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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Cuentos de los sabios judíos cristianos y musulmanes

Para leer en vacaciones I

18 lunes Dic 2023

Posted by Fernando Vásquez in Del diario, LECTURA

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Cuentos de los sabios judíos cristianos y musulmanes, Cuentos y leyendas de los hebreos

Ilustración de Soizick Meister.

La viña de Noé

Este relato, reelaborado por la parisina Axelle Hutchings, hace parte del libro Cuentos y leyendas de los hebreos (Kókinos, Madrid, 2014).

 

Tras el diluvio. Noé tuvo que volver a plantar en los vergeles que las aguas habían anegado. Era un buen labrador. Los granados ya estaban dando sus frutos, cuyo jugo agridulce servía para calmar la sed de los pastores y caravaneros. Los almendros estaban cuajados de flores blancas y en los manzanos aparecían las primeras yemas. Noé plantó entonces la vid. Llevaba ya un buen rato trabajando en ello cuando apareció Satán en el cerro. Este se encaramó en lo alto de un majano y preguntó a Noé:

—¿Por qué te sigues desmolando? ¿Qué penoso trabajo te has impuesto esta vez? ¡Dios te ha tocado con su gracia y has librado de su cólera al hombre y a su descendencia! ¡Has salvado del diluvio a todo el reino animal: del insecto más dañino al mamífero más majestuoso! ¿Qué más quieres?

—Baja de esas piedras —replicó Noé sin mirar a su interlocutor.

Satán obedeció clavando su mirada en el hombre:

—De acuerdo. Pero dime qué estás haciendo.

—Estoy plantando un viñedo —respondió Noé.

—¿Por qué? —volvió a preguntar Satán.

Noé se irguió, se enjugó el rostro con un pico de su larga túnica, e indicó:

—Porque el fruto de la vid es valioso. Alegra el corazón del hombre y es saludable tanto para el alma como para el cuerpo.

Satán quiso aprovechar la ocasión: “Esta planta, se dijo, será la mía. Gracias a ella, poblaré los infiernos…”.

Y entonces propuso a Noé con malicia:

—¡Voy a ayudarte! Te has ganado de sobra el derecho a descansar.

—¡De acuerdo! Busca un buen abono para alimentar esta tierra árida.

—¡Confía en mí! Yo sabré dónde encontrar cuanto sea preciso. Tendrás un suelo fértil y tus vides se doblarán con el peso de las uvas.

Satán fue a buscar un cordero. Lo sacrificó al pie de la primera vid y derramó la sangre del animal por el suelo. Para la segunda planta, eligió un león; para la tercera, un cerdo. Y, finalmente, un mono corrió la misma suerte en la cuarta.

El abono de Satán surtió el efecto deseado: la viña de Noé produjo sarmientos vigorosos.

Los sarmientos cargaron pesados racimos. Vendimiaron la viña, pisaron la uva y llenaron las tinajas. Era la primera cosecha tras el diluvio y la celebraron con alegría. Sacaron el primer caldo de los cántaros y llenaron con él las copas. De la copa a la boca, el vino soltaba la lengua y trababa amistades, pues el primer vino volvía manso como un cordero. De la boca al estómago, el vino despertaba la animosidad, pues el segundo vino volvía pendenciero como el león. Del estómago a la tierra, el vino ensuciaba el suelo, pues el tercer vino llevaba a revolcarse en el fango, como los cerdos. Con el cuarto, se hacían tonterías dando saltos alrededor de las tiendas de los campamentos, soltando palabras sin sentido, como los monos.

Y así es como, dese entonces, la gente bebe, junto con el vino, los defectos de los animales cuya sangre se mezcló con la vid. Allí donde Satán no puede llegar envía al vino como mensajero, poblando así su reino.

Ilustración de Jungho Lee.

Las cuatro historias que siguen, redactadas por Jean-Jacques Fdida, hacen parte del texto Cuentos de los sabios judíos cristianos y musulmanes (Paídos, Barcelona, 2007).

Despierto para rezar

Un derviche se pasaba las noches rezando y experimentaba grandes éxtasis.

Una noche, uno de sus hijos le preguntó si podía quedarse a velar con él. El padre aceptó, y el niño pudo acceder a su vez a los misterios divinos. Sin embargo, al romper el alba el niño, mirando a sus hermanos, tiró a su padre de la manga y le dijo:

—Papá, me ha gustado mucho esta noche de vigilia. Pero ahora siento pena por mis hermanos, a quienes el sueño priva de tantas bellezas.

—Hijo mío —le respondió el derviche—, si sólo te has quedado despierto para mirar cómo duermen los demás, habrías hecho mejor quedándote en la cama.

El blanco

Había una vez un rabino, un viejo rabino, que tenía esa capacidad increíble —y cuán envidiable— de poder responder a todas las preguntas que le hacían simplemente contando una historia. Esto tenía a sus discípulos muy impresionados.

Un día fueron a verlo y le preguntaron:

—Rabino, díganos, explíquenos cómo lo hace para conseguir encontrar siempre una historia que responda precisamente a la pregunta que planteamos.

Y el rabino respondió:

—Pues es muy simple… Os contaré una historia.

En el imperio de Japón había un samurái, un gran arquero, que recorría el país en busca de una forma de dominar mejor su arte. Un día llegó a una posada. Le hicieron entrar al patio. Y allí se quedó boquiabierto: sobre todos los muros del recinto vio blancos dibujados con una flecha clavada en el centro de cada uno de ellos.

El samurái llamó al posadero:

—¿Quién ha hecho esto?

—Mi hijo —respondió el posadero.

—¿Y dónde está tu hijo?

—Allí, creo, está jugando…

El samurái se dirigió al niño y le preguntó:

—¿Has sido tú quien ha hecho esto?

—Sí —respondió el niño.

Entonces, sin decir palabra, el samurái se apartó y, acto seguido, con un gesto extremadamente armonioso y más rápido que un parpadeo, disparó una flecha justo en el centro de cada uno de los blancos y partió la flecha del niño en dos.

Después se acercó al pequeño y le dijo:

—Esta es mi técnica. ¿Cuál es la tuya?

Y el niño respondió:

—¡Ah! Pues yo no lo hago así. Yo primero lanzo la flecha y después dibujo el blanco.

 —Y yo —dijo el rabino a sus discípulos—, yo hago más o menos lo mismo con vuestras preguntas y mis historias.

La vidente

Un joven judío fue a visitar a una vidente. Ella le cogió la mano y le dijo:

—¡Ay, ay, ay! ¡Es más bien triste!… Hasta los treinta años, no veo más que cosas terribles… Sí, hasta los treinta años su vida será un infierno.

—Bueno —respondió el judío—. ¿Y después de los treinta?

—Después de los treinta, se acostumbrará.

El escondite

Cuentan que un día Yéhiel, el nieto del célebre hasid Rabbi Baroukh, estaba jugando al escondite con sus amigos. Había encontrado un escondite perfecto y estaba esperando a que lo descubrieran. Esperó y esperó… Pero al cabo de un rato se le acabó la paciencia y salió de su escondite. Y cuál sería su decepción al darse cuenta de que sus amigos no sólo no lo estaban buscando, sino que además se habían olvidado completamente de él y habían empezado un nuevo juego. Entonces el niño rompió a llorar y fue a contarle su historia a Rabbi Baroukh. Sin embargo, el niño quedó estupefacto al ver que, mientras lo escuchaba, su abuelo había empezado a llorar en silencio. Tenía el rostro bañado en lágrimas. El niño le preguntó por qué lloraba. Y Rabbi Baroukh respondió:

—Hijo mío, lloro porque tu historia me ha parecido terrible. Y ya ves, tengo la impresión de que a Dios le pasa algo parecido… Ha encontrado un escondite perfecto, pero ya nadie quiere jugar con él.

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