Los informes de gestión

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El informe es un tipo de texto que participa tanto de las modalidades expositivas como informativas. Es decir, no solo busca exponer un hecho, situación o evento, sino además compartirle a alguien ausente los pormenores o circunstancias de dicho acontecimiento. El informe, en cuanto documento expositivo, reorganiza con un fin didáctico las diferentes partes de determinado hecho y, por su intención informativa,  recupera la memoria de lo ya pasado con la intención de otorgarle un sentido. Puesto en otros términos: el informe nos ayuda a entender, pero también a recordar. Además de los ya clásicos informes de investigación, que recuperan la experiencia de un largo proceso de pesquisa, de acciones, deliberaciones grupales y trabajos de campo, el otro tipo de informes muy demandados hoy, son los llamados informes de gestión. A ellos quisiera referirme en los párrafos que siguen.

Lo más importante de un informe de gestión, y quisiera decirlo por adelantado, es su esencial papel para la toma de decisiones. Además de su función de control administrativo o de requisito para comprobar los resultados de determinada función o los objetivos de un proyecto, fuera de esa utilidad, los informes son la base para orientar las determinaciones de un directivo o los posibles cambios dentro de una organización. Tal valor de referencia convierte a los informes en un medio estratégico para la evaluación de resultados, el seguimiento a metas específicas o el posible impacto de una política, un lineamiento o la puesta en marcha de una propuesta de acción institucional.

Los informes de gestión, como es lo típico en todos los textos de esta modalidad, se organizan a partir de una triple estructura: una introducción, el  desarrollo mismo del informe y unas conclusiones. A veces se incluyen, por razones administrativas o dependiendo de ciertas intenciones organizativas, unos antecedentes y unas recomendaciones. En todo caso, el que redacta un informe o aquellas personas que los solicitan deberían tener presente que no se trata de una tarea de acumular información, sino de seleccionar los datos más significativos, señalar aquellos aspectos que demanda mayor atención o poner en alto relieve un logro o resultado poco habitual. Digo esto porque a veces se usa el informe de gestión como una lista de chequeo o un control de actividades, pero dejando de lado lo que resulta más importante: el señalamiento de las dificultades, la atención sobre zonas de oportunidad, el testimonio de la mejor vía para alcanzar una meta, los puntos críticos o de alerta para un área o una institución.

Cabe decir acá que un buen informe empieza con un juicioso registro de lo cotidiano. Tener a la mano datos, hacer registros visuales o escritos, guardar evidencias de lo que se hace cada día, es fundamental al momento de redactar el informe de gestión. Sin evidencias el informe se convierte en un mero comentario o en la opinión gratuita de una persona. Los datos confiables ayudan a darle al informe validez, permiten hacer comparaciones, mostrar la evolución de un evento, sopesar los aciertos o desaciertos. Tal vez porque no se tiene el cuidado de llevar una bitácora del tiempo presente es que la hechura de los informes, siempre realizada en un tiempo lejano o extemporáneo con relación a lo realizado, pone al redactor de informes en unos aprietos que lo llevan a olvidar cosas esenciales de su trabajo, a minusvalorar un logro, a generalizar lo que en verdad mereciera discriminarse o a lanzar juicios críticos sin fundamento. Esto vale la pena tenerlo presente: el primer enemigo de un buen informe de gestión es el descuido en la recolección de los datos y las evidencias del trabajo diario.

Precisamente, cuando se ha hecho esa tarea de registro cotidiano (que pueden ser unas cortas notas, unos datos-clave, un testimonio fundamental) queda más fácil seleccionar o jerarquizar lo que va a consignarse en el informe. Porque al que elabora un informe de gestión se le pide que tenga criterio y juicio para priorizar o valorar lo realizado. Con una mirada de totalidad –ya sea de un mes, un trimestre, un semestre o un año– lo que debe guiar su mirada es un juego de retrospectiva sobre lo hecho, pero sin perder la intención prospectiva. El informe de gestión comprende lo realizado en un tiempo pretérito, aunque su verdadera finalidad sea iluminar las acciones en el porvenir. Por lo mismo, cuando se redacta el informe hay que resaltar, especialmente en la introducción, aquellos puntos o aspectos de mayor urgencia para atender, corregir o mejorar en una organización. Y si no se hace en este lugar, será en las conclusiones del informe en las que el redactor expondrá esas consideraciones. Tal vez por esta razón, algunas entidades distinguen entre las conclusiones y las recomendaciones: las primeras son la síntesis de lo realizado, en tanto las segundas, se desprenden de lo ya hecho. Las recomendaciones son el lugar para lo propositivo, para la innovación, para sugerir un cambio o proponer algo que falta por hacer.

Aquí resulta conveniente agregar otras recomendaciones para quien va a redactar un informe de gestión. Lo primero es la voluntad didáctica para que lo escrito sea entendible y comprensible por un lector que, como se presume, no estuvo presente. Los informes no pueden caer en los sobreentendidos o en esas vaguedades de lo dado por hecho. Siempre hay que usar una exposición ordenada y estructurada, o procurar inscribir lo particular después de haber mostrado la generalidad o el contexto que ayuda entender los detalles. El excesivo recuento de la minucia, sin un marco de referencia, convierten los informes en un listado de actividad o hechos poco significativos. Otro consejo tiene que ver con el uso de resaltados tipográficos (estilo de letra, uso intencionado de mayúsculas o itálicas) o con una jerarquía en los títulos y subtítulos. No todo puede presentarse en un informe como su fuera una mole del mismo valor o sin ninguna distinción para el lector. El informe, en su misma presentación formal, muestra escalas de importancia y hace advertencias usando recuadros o llamados de atención (como si fueran titulares o destacados). Por lo demás, los informes presuponen en quien los escribe un esfuerzo por que la prosa sea clara, concisa, y poco llena de incisos y largas divagaciones. El informe de gestión en eso parece plegarse a los mandatos de la noticia periodística: ¿qué se hizo?, ¿cómo se hizo? y ¿qué se logró?; esto implica el uso de períodos cortos, evitar adjetivar innecesariamente, emplear de manera precisa los sustantivos y, cuando se necesite apoyarse en documentos, echar mano de fotografías, de tablas o estadísticas. La escritura de los informes de gestión es escueta, directa, fundamentada, soportada en evidencias. Ni adornar, ni falsificar; como tampoco omitir asuntos vertebrales queriendo minimizar un error o extenderse en elogios para hacer creer que algo es demasiado grandioso cuando en verdad es un evento común y corriente.

Los informes de gestión, por lo general, se escriben en tercera persona, con la intención de favorecer un tono más objetivo. La tercera persona es una modalidad discursiva que favorece el uso de la descripción, es un modo de observar y dar cuenta de ciertos acontecimientos; el que así redacta es como una cámara que informa lo que ve, escucha o puede evidenciar. Por lo demás, la tercera persona permite usar las voces textuales de personas o actores en determinado evento o situación. Todo ello contribuye a darle validez y consistencia a la información presentada. Vale agregar acá que el uso de los anexos se convierte en un recurso de primera mano para la exposición en tercera persona: con ellos se logra corroborar, ampliar o profundizar en determinadas observaciones señaladas en el cuerpo del informe. Los anexos hacen las veces de testigos a la mirada del redactor del informe; son una especie de certificación desapasionada o parecidos a las pruebas de contundencia real. Como se ve, al elaborar un informe de gestión hay que minimizar en lo posible las intuiciones o imaginaciones, las apreciaciones subjetivas o los sentimientos positivos o negativos que siempre están al acecho. Los buenos informes se destacan, precisamente, porque logran centrarse en describir determinados eventos o hechos, manteniendo a raya las posibles interpretaciones derivadas de los mismos acontecimientos. Las opiniones del redactor del informe, de esta manera, se ven restringidas, a no ser en la parte de las sugerencias o recomendaciones, en las que la primera persona resulta no sólo útil, sino necesaria para hacerse responsable de tales propuestas o iniciativas. 

Concluyamos estas ideas sobre el informe de gestión subrayando la dualidad de este tipo de texto: por ser expositivo necesita una ordenada y clara organización de sus partes; por ser informativo, debe elegir cuidadosamente los datos más relevantes. Lo expositivo habla de temas y subtemas; lo informativo resalta la objetividad y el soporte en evidencias. Descripción y análisis le son necesarias; concisión y concreción le son absolutamente indispensables. Sin estas particularidades, los informes de gestión perderían su utilidad mayor: la de ofrecer puntos y razones de juicio para orientar la toma de decisiones en una empresa o una organización.

Consejos para aprender a escribir, según Flaubert

Gustave Flaubert

Gustave Flaubert o la “fisiología del estilo”.

A la manera de un centón, he elaborado este texto después de una lectura minuciosa de las Cartas a Louise Colet de Gustave Flaubert. Todos los entrecomillados, en consecuencia, son frases textuales de las diferentes cartas (168) que el novelista francés escribió a su amante, de 1846 a 1855. He seguido la traducción de Ignacio Malaxecheverría, en Ediciones Siruela, Madrid, 1989.

“El estilo debe ser rítmico como el verso, preciso como el lenguaje de las ciencias, y con ondulaciones, zumbidos de violonchelo, penachos de fuego; el estilo debe entrar en la idea como estilete, y en tu pensamiento bogar sobre superficies lisas, como cuando se vuela en una barca con un buen viento de popa”. “Hay que conocer la anatomía del estilo, saber cómo se articula una frase y por dónde se sujeta”. “En literatura no hay buenas intenciones. El estilo lo es todo…” “Comprime tu estilo, haz de él un tejido flexible como la seda y fuerte como una costa de mallas”. “Cuida tu estilo, redondea las frases”. “Estoy convencido, por lo demás, que todo es cuestión de estilo, o más bien de carácter, de aspecto”. “Por eso, no hay temas hermosos ni feos, y casi podría establecerse como axioma, colocándose en el punto de vista del Arte puro, que no hay ninguno, y que el estilo es por sí solo una manera absoluta de ver las cosas”. “Siente que no debes morir sin haber hecho rugir en alguna parte un estilo como el que oigas en tu cabeza, y que será capaz de dominar la voz de los loros y de las cigarras”. “En el estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido”.

“Para mí no hay en el mundo más que los versos hermosos, las frases bien construidas, armoniosas, sonoras”. “¡La frase es lentísima para asuntos sencillos!”. “Ante todo hay que tener sangre en las frases, y no linfa, y cuando digo sangre me refiero a corazón. Tiene que latir, palpitar, conmover. Hay que hacer que se amen los árboles y vibren los granitos. Puede ponerse un amor inmenso en la historia de una brizna de hierba”. “Una buena frase de prosa debe ser como un buen verso, incambiable, igual de rítmica y sonora”. “La frase más sencilla tiene un alcance infinito para el resto. ¡Por eso hay que dedicarle tanto tiempo, tantas reflexiones, ascos, lentitud!”. “Medita más, por tanto, antes de escribir, y aférrate a la palabra. Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza”. “Uno puede divertirse con ideas tanto como con hechos, pero para eso han de emanar una de otra como de cascada en cascada, y arrastrar así al lector en medio de la vibración de las frases y del hervir de las metáforas”. “Para escribir habría que conocerlo todo. Todos nosotros, escribidores, sufrimos una ignorancia monstruosa, y sin embargo, ¡cuántas ideas y comparaciones proporcionaría todo eso! En general, nos falta tuétano… En la poética de Ronsard hay un curioso precepto: recomienda al poeta que se instruya en las artes y oficios de herreros, orfebres, cerrajeros, etc., para extraer metáforas. En efecto, eso es lo que te da una lengua rica y variada. Las frases deben agitarse en un libro como las hojas en un bosque, todas distintas en su semejanza”.

“Mientras no se separen en una frase dada la forma del fondo, sostendré que son dos palabras vacías de sentido. No hay pensamientos hermosos sin formas bellas, y recíprocamente. La belleza rezuma de la forma en el mundo del Arte, como en nuestro mundo salen de ella la tentación, el amor”. “La idea no existe sino en virtud de la forma”. “Allá donde falta la forma, ya no hay idea. Buscar lo uno es buscar lo otro. Son tan inseparables como lo es la sustancia del color, y por eso el Arte es la verdad misma”. “La forma sale del fondo, como el calor del fuego”. “La forma es como el sudor del pensamiento; cuando se agita en nosotros, transpira en poesía”. “La mente es como una arcilla interior. Desde dentro, empuja a la forma y la moldea a su imagen”. “La forma es la carne misma del pensamiento, como el pensamiento es su alma, su vida. Cuanto más anchos sean los músculos de tu pecho, más a gusto respirarás”. “No hay que creer siempre que el sentimiento lo es todo. En las artes no es nada sin la forma”. “Una desviación de una línea puede apartarte completamente de la meta, hacer que falle el fondo.

“¡La unidad, la unidad, ahí está todo” El conjunto, eso es lo que les falta a todos los de hoy, grandes y pequeños”. “Reflexiona, reflexiona antes de escribir. Todo depende de la concepción. Ese axioma del gran Goethe es el más sencillo y más maravilloso resumen y precepto de todas las obras de arte posibles”. “Todas las dificultades que se experimentan al escribir proceden de la falta de orden”. “Lo que constituye la fuerza de una obra es el empalme, como se dice vulgarmente, es decir, una larga energía que corre de un extremo a otro y que no flaquea”. “La frase puede ser buena a ráfagas (y las mentalidades líricas consiguen fácilmente el efecto, siguiendo su inclinación natural), pero falta el conjunto, abundan las repeticiones, las redundancias, los lugares comunes, las locuciones banales. Cuando se escribe, al contrario, una cosa imaginada, como entonces todo debe dimanar de la concepción, y como la más pequeña coma depende del plan general, la atención se bifurca. A la vez, es preciso no perder de vista el horizonte, y mirar a los pies de uno”. “El detalle es atroz, sobre todo cuando uno ama el detalle. Las perlas componen el collar, pero es el hilo el que lo hace. Ensartar las perlas sin perder ni una y sujetar siempre el hilo con la otra mano, ahí está la malicia”.

“No se escribe con el corazón, sino con la cabeza, y por bien dotado que esté uno, siempre hace falta esa vieja concentración que da vigor al pensamiento y relieve a la palabra”. “Se escribe con la cabeza. Si el corazón la calienta, mejor; pero no hay que decirlo”. “No hay cosa más débil que poner en el arte los sentimientos personales. Sigue ese axioma paso a paso, línea a línea. Que sea siempre inconmovible en tu convicción, mientras diseccionas cada fibra humana y buscas cada sinónimo, y verás, ¡verás cómo se ensanchará tu horizonte, cómo resonará tu instrumento, y qué serenidad te invadirá! Relegado hasta el horizonte, tu corazón te alumbrará desde el fondo, en vez de deslumbrarte en primer plano”. “La pasión no compone los versos, y cuanto más personal seas, serás más débil”. “Cuanto menos se sienta una cosa, más apto es uno para expresarla tal como es (como es siempre, en sí misma, en su generalidad, y libre de todas sus contingencias efímeras). Pero hay que tener la facultad de hacérsela sentir. Esta facultad no es sino el genio: ver, tener ante sí el modelo, posando”. “Hay que desconfiar de todo lo que se parece a la inspiración, y que a menudo no es sino actitud preconcebida y falsa exaltación que uno se ha dado voluntariamente, que no ha llegado por sí sola. Pegaso suele ir al paso. Todo el talento consiste en saber hacerle tomar el ritmo que uno quiere. Pero para eso no debemos forzar sus posibilidades, como se dice en equitación”.

“En cuanto a las correcciones, antes de hacer una sola, vuelve a meditar el conjunto y trata sobre todo de mejorar, no mediante cortes, sino con una nueva creación. Toda corrección ha de hacerse en este sentido. Hay que rumiar bien el objetivo antes de pensar en la forma, pues no resulta buena más que si nos obsesiona la ilusión del asunto”. “Por muchos retoques que le des a una obra (quizá los darás), siempre será defectuosa; faltan en ella demasiadas cosas, y un libro siempre es débil por ausencia; “y cuando la hayas escrito, haz otras dos o tres, y antes de la media docena habrás encontrado el filón de oro”. “Hay que saber detenerse en las correcciones, ya que no se ven bien las proporciones de un fragmento cuando se ha detenido uno en él demasiado tiempo”; “es tan difícil deshacer lo que está hecho, y bien hecho, para meter algo nuevo en su lugar, sin que se vea el encaje”. “Todos los peluqueros están de acuerdo en que, cuanto más se peina el cabello, más brilla. Lo mismo sucede con el estilo, corregir da lustre”.

“Trabaja cada día pacientemente un número igual de horas. Toma el hábito de una vida estudiosa y tranquila; primero saborearás en ella un gran encanto, y sacarás fuerza. No tengas la manía de pasarte noches en blanco; no conduce a nada más que a cansarse”. “Trabaja, haz algo grande, hermoso, sobrio, severo, algo cálido por debajo y espléndido en la superficie”. “Trabaja, medita, medita sobre todo”. “Con un recto sentido del oficio que se hace, y una voluntad perseverante, se llega a los estimable”. “Ama tu trabajo con un amor frenético y pervertido, como un asceta el cilicio que le rasca el vientre”. “Cuesta un esfuerzo diabólico enderezar todas esas curvas, adelgazar lo que está demasiado gordo y engordar lo flaco en exceso”. “Sumérgete en largos estudios; lo único que hay perennemente bueno es el hábito de un trabajo tozudo. De él se desprende un opio que embota el alma. “Nada se obtiene sino con esfuerzo; todo tiene su sacrificio. La perla es una enfermedad de la ostra, y el estilo quizá, la supuración de un dolor más profundo”.

“Adquiere el hábito piadoso de leer todos los días un clásico durante al menos una hora larga”. Lee “hasta que las páginas se te hayan quedado entre los dedos”. “Hay que leer incesantemente historia y clásicos”. “Un escritor, como un sacerdote, siempre debe tener en su mesilla algún libro sagrado”. “Lee, relee, disecciona, excava”. “La biblioteca de un escritor debe componerse de cinco o seis libros, fuentes que deben releerse todos los días”. “Es una cosa a la que es preciso acostumbrarse, a leer todos los días (como un breviario) algo bueno. A la larga, se infiltra”. “Adquiere ya, el hábito de leer todos los días un clásico. Si te predico eso incesantemente es porque creo saludable esa higiene”.

“El Arte es una representación, no debemos pensar más que en representar. La mente del artista ha de ser como el mar, lo bastante vasta para que no se vean sus bordes, lo bastante pura para que las estrellas del cielo se reflejen en ella hasta el fondo”. “El relieve procede de una visión profunda, de una penetración del objetivo; pues es preciso que la realidad exterior entre en nosotros, hasta hacernos casi gritar, para que la reproduzcamos bien”. “Cuando se observa la vida con un poco de atención, se ven los cedros menos altos, y los juncos mayores”; “la verdad está tanto en las medias tintas como en los tonos contrastados”. “En cada objeto vulgar hay maravillosas historias. Cada adoquín de la calle tiene quizá su lado sublime”. “Las obras más hermosas son aquellas en que hay menos materia; cuanto más se acerca la expresión al pensamiento, cuanto más se pega a éste la palabra y desaparece, más hermoso resulta”. “Escribe todo lo que veas no tal como es, sino transfigurado”. “El artista debe elevarlo todo; es como una bomba, tiene un gran tubo que desciende a las entrañas de las cosas, a las capas profundas. Aspira y hace brotar al sol, en surtidores gigantescos, lo que estaba plano, bajo tierra, y no se veía”. “¿Cuántas miasmas repugnantes hay que haber tragado, cuántas penas sufrido, cuántos suplicios soportado para escribir una buena página? Eso somos nosotros, poceros y jardineros. Sacamos de las putrefacciones de la humanidad deleites para ella misma, hacemos crecer canastillas de flores sobre miserias amontonadas. El Hecho se destila en la Forma y sube a lo alto, como un puro incienso del Espíritu, hacia lo Eterno, lo Inmutable, lo Absoluto, lo Ideal”.

“Hay que saberse a los maestros de memoria, idolatrarlos, tratar de pensar como ellos, y luego separarse de ellos para siempre. En cuanto a instrucción técnica, se saca más provecho de los genios eruditos y hábiles”. “Para tener talento hay que estar convencido de que se posee, y para conservar la conciencia limpia hay que colocarla por encima de las de todos los demás”.

Confesiones de Leda al cisne

Josef Thorak Leda y el cisne

Josef Thorak: “Leda y el cisne”.

I

Que se alargue tu cuello

que cubras mi desnudez con tus alas enormes

que tu calor me queme

que te pegues a mí

como si fueras una sábana leve y blanca

que aletees clamando entre mis piernas

que no dejes de susurrarme tu feroz salvajismo.

Que levantes tu vuelo en mi vientre dormido

para cantar en el aire tu libertad soñada.

 

II

Sube despacio,

haz de tu largo cuello una serpiente

y en detenidos meandros

ve nombrando mi piel entre tus alas.

No te levantes,

calienta con tu levedad mi ardor de agua

déjame sentir tu corazón

con mi palpitar de oscuras ansias.

Acomódate entre mis muslos

convierte mi noche en tu nido esperado,

juntemos la fragancia de las plumas.

Pero no descanses,

quiero sentir tu vuelo desde adentro

como si el aire que tienes en tu ser

entrara a mi corazón con tus graznidos.

Levanta el vuelo con este cuerpo abandonado

llévame al cielo en tu fugaz ascenso.

 

III

¿Te gusta así?

¿Disfrutas el saberte aprisionado?

¿Amas esta cárcel de piel que has elegido?

¿Soy el nido ideal para el cansancio de tus alas?

No dices nada.

Solo sé que has bajado de los cielos

a reposar tu lucha contra el viento enemigo.

Aquí tengo el agua que calma tus ardores,

aquí los peces que desde el aire viste,

aquí el calor para alejar el hielo de las nubes.

¿Me estoy quieta o te arrullo?

¿En verdad descansas?

Porque tu cuello, inquieto y victorioso,

sigue alerta en mi noche con su incansable movimiento.

 

IV

Nadie como yo para entender tu voz

tus sonidos guturales y antiquísimos,

nadie como yo para escuchar tus lamentos nocturnos

y tus parloteos de ansias primitivas.

Voy a cerrar mis ojos para no distraerme.

Háblame como si fuera otro animal…

Hazme tu hermana de brincos y estertores.

Chilla tan fuerte como tu sangre te lo pida

desbócate en sonidos, reclama tus urgencias,

aquí estoy complacida con tu historia de bestia.

O susurra como si fueras una borrasca contenida,

el murmullo ancestral de las tormentas…

sé oír el silencio de las melodías misteriosas,

esas que solo se oyen cuando estamos desnudos.

Ahora lo sé, mi cuerpo lo adivina:

te vistes de plumas para ocultar tus manos

y tus gritos salvajes son seductores sortilegios.

Eres la encarnación de mis aladas fantasías.

 

V

Cuánto gozo al saber que me buscas incesante

con tu cuello,

cómo enardeces mi vientre, mi senos y mis manos.

Pasas con tu roce de plumas

y toda mi piel queda herida de tu suavidad,

de tu tersura en rítmico bamboleo,

de tu serpenteante descubrirme por pedazos.

Tus alas me provocan un temblor infinito,

tu calor exacerba el fuego que me nutre,

tus patas cubren mis frutas más guardadas…

Con mis piernas abiertas disfruto tu vuelo detenido

mientras espero ansiosa tu irte hacia las nubes.

 

VI

Enrédate en mis senos

palpa mi desnudez por todas partes,

cúbreme con tus alas victoriosas.

No dejes nada de mí sin tu mirada inquieta,

llena mis cavidades con tu aletear caliente,

pon un poco de sol en mis muslos tan fríos.

Deslízate en mis brazos,

vuela sobre el extenso paisaje de mi espalda,

anida en el abismo blando de mis amplias caderas,

sumérgete, bien hondo, en este lago  que te acoge.

Soy sólo agua para tu nadar incesante de ave migratoria.

 

La escritura de diarios

Anais Nin y Franz Kafka

Anaïs Nin: “Escribiré la verdad absoluta en mi diario”; Franz Kafka: “Uno encuentra en su diario pruebas de haber vivido”.

Llevar un diario hace parte de las prácticas de la escritura confesional. A través de las palabras, el diarista consigna para sí impresiones de su cotidianidad, reflexiones sobre diversos asuntos, angustias que lo atormentan, experiencias, anhelos o preocupaciones personalísimas. Esta confesión, a solas, convierte a los diaristas en notarios de su propia intimidad, en personas que examinan su ser y su actuar constantemente.

Al ser la privacidad la materia prima más abundante con que se hace el diario, cada diarista oscila entre decir todo lo que siente o piensa o editar parte de ese caudal de vivencias y pensamientos. Pero esta “aduana” depende exclusivamente de su criterio, de sus convicciones, de su carácter, de sus creencias. Nadie más que el diarista para saber qué incluye o excluye de su parcela de escritura cotidiana. Algunos recurren a las siglas o los asteriscos, a la omisión de apellidos; pero otros, convencidos de que al menos frente a la hoja en blanco no vale la pena mentirse, dejan desnudas en las páginas del diario sus más secretas apreciaciones sobre algo o alguien, sus juicios más incisivos sobre las personas con quienes conviven o trabajan. En todo caso, la esencia de llevar un diario está ahí precisamente: en poder expresar libremente lo que a todas luces debe permanecer privado o permanecer impronunciable.

Es evidente que llevar un diario es un ejercicio de rememoración sobre lo vivido. Pero si uno lo analiza mejor, el diarista “criba” los hechos en busca de algún acontecimiento. Es decir, de todo lo que se puede hablar o hacer, de las innumerables cosas que escuchamos o vemos, de todo ese caudal, el diarista elige sólo algunos eventos que, según su criterio, alcanzan una mayor significación. Dichos acontecimientos son los que merecen el lugar del registro. Quizá por eso, se dejan días en blanco, como una manera de señalar su poca relevancia. Mediante esa tarea de cedazo o selección, los diaristas buscan –así no sea siempre de manera consciente– detectar lo valioso de su existencia. No se trata, entonces, de hacer un acta, hora a hora, de todo lo que le sucede a un individuo, sino de determinar cuándo una conversación, una actividad, un encuentro, tiene el suficiente interés como para transformarse en un incidente crítico, en un hito, en una marca vital.  

Así que, a la par que el diarista recuerda, también va generando un proceso de reconocimiento personal. Los signos escritos le sirven de espejo para descubrir sus obsesiones, sus “monotemas”, sus motivos recurrentes. El diario, en este sentido, es un medio idóneo para el cuidado y el cultivo de sí. Mediante la relectura de sus páginas, el diarista logra entender su existencia, comprender mejor sus actuaciones, apreciar el itinerario de su historia o, en caso negativo, detectar lo que por el afán o la despreocupación ha dejado al garete o al incierto vaivén de las circunstancias. Si bien lo inmediato es rememorar para escribir en el diario los acontecimientos del día, lo que resulta revelador –al releer el diario– es comprobar cómo se va delineando una personalidad, cómo afloran ciertas manías, cómo se desarrolla una vocación, cómo se instalan ciertas pasiones. Para decirlo de manera enfática: los diarios son la mejor evidencia de las peripecias interiores por las que pasa un ser humano.

De igual modo hay que señalar que gran número de diaristas emplean este útil de escritura como red de pesca para atrapar ideas, pistas de futuros proyectos, detonantes para despertar su creatividad o caldo de cultivo de eventos en curso. Al usar así el diario, lo convierten en “mesa de laboratorio” o escenario para capturar “perlas” de pensamiento o reflexiones valiosas que van saliendo entre el flujo de conciencia de cada día. Porque si bien el diarista no tiene como propósito fundamental en sus registros cotidianos producir esas “joyas”, lo cierto es que en el acto de escribir se conjugan intuiciones, saberes, imaginaciones lubricadas por la razón y por la emoción y los afectos. Entonces, en medio de esa avalancha de signos, aparecen desperdigadas “pedrerías”, “visiones”, “clarividencias” u ocurrencias que pueden aceitar procesos de pensamiento estancados o mostrar ventanas a iniciativas aparentemente clausuradas.

Resulta interesante el diálogo que establece el autor de diarios: a través de la escritura el diarista se desdobla, halla un interlocutor que es su propia persona. Y gracias a que encuentra ese otro, puede entonces confesarle sus más íntimas angustias, sus más secretas ilusiones. Quien elabora un diario construye o disocia su conciencia, crea un heterónomo para verse como alguien diferente. Construida esa otra presencia mediante la escritura, ella puede interpelarlo con sus signos mudos, convocarlo desde la rememoración cuando vuelve a leer cada registro, incitarlo o tranquilizarlo cuando las pasiones lo desbordan. El diarista transforma cada apunte solitario en un lance para la compañía, comparte las voces de su conciencia con los ecos de su mano al escribir. La hoja silenciosa, la parcela blanca de papel o la pantalla inmaculada, le sirven de escucha o de antagonista fraterno.

Quien lleva un diario se convierte en un archivista de su propia vida. Allí, en esas páginas, quedan nombres, hechos, situaciones, descripciones, pensamientos de una persona particular, situada en una época y un lugar específicos. El diarista es, a su modo, un historiador de su existencia. Y aunque pueda exagerar o dejar de lado muchos eventos, lo cierto es que su tarea ayuda a poner en alto relieve la manera como alguien padece y enfrenta un tiempo y unas circunstancias específicas. Los diaristas son los amanuenses de la microhistoria, esa que por no ser heroica o de grandes gestas parece relegada al olvido. Por eso resultan tan significativos los diarios: porque no solo dotan de conciencia histórica la existencia de una persona, sino por servir de referente experiencial para otras vidas.

Fijar la atención

Simone Weil

Simone Weil: “La atención absolutamente pura y sin mezcla es oración”.

“No hay arma más eficaz que la atención”.

Simone Weil

Si uno está atento la vida le ofrece más beneficios y las personas mayores decepciones. Si uno está atento descubre la riqueza de las pequeñas cosas y los engaños a los que ciertas personas nos someten. Si uno está atento disfruta de lo que la vida le da como regalo y descubre también cuándo debe desaparecer o distanciarse de determinados individuos. Si uno está atento tiene más conciencia de sus cambios y puede adivinar las transformaciones ajenas.

La atención es un acto de nuestra voluntad para dirigir los sentidos hacia un lugar específico. La atención enfoca, determina, ubica, pone un marco a lo indeterminado o genérico. Ese recorte permite fijarse en los detalles, en un recuadro de la realidad o de las prácticas de las gentes. La atención, además, posibilita apreciar cómo son afectados los seres o las cosas por el pasar del tiempo: si uno está atento, verá las sutilezas de la descomposición, la herrumbre o el moho; si uno está atento, podrá apreciar las finísimas fisuras en un afecto o las imperceptibles marcas que dejan las pasiones en el temperamento de un ser humano. La atención nos torna alertas de los demás y del entorno; la atención nos dilata las pupilas del entendimiento y nos agudiza el tacto o la escucha. Si uno está atento huele más, saborea con más intensidad, percibe el universo de otra manera. El que está atento se percata de las reiteraciones y las diferencias, devela aspectos de asuntos que todos consideran como ya sabidos. La atención es un lente de aumento, un filtro, una luz especial que proyectamos según nuestro interés y que ilumina con gran claridad la zona de sombra o de penumbra que cubre como un halo a las personas y las cosas.

Desde luego, podemos fijar la atención en algo exterior, pero, también, dirigirla hacia nuestra propia interioridad. Si somos capaces de enfocar la atención hacia nuestros miedos o nuestras miserias, si logramos apreciar bien los tics de nuestro discurso habitual o las costumbres con las que poblamos nuestra cotidianidad, seguramente se nos irá revelando la fauna y la flora abisal que nos constituye. Obvio: al poner toda la atención lograremos reconocer esos otros habitantes que, como inquilinos, han estado con nosotros los mismos años que tenemos; o lograremos darnos cuenta de lo que aún nos intranquiliza o de aquello que todavía nos desestabiliza. Así que la atención es un arma poderosa para hacer incisiones en nuestra identidad pero, de igual modo, es un arma de defensa ante los demás. Es evidente: del mismo modo que enfilamos las armas de la atención hacía sí, podríamos fijar la diana en quienes nos rodean o en esos otros con los que trabajamos o tenemos determinado vínculo afectivo, comercial o de otra índole. La atención es un arma poderosa porque no nos deja al garete las peripecias de nuestra historia y, a la vez, permite crear un campo de fuerzas para evitar el odio o las manifestaciones envenenadas de aquellos que nos envidian o nos odian.

Simone Weil consideraba que la atención era la médula de la oración y la meditación, porque el que logra reconducir su atención, concentrarse de tal forma que alcance el éxtasis o el arrobamiento de sus sentidos, conseguirá otro rango de percepción, otra mirada sobre sí mismo y el universo. Los mayores niveles de atención abren vías para la trascendencia del ser y dejan abiertas ventanas para apreciar realidades inmateriales o sutiles. La atención suprema, de la que hablan ciertos místicos o iluminados, transmuta el ver físico en un mirar apto para la contemplación metafísica, la clarividencia intuitiva y la admiración simbólica.   

Comunicar con efectividad una ponencia

Conferencista

¿Cuál es el sentido comunicativo de presentar una ponencia en congresos, foros o eventos similares? Me lo pregunto, porque he notado que muchos ponentes preparan un largo texto escrito, sin pensar en que va a ser leído en voz alta y no cuentan para ello sino con determinados minutos. El resultado es una lectura a toda prisa, sin ninguna conexión real con el auditorio. Se lee de afán, luchando para tratar de meter en tan corto tiempo el contenido de las hojas previamente escritas. Por lo demás, la ponencia está hecha no por ideas-fuerza o usando una cuidadosa selección de los contenidos, sino empleando un  orden discursivo propio de los escritos que el lector tiene a la mano y puede, si lo quisiera, volver atrás, revisar o contextualizar. Olvidan que el texto para una ponencia debe ser modificado, transformado o adaptado a la realidad del auditorio y de las otras variables de la ocasión: tiempo disponible, turno de la exposición, clima, características físicas del lugar, particularidades de los asistentes, estado emocional del público. Desde luego que se puede combinar la lectura con la exposición, aunque eso demanda una experticia y un dominio muy cuidadoso del tiempo.

La otra cosa que noto es la fracturada relación de la exposición con la ayuda de un programa de presentaciones. Las diapositivas estás cargadas de texto o, como sucede en auditorios escolares, el telón es demasiado pequeño y las letras terminan perdiendo su legibilidad. Casi que la proyección en el videobeam se vuelve más un distractor o una convención protocolaria, pero sin ningún efecto comunicativo. Poco o nada se piensa en cómo vincular la oralidad con la imagen, en qué tipo de diseño merece cada diapositiva y cómo dialoga con el texto escrito y la enunciación del expositor. Todas estas cosas comprueban la falta de conciencia escénica de los ponentes. Se asiste a “dar la lección”, a informar, a “echar el cuento”, dejando de lado o pasando inadvertidas las circunstancias de tiempo y lugar que son las clave para generar una comunicación interesante y motivadora.

Al ver estos desaciertos en la comunicación, me reafirmo en la idea de preparar las ponencias en clave de guion: es decir, escribir un texto corto, bien claro, sin extensas o largas argumentaciones, sin infinitas explicaciones, dejando de lado innumerables justificaciones, para concentrarse en contados tópicos y darles relevancia en la exposición oral. Sobre esos tópicos o ideas-fuerza es que se preparan luego las diapositivas,  y se seleccionan las imágenes y el tipo de letra. A veces de todo el texto de la ponencia se muestra en la imagen un apartado con el fin de provocar un foco de interés o una recordación en el auditorio. La imagen debe ser llamativa, provocadora, llena de asociaciones y que provoque en el espectador un refuerzo, amplificación o subrayado a la idea fuerza estipulada. En el texto de la ponencia-guion se puede indicar con tintas o marcas de color diferente, qué debe aparecer en la pantalla y qué ejemplos o cosas son las que van a servir de motivo para la exposición oral. Para decirlo desde otro lugar más artístico: presentar una ponencia es como diseñar una puesta en escena, una pequeña obra teatral en la que juegan de manera armónica y diferenciada: el cuerpo, la voz, la imagen, el decorado, el tipo de público.

Me convenzo también de lo importante que es para un conferencista o ponente tener voluntad de contención en su discurso. Me refiero a saber sopesar, o escoger muy bien la cantidad de información que va a compartir con su audiencia. Muchas veces, por querer parecer altamente ilustrado o gran conocedor de algo, el ponente se alarga en nombres de autores y obras, en largas disquisiciones que rápidamente producen un ruido en la escucha del público. Los oyentes no pueden seguirlo porque no tienen un texto escrito a la mano en el que logren descifrar esos múltiples mensajes. Por eso, más que sumar y sumar datos y fuentes, los ponentes de calidad, seleccionan y sopesan la información más relevante, la que en verdad puede ser útil o interesante para sus escuchas. Más que mostrar su erudición, el buen ponente se pone en el lugar del receptor para detectar cuál es su interés o motivación, cuál la columna vertebral de su expectativa. Por tal motivo, condensa información, destila temas, pasa por el filtro lo que es anecdótico o circunstancial. Este aspecto de la voluntad de contención requiere no sólo madurez intelectual, cierta sabiduría, sino una buena dosis de vacuna personal para la egolatría o la vanagloria. Porque en el fondo, si lo que uno quiere en una ponencia es compartir un hallazgo, una idea novedosa, una experiencia significativa, lo vital es que nuestros receptores la capten, la aprendan o puedan replicarla más adelante. Son ellos lo que en verdad importan, y no tanto el afán por exhibir una erudición insuflada de pretensiones académicas arrogantes.

Hay otro asunto que vale señalar: el maestro de ceremonias contribuye positiva o negativamente para el logro comunicativo de una ponencia. Si es hábil y tiene experticia sabrá cómo ir regulando el tiempo del expositor, insistirá en las reglas de juego del evento y, según se cumpla o no el cronograma, sabrá si es conveniente dar unos minutos para hacer preguntas por parte de los asistentes, o si es más conveniente escuchar dos ponencia y después abrir unos minutos para el foro, o si nota demasiado cansado el auditorio, invitar a tomar unos pocos minutos de descanso. El maestro de ceremonias es el termómetro del evento, el que ayuda a dar un poco de calor emotivo cuando el público parece demasiado frío o el que regula lo que parece caótico o desordenado. No siempre todo lo que se tiene planeado corresponde a las circunstancias como transcurre un evento: son muchas las veces en las que el maestro de ceremonias debe intervenir para acortar o dosificar lo que, si no se corrige a tiempo, termina por desbordar la programación. Y lo más importante: el maestro de ceremonias es el gran auditor del clima del público, el que detecta cuándo es oportuno hacer pequeños ajustes en una agenda de trabajo o cuándo el aburrimiento de un expositor debe compensarse con unas preguntas más vitales o enfocadas a las necesidades del evento. A veces al maestro de ceremonias le corresponde tomar decisiones drásticas, en especial cuando hay ponentes que ignoran o se olvidan de los acuerdos comunicativos estipulados para su presentación. Sin ser grosero o descortés, un buen presentador necesita mostrarse severo o firme en sus decisiones. De alguna manera, él es un árbitro del juego intelectual presentado en un teatro frente a los ojos y la escucha de un público.

Si la efectividad, como se afirma, es la suma de la eficacia y la eficiencia; si es la conjugación de lo que queremos alcanzar con los recursos indicados, entonces, los buenos ponentes, para lograr ser efectivos en su propósito deben no solo planear y elegir muy bien el contenido de lo que van a decir, sino que, además, necesitan adecuar perfectamente los medios, el tiempo, y la conciencia del auditorio al que van a dirigirse. De esta manera, impactarán más hondamente con su discurso, crearán un ambiente comunicativo cálido y cercano, y harán que su comunicación multimodal toque la mente y los corazones de quienes los escuchan.

El destello poético del erotismo

Eterna primavera Rodin

“Eterna primavera” de Auguste Rodin.

El erotismo es un destello  de nuestra imaginación sobre las demandas de la sexualidad. Tiene mucho de fantasía y amueblamiento personal, frente al genérico impulso de apareamiento de la especie. El erotismo, que es una forma de diferir el imperativo de la naturaleza, echa mano de la creativa libertad individual y transgrede las homogéneas regulaciones sociales. El erotismo ha logrado proveernos de particulares maneras de gozar el urgente placer proveniente de las emociones y los sentidos.

Precisamente, la poesía ha dejado testimonios de ese modo de expresar el deseo, de esa ansia por satisfacer un apetito de la piel usando las potencialidades del lenguaje. Veamos un primer ejemplo: “Eros es el agua” de la nicaragüense Gioconda Belli.

Entre tus piernas
el mar me muestra extraños arrecifes
rocas erguidas corales altaneros
contra mi gruta de caracolas concha nácar
tu molusco de sal persigue la corriente
el agua corta me inventa aletas
mar de la noche con lunas sumergidas
tu oleaje brusco de pulpo enardecido
acelera mis branquias los latidos de esponja
los caballos minúsculos flotando entre gemidos
enredados en largos pistilos de medusa.
Amor entre delfines
dando saltos te lanzas sobre mi flanco leve
te recibo sin ruido te miro entre burbujas
tu risa cerco con mi boca espuma
ligereza del agua oxígeno de tu vegetación de clorofila
la corona de luna abre espacio al océano.
De los ojos plateados
fluye larga mirada final
y nos alzamos desde el cuerpo acuático
somos carne otra vez
una mujer y un hombre
entre las rocas.

 

Se pueden apreciar en el poema de Gioconda Belli dos campos de atracción que, a través de imágenes marinas, ponen en comunión el deseo amoroso. El hombre es arrecife, roca erguida, coral altanero; la mujer: gruta de caracoles, concha de nácar. Y esas imágenes que al comienzo parecen presas de cierta quietud cobran vida al transformarse en pulpo enardecido, en molusco de sal que busca acelerar las branquias y los latidos de la esponja. El acto sexual se multiplica en delfines y medusas que lanzan quejidos y provocan burbujas y espuma. Gioconda asocia hacer el amor con dos seres marinos que lanzan frenéticamente sus cuerpos contra las rocas. Los cuerpos adquieren, entonces, aletas, pistilos, vegetación de clorofila, asumen las particularidades de los seres acuáticos. Qué mejor manera de expresar la furia del deseo que el oleaje del mar y qué acertado acompañar esa pasión del agua con una luna plateada en la que caballos minúsculos se enredan desbocados en la noche.

Tomemos otro texto para ilustrar la forma como los poetas han cantado a la pasión amorosa. Esta vez los versos son de Héctor Rojas Herazo: “El deseo”:

El deseo es vegetal
pide caminos
aire
quiere temblar en fruto
suspenderse
pide un cuerpo abonable
pide un labio
pide comer y ser comido
quiere
entrabarse y gemir con ramas duras.
Gime por ser
quiere temblar
sentirse
palparse desde  dentro
saberse entre las cosas respirando.
Quiere el viento y el ala
quiere el día
quiere el follaje de su fuerza obscura
brillando entre la luz hoja por hoja.
Es vegetal por eso:
por su destino de tiniebla y cielo
porque rompe y emerge
porque sube
porque la muerte sufre con su anhelo.

 

En esta mirada, el deseo se representa a través de una fuerza oscura, vegetal, que rompe, emerge, abre caminos, respira a través de las ramas y las hojas, y va entrabándose como un bejuco que gime a la par que sube desde la muerte misma. Rojas Herazo usa estas imágenes de follaje y plantas carnívoras para darnos una idea del atavismo del deseo, de sus oscuros orígenes y con fuerza tan descomunal que nos impele o nos lleva a “comer y ser comidos”, a padecer esa doble condición de ser tiniebla y anhelo de cielo. El poeta subraya que ese deseo nos asfixia, y por eso reclama aire; que ese deseo “pide cuerpos abonables”,  labios,  para “saberse entre las cosas respirando”; que ese deseo, oscuro, quiere el día, la luz hoja por hoja, para “temblar en fruto” y “palparnos desde dentro”.

Los dos ejemplos sirven para ayudarnos a aclarar la idea inicial con la que empezamos: el erotismo reconfigura o ralentiza, usando imágenes o metáforas, la inmediatez del instinto. O si se prefiere entender de otra forma, el erotismo recrea lo que a primera vista es solo necesidad o imperativo natural. La anatomía se desdibuja y los órganos pierden su función inmediata para asumir otras posibilidades. Sirva de ilustración “Poema de amor” de Darío Jaramillo Agudelo. En este caso, el poeta hace de un pequeño órgano muscular, como la lengua, un universo de asociaciones, de emociones y simbolismos del encuentro sexual. El uso de la metonimia –la parte por el todo– amplifica hasta el éxtasis el abandono y la posesión de otro cuerpo enamorado.

Tu lengua, tu sabia lengua que inventa mi piel,
tu lengua de fuego que me incendia,
tu lengua que crea el instante de demencia, el delirio del cuerpo enamorado,
tu lengua, látigo sagrado, brasa dulce,
invocación de los incendios que me saca de mí, que me transforma,
tu lengua de carne sin pudores,
tu lengua de entrega que me demanda todo, tu muy mía lengua,
tu bella lengua que electriza mis labios, que vuelve tuyo mi cuerpo por ti purificado,
tu lengua que me explora y me descubre,
tu hermosa lengua que también saber decir que me ama.

 

Eso es lo que hace el erotismo, al menos el que usa las palabras: “inventar una piel”, “explorar y descubrir” el propio cuerpo y el ajeno, expresar “nuestra carne sin pudores”. A través de diferentes medios de expresión el erotismo nos libera de culpas religiosas o de temores provenientes de moralidades soterradas; todo lo que toca el erotismo, parafraseando a Jaramillo Agudelo, es “purificado”. El erotismo nos transforma en un doble sentido: primero, nos ayuda a reconocer la parte de dementes delirantes que somos y, segundo, nos ofrece un aprendizaje proveniente no de las razones lógicas, sino de la sabiduría del cuerpo. Jorge Gaitán Durán, en su poema “Amantes” ha elogiado ese redescubrimiento de lo que somos cuando compartimos otra piel:

Somos como los que se aman.
Al desnudarnos descubrimos dos monstruosos
desconocidos que se estrechan a tientas,
cicatrices con que el rencoroso deseo
señala a los que sin descanso se aman:
el tedio, la sospecha que invencible nos ata
en su red, como en la falta dos dioses adúlteros.
Enamorados como dos locos,
dos astros sanguinarios, dos dinastías
que hambrientas se disputan un reino,
queremos ser justicia, nos acechamos feroces,
nos engañamos, nos inferimos las viles injurias
con que el cielo afrenta a los que se aman.
Sólo para que mil veces nos incendie
el abrazo que en el mundo son los que se aman
mil veces morimos cada día.

 

Detengámonos ahora en el poema “Sequía” de Carmen Conde, para apreciar esa forma particular de confesión que posibilita la palabra íntima de la poesía. Porque esa es otra virtud del erotismo: nos permite decir lo más secreto, nos da un lenguaje para gritar lo que parece indecible o absolutamente arrobador:

¡Cuánta sed la mía! Vuelca lluvia frondosa
Sobre mi lengua enorme, grande porque es la tierra.
Híncheme los riachuelos, precipítame ramblas…
¡Lluéveme sin desorden! Soy un barco gimiente
que, aunque te embeba íntegro, te seguiré en acecho.
Es mi sed muy antigua: se confunde contigo
cuando eras con el fuego una criatura unísona.
Son de incendio mis manos. Echo humo amarillo
que se vuelve violeta al airear su greña.
¿Estas sedes tan rígidas me desucan, estiran
los alaridos roncos del querer anegarse!
Ven. Deshazte en mis labios y aprende
que esta sed que rujo es más fiera que el tigre.
¡Oh tu agua de lluvia; ponla pronto en mi lengua!
Por las gargantas agrias que no tienen resuello
yo te pido que lluevas, que desciendas raudante.

 

Las imágenes usadas por la poetisa española nos advierten que el deseo proviene de las profundidades de nuestro ser, que es una sed insaciable. Y que aunque en el encuentro de las pieles lo que abunda es el agua, lo cierto es que esos líquidos son más el producto de un incendio; que la lluvia rugiente es en realidad la explosión de un fuego primigenio. ¿Qué es el acto sexual?,  podríamos preguntarle al erotismo, y él, utilizando los anteriores versos nos responderá que es una sed que nos saca todo jugo, que es un alarido de fuego por querer anegarse; que es un afán por deshacerse en labios, que es el gemir del barro por la lluvia a raudales.

En todos los poemas anteriores el uso del símil o la metáfora parece no solo necesario, sino indispensable. Las comparaciones le dan al pensamiento recursos múltiples, sinestesias, para elogiar o exaltar, para regocijarse o tratar de descubrir la fascinación que atrae, el misterio que convoca. En este sentido, el erotismo difiere o cambia de lugar el determinismo de los órganos, retoma otras realidades para sobrepasar los límites de la fisiología. Baste recordar el largo poema “Besos” de Tomás Segovia, para corroborar estas ideas. Después de un detenido viaje de caricias por la boca, la mejilla, el cuello y los hombros, el poeta se detiene en los pechos de la mujer amada:

(…)
besaré tus pechos globos de ternura
besaré sobre todo tus pechos más tibios que la convalecencia
más verdaderos que el rayo y que la soledad
y que pesan en el hueco de mi mano como la evidencia en la mente del sabio
tus pechos pesados fluidos tus pechos de mercurio solar
tus pechos anchos como un paisaje escogido definitivamente
inolvidables como el pedazo de tierra donde habrán de enterrarnos
calientes como las ganas de vivir
con pezones de milagro y dulces alfileres
que son la punta donde de pronto acaba chatamente
la fuerza de la vida y sus renovaciones
tus pezones de botón para abrochar el paraíso
de retoño del mundo que echa flores de puro júbilo
tus pezones submarinos de sabor a frescura
besaré mil veces tus pechos que pesan como imanes
y cuando los aprieto se desparraman como el sol en los trigales
tus pechos de luz materializada y de sangre dulcificada
generosos como la alegría de aceptar la tristeza
tus pechos donde todo se resuelve
donde acaba la guerra la duda la tortura
y las ganas de morirse
(…)

 

Lo que resulta interesante y cautivador en este poema es la selección de las comparaciones, el régimen de imágenes elegidas para comunicar la exaltación, el goce, la pasión provocada por esa doble cosecha de la piel femenina. Segovia no se satisface sólo con besar los pechos, quiere además aliviarse en su tibieza, abandonar por ellos su soledad, recuperar las ganas de vivir, renovarse, tocarlos para poder tener el calor del sol y así lograr irrigar de vida el mundo y acabar toda guerra. Los pechos son globos, paisaje, tierra, imanes… son otra forma de sabiduría, otra manifestación dulce de la generosidad.

El erotismo, especialmente el cantado por la poesía, exalta la libertad, en particular la que se logra vivir a plenitud en el territorio de lo íntimo. Al ser una creación de nuestra imaginación, al soltarle las riendas a la fantasía sin interdictos de ninguna índole, el erotismo nos vuelve dueños de nuestra corporeidad, nos ofrece el reconocimiento feliz de ser sujetos y objetos de deseo. Que sea, entonces, Pablo Neruda quien nos adentre en esta escuela de libertad que es el erotismo, que sea él quien nos enseñe a decir, mientras a tientas buscamos ansiosos una piel, “Déjame sueltas las manos”:

Déjame sueltas las manos
y el corazón, déjame libre!
Deja que mis dedos corran
por los caminos de tu cuerpo.
La pasión –sangre, fuego, besos–
me incendia a llamaradas trémulas.
Ay, tú no sabes lo que es esto!
Es la tempestad de mis sentidos
Doblegando la selva sensible de mis nervios.
Es la carne que grita con sus ardientes lenguas!
Es el incendio!
Y estás aquí, mujer, como un madero intacto
ahora que vuela toda mi vida hecha cenizas
hacia tu cuerpo lleno, como la noche, de astros!
Déjame libre las manos
y el corazón, déjame libre!
Yo sólo te deseo, yo sólo te deseo!
No es amor, es deseo que se agosta y se extingue,
es precipitación de furias,
acercamiento de lo imposible,
pero estás tú,
estás para dármelo todo,
y a darme lo que tienes a la tierra viniste–
como yo para contenerte,
y desearte,
y recibirte!

A la búsqueda del yo auténtico

Daria Petrilli

Ilustración de Daria Petrilli.

Leí, en días pasados, el libro de Pablo d´Ors, Biografía del silencio (Siruela, Madrid, 2019) que, en realidad, es un texto sobre la meditación. La pequeña obra se destaca por su claridad y una sencillez cercana a los consejos de los textos sapienciales.

El libro, según el autor, es un testimonio de alguien que empieza a descubrir la meditación y cuenta las peripecias de ese encuentro, de ese aprender a disfrutar de la realidad y a despojarse de los ideales ficticios. Cada apartado (de los 49 que son)  es un llamado para asumir la vía de la desnudez, a deshacerse de los falsos anhelos  y los problemas creados por nuestras propias manos. Pablo d’Ors nos confiesa sus hallazgos en este aprendizaje de estar con él mismo, de sentir el ritmo de la vida y ser uno con lo que lo rodea. En ese recorrido de silencio, el autor siente que ese es el camino para la verdadera felicidad y subraya, en más de una ocasión, que lo mejor es confiar en el poder de la no acción, en la riqueza del abandono y el milagro de lo que nos sucede sin buscarlo. Echando mano de pequeños principios zen el libro aboga por el desapego y el descubrimiento del yo auténtico.

¿Y qué es meditar?, cabe preguntarnos después de terminar la lectura de Biografía del silencio. Podemos decir que es, esencialmente, una práctica de la atención, de la observación concentrada, reforzada por la quietud y el silencio. Meditar es un ritual consigo mismo para pensarse, sentirse, habitarse. Se trata de un ejercicio que logra sus mejores resultados en tanto más se repite. La meditación es, agrega d’Ors, un estado de compasión con el mundo que nos rodea y nuestros semejantes. Compasivos en cuanto nos dejamos interpelar, en tanto que todos los seres merecen nuestro cuidado. Al meditar disolvemos las disyuntivas y comenzamos a ser una conjunción con el vasto universo. De igual forma, la meditación nos hace más hospitalarios y dispuestos para la aventura de vivir intensamente: comer cada alimento con fruición, hablar con el amigo sin prevenciones, caminar sintiendo cómo nos habla la realidad al ser tocada por nuestros pies. Aprender a meditar es, en suma, salvar nuestra alma, nuestro ser más preciado, de las demandas imperiosas de la prisa, de las obligaciones infundadas por la sociedad a la que pertenecemos, del bullicio que anula el yo auténtico que habita en nuestro  corazón.

Me parece bien interesante la forma como el autor describe y muestra los beneficios de la meditación: “es una práctica para tirarse de cabeza a la realidad y darse un baño de ser”; “consiste en una rigurosa capacitación para la entrega”, “es un invento solo para erradicar el miedo”; es un puente para “pasar por la quietud y adiestrarse en el dominio de sí, sin el que no puede hablarse de verdadera libertad”; es un aprendizaje para “saber estar aquí y ahora”, ofreciendo la mínima resistencia a la vida.  La meditación: permite que “la flora y la fauna interiores se enriquezcan cuanto más se observen”; “nos ayuda a recuperar la niñez perdida”; “nos con-centra, nos devuelve a casa, nos enseña a convivir con nuestro ser”. Dadas todas esas bondades, nos asalta de una vez una pregunta: ¿y por qué no todos fácilmente apropiamos esos beneficios? La respuesta nos la ofrece d’Ors a lo largo del texto: porque “estar atento a las propias distracciones es mucho más complicado de lo que uno se imagina”; porque estamos deslumbrados por ese pequeño yo, que no es otra cosa que “esas identificaciones falsas a las que solemos sucumbir”; porque poco “cultivamos la propia vida”.

Resulta sugestivo entender la meditación como una búsqueda de lo que en verdad somos. Pablo d’Ors señala que esa pesquisa se debe hacer de manera oblicua, nunca directa. Para ello usa la imagen del “buscador del buscador”; es decir, que meditar consiste en fijar la atención de tal manera que únicamente nos concentremos en el testigo interior que está en dicha búsqueda. Cuando meditamos un yo auténtico mira a otro yo falso, pero lo hace de manera “amorosa”, como quien “espera una revelación sin ninguna prisa”. Meditar, en consecuencia, es observar cuidadosamente a ese testigo que como “una gota de agua que cae sobre una roca, va perforándonos muy poco a poco”. Haciendo esta labor lateral, de sesgo, podemos dejar de temer a vivir o al menos “cambiar el modo en que nos enfrentemos con nosotros mismos”. Meditamos para limpiar el receptáculo de  nuestro interior, “de modo que el agua que se vierta en él pueda distinguirse en toda su pureza”.

Cerremos este comentario de Biografía del silencio subrayando una lección transversal del libro que es también una consigna de la meditación: “vivir es transformarse en lo que uno es”.

Un diálogo sobre didáctica de la literatura

Grupo de investigación UTP

Grupo de investigación en Literatura Latinoamericana y enseñanza de la literatura, Universidad Tecnológica de Pereira.

En mi pasada visita a la Universidad Tecnológica de Pereira, invitado por la Facultad de Bellas Artes y humanidades y los Posgrados en literatura, tuve la oportunidad de impartir una conferencia sobre la “Didáctica de la escritura, según los escritores expertos”. Fruto de esa charla, al final les propuse a los asistentes escribir algunas preguntas derivadas o motivadas por mi disertación. Varias de ellas las respondí presencialmente y otras son las que ahora trato de contestar aquí. Sirvan estas respuestas, entonces, como una forma de continuar el diálogo con los estudiantes y profesores de la Maestría en literatura, de la Maestría en estudios culturales y narrativas contemporáneas, del Diplomado en didáctica de la lectura y la escritura y del Grupo de investigación en literatura latinoamericana y enseñanza de la literatura, liderado por Juan Manuel Ramírez y dinamizado académicamente por Fabián Andrés Cuéllar.

¿Cómo hacer que los niños amen la lectura? (Lina María Gómez Ángel).

Como tantas cosas en la docencia, lo más importantes es mover, conmover a los más pequeños. Digamos que el maestro debe mostrarse, antes que nada, como un animador a la lectura: elegir bien los textos, ponerlos en escena, entonarlos, darles vida frente a los ojos de sus estudiantes. Al maestro le corresponde crear esa fascinación o dotarlos de magia. La lectura oral es esencial para este propósito. Pero, insisto: una lectura con dramatización en la voz, con pausas y silencios, con cambios en la modulación, con énfasis estratégicos. Considero que el libro álbum es un excelente recurso para que los niños y niñas empiecen a amar la lectura. La combinación entre la imagen y el texto, los contrapuntos y el doble mensaje, contribuyen a que un corto relato o una anécdota sencilla se conviertan en una secuencia maravillosa. Es decir, hay que combinar el ritmo de la palabra entonada con los múltiples recursos de las imágenes: el color, la textura, las formas, el tamaño, la perspectiva… todo ello hace que los más pequeños vayan adentrándose en un universo que les ofrecerá aventuras inesperadas.

¿Cómo puedo llegar a sorprender y/o ser escuchado, atendido, ayudándome de autores literarios, siendo en mi profesión administrador de organizaciones? (Gerson Alexander Aguirre Trujillo).

Creo que lo primero es empezar a buscar esos textos o esas obras literarias que tienen como motivo aspectos relacionados con el campo profesional de tu interés. Te sugiero revisar el cuento, la novela corta, la fábula, el apólogo, el poema… Pienso, por ejemplo, en los textos de Kafka que son una buena lectura crítica al trabajo rutinario, a la burocratización, al anonimato de los procesos administrativos. Se me ocurre ahora también el cuento Bartleby, el escribiente, de Herman Melville: una irónica alegoría al trabajo repetitivo de las oficinas, o pienso en Ramón Villaamil, el funcionario desgraciado de la novela Miau, de Benito Pérez Galdós, o en la obra de teatro La muerte de un viajante de Arthur Miller, en la que puede evidenciarse la tensión entre la ética y el beneficio económico… Hay compilaciones de fábulas, cuentos y apólogos –retomadas en gran parte de la literatura oriental– que pueden ser de gran utilidad para analizar el liderazgo, los procesos de cambio, el trabajo en equipo (por ejemplo, El círculo de los mentirosos de Jean-Claude Carrière). En este mismo blog puedes encontrar algunas de mis propuestas al respecto, usando como mediación la fábula. Sobra decir que en esas obras y otras tantas, la literatura sirve de reflejo, de crítica, de mirada comprensiva, de bisturí inclemente; lo que sigue es el trabajo del docente para provocar con esos textos literarios la reflexión, invitar al análisis social de un oficio  o ver los riesgos morales de una profesión.

¿De qué manera puedo encontrar un género literario que me apasione? (Alejandro Cortés Osorno).

Es necesario explorar, hacer varios intentos, descubrir en cuál de esos géneros te sientes más cómodo para expresarte, o en cuál de ellos encuentras el mejor camino para traducir tus emociones, tus pensamientos, tus ideas. Desde luego, hay que ir leyendo diversos modos de manifestarse la literatura. Empieza por el cuento, sigue con la poesía, adéntrate en el ensayo, revisa la fábula, el drama, la novela… No te contentes con beber de una sola fuente; sacia tu curiosidad en varias de ellas hasta que percibas una o dos que sean más afines con tu sensibilidad. Emborrona, haz muchos intentos, lleva un diario, ten a la mano una libreta de notas, experimenta, deja que fluya tu interioridad. Te recomiendo mirar mi libro Escritores en su tinta en donde hay bastantes testimonios o ejemplos sobre eso de “encontrar la propia voz” o averiguar cuál es el mejor género para empezar a escribir.

¿Qué se desnuda cuando se escribe: el alma o el cerebro?, ¿por qué es tan difícil escribir? (Lina Marcela Alvarado Vélez).

Escribir es difícil por muchos motivos. Pero hay dos que me parecen los más evidentes: el primero es, por supuesto, la falta de conocimiento y dominio de una técnica como la escritura. No siempre se cuenta con un acervo de recursos, trucos, habilidades o formas que faciliten poner en palabras una emoción o una idea. El saber y el componer con palabras un texto es ya, de por sí, una dificultad. En algunas ocasiones tenemos mucho que decir pero somos torpes o inexpertos en el dominio de esa técnica. El segundo motivo proviene de otro lugar: a veces es difícil escribir porque hay demasiado miedo a que otros vean o sepan de nuestra íntima personalidad, a volver los vericuetos de nuestra interioridad un evento público. Tememos ser censurados o criticados, malinterpretados o señalados por otros. Porque al escribir no solo desnudamos nuestra alma, sino, de igual modo, nuestros pensamientos. Esos dos obstáculos requieren superarse de manera diferente: para el primero hay que estudiar, hacer “lecturas de relojero”, para mirar con detalle cómo otros han forjado o construido un mundo con palabras; el segundo, requiere de cierto valor para atreverse a comunicar una emoción que nos atenaza el corazón, una angustia que paralizar nuestro ser. Sin ese vigor interior, sin esa sinceridad que tanto recomendaba Nietzsche, será difícil vencer el miedo a escribir.

¿Cómo sembrar en los estudiantes el hábito de escribirse y tomar conciencia de sí? (Aída Marina Jiménez Rivera).

Las respuestas son múltiples. Me atrevo a señalar unas cuantas. Empezaría por recomendarte que no te centres demasiado en la corrección idiomática o la censura a los errores de redacción. Al menos, no al inicio. Considero que las llamadas escrituras expresivas o aquellas otras más cercanas a la biografía de los estudiantes, rinden más beneficios que las consideradas académicas (demos, por caso, una reseña o un informe). Que los estudiantes encuentren los medios más idóneos para decir su mundo, sus emociones, es una buena manera de motivarlos. Puede que la elaboración de la letra de una canción sirva de puente; puede que la elaboración del “diccionario autobiográfico” de esos jóvenes sea una actividad más llena de sentido que copiar en el cuaderno un vocabulario retomado de un libro de texto. De igual modo, pienso que invitarlos a leer novelas cortas, de esas consideradas “de formación”, o textos en los que se mencione la importancia de escribir contribuye a romper la desidia o el desinterés por la escritura. He usado el “Cuaderno del escucha”, que es una especie de diario en que los jóvenes van registrando aquellas cosas que oyen en su vida cotidiana o familiar y que, por una u otra razón, las consideran interesantes. He obtenido mediante este recurso muy buenos resultados. También me he valido de las diversas formas de la autobiografía: la musical, la del relato derivado de las fotografías (puedes mirar en este mismo blog, la sección “Autobiografía”), el perfil, la etopeya… En todo caso, esas estrategias no las he utilizado para ejemplificar un aspecto de la gramática o para evaluarlos. Si de veras deseas crear el hábito de escribir en tus estudiantes lo fundamental es que ellos se descubran, se problematicen; que al escribirse, den testimonio de sus angustias, sus experiencias, sus sueños, sus miedos.

¿Cómo podemos hacer un buen diagnóstico para saber desde dónde empezar a mejorar las habilidades de la escritura? (Lourdes Angélica Palacios Bermúdez).

Basta pedirles un pequeño texto o que traigan a clase uno de los hechos para cualquier clase. A partir de ese escrito se puede conocer dónde están los mayores problemas: en la sintaxis, en la puntuación, en la competencia lexical, en el uso de conectores, en la cohesión y la coherencia. Lo fundamental es ver esas fallas recurrentes, esas carencias repetitivas. Otra alternativa es solicitarles a tus alumnos que traigan a clase, para compartir con sus compañeros, cosas que hayan escrito, bien sea cuentos, poesía, relatos, reflexiones. Oyendo esos testimonios se puede obtener también un diagnóstico de lo que debe mejorarse. A veces resulta útil emplear encuestas, en las que se les pide a los estudiantes su opinión sobre sus debilidades al escribir. Este cuestionario ayuda a delinear un campo de trabajo docente o, al menos, a fijar cuáles deben ser las prioridades en una agenda didáctica. Sea como fuere, no sobra recordar que los problemas de la escritura son particulares, por eso hay que hacer ese diagnóstico, y ya en el trabajo tutorial con cada estudiante, se irán reconociendo otras falencias que merecen una ruta de mejora específica.

¿Cómo acostumbrar el cuerpo a escribir? (Diego Alejandro Olarte Quintero).

Aunque parezca un asunto menor, este es de los mayores escollos para escribir. Por el amodorramiento, por la pereza o la falta de disciplina, no se empieza o concluye un proyecto de escritura. Se escribe con el cuerpo y, al depender de él, hay que entrenarlo. Lo recomendable es empezar poco a poco, sin forzarlo, haciendo pequeños ejercicios de escritura. Lo mejor es llevar un diario, o tener a la mano una agenda de notas en la que  redactemos  pequeñas instantáneas  de nuestras reflexiones o  de lo que observamos en la vida diaria. Si ya se cuenta con ese hábito, y hay que desarrollar una vigorosa voluntad para que no todo acabe en buenas pero fallidas intenciones, ya se podrá pensar en escritos de mayor extensión, al menos alcanzar la meta de una página. Esa puede ser una vía. Otro camino es transcribir párrafos o segmentos de algún autor o libro que nos ha parecido interesante. La copia de esos textos ayuda al cuerpo a habituarse a tener una relación con la escritura, a sentirla cercana, a percibir su ritmo y su consistencia de palabras. También puede servir elegir una cita, un aforismo, una frase memorable y hacerle una glosa o un comentario. Contrapuntear la escritura de otros, además de retador, contribuye a que el cuerpo aprenda a foguearse en las lides de la escritura. No sobra repetir el consejo de muchos escritores expertos: lo esencial es adquirir el ejercicio cotidiano con la palabra escrita, para fortalecer las “conexiones” del pensamiento y evitar que se “encalambre” la mano o se “canse” en los primeros párrafos. 

¿Cómo decidirme entre ser crítico literario o maestro? (Santiago Largo).

Si bien son oficios diferentes, es posible combinarlos. Gran parte de los críticos literarios son maestros. El trabajo del crítico, del analista, del estudioso de la literatura, enriquece y revitaliza la enseñanza de la literatura. Eso es lo deseable, para que la docencia no sea una labor repetitiva y anquilosada, sino la puesta en escena de lo que se ha investigado. Pero entiendo que tu pregunta señala una duda sobre el futuro profesional. En ese caso, lo mejor es que mires tus aptitudes, que sopeses tus talentos y cómo son tus emociones en uno u otro escenario. La labor del crítico, si se la mira desde una perspectiva de la mera producción, es más solitaria, más de estudio concienzudo y pesquisas de largo aliento. El crítico es, por excelencia, un gran lector y tiene como objetivo publicar eso mismo que investiga. El maestro, aunque no sea tan especializado como el crítico literario, lo que mayormente le interesa es compartir sus conocimientos con otros. Su labor es de motivación y animación de un área del conocimiento, como es el español o la literatura. El quehacer del maestro requiere paciencia, dedicación, sensibilidad social y altas habilidades comunicativas o de interacción. Desde luego, el maestro también hace con sus alumnos una forma de crítica literaria, quizá no tan sistemática o densa, pero, al igual que su colega, intenta desentrañar los sentidos y los significados de las obras. Como se ve, son dos posibilidades laborales que tienen muchos lazos en común, más que diferencias irreconciliables. Aunque hablando del futuro, lo mejor es explorar dónde te sientes más a gusto o cuál de ellas te produce mayor felicidad.

¿Qué es la emoción de escribir? (Abelardo Gómez).

Para los que vivimos esa experiencia, la emoción de escribir es antes que nada una sensación de libertad. Te sientes sin lastres de ninguna índole, avanzas por los vericuetos de la página en blanco como si jugaras o no tuvieras límites para tu imaginación. Esa libertad te permite dejar fluir el mundo de tu interioridad y sorprenderte de lo que va saliendo de tus manos. Mas hay otra gran emoción derivada del acto de escribir: el apreciar cómo va tomando forma un texto, cómo adquiere una fisonomía que antes no era sino difusas ideas o un maremágnum de exaltaciones y entusiasmos. Qué gran emoción se siente cuando el acto de crear se vuelve cuento, poema, ensayo concluido. Y ni qué decir de la emoción de compartir eso mismo que se escribe; en hallar un cómplice, un lector, un alma gemela que pueda adivinar o imaginar el significado escondido o resguardado por unas palabras. Esa es la emoción suprema del escritor: recuperar desde otro ser lo que salió de su corazón, pero transformado en comentario, en subrayado, en glosa o línea recordada. Aunque no sobra decir que a veces esa emoción de escribir posee sus momentos angustiosos, sus tristezas, cuando lo que tenemos adentro no logra hallar la mejor vía para manifestarse, o cuando padecemos tiempos de sequedad, o cuando las mismas criaturas hechas por nuestras manos no logran satisfacernos. No obstante, esas intermitentes alteraciones negativas, hacen parte de la emoción de escribir. Son, por decirlo así, las peripecias propias de esos consagrados alquimistas obsesionados en descubrir el elixir mágico de la palabra escrita.

¿Cómo puedo enseñar poesía para interpretar las condiciones de esta vida, para llegar al alma y sensibilizar los corazones y los actos de mis estudiantes (Ángela María Suárez Londoño).

La poesía es una escuela de la sensibilidad y la sentimentalidad. Por medio de ella aprendemos otra forma de conocer y, al mismo tiempo, otra manera de aprender a vivir. La poesía pule nuestro instinto, da voz a lo que nos paraliza, ofrece un caudal de experiencia, vertido en imágenes, que sin lugar a dudas es genuina sabiduría. La poesía, de otro lado, hace maleable nuestro entendimiento, flexibiliza la dureza de nuestra racionalidad y, lo que es más importante, es un buen lenguaje para expresar y comprender las emociones propias y ajenas. Por todo ello es que vale la pena considerarla una prioridad en nuestra labor docente. Para ello, es fundamental elegir muy bien qué poemas son los que vamos a llevar a clase, cuáles los que deseamos que nuestros estudiantes aprendan de memoria, y qué libro de poemas amerita leerse de forma completa. Hay que buscar poemas que estén cerca a las necesidades vitales de nuestros alumnos; impulsar el comentario de esos poemas y vincularlos con el mundo de ellos. De igual manera, es necesario con la lectura de poemas en clase, ayudar a superar la superficialidad afectiva que circula en la sociedad de consumo. Es urgente conversar sobre la ambigüedad de los sentimientos y la no siempre grata vivencia de las pasiones. Te recomiendo leer mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, creo que en esta obra podrás encontrar un buen recurso para tus inquietudes. 

Ecos de la Feria del libro

Asistir a la Feria del libro, la número 32 llevada a cabo en Bogotá, del 24 de abril al 6 de mayo, es motivo de alegría para mi espíritu. En principio, porque estoy a mis anchas en un escenario que me es familiar, en un ambiente que considero parte de mi opción de vida; y en segunda instancia, porque me permite indagar en las novedades bibliográficas o descubrir obra y autores en los que no me había fijado con suficiente atención. Cada visita a la Feria es, entonces, una pequeña aventura en la que caben el hallazgo, el redescubrimiento, la curiosidad o la satisfacción de encontrar por fin un texto que deseaba, desde hacía mucho tiempo, tener entre mis manos. Como parte de esa odisea, comparto con mis lectores algunas obras recogidas en el pasado viaje.

Las tres pequeñas lechuzas

Empiezo por un libro álbum que buscaba años atrás: Las tres pequeñas lechuzas. El texto es de Martin Waddell y las ilustraciones de Patrick Benson (Kalandraka, Pontevedra, 2017). Me interés era leer y apreciar en detalle la magnífica propuesta del ilustrador británico. No quedé decepcionado. La plumilla detallista, el uso estratégico del color, el manejo de los planos, todo ellos confluye para que sea una obra excepcional. Y si a eso le sumamos un texto con un sugestivo estribillo cercano al sentir de los más pequeños, el resultado es un libro álbum digno de tener en nuestra biblioteca y, en lo posible, de leerlo en familia o en la escuela.

Cigarra

Otro de mis descubrimientos es de un autor que no me canso de recomendar, Shaun Tan: Cigarra (Bárbara Fiori, Albolote, 2018). Este libro álbum, que parece evocar la Metamorfosis de Kafka, está inspirado en un kaikú de Basho: “¡Cuánta quietud! /El canto de la cigarra / taladra la roca”. Escrito de manera taquigráfica muestra con ironía la transformación de un “juicioso” y sumiso trabajador hasta su liberadora jubilación. Las imágenes contrastan el gris de la rutina laboral (el encierro, la opresión) con el amarillo brillante de los cielos abiertos.

Como se lee un libro

Prosigo con una obra hecha a cuatro manos: Daniel Fehr (texto) y Mauricio A. C. Quarello (ilustraciones), titulada: ¿Cómo se lee un libro? (Océano, Barcelona, 2018). El libro álbum opera como un artefacto que, según la posición sugerida durante el texto, va cambiando los elementos gráficos. Un texto lúdico que invita a pensar la “postura” en el acto de leer.

Un día muy normal

Agrego el libro álbum de Mark Janseen, Un día normal (Flamboyant, Barcelona, 2019). Es un excelente contrapunto entre lo que dice el texto (cosas poco extraordinarias o cotidianas) y lo que muestran las imágenes (que son maravillosas o no nada habituales). Lo que parece en un nivel “menos interesante” o aburrido, al contrastarlo con el nivel de las ilustraciones se convierte en una aventura llamativa y digna de admiración.

Lecciones de vuelo

Cierro esta primera parte de mis hallazgos, centrados en el libro álbum, mencionando un pequeño texto de Pirkko Vainio: Lecciones de vuelo (Thule, Barcelona, 2016). El libro álbum, con una exquisita sencillez, ofrece lecciones sobre el difícil arte de aprender a “manejarse en la vida”. Es maravilloso ver cómo pueden combinarse un texto condensado y unas imágenes sutiles para presentar una manual de sabiduría.

Etnografía digital

Mi visita a la Feria en esta ocasión también abarcó otros sectores de mi interés. Por ejemplo, Etnografía digital. Principios y práctica de Sarah Pink, Heather Horst, John Postill y otros (Morata, Madrid, 2019). El texto, que es el resultado del trabajo realizado por los miembros del Centro de investigación en etnografía digitial de la RMIT University, de Australia, está organizado en ocho capítulos: comienza explicando qué es la etnografía digital, y luego pasa a mostrar cómo puede hacerse esta práctica de investigación en experiencias, estudios de cosas, relaciones, mundos sociales, localidades y eventos. Una obra útil para investigadores que les interesa conocer “las posibilidades de la etnografía digital para el estudio y la redefinición de conceptos fundamentales de la investigación social y cultural”.

Poesia eres tu

Me llamó la atención una recopilación hecha por Fermín Herrero y Jesús Munárriz, Poesía ¿eres tú? (Hiperión, Madrid, 2018) en la que los autores presentan frases, citas, definiciones, opiniones diversas sobre el poema, el poeta y la poesía. Como se dice en el prólogo, “en este gran batiburrillo poético y metapoético puede encontrarse de todo, desde joyas y genialidades hasta perogrulladas y boberías, pero de todas es responsables la misteriosa poesía, que las ha motivado e inspirado y que, tras miles de años de existencia, continúa sin dejarse atrapar por definiciones y conceptos pero nunca desaparece, y sigue viva en quienes la escriben, la escuchan o la leen”. Como muestra de esta obra, transcribo dos citas: “La poesía es de todas las aguas claras la que se entretiene menos en los reflejos de los puentes” de René Char, y “La poesía no es la música del alma, sino el silencio de una inteligencia que ha ido formándose en el mundo, hasta transformarse en espíritu capaz de cantar libremente” del poeta irlandés Seamus Heaney.

Antologia del cuento extraño

Concluyo este menú de adquisiciones señalando la Antología del cuento extraño de Rodolfo Walsh (El cuenco de Plata, Buenos Aires, 2014), que fue publicada en un solo tomo en 1956 por Hachette, y que ahora se reedita en cuatro volúmenes. La compilación hecha por el escritor argentino es una recopilación de cuentos completos en las que se mezclan ejemplos narrativos de lo alucinatorio, lo siniestro, lo maravilloso, las distorsiones de la subjetividad. A lo largo de la antología aparecen autores como Saki: “Laura”, Oliver Onions: “El buque fantasma”, Julio Garmendia: “La tienda de muñecos”, E. M. Foster: “Panico”, Gérard de Nerval: “El monstruo verde”, John Russell: “El precio de la cabeza”, Joseph Conrad: “La bestia”, H. G. Wells: “La puerta en el muro” o Leónidas Andréiev: “Lázaro”. Son 49 cuentos “no realistas” compilados por un escritor de novelas realistas como Operación masacre.