Ir entrando en la vejez

Guy Billout

Ilustración de Guy Billout.

Al ir entrando en la vejez, uno quisiera seguir igual que cuando tenía cuarenta años o algo menos. Que no le doliera nada, que el cuerpo se repusiera de un desgaste en corto tiempo y que el sueño siempre fuera continuo y reparador. Sin embargo, esto no es así. Una pequeña dolencia aparece, un desbarajuste en alguno de los sistemas empieza a sufrir sus averías: una pérdida de visión o de audición, algún problema digestivo, óseo, muscular o de intolerancia a determinados alimentos. Varios de esos desbarajustes son intermitentes, otros pasajeros y algunos más, comienzan a instalarse en nuestra cotidianidad. La contradicción está en que, en la mayoría de los casos, nuestro espíritu sigue fiel a esa idea de ser joven y saludable. La mente conserva ese ideal que trata, no sin cierta ansiedad, de negar lo que el cuerpo le va mostrando con sus malestares y sus necesidades de atención. Es como si se produjera un conflicto interior entre el espíritu vigoroso y un organismo que muestra su debilidad. Por momentos esa lucha se intensifica; ciertos días parecen tranquilos para hacer las paces y, en otras ocasiones, la disonancia entre el cuerpo y el espíritu se torna intermitente o ambivalente. En todo caso, esa tensión comienza a formar parte del estar entrando en la tercera edad.

De igual manera, las visitas a los centros médicos y a los especialistas se tornan más frecuentes, cuando no la súbita necesidad de ir de Urgencias a una clínica cercana. Hasta llegar a esta edad, nuestra voluntad y nuestro deseo gobernaban al cuerpo, lo exigían hasta donde quisiéramos, lo volvíamos un medio de nuestros caprichos y apetencias. Ahora la situación es diferente: es el cuerpo el que direcciona y jerarquiza nuestras rutinas o nuestros deseos. Se empieza, entonces, a escucharlo, a oír con cuidado lo que desea expresar con sus síntomas y señales. Sólo en esta edad, o antes para determinadas personas, cobra cabal sentido la preocupación por ese amigo que nos ha acompañado silenciosamente a lo largo de muchos años. Ahora él, ese compañero obediente de viaje, reclama o exige que le prestemos toda nuestra atención. Y si en otra época, cuando éramos niños, el cuerpo no era muy consciente de lo que le acaecía, en esta edad sucede todo lo contrario: nuestra memoria, nuestra experiencia, hacen eco de las demandas del cuerpo enfermo. Esa conciencia trae consigo la preocupación, el conflicto, las dudas, los preámbulos del acabamiento. Siguiendo de cerca a Spinoza, la vejez es una merma de nuestro estado de alegría. No obstante, y eso es algo de lo que nos hablaban nuestros mayores o que está consignado en textos de sabiduría, el espíritu aprende a “adaptarse” y a seguir aprovechando las bondades de seguir estando vivo. A pesar de los achaques y las dolencias, de las molestias cotidianas que va trayendo la vejez, el espíritu incorpora su nueva identidad y persiste en ponerse de pie para no claudicar o rendirse a lo que se opone a sus antiguos anhelos. 

Cuánto ayuda en los momentos de mayor ansiedad el contar con las palabras y la presencia de los seres que nos quieren o de esos otros que manifiestan su amor inquebrantable. Sortear las puertas de la fragilidad es más llevadero al tener los brazos solidarios, la compañía, la confianza o las voces amigas de genuina preocupación. Al adentrarnos en la vejez comprobamos nuestra necesidad de los demás, nos reconocemos débiles y profundamente urgidos de cuidado. Tal vez esta evidencia hace que muchos de los orgullos y vanidades juveniles o la soberbia displicente de los años vigorosos, cedan su paso a cierta humildad que se parece mucho al disfrute de las pequeñas alegrías, a la tranquilidad de una noche de sueño, al sereno proceder de las labores cotidianas. Los mismos quebrantos y molestias del cuerpo van llevando al espíritu a entender otros ritmos, a ansiar otros placeres, a darle sentido a otras cosas.

Toda la vida del hombre es un continuo aprendizaje, pero el de comenzar a envejecer exige virtudes como la paciencia. Paciencia, tesón, resistencia, aguante…, todo ello se convierte en la otra dieta que acompaña al cuerpo que empieza a debilitarse. Por lo demás, a medida que pasan los años los procesos de recuperación son más lentos. Eso enseña un viejo refrán holandés: “La enfermedad viene a caballo, pero la recuperación a pie”. Nada se mejora de manera rápida o mágica. Razón de más para obligar a nuestro espíritu a armarse de temple para resistir –sin partirse– las crisis, las recaídas, las peripecias de la salud inestable. Sin fortaleza los padecimientos parecerían insalvables, las extensas horas en las salas de espera o los exámenes interminables se harían insoportables, los efectos de un fármaco no podrían aguantarse. Fortaleza es sinónimo de persistencia, de ver siempre la esperanza de mejoría más allá de lo imposible, de buscar alternativas a lo que comienza a ser una enfermedad crónica o a la dependencia de un medicamento para sobrellevar esa nueva condición del cuerpo que inicia su envejecimiento.

Desde luego, los primeros indicios del desgaste del cuerpo dejan todavía un margen amplio para la rehabilitación, para las terapias que permiten recuperarse, para los suplementos vitamínicos que reconstituyen la falta de energía, para los especialistas que proponen rutinas de curación. Allí, en ese margen de revivificación, el espíritu se aferra con bríos para seguir adelante en los proyectos pendientes y mantener en alto un ideal o salvaguardar intacto el ardor de una vocación. Aunque ya se empieza a formar parte de los encanecidos y fatigados, a pesar de ya no tolerar ciertos alimentos, con más prótesis a cuestas y medicamentos en la mesa de noche, aun así, el espíritu impulsa al cuerpo a abandonar el lecho y salir en busca del sol. Todavía el corazón es inmune a la renuncia, quedan muchos campos por sembrar y la vida misma se abre como un paisaje de insospechadas experiencias.

Tradición e innovación

Christoph Niemann

Ilustración de Christoph Niemann.

Existen dos tipos de reacciones o posturas frente a la avalancha de nuevas tecnologías o a la oferta de aplicaciones de toda índole: los que consideran que el pasado está llamado a desaparecer y los que, más prudentes, piensan que lo nuevo debe armonizar con lo antiguo. Los primeros, con un tono más apocalíptico, llaman a renunciar y desechar, a echar por la borda la tradición, y los segundos, afirman que no se puede ni se debe aspirar a lo más novedoso sino se actualiza el conjunto de experiencias y legados culturales que nos  anteceden.

Sopesemos las dos tendencias. Resulta indudable la evolución y el cambio; son imparables las transformaciones en muchas dimensiones y sectores de nuestra sociedad; es deseable que así suceda si con ello se mejora la calidad de vida y se cualifican labores, técnicas, procesos o procedimientos. Las innovaciones, para decirlo con propiedad, son la forma como los seres humanos muestran su creatividad, su capacidad de invención. No obstante, lo que no resulta tan cierto es que para innovar debamos eliminar de un tajo o romper con nuestras herencias o con la responsabilidad espiritual de un legado. A lo mejor pensamos así, porque no hemos comprendido bien la dinámica entre tradición e innovación.

Si uno lo analiza con detenimiento, la tradición no es algo estático o detenido en el tiempo; el pasado es móvil porque se actualiza con cada nueva generación. Los hijos retoman y actualizan a sus progenitores. Y ese pasado, transformado, pervive en la nueva vida. No es renunciando al pasado como nos hacemos innovadores; es incorporando el ayer como logramos ser poderosos para enfrentar el futuro. La relectura de la tradición no solo permite los avances en determinado campo del saber o de la industria, sino que los hacen más sólidos y consistentes, menos pasajeros por su destello de novedad. Buena parte de nuestros desaciertos y aplicación de lo novedoso se debe, entre otras cosas, a que deseamos sembrarlo en un terreno yermo de tradición, de herencia cultural. Pareciera como si con cada innovación el mundo empezara otra vez, desconociendo experiencias, saberes, prácticas útiles y valiosas, significativas y relevantes para una persona o una comunidad. Ese afán por desconocer las raíces lleva a la innovación a andar al capricho del viento o, lo más grave, contribuye a que la brecha entre los pueblos “avanzados” subyugue y explote a los más “atrasados”.

Los actuales tiempos hipermodernos, como los llama Lipovetsky, refuerzan la idea de que el pasado es cosa desechable, y con ello propagan otras consignas: que los viejos no sirven, que el apego a ciertos valores es cosa de románticos, que si no se compran los últimos aparatos se es caduco y sin posibilidad de sobrevivir… Todo debe ser joven, permanecer joven, así se sacrifiquen las más preciadas costumbres, la sabiduría de los mayores, la experiencia acumulada por muchas generaciones, los pactos sociales o la salud de nuestro planeta. Cuando la innovación, ciega y sin brújula ética, preside la toma de decisiones de una organización o una empresa, cuando se erige en el parámetro de calidad, son muchas las cosas que se fracturan, demasiados los vínculos que se rompen, extensas e irreparables las consecuencias morales que se provocan. El apetito por lo nuevo no puede volvernos indolentes, inhumanos, desconsiderados con nuestros semejantes. Buena parte del desarrollo de una sociedad se mide, precisamente, por la manera como incluye y beneficia a todos sus integrantes, como reconoce y escucha sus tradiciones, como mantiene vivas unas pautas éticas y regula la vida en común, siempre resguardando a los más necesitados o a los más viejos.

Aquí es donde se puede ver en realidad la causa principal de esta tensión entre tradición e innovación. Las nuevas tecnologías han apropiado y son la bandera del comercio y la industria, de la banca y el mundo capitalista, para aumentar sus beneficios económicos y multiplicar la producción y consumo de mercancías. Pero, desconociendo o subvalorando otros sectores, particularmente los relacionados con el desarrollo humano y la equidad social. La innovación no predica al mismo ritmo otros sectores de la sociedad.  Poco innovadores somos para distribuir la riqueza, para hacer que la salud logre llegar oportuna y eficiente, para que el desempleo y el hambre no abarquen a millones de personas. Se amplifica la innovación para aumentar el número de clientes y consumidores; pero se constriñe si es para enfocarla a la calidad de vida de los ciudadanos o para incrementar el desarrollo de otras dimensiones del ser humano. Este es el verdadero desbalance: que por estar en la cresta de la innovación en el mundo de los negocios y el afán por la ganancia de dinero, hemos ido relegando otras “riquezas” ancladas en la tradición, en el cuidado del semejante y en el cultivo de la vida buena.

Bienvenidas las innovaciones tecnológicas, entonces, si consultan y atienden las necesidades de los contextos, si saben idear estrategias de empalme y acople, si ponen el cuidado suficiente a la dignidad humana por encima del beneficio económico. Todas las innovaciones que sean razonables para ejecutarse, siempre haciendo balance de los logros y adquisiciones del pasado, revalorando y dándole continuidad a lo que resulta significativo para una comunidad, una empresa o una institución, seguramente tendrán más enjundia y consistencia que aquellas otras promocionadas desde el desconocimiento de lo ya construido, de arrasar con lo cosechado, de mandar los saberes y las prácticas de la experiencia acumulada al cuarto de San Alejo. Mantener esa tensión y saber leer oportunamente la tradición convierte a una innovación en un genuino hecho de desarrollo personal o colectivo.

Cerremos estas reflexiones evocando a Jano, el dios bifronte de los antiguos romanos. Esta deidad tenía dos rostros: uno, para mirar el pasado y, otro, para divisar el futuro. Jano debería ser el mejor consejero en estas épocas cuando la fascinación y el deslumbre por lo novedoso quiere hacernos olvidar el rico legado de ciertas tradiciones o cuando nos aferramos tan fuerte al pasado que terminamos incapacitados para abandonar algunas de nuestras seguridades y avanzar confiados al porvenir.

Pájaro, río, fuego y luna

Chris Buzelli

Ilustración de Chris Buzzeli.

El pájaro

El pájaro conoce y tiene el alma preparada para saber desprenderse de ataduras y lograr volar. Su mismo cuerpo está lleno de oquedades, de vacíos, que le permiten ser liviano y ligero de lastres. El pájaro anda entre los aires y se fascina con todo tipo de nubes; su ámbito es lo inestable y cambiante, lo mudable y evanescente. El pájaro se sabe más inquilino del cielo que de la tierra; más de las inmensidades que de las finitudes. El pájaro surca el infinito, con cada movimiento ara lo extenso y deja una estela de su travesía tras lo inalcanzable. De allí que no vuele en línea recta o tenga una ruta prefijada; su forma de avanzar es siempre distinta, acorde a las fuerzas de su propio camino. El pájaro viste un atuendo adecuado a su propósito: las plumas son el ropaje de los desapegados, de aquellos seres que se saben transeúntes, peregrinos, nómadas. Si se aprende, como él, a tener vestiduras muy leves, seguramente se nos hará más fácil partir, dejar atrás lo conocido o vivido sin nostalgias, estar más pendientes del horizonte que de los mojones y los hitos de piedra. El pájaro muestra que el vuelo no puede darse sin la renuncia; que para elevarse o remontarse hacia los más altos imposibles hay que desalojarse o poner en el olvido muchísimas ataduras. Todo nido para el pájaro es un sitio de paso. Y sus alimentos dependen de lo que depare la aventura, de ese destello proveniente del encuentro: nada parece estar prefijado para el pájaro, todo responde a la lógica de la elevación, a la atracción de la altitud, a las inciertas formas de las cimas. El pájaro sabe que dejando atrás las cadenas o los amarres resulta fácil sobrevolar los obstáculos insalvables. Al mirar con mucha atención se puede descubrir que el cuerpo del pájaro es puro espíritu; un ánima recubierta de plumas.

El río

El río nos ilustra del fluir incesante. Sus aguas constantes, cambiantes, inagotables, son una imagen viva de la renovación. El río fluye, y a su paso todo lo que toca lo tiñe de primavera, de nueva vida. El río no se está quieto, es un largo corazón que bombea vitalidad. El río preludia las cosechas, el pan en la mesa, el alimento que nutre la existencia. El río, al igual que el camino, no transita en línea recta; avanza zigzagueando, bifurcándose, como una larga culebra de movimientos vertiginosos. Su forma es adaptativa, mutante, capaz de adelgazarse ante un acantilado o de expandirse en una llanura. El río no cesa de perseguir su meta, así sea convertido en un hilillo o crecido o descomunal como una avalancha. El río sabe abrirse su propio camino; lo hace con lentitud, horadando poco a poco lo que parece impenetrable; repitiendo un sutil movimiento o humedeciendo la dureza. El río conoce salidas secretas, socavones extraviados, rutas antiquísimas, callejones subterráneos tallados por la mano artesana del tiempo. El río prosigue su curso, aun empleando senderos ocultos. El río extiende su largo cuello dulce porque ansía lo salado; es de su esencia refundirse en otro ser distinto. El río que corre entre orillas restringidas tiende hacia lo ilimitado. El final del río cumple su sueño más preciado: cambiar el ritmo de su cauce imparable. El río aspira a transformar su vertiginoso paso en el movimiento de la ola. Lo incesante anhela conocer el ritmo de la quietud.

El fuego

La esencia del fuego está en convocar, en aglutinar alrededor de su calor. Es una atracción cálida que logra reunir. El fuego irradia compañía, camaradería, comunidad. Quien se junta al fuego renuncia a estar solo y reafirma los vínculos sociales. El fuego tiene llamas que son brazos, bocas ardientes para los huérfanos y los sin techo; el fuego es benefactor de nómadas y caminantes extraviados. Desde luego, el fuego, cuando no hay una mano o una vestal que lo cuide, puede arrasar con todo lo que encuentre. El fuego pide que alguien sagradamente avive y regule su irradiación aglutinante. Si no hay una persona al cuidado de su lumbre, el fuego en lugar de llamar, espanta; en vez de generar la convivencia, provoca la huida. El fuego más ardiente, el que más arde, está en el centro de cada ser humano; y si algunos lo asocian con el corazón, es para señalar la necesidad de compañía, la interior urgencia que tenemos las personas de estar con otros. El fuego íntimo logra mantener su calor en la medida en que se junta a otro fuego semejante; en esa comunicación de llamas entre dos pechos es como mejor permanece a pesar de los cambios del viento. El fuego se metamorfosea en relato para hacer más íntimo y placentero su oficio de aglutinar; y las historias al estar cerca de las brasas avivan la imaginación y dan rienda suelta a los sueños más fantásticos. El fuego espanta las fieras de la soledad, hace huir a las salvajes furias del aislamiento y el odio hacia la hermandad. El fuego, con su crepitar de alegría, pone en desbandada a las hienas de la guerra; y con su calidez de confianza refrendada, hace que los monstruos cizañeros de la enemistad no entren en el espacio creado y resguardado por su lumbre. El fuego nace de la chispa; de juntar dos superficies, de enlazar dos conciencias. Ese debería ser un mensaje para todos aquellos que temen encender el fuego de la amistad, la fraternidad o el amor y que dejan que las sombras los devoren con su frío.

La luna

La luna basa su seducción en su rotunda disponibilidad; más que demandar o reclamar, prefiere el ritmo de lo pasivo y la íntima recepción. La luna se deja hacer, se abandona hasta sus posesiones más secretas. La luna se solaza y goza haciendo realidad la voluntad de otros; sabe que la dependencia entraña otro tipo de vínculos y provoca la exaltación de ocultos anhelos. La luna refleja, sirve de espejo, es servicial; tiene el don de entregar su piel para que otros potencien sus deseos. No ha querido la luna ocupar pedestales, ni descollar como una figura cegadora; todo lo contrario: se muestra discreta, gusta de ocultarse y, en muchas ocasiones, se siente feliz al lograr esconderse. La luna ha aprendido a aparecer y desaparecer; así que no le preocupa los honores de la primera fila, ni los destellos de la fama. La luna confía más en la fascinante atracción de lo sutil y escondido, de esos lazos que sólo lo disipado y tenue pueden crear. La luna comprende que el acatamiento no es falta de vigor, sino otra manera de enfrentar a quienes nos superan en tamaño o poder. Aunque también es un recurso para rendirse sin perder la identidad. La luna se siente a sus anchas en la noche: la penumbra la exalta al mismo tiempo que la protege. La luna estimula a los poetas y a los locos; a todos aquellos que miran lo que los demás dan por visto. A esas personas que han aprendido a asumir una actitud pasiva del espíritu para que nazca la revelación, el vaticinio, el sortilegio guardado en las palabras. La luna ama lo plateado, se extasía con los azogues, los visos del mercurio y todas aquellas cosas que disfrutan la facultad de reflejar. La luna posee profundas relaciones con los espejos: ellos son como sus hijos, sus criaturas confiadas a los seres humanos. La luna y la mujer tienen un parentesco irrompible; tanto una como otra disponen su ser para que obre en su vientre el milagro. Ambas son ejemplos del asentimiento, del “hágase en mí”, del consentir para alcanzar la plenitud. La luna acoge, admite, consiente; sin reservas, sin condiciones: y al ser y actuar así, permite que el prodigio aparezca, que las profecías se cumplan, que la ilusión halle el mejor terreno para sembrar sus semillas. La luna nos ayuda a entender –hay que repetirlo– que la pasividad no es indiferencia, y que la docilidad no es ausencia de fuerza. La luna subraya que lo apacible tiene una atracción y un efecto tan contundentes como el brío de los soles más enérgicos y avasalladores.

Curso intensivo de lectura crítica

Rafal Olbinski

Ilustración de Rafal Olbinski.

Carolina: Pachito, qué gusto verte…

Francisco: El gusto es mío. ¿Cómo van tus cosas?

Carolina: Bien. Luchando con esos muchachos. Muy apáticos para todo. Ni sé ya qué inventarme para motivarlos a leer…

Francisco: Sí, no es fácil.

Carolina: Están entregados a toda hora al bendito celular.

Francisco: ¿Y qué estrategias de lectura estás empleando?

Carolina: Lo normal, Pachito, lo normal. Las de mi área, las que trae el libro de texto y otras que por ahí he encontrado en internet.

Francisco: Pero, ¿les das alguna guía de lectura?

Carolina: A veces.

Francisco: A mí me ha ayudado mucho motivarlos antes de mandarlos a hacer la lectura. Les doy una “degustación” de lo que van a encontrar… Les leo en clase apartados y les hago mis glosas.

Carolina: ¿Glosas?

Francisco: Sí. Mis comentarios al margen. Las relaciones que hago del texto con mi materia, con otras asignaturas o con aspectos socioculturales.

Carolina: A ti te queda fácil porque es español, ¿pero a mí, en biología?

Francisco: Yo creo que puede hacerse lo mismo: leerles apartados de lo que más tarde van a leer resulta una estrategia de animación a la lectura muy eficaz. Además, tiene uno la oportunidad de mostrarles los vínculos con la materia, con su propia cotidianidad o con el mundo en que viven.

Carolina: ¿Eso lo haces siempre?

Francisco: Sí. También les hablo del autor del texto, le doy rostro a ese nombre para que dejen de hablar del señor de las fotocopias… Llevo a la clase, cuando es posible, entrevistas o busco información interesante sobre el autor.

Carolina: ¡Chévere!

Francisco: Otra cosa que hago es llevar un cuadro de contextualización de la obra en cuestión. Pongo al autor y la obra en un escenario histórico. Por ejemplo, ahora que estamos trabajando María de Jorge Isaacs, miro con mis estudiantes qué pasaba en esa época en Colombia, en América Latina, en Europa. Me gusta contextualizar las lecturas para que los alumnos tengan un panorama de la época o de las circunstancias sociopolíticas en las que aparece cada obra.

Carolina: ¿Y no te gastas mucho tiempo en eso?

Francisco: Sí. Pero se logran mejores resultados al final. Lo que me interesa es provocarlos, incitarlos, darles elementos para que no entren a la lectura sin miradores, sin focos que los ayuden a aclarar esos textos.

Carolina: Yo a veces los mando a buscar en internet.

Francisco: Eso está muy bien, pero es necesario guiar esa búsqueda para garantizar que el resultado valga la pena.

Carolina: Razón tienes, porque la mayoría de las veces ellos la consideran una tarea adicional; por eso poco la hacen o la cumplen sin entender nada.

Francisco: Yo prefiero hacer eso en la clase. Es lo que llamo la prelectura… ¿Sabes otra cosa que hago y que me ha resultado provechosa?

Carolina: ¿Qué?

Francisco: Llevo fotos de esos autores. En una presentación en power point pongo retratos o ilustraciones que he escaneado o bajado de internet con el fin de darle una identidad visual a ese personaje. Me gusta compartir con mis estudiantes esa especie de álbum del autor en diferentes momentos o etapas de su vida. Mostrarlo como parte de una época, un mobiliario, una forma de vestir.

Carolina: Interesante… Me decías que esa es la etapa de la prelectura, ¿no?

Francisco: Sí. Luego, ya en clase, me he ideado otras estrategias… Por ejemplo, inicio la clase invitando a leer los subrayados del texto. Les pido que mencionen cuáles fueron esas ideas fuerza que subrayaron…

Carolina: ¿Ideas fuerza?

Francisco: Sí. Es que antes de mandar a leer yo les he explicado varias habilidades básicas de los buenos lectores: el subrayado, la glosa, el resumen y la esquematización…

Carolina: Cuenta, a ver si aprendo para ponerlo en práctica. Aprovechemos esta media hora de descanso.

Francisco: Vale. Les enseño la importancia de subrayar al menos con dos colores. Les digo que uno, cuando subraya, discrimina la información; la tamiza, la pasa por diferentes filtros con el fin de entender lo que hay en esa mole de palabras. Y es ahí cuando les hablo de las ideas fuerza, de esas ideas que subrayamos del texto bien porque nos llaman la atención, bien porque son bastante novedosas, cuestionadoras o porque uno no acaba de entender. Entonces, cuando comienzo la clase empiezo por ahí: que cada uno vaya leyendo las ideas fuerza que subrayó y, entre todos, miramos si hay coincidencias en los subrayados o quién tiene una idea que sólo él marcó. Este es el tiempo para discutir sobre esas ideas, y para que yo amplíe o profundice sobre ellas.

Carolina: ¿Haces eso siempre al inicio de la clase?

Francisco: Algunas veces. Tú bien sabes que una de las cualidades de un buen maestro es variar sus estrategias de enseñanza…

Carolina: ¿Y después qué?

Francisco: Enseguida, aunque no siempre es lo mismo, les pido que se reúnan por parejas y traten de compartir esas ideas fuerza, que cotejen, comparen y hallen subrayados comunes. La idea es que detecten dónde ha hecho sentido el texto, dónde ha resonado en su mente. Luego, en un plenario, miramos cuáles fueron esas ideas fuerza compartidas por la mayoría del salón. De igual modo nos detenemos a analizar ideas fuerza que fueron subrayadas por unos pocos. Discutimos, miramos los pros y los contras de esos subrayados. En ese momento entro a reforzar, a enriquecer con mis explicaciones esos apartados del texto.

Carolina: Me gusta eso de combinar la lectura individual con la lectura compartida.

Francisco: Esto ayuda de manera considerable no solo al acto mismo de leer, sino para el aprendizaje.

Carolina: Muy bueno, Pachito, sigue contándome.

Francisco: Otras veces, cambio la estrategia y les pido que hagan un esquema de la estructura del texto, que saquen en limpio la arquitectura de esa lectura. Para ello les he explicado antes algunos recursos como el mapa de ideas o el mapa conceptual.

Carolina: Yo a veces empleo los mapas conceptuales, pero para explicar en clase.

Francisco: A mí me parecen útiles para dar cuenta de un texto. Aunque creo que la mayoría de mis alumnos prefieren hacer mapas de ideas en los que distinguen y relacionan las partes de la lectura.

Carolina: Sí, esa es una de las técnicas para aprender a aprender.

Francisco: Te decía que les pido ese esquema de la lectura y los ponemos en “galería”. Enseguida vamos pasando por cada uno de esos “cuadros” apreciando coincidencias, recurrencias, aspectos semejantes o detectando diferencias. Analizamos las presencias o las omisiones más notorias. Terminado este momento, en plenaria busco que todos entiendan la relación entre las partes y el todo. Que no caigan en el error de sacar conclusiones apresuradas de la lectura por haberse quedado observando únicamente un pedazo; que puedan tener una mirada amplia para apreciar la totalidad del texto. Mejor dicho, que descubran cómo es la lógica interna del texto; que observen cómo hay un engranaje oculto que soporta las piezas.

Carolina: ¿Y todos lo logran?

Francisco: Unos más que otros, eso es lo frecuente. Sin embargo, aquellos que no se habían percatado de algo, al verlo repetido en sus compañeros, tienden a irlo incorporando en sus cabezas. Otros, tienen comprensiones que antes no habían hecho.

Carolina: ¿Todas esas estrategias han sido fruto de tu larga experiencia como maestro?

Francisco: En parte sí y en parte no…

Carolina: ¿Cómo así?

Francisco: Lo que pasa es que tuve la oportunidad de asistir a un curso intensivo sobre lectura crítica, y allí nos dieron varias de estas pistas…

Carolina: ¿Y eso cuándo fue?

Francisco: A finales del año pasado. Fue un curso organizado por el equipo de Formación docente de la Secretaría de educación.

Carolina: Ah, ya recuerdo. Lo que pasa es que yo no pude asistir porque justo en esa semana estuve muy enferma con una de esas gripas que lo tiran a uno a la cama.

Francisco: Pues te perdiste de un curso interesantísimo. Allí estuvimos varios del colegio y fue muy alentador encontrarnos con estrategias didácticas útiles para incentivar, mejorar y cualificar los procesos de lectura crítica en nuestras aulas.

Carolina: Lástima. Pero, cuéntame otras cosas de ese curso en los pocos minutos que nos quedan de descanso.

Francisco: Hubo otros asuntos que me llamaron la atención. Uno que ya venía haciendo, pero que ahora entendí mejor sus beneficios. Se trata de siempre combinar la lectura con la escritura. El de pedirles a los estudiantes a la par de la lectura una reseña, un comentario, una opinión sobre lo que leyeron. Pero no largos textos, sino escrituras cortas. Y aprendí una técnica que no conocía: el contrapunto.

Carolina: ¿Pero eso no es como para profesores de música?

Francisco: No. Contrapuntear en el sentido de replicar, de responder a lo que se ha leído.

Carolina: Explícame un poquito más…

Francisco: La idea es, según le entendí al conferencista, que cada estudiante elija una idea fuerza o un párrafo que le haya llamado fuertemente la atención por cualquier motivo y a ese pedazo le haga el contrapunto. El contrapunto puede hacerse empleando diferentes técnicas: ampliando lo que allí se dice, minimizando los alcances del texto elegido, contrastando, derivando o transponiendo la información a un contexto diferente al referenciado. Lo central de esta técnica de lectura crítica es poner la voz del texto en concierto con la propia voz del estudiante. Que se atreva a debatir con los textos que lee, que opine algo en favor o en contra, que replique, que contraste, que no sea un pasivo usuario de la información.

Carolina: ¡Que novedosa esa propuesta!

Francisco: Y el conferencista dijo también que el contrapunto era una buena estrategia para combatir el “copy paste”, tan habitual hoy en nuestros estudiantes.

Carolina: Pero, para una inexperta en el tema como yo, ¿en qué consiste la lectura crítica?

Francisco: Es una manera de leer en la que el texto siempre hay que leerlo con sus contextos.

Carolina: ¿Es decir…?

Francisco: Un texto hay que ponerlo a conversar con la época, con el autor, con otros textos… No es únicamente una lectura literal.

Carolina: ¿Y qué más?

Francisco: Es una lectura que lleva a establecer relaciones, a tender puentes, a ver la parte con el todo, a mirar el texto como lo que en verdad es: un tejido. A encontrar cosas que están debajo de lo evidente, a sacar a la luz lo que está latente o disimulado.

Carolina: Ya entiendo.

Francisco: Es una lectura que obliga al lector a estar alerta, a no ser pasivo ni sumiso ante lo que lee. El lector crítico interroga, le hace muchas preguntas al texto. Ve sus fisuras, sus intersticios, sus entrelíneas. Es un experto en hacer inferencias…

Carolina: ¿En sacar conclusiones e implicaciones de lo que lee?

Francisco: Sí. Alguien que usa la deducción y la inducción para formular hipótesis plausibles, para elaborar presunciones a partir de datos aparentemente marginales o secundarios.

Carolina: ¿Y cuál es la finalidad de leer así?

Francisco: Aprender a ser sujetos críticos, a no tragar entero, a sospechar, a poner entre paréntesis, a no ser ingenuos. Si mal no recuerdo el conferencista habló de eso: de que la lectura crítica contribuía a adquirir una mirada perspicaz para no dejarse engatusar de los mensajes que a diario circulan por los medios de comunicación.

Carolina: Ah, o sea que la lectura crítica no es únicamente de textos escritos…

Francisco: Efectivamente. Se hace lectura crítica de los medios masivos, de la publicidad, de las prácticas sociales, de la moda, del consumo. Un lector crítico es como un vigía de la cultura, un lector que puede entrever formas de manipulación.

Carolina: Eso me recuerda las ideas de Paulo Freire.

Francisco: Sí. Tiene mucho que ver con los planteamientos de él. Por eso formar lectores críticos es, de alguna manera, formar ciudadanos aptos para deliberar, argumentar, defender sus derechos, tener una postura política, en el sentido de sentirse parte de una sociedad.

Carolina: Insisto, Pachito, que eso te funciona muy bien con el área de español, ¿pero a las otras áreas será que les opera?

Francisco: Yo creo que sí. Enseñar a leer críticamente es una tarea de todas las áreas. Eso depende de la manera como enfoquemos didácticamente nuestras asignaturas. Si enseñamos a los alumnos y alumnas a problematizar, a cuestionar, a mirar el envés de las cosas; si hacemos realidad la fuerza de la pregunta en los procesos de enseñanza, si eso hacemos, muy seguramente todas las áreas estarán favoreciendo la lectura crítica.

Carolina: Visto así, cada maestro puede contribuir a formar en este modo de leer.

Francisco: Además, si nuestras clases favorecen el debate, el panel, el foro, entonces nuestros estudiantes irán fortaleciendo las habilidades de sospechar, de no creerse todo lo que les dicen o ser tan ingenuos como para quedarse en la superficie de los mensajes. Y mi querida Carolina, de cara al mundo globalizado que nos tocó en suerte, hay que enseñar a digerir, a rumiar la información que consumimos.

Carolina: Mejor dicho, a ejercitar las neuronas.

Francisco: Así parece. Un lector crítico reflexiona, medita, examina las cosas más de una vez. Por eso es tan importante la relectura. Ese fue otro punto en el que insistió el conferencista: si no se relee no se pueden detectar los motivos recurrentes o ligar las pistas que están diseminadas a lo largo del texto.

Carolina: Como decía mi mamá, pura suspicacia…

Francisco: Sí. Un lector crítico debe hacer conjeturas, desconfiar, tener un espíritu escéptico, ser inquieto  intelectualmente. Recelar de lo dado por hecho o que parece incuestionable.

Carolina: No veo tan fácil esa tarea con estas nuevas generaciones que son fácilmente seducidas por la moda y el consumismo.

Francisco: Ahí está el reto de los maestros… Esa es una de nuestras labores más importantes hoy en las aulas: enseñarles a usar la sagacidad contra la tontería, convertirlos en detectives de la información circulante. Ayudarles a que aprendan a valorar, a sopesar las opiniones de la gente y de lo que ven en la televisión o bajan de internet. Que analicen, que desarrollen en suma su capacidad de juicio.

Carolina: Pachito, me tienes que seguir contando. Te dejo. Tengo clase con 10 A y no quiero llegar tarde.

Francisco: Listo. Cuando tengas un tiempo te presto mis apuntes y te facilito un material que nos dieron en el curso.

Carolina: Gracias. Me interesa. Si te parece nos encontramos a la hora del almuerzo, en la cafetería.

Francisco: De acuerdo. Más tardecito nos vemos… Y ojalá tengas suerte con tus estudiantes para conjurarles la peste macondiana de la apatía.

Carolina: Que así sea…

Reflexiones sobre la puntuación

Joey Guidone

Ilustración de Joey Guidone.

Lo que en su inicio fueron signos para detectar las claves de saber leer con sentido, o de hacer las pausas indicadas para subir o bajar la entonación, se convirtieron en una ayuda para discriminar la información, dosificar la cantidad de ideas y darle respiración a la prosa. Por supuesto, nos estamos refiriendo a los signos de puntuación. Es decir, a la coma, al punto y coma y al punto seguido, para hablar de los más usados en cualquier texto.

Esos signos los usamos a veces sin tener muy claro cuál es su propósito o los ponemos en cualquier lugar, dependiendo más del capricho de quien escribe que de una intencionalidad específica. Por ello, precisamente, es bueno reflexionar sobre estos signos para lograr en nuestros escritos una puntuación razonada, o comprender qué tanto gana o pierde un texto al marcarlo con uno u otro signo de puntuación. Porque en muchos casos, es la falta adecuada de uno de estos signos la que convierte la escritura en una mole confusa de palabras, o la que termina fracturando el significado de una oración cuando se ubica un signo donde no corresponde.

Los signos de puntuación, decíamos, contribuyen a que el lector no reciba todo el mensaje de manera abigarrada o compacta. Una coma, por ejemplo, hace que podamos captar con nitidez las partes o los elementos de un conjunto; y un punto y coma nos ayuda a entender o distinguir ideas de mayor calado o peso en un párrafo. Los puntos seguidos contribuyen a ubicar dónde termina un planteamiento, dónde se cierra una argumentación. Todos estos signos están al servicio de discriminar la información, de hacerla más clara y más ordenada para el lector. Saber puntuar, en consecuencia, está en sintonía con la microestructura de un texto, en saber relacionar las partes con el conjunto. Trabajar así los signos de puntuación es situarse más en una lógica de componer artesanalmente un escrito y no tanto en la mágica e inexplicable elaboración del mismo. Así que no es cosa de aprenderse reglas de memoria, sino en darle más relevancia a la planeación, a la organización de las ideas y su progresiva manera de convertirse en párrafo, en capítulo o en un extenso artículo. 

De otra parte, los signos de puntuación van creando un ritmo en la prosa. Son estos diminutos signos los que hacen que nuestros escritos tengan movimientos rápidos o vayan tan lentos que aburran al lector. Hay escritores densos, difíciles, porque no usan el punto seguido o porque emplean períodos tan largos que no tienen ninguna clemencia con quien los lee. También sucede que el abuso de un signo, digamos la coma, es una muestra de una escritura llena de incisos, de divagaciones que terminan provocando un ruido en lo que se desea comunicar. Por eso, para detectar el ritmo de la prosa y cómo ayuda a ello la puntuación, es recomendable leer en voz alta nuestra escritura. Al escucharnos sabremos que algo no suena bien, que algo falta o que, por usar con tanta frecuencia un signo, lo que logramos es una redacción dubitativa, intermitente y repleta de interferencias. 

El buen uso de los signos de puntuación es de gran ayuda también para limpiar a la escritura de adherencias, de recovecos en una proposición o de un excesivo abuso de circunloquios. En este caso, ayudan a pensar de mejor forma la organización de los elementos de una frase o las partes constitutivas de un párrafo. Atreverse a poner un punto y coma en lugar de una coma, para mencionar otro ejemplo, puede contribuir a que suprimamos el exceso de adverbios, preposiciones o partículas innecesarias. En muchas ocasiones, por no saber ubicar bien un punto seguido llenamos nuestra escritura de oraciones subordinadas  o de frases que empiezan en un sitio pero que, por la misma proliferación de comas, no se sabe bien cuándo o en qué lugar logran terminar. Los signos de puntuación, en consecuencia, constituyen un elemento fundamental de la sintaxis.

Finalmente, el buen uso de los signos de puntuación le otorga a la escritura respiración, ofrece aire entre los elementos de un párrafo. Gracias a esa labor de ventilación en un texto es más fácil comprender la calidad de una idea, el desarrollo de un argumento, la explicación de un motivo. Los signos de puntuación contribuyen, por eso mismo, a la comunicabilidad del mensaje, quitan en el receptor el agobio de la confusión. Hasta podría pensarse que los buenos escritores, los que logran una interacción rápida con el público, son los que ubican esos signos de manera estratégica para evitar el aburrimiento o el bloqueo de la mente cuando se siente asfixiada por la mescolanza y la acumulación de frases atiborradas. Aprender a puntuar es, en últimas, conquistar la complicidad de un lector.

Sol, camino, árbol y desierto

Alegoria Prudencia

“Alegoría de la Prudencia”, de Girolamo Macchietti.

El sol

El sol asombra con su persistencia caliente y destellante. El sol no se cansa de anunciar la vida y de regalarla a borbotones de luz. El sol impregna a la desidia y a la abulia de un dinamismo tal que las lanza sin demoras al trabajo, a la odisea cotidiana, a la búsqueda de las utopías más descabelladas. El sol irrumpe, se cuela entre las hendijas, abre todas las ventanas, invita a cantar a los gallos y arroja a los aires infinidad de pájaros. Al decir sol decimos alborada, renacimiento, resurrección, nuevo amanecer. El sol escribe con el fuego; su punzón caliente pinta en los rostros y en los cuerpos humanos manchas de experiencia o de caminos recorridos. El sol es continuo, incansable en su fulgor, no cesa en su empeño de hacer brotar la vida en todas partes. Ese parece ser su destino desde tiempo inmemoriales. Aunque hay que decir también que, en ciertas ocasiones, en su afán por inculcar en la tierra su calor, el sol termina cuarteando y haciendo polvo lo mismo que desea estimular. El sol abre sus brazos para todas partes; no hay en él preferencias ni discriminaciones. El sol es a veces tapado por las nubes; pero no debemos engañarnos: al tener al frente un toldo gris opaco no hace que el sol desista de su empeño luminoso; el anhelo de vida persiste sobre pasajeras nebulosas. No hay oscuridad ni obstáculos suficientes para tapar el deseo de germinar, el impulso de florecer, la epifanía de los hombres y la naturaleza. El sol sabe esto, y de allí proviene su tranquila forma de presentarse, su permanente manera de saludar a todo el universo. Los rayos emitidos por el sol obligan a que los seres humanos no puedan mantener directamente su fulgor; ante la suma grandeza de dar sin miramientos, hay que bajar la cabeza. Por eso al sol lo adoran como un dios, por eso se le consagraban templos y ofrendas. Porque los pueblos de la antigüedad, y aún algunos de hoy, entreveían en el calor del sol el misterio que gesta y mantiene la vida. Es del sol conservar su postura a pesar de los cambios de quienes están a su alrededor; así hayan giros o traslaciones de sus mismos protegidos, el sol no cambia ni su intensidad, ni su abrazo de amarillentos contornos. El sol está ahí, esa parece ser su consigna, ese su lema predilecto. El sol sabe, como toda estrella, que en algún tiempo su pecho incandescente explotará hasta disolverse en el cosmos, que es infinito y silencioso. Pero este destino no logra modificar su tenaz manera de ser dadivoso y pródigo con todos los que favorece de sus calurosos beneficios. Más bien el sol confía en que su labor es mostrar la permanencia del don sobre los intereses y los ardides de las contraprestaciones. Aún extinto el sol confía en que su luz seguirá circulando en el espíritu de los sobrevivientes. El sol, en su ofrecimiento gratuito, nos garantiza a los seres humanos ser parte de la eternidad.

El camino

El camino se abre a nuestra mirada como la evidencia de un horizonte. El camino es, en sí mismo, una constatación de lo interminable. El camino nos muestra con sus meandros que para llegar a un objetivo hay que entender y aceptar los desvíos, los recovecos, las ramificaciones. El camino es un continuo bifurcarse, un itinerario de alternativas. Quien está en el camino entiende que su voluntad se pone a prueba de manera permanente. El camino nos exige el uso de la libertad, nos adiestra en la toma de decisiones. Por eso al estar de  camino experimentamos la alegría de lo ilimitado y la incertidumbre de lo porvenir; porque la libertad tiene mucho de goce al mismo tiempo que de riesgo. Quien camina forja su carácter para enfrentar la contingencia. El camino vincula, pone en comunión dos referentes, dos espacios, dos historias. Es del camino entrelazar, crear redes, abrazar lo que parece imposible de encontrarse. Todo camino prefigura el abrazo, el beso, la alegría del retorno pero, a la vez, el llanto por la partida, el éxodo, la premonición del olvido y el abandono. El camino está ahí para calmar nuestra ansia de aventura, para jalonarnos el sedentarismo del alma o para seducir al estatismo de nuestra mente. Y al estar en camino, al poner los pies en aquella sinuosa ruta, descubrimos que cada paso es ya una forma de apropiarnos del infinito, que una mínima zancada basta para que lo imposible resulte menos altanero en su lejanía. Al estar en el camino, al ponernos en marcha, convertimos un proyecto remoto en cortas metas alcanzables. El camino es una escuela de aproximación confiable a la utopía, una cartilla que aprendemos principalmente a deletrear con nuestros pies.

El árbol

El árbol nos recuerda la permanencia, la tenacidad y la altiva dignidad frente a las inclemencias del entorno. El árbol sube hacia el sol; a pesar de los obstáculos no pierde su propósito ni se desorienta. El árbol es fiel a sus orígenes, a su memoria vegetal que antecede la de los hombres. El árbol muestra fuerza, constancia, tenacidad y certidumbre; pero también protección, cobijo, compañía solidaria. El árbol protege, ampara, es un verde hospicio para el vagabundo o el menesteroso. El árbol ofrece sus ramas como brazos, su hojarasca como techo, su tronco como sostén ante lo inestable. El árbol es un ejemplo de nuestro destino erguido, pero de igual modo de la necesidad de mantener una relación armónica entre nuestros orígenes y nuestros sueños. El árbol vincula la tierra con el cielo; hace las veces de puente entre lo más duro y lo más leve; entre lo que se afianza y aquello otro que necesita liberarse de toda sujeción. El árbol nos educa en esto de echar raíces fuertes para lograr enfrentar los vientos adversos; de beber en el humus de los que nos anteceden para así lograr remontar el vasto paisaje de las nubes. El árbol con su mansedumbre nos precede y nos acoge. Está ahí para decirnos que, a pesar de toda nuestra inventiva o nuestro orgulloso dominio, seguimos siendo parte de la naturaleza. Es decir, que continuamos dependiendo de lo mismo que encarnizadamente destruimos. El árbol majestuoso e impasible es una lección silenciosa de genuina humildad.

El desierto

El desierto nos muestra lo inmenso y, para hacerlo más profundo, lo suma a la seca vastedad. El desierto se jacta de ser semejante hasta donde la vista quiera apreciarlo; su orgullo es ser inmensamente parecido. Sólo acepta la mano invisible del viento que mueve sus formas, pero sin cambiar su esencia. El desierto obliga a los hombres a la diáspora, al éxodo; todo el que trate de habitarlo debe asumir la condición de nómada. El desierto es la prueba de los que anhelan permanencia, de los espíritus fácilmente acomodados o seguros de sí. El desierto enfrenta al ser humano con su sed más íntima, con sus anhelos más preciados. Por eso también el desierto es un lugar de prueba, un sitio en el que el carácter y la voluntad se tensan o se rompen. El desierto obliga a tener un trato directo con el sol; no hay forma de eludir aquellos rayos. El desierto muestra lo difícil que es permanecer mirando la misma estrella, el mismo sueño. No hay sombra cuando se está en el desierto, no hay escapatoria, no hay salida. Si uno está en el desierto, no cuenta sino con sus pensamientos y sus propios recursos. El desierto ha sido un espacio para que los anacoretas o los profetas se confronten. Quien sortea el desierto puede asumir su destino, su misión, su sentido vital. Porque el desierto es, en sí mismo, un lugar para analizarse, para reconocerse, para aquilatar la ilusión y asumir la finitud o los límites. Esa parece ser la paradoja del desierto: siendo un ejemplo de inmensidad, hace evidente nuestras limitaciones. Quien pasa el desierto, y hay relatos y figuras memorables para corroborarlo, puede liberarse a sí mismo y manumitir a otros; quien sale airoso de las arenas del desierto entiende desde el fondo de su corazón que lo importante en la vida es asumir a fondo un proyecto, una utopía, un ideal. Que sin ese horizonte, no seríamos muy diferentes a las bestias. El desierto es un paisaje que nos invita a sentirnos como dioses. 

La enseñanza indirecta de la alegoría literaria

Alegoría del tiempo y la belleza Simón Vouet

“El tiempo vencido por la esperanza y la belleza”, de Simón Vouet.

La alegoría literaria es una modalidad de texto en la que, tomando un objeto, una cosa, un fenómeno o una entidad como referente, se van describiendo algunas de sus peculiaridades para irlas asociando con otras que puedan ayudar a comprender acciones, comportamientos o  actitudes de los seres humanos. Como se ve, es un modo oblicuo de presentar, desde una pequeña descripción, determinadas enseñanzas morales o motivos para invitar a la reflexión y el cuidado de sí. La alegoría echa mano de las analogías con el fin de hacer más vívida las relaciones empleadas; esos símiles, que a veces son genuinas metáforas, permiten destacar rasgos o particularidades del tema-base, pero siempre asociándolas con valores, virtudes, formas de proceder o consideraciones éticas. La alegoría enseña de manera indirecta, al igual que la fábula o el apólogo. Hasta aquí lo básico de este tipo de texto; intentemos profundizar un poco más.

Voy a utilizar un ejemplo personal para desentrañar el proceder y las características de la alegoría. El texto lleva por título: “La palmera”.

La palmera es portadora estilizada de flexibilidad. No tiene anchas cortezas ni grueso cuerpo, pero su misma maleabilidad le otorga una fortaleza a prueba de tifones y huracanes desalmados. La palmera es muy fuerte en su alma cimbreante, es una fortaleza hecha de no oponerse a los elementos, sino de saber adaptarse a las circunstancias. La palmera cifra su temple en el modo de doblarse, en la cimbreante contextura de su tronco. La palmera convierte la arena en agua salvadora para el náufrago, en carne blanca para el perdido en las islas desiertas o para los que tienen el alma a la deriva. Si uno está cerca de una palmera puede sentirse en tierra firme, logra poblar su soledad y confiar en que no sufrirá de sed. La palmera mantiene con el viento una conversación solidaria: comprende lo que esas ráfagas ensordecedoras proclaman a todos los puntos cardinales. La palmera es un modelo de la escucha empática y profunda, de saber descifrar el mensaje oculto detrás del estruendo de la furia y el caos arrollador. La palmera hunde sus raíces en la tranquilidad, en una tierra que sabe conservar el zumo de lo imperturbable. No teme la palmera desordenar sus cabellos o quedar con poquísimos atuendos; no hay en la palmera un asomo de posesión. Toda ella es una bandera de libertad, un estandarte que se hace más sólido en la misma medida en que se libera de pesos y accesorios. La palmera es tan celosa de su figura que siempre alberga una curva, un arco, así sea mínimo, para conservar su esbelto movimiento. La palmera nos muestra que las corazas exteriores son demasiado vulnerables, y que una fragilidad pacientemente cultivada, anillo por anillo, logra sobrevivir a las ofensas devastadoras del afuera inclemente. La palmera encarna una evidencia: se es flexible cuando logramos acompasar o sintonizar las contingencias exteriores con el ritmo interno del corazón.

Una lectura rápida de la alegoría nos permite descubrir que si se ha tomado a la palmera es porque ella puede ser ilustrativa de la flexibilidad. Esa es la idea semilla. Pero después se van desarrollando o complejizando otras características derivadas o asociadas: el ser estilizada y maleable por no tener demasiada corteza; el ser fuerte en su centro; el ser cimbreante y, por ello, lograr curvarse a la fuerza del viento; el sacar de la arena agua y ofrecer alimento; el tener sus hojas desordenadas y livianas; la curva que prevalece en su forma; la consistencia de crecer poco a poco, anillo por anillo… Más todos estos atributos se concentran en uno, el motivo axial, y que sirve de detonante para la alegoría: la flexibilidad que, como se afirma al final, es la armonía de lo interno con las contingencias de la exterioridad.

Bien se aprecia, que el sentido oblicuo o el mensaje indirecto para alguien que lea el texto es poder comprender las ventajas que tiene parecerse a la palmera. Es decir, en dejar de suponer que llenándose de corazas se hará más fuerte para soportar los tifones de la adversidad o las borrascas de los detractores, por no decir enemigos. Si se aprende de la palmera, tendremos que liberarnos de mucha corteza inútil y empezar, lentamente, a cultivar nuestra fragilidad. No deberíamos asumir la dureza, sino la maleabilidad; no tendríamos que enfrentarnos desafiantes a lo que se nos opone, sino aprender a adaptarnos y saber escuchar lo que nos dicen las tormentas adversas. Si somos más tranquilos, si echamos raíces fuertes en la tierra de lo imperturbable, con toda seguridad seremos más tolerantes, más comprensivos o menos temerosos. Podemos deducir, entonces, que en esta alegoría se usa la realidad de la palmera para comunicarnos, siempre en sentido oblicuo, un modo de ser o de actuar, una lección de convivencia o de trabajo sobre nuestra personalidad.

Lo interesante de la alegoría es ver cómo, desgranando las diversas características o los rasgos más notorios de una cosa, un objeto o un fenómeno, va haciendo un perfil de actuación o señalando posibles vicios o torpezas del actuar humano. Para ello, el uso de la descripción es fundamental: el escritor de alegorías se parece a un naturalista que desea destacar los rasgos distintivos de la especie puesta ante sus ojos. De allí que retome primero lo más importante, lo esencial del objeto-motivo y luego se centre en otras particularidades relevantes; no se trata de ser exhaustivos o hacer un listado interminable de características. La alegoría selecciona lo medular, aquello que para un lector resulta más evidente. Agreguemos que las alegorías hacen parte de los escritos condensados, de esos textos que en pocos párrafos abren amplias  interpretaciones.

El otro aspecto o la otra pretensión de quienes hacen una alegoría es la de elaborar finamente su material lingüístico. Sopesar el ritmo de cada frase, vigilar las cacofonías, revisar la precisión semántica, tener mano de orfebre para poner la puntuación, ser precisos y buscar los adjetivos más justos para la intención analógica subyacente. Hay un deseo de prosa lírica que sirve de telón de fondo a los alegoristas. Y al decir esto, subrayo el énfasis en aquello mismo puesto como relevante o significativo; la depuración estilística, la modulación en la frase, el lugar elegido para cada término. De igual modo, la alegoría debe ser completa, poseer unidad o integralidad en sus partes; tiene la condición, como dicen algunos críticos literarios, de lograr cierta “redondez formal”; la fusión de sus elementos es indispensable. Por lo demás, una buena alegoría debe velar para que el recurso del paralelismo, que es el medio estructurador del texto, no quede trunco o se vuelva un enunciado casual sin lograr desarrollarse a lo largo de toda la alegoría.

Sobra decir que al escribir una alegoría literaria, aún conscientes de su sentido edificante, no podrá descuidarse el tejido estético ni el dinamismo creativo. No se trata de construir un esquematismo unívoco, como tampoco volver el texto una preceptiva de moral. Siempre será lo lúdico y expresivo, la imaginación creadora de mundos, lo que estará en la base de esta modalidad textual. Hecha esta advertencia, reiteremos que la alegoría, continúa siendo, un recurso para la enseñanza indirecta, un modo oblicuo de señalar u ofrecer consejos de sabiduría. Quizá esta manera “alusiva” sea la más adecuada para formar el carácter o dar luces sobre el “perfeccionamiento” de la variable condición humana y tener “relatos de referencia” para aprender a conocerse y convivir con nuestros semejantes.

Cielo, palmera, piedra y viento

Battista Dossi Alegoría de la noche

“Alegoría de la noche” de Battista Dossi.

El cielo

El cielo está siempre cubriéndonos; tiene mucho de seno nutricio o de abrazo protector. El cielo, aunque distante, posee en su abundancia la forma de la cercanía. Cada quien puede tomar algo de esa cobija celeste y hacerla suya como si fuera el cobertor de su infancia. El cielo es amplísimo, extenso, infinito. Al mirar al cielo aumentamos la capacidad de los pulmones y logramos insuflarnos un aire especial en el espíritu. El cielo nos hace sentir que no estamos solos, que a pesar de nuestras penas o nuestras angustias, siempre está ese manto azulísimo para escuchar nuestros lamentos. El cielo tiene la particularidad de brillar aún más en la oscuridad. El día le da vastedad, pero la noche le otorga su dimensión profunda. El cielo nocturno desnuda el verdadero tejido que lo hace fascinante: cada puntada es una estrella, cada zurcido un lucero destellante. El cielo en la noche sirve para rememorar el origen más remoto de la vida: somos polvo de astros. El cielo nocturno es aún más inabarcable que el de día, tiene un parentesco con los inicios del mundo y la primera aparición de los dioses. El cielo azul u oscuro tensa la pequeñez de los seres humanos hasta las fronteras de lo desconocido. El cielo es sobrecogedor, incognoscible, sagrado. El cielo es un regalo de la eternidad, una muestra diaria de lo que perseguimos a sabiendas de nunca lograrlo poseer. Gracias al cielo, en particular el de la noche, los hombres aprendimos a soñar y, al hacerlo, logramos despertar la imaginación, la única vía para ceñir lo inconmensurable.

La palmera

La palmera es portadora estilizada de flexibilidad. No tiene anchas cortezas ni grueso cuerpo, pero su misma maleabilidad le otorga una fortaleza a prueba de tifones y huracanes desalmados. La palmera es muy fuerte en su alma cimbreante, es una fortaleza hecha de no oponerse a los elementos, sino de saber adaptarse a las circunstancias. La palmera cifra su temple en el modo de doblarse, en la cimbreante contextura de su tronco. La palmera convierte la arena en agua salvadora para el náufrago, en carne blanca para el perdido en las islas desiertas o para los que tienen el alma a la deriva. Si uno está cerca de una palmera puede sentirse en tierra firme, logra poblar su soledad y confiar en que no sufrirá de sed. La palmera mantiene con el viento una conversación solidaria: comprende lo que esas ráfagas ensordecedoras proclaman a todos los puntos cardinales. La palmera es un modelo de la escucha empática y profunda, de saber descifrar el mensaje oculto detrás del estruendo de la furia y el caos arrollador. La palmera hunde sus raíces en la tranquilidad, en una tierra que sabe conservar el zumo de lo imperturbable. No teme la palmera desordenar sus cabellos o quedar con poquísimos atuendos; no hay en la palmera un asomo de posesión. Toda ella es una bandera de libertad, un estandarte que se hace más sólido en la misma medida en que se libera de pesos y accesorios. La palmera es tan celosa de su figura que siempre alberga una curva, un arco, así sea mínimo, para conservar su esbelto movimiento. La palmera nos muestra que las corazas exteriores son demasiado vulnerables, y que una fragilidad pacientemente cultivada, anillo por anillo, logra sobrevivir a las ofensas devastadoras del afuera inclemente. La palmera encarna una evidencia: se es flexible cuando logramos acompasar o sintonizar las contingencias exteriores con el ritmo interno del corazón.

La piedra

La piedra está ahí para enseñarnos la inamovible dureza.  Su ser es una potente ilustración de lo que se nos opone o eso otro que llamamos realidad. La piedra permanece, no se altera, conserva un mismo temperamento y una misma actitud. La piedra no tiene emociones o, si las tiene, las ha secado al máximo. Por eso permanece idéntica, no se transforma, ni sufre alteraciones. La piedra tiene parentescos secretos con la eternidad, y se ufana de nuestros limitados años de finitud. La piedra es consistente, a pesar de su multiforme manera de existir. Todo aquel que se enfrenta a la piedra resulta herido o desesperado; o quizá, como en un juego de niños, la forma de dominar su dureza sea cubriéndola con algo leve, abrazándola en lugar de destruirla. La piedra conoce de su potencial como arma, de su agresiva fisonomía. Sabe también que si se multiplica, si se deja organizar por hábiles manos, logra ser un espacio de refugio, de soledad, de defensa absoluta. Los grandes místicos conocen de estas virtudes de la piedra, los ensimismados adoran su muro protector. Toda piedra viene del fondo, de un lugar subterráneo habitado por el fuego; y por eso mismo la piedra se levanta hacia el cielo, porque esa es su querencia, su anhelo, su ilusión. La piedra pesa, su firmeza la lleva a permanecer estática. Su fortaleza la inmoviliza. Por eso, aunque ella misma no lo necesite, a pesar de no albergar en su médula rígida esos comportamientos, le gusta que alguna mano la cambie de sitio; así sea unos cuantos milímetros. En esa nueva posición vuelve a elaborar su proyecto de permanencia, su casa de inalterabilidad. Ella no puede evitarlo, porque desde su centro, lo que se irradia es solidez. La piedra es compacta, resistente y, del mismo modo, áspera y rigurosa. No resulta fácil relacionarse con la piedra; se necesita paciencia de artesano y una confianza absoluta. La piedra simboliza la resistencia de lo inmóvil, el modo como lo intemporal se muestra a los ojos de los seres frágiles y finitos.

El viento

El viento es rápido y cambiante porque está hecho de levedad. Su consistencia le permite moverse con rapidez; es, por excelencia, el antónimo de la quietud. El viento dice con su ir de aquí para allá que la vida es movimiento, que la acción es el antídoto contra cualquier forma de muerte. El viento con sus oleadas, a veces refresca y, en otras ocasiones, amenaza. El viento tiene intensidades, eso lo convierte en un ser indescifrable. Al igual que el mar –con quien tiene lazos de sangre–, es misterioso, inasible, de súbitos cambios y temperamento caprichoso. El viento es fluido como el agua y puede colarse o meterse por cualquier hendidura; su modo de transpirar es multiforme y adaptativo. A su paso vivifica lo viejo, esparce las semillas y cada cosa resguardada parece tener un baño de jovialidad. Aunque es invisible, se lo puede sentir; a pesar de andar oculto lo percibimos vibrar en cada hoja de los árboles, en el ondear de los trigales, en las campanillas de los pórticos de las casas, en la mano escondida que exprime y seca las ropas en los techos. El viento aúlla como los lobos; posee voz de animal nómada. Porque el viento es salvaje, le gusta ocultarse en las montañas, en lo más alto, para entonar sus melodías de silbidos penetrantes. El viento detesta la pesadez, prefiere el compás de la ligereza y un caminar sutil que le permite adelgazarse hasta la máxima suavidad. El viento ama las cometas porque lee en ellas su vocación incorpórea, porque adivina en su fisonomía de papel una disposición total para habitar el vuelo. El viento se jacta de su ingravidez, y este no estar atado a otros, esta liberalidad, lo hace desenvuelto y juguetón. El viento es lúdico, travieso, aventurero. Por no tener cadenas, el viento puede entrar y salir de donde quiera; por no tener lastres, anda de excursión como cualquier niño curioso. El viento proclama libertad a donde vaya; dice con sus ráfagas y su rugido que lo mejor es ser espontáneo y emanciparse de yugos de toda índole. El viento es el emblema de las almas con franquicia, de los espíritus realmente independientes.

Los informes de gestión

Informe de gestión_3446-471

El informe es un tipo de texto que participa tanto de las modalidades expositivas como informativas. Es decir, no solo busca exponer un hecho, situación o evento, sino además compartirle a alguien ausente los pormenores o circunstancias de dicho acontecimiento. El informe, en cuanto documento expositivo, reorganiza con un fin didáctico las diferentes partes de determinado hecho y, por su intención informativa,  recupera la memoria de lo ya pasado con la intención de otorgarle un sentido. Puesto en otros términos: el informe nos ayuda a entender, pero también a recordar. Además de los ya clásicos informes de investigación, que recuperan la experiencia de un largo proceso de pesquisa, de acciones, deliberaciones grupales y trabajos de campo, el otro tipo de informes muy demandados hoy, son los llamados informes de gestión. A ellos quisiera referirme en los párrafos que siguen.

Lo más importante de un informe de gestión, y quisiera decirlo por adelantado, es su esencial papel para la toma de decisiones. Además de su finalidad de control administrativo o de requisito para comprobar los resultados de determinada función o los objetivos de un proyecto, fuera de esa utilidad, los informes son la base para orientar las determinaciones de un directivo o los posibles cambios dentro de una organización. Tal valor de referencia convierte a los informes en un medio estratégico para la evaluación de resultados, el seguimiento a metas específicas o el posible impacto de una política, un lineamiento o la puesta en marcha de una propuesta de acción institucional.

Los informes de gestión, como es lo típico en todos los textos de esta modalidad, se organizan a partir de una triple estructura: una introducción, el  desarrollo mismo del informe y unas conclusiones. A veces se incluyen, por razones administrativas o dependiendo de ciertas intenciones organizativas, unos antecedentes y unas recomendaciones. En todo caso, el que redacta un informe o aquellas personas que los solicitan deberían tener presente que no se trata de una tarea de acumular información, sino de seleccionar los datos más significativos, señalar aquellos aspectos que demandan mayor atención o poner en alto relieve un logro o resultado poco habitual. Digo esto porque a veces se usa el informe de gestión como una lista de chequeo o un control de actividades, pero dejando de lado lo que resulta más importante: el señalamiento de las dificultades, la atención sobre zonas de oportunidad, el testimonio de la mejor vía para alcanzar una meta, los puntos críticos o de alerta para un área o una institución.

Cabe decir acá que un buen informe empieza con un juicioso registro de lo cotidiano. Tener a la mano datos, hacer registros visuales o escritos, guardar evidencias de lo que se hace cada día, es fundamental al momento de redactar el informe de gestión. Sin evidencias el informe se convierte en un mero comentario o en la opinión gratuita de una persona. Los datos confiables ayudan a darle al informe validez, permiten hacer comparaciones, mostrar la evolución de un evento, sopesar los aciertos o desaciertos. Tal vez porque no se tiene el cuidado de llevar una bitácora del tiempo presente es que la hechura de los informes, siempre realizada en un tiempo lejano o extemporáneo con relación a lo realizado, pone al redactor de informes en unos aprietos que lo llevan a olvidar cosas esenciales de su trabajo, a minusvalorar un logro, a generalizar lo que en verdad mereciera discriminarse o a lanzar juicios críticos sin fundamento. Esto vale la pena tenerlo presente: el primer enemigo de un buen informe de gestión es el descuido en la recolección de los datos y las evidencias del trabajo diario.

Precisamente, cuando se ha hecho esa tarea de registro cotidiano (que pueden ser unas cortas notas, unos datos-clave, un testimonio fundamental) queda más fácil seleccionar o jerarquizar lo que va a consignarse en el informe. Porque al que elabora un informe de gestión se le pide que tenga criterio y juicio para priorizar o valorar lo realizado. Con una mirada de totalidad –ya sea de un mes, un trimestre, un semestre o un año– lo que debe guiar su mirada es un juego de retrospectiva sobre lo hecho, pero sin perder la intención prospectiva. El informe de gestión comprende lo realizado en un tiempo pretérito, aunque su verdadera finalidad sea iluminar las acciones en el porvenir. Por lo mismo, cuando se redacta el informe hay que resaltar, especialmente en la introducción, aquellos puntos o aspectos de mayor urgencia para atender, corregir o mejorar en una organización. Y si no se hace en este lugar, será en las conclusiones del informe en las que el redactor expondrá esas consideraciones. Tal vez por esta razón, algunas entidades distinguen entre las conclusiones y las recomendaciones: las primeras son la síntesis de lo realizado, en tanto las segundas, se desprenden de lo ya hecho. Las recomendaciones son el lugar para lo propositivo, para la innovación, para sugerir un cambio o proponer algo que falta por hacer.

Aquí resulta conveniente agregar otras recomendaciones para quien va a redactar un informe de gestión. Lo primero es la voluntad didáctica para que lo escrito sea entendible y comprensible por un lector que, como se presume, no estuvo presente. Los informes no pueden caer en los sobreentendidos o en esas vaguedades de lo dado por hecho. Siempre hay que usar una exposición ordenada y estructurada, o procurar inscribir lo particular después de haber mostrado la generalidad o el contexto que ayuda a entender los detalles. El excesivo recuento de la minucia, sin un marco de referencia, convierten los informes en un listado de actividades o hechos poco significativos. Otro consejo tiene que ver con el uso de resaltados tipográficos (estilo de letra, uso intencionado de mayúsculas o itálicas) o con una jerarquía en los títulos y subtítulos. No todo puede presentarse en un informe como si fuera una mole del mismo valor o sin ninguna distinción para el lector. El informe, en su misma presentación formal, muestra escalas de importancia y hace advertencias usando recuadros o llamados de atención (como si fueran titulares o destacados). Por lo demás, los informes presuponen en quien los escribe un esfuerzo para que la prosa sea clara, concisa, y poco llena de incisos y largas divagaciones. El informe de gestión en eso parece plegarse a los mandatos de la noticia periodística: ¿qué se hizo?, ¿cómo se hizo? y ¿qué se logró?; esto implica el uso de períodos cortos, evitar adjetivar innecesariamente, emplear de manera precisa los sustantivos y, cuando se necesite apoyarse en documentos, echar mano de fotografías, de tablas o estadísticas. La escritura de los informes de gestión es escueta, directa, fundamentada, soportada en evidencias. Ni adornar, ni falsificar; como tampoco omitir asuntos vertebrales queriendo minimizar un error o extenderse en elogios para hacer creer que algo es demasiado grandioso cuando en verdad es un evento común y corriente.

Los informes de gestión, por lo general, se escriben en tercera persona, con la intención de favorecer un tono más objetivo. La tercera persona es una modalidad discursiva que favorece el uso de la descripción, es un modo de observar y dar cuenta de ciertos acontecimientos; el que así redacta es como una cámara que informa lo que ve, escucha o puede evidenciar. Por lo demás, la tercera persona permite usar las voces textuales de individuos o actores en determinado evento o situación. Todo ello contribuye a darle validez y consistencia a la información presentada. Vale agregar acá que el uso de los anexos se convierte en un recurso de primera mano para la exposición en tercera persona: con ellos se logra corroborar, ampliar o profundizar en determinadas observaciones señaladas en el cuerpo del informe. Los anexos hacen las veces de testigos a la mirada del redactor del informe; son una especie de certificación desapasionada o parecidos a las pruebas de contundencia real. Como se ve, al elaborar un informe de gestión hay que minimizar en lo posible las intuiciones o imaginaciones, las apreciaciones subjetivas o los sentimientos positivos o negativos que siempre están al acecho. Los buenos informes se destacan, precisamente, porque logran centrarse en describir determinados eventos o hechos, manteniendo a raya las posibles interpretaciones derivadas de los mismos acontecimientos. Las opiniones del redactor del informe, de esta manera, se ven restringidas, a no ser en la parte de las sugerencias o recomendaciones, en las que la primera persona resulta no sólo útil, sino necesaria para hacerse responsable de tales propuestas o iniciativas. 

Concluyamos estas ideas sobre el informe de gestión subrayando la dualidad de este tipo de texto: por ser expositivo necesita una ordenada y clara organización de sus partes; por ser informativo, debe elegir cuidadosamente los datos más relevantes. Lo expositivo habla de temas y subtemas; lo informativo resalta la objetividad y el soporte en evidencias. Descripción y análisis le son necesarias; concisión y concreción le son absolutamente indispensables. Sin estas particularidades, los informes de gestión perderían su utilidad mayor: la de ofrecer puntos y razones de juicio para orientar la toma de decisiones en una empresa o una organización.

Consejos para aprender a escribir, según Flaubert

Gustave Flaubert

Gustave Flaubert o la “fisiología del estilo”.

A la manera de un centón, he elaborado este texto después de una lectura minuciosa de las Cartas a Louise Colet de Gustave Flaubert. Todos los entrecomillados, en consecuencia, son frases textuales de las diferentes cartas (168) que el novelista francés escribió a su amante, de 1846 a 1855. He seguido la traducción de Ignacio Malaxecheverría, en Ediciones Siruela, Madrid, 1989.

“El estilo debe ser rítmico como el verso, preciso como el lenguaje de las ciencias, y con ondulaciones, zumbidos de violonchelo, penachos de fuego; el estilo debe entrar en la idea como estilete, y en tu pensamiento bogar sobre superficies lisas, como cuando se vuela en una barca con un buen viento de popa”. “Hay que conocer la anatomía del estilo, saber cómo se articula una frase y por dónde se sujeta”. “En literatura no hay buenas intenciones. El estilo lo es todo…” “Comprime tu estilo, haz de él un tejido flexible como la seda y fuerte como una costa de mallas”. “Cuida tu estilo, redondea las frases”. “Estoy convencido, por lo demás, que todo es cuestión de estilo, o más bien de carácter, de aspecto”. “Por eso, no hay temas hermosos ni feos, y casi podría establecerse como axioma, colocándose en el punto de vista del Arte puro, que no hay ninguno, y que el estilo es por sí solo una manera absoluta de ver las cosas”. “Siente que no debes morir sin haber hecho rugir en alguna parte un estilo como el que oigas en tu cabeza, y que será capaz de dominar la voz de los loros y de las cigarras”. “En el estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido”.

“Para mí no hay en el mundo más que los versos hermosos, las frases bien construidas, armoniosas, sonoras”. “¡La frase es lentísima para asuntos sencillos!”. “Ante todo hay que tener sangre en las frases, y no linfa, y cuando digo sangre me refiero a corazón. Tiene que latir, palpitar, conmover. Hay que hacer que se amen los árboles y vibren los granitos. Puede ponerse un amor inmenso en la historia de una brizna de hierba”. “Una buena frase de prosa debe ser como un buen verso, incambiable, igual de rítmica y sonora”. “La frase más sencilla tiene un alcance infinito para el resto. ¡Por eso hay que dedicarle tanto tiempo, tantas reflexiones, ascos, lentitud!”. “Medita más, por tanto, antes de escribir, y aférrate a la palabra. Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza”. “Uno puede divertirse con ideas tanto como con hechos, pero para eso han de emanar una de otra como de cascada en cascada, y arrastrar así al lector en medio de la vibración de las frases y del hervir de las metáforas”. “Para escribir habría que conocerlo todo. Todos nosotros, escribidores, sufrimos una ignorancia monstruosa, y sin embargo, ¡cuántas ideas y comparaciones proporcionaría todo eso! En general, nos falta tuétano… En la poética de Ronsard hay un curioso precepto: recomienda al poeta que se instruya en las artes y oficios de herreros, orfebres, cerrajeros, etc., para extraer metáforas. En efecto, eso es lo que te da una lengua rica y variada. Las frases deben agitarse en un libro como las hojas en un bosque, todas distintas en su semejanza”.

“Mientras no se separen en una frase dada la forma del fondo, sostendré que son dos palabras vacías de sentido. No hay pensamientos hermosos sin formas bellas, y recíprocamente. La belleza rezuma de la forma en el mundo del Arte, como en nuestro mundo salen de ella la tentación, el amor”. “La idea no existe sino en virtud de la forma”. “Allá donde falta la forma, ya no hay idea. Buscar lo uno es buscar lo otro. Son tan inseparables como lo es la sustancia del color, y por eso el Arte es la verdad misma”. “La forma sale del fondo, como el calor del fuego”. “La forma es como el sudor del pensamiento; cuando se agita en nosotros, transpira en poesía”. “La mente es como una arcilla interior. Desde dentro, empuja a la forma y la moldea a su imagen”. “La forma es la carne misma del pensamiento, como el pensamiento es su alma, su vida. Cuanto más anchos sean los músculos de tu pecho, más a gusto respirarás”. “No hay que creer siempre que el sentimiento lo es todo. En las artes no es nada sin la forma”. “Una desviación de una línea puede apartarte completamente de la meta, hacer que falle el fondo.

“¡La unidad, la unidad, ahí está todo” El conjunto, eso es lo que les falta a todos los de hoy, grandes y pequeños”. “Reflexiona, reflexiona antes de escribir. Todo depende de la concepción. Ese axioma del gran Goethe es el más sencillo y más maravilloso resumen y precepto de todas las obras de arte posibles”. “Todas las dificultades que se experimentan al escribir proceden de la falta de orden”. “Lo que constituye la fuerza de una obra es el empalme, como se dice vulgarmente, es decir, una larga energía que corre de un extremo a otro y que no flaquea”. “La frase puede ser buena a ráfagas (y las mentalidades líricas consiguen fácilmente el efecto, siguiendo su inclinación natural), pero falta el conjunto, abundan las repeticiones, las redundancias, los lugares comunes, las locuciones banales. Cuando se escribe, al contrario, una cosa imaginada, como entonces todo debe dimanar de la concepción, y como la más pequeña coma depende del plan general, la atención se bifurca. A la vez, es preciso no perder de vista el horizonte, y mirar a los pies de uno”. “El detalle es atroz, sobre todo cuando uno ama el detalle. Las perlas componen el collar, pero es el hilo el que lo hace. Ensartar las perlas sin perder ni una y sujetar siempre el hilo con la otra mano, ahí está la malicia”.

“No se escribe con el corazón, sino con la cabeza, y por bien dotado que esté uno, siempre hace falta esa vieja concentración que da vigor al pensamiento y relieve a la palabra”. “Se escribe con la cabeza. Si el corazón la calienta, mejor; pero no hay que decirlo”. “No hay cosa más débil que poner en el arte los sentimientos personales. Sigue ese axioma paso a paso, línea a línea. Que sea siempre inconmovible en tu convicción, mientras diseccionas cada fibra humana y buscas cada sinónimo, y verás, ¡verás cómo se ensanchará tu horizonte, cómo resonará tu instrumento, y qué serenidad te invadirá! Relegado hasta el horizonte, tu corazón te alumbrará desde el fondo, en vez de deslumbrarte en primer plano”. “La pasión no compone los versos, y cuanto más personal seas, serás más débil”. “Cuanto menos se sienta una cosa, más apto es uno para expresarla tal como es (como es siempre, en sí misma, en su generalidad, y libre de todas sus contingencias efímeras). Pero hay que tener la facultad de hacérsela sentir. Esta facultad no es sino el genio: ver, tener ante sí el modelo, posando”. “Hay que desconfiar de todo lo que se parece a la inspiración, y que a menudo no es sino actitud preconcebida y falsa exaltación que uno se ha dado voluntariamente, que no ha llegado por sí sola. Pegaso suele ir al paso. Todo el talento consiste en saber hacerle tomar el ritmo que uno quiere. Pero para eso no debemos forzar sus posibilidades, como se dice en equitación”.

“En cuanto a las correcciones, antes de hacer una sola, vuelve a meditar el conjunto y trata sobre todo de mejorar, no mediante cortes, sino con una nueva creación. Toda corrección ha de hacerse en este sentido. Hay que rumiar bien el objetivo antes de pensar en la forma, pues no resulta buena más que si nos obsesiona la ilusión del asunto”. “Por muchos retoques que le des a una obra (quizá los darás), siempre será defectuosa; faltan en ella demasiadas cosas, y un libro siempre es débil por ausencia; “y cuando la hayas escrito, haz otras dos o tres, y antes de la media docena habrás encontrado el filón de oro”. “Hay que saber detenerse en las correcciones, ya que no se ven bien las proporciones de un fragmento cuando se ha detenido uno en él demasiado tiempo”; “es tan difícil deshacer lo que está hecho, y bien hecho, para meter algo nuevo en su lugar, sin que se vea el encaje”. “Todos los peluqueros están de acuerdo en que, cuanto más se peina el cabello, más brilla. Lo mismo sucede con el estilo, corregir da lustre”.

“Trabaja cada día pacientemente un número igual de horas. Toma el hábito de una vida estudiosa y tranquila; primero saborearás en ella un gran encanto, y sacarás fuerza. No tengas la manía de pasarte noches en blanco; no conduce a nada más que a cansarse”. “Trabaja, haz algo grande, hermoso, sobrio, severo, algo cálido por debajo y espléndido en la superficie”. “Trabaja, medita, medita sobre todo”. “Con un recto sentido del oficio que se hace, y una voluntad perseverante, se llega a los estimable”. “Ama tu trabajo con un amor frenético y pervertido, como un asceta el cilicio que le rasca el vientre”. “Cuesta un esfuerzo diabólico enderezar todas esas curvas, adelgazar lo que está demasiado gordo y engordar lo flaco en exceso”. “Sumérgete en largos estudios; lo único que hay perennemente bueno es el hábito de un trabajo tozudo. De él se desprende un opio que embota el alma. “Nada se obtiene sino con esfuerzo; todo tiene su sacrificio. La perla es una enfermedad de la ostra, y el estilo quizá, la supuración de un dolor más profundo”.

“Adquiere el hábito piadoso de leer todos los días un clásico durante al menos una hora larga”. Lee “hasta que las páginas se te hayan quedado entre los dedos”. “Hay que leer incesantemente historia y clásicos”. “Un escritor, como un sacerdote, siempre debe tener en su mesilla algún libro sagrado”. “Lee, relee, disecciona, excava”. “La biblioteca de un escritor debe componerse de cinco o seis libros, fuentes que deben releerse todos los días”. “Es una cosa a la que es preciso acostumbrarse, a leer todos los días (como un breviario) algo bueno. A la larga, se infiltra”. “Adquiere ya, el hábito de leer todos los días un clásico. Si te predico eso incesantemente es porque creo saludable esa higiene”.

“El Arte es una representación, no debemos pensar más que en representar. La mente del artista ha de ser como el mar, lo bastante vasta para que no se vean sus bordes, lo bastante pura para que las estrellas del cielo se reflejen en ella hasta el fondo”. “El relieve procede de una visión profunda, de una penetración del objetivo; pues es preciso que la realidad exterior entre en nosotros, hasta hacernos casi gritar, para que la reproduzcamos bien”. “Cuando se observa la vida con un poco de atención, se ven los cedros menos altos, y los juncos mayores”; “la verdad está tanto en las medias tintas como en los tonos contrastados”. “En cada objeto vulgar hay maravillosas historias. Cada adoquín de la calle tiene quizá su lado sublime”. “Las obras más hermosas son aquellas en que hay menos materia; cuanto más se acerca la expresión al pensamiento, cuanto más se pega a éste la palabra y desaparece, más hermoso resulta”. “Escribe todo lo que veas no tal como es, sino transfigurado”. “El artista debe elevarlo todo; es como una bomba, tiene un gran tubo que desciende a las entrañas de las cosas, a las capas profundas. Aspira y hace brotar al sol, en surtidores gigantescos, lo que estaba plano, bajo tierra, y no se veía”. “¿Cuántas miasmas repugnantes hay que haber tragado, cuántas penas sufrido, cuántos suplicios soportado para escribir una buena página? Eso somos nosotros, poceros y jardineros. Sacamos de las putrefacciones de la humanidad deleites para ella misma, hacemos crecer canastillas de flores sobre miserias amontonadas. El Hecho se destila en la Forma y sube a lo alto, como un puro incienso del Espíritu, hacia lo Eterno, lo Inmutable, lo Absoluto, lo Ideal”.

“Hay que saberse a los maestros de memoria, idolatrarlos, tratar de pensar como ellos, y luego separarse de ellos para siempre. En cuanto a instrucción técnica, se saca más provecho de los genios eruditos y hábiles”. “Para tener talento hay que estar convencido de que se posee, y para conservar la conciencia limpia hay que colocarla por encima de las de todos los demás”.