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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2014

El año nuevo: fiesta de balance y renovación

31 miércoles Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Fechas especiales, Fiesta de año nuevo, Música y existencia

En las fiestas de fin de año se combinan dos fuerzas igualmente significativas: una de carácter retrospectivo, centrada en los balances; y otra, prospectiva, puesta más en el cambio y la renovación. Tanto una como otra son dignas de celebración y las dos han sido cantadas y exaltadas por los grupos de música bailable. Apenas como un ejemplo bastaría recordar un tema musical de la Billo’s Caracas Boys de Venezuela, la orquesta de Luis María Frómeta: “Año nuevo, vida nueva”.

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La primera fuerza, decía, hace énfasis en poner en la balanza las cosas hechas o dejadas de hacer. Las fiestas de año nuevo invitan a poner nuestra vida en tono de rememoración, y a ver qué tanto de lo experimentado tuvo trascendencia o cuántas de las peripecias tenidas fueron apenas fárrago existencial. Este balance, muy de “ajuste de cuentas” con nosotros mismos, puede hacer renacer algunas heridas –en especial cuando hubo pérdidas de seres queridos– o reavivar las alegrías de algún proyecto conquistado y del cual nos sentimos orgullosos. Pero de todo ese pasado, las fiestas de fin de año celebran lo inolvidable, esas cosas o circunstancias que por ser tan positivas ya son parte nuestra. Eso es, precisamente, lo que la voz de Tony Camargo inmortalizó: “Yo no olvido el año viejo”, una canción del colombiano Crescencio Salcedo.

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El otro movimiento, quizá el de mayor potencia, es el de convertir esta fecha en motivo para la renovación. Las fiestas de fin de año son un tiempo mágico para los augurios, los parabienes, para todo tipo de deseos y manifestaciones de prosperidad. Más allá de los errores cometidos o de un revés en la fortuna, en esta fecha se hacen votos por lo mejorable, por lo que seguramente alcanzará un mejor bienestar o una situación llena de felicidad. Nada de lo malo puede seguir igual; lo que se avecina son los buenos tiempos, el futuro abre sus brazos como un dios bondadoso. Y si se pinta o se hacen mejoras de nuevo en la casa, si nos sentimos animados a proponernos cumplir una meta postergada o si se cambia alguna práctica en nuestra forma de vivir es porque el año nuevo genera en nuestro espíritu un giro hacia la renovación, hacia el cambio. Las fiestas de año nuevo imantan el corazón de optimismo y esperanza. Además, lo maravilloso de esta fuerza renovadora es que no se predica únicamente para nosotros sino que desea hacerse extensiva a  familiares, amigos y a todos nuestros congéneres. Como ilustración de esta segunda fuerza de las fiestas de fin de año vale la pena escuchar “Tres deseos”, una composición de Kike Santander, interpretada por la cubana estadounidense Gloria Estefan.

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Esa doble confluencia de fuerzas es el objeto de celebración de las fiestas de fin de año. Así que, asumiendo la mirada de Jano –el dios bifronte de los antiguos romanos– en este día hacemos un doble brindis. Por el pasado, para agradecer los éxitos o quemar la desventura, y hacia el porvenir para convocar el bienestar o la buena fortuna. Un gesto de despedida y otro de bienvenida se conjugan al estrechar los brazos o al levantar las copas. Hacia el final de la noche del treinta y uno de diciembre las añoranzas se aúnan con las renovadas ilusiones, y antiguas melodías recobran su sentido y dan más colorido a la fiesta. Entonces, mientras suenan las doce campanadas, escuchemos un tema clásico de Guillermo Buitrago: “La víspera de año nuevo”.

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Un nuevo libro, en época de navidad

28 domingo Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario, LECTURA

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Autobiografía, Proceso de escribir un libro, Sobre el poema y la poesía

A pesar de haber publicado varios libros, el tener una nueva obra entre las manos sigue produciéndome una alegría extraordinaria. La emoción corresponde a una variedad de cosas: desde el hecho de ver realizado en físico lo que apenas era un proyecto en el diseño, en los tanteos de color, en la elección del papel, hasta la satisfacción de cumplirle a mi padre la promesa de publicar una obra cada año. Tal júbilo trae consigo, por lo demás, el afán porque el texto llegue cuanto a los lectores, para que sean ellos los que cierren un proceso empezado en los inicios del 2011.  

Repasando mi diario noto que el primer ensayo del reciente libro La palabra inesperada lo escribí el 7 de enero. Lo titulé “La mirada desnuda de la poesía”; el segundo texto está fechado dos días después: “El poeta aviva la luz de las cosas”. Los otros ensayos se produjeron con intervalos de uno o dos días, en una época en la que venía preparando otro libro publicado en el 2012, Vivir de poesía, y en la que concluía y entregaba a Editorial Kimpres mi antología poética Ese vuelo de palabras. El orden de los diferentes textos en el libro de este año no corresponde a la secuencia en que se escribieron. El último de los ensayos, “Las palabras que jamás asoman” lo consigné el 31 de enero del 2011, un “épodo” de José Gorostiza servía de epígrafe; el de “Cuando ya no tengamos al poeta” lo elaboré el 25 de ese mismo mes. Me parece oportuno transcribir acá lo que escribí en el diario al cerrar ese proceso: “he leído, como en los años en que estudiaba literatura, muchísima poesía. He revisado libros y he entrado en relación con otros autores que no había estudiado en profundidad. La biblioteca dedicada a la poesía es ahora insuficiente: me ha tocado abrir espacio en algunos estantes de las bibliotecas de otras habitaciones. He comprado varias antologías y he investigado apasionadamente las poéticas de variados escritores de poesía… Todo esto lo ha provocado mi nuevo libro Vivir de poesía. Y aunque mi primera intención era empezar a escribir los textos que acompañarían a cada uno de los cincuenta poemas que ya he seleccionado, lo cierto es que emergió este nuevo proyecto como si fuera una antesala, un escenario reflexivo sobre el hecho poético”.

Así que el nuevo libro ha tenido más de tres años de maduración. El diseño preliminar lo hice en Page Maker el 17 de junio de 2012. Después, el 5 de enero de 2013 convertí el documento a Adobe InDesign, y en ese mismo año las manos de Nancy Cortés contribuyeron  a que el libro adquiriera la fisonomía interna que ahora tiene. Lo más demorado no fue la corrección de estilo que me remitió desde Argentina mi querida amiga María Angélica Ospina sino elaborar el índice temático, ahí la colaboración amorosa y diligente de mi Margarita fue definitiva. Compramos un folder de argolla, le colocamos hojas rayadas, conseguimos separadores alfabéticos, y empezamos la tarea. Yo iba mirando cuáles términos podrían crear una constelación de lectura y acceso a la obra. Esa fue una labor lenta pero entretenida. Margarita hacía las veces de amanuense dedicada. Este índice fue revisado en varias oportunidades, debido a que por un cambio en el diseño que afectó la paginación, los números de referencia ya no correspondían al de las páginas. Muchos términos al final los eliminé porque no cumplían la condición de obtener por lo menos dos citaciones en la totalidad de la obra. El otro aspecto demorado fue el diseño de la portada. Ya había decidido desde el comienzo que iba a ser en rojo, pero el cabezote gráfico ideado por mí sufrió modificaciones. Paola Rivera, la diseñadora de la Universidad de La Salle, me dio la idea de mirar en internet texturas en un portal específico y allí encontré una que sugería, en su lenguaje abstracto, mis aproximaciones al poema y la poesía. Con todo esto volví a revisar el libro hacia finales de noviembre de este año. Pedí la ayuda a Estercita Guzmán, la heredera de la experiencia de editorial de Kimpres, para que lograra en un corto tiempo imprimirme el texto. Ella misma me sugirió el tipo de papel: blanco bond bahía. Ese fue el toque definitivo para hacer que el rojo y el gris interno adquieran un mejor contraste.

Se trata de un libro sobre la poesía, sobre esa fuerza íntima a la que está asociado todo proceso creativo; a esa dimensión rítmica de la cual participan también la voz y la música. La poesía, que tiene mucho que ver con nuestra dimensión sensible y con nuestras facultades imaginativas; la poesía, que nació en el canto y que continúa siendo el medio ideal para expresar las heridas y el gozo profundo de los corazones humanos.  Pero también es un libro sobre sobre el ser y significado de ese pequeño organismo concentrado de palabras, el poema. Sobre esa criatura hecha de signos que intenta de alguna forma apresar a la poesía. El poema que es testimonio de una lucha con la sinuosidad comunicativa de los términos y, al mismo tiempo, es el esfuerzo de los seres históricos por atrapar el instante. El poema: forma madura de la palabra escrita; trabajo artesanal para desbastar las palabras de su cansancio o su rutinaria manera de andar de boca en boca. El poema, que ha servido y sigue sirviendo para entender mejor el misterio de la vida y las no siempre claras manifestaciones de la existencia humana. Sobre esos dos motivos convergen las páginas de La palabra inesperada.

Tal es lo evidente de la obra. Pero lo que también palpita en el subsuelo del libro es mi aspiración, desde los años de estudiante de literatura en la Universidad Javeriana, de escribir un texto reflexivo sobre la poesía. A Rodolfo y Germán, en las charlas interminables sostenidas en “El Griego”, sazonadas con la risa estridente de Natalia Romero y la sonrisa meditativa de Andrés Díaz, acalorados por el aguardiente y los poemas de Cernuda –leídos siempre en voz alta– y por la descarnada lírica de César Vallejo, les compartía a esos amigos mi intención de algún día parodiar el libro que en aquella época era nuestro consejero mayor: El arco y la lira del mexicano Octavio Paz. Y ese propósito era reiterado horas más tarde en otras mesas de bohemia, en “Arte y cerveza”, y en las caminatas por las calles de una Bogotá nocturna y en los desayunaderos, especialmente el de la calle 42 con Caracas, y proseguía rondándome cuando a altas horas de la madrugada me dedicaba con absoluta devoción a la escritura de mis ensayos que tenían como palestra ese otro sueño común llamado “Trocadero”. Una revista hecha en honor a otro poeta tutelar de aquellos tiempos, el maestro cubano José Lezama Lima. Como puede colegirse, esta obra es la cosecha de varias décadas de asidua lectura de poemas ajenos y, por supuesto, de otras tantas cultivando mi propia parcela de los versos. O para decirlo sin aspavientos, en este libro está la síntesis o el añejamiento de mis ideas sobre el poema y la poesía rumiadas en mi mente por casi 30 años.

Considero que esa aspiración se vio reforzada por mi trabajo posterior en la formación de maestros. Me di cuenta en las muchas charlas sobre didáctica de la literatura que impartía la falta de un texto, escrito de manera cercana, para que los educadores pudieran con sus alumnos incursionar en el ámbito de la poesía. La bibliografía circulante en el mercado era escasa o consistía en obras impregnadas fuertemente de aplicación lingüística o textos con un tufo historicista que ocultaba las características y posibilidades de esta forma de escritura.  Así que, el profesor de literatura cuando llegaba al tópico de la poesía en su aula o bien pasaba rápido por ese punto del programa o se contentaba con impartir cierto impresionismo sin sustancia estética. Faltaba un libro que sirviera de mediación o que ofreciera algunas pistas para acercarse de mejor manera a estos pequeños artefactos expresivos. Mis posteriores investigaciones sobre este problema corroboraron aquellas primeras intuiciones. Por eso confío que La palabra inesperada, además de ser un libro interesante y gustoso en su lectura para todo tipo de lectores, sirva de igual manera a todos los neófitos estudiosos de la poesía. Creo que allí están consignados mis propios descubrimientos sobre la lírica y hay un repertorio de aspectos enfocados en la tipología textual del poema a partir de la cual los docentes de literatura podrían desarrollar o enriquecer sus clases.

Pero volvamos al libro. Espero que la lectura de La palabra inesperada sea semejante a la que me compartió María Angélica Ospina, mi correctora de cabecera. Ella me envió, el 3 de agosto de 2013, junto con las revisiones del libro un correo por internet que decía: “Hola Fernando. Antes que nada quería elogiarte este lindo texto, que parece fruto de un profundo proceso de transformación personal y expresiva. Formalmente, manejas elegantemente el estilo corto, lo cual hace muy fluido y agradable el escrito. Pero me parece aun más importante que el libro se eleva a niveles realmente poéticos, no sólo por tratar de poesía, sino porque creo que buena parte de la obra es un extenso poema con apariencia de prosa muy sencilla. Pienso que el texto es verdaderamente valioso. Aporta de manera fácil una notable cantidad de elementos y reflexiones para entender la poesía y la tarea poética para legos y expertos”. Eso es lo que anhelo: que mi libro contribuya a apreciar más y mejor la poesía. Sirva, entonces, el testimonio fraterno de esa primera lectora como un gesto premonitorio o un buen augurio para el futuro de este nuevo libro.

Noveno día de novena navideña: la tradición

24 miércoles Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Concluyamos este día de la novena de navidad reflexionando sobre el papel de las tradiciones. Hablemos de este tiempo en el que, como si fuera una resonancia mágica, vuelven otra vez ritos, comidas, costumbres, actividades destinadas a una época específica. Y de cara al pesebre o al árbol de navidad, compartiendo una cena o abriendo unos regalos, levantando una copa de vino o ansiosos por empezar el baile, redescubramos la fuerza social de las tradiciones.

Una primera evidencia de la tradición es su poder aglutinador. Las tradiciones son bisagras para el vínculo social. La tradición, a la par que es un tiempo para evocar, también es una época de convocación. Las tradiciones celebran y conmemoran a la vez. Los pueblos necesitan mirar hacia atrás para descubrir sus orígenes o sus hitos fundacionales; es como si el pasado necesitara ser reconocido para darle continuidad al presente. Este acto de retorno y vuelta, en el que la mayoría de los habitantes de un clan o los miembros de una familia se reconocen, es tan importante que amerita celebrarse. Las festividades son el clamor de las tradiciones, son el canto y exaltación de sus raíces. Pero no es una contemplación nostálgica, sino un genuino acto de renovación. Las tradiciones actualizan el pasado, hacen que nos sintamos parte de una historia, nos hacen deudores de un linaje, un credo, un legado simbólico.

La tradición, de igual modo, es una forma de enaltecer o rememorar a los que nos precedieron. Son gestos de agradecimiento. Las tradiciones desean conservar, no dejar perder el caudal de experiencia o los réditos de una cultura. Cuando así nos comportamos es porque queremos exaltar a los mayores, porque consideramos que la vida misma o la historia no empiezan soberbiamente con nosotros. Hay otros que nos precedieron y a ellos les debemos buena parte de lo que somos. Las tradiciones, entonces, son el homenaje a esas figuras o emblemas instauradores. Por eso, reavivar las tradiciones es convertirnos en guardianes de determinadas efemérides, es negarnos a convertir el pasado en olvido, es seguir llevando flores al panteón de nuestros progenitores.

Otro aspecto de las tradiciones, relacionado con el campo ideológico y religioso, es que ellas están ligadas hondamente a la zona sagrada de nuestras creencias. Hay un elemento sensible que baña cada rito o cada frase de la tradición. No es un asunto meramente racional; las tradiciones movilizan el flanco emocional y sentimental de nuestras conductas. Se pone demasiado corazón cuando se entra en el tiempo de las tradiciones. Eso explica, en gran parte, la exaltación, el fervor, las ofrendas, la corriente imantada de las expresiones masivas. Las tradiciones forman parte de nuestros lazos afectivos con el pasado, son el lado visceral de las creencias.

Por supuesto, estas épocas recientes del frenesí por la moda, del consumo rápido y de las mercancías desechables, parecieran desconocer lo que las tradiciones movilizan. Por eso es valioso explicarles a las nuevas generaciones –con nuestro testimonio– lo que se pone en juego cuando se arma un pesebre o se decora un árbol de navidad; vale la pena dialogar con los más jóvenes sobre el sentido de una novena de aguinaldos o la comunicación profunda de un regalo. No hay que permitir que las tradiciones caigan en el terreno inerte del consumismo. Si banalizamos estos rituales quedaremos huérfanos de pasado y, en esa medida, seremos un grupo social muy frágil para entrever el porvenir.

Octavo día de novena navideña: la esperanza

23 martes Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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"La esperanza" del pintor inglés George Frederick Watts.

«La esperanza» del pintor inglés George Frederick Watts.

De las bondades de estas fiestas navideñas la más valiosa es, sin lugar a dudas, la esperanza. Nuestro espíritu recupera su capacidad de renovación, su inquebrantable condición de sobreponerse a las dificultades. Todo nuestro ser toma nuevos bríos; y en cada uno de nuestros actos se percibe un aliento remozado. La esperanza trae consigo la confianza y una certidumbre especial en las posibilidades infinitas de la vida. La alegría de la navidad aleja las desilusiones y diluye la desconfianza.

Son muchas las manifestaciones de la esperanza que abundan en estos días. En principio, están los saludos, las dedicatorias en los regalos, los mensajes electrónicos, las consignas de cierre de labores en las empresas. Cada persona desea a los demás, felicidad y prosperidad; la insistencia es  para que todo vaya mejor: la salud, los negocios, las relaciones, el devenir de la existencia. Por decirlo de otra forma, la esperanza es el papel moneda usado en la época decembrina. Es como si al hacerlo se creara una fuerza premonitoria hacia lo positivo, una energía en la que lo factible se muestra cercano para su logro o realización.

Una segunda característica de la esperanza, típica de nuestra humanidad, es la de mantener imperecederos nuestros sueños, nuestras ilusiones más preciadas. Quien se esperanza no deja morir sus utopías, mantiene viva la fe en determinados anhelos. Las personas esperanzadas, por lo mismo, son más luchadoras, menos proclives al derrotismo y la inacción quejumbrosa. Los esperanzados pertenecen al bando de los emprendedores, de los que tienen en su corazón y en su mente una falencia por superar, una meta para conquistar, un proyecto que los insta a mirar el porvenir con ánimo y convicción a toda prueba. Los seres esperanzados tienen dentro de sí el fuego inextinguible de la motivación.   

La esperanza subraya, además, el aspecto mejorable de las situaciones por las que pasamos o de las actuaciones que realizamos. Los que están enfermos se esperanzan en su mejoría; los que han sufrido un revés de la fortuna se esperanzan en que dicha fatalidad se repare con el tiempo; los que han cometido un error o provocado una falta esperan repararla o resarcirla. En esta perspectiva, la esperanza es un remedio efectivo contra la predestinación o los determinismos paralizantes. No hay cosas ya fijadas de antemano, parece decirnos la esperanza. Los seres humanos contamos con libertad y podemos hacer que la porfía de nuestra voluntad se imponga a las condiciones más aciagas y desfavorables.

Y cuando estamos esperanzados siempre encontraremos aliados para nuestros sueños, siempre hallaremos cómplices para esos proyectos extraordinarios. Si es la esperanza nuestro santo y seña muchos serán los amigos que hallemos en el transcurrir de nuestra vida. A veces, la presencia y fuerza de los vientos favorables depende de qué tanto velamen posee el barco de nuestra esperanza. Los auxilios, los mecenazgos, los apoyos incondicionales, dependen –en gran medida– de la envergadura de nuestra esperanza. Si es vigorosa, si tiene rápida capacidad de reposición, si no claudica en su búsqueda de horizontes, seguramente seremos depositarios de las manifestaciones de la gratuidad y habrá en el cielo una estrella refulgente que ilumine nuestro camino. 

Cerremos estas consideraciones  afirmando que la navidad rubrica la virtud de la esperanza. No pasemos por alto las señales de este beneficio. Dejemos que la favorabilidad habite en nuestro interior, y roguemos para que ese estado de ánimo se mantenga incandescente durante mucho tiempo. 

Séptimo día de novena navideña: la mesura

22 lunes Dic 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Mal haríamos en estas fiestas si nos entregáramos desaforadamente al despilfarro enloquecido. Necesitamos de cierta mesura para disfrutar sin entrar en la disipación y del buen juicio para no estar en el futuro ahogados por las deudas y la angustia de no saber cómo pagarlas. Dediquemos, entonces, algunos minutos a reflexionar sobre el sentido de la mesura y sus beneficios.

Sabemos que las fiestas son un tiempo propicio para el derroche y la sobreabundancia. Quién no se anima a llenar su mesa de manjares en tiempo de navidad; quién no siente que puede darse unas merecidas vacaciones; quién no ve posible adquirir determinado objeto o regalarlo a sus seres más queridos. Eso acontece especialmente en navidad. Sin embargo, podemos mantener y participar de ese espíritu festivo sin enloquecernos, sin gastar lo que no tenemos, siendo cautos a la hora de firmar un crédito o disponer de nuestras reservas económicas. Ese tacto propio de la mesura a la hora de asumir débitos es el que debería orientar nuestro proceder en estos días.  

No podemos caer en las trampas de lo innecesario; debemos ser realistas de cara a los espejismos del “lleve ahora y pague después”. Es definitivo que aprendamos a descubrir los miles de trucos con que cuenta hoy la sociedad de consumo. Hay infinidad de bienes, que si los analizamos concienzudamente, no necesitamos; y hay mercancías que acechan al incauto como la serpiente ponzoñosa al desprevenido transeúnte. Si somos sensatos al momento de elegir un regalo, si tenemos la cautela necesaria para buscar precios más razonables, si tenemos templanza al impulso irrazonable de “comprar por comprar”, seguramente seremos menos dilapidadores y enseñaremos a nuestros hijos a no malbaratar lo que nos ha costado tanto.

Quizá esta falta de mesura radique en el deseo de aparentar. A veces no aceptamos nuestras condiciones económicas o simulamos tener un nivel de vida muy lejano al que podemos acceder. Eso crea una profunda fisura en nuestro psiquismo. Es probable que el exceso de frivolidad, al que nos tiene acostumbrado la cultura farandulera, haya contribuido también al disimulo y al fingimiento. Habitamos en lugares que sobrepasan nuestras posibilidades, nos hacemos a bienes inalcanzables para al rango de ingresos que tenemos, llevamos un estilo de vida muy lejano al que nos corresponde. Nos hace falta mesura para aceptar sin vergüenza nuestra condición social.

Pero, además, la mesura está relacionada con la moderación en otros campos. Se puede estar feliz y en un ambiente caluroso de fraternidad con familiares y amigos sin necesidad de exagerar en el insumo de licor; para conquistar la suprema alegría no hay que emborracharse hasta la dejación. Podemos ser moderados también en las comidas para evitar una merma en nuestra salud o acelerar dolencias sobre las cuales no podemos abandonar el propio cuidado. No se piense, por ello, que deberíamos comportarnos como abstemios o espíritus frugales, eso sería desconocer el ambiente propio de las festividades decembrinas. Lo que digo es que la mesura debería resguardarnos cuando los excesos toquen a nuestra puerta.  

Me gusta pensar que la mesura debería ser una de  las virtudes que podemos legar a las nuevas generaciones. Tener mesura para no exagerar y ser sencillos; adquirir mesura para saber comportarse y no llegar a la disipación; actuar mesuradamente para, si es el caso en tiempos adversos, ser austeros sin terminar en la depresión o la desesperanza. En muchos aspectos la virtud de la mesura se asemeja a la sensatez y, en otros tantos, es una manifestación de la prudencia al momento de enfrentar los límites.

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