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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Diálogos

Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro

29 jueves Ene 2026

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Diálogos

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Comentario de poemas, Vicente Huidobro

Ilustración de Marcelo Escobar.

Alexander: En las pasadas vacaciones de fin de año volví a leer Altazor de Vicente Huidobro.

Diana María: Sí, yo conocí esa obra cuando estudiaba literatura. Altazor o el viaje en paracaídas.

Alexander: Es un poema extenso en siete cantos… Con esta obra Huidobro le dio a la poesía latinoamericana nuevas fuerzas y posibilidades creativas.

Diana María: Este poeta chileno escribió otras obras tanto en prosa como en verso… Me acuerdo ahora de Las pagodas ocultas, El espejo del agua, Poemas árticos,

Alexander: El ciudadano del olvido, Poemas giratorios, Temblor de cielo…

Diana María: Pero su obra cumbre, sin lugar a dudas, es Altazor.

Alexander: Mira, aquí tengo el ejemplar que terminé de leer. ¿Quieres que te recuerde algunos apartados:

Diana María: Vamos a retroceder en el tiempo… Te escucho:

Alexander:

“Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?

¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa

con la espada en la mano?

¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como

el adorno de un dios?

¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser?

Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir

¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce de todos

los vientos del dolor?

Se rompió el diamante de tus sueños en un mar de estupor

Estás perdido Altazor

Solo en medio del universo

Solo como una nota que florece en las alturas del vacío

No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza

¿En dónde estás Altazor?

Diana María: Para mí Altazor es el periplo de una caída…

Alexander: Sí, así es:

“Eres tú tú el ángel caído

La caída eterna sobre la muerte

La caída sin fin de muerte en muerte

Embruja el universo con tu voz

Aférrate a tu voz embrujador del mundo

Cantando como un ciego perdido en la eternidad”.

Diana María: Haciendo memoria, me parece que Altazor es un poema difícil. Un poema que es, según los críticos literarios, una rebelión de la palabra. La misma construcción del poema se asemeja a un Génesis invertido, una creación a partir de otra creación fallida.

Alexander: Sí, para el lector, es un camino complejo, porque el poema nos habla de la caída, de la encarnación del espíritu o el conocimiento.

Diana María: Altazor, y espero no equivocarme, fue escrito cuando el poeta tenía 33 años.

Alexander: Pero duró escribiéndolo como doce años, haciéndole cambios y transformaciones. Cambios que también eran los propios del autor…

Diana María: Desde el día que lo leía por primera vez me impactó el inicio del poema: “Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor”.

Alexander: Además de esa entrada, a mí me sorprendió la conclusión del poema, una serie de sonidos que bien pudieran ser el balbuceo de un niño, el gruñido de una bestia o las palabras con las que hablaban primigeniamente los dioses:

“Ululayu

ulayu

ayu yu

Lunatando

Sensorida e infimento

Ululayo ululamento

Plegasuena

Cantasorio ululaciente

Oraneva yu yu yo

Tempovío

Infilero e infenauta zurrosía

Jaurinario ururayú

Montañendo oraranía

Arorasía ululacente

Semperiva

Ivarisa tarirá

Campanudio lalalí

Auriciento auronida

Lalalí

Io ia

Iiio

Ai a i ai a i i i i i o ia”

Diana María: Es la palabra aunada a la música… el ritmo original de la vida.

Alexander: Altazor, según lo expresó Huidobro, es el recorrido que va del cenit al nadir, del vientre de la madre o del borde de la estrella a la muerte o a la tierra. El poeta decía que esta caída es el miserable destino del hombre; que la vida está enjaulada por ese destino y que, este viaje en paracaídas rueda entre rocas de sueño y nubes de muerte:

“¿No ves que vas cayendo ya?

Limpia tu cabeza de prejuicio y moral

Y si queriendo alzarte nada has alcanzado

Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo de la sombra

Sin miedo al enigma de ti mismo

Acaso encuentres una luz sin noche

Perdida en las grietas de los precipicios”.

Diana María: En un trabajo que presenté en aquella época sobre esa obra yo decía que la caída de Altazor era una lucha entre estar amarrado a la puerta o abrirla definitivamente, y que se iba dando por estratos. El poeta cae por escalones fantásticos. En el primero de ellos se encuentra al creador quien le dice que los hombres han pervertido la lengua: la bella nadadora. Luego, sigue cayendo y se enreda en una estrella apagada y es desde allí que habla de la poesía y del poema: enuncia su Génesis.

Alexander: Así lo expresa Huidobro en el Prefacio de la obra:

“Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.

Un poema es una cosa que será.

Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.

Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.

Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento”.

Diana María: Más adelante el aeronauta se encuentra con la virgen, la virgen que habla una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes. Ella le promete al poeta enseñarle proezas aéreas a cambio de su amor; sin embargo, cuando el poeta duerme y recita sus versos, seca con sus palabras los cabellos de la virgen, quedándose solo, huérfano. Es, entonces, cuando Altazor aparece.

Alexander: Aquí tengo esa aparición: “Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.

De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.

Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta”.

Diana María: En mi trabajo, precisamente, insistí en eso: en la profecía, que es uno de los aspectos fundamentales de Altazor. La profecía o el imperio de la palabra. Profecía dada desde la magia, la poesía o el sueño; todas ellas son, como diría Huidobro, las llaves que abren con un suspiro la puerta que ha cerrado el huracán. Poesía, sueño, magia: líneas de evasión que intentan salvar al hombre de la caída inevitable. Aunque no sé si lo salvan en verdad. ¿Cómo salvar al hombre de la caída si está cayendo? Me parece que el final de Altazor deja un lugar para el miedo, el silencio, el vértigo; un lugar para el dolor, aquel secreto tenebroso que olvidó sonreír.

Alexander: Leyendo con cuidado y glosando el poema, noto que desde el prefacio de Altazor hasta el canto VII, Huidobro repite un movimiento de caída, de viaje hacia abajo, hacia la muerte. Y lo hace en dos instancias: el hombre y la palabra. El primero va desde el dolor de ser isla, orquesta trágica, hasta la desmesura enferma o el ángel caído. El hombre se mueve entre la piel y el sentimiento, o entre la nostalgia de ser barro y Dios, al mismo tiempo. La otra instancia se desarrolla con la misma intensidad, pero en el terreno de la palabra, del lenguaje: desde el precepto trágico o el símil gastado hasta el nuevo lenguaje. Se trata de la palabra profética en donde ya no hay trampas o simulación porque se habla desde la herida. Tanto en una como en otra instancia, Huidobro anhela romper dichos espacios, quiere salir de ese destino. Por un lado, usando una “lengua mojada en mares no nacidos”; por otro, atando sus pies a la estrella propia.

Diana María: Noto que tu perspicaz lectura se emparenta con algo que yo también averigüé en ese trabajo para el profesor Figueroa: Huidobro considera que el hombre es un animal fraterno desnudo de nombre que está junto al abrevadero de sus límites. El hombre está mordido por la eternidad; la serpiente se llama: ansia de infinito. De igual manera, la palabra o el verso vive su tragedia al no poder salir de las sienes, al estar también entre los barrotes de la temporalidad. ¿Qué queda, entonces? Quizá renegar, maldecir, pedir cuentas: ¿por qué, ¿para qué? De pronto, porque al hombre sólo le ha quedado la posibilidad de la pregunta.

Alexander: Cómo hay de preguntas en Altazor.

“Ángel expatriado de la cordura

¿Por qué hablas? ¿Quién te pide que hables?

Revienta pesimista mas revienta en silencio

Cómo se reirán los hombres de aquí a mil años

Hombre perro que aúllas a tu propia noche

Delincuente de tu alma

El hombre de mañana se burlará de ti

Y de tus gritos petrificados goteando estalactitas

¿Quién eres tú habitante de este diminuto cadáver estelar?

¿Qué son tus náuseas de infinito y tu ambición de eternidad?

Átomo desterrado de sí mismo con puertas y ventanas de luto

¿De dónde vienes? ¿a dónde vas?”

Diana María: Pienso que las posibilidades de Altazor son esas: cantar, maldecir, renegar. Esta ave de las alturas protesta y araña el infinito con las garras, y calla únicamente cuando la tierra va a dar a luz un árbol o cuando la mujer, la dadora de infinito, se presenta ante él y hace dudar al tiempo. La mujer, la vida, la profundidad de toda cosa, la otra voz que crea un imperio en el espacio. Sin embargo, Altazor advierte que tanto él como su amante enfermera están cosidos a la misma estrella.

Alexander: Por todo ello, en el Canto IV Huidobro advierte que hay que renovar las lenguas, hay que resucitar la poesía. No hay tiempo que perder, hay que cuidar el ojo, es precioso regalo del cerebro. ¡Hay que darse prisa, no hay tiempo que perder! Nos advierte Altazor. El buque tiene los días contados, como el hombre, como el poeta. No hay tiempo que perder; la muerte madura como los planetas, hay que aferrarse para ver más allá del más allá, porque ya viene la golondrina monotémpora, el acento antípoda de las lejanías que se acercan. No hay tiempo que perder, la eternidad quiere triunfar y se lanza cayendo en otro campo inexplorado, jugando fuera del tiempo, jugando como el molino de viento… Jugando con las posibilidades ilimitadas del lenguaje;

“Hurra molino moledor

Molino volador

Molino charlador

Molino cantador

Cuando el cielo trae de la mano una tempestad

Hurra molino girando en la memoria

Molino que hipnotiza las palomas viajeras.

(…)

Profetiza profetiza

molino de las constelaciones

mientras bailamos sobre el azar de la risa

ahora que la grúa que nos trae el día

volcó la noche fuera de la tierra”.

Diana María: No sé qué has investigado, pero siento que esta obra de Huidobro resulta inclasificable.  Me Parecen insuficientes categorías como creacionista, ultraísta, poesía concreta, vanguardista. Y ni qué decir del significado de Altazor. Yo me animé a concluir algo al cierre del trabajo que presenté. Allí dije que Altazor se mueve en dos tipos de caída: la caída como revelación y la caída como confusión. En el primer caso, el hombre cae en la cuenta de su ser finito, de su temporalidad. Mitos como los de Faetón, Ixión, Belerofonte, Adán, Lucifer o los ángeles, reflejan la epifanía de la mortalidad del hombre. La segunda caída es ésta: Altazor descubre que las fronteras del lenguaje son las fronteras de su mundo. La torre de Babel señala la finitud del lenguaje y la carga mortal de la palabra.

Alexander: Sí, por acá tengo subrayadas algunas líneas al respecto:

“Todo ha de alejarse en la muerte esconderse en la muerte

Yo tú el nosotros vosotros ellos

ayer hoy mañana”.

Diana María: Caer es conocer el tiempo fulminante. Para el bípedo vertical que somos todos, el sentido de la caída y de la gravedad acompañan todas nuestras primeras tentativas de movimiento, decía Gilbert Durand, en su hermoso libro las Estructuras antropológicas de lo imaginario. Se me quedó grabada de Durand esta frase: “El vértigo es una llamada brutal de nuestra humanidad y presenta condición terrestre”.

Alexander: Se nota, por lo que me compartiste, que Huidobro caló hondo en tu formación de literata.

Diana María: Huidobro y su máxima para todos aquellos que intentamos escribir: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”.

Alexander: Antes de despedirnos releamos juntos algo del Canto primero de Altazor. ¿Te parece?

Diana María: Con todo gusto… ¿Puede ser acá donde tienes el separador?

Alexander: Sí, ahí, precisamente:

“Soy todo el hombre

El hombre herido por quién sabe quién

Por una flecha perdida del caos

Humando terreno desmesurado

Sí desmesurado y lo proclamo sin miedo

Desmesurado porque no soy burgués ni raza fatigada

Soy bárbaro tal vez

Desmesurado enfermo

Bárbaro limpio de rutinas y caminos marcados

No acepto vuestras sillas de seguridades cómodas

Soy el ángel salvaje que cayó una mañana

En vuestras plantaciones de preceptos

Poeta

Antipoeta

Culto

Anticulto

Animal metafísico cargado de congojas

Animal espontáneo directo sangrando sus problemas

Solitario como una paradoja

Paradoja fatal

Flor de contradicciones bailando un fox-trot

Sobre el sepulcro de Dios

Sobre el bien y el mal

Soy un pecho que grita y un cerebro que sangra

Soy un temblor de tierra

Los sismógrafos señalan mi paso por el mundo”.

Leyendo poesía

22 miércoles Oct 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Diálogos

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Comentario de poemas, Didáctica de la lectura, Didáctica de la literatura, Lectura compartida

«Mujer leyendo a la luz de una vela» del danés Peter Vilhelm Ilsted.

Ricardo: Así que ahora te vas a volver poeta…o poetisa, mi querida Mónica.

Mónica: No, amigo mío. He vuelto a leer poesía porque, por azar, me encontré en internet un texto del Papa Francisco en el que habla de la importancia de la lectura de poesía para el cuidado del espíritu… Entonces, ando en la recuperación de unos libros que antes frecuentaba y que, no sé por qué razón, dejé de leer.

Ricardo: Las obligaciones, las obligaciones…

Mónica: Pero me reprocho el haber abandonado ese rito que tenía antes de dormirme.

Ricardo: ¿Cuál?

Mónica: Al lado de mi mesa siempre había un libro de poesía, como éste que ahora tengo entre mis manos, y dedicaba una media hora a disfrutar poemas que releía más de una vez.

Ricardo: ¿Con la televisión de fondo?

Mónica: No. Con la televisión apagada. Era una especie de diálogo interior, a partir de lo que me comunicaban los versos…

Ricardo: Bien interesante tu rito nocturno. ¿Y por qué no volviste a hacerlo?

Mónica: Para serte sincera, algo de cansancio o de pereza, o me dejé atrapar por los reality show que me ayudan a desestresarme.

Ricardo: ¿Y cómo se llama el libro que estas leyendo?

Mónica: Se titula: Poemas escogidos, de la poetisa cubana Dulce María Loynaz, un libro que me regalaron en mi pasado cumpleaños…

Ricardo: Ay, sí, qué pena… se me pasó llamarte.

Mónica: Lo raro hubiera sido que te acordaras de mi onomástico, pero como dicen por ahí, “los ingratos tienen mala memoria…”

Ricardo: Déjate sorprender, nunca es tarde para recibir un buen regalo…

Mónica: Mejor no me ilusiono…

Ricardo: ¿Y ya has leído algo que te guste de ese libro?

Mónica: Sí, ha sido una especie de descubrimiento, porque te he de confesar que no conocía nada de ella… Y como mi amiga Cristina –que sí tiene buena memoria– sabe que me gusta la poesía, se le ocurrió sorprenderme con este detalle.

Ricardo: La ironía no te luce… A ver, compárteme algo de lo que tengas subrayado.

Mónica: Me ha llegado al alma este poema titulado “Yo te fui desnudando…”

Ricardo: Soy sólo oídos:

Mónica:

“Yo te fui desnudando de ti mismo,

de los “tús” superpuestos que la vida

te había ceñido…

 

Te arranqué la corteza –entera y dura–

que se creía fruta, que tenía

la forma de fruta.

 

Y ante el asombro vago de mis ojos

surgiste con tus ojos aún velados

de tinieblas y asombros…

 

Surgiste de ti mismo, de tu misma

sombra fecunda –intacto y desgarrado

en alma viva…–”

Ricardo: A mí la poesía se me dificulta un poco comprenderla. Porque parece un poema de amor, de un amor fallido.

Mónica: Un amigo literato que tengo, me ha enseñado que para degustar la poesía hay que releerla, despacio, atendiendo la puntuación y la distribución de los versos… Mi amigo dice que, para comprender un poema, primero hay que “habitarlo”. Entonces te la voy a releer…

Ricardo: Pero yo ya entendí…

Mónica: Déjate sorprender, voy a releértelo…

Ricardo: Lo que a uno le toca hacer por sus amigas…

Mónica:

“Yo te fui desnudando de ti mismo,

de los “tús” superpuestos que la vida

te había ceñido…

 

Te arranqué la corteza –entera y dura–

que se creía fruta, que tenía

la forma de fruta.

 

Y ante el asombro vago de mis ojos

surgiste con tus ojos aún velados

de tinieblas y asombros…

 

Surgiste de ti mismo, de tu misma

sombra fecunda –intacto y desgarrado

en alma viva…–”

Ricardo: No entiendo bien lo de los “tús”…

Mónica: Yo comprendo que uno es muchos, y que responde a diferentes llamados, según con quien esté o viva. Para ti soy un “tú”, pero para mi jefe donde trabajo, soy otro “tú”.

Ricardo: Eso lo entiendo, ¿pero para qué denudarlo a uno de esos “tús”? ¿No lo pueden a uno aceptar tal y como es?

Mónica: Mira lo que dice aquí, en la primera estrofa:

“Yo te fui desnudando de ti mismo,

de los “tús” superpuestos que la vida

te había ceñido…”

Ricardo: Ah, esos “tús” que uno tiene son como superpuestos, como máscaras.

Mónica: Y lo “ciñen” a uno; no lo dejan ser en libertad.

Ricardo: O sea que encima de la cara uno tiene muchos “tús” que los demás, la sociedad, le va imponiendo.

Mónica: Eso parece decirnos la poetisa. Y por eso en la primera línea, si te das cuenta, lo que ella quiere es quitarle todos esos “tús”, para que quede como el verdadero yo de esa persona…

Ricardo: ¿Y todo eso lo puede sacar uno de esas tres líneas?

Mónica: Sí, señor. Aunque la haya dejado de lado por una época, la lectura frecuente de poesía lo lleva a uno a darle plasticidad a la mente y a descubrir cosas inadvertidas, a mirar el subsuelo de la realidad, a ver el mundo y las personas de otra manera.

Ricardo: Los únicos poemas que me acuerdo son los que aprendí en el colegio; me acuerdo el hijo de rana, rin rin renacuajo y simón el bobito y uno que recité para el día de la madre, cuando yo estaba bien chiquito, “La abeja”…

Mónica: “Miniatura del bosque soberano…

Ricardo: Y consentida del vergel y el viento

Mónica: Los campos cruza en busca del sustento…

Ricardo: Sin perder nunca el colmenar lejano…

Mónica: Yo también tuve que aprendérmela de memoria. Y en la semana cultural participé declamándola…

Ricardo: Ni que hubiéramos estudiado en el mismo colegio… Antes como que se le daba más importancia a la poesía en los planteles educativos, ahora parece que no tanto…

Mónica: A lo mejor se deba a que los mismos docentes han claudicado en ese empeño formativo de educar la sensibilidad y enseñar a apreciar la filigrana del mundo y de la vida.

Ricardo: Bueno, pero quedamos en que uno carga muchos “tús”, todos ellos superpuestos, como las capas de una cebolla.

Mónica: Sí, sí… Y lo que ella dice en esa primera estrofa es que desea “desnudar” a esa persona de todos los “tús” que lo constriñen.

Ricardo: Y luego, ¿qué pasa?

Mónica: Deja lo leo otra vez en voz alta. Mi amigo, el literato, insiste en que la poesía hay que leerla en voz alta, entonada y degustando cada palabra.

Ricardo: Aclara, entonces, la garganta y saborea esos versos.

Mónica:

“Te arranqué la corteza –entera y dura–

que se creía fruta, que tenía

la forma de fruta”.

Ricardo: Ahora sí capté mejor el asunto: como uno tiene muchos “tús” superpuestos, lo que ella dice es que le “arrancó” el primero de ellos, el que se parece a la corteza de los árboles… Y que, a pesar de ser muy “dura”, se la arrancó todita… No entiendo bien lo de la fruta…

Mónica: Me parece que alude a las frutas aparentes que ofrecemos de nosotros mismos, pero que en verdad son cáscaras, que no son frutos tiernos, sino duras cortezas….

Ricardo: Ay, sí, y por eso dice que tenía “forma de fruta”, pero no era fruta…

Mónica: O sea que la desnudez que ella expresa va de afuera hacia adentro…

Ricardo: Ahora que lo pienso, a veces uno se desnuda con alguien, pero la relación es muy superficial, de pura cáscara… Frotación de cortezas…

Mónica: Jaja, ingeniosa manera de entender lo que la poetisa nos dice en el poema.

Ricardo: Pues si a uno le explican, uno entiende mejor la poesía. Y si, además, lo invitan a leer acompañado, el resultado es mucho mejor. Y si a esa compañía uno le tiene confianza, los resultados serán óptimos.

Mónica: Deje la zalamería y sigamos con el poema. Te invito a que leas tú en voz alta la tercera estrofa.

Ricardo: Voy, entonces, con inspirado acento:

“Y ante el asombro vago de mis ojos

surgiste con tus ojos aún velados

de tinieblas y asombros…”

Mónica: Mi amigo, el literato, afirma que no se trata de recitar, sino de entonar el poema. Pero se le abona la buena voluntad.

Ricardo: Hay que valorar el esfuerzo del suscrito… Noto que la persona apenas le quitan la corteza y todos esos “tús” superpuestos queda “asombrado”, como si no se conociera. Como si le hubieran revelado un “tú” que desconocía.

Mónica: Y si te fijas, ese asombro se da “aún con los ojos velados de tinieblas y de asombros…” Es un asombro intuido o sentido interiormente…

Ricardo: Se da cuenta de que es otro, sin poder ver bien a ese otro….

Mónica: Es que uno tiene muchos velos, y se necesita de otra persona que nos los quite o, al menos, que nos invite a despojarnos de esos “tús” corteza, de esos tús “ceñidores”, de esos “tús” superpuestos.

Ricardo: Sí, sí, déjame entono la última estrofa para reivindicarme:

“Surgiste de ti mismo, de tu misma

sombra fecunda –intacto y desgarrado

en alma viva…–”

Mónica: Ahora sí sentí que le dabas valor y resonancia justa a las palabras…

Ricardo: Recibida la felicitación… Qué bonita esa imagen de que uno, después que lo desnudan, que le quitan la cáscara, surge de una “sombra fecunda”. Algo así como volver a nacer…

Mónica: Totalmente de acuerdo, porque ese asombro proviene de descubrir en uno mismo un tú inédito que estaba sepultado por todos esos otros “tús” superpuestos o de dura corteza. Es como una revelación.

Ricardo: ¿Y lo del desgarro?

Mónica: Comprendo que ese tú inédito, “intacto”, cuando sale a la luz, nos desgarra o por lo menos nos produce algún dolor. Porque hay que padecer cierto sufrimiento para que salga a la superficie la médula de quien en verdad somos….

Ricardo: El alma viva…

Mónica: Sí, para que brote esa “alma viva” se requiere de nosotros aceptar el desgarro que produce sacar nuestra esencia de lo más profundo.

Ricardo: Me llama mucho la atención de lo “intacto” de esa alma.

Mónica: Intacta porque no ha sido descubierta por nadie, o porque ninguno se ha tomado el tiempo necesario para denudarnos más adentro de la piel, para arrancarnos las cortezas que creemos ofrecer como frutas… ¿Cómo te pareció el poema?

Ricardo:  Asombroso: tan sencillo y tan complejo a la vez, tan imaginativo y tan real…

Mónica: Así es, mi estimado Ricardo. De eso se trata este mundo de los versos. Y por eso me lamento de haberlos dejado de lado. Pero este regalo de cumpleaños me ha vuelto a mi ritual nocturno con la poesía…

Ricardo: Como no te puedo acompañar a ese rito solitario, qué tal si me lees otro poema de esos que tienes señalados con ese separador tan hermoso.

Mónica: Un regalo de mi amigo el escritor…

Ricardo: Ya me están dando celos… ¿Lo conozco?

Mónica: No, hace parte de la reserva del sumario.

Ricardo: Bueno, al menos déjame llevarme en la memoria algunos versos de la autora cubana que acabas de descubrir. ¿Cómo es que se llama?

Mónica: Dulce María Loynaz.

Ricardo: ¿Ya falleció?

Mónica: Sí, en 1997.

Ricardo: Léeme uno para llenar mi espíritu con las sutiles y penetrantes palabras de la poesía.

Mónica: Te voy a compartir este otro, que parece una respuesta del que acabamos de leer. Se titula “Vuelvo a nacer en ti”.

Vuelvo a nacer en ti:

Pequeña y blanca soy… La otra

–la oscura– que era yo, se quedó atrás

como cáscara rota,

como cuerpo sin alma,

como ropa

sin cuero que se cae…

 

¡Vuelvo a nacer!… –Milagro de la aurora

repetida y distinta siempre…–

Soy la recién nacida de esta hora

pura. Y como los niños buenos,

no sé de dónde vine.

Silenciosa

he mirado la luz –tu luz…–

¡Mi luz!

Y lloré de alegría ante una rosa”.

Tertulia sobre el desamor

30 lunes Jun 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Diálogos

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Ilustración de Ángel Boligán.

Luis Carlos: Gracias a todos, otra vez, por aceptar la invitación a esta tertulia vespertina que, como nos sucedió en el pasado encuentro, se alargó hasta bien entrada la noche. Por sus miradas sé que será una reunión digna de recordación y más tratándose de un tema que a todos y a todas nos ha afectado. ¿O no, mi querido Alfonso?

Alfonso: Sí, así es, apreciado Luis Carlos. Todos y todas acá hemos sido tocados por el desamor en alguna ocasión… Y en mi caso, de una vez lo confieso, me ha roto más que el alma.

Ezequiel: Nos pusimos pesados. Porque si por allá llueve, por acá no escampa. Pero como el motivo era buscar poemas o textos relacionados con el desamor, quiero abrir la tertulia con un soneto que encontré de Jacinto Benavente. Se titula: “¡Quién retiene al amor cuando se aleja!”

Tanto es mi amor, por todos mis amores,

que en el jardín de la existencia mía

a verlas marchitarse día a día

preferí siempre deshojar sus flores.

 

Cuanto más encendidos sus colores

mueran en su triunfante lozanía,

más triste que la muerte es la agonía

de un amor entre dudas y temores.

 

Triste fin de un amor, cuando engañoso

quiere fingir que a su pesar nos deja,

y más ofende, cuanto más piadoso.

 

¿Y qué logrará la importuna queja

del ofendido corazón celoso?

¡Quién retiene al amor… cuando se aleja!”

Luis Carlos: Cuánta verdad hay en esos versos: “más triste que la muerte es la agonía de un amor entre dudas y temores”. La agonía que trae el desamor me parece una muy buena carta para empezar nuestro coloquio.

Susana: El desamor como un marchitarse, como esas flores que al inicio irradiaban calor y lozanía y luego, poco a poco, van perdiendo su primaveral belleza.

Alfonso: ¡Y cómo duele la piedad del que nos abandona o se aleja!

Natalia: No es fácil retener a una persona que ya no quiere estar con nosotros, eso es lo que me comunica el poema que nos trajo Ezequiel. Y aunque no deja de ser triste ese desenlace del amor, parece que es inevitable.

Alfonso: Recuerdo en este momento unos versos del gran poeta del amor Pedro Salinas, unas líneas que parecen rubricar lo que dice Natalia: “¿Serás, amor, un largo adiós que no se acaba…?”

Luis Carlos: Sin embargo, en ese poema Salinas advierte que “ni en el llegar, ni el hallazgo tiene el amor su cima: / es en la resistencia a separarse / en donde se le siente, / desnudo, altísimo, temblando…” Pareciera que el amor cobra todo su valor precisamente cuando llega a su término; es en la “resistencia a separarse” en donde muestra toda su valía.

Alfonso: En todo caso, según Salinas, “Lo más seguro es el adiós”.

Luis Carlos: A propósito de Pedro Salinas traje para esta tertulia un pequeño poema de él, titulado “La distraída”. Escuchen:

“No estás ya aquí. Lo que veo

de ti, cuerpo, es sombra, engaño.

El alma tuya se fue

donde tú te irás mañana.

Aún esta tarde me ofrece

falsos rehenes, sonrisas

vagas, ademanes lentos,

un amor ya distraído.

Pero tu intención de ir

te llevó donde querías

lejos de aquí, donde estás

diciéndome:

‘aquí estoy contigo, mira’.

Y me señalas la ausencia”.

Ezequiel: Yo viví en carne propia lo que expresa ese poema. A veces la persona que amamos sigue con nosotros, pero su alma ya está en otro lugar o ya han emigrado sus sentimientos.

Susana: Es hermosa esa idea de que el alma se va primero, antes que el cuerpo.

Natalia: Me intriga el título de ese poema, “La distraída”.

Alfonso: Me parece que tiene que ver con la desatención, con la pérdida del foco de atención en alguien…

Luis Carlos: Otra pista más para abordar el desamor: el paulatino descuido hacia otro ser; un descuido que es fermento del olvido.

Alfonso: Yo creo que la ausencia es una de las formas del desamor. O sino miremos lo que Jorge Luis Borges escribió al respecto. He traído una fotocopia para todos.

Susana: Tú siempre tan generoso…

Natalia: Si quieres yo lo leo.

Alfonso: Ni que me hubieras leído el pensamiento.

Natalia: Me disculpan los posibles errores, porque es la primera vez que lo leo:

AUSENCIA

“Habré de levantar la vasta vida

que aún ahora es tu espejo:

cada mañana habré de reconstruirla.

Desde que te alejaste,

cuántos lugares se han tornado vanos

y sin sentido, iguales

a luces en el día.

Tardes que fueron nicho de tu imagen,

músicas en que siempre me aguardabas,

palabras de aquel tiempo,

yo tendré que quebrarlas con mis manos.

¿En qué hondonada esconderé mi alma

para que no vea tu ausencia

que como un sol terrible, sin ocaso,

brilla definitiva y despiadada?

Tu ausencia me rodea

como la cuerda a la garganta,

el mar al que hunde”.

Luis Carlos: ¡Qué texto! Amerita releerse, en particular estas líneas: “¿En qué hondonada esconderé mi alma / para que no vea tu ausencia / que como un sol terrible, sin ocaso, / brilla definitiva y despiadada?”

Ezequiel: Sí, Borges captó bien ese estado de desolación que produce el desamor, esa cantidad de adoquines de vida construida que, como dice el poeta, hay que “quebrarlos con las manos”. La ausencia como una especie de orfandad.

Susana: Me parece que en una perspectiva semejante se inscribe un poema de la nicaragüense Gioconda Belli que encontré en mi pesquisa para este reencuentro fraterno. Tiene como título, “Abandonados”:

“Tocamos la noche con las manos

escurriéndonos la oscuridad entre los dedos,

sobándola como la piel de una oveja negra.

 

Nos hemos abandonado al desamor,

al desgano de vivir colectando horas en el vacío,

en los días que se dejan pasar y se vuelven a repetir,

intrascendentes,

sin huellas, ni sol, ni explosiones radiantes de claridad.

 

Nos hemos abandonado dolorosamente a la soledad,

sintiendo la necesidad del amor por debajo de las uñas,

el hueco de un sacabocados en el pecho,

el recuerdo y el ruido como dentro de un caracol

que ha vivido ya demasiado en una pecera de ciudad

y apenas si lleva el eco del mar en su laberinto de concha.

 

¿Cómo volver a recapturar el tiempo?

 

Interponerle el cuerpo fuerte del deseo y la angustia,

hacerlo retroceder acobardado

por nuestra inquebrantable decisión?

 

Pero… quién sabe si podremos recapturar el momento

que perdimos.

 

Nadie puede predecir el pasado

cuando ya quizás no somos los mismos,

cuando ya quizás hemos olvidado

el nombre de la calle

donde

alguna vez

pudimos

encontrarnos”.

Luis Carlos: Me parece que Gioconda saca a la luz otra arista del desamor: el acostumbramiento a cierto desgano, a dejar que pasen los días de manera intrascendente. El acostumbrarse a la soledad, aunque “por debajo de las uñas” palpite la “necesidad” de amar y ser amados.

Alfonso: La imagen del caracol es fantástica. La soledad del desamor: una soledad encerrada en su mundo, apenas guardando pequeños ecos marinos de felicidad en su concha.

Susana: Es un abandono en doble vía; por eso me pareció interesante compartirlo con ustedes. Porque si bien alguien abandona a una persona, lo cierto es que también ella sufre en carne propia tal dejación.

Natalia: Pienso que las mujeres poetas son como más directas para hablar del desamor, dicen lo que sienten en carne viva, enaltecen su sufrimiento o lo dejan fluir como una dolorosa herida. Pongan atención a este poema de Gabriela Mistral, titulado “Coplas”:

“Todo adquiere en mi boca

un sabor persistente de lágrimas;

el manjar cotidiano, la trova

y hasta la plegaria.

 

Yo no tengo otro oficio

después del callado de amarte,

que este oficio de lágrimas, duro,

que tú me dejaste.

 

¡Ojos apretados

de calientes lágrimas!

¡boca atribulada y convulsa,

en que todo se me hace plegaria!

 

¡Tengo una vergüenza

de vivir de este modo cobarde!

¡Ni voy en tu busca

ni consigo tampoco olvidarte!

 

Un remordimiento me sangra

de mirar un cielo

que no ven tus ojos,

¡de palpar las rosas

que sustenta la cal de tus huesos!

 

¡Carne de miseria,

gajo vergonzante, muerto de fatiga,

que no baja a dormir a tu lado,

que se aprieta, trémulo,

al impuro pezón de la Vida!”

Susana: ¡Qué dilemas los del alma femenina! Parecemos vestales cobardes añorando el fuego. Me quedo con esos versos: “Ni voy en tu busca /ni consigo tampoco olvidarte…” En fin. Yo coincido con Natalia en que la voz femenina es más descarnada para mostrar el desamor. Me maravilló un poema de una poetisa uruguaya, Idea Vilariño, que me conmovió hasta las lágrimas. Ella fue el gran amor del novelista Juan Carlos Onetti.

Alfonso: A ella, precisamente, está dedicada su novela Los adioses…

Susana: Voy a leerlo despacio para que degusten el tono desesperanzado de este poema titulado “Ya no”:

“Ya no será

ya no

no viviremos juntos

no criaré a tu hijo

no coseré tu ropa

no te tendré de noche

no te besaré al irme.

Nunca sabrás quién fui

por qué me amaron otros.

No llegaré a saber por qué

ni cómo nunca

ni si era de verdad

lo que dijiste que era

ni quién fuiste

ni qué fui para ti

ni cómo hubiera sido

vivir juntos

querernos

esperarnos

estar.

Ya no soy más que yo

para siempre y tú

ya

no serás para mí

más que tú. Ya no estás

en un día futuro

no sabré dónde vives

con quién

ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca

como esa noche

nunca.

No volveré a tocarte.

No te veré morir”.

Natalia: ¡Qué fuerza, qué sinceridad, qué valor para decir la pena más profunda!

Luis Carlos: Si bien ya conocía ese poema, me sigue produciendo un efecto conmovedor. Aunque el poema se sitúa en un futuro imposible, en una posible relación fallida de convivencia, lo que nos conmueve hasta el llanto es esa progresiva enumeración de cosas y asuntos compartidos que ya no podrán hacerse o realizarse. Y lo más contundente, lo que toca la fibra más íntima de nuestra humanidad, es el cierre del poema: “No te veré morir”. Porque, de alguna manera, en nuestro imaginario amoroso confiamos en que aquella persona con quien hemos compartido una vida nos acompañe hasta el final de nuestra existencia. Quizá la certeza de ese amor en la senectud nos ayude a sortear el vado de la agonía o nos de fuerzas para entrar en lo absolutamente desconocido.

Alfonso: Y otra cosa, el poema recopila un conjunto de acciones amorosas cotidianas, pero tensadas por la imposibilidad de un futuro. Es el no del desamor, el no que lleva a la despersonalización. El no del olvido, el nunca, a pesar de la terca reverberación de un abrazo inolvidable en la memoria. ¡Muy buen aporte!, mi estimada Susana.

Natalia: Qué demoledora esa afirmación de que la ruptura de amor conlleva a un yo y un tú impersonales, a un retorno al anonimato. Me relees, por favor esa parte…

Susana: Con gusto: “Ya no soy más que yo / para siempre y tú / ya / no serás para mí /más que tú”.

Natalia: El desamor nos quita los nombres particulares, los apelativos cariñosos, y nos deja en un genérico anonimato. ¡Qué amargura!

Luis Carlos: A propósito de ese “ya no estar” que trae consigo el desamor, redescubrí a un poeta peruano, Manuel Scorza. Oigan este poema de una aguda sutileza:

MÚSICA LENTA

“Para que tú entres,

a veces de tristeza, el corazón se me abre.

 

Como una puerta tímida,

para que tú entres, el corazón se me abre.

 

Pero tú no vienes,

no vuelas más sobre los campos.

 

En vano mi corazón

a la ventana de su dolor se asoma.

Pasas de largo,

como si el viento

soplase sólo para allá.

 

Pasa la mañana y no viene la tarde.

Y el corazón se me cierra,

como una mano sin nadie, el corazón se me cierra”.

Ezequiel: Un poeta desconocido que ya entra a formar parte de mis próximas lecturas. Coincido en la esperanza que tiene el palpitar del corazón enamorado, cuando al vivir el desamor, anhela que de pronto haya un gesto, una palabra, una súbita visita, que permita refrescar un poco el dolor.

Luis Carlos: Es tan sutil el poema, expresa algo esencial del dolor que trae el desamor. Porque para que entre ese alguien que ha partido se requiere abrir el corazón de tristeza; no es un acto que hace desaparecer la infelicidad. El corazón del que vive el desamor es como una ventana abierta al paisaje de su dolor. Y como nadie viene, a pesar de esa espera de la mañana a la tarde, el corazón se cierra, oprimiendo aún más su herrumbrosa soledad.

Susana: A veces uno ya no quiere volar sobre esos campos conocidos… O desea descubrir otros nuevos…

Natalia: O está en un momento de vida que no coincide con lo que espera la otra persona.

Alfonso: No resulta fácil sacar conclusiones generales sobre asuntos que terminan siendo “personalísimos”. Pienso que a veces nos aferramos a una etapa del amor, a un momento, y queremos que eso se perpetúe en el tiempo, olvidándonos de que las personas cambian con la edad, son afectadas por las circunstancias. El amor evoluciona al igual que se transforma nuestro cuerpo y nuestras aspiraciones. A veces dejamos de amar a alguien porque “idealizamos” una época con esa persona o soñamos con una idea de felicidad que está más en nuestra fantasía que en la realidad.

Natalia: O dejamos de amarlo porque la rutina rompe el encanto, o porque, sin proponérnoslo, comenzamos a notar más los defectos que las virtudes en aquel ser con quien hemos convivido durante muchos años.

Luis Carlos: Shakespeare escribió, en el Soneto CXVI, que el amor era como un faro perenne que nunca debería dejarse estremecer por las tempestades…

Alfonso: Lo difícil es saber o comprender cómo las mudanzas de las personas no alteran lo esencial del amor. Recordé para esta tertulia un poema de Rafael de León, el poeta sevillano…

Ezequiel: Ah, sí, el de “Pena y alegría del amor…”

Alfonso: Ese, sí. Recordé un poema que se llama “Para toda la vida”, que escuché recitar a mi papá con esa voz que imitaba a la de Rodrigo Correa Palacio:

“’¿Me quieres, amor, me quieres?’

‘¡Sí, para toda la vida!…’

 

Y era yo quien preguntaba,

siempre soñando una espina,

siempre rondando una duda,

siempre imaginando heridas…”

Ezequiel: Ese poema, fíjate las coincidencias, lo traía para compartirlo con ustedes.

Alfonso: Bienvenidas esas coincidencias, apreciado Ezequiel.

Ezequiel: La parte que más me gusta de ese poema es ésta:

“Y de pronto, no sé cómo,

sin una razón precisa,

mi voz amarga y cansada

se fue quedando dormida.

Y cayó sobre mi alma

una lluvia dulce y fina

que se fue cristalizando

en nieve delgada y fría.

Y ya no pregunté más,

corazón, si me querías”  

Luis Carlos: No es fácil mantener la promesa del amor “para toda la vida”. Especialmente porque somos seres variables, porque estamos sujetos al azar y las circunstancias y porque, en muchas ocasiones, nos falta temple y sabiduría para enfrentar la cambiante piel del amor.

Natalia: Sabes que sí, hemos exaltado el amor juvenil o la pasión del amor en primavera, pero poco hemos comprendido del amor otoñal o de ese que se parece mucho a la complicidad fraterna y la ternura.

Alfonso: Lo que noto como constante en estos poemas es el sufrimiento que trae consigo la ruptura amorosa. Es inevitable el dolor cuando el desamor toca nuestro corazón. Pero el dolor, como escribió Pedro Salinas, evidencia que el amor por alguien fue real, profundo, verdadero. Las penas del desamor reavivan la certeza de este sentimiento.

Susana: Yo prefiero enfrentar el desamor con la lejanía. Evitando los encuentros con la persona que he amado durante largos años.

Natalia: Eso ayuda, algunas veces; pero en otros –de eso doy testimonio– multiplica los temores, el remordimiento, la culpa en el alma.

Ezequiel: La experiencia me ha mostrado que el mejor remedio para el desamor es el tiempo. El tiempo que va, poco a poco, provocando el olvido.

Luis Carlos: Me das pie para ir cerrando esta tertulia con un texto de María Mercedes Carranza titulado “Poema del desamor”.

“Ahora en la hora del desamor

Y sin la rosada levedad que da el deseo

Flotan sus pasos y sus gestos.

 

Las sonrisas sonámbulas, casi sin boca,

Aquellas palabras que no fueron posibles,

Las preguntas que sólo zumbaron como moscas

Y sus ojos, frío pedazo de carne azul.

Días perdidos en oficios de la imaginación,

Como las cartas mentales al amanecer

O el recuerdo preciso y casi cierto

De encuentros en duermevela que fueron con nadie.

Los sueños, siempre los sueños.

 

¡Qué sucia es la luz de esta hora,

Qué turbia la memoria de lo poco que queda

Y qué mezquino el inminente olvido!”.

Alfonso: Sí, aunque estemos frente al desamor, ciertas personas como yo no queremos olvidar; sentimos que el olvido es indigno para todo lo que se vivió con alguien. Hay personas tan amadas que no merecen nuestro olvido.

Luis Carlos: Con esa declaración de Alfonso, no queda más que servirnos un vino y escuchar algún bolero de esos que nos dejan el alma a flor de piel.

Tertulia sobre la rosa

14 miércoles May 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Diálogos

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«El alma de la rosa» de John William Waterhouse.

Andrés: Para hablar de las rosas, para iniciar esta tertulia a la que nos convocaste, estimado Eugenio, voy a empezar entonando un poema de Jorge Luis Borges, titulado así: “La rosa”.

“La rosa,

la inmarcesible rosa que no canto,

la que es peso y fragancia,

la del negro jardín en alta noche,

la de cualquier jardín y cualquier tarde,

la rosa que resurge de la tenue

ceniza por el arte de la alquimia,

la rosa de los persas y de Ariosto,

la que siempre está sola,

la que siempre es la rosa de las rosas,

la joven flor platónica,

la ardiente y ciega rosa que no canto,

la rosa inalcanzable”.

Eugenio: “La que siempre está sola”, la inalcanzable rosa. Una magnífica elección y un buen punto de partida para nuestro coloquio vespertino. Los he invitado a hablar sobre la rosa, entre otras razones por ser mayo el mes que tradicionalmente se asocia con el amor, por la abundancia de regalos florales que damos o recibimos y por el mero gusto de reencontrarnos a partir de un motivo literario. Gracias por aceptar mi invitación.

Edgar: Me siento feliz de ver rostros amigos y haber tenido la oportunidad de revisar a poetas conocidos, como Rainer María Rilke:

“Te miro, rosa, libro entreabierto,

que tantas páginas contiene

de gozo detallado,

que nadie ha de leerlo nunca, Libro-mago,

 

se abre al viento y puede ser leído

con los ojos cerrados…,

salen de él mariposas confundidas

de haber tenido idénticas ideas”.

Eugenio: Esa asociación entre los pétalos de la rosa y las páginas de un libro me resulta imaginariamente precisa. Yo recuerdo de Rilke su epitafio, que él mismo escribió en su testamento y que resume bien la belleza y el misterio de esta flor:

“Rosa, contradicción pura,

placer de no ser sueño de nadie

entre tantos párpados”.

Mónica: Celebro también este reencuentro. Yo hallé un poema que, si bien no está centrado en la rosa, habla del sentido profundo de las flores. Es del poeta portugués José Sobral de Almada Negreiros…

“Se le dice a un niño: ¡Dibuja una flor! Se le da lápiz y papel. El niño va a sentarse al otro extremo de la habitación, en donde no hay nadie. Pasado algún tiempo, el papel está todo lleno de rayas. Unas en una dirección, otras en otra; unas más gordas, otras más finas; unas trazadas con soltura, otras con dificultad. El niño ha puesto tanta vehemencia en algunas rayas que el papel por poco se rompe. Otras eran tan delicadas que el sólo peso del lápiz resultaba excesivo.

Después, el niño viene a enseñar esas rayas a las personas mayores: ¡una flor!

Las personas mayores no encuentran esas rayas parecidas a una flor.

Si embargo, la palabra flor ha andado dando vueltas en el interior del niño, de la cabeza al corazón y del corazón a la cabeza, en busca de las rayas con que se hace una flor, y el niño ha puesto en el papel algunas de esas rayas o tal vez todas ¡Quizá las haya puesto fuera de su sitio, pero son esas las rayas con que Dios hace una flor!”

Eugenio: Es indudable que la literatura está llena de coincidencias. Lo que decía hace un momento el poeta portugués se asemeja a lo expuesto en El Principito. Las personas mayores, las que se sienten mayores, nunca entienden el dibujo o los garabatos de un alma inocente. Mucho menos pueden apreciar la hechura de una flor y, sería casi imposible para ellas, captar la esencia de una rosa.

Edgar: Yo leí que la rosa simboliza el desarrollo espiritual, la regeneración, la fecundidad y la pureza. La rosa es logro absoluto, perfección, centro místico. Se la asocia con el corazón, con el sexo femenino, con la mujer amada.

Andrés: En la historia del cristianismo la rosa ha tenido diversos simbolismos: la caridad, la piedad, el perdón universal, el amor divino, el martirio y la victoria. La castidad de la virgen María se identifica con la rosa blanca; la rosa roja es el símbolo de la caridad y del martirio que brotó de las gotas de sangre de Cristo en el Calvario.

Edgar: Para los griegos era una flor muy apreciada; tejían coronas de rosas y con ellas adornaban a los comensales en los banquetes. En la Roma antigua era el símbolo de la victoria, del orgullo y del amor triunfante. También era la flor de Venus, la diosa del amor.

Eugenio: Según leí, cuando Venus nació de las espumas del mar quiso dar una prueba de su poder y, para ello, ideó crear algo perfecto y hermoso como ella; y mientras las últimas gotas de agua resbalaban por su blanquísima piel, surgió del seno una flor maravillosa: una rosa blanca. Venus la escogió como su flor y se adornó con ella, sin permitir que ninguna mujer tuviera otra semejante. Pero Baco se acercó a la Venus y dejó caer de su copa una gota de vino tinto; al caer sobre el seno de la bellísima diosa esta gota de vino tiñó la rosa y le confirió la fascinación de su color.

Andrés: Otros mitos atribuyen el color rojo de las rosas a la leyenda de Venus y Adonis. Porque cuando Venus supo de la muerte de su amado Adonis, por culpa del jabalí, salió corriendo en su búsqueda. Pero al pasar por un rosal de rosas blancas, las espinas hirieron su cuerpo. Fue su sangre la que tiñó de rojo escarlata las antiguas rosas blancas.

Eugenio: ¡Otra coincidencia literaria! Precisamente, revisando una antología de poesía francesa, hallé un poema de Clément Marot que recoge este mito. En una de sus estrofas dice:

“Venus un día tras de su Adonis iba

por un jardín de espinos y de ramas

con pies desnudos e inmaculados brazos,

y de un rosal hirióse con la espina:

eran entonces todas las rosas blancas,

mas con su sangre volviéronse encarnadas”.

Edgar: Son variadas y múltiples las leyendas asociadas a la rosa. En la antigua Inglaterra se afirmaba que las rosas eran las gotas de sangre de Jesucristo y la Virgen misma se la asociaba con esta flor. De allí la creencia de que ni las brujas ni los poseídos podían oler el aroma de las rosas y que los hombres lobo, al momento que tocaban el escaramujo o rosal silvestre, inmediatamente volvían a asumir la forma humana.

Andrés: Vuelvo con Jorge Luis Borges que tanto escribió sobre la rosa. “La rosa amarilla”:

“Ni aquella tarde ni la otra murió el ilustre Giambattista Marino, que las bocas unánimes de la Fama (para usar una imagen que le fue cara) proclamaron el nuevo Homero y el nuevo Dante, pero el hecho inmóvil y silencioso que entonces ocurrió fue en verdad el último de su vida. Colmado de años y de gloria, el hombre se moría en un vasto lecho español de columnas labradas. Nada cuesta imaginar a unos pasos un sereno balcón que mira al poniente y, más abajo, mármoles y laureles y un jardín que duplica sus graderías en un agua rectangular. Una mujer ha puesto en una copa una rosa amarilla; el hombre murmura los versos inevitables que a él mismo, para hablar con sinceridad, ya lo hastían un poco:

Púrpura del jardín, pompa del prado.

Gema de primavera, ojo de abril…

Entonces ocurrió la revelación. Marino vio la rosa como Adán pudo verla en el paraíso y sintió que ella estaba en su eternidad y no en sus palabras, y que podemos mencionar o aludir, pero no expresar, y que los altos y soberbios volúmenes que formaban en un ángulo de la sala una penumbra de oro no eran (como su vanidad soñó) un espejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo.

Esta iluminación alcanzó Marino en la víspera de su muerte, y Homero y Dante la alcanzaron también”.

Eugenio: Es indudable que en el espacio poético es donde la rosa ha sido cantada y tenido su mayor despliegue imaginario. Por momentos, asimilándola a la belleza o a la mujer y, en otros, relacionándola con la brevedad de la lozanía o el tiempo instantáneo. La rosa ha mantenido para los poetas un misterio perenne. Por ejemplo, este soneto de Góngora que me parece maravilloso:

“Ayer naciste, y morirás mañana.
Para tan breve ser, ¿quién te dio vida?
¿Para vivir tan poco estás lucida,
y para no ser nada estás lozana?

Si te engañó tu hermosura vana,
bien presto la verás desvanecida,
porque en tu hermosura está escondida
la ocasión de morir muerte temprana.

Cuando te corte la robusta mano,
ley de la agricultura permitida,
grosero aliento acabará tu suerte.

No salgas, que te aguarda algún tirano;
dilata tu nacer para tu vida,
que anticipas tu ser para tu muerte
”.

Mónica: Es como una reflexión lírica sobre la vanidad de la belleza, sobre el engaño que posee la belleza.

Edgar: O sobre el destino de la belleza: la lozanía será desvanecida por el tiempo. La lozanía está signada por el tiempo.

Mónica: Sí, eso: “porque en tu hermosura está escondida
la ocasión de morir muerte temprana”.

Eugenio: Yo creo que los poetas le cantan a la rosa porque ella representa al mismo tiempo la cara y el envés del anhelo artístico. La rosa como el poema buscan perdurar. El poeta quiere asir la forma perfecta, pero es imposible alcanzarla. Eso lo describió bien Rubén Darío, el poeta nicaragüense: “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, botón de pensamiento que busca ser la rosa…” Algo semejante pensaba Rilke, en uno de sus Sonetos a Orfeo:

“Oh tú entronizada rosa, para los antiguos
eras un cáliz de borde sencillo.
Para nosotros eres la flor plena e infinita,
un objeto inagotable.

En tu riqueza luces vestido sobre vestido
alrededor de un cuerpo hecho tan sólo de esplendor;
pero a la vez cada uno de tus pétalos
es como un negar y rehusar todo ropaje.

A través de los siglos nos llega tu perfume,
llamándonos con sus nombres más dulces;
de pronto descansa como un loor en el aire.

Pero no lo sabemos nombrar, lo adivinamos…
Y va a incorporarse a él el recuerdo
que suplicamos en las horas de evocación”.

Andrés: La rosa es ante todo ambigüedad, seducción que encanta por ser intocable. La rosa encarna la forma perfecta; es decir, aquella se desvanece antes de serlo; la que oculta los pliegues que la delimitan. La rosa fascina en su aletargado despertar que retiene para sí un espacio de penumbra vacía. La rosa fascina al poeta por ser una flor pudorosa, por insinuar ocultándose.

Edgar: Yo encontré un poema de Miguel de Unamuno que compara la rosa con la luna.

“En el silencio estrellado
la Luna daba a la rosa
y el aroma de la noche
le henchía –sedienta boca–
el paladar del espíritu,
que adurmiendo su congoja
se abría al cielo nocturno
de Dios y su Madre toda…

Toda cabellos tranquilos,
la Luna, tranquila y sola,
acariciaba a la Tierra
con sus cabellos de rosa
silvestre, blanca, escondida…
La Tierra, desde sus rocas,
exhalaba sus entrañas
fundidas de amor, su aroma …

Entre las zarzas, su nido,
era otra luna la rosa,
toda cabellos cuajados
en la cuna, su corola;
las cabelleras mejidas
de la Luna y de la rosa
y en el crisol de la noche
fundidas en una sola…

En el silencio estrellado
la Luna daba a la rosa
mientras la rosa se daba
a la Luna, quieta y sola”.

Mónica: ¿La rosa y la luna se emparentan por estar solas?, me pregunto. ¿O es que la luz de la luna se asemeja al aroma de la rosa?

Eugenio: Es una unión mística; el cielo y la tierra fundidos en un solo cuerpo. Pero el encuentro de la luna y la tierra se hace patente a través de la rosa. La luz es un aroma que todo lo inunda; el aroma, otra luz que todo lo impregna. Dos cuerpos lejanos tan sedientos como necesitados. Y lo más sutil del poema reside en que ese encuentro se da en silencio; es una fusión secreta, escondida, nocturna.

Andrés: Oscar Wilde, en su cuento El ruiseñor y la rosa, explora en el costo de tener una flor perfecta para trocarla por el amor. “Ella bailaría conmigo si le llevara una rosa roja! Pero, no hay rosas rojas en el jardín…” El problema es dónde encontrar un ruiseñor que se sacrifique por hallar esa rosa roja, “porque solo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa”. Es un cuento que habla de la belleza, de la inutilidad del sacrificio, de la muerte y de la variabilidad de lo femenino.

Eugenio: La rosa y la muerte guardan una secreta relación. Encontré un poema de William Blake, titulado “La rosa enferma” que recoge esta hermandad entre la rosa y la muerte.

“¡oh, rosa, estás enferma!

El gusano invisible

que vuela en la noche,

en la furiosa tormenta,

ha descubierto tu lecho

de alegría carmesí;

y su amor, oscuro y secreto,

destruye tu vida”.

Edgar: Es indudable que la rosa alberga dentro de sí los opuestos. Por eso Rilke decía que la rosa era contradicción pura; porque en ella se aúnan el florecer y el marchitarse. Y esa contradicción se da en el instante. La rosa es lo contrario a la duración: la rosa es del instante. La rosa no tiene memoria, porque ella misma es fugacidad.

Andrés: Pero a pesar de esa fugacidad, cada quien desea conservar una rosa. Revisando algunos poemas para este encuentro descubrí que Borges quería guardar la postrera rosa que el poeta Milton, acercó a su cara, sin verla; y César Vallejo, el peruano Vallejo, anhelaba retener la rosa blanca, la rosa náufrago ataúd.

Eugenio: Sí, cada quien desea conservar una rosa en particular. Como aquella rosa especial mencionada en El Principito. Antoine de Saint-Exupéry, explica muy bien ese vínculo que establecemos con una determinada rosa: “El tiempo que perdí por mi rosa hace que mi rosa sea tan importante… Vosotras, rosas, no sois en absoluto parecidas a mi rosa. No sois nada aún. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois bellas, pero estás vacías… No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa que he regado. Puesto que es ella la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aún algunas veces, callarse. Puesto que ella es mi rosa”.

Mónica: Ese capítulo del libro lo he leído muchas veces. La rosa me parece que allí simboliza el sentido profundo del amor; que es cuidado, que es elección y conservación, que es protección y escucha de otro ser. La rosa se vuelve importante para una persona en la medida que le dedica tiempo, en que se preocupa por su bienestar y salvaguarda.

Edgar: En mi búsqueda de textos para esta tertulia encontré un poema de Pablo Neruda, que es una “Oda a la rosa”. Lo que más me llamó la atención es un apartado en que el poeta imagina el modo como la rosa elabora su perfume, su color. Escuchen:

“Rosa obrera,

trabajas

tu perfume,

elaboras

tu estallido escarlata o tu blancura,

todo el invierno

buscas en la tierra,

excavas

minerales,

minera,

sacas fuego

del fondo

y luego

te abres,

esplendor de la luz, labio del fuego,

lámpara de hermosura”.

Eugenio: Qué capacidad de Neruda para entrever realidades profundas a partir de cosas evidentes. Qué imagen tan vigorosa esa de asociar el color de la rosa como el resultado de un trabajo de minería de la flor, como una excavación profunda a las entrañas de la tierra.

Mónica: Y lo más admirable es que, luego, ese encendido fuego se abre a los demás… como “una lámpara de hermosura”.

Andrés: No deja de sorprenderme la riqueza mitopoética que hemos hallado de esta flor. La rosa, hija del rocío que nació de la sonrisa de Eros o cayó del cabello de Aurora, diosa del alba, cuando se peinaba… La rosa mística, la cantada por Dante, la que simboliza el Paraíso, la rosa del amor divino.

Eugenio: Así es, apreciado Andrés. La tertulia nos ha permitido indagar y escuchar historias y leyendas, leer poemas y fascinarnos con la figura de la rosa. Deseo ir cerrando nuestro encuentro de esta tarde con un poema de un poeta victoriano inglés que asocia la rosa con el misterio. Se trata de Ralph Hodgson y su poema se titula, precisamente, así: “El misterio”:

“Vino, me tomó de la mano

y me llevó a un rosal de flores rojas;

se guardó Su secreto,

pero me dio una rosa.

 

Aunque no le rogué

que llegara a mostrarme

Su misterio.

Ya me era bastante

aspirar en aquella rosa el Cielo

y ver Su propia cara”.

Edgar: Yo no quisiera terminar nuestro coloquio sin darte las gracias a ti Eugenio y a Mónica y Andrés que trajeron para compartir todas esas “joyas literarias”. Mi espíritu se va enriquecido. Y deseo aportar un poema más, un corto texto de Juan Ramón Jiménez que sintetiza la esencia de la rosa a la par de la fugacidad de la belleza:

“¡No le toques ya más,

que así es la rosa!”

Atender la fragilidad

19 miércoles Mar 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Diálogos

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«Goya a su médico Arrieta», cuadro de Francisco de Goya.

Francisco: ¿Y cómo van tus cosas?

Gabriel: Un tanto preocupado por la salud de mi madre…

Francisco: ¿Y eso?

Gabriel: Su artrosis degenerativa, su arritmia, sus ahogos…. Sus casi 88 años.

Francisco: La mía también anda muy complicada con lo de su diabetes… y ahora le resultó algo con la vesícula…

Gabriel: Me duele mucho verla sufrir… el dolor en los seres que amamos se hace más fuerte en la medida en que revela también nuestra impotencia ante su deterioro… Aunque ella hace todo el esfuerzo para mostrar fortaleza.

Francisco: La mía se aferra a su rosario.

Gabriel: Igual, es mi Vieja. En esta etapa de su vida, además de mis palabras de aliento, ahora son mis manos acuciosas las mejores portadoras de todo mi amor.

Francisco: Creo que lo más importante es estar con ellas.

Gabriel: Así es, estimado amigo.

Francisco: ¿Y cómo te ha ido con los médicos?

Gabriel: Esa ha sido otra de mis preocupaciones de estos meses.

Francisco: Pensé que era solo a mí que me tocaban los más regularcitos.

Gabriel: Fíjate, la semana pasada tuve que pedir un domiciliario por una complicación de mi Vieja en su piel, y me tocó en suerte una médica que la revisó, la formuló, cobró el copago, pero sin mostrar ningún tipo de interrelación especial con una persona mayor.

Francisco: El aspecto humanitario de la medicina ha sido olvidado. O por atender las condiciones laborales que les imponen las empresas donde trabajan, se ha ido desdibujando o terminó en una indiferencia hacia el paciente.

Gabriel: He reflexionado mucho en qué características debería tener un médico que atiende especialmente a un anciano enfermo. Y hasta tengo ganas de compartir algunos de esos principios en mi Facebook, a ver si otros se suman a mis “reglas de oro”.

Francisco: Me gusta la idea. ¿Y ya tienes algunas para que me compartas?

Gabriel: Sí. Las he ido haciendo como si fueran principios deontológicos o recomendaciones de conducta…

Francisco: Qué más podría esperarse de alguien que le ha gustado siempre la filosofía y la literatura.

Gabriel: Varias de estas reglas de oro están destiladas de lo que he visto y sentido durante estos años acompañando a mi Vieja a consultorios de diferentes especialidades y por historias que me han contado familiares y amigos.

Francisco: Bueno, no le des más vueltas al asunto. Compárteme algunas de esas reglas de oro para los médicos cuando tienen que atender a los ancianos enfermos.

Gabriel: La primera regla de oro la redacté así: “Recuerde siempre que atender a un viejo es custodiar la fragilidad de otro ser humano”.

Francisco: ¡Qué bien dicho! Porque la vejez es esencialmente eso, fragilidad. Y la fragilidad nos hace terriblemente vulnerables.

Gabriel: Esa fragilidad supone, entonces, cambiar el protocolo habitual para un paciente joven o adulto por otro en el que se afiance primero la confianza o se tenga delicadeza para decir las cosas, mandar hacer unos exámenes, apaciguar los temores…

Francisco: De acuerdo, un viejo es muy vulnerable y espera que el médico lo acoja comprensivamente o, al menos, le permita expresar su sufrimiento.

Gabriel: Precisamente, en ese sentido, escribí otra regla de oro: “Antes de examinar al anciano, construya un puente comunicativo cálido y fraterno”. Porque la que vino a ver a mi Vieja, de habilidades comunicativas con personas de la tercera edad, nada de nada. Y por más que mi madre trataba de hablarle o crear cierto vínculo cordial, ella la cortaba o le hacía notar que no le interesaban sus comentarios.

Francisco: Sí, ese es otro punto que mi mamá también ha padecido. He visto médicos poco afables, soberbios y con un malestar contenido porque la paciente no lo entiende o quiere hacerle una pregunta al margen.

Gabriel: Y si a eso le sumamos la hipoacusia de buena parte de los viejos, ya te podrás imaginar la fractura en esa interacción comunicativa. Por eso es tan importante que el médico esté muy atento para saber cuándo debe repetirle asuntos claves de su diagnóstico y, especialmente, de las indicaciones sobre determinada medicación o procedimiento.

Francisco: Oyéndote, y aunque no sea un experto en redactar reglas de oro, a mí se ocurre una que podría quedar así: “Al paciente anciano háblele con claridad, explicándole los tecnicismos y repitiendo cuantas veces sea necesario los procedimientos a seguir y la medicación indicada”.

Gabriel: Para ser la primera, te quedó muy bien… Rubrico tal regla de oro. Se me ocurre otra, derivada de la que mencionaste: “Cuando formule los medicamentos al anciano dimensione los efectos en la salud integral del paciente”.

Francisco: Sí, sí… a veces formulan unas drogas sin ni siquiera revisar la historia de vida del anciano, sus predisposiciones, sus otras dolencias en curso.

Gabriel: Se pierde de vista la totalidad del enfermo y no se aquilata bien la receta con las consecuencias en su calidad de vida.

Francisco: Lo que me extraña es que ellos pueden ahora ver la historia clínica mediante plataformas en su computador, pero llegan sin esos referentes a atender al anciano. Quizá sea por tanto paciente que les toca visitar en un día.

Gabriel: Eso es probable, pero el viejo necesita crear unos lazos emocionales que le den seguridad, así sea por el tiempo de la consulta. Me gustó lo que dijiste hace un momento: el viejo requiere, antes que nada, sentirse acogido por el médico. Que sea algo así como un refugio para sus dolencias; un sitio en el que pueda descargar la pesada maleta de sus largos años.

Francisco: Es que el solo hecho de ir a un consultorio o hacerse unos exámenes ya es de por sí una odisea para un viejo. Por eso hay que mirar al enfermo de manera integral, no por pedacitos…

Gabriel: Recién empecé a reflexionar sobre estas cosas, pensé en una regla de oro general o que sirviera de telón de fondo para las otras. Sería más o menos así: “Tenga presente que la medicina es una profesión de servicio y hace parte de las artes del cuidado”.

Francisco: Servir a otro, cuidar de otro ser humano. Me parece fundamental. A pesar de que algunos galenos piensen que se trata de algo menos altruista o comprometedor.

Gabriel: Y a propósito de las profesiones de servicio, he venido pensado que las labores del médico y el educador tienen cierta semejanza: el primero se encarga de la salud del cuerpo; el segundo, de la salud del espíritu. Y hacen parte de las artes del cuidado, porque la motivación principal está en otro ser que nos interesa, en otra persona que no interpela desde sus dolores o su inexperiencia. En últimas, Pachito, son oficios en los que se desplaza el interés por el yo hacia las demandas de un tú…

Francisco: Te metiste en honduras filosóficas, querido amigo. Pero me animaste a elaborar, de manera provisional, otra regla de oro. Aquí va: “Deje que el anciano, así sea por unos minutos, haga catarsis de sus penas y quebrantos. Antes de cualquier cosa, escuche con actitud empática”.

Gabriel: Subrayo ese aporte. Yo creo que el secreto de una buena consulta médica consiste, esencialmente, en una escucha activa. Y más cuando los que se atienden son ancianos que, en muchas ocasiones, no tienen a quien contarle sus dolores.

Francisco: Tanto del cuerpo como del alma.

Gabriel: A mí me parece que no todos los médicos tienen ese tacto para entrar en relación con los viejos. Es un público para el cual hay que prepararse y al cual no se le puede aplicar el mismo “protocolo” usado para pacientes más jóvenes. Me parece que hay que ajustar o graduar el manejo de las emociones, los sentimientos, la paciencia, la empatía, cuando se interactúa con enfermos de la tercera edad. Hay un campo de saber, la gerontología, en el que se combinan la psicología, la sociología y las disciplinas del cuidado, que hay que conocer y aprender, apropiar y descubrir tanto en sus recurrencias como en sus matices…

Francisco: Sabes que sí, los médicos deberían tener formación en gerontología. Y más si nos tomamos en serio lo que se avecina porque, según leí, la población mayor de 65 años se duplicará en América Latina durante los próximos 25 años…

Gabriel: Viejos, y sin médicos preparados para saber entenderlos y atenderlos.

Francisco: Pero, me dejaste iniciado con las reglas de oro para médicos que atiendan ancianos enfermos. ¿Tienes otras de esas a la mano?

Gabriel: Claro que sí. Escucha ésta a ver cómo te parece: “Cierre su consulta con unas palabras esperanzadoras, recalcando siempre su disposición para atender cualquier eventualidad o indicando qué debe hacer si la dolencia se complica”. La redacté después de ver cómo la médica aquella terminó la consulta con mi Vieja. No hubo ningún mensaje que le levantara el ánimo o que le ayudara a sortear la dificultad por la que estaba pasando. Y lo más grave, no dio información sobre a quién o donde acudir frente a las posibles vicisitudes adversas en la evolución de su enfermedad. Fue una consulta discontinua, que empezó y terminó en ese momento. Después la paciente y sus familiares verán cómo enfrentan lo que sigue. Se cree que con la entrega de la fórmula ya termina el trabajo médico o que su dictamen es tan preciso que no puede albergar complicaciones.

Francisco: Eso que describes, ese acompañamiento al anciano enfermo por parte del médico o de la institución a donde él está adscrito, es algo que también ha pasado a un segundo plano. Se cree que un paciente atendido es igual a paciente curado.

Gabriel: Tengo en remojo alguna regla de oro en la que sea esencial la paciencia comprensiva. Como sabes, Pacho, los viejos son tercos, aferrados a sus hábitos, reiterativos en sus padecimientos… y la mejor manera de sobrellevar tales actitudes o comportamientos es con la paciencia comprensiva. Es decir, poniéndose por un momento en el lugar de esa persona, aumentando nuestra capacidad de tolerancia, siendo más flexibles en nuestro modo de relacionarnos.  

Francisco: Además le ayudaría mucho al propio médico para mermarle al estrés y mostrarse solidario con el anciano.

Gabriel: Y por aquí tengo otra regla de oro que debería estar enmarcada y bien visible en todos los consultorios médicos: “Durante la consulta salvaguarde a toda costa la dignidad del paciente”.

Francisco: Esa es una regla de oro que aplica no solo para los viejos enfermos, sino para todos los que hemos padecido tratos indignos, impropios o degradantes.

Gabriel: Totalmente de acuerdo. En todo caso, estos eventos de visita de médicos domiciliarios y consulta a especialistas para mi Vieja me han servido para repensar el sentido de la profesión médica. Aunque también hemos tenido la suerte de encontrar médicos empáticos con una anciana llena de achaques, y algunos más que desde su afabilidad y genuina preocupación por otro ser humano han logrado “darle rostro e historia” a una paciente y ofrecerle una voz de aliento y horizontes esperanzadores.

Francisco: A mí este encuentro me ha servido para conocer de tus actuales preocupaciones y ofrecerte, como siempre, mi abrazo de apoyo.

Gabriel: Gracias, apreciado Pachito.

Francisco: Y me ha quedado una tarea tan retadora como creativa: elaborar otras reglas de oro para médicos que traten ancianos enfermos. Me pondré en esas y te las mandaré a tu correo.

Gabriel:  Estaré atento. Salúdame a tu madre. Yo seguiré cuidando de la mía, soportando a estos médicos y médicas que contrarían el juramento hipocrático y esperando encontrar a esos otros galenos que alivian el sufrimiento y mejoran la calidad de vida de las personas. Especialmente, si ya están al final de su ciclo vital. 

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