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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Comentarios

Aislarse en el desierto para enfrentar las pruebas al espíritu

05 viernes Dic 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de obras pictóricas, Iván Kramskoi, Recogimiento y contemplación, Simbolismo del desierto

«Cristo en el desierto» de Iván Kramskoi.

Absorto, abstraído del mundo. Enclaustrado en sus pensamientos, en un fluir de conciencia que va más allá de la simple reflexión. La mirada, aunque parece concentrarse en las piedras, en realidad no está fija en ningún objeto en particular. Es un rostro circunspecto, impasible, duro como las rocas que lo circundan. Mantiene las manos entrelazadas, en un gesto de fuerza contenida o de oración; esas manos refuerzan su actitud ensimismada, profundamente alejado de las personas y las circunstancias. Se trata de un hombre que, después de caminar a pie limpio largos días por el desierto, se ha sentado a meditar sobre su vida, sobre su pasado, pero especialmente sobre su futuro.

*

Las piedras a su alrededor son los testigos mudos de sus cavilaciones. Este paisaje árido, desértico, contribuye a hacer más fuerte el aislamiento, la infinita soledad. No hay un árbol, ni un pájaro, ni una lagartija que pueble aquel ambiente desolado. La piedra caliza del erial hace las veces de un espejo que refracta sus meditaciones. He aquí un hombre mayor enfrentado al examen profundo de su destino.

*

Es el inicio del amanecer, se nota que el sol hasta ahora está despuntando. La luz emerge por atrás del personaje, pero sin sorprenderlo o hacerle alterar sus preocupaciones.  Por lo visto, este caminante ha estado en esa posición toda la noche, velando sus pensamientos, ocupado en sus dilemas más íntimos o en alguna decisión que aún no logra delinear dentro del mapa de su existencia. Este es un hombre de meditación doliente, símbolo de todos aquellos que, en algún momento de su vida, tuvieron que enfrentar solos un conflicto esencial, y asumieron con temple de corazón el abatimiento de su espíritu.

*

El desierto siempre ha sido prueba y confrontación, inmensidad que nos obliga a revisar nuestra finitud. La extensión de lo árido nos vuelca hacia las limitaciones de lo íntimo. Las preguntas emergen cuando el silencio nos sobrecoge: ¿Por qué a mí me suceden estas cosas?, ¿qué decisión tomé equivocadamente en el ayer y produjo estas nefastas consecuencias en el presente?, ¿habrá otra alternativa que no me sea tan dolorosa o evite el dolor en otro ser?, ¿puedo ser dueño cabalmente de las riendas de mi existencia?, ¿es este el fin de una etapa de mi vida? Los ambientes externos secos e infecundos, la suprema desolación, nos permiten observarnos hacia adentro: ¿basta con ser buenos para conseguir ser amados?, ¿se puede ser totalmente libres sin que otros sufran?, ¿tengo el alma dispuesta para hospedar sin temor lo inesperado? El realismo de la imagen es contundente: este es el retrato de un hombre asaeteado por cuestionamientos que ponen en vilo su existencia.

*

La cabeza está ligeramente inclinada hacia adelante, fruto del lastre invisible que carga sobre sus hombres. Es un fardo secreto que lleva a cuestas o que soporta con una resignada pesadumbre. La lucha con ese peso inmaterial es interna: no hay en él manifestaciones exteriores de desesperación o expresiones de desespero. Aunque padece una honda angustia, se mantiene impertérrito, en reposada contención de su ser. Este lienzo sobrecogedor representa a todos aquellos hombres que, calladamente y por un largo tiempo, sobrellevan sobre sus espaldas un problema personal de descomunales proporciones.

*

El relato bíblico refiere que en un ambiente como estos, estéril y desolado, ocurrió la tentación de Satanás: el adversario interior de la negación absoluta. Jesús se apartó al desierto para ponerse a prueba, para examinarse: necesitaba esta cuarentena de ayuno y soledad para exorcizar sus miedos, para afirmarse en su opción de vida, para caldear su voluntad. La tentación se le manifestaba a manera de incógnitas: ¿podría seguir adelante privándose de algo o de alguien?; ¿estaba preparado para enfrentar la muerte de su pasado?; ¿tenía cabida en sus convicciones la acechante incertidumbre? El cuadro ilustra la situación en que un hombre se aleja al desierto a enfrentar sus tentaciones; muestra el necesario paso por la suprema soledad que lleva al recogimiento silencioso y, mediante ese trance, alcanzar la conversión de su espíritu.

*

El gesto de la cara, la postura del cuerpo, todo ello son indicios del sumo recogimiento. Apartado de la gente, aislado de cualquier tipo de distracción, el hombre está retraído, reuniendo dentro de sí lo que estaba disperso o lo que no le permitía entablar un diálogo con su esencia. Este retiro le posibilita meditar, es decir, poner al unísono su alma y su cuerpo para sopesar el valor de las posesiones y de las opciones, para aquilatar el sentido de su existencia. Y para no perder tal estado concentrado del espíritu –lo sabemos al volver a mirar sus manos entrelazadas– está en silencio orando o en un dedicado ruego por un apoyo trascendente. El recogimiento es tan profundo que lo ha puesto en actitud contemplativa: apaciguada la exaltación de los sentidos y resguardado por la silente aridez del entorno puede, entonces, ir más allá de las apariencias y esclarecer el motivo de sus tormentos. El recogimiento supone un esfuerzo de la voluntad para escucharnos, evitar la disipación e interiorizar nuestras cruciales decisiones.

*

El óleo del ruso Iván Kramskoi nos ofrece varias lecciones de vida: la resistencia de la piedra que ilustra a nuestro corazón sobre la manera de aceptar lo inevitable; la búsqueda de silencio como invitación a concentrarse y a apaciguar las pasiones; la necesidad de soledad que conduce al pensamiento a una actitud introspectiva; la condición indispensable del aislamiento para disponer el espíritu hacia un estado contemplativo. La obra Cristo en el desierto nos interpela porque muestra de cualquier ser humano, sometido a la opresión de un trance irreversible o una crisis inesperada, cómo soporta con entereza los debates internos de su alma.

*

Entrar y padecer la cuarentena en el desierto nos permite sobrepasar algunos hundimientos existenciales o esclarecer indeterminaciones que nos provocan desasosiego; recogerse en la soledad de lo árido nos ayuda a reencontrarnos, a darle temple a la voluntad, y, sobre todo, a reconstruir nuestro corazón cuando está fracturado o hecho pedazos.

Contrapunto con versos memorables

12 domingo Oct 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de versos, Versos memorables

Fotografía de Chema Madoz.

1

“Murmuran que hablo muy poco

alma los que nada saben

de nuestros largos coloquios”.

Miguel Hernández     

“A mi alma”.

A veces nuestros silencios no son más que la cáscara del ensimismamiento. Y si nos negamos a hablar es porque no queremos interrumpir esa otra conversación que tenemos con nuestra alma. La parquedad o el mutismo protege las voces de nuestra conciencia y evita que perdamos la atención sobre asuntos que nos preocupan, nos atormentan o que tienen la forma de presentarse como preguntas inquietantes. ¡Cuánto tiempo necesitamos para establecer ese diálogo con nosotros mismos! ¡Y cuánto más para comprender lo que allí decimos de manera silente! En muchas ocasiones, cuando se pierde la confianza en los más cercanos, o cuando los problemas acuciantes atenazan la garganta y multiplican la desazón del espíritu, nos queda la posibilidad de establecer ese coloquio interior, ambientado por el silencio o por el compás de nuestro caminar sin rumbo determinado. Entonces, nos hablamos sin cortapisas, nos decimos lo que nos duele o nos preocupa y, al mismo tiempo, percibimos lo que nuestro propio pensamiento replica o nos cuestiona. Es posible que este diálogo solitario alivie el alma u ofrezca salidas a nuestras dificultades; o que nos ayude a sobrellevar mejor la avalancha de nuestras pesadumbres. 

2

“Oh Dios. Tú que nos has hecho

para morir, ¿Por qué nos infundiste

la sed de eternidad que hace al poeta?”.

Luis Cernuda

“Las ruinas”.

Si tuviéramos la humilde resignación para aceptar nuestra finitud sin decir nada, dóciles al paulatino deterioro de nuestro ser, todo sería más fácil de entender o soportar. Sin embargo, en nuestro espíritu –terco él– ansiamos que la felicidad continúe, que el amor no se canse, que nuestras limitadas manos puedan tocar las estrellas. El dramatismo nuestro reside en esa condición de ser finitos y, al mismo tiempo, tener un corazón con sed de eternidad. Racionalmente entendemos que tenemos que morir y, sin embargo, nuestro apasionamiento irreflexivo siente que esos límites pueden traspasarse con sólo pronunciar unas palabras o alargando los momentos dichosos. Tal dramatismo se hace más intenso, más hondo, cuando quien lo padece es el poeta. Porque con la misma intensidad con que siente el palpitar del mundo o el comportarse de las personas, en esa misma proporción termina siendo afectado, conmovido, o llevado al ensimismamiento. Al haber preparado su alma para lograr captar la “esencia” de los seres y las cosas, para adivinar incluso su secreto palpitar, el poeta tiene un umbral mayor de resonancias íntimas, de afectación emocional. La sensibilidad exacerbada del poeta hace más drástico ese destino ineluctable de los hombres. Y si bien reconoce su condición de ser polvo deleznable, no deja por ello de salvaguardar en su pecho la sed de infinito.

3

“Corta la vida o larga, todo

lo que vivimos se reduce

a un gris residuo en la memoria”.

Ida Vitale

“Residua”.

Lo vivido produce un aserrín, un residuo que vamos almacenando en nuestra memoria. ¿Qué nos queda de todas las experiencias que hemos tenido, si no lo que salvamos a manera de recordación o permanece reverberando en nuestra mente? De allí que el significado o la valoración de una existencia dependa, en gran parte, de su pregnancia en la memoria, del grado de profundidad en el pozo de las remembranzas. Lo vivido adquiere densidad en la medida en que podemos evocarlo o hacerlo nítido en nuestro presente; y es más importante si, a pesar de nuestros años, sigue intacto en sus pormenores y particularidades. Por supuesto, a la par que envejecemos algunos hechos y personas, determinados acontecimientos pierden su irradiación novedosa y empiezan a adquirir una pátina claroscuro, semejante al barniz de los objetos antiguos. Tal opacidad no los hace menos importantes; por el contrario, les otorga una majestad o un encanto especial por ser portadores de las claves de nuestra propia historia. Recordar, en consecuencia, es darle lustre a ese mobiliario personal, limpiarlo del polvo del olvido, abrirle ventanas testimoniales para que entre el aire refrescante de lo memorable.

4

“Mas los que no volvieron viven más hondamente,

los muertos viven en nuestras canciones”.

Aurelio Arturo

“Rapsodia de Saulo”.

Si bien los que ya no están con nosotros –especialmente los más queridos– parecen desaparecer de nuestra vida, en verdad permanecen en relatos que contamos sobre ellos, en anécdotas traídas a colación en situaciones inesperadas, en frases que parecen condensar su legado de sabiduría. Y, si hay talento, esos muertos reviven a través de la alquimia de las formas del arte; renacen por un pincel, una fotografía, una escultura, una canción o un poema.  Y al ver sus rostros ya fallecidos, apreciar una película sobre su existencia o devolverle su fisonomía y su carácter a través de un cuento o unos versos, nos damos cuenta de que su presencia es mayor de lo que pensamos; que tienen una consistencia atemporal o que pueden habitar diferentes espacios. Nuestras evocaciones los hacen revivir, los ponen de nuevo a deambular a la par de nuestra cotidianidad y parece que nunca han partido del hogar de nuestros afectos. Tal vez todo se explique por la consistencia imantada del corazón de los hombres que sigue atrayendo hacia sí todas las partículas del afecto que alguna vez estuvieron pegadas o vinculadas con su ser.

5

“Moneda que está en la mano

quizá se deba guardar;

la monedita del alma

se pierde si no se da”.

Antonio Machado

“Consejos”.

Nuestras riquezas –pocas o muchas– merecen toda la sensatez para no dilapidarlas o malgastarlas en cualquier cosa innecesaria. Saber ahorrar nuestras monedas con perspectiva previsiva, es un consejo de antiquísima sabiduría. Pero, algo diferente ocurre con los bienes de nuestra alma, con nuestros afectos o nuestros sentimientos: si no los compartimos, si no podemos darlos a otros, terminarán perdiendo su valor o, lo más doloroso, herrumbrándonos el espíritu. Ofrecer nuestro afecto, darlo a manos llenas, multiplicar nuestra capacidad de abrazar es una forma de airear la interioridad, de no dejarla que se convierta en agua infecta, amargada y ponzoñosa. Lo que oxigena el alma es nuestra capacidad de albergar a otros seres, de propiciar vínculos, de disponernos en situación de acogida o de franca solidaridad. Tal movimiento de ir con apertura hacia los otros, el cuidado constante hacia la alteridad, es lo que aumenta los caudales de nuestro interior. Dos monedas tenemos en nuestros haberes: una, nos enconcha para la reserva y el desinterés ajeno; otra, nos hace abrir las manos, yendo hacia quien percibimos con rostro de necesitado. Si sólo pensamos en guardar, si la cicatería y el egoísmo rigen nuestras relaciones humanas, con toda seguridad perderemos las riquezas que traen consigo la filantropía y la generosidad.

6

“Si no la infancia, ¿qué había entonces allí que no hay ahora?”.

Saint-John Perse

“Para celebrar una infancia”.

Sabemos, por supuesto, que nuestra infancia ya hace parte del pasado; que la vivimos o disfrutamos a plenitud con esa libertad que se asemeja mucho al divagar del viento. Juegos y algarabía, aventuras y ojos exploradores, ocio infinito compartido con amigos y mascotas y empleado devotamente en odiseas solitarias, todo ello hace que esta etapa de la vida se impregne de manera indeleble en nuestra memoria. Y aunque ya esté lejana en el tiempo, lo cierto es que permanece en nosotros como una reserva de felicidad. La infancia es como una patria del espíritu a la que volvemos siempre, una tierra rebosante de fertilidad, un árbol majestuoso que, además de cobijarnos, nos permite encontrar las raíces de lo que en verdad somos. Lo más común es que al volver a aquellos ambientes de nuestra infancia, ya no estén ni las personas que nos cuidaron ni los escenarios frecuentados por nuestros pequeños pies; sin embargo, al caminarlos, verlos en una fotografía o evocarlos de nuevo con nuestra imaginación, recuperan su radiante plenitud, abren otra vez su esplendor de vida en alborada. La infancia continúa siendo, hasta el final de nuestra existencia, un fuego tutelar que mantiene caliente la morada de nuestro corazón.

7

“Si me quieres, quiéreme entera,

no por zonas de luz o sombra…”.

Dulce María Loynaz

“Si mi quieres, quiéreme entera”.

Quizá por idealizar los afectos o por una cándida manera de entender las pasiones, anhelamos amar a seres perfectos, invariables o que se adecuen a nuestro estereotipo de persona deseable. Olvidamos que todos los hombres y mujeres son falibles, sujetos al error, variables en su carácter y, especialmente, afectables por el paso del tiempo. Porque dejamos de lado estas realidades humanas es que tendemos a recortar a nuestro antojo las personas que dicen amarnos o a quienes queremos amar; a veces las evitamos porque no queremos aceptar sus oscuridades o nos empecinamos en desmancharles lo que no está acorde con nuestros gustos. Nos cuesta amar íntegramente a otro ser, nos confronta abrazar a quien sentimos diferente o, lo que resulta más lamentable, nos obcecamos en tratar de cambiarlo para que se ajuste a nuestros patrones amorosos. Amar a otro ser humano, con sus luces y sombras, con sus aciertos y equivocaciones, supone ampliar los límites del propio corazón. Quien bien ama comprende que hospedar a otro ser, darle rostro y proyección en el tiempo, es una apertura de complicidad con sus fortalezas como también un compromiso fraterno de cuidar sus fragilidades.

El comentario de un texto lírico en cinco momentos

28 domingo Sep 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios, LECTURA

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Didáctica de la escritura, Didáctica de la literatura, Dulce María Loynaz, Lectura de poemas

«La dama del estanque» de Charles Rebel Stanton.

Un ejemplo, mostrado paso a paso, podrá iluminar los momentos y los pormenores de lectura que permiten realizar un comentario de un texto lírico. El poema que he elegido es “los estanques” de la poetisa cubana Dulce María Loynas, contenido en el libro Poemas escogidos, publicado por el Fondo de Cultura Económica y la Universidad de Alcalá de Henares, en 1993. Trascribo el texto:

Los estanques

Yo no quisiera ser más que un estanque

verdinegro, tranquilo, limpio y hondo:

Uno de esos estanques

que en un rincón oscuro

de silencioso parque,

se duermen a la sombra tibia y buena

de los árboles.

¡Ver mis aguas azules en la aurora,

y luego ensangrentarse

en la monstruosa herida del ocaso…!

Y para siempre estarme

impasible, serena, recogida,

para ver en mis aguas reflejarse

el cielo, el sol, la luna, las estrellas,

la luz, la sombra, el vuelo de las aves…

¡Ah el encanto del agua inmóvil, fría!

Yo no quisiera ser más que un estanque.

Primer momento

No es fácil ni expedito hacer un comentario si no leemos varias veces el texto. Leerlo en voz alta para tratar de encontrar el ritmo subyacente del poema. Leerlo de forma entonada prestando especial importancia a la puntuación y las unidades de sentido que, a veces, abarcan más de una línea.  Leerlo como quien hace una interpretación de una partitura. Leérnoslo para hacer que nuestros ojos, nuestra inteligencia y nuestra emocionalidad “habiten” el texto o, si prefiere entender de otra manera, leer el poema hasta apropiarlo en su singularidad.

Durante este primer momento se pueden ir haciendo subrayados, marcas en el texto que desde la segunda lectura nos llaman la atención, nos conmueven o nos interpelan. Para ilustrar lo dicho, basta observar que el poema empieza y termina con las mismas palabras: “Yo no quisiera ser más que un estanque”. De igual modo, en esas relecturas progresivas empezará a ser relevante el uso que la poetisa hace de los colores: “verdinegro”, “oscuro”, “azules”, o el empleo reiterativo de la “sombra”. Hay, por lo demás, líneas señaladas con signos de admiración y es notorio el empleo repetido de los puntos suspensivos.

Segundo momento

En esta etapa del proceso –y como resultado de las relecturas– lo más seguro es que el lector capte o haya descubierto el tema o motivo central del poema. Me refiero al asunto que vertebra la esencia comunicativa del poema. En muchos casos, el tema está señalado desde el mismo título o aparece repitiéndose a lo largo del poema. En otras ocasiones, el tema está implícito o subyace a la exposición desarrollada en el cuerpo del texto. Si volvemos a nuestro ejemplo, si bien es cierto que la palabra “estanque” se repite en tres ocasiones, además del título, no podríamos llegar a la rápida conclusión de que el tema de este poema es el estanque. Porque ya hemos interiorizado el poema, intuimos que el estanque le sirve a Dulce María Loynaz para representar o simbolizar un estado de ánimo o un deseo interior: quizá la tranquilidad (“tranquilo” está en la segunda línea), o la impasibilidad (y este término está en línea doce), o la serenidad (y hay evidencia de ello en el mismo verso doce). O, si revisamos esas palabras en relación con el conjunto, esos términos pueden estar cobijados o confluir en una temática mayor, que es la de la contemplación. No digo que este sea el único camino posible, pero me ayuda a explicar el meollo de este segundo momento en el proceso de redactar un comentario de un texto lírico.

Con ese tema descubierto o ya puesto sobre la mesa, lo que sigue es volver a mirar todo el poema y corroborar si, verdaderamente, puede validarse a lo largo del texto. Manteniendo en mente nuestro poema referente, diremos que “la contemplación” puede refrendarse en la línea uno y dos, en la cinco, en la seis, en las líneas ocho, nueve y diez, en la once, doce y trece, en la dieciséis. Así que, ya tendríamos el motivo sobre el cual queremos redactar nuestro comentario. Puesto de manera concisa, la brújula de nuestro futuro escrito será el deseo de contemplación. Insisto, de una vez, en que el tema podría haber sido otro: demos por caso, el “anhelo de tranquilidad” o la “búsqueda de la paz interior”. Lo importante es corroborar si ese tema que hemos descubierto después de muchas lecturas está presente a lo largo del poema y no es un motivo secundario o accidental dentro de la exposición lírica.

Tercer momento

Como ya decidimos que el tema del poema “Estanques” es el deseo de contemplación, ahora nos toca ir buscando las palabras o los versos que avalan o ilustran nuestro planteamiento. Si seguimos de cerca la aproximación al poema que nos convoca, extraeríamos, entonces, de la segunda línea “tranquilo, limpio y hondo”; de las línea ocho, nueve y diez: “ver mis aguas azules en la aurora, y luego ensangrentarse en la monstruosa herida del ocaso”; de las líneas once, doce y trece: “para siempre estarme impasible, serena, recogida, para ver en mis agua reflejarse” y de la penúltima línea: “el encanto del agua inmóvil, fría”. Estos apartados son fundamentales para que nuestro comentario no pierda el eje de lo dicho en el poema o para defender, al decir de Umberto Eco “el sentido literal”. Al entresacar estos términos o estas líneas nos protegemos de volver el texto un pretexto para decir cualquier cosa o ponemos a raya la tentadora sobreinterpretación.

Cuarto momento

Para lograr tejer esos apartados recolectados en la etapa anterior, es necesario ahora ver la macroestructura del poema. Cuando contenga diferentes estrofas, cada una de ellas será el camino obligado para ir desarrollando el comentario. En el poema de la poetisa cubana, necesitamos adentrarnos en el contenido. Observamos que inicia dando algunas características de ese estanque que la autora desea ser: “verdinegro, tranquilo, limpio y hondo”. Luego, ejemplifica el tipo de estanque de su anhelo: uno que esté en “un rincón oscuro de silencioso parque”, un estanque de esos que “se duermen a la sombra tibia y buena de los árboles”. Enseguida, la poetisa expone lo que le sucedería si fuera como el estanque de sus anhelos, si en eso se convirtiera podría “ver sus aguas azules en la aurora y luego ensangrentarse en la monstruosa herida del ocaso”. El poema avanza en la posible consecución de ese estado; si eso fuera posible, no sólo se conseguiría “la impasibilidad”, sino que lograría transformar sus aguas en un reflejo que permitiera ver “el cielo, la luna, las estrellas, la luz, la sombra, el vuelo de las aves”. La parte final del poema exalta ese estado anhelado: “Ah el encanto del agua inmóvil, fría” y rubrica el mismo deseo con que empezó en la primera línea.

Lograr describir la macroestructura del poema y el modo como se plantea o desarrolla su propuesta temática es esencial para darle consistencia y progresión al comentario. Si el segundo momento respondía a la pregunta, ¿de qué trata el poema?, esta cuarta fase se centra en contestar a la cuestión, ¿de qué manera lo lleva a cabo? Como se aprecia, estamos hasta ahora dando cuenta del contenido y su organización, describiendo sus pormenores, poniendo en un umbral muy bajo el derivar interpretativo.

Quinto momento

Con los insumos anteriores ya estamos listos para comenzar a redactar el comentario. Si bien puede haber ligeras variaciones o circunstanciales ajustes, la estructura básica es la siguiente:

Pondremos en primer término el poema que nos interesa comentar, cuidándonos de usar una edición con errores, incompleta o mal puntuada. La transcribiremos en letra itálica para diferenciarla del resto del texto, justificándola siempre en la margen izquierda.

Enseguida, usaremos el primer párrafo de nuestro comentario para contextualizar el poema, el libro del que hace parte, algunos datos mínimos del autor y cerraremos el apartado mencionado el tema o motivo que nos interesa comentar.

Tomando como brújula el tema, nuestro segundo párrafo (o si es necesario el tercero y cuarto, dependiendo de la extensión o el número de estrofas) se centrará en describir el desarrollo del poema, o lo que hemos denominado la macroestructura del texto (incorporar el cuarto momento), hallando versos o líneas que vayan ilustrando nuestra apuesta temática (recuperar acá el momento tres ya explicado)  El tono de este apartado, aunque tiene un gran componente descriptivo, requiere no perder de vista que está al servicio de ilustrar, validar o enriquecer la apuesta temática del comentarista.

El siguiente párrafo (que, en algunos casos, será el tercero y, en otros, el cuarto o quinto) es un tanto más libre para, sin perder de vista el eje temático de nuestro comentario, pasar a exponer relaciones más simbólicas. intertextuales o aplicables a los procesos de formación humana o dar luces sobre determinada situación o problema existencial. Es recomendable, cuando se esté en esta deriva interpretativa, recuperar palabras, versos, líneas que ya hemos detectado en el tercer momento.

El último párrafo de nuestro comentario puede dedicarse a ampliar algún aspecto ancilar del poema, pero que resulta valioso para su cabal comprensión; o recuperar el sentido el título, o explorar en la forma poética y el tipo de verso empleado; o llamar la atención del lector sobre otros poemas del mismo autor o que abordan la misma temática. Sea como fuere, lo más importante es cerrar el último párrafo del comentario con observaciones perspicaces de un suficiente calado analítico, que inviten a la relectura del poema o, por lo menos, a subrayar algunos versos que en su recordación aviven la fibra emocional del lector o lo lleven a la autorreflexión.

Expuestos por separado los cinco momentos, podemos ahora presentarlos de manera articulada. He aquí, en concreto, el comentario de un texto lírico:

Aprender a contemplar como los estanques

En medio de un mundo bullicioso, de agitaciones anímicas permanentes y de un vertiginoso proceder, la poetisa cubana Dulce María Loynaz[1] nos propone, en su poema “Los estanques”, asumir una actitud contemplativa en la que primen el silencio y la serenidad[2].

El texto empieza y termina con un deseo de la poetisa: “Yo no quisiera ser más que un estanque”. La explicación a tal deseo es lo que va a exponer a lo largo del poema. Porque no se trata de ser cualquier tipo de estanque, no. La poetisa nos dice que su anhelo tiene unas particularidades: debe ser de color “verdinegro”, estar “limpio” y ser “hondo”. Pero, además, desea que ese manantial en el que cifra su deseo esté “en un rincón oscuro de un silencioso parque” resguardado “a la sombra tibia y buena de los árboles”. Bien podríamos pensar, de una vez, que el estanque que busca Dulce María Loynaz es un lugar apartado o no visible para el público; un estanque secreto. En los versos que siguen el poema prefigura el cumplimiento de ese deseo; al saberse un estanque, al adquirir sus cualidades líquidas, la autora afirma que entonces podrá ver la transformación de sus “aguas azules en la aurora” hasta convertirse en sangre causada por la “monstruosa herida del ocaso”. Gracias a esa nueva condición le será posible observar los cambios de su flujo vital.

Más adelante, como si fuera una convicción adquirida por su deseo, la poetisa afirma que no es una querencia provisional o momentánea; todo lo contrario: su anhelo es permanecer siempre así: “impasible, serena, recogida”. Porque sólo asumiendo esa condición, le será posible mirar en sus aguas “el cielo, el sol, la luna, las estrellas”; al igual que la “luz, la sombra y el vuelo de las aves”. Siendo ya un estanque, no tendrá la mirada directa de sus ojos, sino que serán sus aguas tranquilas las que reflejarán el universo. Justo en la penúltima línea subraya esa capacidad del estanque anhelado: “¡Ah el encanto del agua inmóvil, fría!”. Lo que en verdad quiere la poetisa cubana es adquirir la condición del agua inmóvil para apreciar mejor el mundo que está en movimiento a su alrededor.

Como puede colegirse, la figura del estanque le sirve a la autora para simbolizar el gesto o actitud misma de entrar en contemplación. Porque la contemplación exige aislamiento o la búsqueda de un “rincón oscuro”, lejos de la algarabía; porque la contemplación demanda una actitud de “recogimiento” en la que el aislarse lleve a la meditación. El estanque no puede estar agitado ni sucio, el estanque no puede estar caliente o lleno de barro. Para entrar en contemplación hay que conquistar la condición de “impasibilidad”, es decir, esa capacidad para no dejarse alterar el ánimo por estímulos externos o, al menos, cultivar la “serenidad” el espíritu hasta alcanzar una sosegada paz. Por lo demás, la contemplación supone aplacar el fuego distractor de las emociones y adquirir cierta “frialdad” en el flujo de nuestras pasiones.

Convertirse en estanque tiene su “encanto”, nos dice Dulce María Loynaz[3]. Quizá no todos podamos, como ella, volver dicha actitud una condición permanente; sin embargo, si frente a estos tiempos vertiginosos y centrados en las demandas del afuera, nos interesa cuidar nuestra interioridad, vale la pena sumarnos al deseo de la poetisa para querer ser como estanques. Estanques “tranquilos” que nos lleven a apaciguar nuestro ritmo de vida; estanques “serenos” que no se dejen provocar por cualquier agresión; estanques apartados que logren interiorizar el aplomo y la calma para no privarse de exaltar la riqueza de la naturaleza y mantener el asombro de la vida. Un poco de estas aguas reflectantes nos pueden ayudar a aumentar el caudal de nuestra sabiduría o a entrar en relación con la “escucha interior” de la que hablan los budistas.

Notas y referencias

[1] Dulce María Loynaz nació en La Habana en 1902 y murió en esta misma ciudad en 1997. De ella ha dicho el poeta Gerardo Diego que su poesía “es tan desnuda, temblorosa e interior que sólo así, susurrada al escucho de cada uno de sus devotísimos oyentes, puede ser comunicada sin menoscabo de su apretada y esencial hermosura”. Entre sus libros de poesía podemos mencionar: Versos, 1920-1938 (1938), Juegos de agua (1946), Poemas sin nombre y Carta de amor a Tut-Ank-Amen (1953), Obra lírica (1955), Últimos días de una casa (1958), Poesías escogidas (1985); de igual modo su novela lírica Jardín (1951).

[2] El poema hace parte de su libro Juegos del agua, editado en La Habana en 1947, recogido en el libro Poemas escogidos, publicado por la Universidad de Alcalá y el Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1993.l

[3] Vale pena recordar aquí la definición que daba Dulce María Loynaz de Lo que era su oficio: “un poeta es alguien que ve más allá del mundo circundante y más adentro en el mundo interior. Pero además debe unir a esas dos condiciones, una tercera más difícil: hacer ver lo que ve”. Consúltese la magnífica compilación de artículos críticos sobre su obra en la serie Valoración múltiple del Centro de investigaciones literarias Casa de la américas dedicada a su nombre, preparada por Pedro Simón y editada en La Habana en 1991.

Cuervos sobre un trigal

14 domingo Sep 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de obras pictóricas, Lectura de pinturas, Museo imaginario personal

«Campo de trigo con cuervos volando» de Vincent Van Gogh.

Este es un cuadro de Van Gogh que me intrigó desde la primera vez que lo vi. Hay en él un contraste de colores, una vigorosa manera en las pinceladas, un cierto misterio en el asunto expresado que me hizo detenerme y entrar en actitud contemplativa. “Campo de trigo con cuervos volando”, lo tituló el holandés; pero, además de esos dos actores pictóricos, yo percibo que hay otros “personajes” en juego, otros elementos significativos en este lienzo magnífico de un metro por cincuenta centímetros.

2

Me intriga, por ejemplo, uno de los caminos. El camino que irrumpe en el trigal y que parece terminar en el centro mismo del cuadro. Este camino cobra más valor en la medida en que fractura y equilibra la mitad de la composición; y deja en el espectador la duda de si hasta ese punto llega o si continúa detrás de los trigales. No lo sabemos. Lo cierto es que ese camino abre una línea de horizonte a la mirada y, al mismo tiempo, clausura la posibilidad visual de seguir adelante. Los otros dos caminos se abren como los brazos de una cruz.

3

Me conmueve en esta pintura el contraste entre dos fuerzas antagónicas: el oscuro cielo y el destellante cultivo de trigo. Entre esos dos elementos –decía– está el camino, un camino que parece concluir justo allí, en medio de esa confluencia de atmósferas. La confluencia o choque de esas dos fuerzas provoca una explosión de aves negras.

4

Observo con detalle la bandada de cuervos. Las aves –lo compruebo– son el resultado de la lucha entre el amarillo solar y el azul crepuscular. El estallido entre lo celeste y lo terrígeno las hace abrir sus alas y desperdigarse en dos direcciones. Pocos de esos cuervos, los de la izquierda, vienen hacia nosotros; la mayoría, los de la derecha, levantan su vuelo hasta confundirse con el cielo. Los cuervos se aproximan o se van, descienden o ascienden, dejando a mi imaginación suponer que son la evidencia o la premonición de una lucha interminable: la del combate entre las sombras siempre amenazantes de la muerte y la vida luminosa empecinada en buscar la luz.

5

Miro una y otra vez el cuadro: el cielo está encapotado; el trigal, por el contrario, arde atizado por el viento. Van Gogh logra comunicar ese movimiento de flama a la naturaleza; hay una energía en cada espiga del trigal que contribuye a que nuestros ojos se lancen hacia el horizonte; pero, al mismo tiempo, los nubarrones del cielo tienen tal pesadez que parecen aplastar la dirección de nuestros ojos. No hay manera de que sobresalgan las nubes blancas; no es posible que el cielo se muestre despejado o que aflore la claridad. El incendio desaforado del trigal está amenazado por los nubarrones de tormenta. ¡Qué carga de simbolismo! ¡Qué manera de expresar el conflicto entre la pasión por expresarse libremente a través del arte y las contradicciones y dudas de un alma atormentada!

6

Mi gusto especial por este cuadro se refrendó cuando leí la novela Anhelo de Vivir. La vida de Vincent Van Gogh de Irving Stone. Este autor considera que dicha obra fue la última que pintó Van Gogh y, en este sentido, contiene la melancolía de un adiós. Después averigüé y supe que no, que este cuadro fue uno de los últimos que pintó, pero no el definitivo. Sin embargo, al novelista como a mí nos cautivó la nube de pájaros negros que “llenaron el aire y oscurecieron el sol y cubrieron a Vincent con sus alas oscuras”. Lo cierto es que este cuadro antecede o está íntimamente ligado al suicidio de Van Gogh: “Por mi trabajo arriesgo la vida, y mi razón ha naufragado casi en la empresa”, le escribió Vincent a su hermano Theo, en julio de 1890.

7

En reproducciones a doble página, como la de Taschen con textos del historiador alemán de arte Ingo F. Walter, descubro la potencia del viento sobre el trigal. El viento doblega las espigas, las somete a una fuerza aplastante. Es una ráfaga que sale como de debajo de la tierra y lanza el trigal hacia el fondo de la escena. Este viento parece un soplo descomunal, una avalancha invisible. Y, por contraste, del fondo del cuadro, del cielo lejano, provienen los cuervos de la izquierda, luchando contra la corriente vertiginosa; en tanto las otras aves, las de la derecha, continúan o multiplican la arremetida de este viento expansivo. Es indudable que el viento es otro protagonista de esta obra; el viento, es decir, la fuerza del espíritu creador.

8

Buscando otras reproducciones de la obra me encuentro con esta afirmación del historiador y crítico de arte alemán Rainer Metzger: “El cuadro refleja la constante amenaza de una vida en la que la libertad se convierte en abandono y la independencia en aislamiento”. Y para reforzar su interpretación, recupera la carta 133 de Van Gogh a su hermano Theo: “El pájaro, que en otro tiempo ansiaba volar en el cielo tormentoso, ahora tiene que luchar tenazmente contra la superioridad de los elementos”. El motivo, entonces, es la “conexión paradójica del consuelo y la tristeza”. Reflexiono sobre estas afirmaciones y observo de nuevo el cuadro. Sí, la obra me conmueve porque pone en disonancia la felicidad de crear y los obstáculos personales para hacerlo; sí, porque el cuadro muestra en una amalgama de fuertes tonalidades la soledad y la alegría; sí, porque la libertad de elección trae consigo la pérdida de otras alternativas. El cuadro me interpela profundamente porque representa el encuentro tormentoso entre nuestros anhelos y nuestras limitaciones, entre la avidez por la vida y la inminencia de su término.

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En este cuadro, como en otros, Van Gogh usa pinceladas a la manera de arañazos, de improntas existenciales, de testimonios expresivos convertidos en trazos contundentes. Sus obras quieren zaherirnos, rompernos el cascarón de lo dado por visto. El paisaje deja de ser, entonces, un ambiente exterior para convertirse en una muestra del estado interior del artista, de la contienda habida con su propio espíritu. Aunque vemos el trigal y el cielo encapotado, los cuervos y los caminos, en verdad estamos en presencia de una contienda del alma, de una lid mayúscula, personificada por los elementos de la naturaleza. Y eso es, precisamente, lo que me sobrecoge: cómo los zarpazos de color desean sacar de dentro del lienzo el motivo interior padecido por el alma del artista.

10

Como a varios de los amantes de las pinturas de Van Gogh me intrigaba también esas dos nubes blanquecinas que aparecen extrañamente hacia la mitad del cielo encapotado. Algunos las han confundido con presuntos soles, pero no es así. Herbert Frank, en su biografía de Van Gogh, formula una hipótesis sobre dichas nubes: “Vincent se sentó con su caballete frente al campo de trigo, recorrido por dos verdes caminos rurales que ascendían hacia el horizonte, e hizo dos disparos, primero a la izquierda y después a la derecha. Esto se ve con toda claridad en el cuadro. La bandada de pájaros de la izquierda desciende hacia la tierra, mientras que la de la derecha busca la lejanía en densa bandada. Las dos manchas claras en el cielo, naturalmente, no representan soles, sino más bien el humo producido por los dos tiros. La nube de humo de la izquierda ya se está retirando, mientras que la de la derecha todavía se encuentra en expansión”. Además del dato esclarecedor, lo que aporta el biógrafo es la reiteración en que esta obra –hasta en sus mínimos detalles– ha convocado el interés de muchísimos espectadores. Y ese par de bolas de humo del disparo, en consecuencia, cobran más significado porque preludian otro más, el que se propinaría Van Gogh en su pecho el 27 de julio de 1890. El humo de ese disparo terminará refundiéndose con las volutas de la pipa que fumaba el artista antes de fallecer dos días después.

11

Observo el cuadro de nuevo y siento que la obra me contagia una soledad esencial o, al menos, una honda tristeza. Pero esa tristeza, metaforizada por los pinceles de Van Gogh, purifica el alma.

Volver a mirar Ladrón de bicicletas

30 miércoles Oct 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Etiquetas

Alegoría de la bicicleta, Comentario de películas, Neorrealismo italiano, Relación padre hijo, Vittorio De Sica

«Se puede dormir sin sábanas…», pero no sin recuperar esta bicicleta.

Es evidente que Ladrón de bicicletas, la película de Vittorio De Sica, recoge varios de los postulados del neorrealismo italiano de la década del 40[1]. Sirvan de ejemplo: la opción por centrarse en hechos banales y no en grandes acontecimientos: “mi objetivo es el de descubrir lo dramático en las situaciones cotidianas, lo maravilloso en la breve, o incluso brevísima crónica, considerada por la mayoría como una materia gastada”[2]; la decisión de buscar actores “naturales” y no figuras reconocidas del mundo cinematográfico[3]; la prelación de grabar en exteriores, en la calle, en los barrios populares, a la manera de un documental, más que en los estudios; y la intención de utilizar el cine como un medio para despertar la conciencia y no tanto como una entretención ciega ante los problemas sociales: “nuestra preocupación común consiste en intentar saber cómo están las cosas a nuestro alrededor; y que esto no parezca una banalidad: para mucha gente la verdad carece de interés, o por lo menos no están interesados en darla a conocer”[4]. Estas ideas renovadoras del cine italiano ayudan a comprender lo que Vittorio De Sica y su colaborador y guionista Cesare Zavattini lograron materializar en esta película, filmada en 1945, y que se estrenó en el cine Metropolitan de Roma el 24 de noviembre de 1948[5].

El argumento del film resulta bastante conocido: es la historia de Antonio Ricci, un desempleado de posguerra que consigue un trabajo en el ayuntamiento como pegador de carteles de películas, con la condición de que tenga su propia bicicleta. Para resolver tal dificultad –porque tenía dicho vehículo empeñado–, Antonio con la ayuda de María, su mujer, deciden llevar las sábanas de la dote a la prendería para recuperar la bicicleta. Orgulloso de cumplir con esa condición laboral llega a su primer día de trabajo, sale a poner carteles en la ciudad, pero, en un descuido le roban la bicicleta. Acompañado de Bruno, su pequeño hijo, empieza la búsqueda del ladrón. Con ayuda de unos amigos, indaga en mercados callejeros de ventas de bicicletas robadas, busca indicios en diferentes lugares, pregunta a distintas personas, hasta que al fin da con el ladrón, pero éste se vale de la complicidad de sus familiares y compinches para negar cualquier tipo de acusación. Antonio, al ver que la policía no puede hacer nada para que le devuelvan su vehículo, abandona la búsqueda. Desesperado, no ve otra salida que robarse una bicicleta, pero es atrapado en el intento. El dueño no presenta cargos al ver las lágrimas de Bruno. Al final de la película el padre y el hijo, cogidos de la mano, se pierden entre la multitud. En síntesis, es una “historia simple y lineal” pero, como cuenta Vittorio De Sica en sus memorias, la película “recoge en sus pequeños personajes todo el dolor del mundo, la soledad y el egoísmo de todos”[6].

De Ladrón de bicicletas, la película de Vittorio De Sica, se han afirmado muchas cosas: que es “una obra maestra de observación de la vida en su aterradora banalidad”[7];“una denuncia sobre la impotencia de las instituciones para resolver con dignidad los dramas del proletariado”[8]; “el drama minúsculo de un pobre hombre ignorado y perdido en la vida cotidiana de una ciudad”[9];“una aventura humana vestida con tal carácter de universalidad, que imita en esto al clasicismo”[10]; “un manifiesto de la condición humana en situaciones de pobreza y dificultad extremas”[11]; “un ejemplo supremo del cine puro”[12]. Críticos, cineastas, historiadores del cine, coinciden en una cosa: es una de esas películas inolvidables, un referente obligado en la historia del cine, un clásico. Trataré de ahondar en algunos aspectos que, desde mi perspectiva, subrayan la frescura interpelativa de esta cinta, nos sensibilizan hacia la fragilidad de la condición humana y explican por qué sigue permitiendo interpretaciones y lecturas diversas.

Empezaré por subrayar la trascendencia que De Sica da a lo banal, a esos asuntos cotidianos que resultan intrascendentes para la mayoría de las personas, salvo para quien los padece. En el barullo citadino no tiene gran importancia que alguien esté desempleado, que visite regularmente las casas de empeño o que le roben su bicicleta. Son cosas “normales” o –por habituales–, apenas dignas del interés público. Sin embargo, cuando tales hechos se los asocia con la angustia individual que producen, con el conflicto existencial que representan, con las discusiones familiares que provocan, con los dilemas morales que ponen en juego, entonces esos incidentes, cobran un valor o una relevancia inusitada. Ladrón de bicicletas es un ejemplo de tal cambio de perspectiva sobre hechos secundarios: “pocas veces puede verse, con más claridad, cómo un asunto, la simple anécdota, se transforma por completo, al insuflarle otros valores esenciales”[13]. Lo anecdótico pierde su cáscara de simplicidad y deja ver, adentro, la médula de la complicidad en pareja para enfrentar las dificultades diarias, las tensiones afectivas entre un padre y su hijo, la lucha por mantener la dignidad a pesar de las desgracias. Estas anécdotas insignificantes, enfocadas y desmenuzadas en diferentes episodios, muestran que “en el momento presente son vividas como una pesadilla” [14], así para los que están alrededor no sean más que problemas pasajeros. Ahora bien, cuando se pone en el centro lo banal, al mismo tiempo entran en juego dos fuerzas sociales: la solidaridad y la indiferencia. Habrá unos que sentirán la necesidad de prestar su interés y sus actos para ayudar al que sufre ese impasse, mientras otros no tomarán en serio dicho asunto o pasará totalmente inadvertido. De un lado, estarán, entonces, Baiocco, el amigo director del grupo de teatro y sus dos compañeros basureros, y de otro el policía de la comisaría a la que Ricci va a poner el denuncio; una fuerza corresponde a Bruno, el hijo que sirve de compañía en la búsqueda de la bicicleta robada y otra, más numerosa, es la masa anónima indiferente que pasa de largo sin fijarse en Antonio o se apretuja para tomar el transporte público.

Otro punto, sobre el cual quiero detenerme, es el sincero realismo con que De Sica muestra la relación entre un padre y un hijo.  O si se prefiere entender de otra manera, la desidelización de la figura paterna. Ladrón de bicicletas no presenta una relación filial perfecta o que responda a un modelo “sin mancha” de este vínculo afectivo. Por el contrario, lo que se aprecia en la película es el vaivén emocional en esa relación, la tensión que en ocasiones se produce según las circunstancias, el descuido momentáneo ante un accidente callejero, el temor mayúsculo del padre por el posible ahogamiento de su hijo, las pequeñas rencillas y las reconciliaciones a partir de compartir una comida, los estados de admiración por el progenitor al igual que el momento de vergüenza al verlo cometer un acto censurable. El crítico de cine norteamericano Jonathan Rosenbaum afirma que “Ladrón de bicicletas contiene la que seguramente sea la mejor descripción de la relación entre padre e hijo en la historia del cine, plagada de sutiles fluctuaciones y gradaciones evolutivas entre los dos personajes en términos de respeto y confianza, y resulta impresionantemente desgarradora”[15]. Pero lo más esencial, lo más humano de este vínculo filial es que, a pesar de los inconvenientes o las incomprensiones circunstanciales, el vínculo entre padre e hijo prevalece. A lo largo de todo el film el hijo es testigo de las acciones de su padre, camina con él, comparte sus angustias, su ira, su desaliento; le sirve de estímulo para que él no cese en su propósito y, al final de la película, le ofrece su pequeña mano cuando a Antonio ya no le queda más que la vergüenza y la desilusión[16]. No se trata de una relación estereotipada y adulzorada en la que todo acontece según los cánones de la relaciones correctas e irreprochables, sino del drama de un vínculo filial con vicisitudes, con altibajos, dinamizado por los variables estados de ánimo que provienen de la pobreza, de la impotencia ante el infortunio y del afán por tener un empleo.  

Avanzo en un aspecto que, sin lugar a dudas, tipifica muy bien lo medular de esta obra maestra. Me refiero a proveer de otro sentido a las cosas, a los objetos que hacen parte de nuestra existencia. En este caso hablo, por supuesto, de la bicicleta, de la Fides modelo ligero 1935. El eje de la película responde a un dato histórico: “la pérdida de una bicicleta no es un asunto baladí en la Italia de la posguerra: las carencias (cuando no inexistencia) del transporte público la han convertido en un objeto imprescindible para la mayor parte de trabajadores y, por lo limitado de la oferta, en producto de lujo que hay que conseguir en el mercado negro”[17]. Sin embargo, lo interesante es cómo ese objeto va adquiriendo a lo largo del film una robustez de significados que bien vale la pena analizar. En principio, la bicicleta es una “condición” para alcanzar el trabajo en el ayuntamiento; sabemos después que ella, al empeñarse, ha servido de salvación para la sobrevivencia de la familia de Antonio; más tarde, cuando por fin la recupera,  se convierte en un objeto de culto por parte del hijo (“esta bicicleta no puede tener abolladuras”, afirma Bruno mientras la limpia); después, cuando Ricci va al primer día de trabajo, se la carga al hombro como si fuera una consorte especial, un bien preciado del cual no puede desprenderse, un objeto que no quiere dejar en el piso. Sucedido el robo, hay un temor porque no la hayan desmembrado o despedazo en el mercado de bicicletas robadas; la bicicleta es y debe seguir siendo única, íntegra. En medio de esa búsqueda, Antonio le promete a su hijo que “si la encontramos hacemos una fiesta”; es decir, la bicicleta también es un objeto de celebración, de felicidad, de triunfo. Bien parece que la bicicleta es más que un simple medio de transporte: en la novela de Luigi Bartolini, que sirvió de inspiración a De Sica y Zavattini, se dice que el autor “necesita la bicicleta más que el pan, pues si el pan le sirve para quitarse buenamente el hambre, la bicicleta representa para él otro pan, el del bien espiritual”[18]. Todos estos significados confluyen en un eje alegórico sintetizado muy bien por Gabriel García Márquez: “en la película, la bicicleta se convierte en un mito, en una divinidad con ruedas y pedales con cuyo concurso –y sólo con él– el hombre será superior a su hambre”[19].

Me parece importante señalar que en Ladrón de bicicletas hay otra cuestión que, si bien parece contradictoria, me resulta de un enorme valor existencial. La película podría parecer desesperanzadora si se la mira desde la perspectiva de alguien que pierde algo propio, lo sale a buscar y no lo encuentra. Es un film sobre una búsqueda fallida. Sin embargo, podría entenderse de otra manera: la de una persona que, a pesar de la desidia o poco interés de las instituciones gubernamentales en su situación, de vivir la insolidaridad de la gente, persiste en su empeño de encontrar una cosa que considera muy valiosa: “si supiese lo que significa todo esto para mí”. Antonio no renuncia fácilmente a haber perdido su bicicleta; tampoco deja de preguntar y de buscar; de acudir a diversas instancias (aún mágicas como La Santona) para hallar indicios que lo lleven a dar con el paradero del ladrón. Se arriesga, discute con vendedores de piezas robadas de bicicleta, reclama, encuentra al joven delincuente, pide infructuosamente a las autoridades que lo retengan, se enfrenta a una muchedumbre cómplice, y como última posibilidad, intenta robar otra bicicleta para reponer la propia. Arriesga hasta la vergüenza para no llegar con las manos vacías a su casa. Cada suceso parece una odisea marcada por el infortunio; no obstante, los gestos contenidos de Antonio al final de la película, la actitud estoica de los que asumen la desgracia con dignidad, es algo que conmueve y dota de fortaleza el espíritu: hay que seguir adelante enfrentando las dificultades cotidianas de la vida[20]. Vittorio De Sica logró su cometido: Ladrón de bicicletas es una película desconsoladora, pero sin autocompasión”[21]. Seguramente, al otro día, Ricci llegará a engrosar una vez más la fila de desempleados que esperan ansiosos la oportunidad de algún trabajo, ojalá sin la condición de tener una bicicleta.

Cierro este comentario dejándome afectar, una vez más, por ciertas imágenes o secuencias de Ladrón de bicicletas. En mi mente sigue vibrando la escena de Antonio y María, alegres, compartiendo sueños y proyectos al saber que por fin él tiene un trabajo; me sigue conmoviendo la tristeza de Antonio cuando termina el primer día y no ha hallado al ladrón y tiene que soportar la larga filas y los empellones de la gente para tomar un bus de servicio público; me interpela profundamente la complicidad de su hijo Bruno, que va con él como un testigo de la odisea de su padre, como alguien que desea ser más grande y tener más fuerza para ayudarlo a resolver ese problema; me siento solidario con ese hombre honesto que hace lo correcto, y que, sin embargo, maquina en silencio la realización de un acto indigno para lograr sobrevivir. Y, desde luego, me queda como imagen imborrable las lágrimas últimas de Antonio, su impotencia o frustración condensada en una mirada perdida en la desesperanza, y el llanto de su pequeño hijo que le extiende su mano en actitud solidaria.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Para ahondar un poco en este “movimiento” vale la pena revisar, por ejemplo: “Neorrealismo italiano y films franceses (1945-1960)” de Georges Sadoul en Historia del cine mundial, Siglo XXI, México, 1977; El cine italiano, 1942-1961. Del neorrealismo a la modernidad de Ángel Quintana, Paidós, Barcelona, 1997; “El neorrealismo y los grandes directores italianos” en Historia del cine de José Luis Sánchez Noriega, Alianza, Madrid, 2018; “La devastación de la guerra y el nuevo lenguaje fílmico (1945-1952). La expansión del realismo en el cine mundial” de Mark Cousins en Historia del cine, Blume, Barcelona, 2021.

[2] “Bartolini vs. De Sica” en Luigi Bartolini, Ladrones de bicicletas, Sajalín, Barcelona, 2009, p. 180.

[3] “De Sica le dio un papel a Lamberto Maggiorani, un obrero, cuando éste llevó a su propio hijo a la prueba para el papel de Bruno. Lianella Carell, una periodista, obtuvo el papel de mujer de Maggiorani cuando fue a ver a De Sica parta hacerle una entrevista. Enzo Staiola, que interpretó el papel de Bruno, fue descubierto por De Sica mientras contemplaba el rodaje de la película”, comenta John Kobal, en Las cien mejores películas, Alianza, Madrid, 2008, p. 31.

[4] Cesare Zavatini, “Tesis sobre el neorrealismo” en Textos y manifiestos del cine, editores Joaquim Romanguera y Homero Alsina, Cátedra, Madrid, 1989, p. 206.

[5] La dupla complementaria entre De Sica y Zavattini se comprende mejor en esta declaración del director italiano: “Nos unimos. Él para darme su experiencia literaria, su fantasía, su genialidad, y yo, para darle a él mi sinceridad humana, mi adhesión humana a las cosas de la vida, esta necesidad de ser verdadero, de ser sincero”, en Entrevistas a directores del cine italiano de José Ángel Cortés, Magisterio español, Madrid, 1972, p. 85.

[6] Vittorio De Sica, La puerta del cielo. Memorias 1901-1952, Confluencias, Salamanca, 2015, p. 107.

[7] René Jeanne y Charles Ford, Historia ilustrada del cine, vol. 3, Alianza, Madrid,1984, p. 181.

[8] Claude Beylie, Películas clave de la historia del cine, Robinbook, Barcelona, 2006., p. 188.

[9] Manuel Villegas López, Los grandes nombres del cine, Planeta, Barcelona, 1973, p. 144.

[10] Henri Agel, Vittorio De Sica, Rialp, Madrid, 1957, p. 86.

[11] Paolo D’Agostino, Películas legendarias, Blume, Barcelona, 2009, p. 117.

[12] André Bazin, “Ladrón de bicicletas” en ¿Qué es el cine?, Rialp, Madrid, 2021, p. 341.

[13] Manuel Villegas López, op.cit., p. 144.

[14] Henri Agel, op. cit., p. 86.

[15] Reseña en Steven Jay Schneider (coord.), 1001 películas que hay que ver antes de morir, Grijalbo, Barcelona, 2008, p. 233.

[16] Quisiera recordar acá lo que escribió André Bazin sobre el gesto final de Bruno al dar la mano a su padre: “La mano que desliza en la suya no es ni el signo de un perdón ni de un consuelo pueril, sino el gesto más grave que puede marcar las relaciones entre un padre y un hijo: el que las pone en un plano de igualdad”, op. cit., p. 334.

[17] Santiago Aguilar y Felipe Cabrerizo, Vittorio De Sica, Cátedra, Madrid, 2015, p. 122.

[18] Luigi Bartolini, Ladrones de bicicletas, Sajalín, Barcelona, 2009, p. 16.

[19] Gabriel García Márquez, “Ladrones de bicicletas” en Obra periodística 1. Textos costeños, Norma, Bogotá, 1997, p. 332.

[20] Como afirma el historiador de cine francés Pierre Leprohon, “Los seres desdichados o fracasados del neorrealismo nunca encuentran en la violencia o en la crueldad, en la amargura o en la desgracia, su justificación. Son humanos por su negativa de ceder a la pesadumbre, a la fatalidad de su destino, por la ternura que conservan hacia la vida, aunque sea la más miserable”, en El cine italiano, Era, México, 1971, p. 136.

[21] John Kobal, Las 100 mejores películas, Alianza, Madrid, 2008, p.51.

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