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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Aforismos

Sobre el rumor

24 lunes Feb 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Aforismos

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El rumor, que es susurrante cuando nace, se hace más fuerte a medida que lo escuchan. Cada persona que atiende sus llamados –sabiéndolo o no– convierte ese leve murmullo en un estridente grito.

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En momentos o épocas de alta incertidumbre el rumor encuentra un clima favorable para poner sus larvas contagiosas. Las dudas, el desasosiego y la vacilación alimentan esta criatura de mil bocas.

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El rumor es veloz, de andar alado; la verdad es maciza, de paso lento. Mientras uno se difunde en segundos; la otra necesita horas o días para lograr comunicarse.

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Al rumor le gusta exagerar porque sabe que la masa, amante del espectáculo, prefiere lo llamativo y efectista sobre lo discreto y natural. El rumor es hiperbólico, ampuloso, claramente melodramático. Y esto es, precisamente, lo que cautiva y vincula emocionalmente al público.

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El rumor se esparce secretamente como un miasma invisible; vive en el aire, se dispersa como un soplo. Los olores ligeros del rumor se expanden a través del viento de la murmuración.

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Los rumores difamatorios o calumniosos usados en las campañas políticas buscan no solo minar la credibilidad del opositor, sino exacerbar el odio y la venganza en los copartidarios para ver a los seguidores de otros candidatos como letales enemigos. El rumor se encarna en el alma cuando despierta y promueve el fanatismo.

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El secreto y el rumor mantienen una lucha permanente: entre más se fortifica el primero, más quiere asediarlo el segundo. El secreto usa torreones y trincheras; el rumor, tropas de asalto. El secreto confía en la lealtad a toda prueba y la reserva de la confidencia; el rumor en el posible desertor y la astucia de la infiltración. Se trata, en últimas, de la antiquísima contienda entre el sigilo de lo privado y la curiosidad de lo público.

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En el proceso adelantado por el rumor toda rectificación del implicado, por inmediata que sea, resulta extemporánea.

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El oído es el medio privilegiado del rumor para insuflarse en la mente y en el corazón. Este sentido, desde su pasiva disposición, es proclive a escuchar las diversas manifestaciones del narcisismo y el engreimiento. Por eso el susurro del rumor no deja de ser una forma de tentación.

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Rumor: comunicación furtiva que seduce a nuestra curiosidad.

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El rumor se expande como las olas en el agua y de esta manera lleva sucesivamente su mensaje. Aunque muchos participan de tal efecto, nunca se sabe con exactitud quién fue la mano oculta que lanzó la piedra detonante al estanque de la opinión pública.

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La credulidad es la mejor caja de resonancia para el rumor. Sólo los incautos e ingenuos perciben y difunden todo murmullo como si fuera un estrepitoso y alarmante ruido.

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El nivel de influencia de las personas dice de ellas el tipo de impacto que tendrá el rumor en sus mentes o en sus corazones: entre más sugestionable sea alguien, más dispuesto estará para creer lo primero que le cuenten. La predisposición hacia el rumor es, en el fondo, una forma de sometimiento.

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El culto contemporáneo a la velocidad ha fortalecido el rumor mendaz y debilitado la búsqueda de la verdad. A la rapidez le importa poco cotejar las opiniones con los hechos.

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El rumor, que participa de los ardides de la persecución, lanza sus especulaciones hacia alguien como si fueran perros de cacería. Y aunque la presa huya o se esconda, permanece en el ambiente el asedio, la algarabía y el ladrido de los sabuesos excitados.

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Para algunos influenciadores en las redes sociales “abrir hilo” es “prender mecha”. El lenguaje explosivo, los calificativos fulminantes, el artificio de impacto en cada mensaje, contribuyen a crear una pirotécnica sensacionalista en sus cortos mensajes. Los propagadores de rumores tienen alma de incendiarios.

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El rumor puede usarse como un arma de guerra. Sirve para desmoralizar al contrincante, confundir al enemigo, hacerle creer cosas que no son o sacar provecho de situaciones imprevisibles. Por ser un arma de desinformación necesita de canales o voceros que la difundan. La radio sigue siendo el medio idóneo para esta labor propagandística.

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Antes de las redes sociales el rumor era intermitente y circunscrito; ahora es inmediato, continuo y de amplísima cobertura. La cercanía de la conexión ha convertido la comunicación en patio de conventillo. Y, como es sabido, en el hacinamiento la intimidad se vuelve comidilla de todos.

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Algunos rumores son una respuesta del débil ante los atropellos del poderoso; otros proceden del odio, la envidia o el sectarismo. También se usa el rumor para regular y mantener la moral de la mayoría o para nivelar a los que se destacan dentro de un grupo. Hay rumores que son molestias pasajeras y otros que fracturan para siempre la vida de una persona. Sea como fuere, los rumores son la manifestación susurrante de las pasiones y los sentimientos heridos.

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Al igual que la ninfa Eco, los propagadores de rumores en las redes sociales andan metidos en sus cuevas, condenados a reenviar los mensajes que les llegan. La rapidez con que los miran apenas les permite ubicar dos o tres palabras que repiten una y otra vez. Por lo demás, los descendientes de Eco –según el saber mitológico– heredan la maldición de no poder expresar rumores de amor. 

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El rumor desmentido alarga o bifurca su existencia; el confirmado, lo reduce o detiene su vibración. Para desmentirlo se requiere de una voz autorizada; para confirmarlo, no se necesita la presencia de voceros.

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El espíritu crítico, la duda metódica, el cotejo de información y una dosis de escepticismo siguen siendo el mejor antídoto contra el rumor malintencionado e injurioso. Y, por supuesto, mantener el humor que es un disolvente a todo dramatismo alarmista e injustificado.

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Esta es la paradoja del rumor: las personas lo eluden y detestan cuando hacia ellas se dirige, pero todos lo buscan y celebran cuando hacia otros fija su objetivo.

Del agradecimiento

02 viernes Dic 2022

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Aforismos

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«Un corazón verde», ilustración de Catrin Welz-Stein.

A pesar de que la mayoría de las personas señalan y elogian la importancia de agradecer, la exigen más de los demás que de sí mismos. ¿La razón?: es más fácil mostrarnos como soberbios acreedores de gratitud que aceptar la vergüenza de que a más de uno le debemos.

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El agradecimiento comparte la lógica de las relaciones amorosas: las más tristes son las no correspondidas.

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Para ser agradecidos se requiere una actitud de permanente examen de conciencia: ¿mis logros son sólo míos?, ¿mis éxitos son fruto de mi buena fortuna?, ¿lo que tengo es únicamente el resultado de mis esfuerzos? El agradecido sabe que, de no hacer este discernimiento, fácilmente caerá en el autoengaño o en la justificación narcisista.

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Los epitafios son, para algunas personas, la postrera oportunidad de reconocer lo que en la vida del difunto no se hizo.

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Se necesita cierta fidelidad en los afectos para ser agradecidos: sin esa tenacidad del corazón todos los vínculos humanos estarían condenados a la intrascendencia del olvido.

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Las personas agradecidas tensan hilos, tejen relaciones, mantienen firme la urdimbre. Los desagradecidos, en cambio, desmadejan, debilitan, desanudan los vínculos creados. Así que, en las relaciones humanas, unos prefieren la aguja y el dedal y, otros, las tijeras.

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El padre que invita al hijo a “dar las gracias”, cuando recibe una atención o un alimento, en el fondo le está enseñando otra cosa: el agradecimiento es el trueque con que se hacen las transacciones en el mundo de los dones.

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Desagradecido: avaro moral sin pasado ni futuro. Cicatero anclado en el presente.

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El agradecimiento es una virtud porque supone crianza y voluntad. Aprendemos a ser gratos y cultivamos la gratitud. En ambas situaciones hay un intencionado deseo para que la indiferencia de la naturaleza obedezca a las demandas de la socialización.

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La ingratitud es un tipo de amnesia en la que el paciente recupera súbitamente la memoria cuando vuelve a tener una apremiante necesidad.

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Resulta imposible ser agradecidos si antes no se tiene un notorio reconocimiento por otra persona. La gratitud es una manifestación perdurable de la dignidad ajena.

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Los desagradecidos tienen un desnivel en la balanza de sus sentimientos: pesa más lo que reciben que lo que dan.

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Los cortos mensajes de las dedicatorias en los libros son conjuros mágicos de gratitud para salvar el nombre de una persona del corrosivo olvido.

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La mano blanda del suplicante desagradecido se torna en duro puño cuando tiene que hacer retribuciones.

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El corazón agradecido guarda rostros y no caras; usa nombres propios y no apelativos comunes.  La gratitud es siempre singular.

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Los exvotos son muestras tangibles de cómo los mortales agradecen los favores de sus divinidades. Estas pequeñas ofrendas, además, son la evidencia de que los seres trascendentes retribuyen el cumplimiento de las promesas con milagros.

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El principal enemigo del agradecimiento es la vanagloria y la soberbia. Es decir, los vicios propios de la altivez y del individualismo exaltado.

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En la casa del desagradecido hay muchas puertas y ninguna ventana. Demasiadas “entradas” y ninguna “salida”. En el fondo, es la arquitectura de un alma presa en un laberinto.

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El reconocimiento a alguien, especialmente en público, es el modo como la gratitud se multiplica. Los logros personales se acrecientan cuando son compartidos.

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El desagradecido por más que dice no usar a las personas, las desecha apenas logra sus propósitos. Además de utilitarista tiene la excusa de la mala memoria.

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A veces recibimos tanto de alguien que, por descuido, empezamos a creer que lo suyo es una obligación. Así nos volvemos demandantes con aquellos que en verdad nos aman y acostumbramos nuestro corazón a tomar mucho y ofrecer poco.

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Nunca acabaremos de agradecer a nuestros padres el regalo de la vida. Si es que consideramos nuestra existencia un bien y no una desgracia.

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Los agradecidos son sedentarios en los afectos; los desagradecidos, nómadas del corazón.

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Algunas personas son incapaces de agradecer porque sienten que reciben menos de lo que merecen. Para ellas, el mundo y los demás siempre están en deuda permanente.

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Dos fuerzas motivan el nacimiento de las religiones: el miedo y el agradecimiento. En un caso, para protegerse de lo desconocido; en el otro, para retribuir lo dado. De allí nacen, entonces, la oración o el sacrificio.

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Mientras que los favores se miden en minutos o días, el agradecimiento se cuenta en meses o años. La inmediatez de los beneficios riñe con la lentitud de las retribuciones.

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Los envidiosos están impedidos para agradecer: ven rivales donde hay hermanos; sienten celos al recibir amor; mutan ayudas en resentimiento. La envidia es el envés moral de la gratitud.

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Hay muchas formas de agradecer: unas palabras, una visita, un diálogo, un regalo. A veces musitando una oración; otras, rememorando un hecho; las más de las veces, entregando nuestro tiempo. Se puede agradecer con un gesto de respeto, con la prolongación de un ideal, con una obra o un monumento. Pero la manera más importante de agradecer es mantener una actitud de cuidado hacia la vida y de reconocimiento hacia los demás.

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Los desagradecidos andan tan obsesionados por alcanzar los frutos del árbol de sus intereses que ignoran las raíces que le sirven de soporte.

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Los regalos, en general, son símbolos de gratitud. El nivel de asombro y la alegría que producen dice qué tanto se acertó en el tipo y la calidad del agradecimiento.

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Las dedicatorias en las tesis de grado son las licencias que tiene el corazón para manifestarse sin temor en los discursos académicos.

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Ciertos individuos fingen la amistad con alguien mientras logran sus propósitos. Una vez adquieren lo que buscan, se alejan para evitar así el compromiso del agradecimiento.

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Cuando un colega de trabajo o un académico dice que “no le dieron los créditos” pone en evidencia una cuestión moral: el reconocimiento tiene profundos lazos éticos con la equidad.

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Es común en épocas del dinero fácil que ciertos favores encadenen al beneficiario. En estos casos, el agradecimiento se vuelve un compromiso temeroso e ineludible: hay beneficios envenenados.

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Caín no soportó que el fuego de la ofrenda de Abel subiera más alto que el de su sacrificio. Ese es el problema de los desagradecidos: anhelan el humo de los beneficios ajenos, pero poco observan lo que ofrecen como oblación.

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Consejo de sabiduría popular: ayuda al que puedas sin esperar retribución y, si recibes alguna vez muestras de agradecimiento, tómalas como un hallazgo fortuito o alguna compensación divina.

Sobre el diálogo

24 viernes Jun 2022

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Aforismos

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Pintura de Louis Charles Moeller.

Hay algo de búsqueda nutritiva al participar en un diálogo; así como se comparte el pan cotidiano, de igual manera departimos el manjar de la palabra.

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Diálogo: desplazamiento del yo que habla al tú que me interesa escuchar.

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El diálogo es un intento de armonizar diversas voces –a veces de tesituras opuestas– para descubrir las bondades intelectuales de la polifonía.

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Como toda agua, el diálogo necesita un buen cauce de atención para poder discurrir. Los diálogos que no fluyen son monólogos en grupo.

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En el diálogo hay altibajos, cambios de intensidad, con momentos tranquilos o abiertamente tensos. Sin embargo, aunque todos procuran mantenerlo continuo y lleno de viveza, siempre está la amenaza de que caiga en un punto muerto. De allí que los participantes en un diálogo oscilen entre reavivarlo con sus oportunas intervenciones o dejarlo extinguir poco a poco con sus silencios.

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Los dialogantes consumados son herederos de Penélope. Saben que su labor principal es mantener en vilo el tejido que van tramando las palabras.

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¿Quién tiene mayor dificultad para dialogar? Aquel que desde el comienzo ya sabe el final de la conversación. Si no se acepta cierta incertidumbre o deriva al dialogar, es inútil o imposible establecer una plática fecunda.

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La consistencia del diálogo es líquida: se puede abrir, interrumpir o cerrar. Si se congela deja de fluir; si es demasiado gaseoso pierde el interés. Por ser líquido el diálogo necesita circular de manera incesante; si se estanca, emanan de sus aguas los hedores del aburrimiento.

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Si se quiere saber cómo dialogar certeramente basta captar en la rueda de palabras que gira el intersticio por el cual sea posible introducir el hilo de la propia voz, pero sin frenar su movimiento. No es tanto cuestión de velocidad, como de escucha oportuna.

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Cuando decimos que un diálogo fue fructífero es porque cada participante actuó como cultivador de tal encuentro. Contribuir a un buen diálogo es comportarse como animoso sembrador de palabras.

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Esta es la paradoja del diálogo en las relaciones interpersonales: sirve de medio para resolver los conflictos, y es el detonante de querellas inesperadas. La explicación de tal contradicción resulta evidente: dialogamos con las razones que dominamos, pero también con las pasiones que nos gobiernan.

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Se dice que hay diálogos profundos, como también diálogos de altura. Es decir, mediante la conversación podemos sondear o escalar los límites de la geografía de las ideas.

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Desde la escuela peripatética de la antigua Grecia se sabe que existe una relación fecunda entre caminar y dialogar. En consecuencia: para despertar las ideas en nuestra cabeza lo mejor es salir a mover los pies.

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Lógica contradictoria de la comunicación entre enamorados: a veces dialogan para no pelear y, en otras ocasiones, pelean por haber dialogado.

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El diálogo tiene matices. Desde el coloquio familiar hasta la cháchara vana y sin fundamentos. Puede tomar la forma de la tertulia para compartir opiniones y creencias o asumir la estructura del debate para defender argumentos opuestos. Es charla informal en la vida privada o foro reglado cuando se vuelve pública. Todos estos matices nos advierten que sin el diálogo estaríamos condenados al soliloquio ensimismado o expuestos sin remedio a la orfandad de los demás.

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¿Por qué es tan difícil dialogar con quien piensa diferente a nosotros? Sencillo: porque para hacerlo necesitamos previamente aceptar que la contraparte puede tener razón. Y esta condición es muy difícil reconocerla, debido a que pone en entredicho las convicciones o las certezas que nos dan seguridad. Si se quiere dialogar con quien piensa distinto a nosotros es fundamental renunciar a las verdades absolutas.

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Aunque tengamos un propósito al dialogar con una o varias personas, nunca sabremos al inicio el resultado de tal encuentro. En esta perspectiva, el diálogo se parece más al descubrimiento de piedras preciosas que a la extracción de agua de un pozo.

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El café o el vino son excelentes cómplices para el diálogo.  La clave está en que tanto las dos bebidas como la conversación piden ser degustadas sorbo a sorbo, palabra por palabra. El diálogo es un líquido estimulante que se saborea poco a poco.

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En los diálogos platónicos Sócrates llega al mejor argumento no solo porque escucha con gran atención lo que afirman sus contertulios, sino por el tipo de preguntas que les hace.

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Platón más que filósofo fue un perspicaz autor de teatro: sus diálogos, como método de enseñanza, concebían al aprendiz no como un silencioso discípulo sedente, sino como un actor de diferentes obras dramáticas sobre el conocimiento.

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Fanático: persona intolerante con la que es muy difícil dialogar porque sabe de antemano todas las respuestas. Sectario: un fanático que, además de estar exacerbado, es intransigente.

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Los dialoguistas más comprometidos son los que pasan, etimológicamente hablando, del “inter” al “intra”. Es decir, no sólo tienden puentes con sus intervenciones, sino que se adentran en lo que dicen los demás.

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El ritmo del diálogo es por alternabilidad: primero un turno, luego el otro. El compás depende del interés o desinterés de los participantes.

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Es innegable que cada persona tiene una perspectiva para mirar las cosas. Pero, cuando se desea participar en un diálogo genuino, lo esencial es poder cambiar ese punto de vista. Quien varía su perspectiva logra mayor profundidad.

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La guerra le gritó al diálogo, “¡Vete!; la paz le pidió: “¡Quédate!”. El diálogo miró a las dos partes mientras hacía una pregunta: “¿Y si mi aceptan como peregrino?”

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El ambiente más propicio para que crezca saludable el diálogo no es la suficiencia en un tema, sino la confianza. Más la familiaridad que la erudición.

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La tensión del participante en un diálogo oscila entre hablar o quedarse callado. Excederse en cualquiera de los extremos es romper los hilos de la conversación.

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¿Qué es lo más delicado –o lo más temerario– de hacer en un animado diálogo? Interrumpir.

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Los silencios en los diálogos íntimos los suplen los besos, las manos, los abrazos. La muda piel enamorada habla y responde con caricias.

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Las reuniones de trabajo son la perversión del diálogo. En lugar de ser la búsqueda colectiva para tomar una decisión o solucionar un problema, son la forma simulada de llamar a la obediencia.

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Si no fuera por la sal de las anécdotas y la pimienta de las murmuraciones, los diálogos informales caerían en el sinsabor del hastío.

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Hay diálogos que van apagándose al igual que una vela y otros que aumentan su incendio con la fuerza de una hoguera. Todo depende de cómo sople el vaivén de la palabra.

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En tanto el diálogo es una obra polifónica, cada interlocutor aporta a esa construcción colectiva. Sirve el entusiasta que lidera, el insistente en un punto de vista, al igual que el conciliador que ve relaciones entre opiniones contrarias o el bromista que ayuda a distender la reunión. Contribuyen los grandes conocedores del tema y también los que, atentos, siguen la conversación en silencio.

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Los diálogos de paz son una esperanza para las víctimas del conflicto y una debilidad para los guerreristas indolentes. Los primeros saben que cediendo un poco se logran los acuerdos; los segundos, que exigiendo mucho se conquista la victoria.

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Los políticos sagaces usan la palabra diálogo con sus contradictores así como los ratones juegan con sus víctimas antes de devorarlos.

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Esta es la verdad del diálogo entre padres e hijos. Los primeros esperan que sus enseñanzas sean lecciones para el mañana; los segundos, entienden aquellos consejos como lecciones hacia el pasado.

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Le preguntaron a Eva –como resultado de sus charlas con la serpiente– sobre la importancia del diálogo, y ella contestó con alborozo que era el medio para acceder a lo prohibido. Le hicieron la misma pregunta a Adán: “es la causa por la cual se pierde el paraíso de lo conocido”, dijo nostálgico.

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Ciertas personas se mueren por dialogar con alguien y, apenas logran su cometido, se sienten profundamente decepcionadas. Otras, en cambio, a pesar de no estar interesadas especialmente en una persona, una vez que hablan con ella, terminan fascinados. El diálogo tiene algo impredecible, sorpresivo, azaroso. Revela y oculta a la vez; genera atracciones y provoca rechazos.

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Los culpables imploran dialogar para resarcir su falta; los ofendidos se niegan a hacerlo porque los enmudece el rencor.

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Buena parte de los diálogos cotidianos con los amigos van acordes al ciclo de la vida: de niños, sobre pilatunas y aventuras; cuando jóvenes, sobre amores y proyectos; en la edad adulta, sobre negocios y posesiones; entrados en la vejez, sobre dolencias y fármacos.

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Dialogar consigo mismo es un modo sencillo de hacer filosofía o una manera íntima de orar. Sea como fuere, para hacerlo con profundidad, es indispensable aprender a disociar la conciencia.

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El diálogo sincero con lo trascendente siempre es en silencio. Tanto en las preguntas como en las respuestas.

Sobre la paciencia

21 lunes Mar 2022

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Aforismos

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Ilustración de Scott McKowen.

Extraña condición tiene la paciencia: es una virtud pasiva y, al mismo tiempo, una fuerza interior sin igual.

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San Cipriano en su Tratado de las obras de la paciencia decía que para que esta virtud fuera robusta necesitaba echar “hondas raíces en el corazón”; es decir, que la fuerza del árbol de la paciencia no está en el tronco visible, sino en las ramificaciones escondidas del subsuelo de nuestra interioridad.

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La paciencia navega a mar abierto sin carta de orientación definida. Sin embargo, en medio de esa travesía en la oscuridad titila la estrella de la esperanza.

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Es de todos sabido que la paciencia es una virtud difícil de adquirir. ¿Por qué? Porque nos obliga a estar a merced del tiempo. Nuestra voluntad cesa su accionar para que emerjan las fuerzas de lo gratuito o trascendente. La paciencia nos obliga a descubrir las potencialidades de la impasibilidad. ¡Y qué difícil es permanecer impasibles cuando sufrimos o nos corroen la angustia y la desesperanza!

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“Somos vasos quebradizos”, afirmó Tertuliano en su Tratado de la paciencia. Por esta razón, necesitamos de la paciencia para –si caemos– tener la esperanza de que podremos recuperar el ser a partir de nuestros mismos pedazos.

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El hombre paciente escribe en un papel de incertidumbre. Sus letras se afirman en la misma medida que van borrándose.

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“La fragilidad de nuestro cuerpo hay que enfrentarla con la fuerza de la paciencia”, este es un consejo de san Cipriano. Pensándolo bien, es la enfermedad o las tribulaciones del espíritu las que en verdad hacen brotar la necesidad de la paciencia. Como quien dice, de la conciencia de nuestra debilidad brota el contrapeso de esta fuerza.

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Un paciente, según la etimología, sufre, aguanta; no tiene dominio ni control sobre lo que le sucede. Aunque es posible una alternativa: ser paciente: ponerse en actitud de espera. Confiar en que otro decida por él. Bien parece que la paciencia es una virtud que nos permite pasar del gobierno del yo a la emergencia del otro.

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San Cipriano escribió que la paciencia “fortifica sólidamente la fe”. En otras palabras, que la paciencia es el cimiento de lo trascendente. Piadosa manera de decir que la paciencia teje un puente con aquellas dimensiones que no podemos demostrar o que entran en la zona del misterio.

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A veces resulta más fácil ver los variados rostros de la impaciencia que la cara diáfana de la paciencia. Esto es así porque nos es más rápido reconocer los vicios que entreverar las virtudes. No obstante, como escribió Tertuliano, a partir de los opuestos podemos ver más claro “lo que debe evitarse”.

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Se requiere un temple especial cuando buscamos la paciencia: ni tan resignados para permanecer en el conformismo, ni tan vehementes como para privarnos de la pausada serenidad.

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Tertuliano creía que la impaciencia era una fiebre, y que la única manera de curar tal calor en el cuerpo consistía en “hablar de ella”. Quizá escribir sobre la paciencia sea un ejercicio de autocuidado mediante el cual usamos las palabras como socorro y recuperamos la buena salud de nuestro espíritu.

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Así como los trozos de piedra o las cuchillas del trillo –ese instrumento agrícola que los romanos antiguos llamaban tribulum– separa el grano de la paja, de igual modo la paciencia decanta lo que depende de nosotros de aquello sobre lo cual no tenemos ningún dominio.

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La aseveración de san Agustín en su libro sobre La paciencia merece analizarse: “Los impacientes, cuando no quieren padecer cosas malas, no consiguen escapar de ellas, sino sufrir males mayores”. Así que, como la presa en la telaraña, los impacientes aumentan su desespero cada vez que reniegan de sus males. Tal vez la paciencia consista en aceptar que padecemos alguna dolencia y, así, liberarnos un poco de los hilos que atenazan nuestro cuerpo.

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Son muchas las personas que atan su paciencia a una fe o a un ser superior: A lo mejor este modo de proceder corresponda a una convicción más honda: la de aceptar la efímera finitud porque se cree en la eternidad de lo infinito.

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La paciencia es una de las maneras como el espíritu madura. El tiempo es su estímulo y el medio más idóneo para lograrlo.

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Si bien la paciencia lucha contra la impaciencia, debe enfrentar también a la tristeza y la pereza. Estas enemigas son muy poderosas porque desmoronan el ánimo; dejan el cuerpo sin fuerza interior. No sobra recordarlo: detrás de la ira del impaciente se esconden la angustia y la melancolía.

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¿Por qué la paciencia es “compañera de la sabiduría?”, tal como creía san Agustín. Respuesta: porque la sabiduría se consigue poco a poco, día a día, paso a paso. La paciencia, en consecuencia, no es un conocimiento inmediato, sino un proceso lento y continuado de nuestra experiencia.

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Si las legiones de la ansiedad nos intimidan con las preocupaciones, si los demonios del insomnio nos lancetean hasta quitarnos el descanso, si los arqueros de la melancolía nos hieren con sus flechas, si una larga enfermedad mina de tristeza nuestra esperanza… Si es que nuestra alma padece tal estado de batalla interior, la única defensa posible es armarnos de paciencia.

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Raimundo Lulio en Los proverbios escribió que “la paciencia comenzaba con lágrimas y, al final reía”. Es cierto: aceptar el dolor o la impotencia nos quiebra de entrada el espíritu, pero, pasada esa prueba, lo que sigue es el beneplácito de la tranquilidad. Algo semejante había dicho el poeta Saadi Shirazi que luego se convirtió en una verdad del pueblo persa: “la paciencia es un árbol de raíces amargas, pero de frutos muy dulces”.

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Los campesinos saben y viven en carne propia la paciencia, no tanto como una virtud, sino como parte de sus haberes cotidianos. La naturaleza ha sido su mejor maestra: “lo que madura pronto, se pudre temprano”.

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La paciencia supone una fuerza especial si es que se desea conquistar la ecuanimidad y la paz interior. Dicha fuerza implica someter las pasiones de la ira y el orgullo y, especialmente, mantener a toda costa la alegría. Las personas pacientes saben que los enemigos más difíciles de vencer no están afuera, sino dentro de nosotros. 

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Job es el prototipo del hombre paciente porque pone su mirada no en el pasado del dolor, sino en el futuro de la esperanza.

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Los hombres de acción tienden a ser más impacientes que los pusilánimes. Estas personas libran una doble batalla: la propia del desasosiego y esa otra, tan difícil de aceptar, la de renunciar o postergar sus proyectos más queridos.

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El poeta Giacomo Leopardi sabía que la paciencia no comporta ningún tipo de heroísmo, salvo los honores –reconocidos a solas y en silencio– de haber vencido nuestras aprensiones y conservar imperturbable el alma.

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La paciencia es el recurso del pobre para contrarrestar sus múltiples necesidades. Y así como la abundante riqueza trae consigo el imperioso desespero, el exceso de carencias lleva a fortalecer el aguante con dignidad.

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La paciencia nunca es una conquista definitiva. Es común flaquear, perder los estribos o caer en la desesperanza. Por eso hay que ejercitarla con demostraciones de entereza y testimonios frecuentes de tolerancia. La virtud de la paciencia siempre está a prueba.

Sobre las mariposas

02 domingo Feb 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Aforismos

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Christian Schloe

Ilustración de Christian Schloe.

La mariposa vuela a tientas, dando saltos o retrocediendo en imprevistos zigzags: con este movimiento, que no es en línea recta, busca alargar la brevedad de su vida.

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Los vistosos colores de las mariposas dependen de la luz: su belleza necesita de un otro: proviene de los bondadosos ojos del sol.

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Este es el consejo esencial de la mariposa: si quieres ser plenamente libre debes resguardarte un tiempo dentro de ti mismo. Las alas nacen después de un voluntario y silencioso encierro.

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La mariposa liba el néctar de las flores. Su búsqueda de miel entre variados y coloridos jardines le contagia su amor por el arco iris.

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Toda mariposa es, si se piensa bien, un símbolo de resurrección. A veces una enfermedad o una experiencia profundamente dolorosa son la crisálida para lograr renacer. Hay que pasar por esas sepulturas momentáneas para adquirir otra consistencia renovada.

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Los coleccionistas de mariposas dejan entrever una paradoja: cuando el hombre quiere retener la belleza, solo puede atraparla matándola con un alfiler.

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Mariposa: breve flor con alas divagando en pos de la eternidad.

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La mariposa conoce bien el secreto de una auténtica aventura: abandonarse al viaje siguiendo la corriente intempestiva de los vientos.

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Las mariposas son jardines móviles, flores iridiscentes con alas.

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Las mariposas aprendieron que la travesía de la vida no va en camino recto, sino en cortos desvíos con altibajos permanentes.

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La cesta de los entomólogos se parece al destino de los poetas: querer capturar la vida con rudimentarias palabras, y teniendo el suficiente tacto para no ir a estropear su frágil belleza.

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Algunas mariposas se ocultan poniendo varios ojos atrás de sus coloridas alas. La naturaleza da lecciones estupendas: si queremos conservar el esplendor de las experiencias más hermosas de la vida, siempre deberemos ocultarlas a los depredadores de lo íntimo y secreto.

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—Tus encantos, mi flor, me hacen perder las alas.

—Y los tuyos, mariposa, agotan la miel de mis entrañas.

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La lengua de las mariposas es larguísima. Esto es así porque los goces más exquisitos no están en la superficie, sino en el fondo de las cosas. La miel se esconde de los espíritus triviales.

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Las polillas son las suicidas del mundo de las mariposas. Pero son suicidas románticas: se matan abrazando aquello mismo que las seduce.

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Los niños persiguen las mariposas y las aves: desde la infancia el hombre anda en pos de lo que se le escapa. Nacimos con brazos muy cortos para atrapar la eternidad.

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Muchas mariposas poseen la facultad de mimetizarse. Es comprensible: siempre hay salvajes que no aprecian la vida con la placentera lentitud de los ojos, sino con las urgencias del estómago.

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Si el gusano supiera que será mariposa, aceptaría gustoso su arrastrada condición. Así sucede con los espíritus ansiosos e impulsivos que, por su impaciencia, no permiten que las alas renazcan, poco a poco, de las espinas.

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Las mariposas debieron originarse en los sueños del día de descanso del bíblico creador. Sólo así puede entenderse que lo leve y lo frágil cobraran vida con tan variado color. Las mariposas son el invento móvil de la suprema quietud.

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Las mariposas, observadas por las aves de alto vuelo, son como niños torpes aprendiendo a caminar.

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Las alas abiertas de las mariposas se asemejan a las hojas de un libro abierto. Unas se abren para viajar en el aire; otras, para dejar volar la imaginación.

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Los que coleccionan mariposas son, en realidad, guardianes de los misterios de la finitud. Hay colores que son inmunes a la corrupción del tiempo.

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Afirman unos, cuentan otros, que las mariposas hacían parte del jardín privado de Dios. Pero que por su soberbia, nacida de su excepcional belleza, fueron lanzadas desde el cielo a la humilde tierra. Y que por eso las vemos revoloteando en los jardines, como si recordaran o sintieran nostalgia de su antigua patria celeste.

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Las mariposas cuando vuelan hacen como si aplaudieran con sus alas. La razón es comprensible: cada nuevo segundo es para ellas un evento de celebración en su corta existencia.

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En la cultura japonesa, dos mariposas revoloteando, una alrededor de la otra, significan la felicidad conyugal. La lección, como todo simbolismo es indirecta: la plenitud del amor de pareja está en no dejar de danzar alrededor del otro ser, pero manteniendo la suficiente levedad para no entorpecer su propio vuelo.

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Las pasiones en los seres humanos están gobernadas por el “efecto mariposa”. Un gesto extemporáneo, una palabra mal empleada, un olvido casual, un silencio inoportuno, traen consigo eventos impredecibles. Las cosas más banales, los “ínfimos detalles”, pueden desencadenar consecuencias descomunales.

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“Almas volantes” llamaban los antiguos a las mariposas. Razón tenían: no sólo porque el hálito de la vida es alado, sino porque la esencia del espíritu pertenece al viento.

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Dante sabía que los seres humanos somos larvas destinadas a transformarnos en mariposas. De allí que en la geografía escatológica cristiana sea indispensable pasar un tiempo encerrado en una isla. Todo purgatorio tiene forma de crisálida.

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La oruga de la mariposa enfrenta su final con estoicismo: colgada de un gancho comienza a fabricar con hilos de seda su sudario hasta quedar convertida en una rígida momia. Así suspendida, disfruta en silencio el sueño de otra vida regida por el vaivén del viento.

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Es sabida la relación simbiótica entre las mariposas y las hormigas. Esa alianza tiene una razón de fondo: la belleza siempre ha necesitado del apoyo del trabajo continuo.

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Quien anhela alcanzar la belleza de la mariposa contenida en sus alas, descubre al tocarla que es polvo nada más. Igual pasa con las bellas ilusiones que, así de pronto, se deshacen incoloras entre nuestras manos.

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¿Qué es una mariposa? Una paleta microscópica de colores con que la luz pinta sus deslumbrantes y llamativos lienzos.

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