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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2025

La visita de la señora Soledad

28 domingo Dic 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

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«Caminos tortuosos» de Remedios Varo.

“¡Oh, Soledad! Si tengo que convivir contigo
que no sea en la maraña de oscuros edificios!”
John Keats

 

En esta Navidad vino a visitarme la señora Soledad. Al comienzo pensé que era un corto saludo como acostumbra ella realizar, pero no, su estadía preludiaba varios días: “Si usted no tiene inconveniente, me dijo con cortesía, quisiera acompañarlo hasta pasadas las fiestas del seis de enero”. Yo le contesté que no tendría dificultad, aunque no sabía bien cómo atender durante esta larga visita sus necesidades y requerimientos.

Como llegó hacia el ocaso de un viernes decembrino, apenas tuve tiempo de armar una cama sencilla en la que, décadas atrás, murió mi padre. Ella me acompañó a esta tarea, ofreciendo sus manos de ayuda y siempre reiterando su pena por ponerme en estos contratiempos.  Busqué un tendido, una almohada y de la parte superior del closet bajé unas cobijas. “Qué pena ocasionarle estas molestias”. Luego de tendido el lecho bajamos al primer piso y le ofrecí algún alimento. “Coma usted, y yo lo acompaño”, dijo la mujer dejando entrever que no tenía hambre. Opté entonces por calentar una crema de verduras que había hecho a la hora del almuerzo y acompañarla con un poco de jamón y una tajada de aguacate. La señora Soledad me observaba desde la puerta de la cocina, atenta a cómo iba poniendo esos alimentos en una bandeja con motivos florales: “Yo prefiero no comer nada en la noche, a ver si así puedo dormir”. Con la bandeja entre las dos manos me dirigí al comedor, insistiendo en decirle si no deseaba tomar algo. “Un vaso de agua estaría muy bien”, me respondió, quedándose de pie observando algunos portarretratos familiares. “¿Y ellos?”, me preguntó como si supiera mi respuesta. “Ya partieron” le respondí. Enseguida empecé a comer la cena en tanto ella, en silencio, se extasiaba mirando un vitral que tenía el motivo de Don Quijote. “Yo soy como Sancho”, exclamó de pronto, dejando en vilo la afirmación. Concluida la cena me siguió de nuevo a la cocina y durante unos minutos siguió los movimientos de mis manos lavando los platos. Después subimos a ver televisión. Ella se sentó en una pequeña silla que tengo a los pies de la cama, y así estuvo, sin decir palabra, hasta que notó que el reloj despertador marcaba la mitad de la noche. “Que tenga un buen descanso”, me dijo a manera de despedida. Salió de mi alcoba con total discreción. Pude ver que estaba algo encorvada y que caminaba con lentitud.

Los primeros días me di cuenta de que la señora Soledad apenas se sentía en mi casa: caminaba muy suavecito, como si no hubiera nadie en la cocina, en la sala o en las habitaciones del segundo piso. Tan silenciosamente se comportaba que, a veces, me la encontraba de golpe, como si ella estuviera al acecho de mis desplazamientos. “¿Se siente a gusto?”, le preguntaba, haciendo caso omiso a mi sorpresa. “Sí, no se preocupe por mí, lo que pasa es que temo interrumpir sus rutinas cotidianas o alterar sus ocupaciones”. Yo le contestaba que no había ningún problema, aunque mi corazón se sentía ansioso por no saber bien cómo lidiar con este inesperado huésped.

Algo que me llamó la atención desde la tarde que llegó fue su maleta. Se trataba de una valija de cuero, de esas con doble amarre. No era voluminosa, pero estaba bien abultada; sin embargo, la señora Soledad la cargaba con entereza. Cuando me ofrecí a ayudarle a transportar la maleta hasta el segundo piso, ella me la entregó con alivio: “Le agradezco. Es que vengo caminando desde bien arriba donde me dejó el transporte público”. ¡Cómo pesaba esa maleta! “Qué carga usted en esta valija? ¿Piedras?”, dije a manera de broma. La mujer se esforzó en mostrarme una sonrisa; sin embargo, su respuesta hizo evidente mi imprudencia: “Es alguna ropa, cosas de aseo personal y un crucifijo de madera que siempre cargo conmigo”. Cuando descargué la valija al lado de la cama que le había tendido, no pude contenerme y la interrogué con voz queda: “Y ese crucifijo, ¿por qué es tan importante para usted?”. La señora Soledad se sentó en la cama y me miró con piedad: “a veces me gusta invitar a quienes visito a entrar en actitud contemplativa, y este crucifijo tiene la virtud de ensimismar a las personas”. A sabiendas de que me estaba metiendo en su vida íntima, preferí dejarla en su habitación para que acomodara sus haberes. “Gracias, una vez más”, me reiteró la mujer poniéndose de pie para darme un abrazo. No sé por qué, pero al recibir aquella muestra de cordialidad, sentí que la nostalgia se anidaba en mi corazón.

Cuando más hablábamos era durante la noche. Si bien comía muy poco, me acompañaba a cenar, ubicándose en una silla lateral del comedor. “No sabe cuánto le agradezco que me haya dado posada, porque durante estas fiestas de jolgorio decembrino, nadie me acoge o a ninguno parezco interesarle; entonces, tengo que buscar algún alma caritativa como la suya que me pueda dar albergue mientras pasan el bullicio y la fiesta”. Intrigado la interpelé sobre cómo me había encontrado. Ella, bajó la mirada y se entretuvo en el círculo del vaso del que estaba tomando agua. “Basta con escuchar en qué casa no se oyen demasiadas voces estridentes”. Después hizo una pausa y agregó: “Aunque en verdad, lo que hace que elija una vivienda es que no resplandece durante la noche”. En ese momento caí en cuenta de que no había puesto algunas luces decorativas en la ventana. “¿O sea que mi casa es demasiado oscura?”, la interpelé. La señora Soledad levantó su mirada, tenía unos ojos taciturnos, algo melancólicos. “No sé si sabe, pero todos los seres humanos proyectamos una luz hacia el cielo, y cuando estamos muy tristes se apaga tal lumbre y resulta fácil distinguir esas estrellas opacas de aquellas otras que resplandecen con magnificencia”. El comentario de la señora Soledad me hizo reflexionar en mis estados emocionales de esos días. Sí, la risa no estaba a flor de piel y las preocupaciones me cubrían de sobrecogimiento. “¿O sea que cuando uno está muy triste deja de proyectar luz a las alturas?”. La mujer tomó otro sorbo del vaso de agua, después comentó algo que me dejó pensando: “Así es, pero eso sólo lo puede apreciar alguien como yo, no importa lo lejos que esté de donde procede esa estrella apagada; se requiere una vista muy aguda para percibir esos focos de penumbra en medio de la noche”. Después agregó: “Aunque parezca contradictorio, yo soy una especie de regalo para los entristecidos, o si lo prefiere entender de otra manera, yo soy un ser compasivo para los que han perdido la alegría”.

Durante los días siguientes, incluyendo la noche de navidad y el día de año nuevo, la señora Soledad me acompañó a todas partes. Iba siempre a mi lado, llevando el mismo ritmo de mis pasos. A veces me hacía preguntas o respondía algunas de las mías, pero parecía estar más absorta en sus propios pensamientos. El día que estuve comprando un pan especial de navidad, ella se atrevió a comer un pedazo que le ofrecí: “En verdad está muy rico, y eso que yo no tolero el dulce”. Algo parecido sucedió cuando fue mi escudera en una de las visitas que hice a la plaza de mercado cerca de donde vivo: “De todas las frutas yo prefiero las cítricas y las amargas, como la toronja”. Le pregunté al muchacho del puesto de frutas si tenía toronjas, pero me dijo que no, aunque me ofreció unos apetitosos mangos de azúcar. “A la gente le gusta mucho el dulce, pero se privan de apreciar las bondades de lo amargo”, dijo espontáneamente la señora Soledad, mientras observaba las papayas, las fresas, los melocotones y los racimos de bananos colgados en escalera en una de las paredes del pequeño local. Esa misma mañana la mujer, que ya parecía una extensión de mi sombra, me sirvió de escolta hasta una farmacia que quedaba bien arriba de mi casa. Durante ese recorrido le pregunté sobre cuál era su ultimo anfitrión; ella no dudó en compartirme la respuesta: “Una viuda sin hermanos, y antes fue un escritor y más atrás fue un hombre envejecido y enfermo… nunca falta quien me hospede por un tiempo”. Cuando entramos a la farmacia la mujer me preguntó qué tipo de medicamentos requería; yo le dije que uno para el reflujo y los problemas gástricos. “Ojalá no sea mi presencia la que le haya ocasionado ese desorden en su estómago”, exclamó a manera de confesión. Yo le respondí que no, que esas dolencias ya las tenía desde hacía años atrás. Cuando veníamos de regreso, la señora Soledad hizo varios comentarios, pero el que más me llamó la atención fue uno referido al apetito: “Mis huéspedes me comentan que cuando yo los visito se les merma el deseo de comer y entran como en un estado de desgano, confío en que en usted sea diferente”. De forma inmediata le respondí: “Hasta ahora no se me ha quitado el hambre”. Justo antes de entrar a mi casa la señora Soledad volvió a soltar una de sus aseveraciones enigmáticas: “Nuestro cuerpo a veces es un fiel amigo y, en otros casos, un brutal enemigo”.

Cuando no estaba a mi lado, la señora Soledad pasaba buena parte del día observando por la ventana de mi cuarto o leyendo un pequeño libro de pastas grises. “¿Y de qué trata esa obra?”, me atreví a preguntarle. Ella giró su cuerpo hacia mí y me respondió “Es un libro sobre pequeños relatos de monjes del desierto”. Hizo una pausa, interpelándome: “¿Quiere que le comparta el que estoy leyendo?”. De manera inmediata le respondí: “Será un placer escucharla”. La mujer empezó a leer pausadamente, sopesando el valor de cada palabra: “Una tarde en que estaba yo refugiado en mi cueva escuché una voz muy aguda que pronunciaba mi nombre. Salí con extrañeza a mirar quién era y sólo me encontré con el habitual y extenso desierto. Apenas volví a entrar, pasados unos minutos, escuché de nuevo la voz susurrante, llamándome. Antes de volverme a levantar, cerré los ojos y me concentré para saber si en realidad era una voz real o alguna resonancia que todavía quedaba en mi mente de cuando vivía con los hombres. Pero no era ilusión aquel llamado, aquella voz clamaba por mí. Con cautela salí a observar. Pero una vez más sólo tuve ante mí la inmensidad seca de aquel erial. En ese instante comprendí que debía ser una de las tentaciones fraguadas por el viento. Entonces retorné a mi reducido espacio, me puse de rodillas con los brazos levantados y empecé a orar. Entregado a mis plegarias fui sintiendo que la voz se adelgazaba hasta convertirse en un murmullo leve e indeterminado.  Mi alma se apaciguó y pude seguir tranquilo con mi voto de silencio”. Apenas concluyó su lectura la señora Soledad me miró con curiosidad, esperando mi impresión sobre aquel relato. “No sabía yo que el viento puede ser una tentación”, le comenté sin pensar mucho mi respuesta. La mujer volvió sus ojos hacia la ventana: “Cada quien enfrenta sus tentaciones según oriente su destino”. Y como si fuera el anacoreta del que me había relatado la historia, la señora Soledad se estuvo callada durante las horas que me acompañó en mi estudio mientras terminaba de redactar el informe final de una investigación en curso.

Quizá motivado por el relato del eremita en el desierto, y después de compartir una ensalada con atún enlatado como almuerzo, un miércoles en la tarde le pregunté a la señora Soledad si podía mostrarme el crucifijo del que me había hablado. “Será un gusto”, me respondió. Subimos a su improvisado cuarto y extrajo de su maleta de cuero un crucifijo tallado en madera de cedro. Era una escultura magnífica. Noté que al levantarlo con sus manos pesaba más de lo imaginado: “Es por las penas que ha ido recogiendo durante mi peregrinar”. Por sugerencia suya entre los dos lo colgamos de una puntilla que, sin saber bien porqué, estaba puesta para tal fin hacia la mitad de la pared. “Mírelo con mucha atención”, me dijo la mujer.  Al comienzo me detuve en la cabeza desgonzada, en los extenuados brazos, en las piernas llagadas, y sólo al final pude entrever los rasgos de su rostro. “Fije toda su atención”, me volvió a repetir la señora Soledad, sirviendo de celestina a mi mirada escrutadora. Tal vez por un efecto de sombra de las cortinas a medio abrir, aquel rostro empezó a desdibujarse y comenzó a adquirir otras facciones que se parecían mucho a las mías. Apenas hice tal descubrimiento sentí que se me resecaba la garganta y el preludio del llanto me hizo bajar la mirada. “Eso es normal, no se angustie ni tenga vergüenza conmigo”, me advirtió la mujer, poniendo uno se sus brazos sobre mis hombros. Esas últimas palabras y el gesto solidario abrieron de par en par mi llanto; así estuve durante unos minutos viéndome en el rostro de esa talla de madera. El silencio se alargó hasta que sentí un alivio interior, una especie de oleada de aire fresco a mi alma.  La señora Soledad se mostró respetuosa de mi dolor, y ni preguntó por los motivos ni hizo ningún comentario al respecto. Sólo empezó a proferir una especie de letanía en tono tan bajo que apenas lograba escucharse. 

Ese mismo día, a la hora de la cena que fue bastante frugal, indagué un poco más en lo que me había sucedido con el crucifijo. “¿Le pasa a todos los que usted visita que les de ese ataque de llanto apenas miran con detenimiento el crucifijo?”, le pregunté intrigado. Ella apuró otro sorbo de té, tomó una de las galletas de cereales, y me respondió como quien evoca un pasado muy lejano: “No, no a todos les pasa lo mismo; algunos se enmudecen o comienzan a abrazarme intensamente. Eso varía según el tinglado del espíritu que tenga cada uno”. Hizo una pausa y agregó: “Porque ha de saber usted que el alma tiene cuerdas como un instrumento musical”.  Para continuar la conversación le confesé que mi llanto se había incitado por haber visto en el rostro del crucificado los rasgos de mi propia cara; ella me aclaró que eso se debía a que el sufrimiento hermana a los desventurados. “¿Y será que esa talla de madera recogió el agua de mis lágrimas?”, la interrogué escéptico. “Eso sólo lo sabré cuando parta de su casa y cargue con mi maleta”. Mientras yo lavaba la losa aproveché ese tiempo para interrogar a la mujer sobre sus familiares: “mi familia son los que me hospedan”. Mientras subíamos a descansar la señora Soledad me dijo que ella sufría de insomnio permanente y que, a pesar suyo, los que la hospedaban empezaban a sufrir de ese mismo mal. Apenas la oí decirme eso, le comenté que efectivamente durante esos días dormía de manera intermitente, siempre en estado de alerta. “Es el sueño del conejo”, puntualizó la mujer, dándole a sus palabras un tono de franca conmiseración: “Sabrá usted perdonarme esta intromisión en su descanso nocturno, pero son cosas que escapan a mi voluntad”. La acompañé hasta su cuarto y yo volví al mío; esa noche no prendí la televisión, como una muestra de solidaridad con la mujer desvelada del cuarto contiguo.

Casi al final de su visita, la señora Soledad empezó a ponerse inquieta por el aumento del ruido de carros que empezaba hacerse más fuerte en el tránsito de la avenida. “Me gustan más las calles desiertas”, exclamó con franca molestia. También me hizo preguntas sobre cuándo volverían las personas que habitaban en la casa. “Seguramente llegarán cuando pasen las últimas fiestas de fin de año”. Ella asintió, pero la noté inquieta. “Espero no haberlo incomodado”, expresó más de una vez en los últimos días de su visita. En la postrera cena que compartió conmigo se dedicó a hablarme del exceso de bullicio de los tiempos de hoy, de la estridencia en los corazones humanos y de una incapacidad para “alejarse del mundanal ruido”. Yo la escuchaba atento, aunque en verdad detallaba la abundancia de lunares en sus brazos. Ella me descubrió y sin que yo le preguntara nada me ofreció una respuesta: “Esos lunares son el testimonio de mi trasegar ambulante, son las estrellas muertas que van constituyendo mi historia”. Al oírla pensé que muy seguramente yo entraría a formar parte de ese pequeño cielo color piel. Pero preferí guardar silencio. Justo en la madrugada de su partida la vi ya arreglada, con algún afán y la maleta de cuero en su mano derecha. Me acomedí a ayudarle a bajar su embalaje que, quizá por mi falta de sueño, lo percibí demasiado pesado. Ya en la puerta de la casa nos despedimos con cierta tristeza. Ella me dio un abrazo de agradecimiento y yo sentí al recibirlo que todo mi ser era una ausencia, un vacío, una concavidad que se extendía hasta el fondo de mi alma. “Ojalá no nos volvamos a ver; o si nos vemos que no sea en las fiestas decembrinas”, me dijo, empezando a caminar hacia el norte de la ciudad.

Celebrar de nuevo la Navidad

14 domingo Dic 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Celebrar una vez más la Navidad, la misma que, junto al pesebre, los villancicos y el árbol decembrino, conforman un tiempo de bondades, de perdones y de caridades, como bien lo escribiera Charles Dickens, en su legendario relato “Cuento de Navidad”. La Navidad es el culmen de una anunciación: el mensaje por fin llega. Navidad es el tiempo en el que podemos ver de cerca lo esperado, lo anhelado, aquello que nos fue prometido. Navidad es un tiempo en el que otro ser se nos da como regalo, se nos brinda, se nos ofrece. Y Jesús de Nazaret, el anunciado, no es sino la alegoría de quien desea ofrecerse como dádiva. Navidad: culmen de la promesa, época en que el mensaje y el mensajero se confunden.

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Navidad: tiempo en el que se juntan el ritmo del corazón y el latido del canto. A todos se quiere alabar en diciembre: al niño callejero, al otro que no tiene techo, al que no tiene camisón; y también se quiere alabar al preso, al torturado, al enfermo, a los hombres y mujeres que sufren. Todos los hombres se tornan hermanos desde el canto. La canción iguala. Si hay una consigna navideña, si hay una propuesta, una aspiración es aquella de “quiero cantarte mi amigo, quiero hacerte hermano desde la sangre de una canción”. Navidad: música que reúne al afortunado con el nacido en el desamparo; ritmo que aglutina lo más humano con lo más divino. Dios se hace hombre y el hombre se hace más humano. Navidad: encarnación y alabanza.

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Pastores, niños, hijos. Navidad: momento epifánico, época de nacimientos. El capullo se hace flor y empieza a despuntar. Y si es un tiempo dedicado a la niñez, la Navidad, por lo mismo, es un canto a la vida. La vida que renace, que persiste, la vida que triunfa sobre la muerte. La Navidad podría sintetizarse en la figura simbólica del gallo, del que anuncia con su canto el renacer de la mañana. El canto del gallo triunfa sobre la noche, hace despertar a los dormidos. El gallo, emblema de la vigilancia y la actividad; emblema de Cristo: luz y resurrección. Navidad, misa de gallo, así hemos continuado llamando a esta vieja tradición que desde el siglo V se celebraba en Roma. Navidad, canto del gallo: salida del sol, triunfo de la vida. Navidad: la noche del dolor se acuesta, el sol de la alegría se levanta.

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Y esta época de Navidad nos hace volver los ojos, desde luego, sobre los otros; nos torna más atentos a la presencia de cada vecino, de cada compañero de trabajo. El tiempo de Navidad es una invitación a ampliar nuestro círculo de conocidos, a extender nuestra familia. Los demás dejan de ser esa gran mole que observamos a distancia, con miedo o sospecha, con indiferencia a contaminarnos de sus problemas; dejan de pertenecer a una gran masa anónima, y se convierten en personas con rostro propio. El desconocido se torna amigo. Prójimo, otredad, rostros. Navidad: un abrazo, dos manos que se estrechan, un beso, un encuentro de almas. Navidad: no un yo, ni un él, sino un nosotros.

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La Navidad nos señala, como si fuera otra estrella, un rumbo, un camino: tenemos que ir tras la familia, la gran familia. Los portales claman desde un fuego tutelar. Allá, en la distancia, el abuelo ansioso –esa otra figura tan especial en estas fechas– espera a sus nietos. En Navidad, todos nos volvemos como Reyes magos, nos tornamos en visitantes y cada uno lleva un regalo, un presente. Aunque la verdadera magia reside en la visita. Diciembre, mes de romería en busca de los más amados. Navidad: invitación al viaje, esa otra forma de aventura. Del campo a la ciudad, de la ciudad al campo; del oriente al occidente; del norte al sur. Navidad: trastoque de nuestra rutinaria geografía: ansiedad de la sorpresa. Renovación del tiempo.

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Las fiestas de Navidad no pueden separarse de la fiesta de Año viejo. Sabemos que a la par del nacimiento va su contrario. El fruto que brota desaloja su cáscara. Y este ciclo de la vida nos coloca en la pregunta por tantas cosas que acaecen en nuestro mundo. Por la estación intimidante en que vivimos, por las guerras ininterrumpidas, por la atmósfera malsana de la indiferencia social. Toda esa muerte que nos circunda contrasta aún más en Navidad porque, casi siempre, la felicidad y la paz que pregonamos se ven asaltadas u obstruidas por los infinitos Herodes de nuestro tiempo. Y dónde dejar la injusticia rampante, dónde la pobreza extrema que ya no basta con denunciarla. ¿Dónde?, ¿cómo? Quizá cada uno de estos interrogantes nos lanza a emprender alguna acción reparadora, a activar nuestro espíritu para no desesperanzarnos pasivamente, sino a asumir una cuota de compromiso. A implicarnos más con el mundo en que vivimos, para entregarnos aquí y ahora por alguien o por algo. Navidad: exigencia profunda para todos los que aspiramos una verdadera paz. No la paz ilusoria, sino aquella otra, la más necesaria, la de la humana convivencia. La paz que, como otro pan, debemos conquistar cada día, un trabajo cívico de todos los ciudadanos. De hombres y mujeres que construyen con ahínco el tejido diverso de lograr vivir juntos.

*

Navidad, época de alumbrados, de velas encendidas y abundante luz. Cada hogar o ciudad exhibe sus luces, los hace titilar en sus ventanas o en los parques. La luz navideña es símbolo de esperanza, de felicidad, de renovación de la vida. Las oscuridades que nos rondan, las tinieblas agobiantes desaparecen ante el brillo multicolor y el resplandor de las luminarias. Navidad es el tiempo para encender las ilusiones apagadas, para renovar el fuego de la fraternidad, para avivar los vínculos humanos. Y, por supuesto, es una época adecuada para permitirnos acoger el resplandor íntimo de la espiritualidad, ese fulgor que tanta falta nos hace en estos tiempos de insensibilidad y codicioso materialismo. Navidad: invitación festiva a dejar que brille con intensidad la luz de nuestros corazones.

Aislarse en el desierto para enfrentar las pruebas al espíritu

05 viernes Dic 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de obras pictóricas, Iván Kramskoi, Recogimiento y contemplación, Simbolismo del desierto

«Cristo en el desierto» de Iván Kramskoi.

Absorto, abstraído del mundo. Enclaustrado en sus pensamientos, en un fluir de conciencia que va más allá de la simple reflexión. La mirada, aunque parece concentrarse en las piedras, en realidad no está fija en ningún objeto en particular. Es un rostro circunspecto, impasible, duro como las rocas que lo circundan. Mantiene las manos entrelazadas, en un gesto de fuerza contenida o de oración; esas manos refuerzan su actitud ensimismada, profundamente alejado de las personas y las circunstancias. Se trata de un hombre que, después de caminar a pie limpio largos días por el desierto, se ha sentado a meditar sobre su vida, sobre su pasado, pero especialmente sobre su futuro.

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Las piedras a su alrededor son los testigos mudos de sus cavilaciones. Este paisaje árido, desértico, contribuye a hacer más fuerte el aislamiento, la infinita soledad. No hay un árbol, ni un pájaro, ni una lagartija que pueble aquel ambiente desolado. La piedra caliza del erial hace las veces de un espejo que refracta sus meditaciones. He aquí un hombre mayor enfrentado al examen profundo de su destino.

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Es el inicio del amanecer, se nota que el sol hasta ahora está despuntando. La luz emerge por atrás del personaje, pero sin sorprenderlo o hacerle alterar sus preocupaciones.  Por lo visto, este caminante ha estado en esa posición toda la noche, velando sus pensamientos, ocupado en sus dilemas más íntimos o en alguna decisión que aún no logra delinear dentro del mapa de su existencia. Este es un hombre de meditación doliente, símbolo de todos aquellos que, en algún momento de su vida, tuvieron que enfrentar solos un conflicto esencial, y asumieron con temple de corazón el abatimiento de su espíritu.

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El desierto siempre ha sido prueba y confrontación, inmensidad que nos obliga a revisar nuestra finitud. La extensión de lo árido nos vuelca hacia las limitaciones de lo íntimo. Las preguntas emergen cuando el silencio nos sobrecoge: ¿Por qué a mí me suceden estas cosas?, ¿qué decisión tomé equivocadamente en el ayer y produjo estas nefastas consecuencias en el presente?, ¿habrá otra alternativa que no me sea tan dolorosa o evite el dolor en otro ser?, ¿puedo ser dueño cabalmente de las riendas de mi existencia?, ¿es este el fin de una etapa de mi vida? Los ambientes externos secos e infecundos, la suprema desolación, nos permiten observarnos hacia adentro: ¿basta con ser buenos para conseguir ser amados?, ¿se puede ser totalmente libres sin que otros sufran?, ¿tengo el alma dispuesta para hospedar sin temor lo inesperado? El realismo de la imagen es contundente: este es el retrato de un hombre asaeteado por cuestionamientos que ponen en vilo su existencia.

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La cabeza está ligeramente inclinada hacia adelante, fruto del lastre invisible que carga sobre sus hombres. Es un fardo secreto que lleva a cuestas o que soporta con una resignada pesadumbre. La lucha con ese peso inmaterial es interna: no hay en él manifestaciones exteriores de desesperación o expresiones de desespero. Aunque padece una honda angustia, se mantiene impertérrito, en reposada contención de su ser. Este lienzo sobrecogedor representa a todos aquellos hombres que, calladamente y por un largo tiempo, sobrellevan sobre sus espaldas un problema personal de descomunales proporciones.

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El relato bíblico refiere que en un ambiente como estos, estéril y desolado, ocurrió la tentación de Satanás: el adversario interior de la negación absoluta. Jesús se apartó al desierto para ponerse a prueba, para examinarse: necesitaba esta cuarentena de ayuno y soledad para exorcizar sus miedos, para afirmarse en su opción de vida, para caldear su voluntad. La tentación se le manifestaba a manera de incógnitas: ¿podría seguir adelante privándose de algo o de alguien?; ¿estaba preparado para enfrentar la muerte de su pasado?; ¿tenía cabida en sus convicciones la acechante incertidumbre? El cuadro ilustra la situación en que un hombre se aleja al desierto a enfrentar sus tentaciones; muestra el necesario paso por la suprema soledad que lleva al recogimiento silencioso y, mediante ese trance, alcanzar la conversión de su espíritu.

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El gesto de la cara, la postura del cuerpo, todo ello son indicios del sumo recogimiento. Apartado de la gente, aislado de cualquier tipo de distracción, el hombre está retraído, reuniendo dentro de sí lo que estaba disperso o lo que no le permitía entablar un diálogo con su esencia. Este retiro le posibilita meditar, es decir, poner al unísono su alma y su cuerpo para sopesar el valor de las posesiones y de las opciones, para aquilatar el sentido de su existencia. Y para no perder tal estado concentrado del espíritu –lo sabemos al volver a mirar sus manos entrelazadas– está en silencio orando o en un dedicado ruego por un apoyo trascendente. El recogimiento es tan profundo que lo ha puesto en actitud contemplativa: apaciguada la exaltación de los sentidos y resguardado por la silente aridez del entorno puede, entonces, ir más allá de las apariencias y esclarecer el motivo de sus tormentos. El recogimiento supone un esfuerzo de la voluntad para escucharnos, evitar la disipación e interiorizar nuestras cruciales decisiones.

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El óleo del ruso Iván Kramskoi nos ofrece varias lecciones de vida: la resistencia de la piedra que ilustra a nuestro corazón sobre la manera de aceptar lo inevitable; la búsqueda de silencio como invitación a concentrarse y a apaciguar las pasiones; la necesidad de soledad que conduce al pensamiento a una actitud introspectiva; la condición indispensable del aislamiento para disponer el espíritu hacia un estado contemplativo. La obra Cristo en el desierto nos interpela porque muestra de cualquier ser humano, sometido a la opresión de un trance irreversible o una crisis inesperada, cómo soporta con entereza los debates internos de su alma.

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Entrar y padecer la cuarentena en el desierto nos permite sobrepasar algunos hundimientos existenciales o esclarecer indeterminaciones que nos provocan desasosiego; recogerse en la soledad de lo árido nos ayuda a reencontrarnos, a darle temple a la voluntad, y, sobre todo, a reconstruir nuestro corazón cuando está fracturado o hecho pedazos.

De la cizaña y sus pregoneros

29 sábado Nov 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Cuidado de sí, Medios masivos de información, Redes sociales, Vicios de la comunicación

«Crispin y Scapin» de Honoré Daumier.

Un amigo me hizo llegar uno de esos mensajes que circulan por internet con una frase que me puso a pensar sobre la cizaña. El texto de la corta frase dice así: “La cizaña es peligrosa: te hace odiar a quien nunca te hizo daño y confiar en quien te envenena”. Tomando como referente esta breve comunicación podemos en esta ocasión ahondar en las particularidades y alcances de la cizaña.

Lo primero que reflexioné fue en el poder de seducción del cizañero para ganarse la confianza de quien pone en la mira de sus comentarios o consejos; a veces, utilizando la zalamería emocional o creando en la otra persona la idea de que todo lo que va escuchar es por su bien o para “ayudarle” a salir de un problema o una situación de crisis. El cizañero o cizañera saben muy bien disfrazar sus palabras de lobo como expresiones de oveja; en eso consiste la médula de su maldad: hacer pasar la hierba mala como si fuera verdosa espiga de trigo. Y el interlocutor cede, llenándose de motivos o razones ajenas que, poco a poco, parecen propias, aunque en el fondo no son otra cosa que concitaciones venenosas. Con tal de lograr la duda, la desconfianza o el recelo por alguien, el cizañero logra su cometido. Lo que venga después, lo que desencadenen sus consejas, el sufrimiento que produzcan, pasan a un segundo plano, amparado en la licencia de una presunta complicidad o una falsa camaradería.

Sembrar cizaña parece ser en nuestra época una práctica personal y un estilo de interrelacionarnos. Es el modo habitual como las redes sociales proceden a diario. Más que buscar aclarar determinado asunto u ofrecer otros puntos de análisis para resolver un problema, lo que hacen es azuzar el odio contra alguien, despertar viejos resquemores o, lo que resulta más contraproducente para la vida en comunidad, emponzoñan el corazón contra los que piensan diferente o son de otra frontera ideológica. Para ello ponen a circular rumores infundados, crean daños inexistentes, multiplican el sectarismo y, con un lenguaje desobligante, hostigan la indignidad y la ojeriza contra el vecino. Es propio del tono emotivo e inmediatista de las redes sociales reverberar la cizaña y estropear la concordia: de otra manera se perderían el afán guerrerista y no lograrían multiplicar los ansiados “me gusta” de los seguidores. El asunto se complica aún más cuando sabemos de la adicción de las personas por este medio de información y de su poder para encender negativamente los ánimos o manipular la opinión pública.

Algo semejante ocurre con los medios masivos de información, en particular la radio. Un buen número de periodistas, especialmente los que asumen cierto tono de jueces inapelables, abandonan su labor de ofrecer puntos de vista diferentes sobre un hecho o acontecimiento, para provocar a la audiencia, espolear su aversión por alguien o perorar asuntos con una descarada parcialidad que por momentos ya no son noticias relevantes sino diatribas incendiarias. Este periodismo cizañero acompaña a los oyentes desde las primeras horas del día hasta que el final de la noche. Se lo conoce por ser repetitivo, por “escoger” tendenciosamente sus fuentes, y por actuar siempre amparados en la consigna de que la gente necesita estar bien informada, aunque una vez sembrada o divulgada la cizaña optan por “tirar la piedra y esconder la mano”. Algo queda en el público de este periodismo fraguado contra “un otro”, de este periodismo que sabe muy bien resaltar lo negativo del opositor y ocultar o minimizar los yerros del simpatizante. Los actuales medios masivos de información inciden de amplia manera en el clima de zozobra de nuestra sociedad, favorecen la avalancha de agresión sobre la necesaria convivencia; incitan y promueven, en su modo de presentar las noticias, una realidad de opuestos irreconciliables, de polarización sin atenuantes y de pérdida de esperanza.

Pero la cizaña también se siembra en los ambientes familiares. A veces por envidia, por ambiciones económicas o por “chismes” que de tanto repetirlos comienzan a parecer verdades. En este caso, la cizaña se propaga soterradamente entre familiares, se torna en un murmullo que corroe los lazos de la fraternidad e indispone –hasta la ruptura o el total alejamiento– a quienes participan de un mismo origen, de una misma crianza. Este tipo de cizaña se exacerba cuando uno de los miembros de la familia goza de mejor fortuna o logra sobresalir en algún aspecto; cobra más fuerza cuando se suman los intereses o la codicia de la familia extendida; se propaga en el tiempo heredando las hostilidades de los padres a sus hijos. Tan nociva es la cizaña en la familia que logra convertir en enemigos a quienes deberían ser nuestro primer círculo de apoyo; tan hondas heridas causa que llega a provocar rencores, resentimientos o retaliaciones silenciosamente esperadas.

Y ni qué decir de la cizaña que dejamos entrar en el terreno sensible del mundo afectivo, específicamente en las relaciones de pareja. Si abrimos de par en par nuestra interioridad al cizañero, si le contamos nuestras cuitas, con toda seguridad él sabrá multiplicar las dudas, los temores o, por lo menos, acentuar los defectos de nuestra pareja. La cizaña se nutre de eso: de sacar provecho de nuestra infelicidad o de nuestras debilidades amorosas, de agrietar aún más lo que apenas es una fisura, un altibajo emocional o una desavenencia pasajera. La cizaña absolutiza un hecho, por pequeño que sea, ahonda en la desmemoria de lo vivido con alguien y propugna por entronizar en el centro de nuestra alma el desprecio, la altivez o la indiferencia. Tratándose de asuntos del corazón, la cizaña ansía enemistarnos con quien hemos amado o trastocar el cuidado por otro ser en una relación de malquerencia.

A sabiendas del daño moral, psicológico, afectivo o para la sana convivencia, deberíamos estar más atentos a esto de propagar cizaña –basta saber guardar silencio y no entrometernos donde no nos llaman– o dejar llenar nuestro espíritu y nuestra mente de animadversiones gratuitas. Es inevitable que la cizaña crezca en nuestra a vida social, pero de nosotros depende desyerbar esas malas hierbas que, camufladas en buenas intenciones, lo que en verdad hacen es agudizar nuestros temores, opacar nuestro buen juicio y llenarnos de una rabia infinita y sin sentido. Necesitamos el suficiente discernimiento para no creer en todo lo que nos murmuran o entregar nuestra voluntad a quienes nos incitan a la animosidad, el rencor o la antipatía, justo con quienes convivimos o compartimos una vida comunitaria. La mesura, la sensatez y cierto espíritu de sospecha sobre tales personas contribuyen a que el cedazo del tiempo nos ayude a separar –tal como en la parábola bíblica– el buen grano de las perjudiciales plantas venenosas. Mantenernos atentos y prudentes, escardando los comentarios malintencionados, es un modo de proteger el corazón de las irritaciones de la tóxica cizaña.

Pensar en «un otro»

01 sábado Nov 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Etiquetas

Éticas del cuidado, Fragilidad humana, Madurez moral, Prácticas de Otredad, Relaciones cara a cara

Ilustración de Owen Gent.

Pienso que la madurez moral de una persona comienza, realmente, cuando empieza a desplazar su circunscrito yo hasta esa frontera donde comienza un otro. Albergar las necesidades o los quebrantos emocionales de otra persona y actuar de acuerdo a ello, supone un esfuerzo interior mediante el cual se deja de orbitar en función de los propios deseos y se comienza a gravitar sobre las demandas de la alteridad. Y si digo que significa un esfuerzo es porque implica sujetar las riendas de nuestro egoísmo y cierta complacencia narcisista muy parecida a la indiferencia.

Cabe formular algunas preguntas que nos permitan autoevaluarnos en esta conciencia del otro: ¿nos preocupa, en serio, lo que nuestros progenitores requieren, y más si ya tienen una edad avanzada?; ¿en la lista de nuestras tareas cotidianas, hay algún ítem relacionado con atender a determinado amigo enfermo, en situación de crisis económica o que está francamente atravesando un estado depresivo o de soledad?; ¿pensamos en las fragilidades de nuestra pareja y en cómo colaborarle para hacerlas menos angustiosas?; ¿nos preocupa el bienestar del vecino o, por lo menos, estamos atentos para mostrar nuestra solidaridad cuando necesita apoyo?; ¿nos mostramos dispuestos para prodigar un abrazo u ofrecer nuestra presencia en situaciones de duelo, pérdida o situaciones de sumo padecimiento?; ¿podemos disponer una parte de nuestro dinero para buscar algún detalle, alimento o evento que le produzca un genuino y esperanzado momento de alegría a otra persona?; ¿somos perceptivos y nos interpela el sufrimiento ajeno?; ¿dentro de nuestro proyecto de vida cabe o tiene fuerza de imperativo moral el servir a los demás?

Seguramente, si examinamos nuestros actos sin engañarnos o justificarnos, descubriremos que en muchos casos esos otros apenas nos incumben o si nos parecen relevantes ha sido sólo cuando sirvieron a nuestros intereses o parecían convenientes para nuestros propósitos más inmediatos. Luego, dejaron de ser significativos y entraron a engrosar la larga fila de seres anónimos que vamos desechando con el pasar de los años. Si en realidad nos importaran esos otros, seríamos profundamente agradecidos y mantendríamos un vínculo de fibras irrompibles. Pienso, por ejemplo, en lo fácil que se olvida lo recibido durante años de alguien, su apoyo incondicional, por cierta soberbia que trae consigo la suficiencia en el presente. Nos cuesta retribuir en función de lo recibido; nos falta abnegación para trocar el impulso de nuestros deseos más inmediatos por las urgencias de quienes a bien tuvieron darnos alimento, techo y compañía. Los otros seres, así hayan sido determinantes en lo que hoy somos, han entrado a formar parte de nuestras relaciones de desecho.

Pensándolo bien, esta poca valoración del otro, está muy relacionada con un culto a lo inmediato, al presentismo de las interrelaciones, a la desmemoria afectiva y a una inadvertencia de nuestros semejantes. Cada día nos cuesta más asumir la responsabilidad de los vínculos o nos ocultamos bajo la mampara del encuentro casual, evitando a como dé lugar enfrentarnos –al pasar del tiempo– con los defectos, imperfecciones o aspectos negativos de otra persona. Porque el otro poco nos importa, establecemos contactos eventuales sin inmiscuirnos o compartir a fondo la historia de otro ser humano con sus vicisitudes y peripecias no necesariamente admirables. Queremos que el otro sea un remedo de nuestra forma de proceder, que tenga los mismos ideales o que no vaya a poner en vilo nuestra zona de confort o felicidad. Las redes sociales han ido reforzando este modo de interrelacionarnos, aceptando sólo a los otros que entran dentro de nuestra burbuja controlada, pero que borran y excluyen a aquellos diferentes que no simpatizan con nuestras preferencias o nuestro perfil ideológico. 

Si el otro nos importara, si tal observancia tuviéramos sobre un familiar, un compañero afectivo, un vecino o un colega de trabajo, mantendríamos en el radar de nuestra atención sus carencias más apremiantes, sabríamos ser oportunos para darle un abrazo vivificador, sopesaríamos mejor las decisiones que lo afectan, pensaríamos con mucho tino las palabras que le decimos. Si asumiéramos esa mirada generosa, compasiva, fraterna; si nos importara escuchar al “tú” antes que al vociferante “yo”, descubriríamos que más allá de los diferentes roles sociales que representamos o del tipo de relaciones interpersonales que establecemos, existe una filiación mayor: la de ser personas sometidas a las contingencias, a las adversidades y el sufrimiento; que somos hermanos de una existencia sometida a los avatares del tiempo y a la apremiante necesidad.    

Desde luego, asumir la irradiación de otro ser, ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones, supone hacer cambios en nuestra forma de pensar o comportarnos. El otro nos exige tiempo, nos obliga a hacer cambios de agenda, jerarquizar de otro modo nuestros proyectos, poner a prueba nuestras emociones y el talante de nuestro temperamento. El otro nos confronta, en el sentido etimológico del término; es decir: nos lleva a ponernos cara cara con otro ser humano. El otro nos implica, nos compromete, nos hace ser conscientes de nuestras posibilidades y limitaciones. Entrar de lleno en ese encuentro con el otro pone al descubierto si tenemos voluntad para la solidaridad, el desprendimiento o el urgente auxilio. El otro saca a relucir nuestra capacidad de empatía o nuestro cabal desentendimiento por quien reclama asistencia o gestos de hermandad. La persona que asume la obligación de acoger a otro ser en su espacio vital sabe que debe pasar del uso individual de los pronombres personales al tiempo concordante del nosotros.

Tampoco es disculpa descargar únicamente el cuidado del otro en profesionales del área de la salud, de trabajo social, en docentes o en religiosos que han sentido la “vocación” de servicio. Puede que ellos posean más elementos de juicio y estrategias para atender a los que padecen carencias de diferente índole, pero cada persona tiene la obligación moral de preocuparse responsablemente por sus semejantes. En la familia, en las relaciones de pareja, en el ambiente laboral, en las interrelaciones cotidianas, nos debemos sentir corresponsables de esos otros con los que compartimos proyectos de vida, convivimos regularmente o tenemos algún tipo de vínculo. Desde esta perspectiva, si mantenemos en mente el cuidado del otro, pondremos freno a nuestros caprichos desobligantes, a nuestras pasiones desbocadas, a nuestras terquedades indolentes. Sólo así, vigilantes y compasivos, podremos favorecer la dignidad de la otra persona, mantendremos su confianza, garantizaremos su bienestar interior y sabremos resolver amablemente los posibles problemas que con ella tengamos.

Cómo es de importante en nuestra ética personal mantener el referente moral del cuidado del otro. Ahí está la clave de muchas de nuestras fracturas en las relaciones interpersonales, es el detonante de iniquidades que conducen al resentimiento social y el palo en la rueda que traba el fluir de la coexistencia pacífica en diversos espacios de nuestra sociedad. Porque el otro poco nos importa volvemos habitual el irrespeto, amañamos a nuestro antojo los acuerdos y las normas de convivencia, hacemos que el trato indigno o la mezquindad sean los pregoneros de nuestro individualismo o nuestros particulares intereses. Si actuáramos o tomáramos decisiones teniendo siempre en mente el impacto de ellas en otras personas, si dimensionáramos el modo y la calidad de su efecto, con toda seguridad seríamos más prudentes, más solidarios y, lo más importante, provocaríamos menos dolor en nuestros semejantes.

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