“¡Oh, Soledad! Si tengo que convivir contigo
que no sea en la maraña de oscuros edificios!”
John Keats
En esta Navidad vino a visitarme la señora Soledad. Al comienzo pensé que era un corto saludo como acostumbra ella realizar, pero no, su estadía preludiaba varios días: “Si usted no tiene inconveniente, me dijo con cortesía, quisiera acompañarlo hasta pasadas las fiestas del seis de enero”. Yo le contesté que no tendría dificultad, aunque no sabía bien cómo atender durante esta larga visita sus necesidades y requerimientos.
Como llegó hacia el ocaso de un viernes decembrino, apenas tuve tiempo de armar una cama sencilla en la que, décadas atrás, murió mi padre. Ella me acompañó a esta tarea, ofreciendo sus manos de ayuda y siempre reiterando su pena por ponerme en estos contratiempos. Busqué un tendido, una almohada y de la parte superior del closet bajé unas cobijas. “Qué pena ocasionarle estas molestias”. Luego de tendido el lecho bajamos al primer piso y le ofrecí algún alimento. “Coma usted, y yo lo acompaño”, dijo la mujer dejando entrever que no tenía hambre. Opté entonces por calentar una crema de verduras que había hecho a la hora del almuerzo y acompañarla con un poco de jamón y una tajada de aguacate. La señora Soledad me observaba desde la puerta de la cocina, atenta a cómo iba poniendo esos alimentos en una bandeja con motivos florales: “Yo prefiero no comer nada en la noche, a ver si así puedo dormir”. Con la bandeja entre las dos manos me dirigí al comedor, insistiendo en decirle si no deseaba tomar algo. “Un vaso de agua estaría muy bien”, me respondió, quedándose de pie observando algunos portarretratos familiares. “¿Y ellos?”, me preguntó como si supiera mi respuesta. “Ya partieron” le respondí. Enseguida empecé a comer la cena en tanto ella, en silencio, se extasiaba mirando un vitral que tenía el motivo de Don Quijote. “Yo soy como Sancho”, exclamó de pronto, dejando en vilo la afirmación. Concluida la cena me siguió de nuevo a la cocina y durante unos minutos siguió los movimientos de mis manos lavando los platos. Después subimos a ver televisión. Ella se sentó en una pequeña silla que tengo a los pies de la cama, y así estuvo, sin decir palabra, hasta que notó que el reloj despertador marcaba la mitad de la noche. “Que tenga un buen descanso”, me dijo a manera de despedida. Salió de mi alcoba con total discreción. Pude ver que estaba algo encorvada y que caminaba con lentitud.
Los primeros días me di cuenta de que la señora Soledad apenas se sentía en mi casa: caminaba muy suavecito, como si no hubiera nadie en la cocina, en la sala o en las habitaciones del segundo piso. Tan silenciosamente se comportaba que, a veces, me la encontraba de golpe, como si ella estuviera al acecho de mis desplazamientos. “¿Se siente a gusto?”, le preguntaba, haciendo caso omiso a mi sorpresa. “Sí, no se preocupe por mí, lo que pasa es que temo interrumpir sus rutinas cotidianas o alterar sus ocupaciones”. Yo le contestaba que no había ningún problema, aunque mi corazón se sentía ansioso por no saber bien cómo lidiar con este inesperado huésped.
Algo que me llamó la atención desde la tarde que llegó fue su maleta. Se trataba de una valija de cuero, de esas con doble amarre. No era voluminosa, pero estaba bien abultada; sin embargo, la señora Soledad la cargaba con entereza. Cuando me ofrecí a ayudarle a transportar la maleta hasta el segundo piso, ella me la entregó con alivio: “Le agradezco. Es que vengo caminando desde bien arriba donde me dejó el transporte público”. ¡Cómo pesaba esa maleta! “Qué carga usted en esta valija? ¿Piedras?”, dije a manera de broma. La mujer se esforzó en mostrarme una sonrisa; sin embargo, su respuesta hizo evidente mi imprudencia: “Es alguna ropa, cosas de aseo personal y un crucifijo de madera que siempre cargo conmigo”. Cuando descargué la valija al lado de la cama que le había tendido, no pude contenerme y la interrogué con voz queda: “Y ese crucifijo, ¿por qué es tan importante para usted?”. La señora Soledad se sentó en la cama y me miró con piedad: “a veces me gusta invitar a quienes visito a entrar en actitud contemplativa, y este crucifijo tiene la virtud de ensimismar a las personas”. A sabiendas de que me estaba metiendo en su vida íntima, preferí dejarla en su habitación para que acomodara sus haberes. “Gracias, una vez más”, me reiteró la mujer poniéndose de pie para darme un abrazo. No sé por qué, pero al recibir aquella muestra de cordialidad, sentí que la nostalgia se anidaba en mi corazón.
Cuando más hablábamos era durante la noche. Si bien comía muy poco, me acompañaba a cenar, ubicándose en una silla lateral del comedor. “No sabe cuánto le agradezco que me haya dado posada, porque durante estas fiestas de jolgorio decembrino, nadie me acoge o a ninguno parezco interesarle; entonces, tengo que buscar algún alma caritativa como la suya que me pueda dar albergue mientras pasan el bullicio y la fiesta”. Intrigado la interpelé sobre cómo me había encontrado. Ella, bajó la mirada y se entretuvo en el círculo del vaso del que estaba tomando agua. “Basta con escuchar en qué casa no se oyen demasiadas voces estridentes”. Después hizo una pausa y agregó: “Aunque en verdad, lo que hace que elija una vivienda es que no resplandece durante la noche”. En ese momento caí en cuenta de que no había puesto algunas luces decorativas en la ventana. “¿O sea que mi casa es demasiado oscura?”, la interpelé. La señora Soledad levantó su mirada, tenía unos ojos taciturnos, algo melancólicos. “No sé si sabe, pero todos los seres humanos proyectamos una luz hacia el cielo, y cuando estamos muy tristes se apaga tal lumbre y resulta fácil distinguir esas estrellas opacas de aquellas otras que resplandecen con magnificencia”. El comentario de la señora Soledad me hizo reflexionar en mis estados emocionales de esos días. Sí, la risa no estaba a flor de piel y las preocupaciones me cubrían de sobrecogimiento. “¿O sea que cuando uno está muy triste deja de proyectar luz a las alturas?”. La mujer tomó otro sorbo del vaso de agua, después comentó algo que me dejó pensando: “Así es, pero eso sólo lo puede apreciar alguien como yo, no importa lo lejos que esté de donde procede esa estrella apagada; se requiere una vista muy aguda para percibir esos focos de penumbra en medio de la noche”. Después agregó: “Aunque parezca contradictorio, yo soy una especie de regalo para los entristecidos, o si lo prefiere entender de otra manera, yo soy un ser compasivo para los que han perdido la alegría”.
Durante los días siguientes, incluyendo la noche de navidad y el día de año nuevo, la señora Soledad me acompañó a todas partes. Iba siempre a mi lado, llevando el mismo ritmo de mis pasos. A veces me hacía preguntas o respondía algunas de las mías, pero parecía estar más absorta en sus propios pensamientos. El día que estuve comprando un pan especial de navidad, ella se atrevió a comer un pedazo que le ofrecí: “En verdad está muy rico, y eso que yo no tolero el dulce”. Algo parecido sucedió cuando fue mi escudera en una de las visitas que hice a la plaza de mercado cerca de donde vivo: “De todas las frutas yo prefiero las cítricas y las amargas, como la toronja”. Le pregunté al muchacho del puesto de frutas si tenía toronjas, pero me dijo que no, aunque me ofreció unos apetitosos mangos de azúcar. “A la gente le gusta mucho el dulce, pero se privan de apreciar las bondades de lo amargo”, dijo espontáneamente la señora Soledad, mientras observaba las papayas, las fresas, los melocotones y los racimos de bananos colgados en escalera en una de las paredes del pequeño local. Esa misma mañana la mujer, que ya parecía una extensión de mi sombra, me sirvió de escolta hasta una farmacia que quedaba bien arriba de mi casa. Durante ese recorrido le pregunté sobre cuál era su ultimo anfitrión; ella no dudó en compartirme la respuesta: “Una viuda sin hermanos, y antes fue un escritor y más atrás fue un hombre envejecido y enfermo… nunca falta quien me hospede por un tiempo”. Cuando entramos a la farmacia la mujer me preguntó qué tipo de medicamentos requería; yo le dije que uno para el reflujo y los problemas gástricos. “Ojalá no sea mi presencia la que le haya ocasionado ese desorden en su estómago”, exclamó a manera de confesión. Yo le respondí que no, que esas dolencias ya las tenía desde hacía años atrás. Cuando veníamos de regreso, la señora Soledad hizo varios comentarios, pero el que más me llamó la atención fue uno referido al apetito: “Mis huéspedes me comentan que cuando yo los visito se les merma el deseo de comer y entran como en un estado de desgano, confío en que en usted sea diferente”. De forma inmediata le respondí: “Hasta ahora no se me ha quitado el hambre”. Justo antes de entrar a mi casa la señora Soledad volvió a soltar una de sus aseveraciones enigmáticas: “Nuestro cuerpo a veces es un fiel amigo y, en otros casos, un brutal enemigo”.
Cuando no estaba a mi lado, la señora Soledad pasaba buena parte del día observando por la ventana de mi cuarto o leyendo un pequeño libro de pastas grises. “¿Y de qué trata esa obra?”, me atreví a preguntarle. Ella giró su cuerpo hacia mí y me respondió “Es un libro sobre pequeños relatos de monjes del desierto”. Hizo una pausa, interpelándome: “¿Quiere que le comparta el que estoy leyendo?”. De manera inmediata le respondí: “Será un placer escucharla”. La mujer empezó a leer pausadamente, sopesando el valor de cada palabra: “Una tarde en que estaba yo refugiado en mi cueva escuché una voz muy aguda que pronunciaba mi nombre. Salí con extrañeza a mirar quién era y sólo me encontré con el habitual y extenso desierto. Apenas volví a entrar, pasados unos minutos, escuché de nuevo la voz susurrante, llamándome. Antes de volverme a levantar, cerré los ojos y me concentré para saber si en realidad era una voz real o alguna resonancia que todavía quedaba en mi mente de cuando vivía con los hombres. Pero no era ilusión aquel llamado, aquella voz clamaba por mí. Con cautela salí a observar. Pero una vez más sólo tuve ante mí la inmensidad seca de aquel erial. En ese instante comprendí que debía ser una de las tentaciones fraguadas por el viento. Entonces retorné a mi reducido espacio, me puse de rodillas con los brazos levantados y empecé a orar. Entregado a mis plegarias fui sintiendo que la voz se adelgazaba hasta convertirse en un murmullo leve e indeterminado. Mi alma se apaciguó y pude seguir tranquilo con mi voto de silencio”. Apenas concluyó su lectura la señora Soledad me miró con curiosidad, esperando mi impresión sobre aquel relato. “No sabía yo que el viento puede ser una tentación”, le comenté sin pensar mucho mi respuesta. La mujer volvió sus ojos hacia la ventana: “Cada quien enfrenta sus tentaciones según oriente su destino”. Y como si fuera el anacoreta del que me había relatado la historia, la señora Soledad se estuvo callada durante las horas que me acompañó en mi estudio mientras terminaba de redactar el informe final de una investigación en curso.
Quizá motivado por el relato del eremita en el desierto, y después de compartir una ensalada con atún enlatado como almuerzo, un miércoles en la tarde le pregunté a la señora Soledad si podía mostrarme el crucifijo del que me había hablado. “Será un gusto”, me respondió. Subimos a su improvisado cuarto y extrajo de su maleta de cuero un crucifijo tallado en madera de cedro. Era una escultura magnífica. Noté que al levantarlo con sus manos pesaba más de lo imaginado: “Es por las penas que ha ido recogiendo durante mi peregrinar”. Por sugerencia suya entre los dos lo colgamos de una puntilla que, sin saber bien porqué, estaba puesta para tal fin hacia la mitad de la pared. “Mírelo con mucha atención”, me dijo la mujer. Al comienzo me detuve en la cabeza desgonzada, en los extenuados brazos, en las piernas llagadas, y sólo al final pude entrever los rasgos de su rostro. “Fije toda su atención”, me volvió a repetir la señora Soledad, sirviendo de celestina a mi mirada escrutadora. Tal vez por un efecto de sombra de las cortinas a medio abrir, aquel rostro empezó a desdibujarse y comenzó a adquirir otras facciones que se parecían mucho a las mías. Apenas hice tal descubrimiento sentí que se me resecaba la garganta y el preludio del llanto me hizo bajar la mirada. “Eso es normal, no se angustie ni tenga vergüenza conmigo”, me advirtió la mujer, poniendo uno se sus brazos sobre mis hombros. Esas últimas palabras y el gesto solidario abrieron de par en par mi llanto; así estuve durante unos minutos viéndome en el rostro de esa talla de madera. El silencio se alargó hasta que sentí un alivio interior, una especie de oleada de aire fresco a mi alma. La señora Soledad se mostró respetuosa de mi dolor, y ni preguntó por los motivos ni hizo ningún comentario al respecto. Sólo empezó a proferir una especie de letanía en tono tan bajo que apenas lograba escucharse.
Ese mismo día, a la hora de la cena que fue bastante frugal, indagué un poco más en lo que me había sucedido con el crucifijo. “¿Le pasa a todos los que usted visita que les de ese ataque de llanto apenas miran con detenimiento el crucifijo?”, le pregunté intrigado. Ella apuró otro sorbo de té, tomó una de las galletas de cereales, y me respondió como quien evoca un pasado muy lejano: “No, no a todos les pasa lo mismo; algunos se enmudecen o comienzan a abrazarme intensamente. Eso varía según el tinglado del espíritu que tenga cada uno”. Hizo una pausa y agregó: “Porque ha de saber usted que el alma tiene cuerdas como un instrumento musical”. Para continuar la conversación le confesé que mi llanto se había incitado por haber visto en el rostro del crucificado los rasgos de mi propia cara; ella me aclaró que eso se debía a que el sufrimiento hermana a los desventurados. “¿Y será que esa talla de madera recogió el agua de mis lágrimas?”, la interrogué escéptico. “Eso sólo lo sabré cuando parta de su casa y cargue con mi maleta”. Mientras yo lavaba la losa aproveché ese tiempo para interrogar a la mujer sobre sus familiares: “mi familia son los que me hospedan”. Mientras subíamos a descansar la señora Soledad me dijo que ella sufría de insomnio permanente y que, a pesar suyo, los que la hospedaban empezaban a sufrir de ese mismo mal. Apenas la oí decirme eso, le comenté que efectivamente durante esos días dormía de manera intermitente, siempre en estado de alerta. “Es el sueño del conejo”, puntualizó la mujer, dándole a sus palabras un tono de franca conmiseración: “Sabrá usted perdonarme esta intromisión en su descanso nocturno, pero son cosas que escapan a mi voluntad”. La acompañé hasta su cuarto y yo volví al mío; esa noche no prendí la televisión, como una muestra de solidaridad con la mujer desvelada del cuarto contiguo.
Casi al final de su visita, la señora Soledad empezó a ponerse inquieta por el aumento del ruido de carros que empezaba hacerse más fuerte en el tránsito de la avenida. “Me gustan más las calles desiertas”, exclamó con franca molestia. También me hizo preguntas sobre cuándo volverían las personas que habitaban en la casa. “Seguramente llegarán cuando pasen las últimas fiestas de fin de año”. Ella asintió, pero la noté inquieta. “Espero no haberlo incomodado”, expresó más de una vez en los últimos días de su visita. En la postrera cena que compartió conmigo se dedicó a hablarme del exceso de bullicio de los tiempos de hoy, de la estridencia en los corazones humanos y de una incapacidad para “alejarse del mundanal ruido”. Yo la escuchaba atento, aunque en verdad detallaba la abundancia de lunares en sus brazos. Ella me descubrió y sin que yo le preguntara nada me ofreció una respuesta: “Esos lunares son el testimonio de mi trasegar ambulante, son las estrellas muertas que van constituyendo mi historia”. Al oírla pensé que muy seguramente yo entraría a formar parte de ese pequeño cielo color piel. Pero preferí guardar silencio. Justo en la madrugada de su partida la vi ya arreglada, con algún afán y la maleta de cuero en su mano derecha. Me acomedí a ayudarle a bajar su embalaje que, quizá por mi falta de sueño, lo percibí demasiado pesado. Ya en la puerta de la casa nos despedimos con cierta tristeza. Ella me dio un abrazo de agradecimiento y yo sentí al recibirlo que todo mi ser era una ausencia, un vacío, una concavidad que se extendía hasta el fondo de mi alma. “Ojalá no nos volvamos a ver; o si nos vemos que no sea en las fiestas decembrinas”, me dijo, empezando a caminar hacia el norte de la ciudad.




