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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

Simplismo de lo político en las campañas presidenciales

20 martes Ene 2026

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Ética y política, Ejercicio democrático, Liderazgo y política, Política y redes sociales, Publicidad política

Ilustración de Ángel Boligán.

Lejos estamos hoy de una forma de hacer política centrada en las ideas, y padecemos, en abundancia, un modo de proceder de los antiguos y nuevos candidatos basado en las ofensas. Hemos cambiado la profundidad en los planteamientos por la fogosidad y el tono ofensivo en los discursos. Esto, como parece evidenciarse en varias latitudes, responde a un desplazamiento de una política concebida como mediación participativa para la toma de decisiones hacia el beneficio común a otra articulada desde el beneficio personal y las cuotas burocráticas.

Sorprende, en primera instancia, la cantidad de personas que se sienten autorizadas para lanzarse al más alto cargo público. Pareciera que la autocrítica y un ajuste entre las exiguas capacidades y las amplias limitaciones no se tuviera en cuenta. Ni la preparación, ni los saberes especializados para tal puesto, ni el talante de liderazgo, se ponen en consideración; basta con el simple deseo y disponer de los suficientes recursos económicos para sentirse ya futuro mandatario. Quizá esto se deba a una mirada muy superficial de lo que es el Estado, de la lógica interna de las instituciones y de las minucias de la administración de recursos públicos. Más aún: por el afán inmediatista de llegar a la presidencia se desconocen los intríngulis de gobernar, las relaciones y los límites de las ramas del poder público, y el papel fundamental que cumplen los organismos de control. Hay miopía de las particularidades de la administración pública que trata de compensarse con soluciones fáciles sacadas de la manga o con frases de cajón barnizadas de patriotismo.

Pero lo más grave de tal estilo de divulgar o hacer campaña política es la poca importancia que se da a las propuestas, a la agenda programática, a la consistencia de las iniciativas o planes de gestión pública. De eso no se habla o si se tocan estos temas se hacen de afán, apelando a generalidades o invocando el bienestar “del pueblo”. Hasta el mismo periodismo ha contribuido a potenciar esta superficialidad en los contenidos políticos por andar preocupados en exaltar el rumor del momento o esperando a que el entrevistado diga algo en contra de alguien para, con cierta malevolencia, ponerlo como titular a la espera de la reacción del destinatario. Las opiniones reactivas han sepultado el análisis y los asuntos verdaderamente importantes pasan a un segundo plano porque, lo que mueve a las audiencias, es promover la pelea, replicar el escándalo, azuzar la discordia y darle pábulo al cotilleo alarmista.

Los medios masivos de información han ido copiando las formas y el modo de comunicar de las redes sociales. Es decir: propagan la adhesión por emociones primarias, por pasiones irracionales que, en el fondo, acendran el odio y la animadversión. Y si a esto se le suman la mentira irresponsable, el fanatismo y una despreocupación por indagar en la verdad de los hechos, el resultado será la pérdida de un horizonte real para comprender y buscar soluciones a los problemas esenciales de un país; a cambio de ello se engolosina a la gente con una barahúnda de opiniones sin piso, sin conocimiento especializado o experiencia validada en la gestión pública. En consecuencia, lo que prima es quien haga la mayor alharaca, el que ofrezca panaceas curalotodo o aquel que reduzca la complejidad de gobernar a un eslogan efectista, semejante al modo de la venta de productos comerciales. Precisamente por esto, los políticos que tratan de mostrar propuestas o proyectos bien pensados, respaldados en estudios o aquilatados por el buen juicio, son tildados de “tibios”, de débiles o faltos de garra o carácter. En el vertiginoso mundo de las redes sociales no hay tiempo para meditar o examinar la consistencia y validez de iniciativas ofrecidas de afán o para congraciarse astutamente con inconformismo coyuntural de la gente.

Tampoco cuenta en esta manera de hacer política la trayectoria del futuro servidor público, los antecedentes en cargos de responsabilidad administrativa, la hoja de vida profesional del candidato. Basta con buscar a como dé lugar un número de firmas, aliarse con quien sea para engrosar la financiación de la campaña y utilizar astutamente las redes sociales para crear un efecto de visibilidad mediática. Se ha creado la falsa idea de que “cualquiera” puede dirigir a un país o que para cargos de gran responsabilidad gubernamental es suficiente con tener un número considerable de seguidores. El youtuber agitador ha sepultado al sesudo estadista; el vedetismo farandulero se ha impuesto sobre la trayectoria y los avales de experiencia validada en campos específicos de gobernanza. Nadie parece preocuparse por mostrar una hoja de vida de ciudadano honesto y responsable de sus deberes. La barbarie moral ha doblegado al escrutinio ético que, como es sabido, es garantía para lograr la confianza de los demás y, con ella, instaurar un clima de genuina autoridad. La grandeza en el servicio suena a ideal romántico del pasado; porque lo que exhiben como prenda de garantía estos futuros gobernantes es que han tenido éxito en los negocios. ¿Será que conducir un Estado es igual a gerenciar una empresa? No lo creo: porque una cosa es el Estado como mediador para el bienestar social y la provisión de servicios y, otra bien distinta, una empresa que busca la mayor rentabilidad y los jugosos dividendos.

De otra parte, este modo de hacer política se ha agudizado por la crisis de los partidos políticos que han terminado siendo grupos de personas sin filiación real a un ideario que les de unidad o derroteros de acción. Lo que percibimos –a veces con un descaro rampante– son partidos oportunistas, cambiando de bando según sus intereses o haciendo alianzas para no perder los beneficios burocráticos o económicos ya tenidos o con expectativas de tenerlos. El transfuguismo se ha convertido en hábito y cada quien se acomoda en función no de unos principios que convocan y direccionan, sino atendiendo al maquiavelismo de que no importan los medios con tal de obtener determinados fines. La idea de representación de un conglomerado social, tan sustancial para la esencia y mantenimiento de los partidos, ha derivado en las prebendas o intereses particulares de quienes los dirigen.  

Qué vergonzoso y qué riesgo para el ejercicio de la democracia terminar participando de un modo de hacer política en el que se incentiva a votar contra alguien y no a favor de una propuesta programática. Porque si se mira con alguna objetividad, las insuficiencias administrativas o de liderazgo de los políticos en campaña se disfrazan con el comentario infundado contra el contrincante, con el juicio descontextualizado, con el vituperio enardecido, pero jamás soportado en pruebas. De allí que, cuando estos políticos consiguen su objetivo, lo que se nota, además de sus incapacidades flagrantes, son las intenciones de fondo que traían entre manos: la posibilidad de sacar “tajada” del erario para sus negocios, sus empresas o sus financiadores de campaña; la participación en el amañado juego de las influencias y prebendas que lubrican la corrupción; la conquista de cierto régimen de inmunidad y vanagloria ofrecido por el poder. No cabe duda: este modo de hacer política responde a la lógica de los negocios y no a una responsable tarea de representar a los ciudadanos en búsqueda del beneficio de la mayoría.

Dado este panorama de candidatos a granel, de poca hondura en los programas ofrecidos y de campañas que tienen como foco principal los agravios a los antagonistas, lo mejor es meditar bien a quién se le puede confiar nuestro voto. No es bueno sucumbir a los cantos de sirena de políticos oportunistas, improvisados y pendencieros; no podemos rebajar nuestra condición de ciudadanos defensores de la democracia y del Estado de derecho entregando nuestra libertad de elegir a cualquier mercachifle bravucón y altanero o a aquellos otros que de entrada sabemos van a defraudarnos. Un freno personal al emotivismo ciego, una mirada de largo alcance hacia los problemas fundamentales de nuestro país y un continuado escrutinio crítico parecen ser los remedios para filtrar tanto bagazo promesero y ver las entretelas de los discursos demagógicos.

Los poetas premios Nobel hablan de su oficio

11 domingo Ene 2026

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Czeslaw Milosz, Jaroslav Seifert, Joseph Brodsky, Octavio Paz, Odiseas Elytis, Pablo Neruda, Saint-John Perse, Seamus Heaney

Ocho voces liricas para un mundo insensible y convulsionado.

En el discurso de recepción del premio Nobel, los escritores laureados –en este caso, poetas– leen o hacen una declaración sobre su quehacer literario. Me ha parecido interesante repasar algunos de esos discursos para entresacar las particularidades o ideas vertebrales del ser de la poesía.

Empecemos por Octavio Paz. El mexicano creía que “la poesía está enamorada del instante y quiere revivirlo en un poema: lo aparta de la sucesión y lo convierte en un presente fijo”. Tal convicción lo conducía a intuir que los poetas saben algo muy especial: saben “que el presente es el manantial de las presencias”. Una presencia que se nos escapa siempre, que es como el pájaro que, “cuando queremos asirlo, abre sus alas y se desvanece, vuelto un puñado de sílabas”. De Octavio Paz podemos inferir que, si bien la poesía trabaja con palabras, su materia prima esencial es el tiempo.

Seamus Heaney, el poeta irlandés, insistió en su discurso que la poesía “era capaz de crear un orden tan fiel al impacto de la realidad exterior como tan sensible a las leyes internas del ser del poeta”. Por eso era una especie de “auxilio” para que hubiera “una relación fluida y revitalizante entre el centro de la mente y su circunferencia”. Heaney afirmó que, por esto, la poesía era una certidumbre de humanidad porque lograba “persuadir a esa parte vulnerable de nuestra conciencia de su rectitud; porque nos recordaba que somos cazadores y recolectores de valores”. Heaney le agradece a la poesía por ayudarle a mantener “la fidelidad a la vida”. En este caso, para la tarea que nos hemos propuesto, podemos extraer de Heaney el puente sensible de la poesía para mantener intercomunicados de manera fluida el mundo exterior con el mundo íntimo.

Las ideas de Heaney guardan una relación con las del polaco Czeslaw Milosz, quien en su discurso afirmó que la vocación del poeta consistía en “contemplar la tierra a lo lejos, desde arriba, pero al mismo tiempo ver en ella hasta el más mínimo detalle”. Es decir, que las dos grandes cualidades del poeta eran: “el ansia de ver y el deseo de describir lo que ve” o, para ponerlo en términos del objetivo de la poesía: “es la Tierra vista desde arriba en un presente eterno y la Tierra que perdura en un tiempo recuperado”. Milosz advertía que “ver” no significaba tener algo frente a los ojos, sino también podría significar “tener algo en la memoria” o “reconstruirlo en la imaginación”. Lo que más nos interesa de Milosz es esa doble lente de la poesía tanto para acercarnos a la vida y explicar sus detalles, como su mirada en distancia para comprender su significado.

El gran chileno, Pablo Neruda, dijo que “la poesía era una acción pasajera o solemne en que entraban por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza”. Neruda advertía que el poeta no podía perder la “sencilla conciencia” pues sin ella le sería imposible cumplir los deberes de todo gran poeta: “la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita”. De Neruda retomamos el papel concienciador de la poesía para hacernos hondamente sensibles y solidariamente fraternos.

Jaroslav Seifert, el poeta checo, optó por referirse en su discurso no tanto a la poesía, sino al “estado lírico” que es “un estado de serenidad que no es ni paciente ni impaciente, un estado de tranquila experimentación de esos valores en que el hombre halla los fundamentos más profundos, fundamentales, esenciales de su equilibrio y habilidad para habitar este mundo”. Ese estado lírico posibilita “fluir con el mundo junto con él haciendo la unidad y la identificación”. Seifert insistió en que el estado lírico permite “escuchar afortunadamente lo que está a nuestro alrededor y, de esta particular manera, encontrarnos”. De este poeta nos resulta llamativo el papel de la poesía para vincularnos con valores esenciales que equilibran nuestra humanidad.

El ruso Joseph Brodsky afirmó en su discurso que la poesía combinaba tres tipos de cognición: “el analítico, el intuitivo y el de la revelación”. Señaló, además, que el poema era “un coágulo vertical negro sobre la hoja en blanco”, y cerró su intervención diciendo que la escritura de versos era “un acelerador extraordinario de la conciencia” que le posibilitaba al pensamiento “comprender el universo”. Según Brodsky, la poesía no era sólo una acción racional, sino también intuitiva que cambiaba el ritmo de la propia conciencia para, en ese estado de sensación extraordinaria, entrar en contacto directo con el lenguaje. Y así lograr aproximarse o entrever el sentido de la existencia, del mundo y de la vida. De Brodsky recogemos esta proposición: la poesía o la lectura de ella nos intensiva los niveles de conciencia, nos hace sensibles a todas las manifestaciones del cosmos.

Además de las ideas ofrecidas por los poetas ya mencionados, podemos recuperar otros testimonios sobre los pormenores de la poesía. Para no extendernos demasiado, quedémonos con dos de ellos: El del poeta francés Saint-John Perse quien dijo en su discurso que la poesía “debía elevar ante el espíritu un espejo más sensible a sus posibilidades interiores; propiciar una condición más humana, más digna del hombre original”. Y conservemos también lo dicho por el griego Odiseas Elytis; él aseveró que el quehacer poético respondía a una metafísica solar en la que los poetas debían “sostener el sol en las manos sin quemarse y convertirlo en una antorcha que guiara a otros en la oscuridad”.

Celebrar de nuevo la Navidad

14 domingo Dic 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Celebrar una vez más la Navidad, la misma que, junto al pesebre, los villancicos y el árbol decembrino, conforman un tiempo de bondades, de perdones y de caridades, como bien lo escribiera Charles Dickens, en su legendario relato “Cuento de Navidad”. La Navidad es el culmen de una anunciación: el mensaje por fin llega. Navidad es el tiempo en el que podemos ver de cerca lo esperado, lo anhelado, aquello que nos fue prometido. Navidad es un tiempo en el que otro ser se nos da como regalo, se nos brinda, se nos ofrece. Y Jesús de Nazaret, el anunciado, no es sino la alegoría de quien desea ofrecerse como dádiva. Navidad: culmen de la promesa, época en que el mensaje y el mensajero se confunden.

*

Navidad: tiempo en el que se juntan el ritmo del corazón y el latido del canto. A todos se quiere alabar en diciembre: al niño callejero, al otro que no tiene techo, al que no tiene camisón; y también se quiere alabar al preso, al torturado, al enfermo, a los hombres y mujeres que sufren. Todos los hombres se tornan hermanos desde el canto. La canción iguala. Si hay una consigna navideña, si hay una propuesta, una aspiración es aquella de “quiero cantarte mi amigo, quiero hacerte hermano desde la sangre de una canción”. Navidad: música que reúne al afortunado con el nacido en el desamparo; ritmo que aglutina lo más humano con lo más divino. Dios se hace hombre y el hombre se hace más humano. Navidad: encarnación y alabanza.

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Pastores, niños, hijos. Navidad: momento epifánico, época de nacimientos. El capullo se hace flor y empieza a despuntar. Y si es un tiempo dedicado a la niñez, la Navidad, por lo mismo, es un canto a la vida. La vida que renace, que persiste, la vida que triunfa sobre la muerte. La Navidad podría sintetizarse en la figura simbólica del gallo, del que anuncia con su canto el renacer de la mañana. El canto del gallo triunfa sobre la noche, hace despertar a los dormidos. El gallo, emblema de la vigilancia y la actividad; emblema de Cristo: luz y resurrección. Navidad, misa de gallo, así hemos continuado llamando a esta vieja tradición que desde el siglo V se celebraba en Roma. Navidad, canto del gallo: salida del sol, triunfo de la vida. Navidad: la noche del dolor se acuesta, el sol de la alegría se levanta.

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Y esta época de Navidad nos hace volver los ojos, desde luego, sobre los otros; nos torna más atentos a la presencia de cada vecino, de cada compañero de trabajo. El tiempo de Navidad es una invitación a ampliar nuestro círculo de conocidos, a extender nuestra familia. Los demás dejan de ser esa gran mole que observamos a distancia, con miedo o sospecha, con indiferencia a contaminarnos de sus problemas; dejan de pertenecer a una gran masa anónima, y se convierten en personas con rostro propio. El desconocido se torna amigo. Prójimo, otredad, rostros. Navidad: un abrazo, dos manos que se estrechan, un beso, un encuentro de almas. Navidad: no un yo, ni un él, sino un nosotros.

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La Navidad nos señala, como si fuera otra estrella, un rumbo, un camino: tenemos que ir tras la familia, la gran familia. Los portales claman desde un fuego tutelar. Allá, en la distancia, el abuelo ansioso –esa otra figura tan especial en estas fechas– espera a sus nietos. En Navidad, todos nos volvemos como Reyes magos, nos tornamos en visitantes y cada uno lleva un regalo, un presente. Aunque la verdadera magia reside en la visita. Diciembre, mes de romería en busca de los más amados. Navidad: invitación al viaje, esa otra forma de aventura. Del campo a la ciudad, de la ciudad al campo; del oriente al occidente; del norte al sur. Navidad: trastoque de nuestra rutinaria geografía: ansiedad de la sorpresa. Renovación del tiempo.

*

Las fiestas de Navidad no pueden separarse de la fiesta de Año viejo. Sabemos que a la par del nacimiento va su contrario. El fruto que brota desaloja su cáscara. Y este ciclo de la vida nos coloca en la pregunta por tantas cosas que acaecen en nuestro mundo. Por la estación intimidante en que vivimos, por las guerras ininterrumpidas, por la atmósfera malsana de la indiferencia social. Toda esa muerte que nos circunda contrasta aún más en Navidad porque, casi siempre, la felicidad y la paz que pregonamos se ven asaltadas u obstruidas por los infinitos Herodes de nuestro tiempo. Y dónde dejar la injusticia rampante, dónde la pobreza extrema que ya no basta con denunciarla. ¿Dónde?, ¿cómo? Quizá cada uno de estos interrogantes nos lanza a emprender alguna acción reparadora, a activar nuestro espíritu para no desesperanzarnos pasivamente, sino a asumir una cuota de compromiso. A implicarnos más con el mundo en que vivimos, para entregarnos aquí y ahora por alguien o por algo. Navidad: exigencia profunda para todos los que aspiramos una verdadera paz. No la paz ilusoria, sino aquella otra, la más necesaria, la de la humana convivencia. La paz que, como otro pan, debemos conquistar cada día, un trabajo cívico de todos los ciudadanos. De hombres y mujeres que construyen con ahínco el tejido diverso de lograr vivir juntos.

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Navidad, época de alumbrados, de velas encendidas y abundante luz. Cada hogar o ciudad exhibe sus luces, los hace titilar en sus ventanas o en los parques. La luz navideña es símbolo de esperanza, de felicidad, de renovación de la vida. Las oscuridades que nos rondan, las tinieblas agobiantes desaparecen ante el brillo multicolor y el resplandor de las luminarias. Navidad es el tiempo para encender las ilusiones apagadas, para renovar el fuego de la fraternidad, para avivar los vínculos humanos. Y, por supuesto, es una época adecuada para permitirnos acoger el resplandor íntimo de la espiritualidad, ese fulgor que tanta falta nos hace en estos tiempos de insensibilidad y codicioso materialismo. Navidad: invitación festiva a dejar que brille con intensidad la luz de nuestros corazones.

De la cizaña y sus pregoneros

29 sábado Nov 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Cuidado de sí, Medios masivos de información, Redes sociales, Vicios de la comunicación

«Crispin y Scapin» de Honoré Daumier.

Un amigo me hizo llegar uno de esos mensajes que circulan por internet con una frase que me puso a pensar sobre la cizaña. El texto de la corta frase dice así: “La cizaña es peligrosa: te hace odiar a quien nunca te hizo daño y confiar en quien te envenena”. Tomando como referente esta breve comunicación podemos en esta ocasión ahondar en las particularidades y alcances de la cizaña.

Lo primero que reflexioné fue en el poder de seducción del cizañero para ganarse la confianza de quien pone en la mira de sus comentarios o consejos; a veces, utilizando la zalamería emocional o creando en la otra persona la idea de que todo lo que va escuchar es por su bien o para “ayudarle” a salir de un problema o una situación de crisis. El cizañero o cizañera saben muy bien disfrazar sus palabras de lobo como expresiones de oveja; en eso consiste la médula de su maldad: hacer pasar la hierba mala como si fuera verdosa espiga de trigo. Y el interlocutor cede, llenándose de motivos o razones ajenas que, poco a poco, parecen propias, aunque en el fondo no son otra cosa que concitaciones venenosas. Con tal de lograr la duda, la desconfianza o el recelo por alguien, el cizañero logra su cometido. Lo que venga después, lo que desencadenen sus consejas, el sufrimiento que produzcan, pasan a un segundo plano, amparado en la licencia de una presunta complicidad o una falsa camaradería.

Sembrar cizaña parece ser en nuestra época una práctica personal y un estilo de interrelacionarnos. Es el modo habitual como las redes sociales proceden a diario. Más que buscar aclarar determinado asunto u ofrecer otros puntos de análisis para resolver un problema, lo que hacen es azuzar el odio contra alguien, despertar viejos resquemores o, lo que resulta más contraproducente para la vida en comunidad, emponzoñan el corazón contra los que piensan diferente o son de otra frontera ideológica. Para ello ponen a circular rumores infundados, crean daños inexistentes, multiplican el sectarismo y, con un lenguaje desobligante, hostigan la indignidad y la ojeriza contra el vecino. Es propio del tono emotivo e inmediatista de las redes sociales reverberar la cizaña y estropear la concordia: de otra manera se perderían el afán guerrerista y no lograrían multiplicar los ansiados “me gusta” de los seguidores. El asunto se complica aún más cuando sabemos de la adicción de las personas por este medio de información y de su poder para encender negativamente los ánimos o manipular la opinión pública.

Algo semejante ocurre con los medios masivos de información, en particular la radio. Un buen número de periodistas, especialmente los que asumen cierto tono de jueces inapelables, abandonan su labor de ofrecer puntos de vista diferentes sobre un hecho o acontecimiento, para provocar a la audiencia, espolear su aversión por alguien o perorar asuntos con una descarada parcialidad que por momentos ya no son noticias relevantes sino diatribas incendiarias. Este periodismo cizañero acompaña a los oyentes desde las primeras horas del día hasta que el final de la noche. Se lo conoce por ser repetitivo, por “escoger” tendenciosamente sus fuentes, y por actuar siempre amparados en la consigna de que la gente necesita estar bien informada, aunque una vez sembrada o divulgada la cizaña optan por “tirar la piedra y esconder la mano”. Algo queda en el público de este periodismo fraguado contra “un otro”, de este periodismo que sabe muy bien resaltar lo negativo del opositor y ocultar o minimizar los yerros del simpatizante. Los actuales medios masivos de información inciden de amplia manera en el clima de zozobra de nuestra sociedad, favorecen la avalancha de agresión sobre la necesaria convivencia; incitan y promueven, en su modo de presentar las noticias, una realidad de opuestos irreconciliables, de polarización sin atenuantes y de pérdida de esperanza.

Pero la cizaña también se siembra en los ambientes familiares. A veces por envidia, por ambiciones económicas o por “chismes” que de tanto repetirlos comienzan a parecer verdades. En este caso, la cizaña se propaga soterradamente entre familiares, se torna en un murmullo que corroe los lazos de la fraternidad e indispone –hasta la ruptura o el total alejamiento– a quienes participan de un mismo origen, de una misma crianza. Este tipo de cizaña se exacerba cuando uno de los miembros de la familia goza de mejor fortuna o logra sobresalir en algún aspecto; cobra más fuerza cuando se suman los intereses o la codicia de la familia extendida; se propaga en el tiempo heredando las hostilidades de los padres a sus hijos. Tan nociva es la cizaña en la familia que logra convertir en enemigos a quienes deberían ser nuestro primer círculo de apoyo; tan hondas heridas causa que llega a provocar rencores, resentimientos o retaliaciones silenciosamente esperadas.

Y ni qué decir de la cizaña que dejamos entrar en el terreno sensible del mundo afectivo, específicamente en las relaciones de pareja. Si abrimos de par en par nuestra interioridad al cizañero, si le contamos nuestras cuitas, con toda seguridad él sabrá multiplicar las dudas, los temores o, por lo menos, acentuar los defectos de nuestra pareja. La cizaña se nutre de eso: de sacar provecho de nuestra infelicidad o de nuestras debilidades amorosas, de agrietar aún más lo que apenas es una fisura, un altibajo emocional o una desavenencia pasajera. La cizaña absolutiza un hecho, por pequeño que sea, ahonda en la desmemoria de lo vivido con alguien y propugna por entronizar en el centro de nuestra alma el desprecio, la altivez o la indiferencia. Tratándose de asuntos del corazón, la cizaña ansía enemistarnos con quien hemos amado o trastocar el cuidado por otro ser en una relación de malquerencia.

A sabiendas del daño moral, psicológico, afectivo o para la sana convivencia, deberíamos estar más atentos a esto de propagar cizaña –basta saber guardar silencio y no entrometernos donde no nos llaman– o dejar llenar nuestro espíritu y nuestra mente de animadversiones gratuitas. Es inevitable que la cizaña crezca en nuestra a vida social, pero de nosotros depende desyerbar esas malas hierbas que, camufladas en buenas intenciones, lo que en verdad hacen es agudizar nuestros temores, opacar nuestro buen juicio y llenarnos de una rabia infinita y sin sentido. Necesitamos el suficiente discernimiento para no creer en todo lo que nos murmuran o entregar nuestra voluntad a quienes nos incitan a la animosidad, el rencor o la antipatía, justo con quienes convivimos o compartimos una vida comunitaria. La mesura, la sensatez y cierto espíritu de sospecha sobre tales personas contribuyen a que el cedazo del tiempo nos ayude a separar –tal como en la parábola bíblica– el buen grano de las perjudiciales plantas venenosas. Mantenernos atentos y prudentes, escardando los comentarios malintencionados, es un modo de proteger el corazón de las irritaciones de la tóxica cizaña.

Pensar en «un otro»

01 sábado Nov 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Éticas del cuidado, Fragilidad humana, Madurez moral, Prácticas de Otredad, Relaciones cara a cara

Ilustración de Owen Gent.

Pienso que la madurez moral de una persona comienza, realmente, cuando empieza a desplazar su circunscrito yo hasta esa frontera donde comienza un otro. Albergar las necesidades o los quebrantos emocionales de otra persona y actuar de acuerdo a ello, supone un esfuerzo interior mediante el cual se deja de orbitar en función de los propios deseos y se comienza a gravitar sobre las demandas de la alteridad. Y si digo que significa un esfuerzo es porque implica sujetar las riendas de nuestro egoísmo y cierta complacencia narcisista muy parecida a la indiferencia.

Cabe formular algunas preguntas que nos permitan autoevaluarnos en esta conciencia del otro: ¿nos preocupa, en serio, lo que nuestros progenitores requieren, y más si ya tienen una edad avanzada?; ¿en la lista de nuestras tareas cotidianas, hay algún ítem relacionado con atender a determinado amigo enfermo, en situación de crisis económica o que está francamente atravesando un estado depresivo o de soledad?; ¿pensamos en las fragilidades de nuestra pareja y en cómo colaborarle para hacerlas menos angustiosas?; ¿nos preocupa el bienestar del vecino o, por lo menos, estamos atentos para mostrar nuestra solidaridad cuando necesita apoyo?; ¿nos mostramos dispuestos para prodigar un abrazo u ofrecer nuestra presencia en situaciones de duelo, pérdida o situaciones de sumo padecimiento?; ¿podemos disponer una parte de nuestro dinero para buscar algún detalle, alimento o evento que le produzca un genuino y esperanzado momento de alegría a otra persona?; ¿somos perceptivos y nos interpela el sufrimiento ajeno?; ¿dentro de nuestro proyecto de vida cabe o tiene fuerza de imperativo moral el servir a los demás?

Seguramente, si examinamos nuestros actos sin engañarnos o justificarnos, descubriremos que en muchos casos esos otros apenas nos incumben o si nos parecen relevantes ha sido sólo cuando sirvieron a nuestros intereses o parecían convenientes para nuestros propósitos más inmediatos. Luego, dejaron de ser significativos y entraron a engrosar la larga fila de seres anónimos que vamos desechando con el pasar de los años. Si en realidad nos importaran esos otros, seríamos profundamente agradecidos y mantendríamos un vínculo de fibras irrompibles. Pienso, por ejemplo, en lo fácil que se olvida lo recibido durante años de alguien, su apoyo incondicional, por cierta soberbia que trae consigo la suficiencia en el presente. Nos cuesta retribuir en función de lo recibido; nos falta abnegación para trocar el impulso de nuestros deseos más inmediatos por las urgencias de quienes a bien tuvieron darnos alimento, techo y compañía. Los otros seres, así hayan sido determinantes en lo que hoy somos, han entrado a formar parte de nuestras relaciones de desecho.

Pensándolo bien, esta poca valoración del otro, está muy relacionada con un culto a lo inmediato, al presentismo de las interrelaciones, a la desmemoria afectiva y a una inadvertencia de nuestros semejantes. Cada día nos cuesta más asumir la responsabilidad de los vínculos o nos ocultamos bajo la mampara del encuentro casual, evitando a como dé lugar enfrentarnos –al pasar del tiempo– con los defectos, imperfecciones o aspectos negativos de otra persona. Porque el otro poco nos importa, establecemos contactos eventuales sin inmiscuirnos o compartir a fondo la historia de otro ser humano con sus vicisitudes y peripecias no necesariamente admirables. Queremos que el otro sea un remedo de nuestra forma de proceder, que tenga los mismos ideales o que no vaya a poner en vilo nuestra zona de confort o felicidad. Las redes sociales han ido reforzando este modo de interrelacionarnos, aceptando sólo a los otros que entran dentro de nuestra burbuja controlada, pero que borran y excluyen a aquellos diferentes que no simpatizan con nuestras preferencias o nuestro perfil ideológico. 

Si el otro nos importara, si tal observancia tuviéramos sobre un familiar, un compañero afectivo, un vecino o un colega de trabajo, mantendríamos en el radar de nuestra atención sus carencias más apremiantes, sabríamos ser oportunos para darle un abrazo vivificador, sopesaríamos mejor las decisiones que lo afectan, pensaríamos con mucho tino las palabras que le decimos. Si asumiéramos esa mirada generosa, compasiva, fraterna; si nos importara escuchar al “tú” antes que al vociferante “yo”, descubriríamos que más allá de los diferentes roles sociales que representamos o del tipo de relaciones interpersonales que establecemos, existe una filiación mayor: la de ser personas sometidas a las contingencias, a las adversidades y el sufrimiento; que somos hermanos de una existencia sometida a los avatares del tiempo y a la apremiante necesidad.    

Desde luego, asumir la irradiación de otro ser, ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones, supone hacer cambios en nuestra forma de pensar o comportarnos. El otro nos exige tiempo, nos obliga a hacer cambios de agenda, jerarquizar de otro modo nuestros proyectos, poner a prueba nuestras emociones y el talante de nuestro temperamento. El otro nos confronta, en el sentido etimológico del término; es decir: nos lleva a ponernos cara cara con otro ser humano. El otro nos implica, nos compromete, nos hace ser conscientes de nuestras posibilidades y limitaciones. Entrar de lleno en ese encuentro con el otro pone al descubierto si tenemos voluntad para la solidaridad, el desprendimiento o el urgente auxilio. El otro saca a relucir nuestra capacidad de empatía o nuestro cabal desentendimiento por quien reclama asistencia o gestos de hermandad. La persona que asume la obligación de acoger a otro ser en su espacio vital sabe que debe pasar del uso individual de los pronombres personales al tiempo concordante del nosotros.

Tampoco es disculpa descargar únicamente el cuidado del otro en profesionales del área de la salud, de trabajo social, en docentes o en religiosos que han sentido la “vocación” de servicio. Puede que ellos posean más elementos de juicio y estrategias para atender a los que padecen carencias de diferente índole, pero cada persona tiene la obligación moral de preocuparse responsablemente por sus semejantes. En la familia, en las relaciones de pareja, en el ambiente laboral, en las interrelaciones cotidianas, nos debemos sentir corresponsables de esos otros con los que compartimos proyectos de vida, convivimos regularmente o tenemos algún tipo de vínculo. Desde esta perspectiva, si mantenemos en mente el cuidado del otro, pondremos freno a nuestros caprichos desobligantes, a nuestras pasiones desbocadas, a nuestras terquedades indolentes. Sólo así, vigilantes y compasivos, podremos favorecer la dignidad de la otra persona, mantendremos su confianza, garantizaremos su bienestar interior y sabremos resolver amablemente los posibles problemas que con ella tengamos.

Cómo es de importante en nuestra ética personal mantener el referente moral del cuidado del otro. Ahí está la clave de muchas de nuestras fracturas en las relaciones interpersonales, es el detonante de iniquidades que conducen al resentimiento social y el palo en la rueda que traba el fluir de la coexistencia pacífica en diversos espacios de nuestra sociedad. Porque el otro poco nos importa volvemos habitual el irrespeto, amañamos a nuestro antojo los acuerdos y las normas de convivencia, hacemos que el trato indigno o la mezquindad sean los pregoneros de nuestro individualismo o nuestros particulares intereses. Si actuáramos o tomáramos decisiones teniendo siempre en mente el impacto de ellas en otras personas, si dimensionáramos el modo y la calidad de su efecto, con toda seguridad seríamos más prudentes, más solidarios y, lo más importante, provocaríamos menos dolor en nuestros semejantes.

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