecía el niño Dios. Mi voluntad luchaba con el sueño. Luego de un tiempo escuché como una música de tiple, de muchos tiples juntos que parecían venir bajando de El Piñal o iban de paso por el camino real, como si fuera una romería de músicos que animaran alguna fiesta. No sé si lo soñé, pues yo creo que aún mantenía los ojos abiertos, pero me pareció que la luz de una linterna iluminaba la ventana. A lo mejor el niño Dios no venía solo, o venía con ángeles que cantaban y tocaban música, no sé, pero estoy seguro de que una luz entraba a mi habitación. Después, lo que oí fue el canto de los gallos y el cacarear de las gallinas. El sol me despertó. Algo sobresaltado miré alrededor: en lugar de la esperma y los fósforos había un camión brillante, con un aluminio enceguecedor. ¡Ahí estaba el ansiado regalo! Era un camión idéntico al de mi tío Israel, en el que llevaba las cargas de piña hasta Corabastos, en Bogotá. Tenía carrocería de madera y una cabina de color rojo encendido. ¡Era igualito! Mi sorpresa y alegría contrastaban con mi derrota. El niño Dios había entrado en mi cuarto y a pesar de mis esfuerzos de esa noche no pude verlo.

Cuando salí con mi camión a exhibirlo en la casa, mis padres me recibieron con un gran abrazo.

—¡Uy!, ¿Y ese camión tan bonito?

—Me lo trajo el niño Dios —les respondí orgulloso—. Empezando a tirarlo de la piola, rumbo a traer mi primer viaje de piedras de la quebrada.

Una fe muy especial

Villancico de la falta de fe

Para que la maravilla de la navidad anide en nuestro corazón se requiere tener una fe muy especial, un convencimiento interior de que una estrella en el cielo es el signo de algún misterio o de un hecho de gran trascendencia. Precisamente, de eso nos habla el poeta español Luis Rosales en su texto “Villancico de la falta de fe”, de la miopía que tenemos los hombres para percibir la claridad de los astros o descubrir el paso lentísimo de una luz excepcional.

Ya en las primeras estrofas el poeta nos ayuda a entender los motivos para no percatarnos de esa estrella fulgurante. Las razones están en la lentitud del astro, en su traslúcido vestido o en la calentura que tenemos al ser habitantes de las grandes ciudades. Porque andamos de carreras y mirando hacia el piso el rutinario trabajo que nos permite sobrevivir, por eso poco levantamos la cabeza para avizorar los destellos que incitan a lo extraordinario. Porque nos vamos acostumbrando a no detenernos en lo bello o lo trascendente, porque hemos perdido nuestra herencia celeste, por eso ya no vemos lo que alumbra arriba de nuestras cabezas.

Hemos perdido el don de los magos, de esos seres capaces de entrever el fulgor en lejanía, la invitación que es guía aunque pareciera un resplandor común. Los magos son los que nos devuelven el sentido de lo fantástico, de gozar con lo que parece imposible. Los magos saben de estrellas porque las han visto nacer, porque pueden entrever en un simple fulgor el llamado a emprender la aventura. Los magos tienen más afinada la mirada para ver las estrellas porque han estado mucho tiempo con el cielo desnudo, porque la infinitud ha sido su paisaje cotidiano.

En cambio los hombres citadinos, los apegados a la inmediatez, difícilmente logramos observar los espacios abiertos o de amplitud sobrecogedora. En lugar de aprender de la vejez de Baltasar, ansiamos ser eternamente jóvenes; en vez de tener los ojos ardientes del creyente, nos contentamos con una incredulidad cercana al hastío. Aunque tenemos el alma llena de sed, preferimos dejarla sin florecer; hemos volcado todo nuestro interés en las cosas y las posesiones materiales hasta el punto de tornarnos invidentes para los esplendores o las luminarias inmateriales.

El poeta parece indicarnos que necesitamos de una fe más consistente, más previsora, con la cual podamos atisbar lo que está ahí pero parece ocultarse a nuestros sentidos. Y la navidad con sus belenes, con ese rito de cantos y novenas, puede ayudarnos a recuperar la fuerza de la visión creadora, el fervor de la creencia que fortifica el espíritu y nos devuelva la condición de ser criaturas limitadas pero con el poder de levantar la mirada para adorar la eternidad de las estrellas.

La figura central del pesebre

Para construir un nacimiento

Además del encuentro familiar para decorar y hacer el pesebre, de crearle un escenario lo más realista posible a las figuras centrales de la fiesta navideña, el poeta español Luis López Anglada nos dice que se requiere de otra cosa para que la puesta en escena de esta tradición cobre vida. Si no está la disposición genuina, la fe o el fervor, el nacimiento quedará sin terminar, será un cuadro pintoresco y destellante, pero esencialmente inanimado.

Porque de lo que se trata es que la navidad nos devuelva la fuerza del rito; de que nos desliguemos de lo rutinario e intrascendente para entrar en esa “zona sagrada” de lo excepcional o maravilloso. Y como todo ritual, esta práctica de “armar” el pesebre, de iluminarlo, de buscar el mejor lugar para las diferentes piezas, implica emplear un tiempo considerable, con una dedicación cercana al disfrute del ocio infantil. Es una actividad que nos invita a concentrarnos, a sentirnos diseñadores de geografías maravillosas, a ser directores de una obra de teatro guardada celosamente en nuestra memoria. De allí que al desempacar las diferentes figuras, guardadas en una caja desde el año anterior, empecemos a sentir que cambia nuestra actitud, que nos habita el corazón otra música, que somos transportados a otro tiempo.

Por supuesto, al “montar” el pesebre estamos creando un ambiente para el encuentro, para la celebración familiar de una devoción común. De allí que el poema nos reitere que la “pieza” fundamental de un pesebre sea nuestra genuina entrega a ese rito. Y que si no tenemos esa convicción o si por lo menos no somos capaces de dejarnos habitar por la fuerza de dicho relato, la fabricación del portal, de los ríos de plata, del rocío hecho con harina, habrá sido una labor vacía de sentido.  

Lo fundamental, por lo mismo, es dejar que el rito nos vaya adentrando en sus misterios. Porque de tanto estar junto al pesebre, de tanto mirar el humilde nacimiento, de tanto ensimismarnos con las pequeñas ovejas y los pastores, de tanto contemplar a María y José, empezaremos a sentir una especie de prodigio en nuestro corazón. Y, entonces, descubriremos que hay una luz interior en nuestro pecho capaz de iluminar a los reyes  magos que vienen de oriente, y están en el lugar más alejado del portal. Sólo así el pesebre estará cabalmente terminado.

Un tiempo de prodigios

Magia de navidad

Este poema es un exquisito ejemplo de lo que significa, especialmente para los niños, la navidad. La poetisa española Marisa Alonso Santamaría nos ayuda a entender las dos lógicas que se encuentran en navidad: la de quien sigue fiel a su realismo cotidiano y la de esos otros que sienten la magia a plenitud. O si se quiere entender de otro modo, la de los adultos empecinados en negar la existencia de lo maravilloso y, la de los pequeños, que descubren con alegría el poder de lo fantástico y sobrenatural.

Todo comienza en la preparación del pesebre. Esta niña apenas entra en contacto con una de las figuras del belén, siente que no está poniendo ni muñecos de barro o cerámica, ni animales de plástico, ni estrellas de fantasía, ni ríos de papel. No. Bastó que sus manos hubieran tocado al pequeño niño para sentir que al frente de ella se desarrollaba una escena viva y esplendorosa.  El  niño era en verdad otra criatura como ella y, por eso mismo, lleno de necesidades y emociones palpables. El pesebre recobra su valía, es como una obra de teatro, un mundo gobernado por los vientos de la posibilidad.

Y porque la niña se halla inmersa en ese universo, por ser ella una protagonista del pesebre, es que empieza a preguntarle a su madre sobre lo que allí sucede. La mamá, muy seguramente de espaldas a la niña, apenas sigue el diálogo, pero sus respuestas muestran que está por fuera de ese reino fabuloso. Ella es ajena a las peripecias admirables de su hija. En consecuencia, cada respuesta es bien diferente a lo que la niña percibe, siente o imagina. La madre quiere enseñarle que las figuras de barro no pueden llorar, no padecen de frío, no saben reír; que la realidad es sólo una e inmodificable. Sin embargo, la niña descubre en su juego solitario otra cosa: que ese niño del pesebre llora, se entumece de frío, puede reír y, antes de dormir, es capaz de prodigar sonrisas de gratitud.

Podría haber sido no la figura de barro, sino la estrella puesta encima del árbol, o  el Papá Noel, o el sigiloso niño Dios, o los ángeles que parecen volar como pájaros en desbandada. Eso no importa. Cuando se es niño nada parece imposible, el entorno tiene más de una cara y es fácil o casi natural ser protagonista de muchísimas aventuras. Esa es, precisamente, la magia a la que alude el poema: en navidad los niños recuperan el don de transformar el mundo que los rodea o de darle otra fisonomía a las cosas que los circundan. Por tal motivo, en la infancia resulta más fácil condolerse y ser solidarios, compartir el pan o abrigar al que tiembla desnudo frente a nosotros. Ese es el prodigio navideño: sentirnos interpelados y solícitos con nuestros semejantes frágiles o necesitados.

Sembradores de luz

Estrella de navidad

Las fiestas navideñas tienen la particularidad de contagiarnos una calidez especial, un calor que llena todo nuestro ser. Esto es lo que la chilena Gabriela Mistral nos comunica en su poema “Estrella de navidad”. El motivo elegido es una niña que atrapa una estrella para luego transformarse en una luz centelleante que proyecta ese ardor a todos los demás.

El poema va contando el proceso de alcanzar esa estrella navideña: porque lo más difícil no está en atrapar dicha luz, sino en tener el suficiente entusiasmo en tal propósito para dejar que ese destello nos colme desde la cabeza hasta los pies. Que el deseo de obtener lo imposible pueda abrasarnos, que no cuenten las caídas o los obstáculos, que nada desvíe al alma de obtener ese anhelo celeste. Ahí está el encanto y el desafío de las estrellas navideñas: ir en pos de ellas es asumir –o descubrir quizás– que cogerlas es incendiarse con su fuerza, con su fascinante luminosidad. 

La poetisa muestra con sus versos que en tiempos navideños hay que dejarse habitar íntegramente por lo mismo que se anhela, por eso que brilla titilante a lo lejos. Se trata de mantener la inocencia o la esperanza genuina de que es posible atrapar lo inalcanzable. Y una vez se tiene esa certidumbre, apenas tocamos la estrella de nuestros deseos, no podemos soltarla o dejarla caer. La ilusión obtenida no podemos dejarla romper por nuestro cansancio o nuestra falta de valor espiritual. Solo así habita la luz en el pecho, es de esa forma como lo que era una fascinación exterior encarna en nuestra interioridad. De allí la transformación final que muestra Gabriela Mistral en su poema: la niña ya no necesita de la estrella, porque ella misma es plena luz.

Si hay un milagro en la Navidad es esa metamorfosis de incredulidad a certeza, de rechazo de imposibles a aceptación de probabilidades. Por eso, cuando hacemos el pesebre, cuando decoramos el árbol de navidad, al momento de escribir una carta al niño Dios, cuando formulamos votos de salud y prosperidad en una tarjeta o un correo electrónico, cuando todo eso hacemos, repetimos la historia de la niña que tuvo la suficiente fe para atrapar una estrella, hacerla suya, hasta el punto de encender todos los caminos de la tierra. Si nos llenamos de deseos y parabienes en navidad es porque queremos ser sembradores de vida, de esa luz que aviva el corazón y se multiplica en la medida en que la irradiamos a otros.

Llegó diciembre

Diciembre Meira Delmar

Este poema de la colombiana Meira Delmar es un buen heraldo del mes que comienza. Y lo es porque en sus versos deja traslucir la magia que trae diciembre, su relación con la niñez, con la alegría primaveral y con un renacer de fiesta en el espíritu.

Porque lo que trae este mes, además de los festones y decorados, de las luces y la algarabía, es un aire “fino” de flores que nos invita soñar; un aire que nos vincula con recuerdos felices en el que abundaban los juegos y la fantasía desbordante. Los aires de diciembre transforman el entorno, dejan más azul el cielo, lo limpian de nubes para que los ángeles –especialmente vespertinos– nos encanten con sus tonalidades de arpas ensoñadoras. Es un aire o brisa que todo lo envuelve, que nos pone a temblar el alma porque llega hasta las fibras más íntimas de nuestro ser.

Diciembre es también un mes para que salgan de sus escondites los duendes de “nevosas barbas”, los enanos y elfos, los Papá Noel y todos esos personajes que por nuestros afanes cotidianos o nuestra angustia para sobrevivir los olvidamos. Este es el mes para que ellos suban a la tierra de nuevo, para que entren a formar parte de nuestro mobiliario y desordenen con colores vivos la monótona vida que llevamos. En diciembre recuperamos la credibilidad de la infancia y, con ella, la certeza en lo imposible, en lo probable, en lo maravilloso. El más humilde puede soñar que es rico, el más solitario sentirse acompañado de voces fraternales. Hasta la misma naturaleza recupera su fuerza y esplendor para entrar por las ventanas abiertas de nuestras casas.

El poema, en su misma elaboración, desea comunicarnos esa música particular que trae diciembre. Los versos van dejándonos entrever un ritmo juguetón y cadencioso, un vaivén que por momentos se parece a un rumor y, en otros, a los golpes de las corrientes de agua. Esa música invita a la ensoñación, a imaginar paisajes románticos o “pueblos azules” en los que los lirios, los jazmines, las acequias y una infinitud de pájaros mueven sus formas como si fueran bailarines leves. Meira Delmar pone el acento en que la llegada de diciembre es, esencialmente, el inicio de una melodía fina, delgada, como son las notas en que la vida canta su renacimiento.

Diciembre llega con rostro de niña, con los gestos y clamores de quien se siente despreocupado y libre para saltar y reír hasta el cansancio, de quien sabe que puede alzar sus manos para alcanzar las nubes o que confía en el milagro de una promesa para tener los regalos más ansiados. Diciembre es una ráfaga, un ventarrón de aromas y sabores, de cantos y formas, de abejas mensajeras de mieles exquisitas, un júbilo que lo inunda todo, que a todos despierta, que nos aviva los sentidos y nos permite recuperar la facultad de soñar. Diciembre llega corriendo como los niños que, gratuitamente, vienen hacia nuestro pecho para darnos un abrazo o remover, como si fuera una travesura, las fibras hondas de nuestro corazón.