Cuando observamos con detalle algunas actividades laborales que realizamos, o al repasar cierto proyecto llevado a cabo durante varios años, o en las ocasiones que analizamos el saber acumulado proveniente de un oficio, caemos en la cuenta de que, por no tener el tiempo o la disposición para registrar estos eventos, dicho caudal de experiencia se va menoscabando y muere en el olvido sin que haya sido transmitido a otros. Para evitar esa pérdida de conocimiento proveniente de la práctica y recuperarla desde sus mismos protagonistas es que se ha recurrido al instrumento o el método de la sistematización de experiencias. Reflexionemos en los párrafos siguientes el sentido e importancia de esta manera de reconstruir el conocimiento situado.
La sistematización de experiencias es un modo de elaborar saber desde lo particular, lo local, desde “lugares periféricos”, no siempre reconocidos o validados por discursos hegemónicos. En esta perspectiva, su apuesta es más por la emergencia de “subjetividades ocultas”, de dar relieve a actividades u oficios aparentemente secundarios y la visibilización de haceres que, por sus mismas particularidades repetitivas, parecen no comportar mayores innovaciones. Todo ello realizado desde la óptica de sus protagonistas, sin mediaciones de “expertos” o sin cumplir estándares de normas determinados por autoridades académicas foráneas.
De igual manera, la sistematización de experiencias es una forma de identificar y reconocer aprendizajes originados desde la experiencia. En este caso, aunque no se desconozcan referencias inspiradoras de saberes eruditos, se privilegia el conocimiento que nace cotidianamente de la acción, del quehacer, de enfrentar día a día una ocupación. Cuando así se procede es porque se dota a la experiencia de un estatuto epistemológico propio en el que cuentan el tiempo de dedicación a una tarea, el dominio de útiles y herramientas, la previsión y los planes de contingencia para resolver problemas, la inteligencia práctica y una franca adhesión a las lecciones derivadas del método natural del ensayo y error. Por eso, en la sistematización de experiencias es vital recuperar las voces de los implicados debido a que, poco a poco, son ellos los que dan forma a la tradición de una práctica, los que elaboran a partir de su experiencia un repertorio de consejos que por lo regular son transmitidos de manera oral y, en gran medida, hacen parte del modo como se hereda a otros eso que llamamos sabiduría.
Precisamente por lo anterior, la sistematización de experiencias es un recurso de formación estratégico para intercambiar y replicar saberes validados desde la práctica. El saber aplicado requiere otras condiciones diferentes al aula convencional o la mediación de instituciones formales de educación. Por tratarse de un saber validado desde la experiencia, por privilegiar las voces de los directamente implicados, por necesitar de evidencias que comprueben los modos como se produce determinada actividad, la sistematización de experiencias es un medio potente para inducir a novatos en el aprendizaje de un oficio. Cuando alguien accede a dicha información lo que descubre no son las teorías abstractas o los requerimientos de una profesión o un quehacer, sino el testimonio directo de quien se ha enfrentado a tal conjunto de actividades. Se trata de un saber encarnado y ubicado en un espacio y tiempo determinados. Allí, en esa descripción pormenorizada, en los consejos o advertencias para llevar a cabo una tarea, en las sugerencias dadas cuando se tenga una eventualidad semejante, la sistematización de experiencias se convierte en una especie de “tutoría” o acompañamiento basado en el colegaje, en la ayuda mutua y en la hermandad pregonada por los artesanos.
Por supuesto, ese esfuerzo de reconstrucción de lo vivido es un ejercicio de rememoración y registro, pero desde algunos criterios analíticos. Esto es lo que le da consistencia a tal proceder de la memoria y evita la divagación o la falta de foco al relatar alguna actividad o acontecimiento. Los criterios pueden ser variables, aunque, de manera general, se centran en la identificación, reconstrucción, análisis y proyección de la experiencia. De allí que, en el relato de la experiencia, se incluyan aspectos como los motivos que la originaron, los actores participantes, el contexto donde se desarrolló y una descripción pormenorizada de la misma. Será importante también mencionar los logros más destacados, las dificultades más notorias, los aprendizajes significativos y las proyecciones o recomendaciones prácticas derivadas de dicha experiencia.
Como se ve, el calificativo de “sistematizar” la experiencia rubrica varias tareas previas o paralelas: habrá que preparar un archivo de documentos o materiales relacionados con aquello que nos convoca; tendremos que entrevistar o buscar testimonios que ayuden a corroborar o apreciar mejor una línea de tiempo, una serie de hechos, unas vicisitudes relevantes; será fundamental al momento de redactar la experiencia saber discriminar detalles o circunstancias, objetos o productos, contextos o condiciones específicas. La sistematización subraya una organización de datos, personas, eventos, sentimientos que se agolpan desordenados cuando los convocamos por nuestra memoria. Es una remembranza acompañada de la reflexión permanente, del análisis de la acción y de una enorme capacidad de autocrítica para poder resaltar los aciertos, pero de igual forma señalar los errores o los inconvenientes. Por lo demás, se tendrá que cuidar la forma de escribir esa experiencia para que sea comunicable o legible, y así lograr que su relato contenga la información necesaria y suficiente. No debe olvidarse que la sistematización de experiencias pretende, como objetivo último, poder ser replicada por otras personas.
Vale recalcar al cierre de estas reflexiones que animarse a realizar una sistematización de experiencias implica enfrentarse a la mediación de la escritura. El encuentro con este medio expresivo es, para muchos, uno de los mayores retos, especialmente porque poco se escribe y falta apropiar esta “tecnología de la mente”. Será necesario, por lo mismo, prepararse para realizar varios borradores, elegir las palabras más idóneas de aquello que deseamos compartir, hallar cómo encadenar las ideas y, mediante una destilación progresiva del documento, alcanzar un texto cohesionado y coherente. No obstante, una vez se logre poner en sintonía nuestras ideas con las palabras y las palabras con un futuro lector, seguramente se tendrá una sistematización de experiencias que sirva, en principio, para dignificar lo que hacemos, al tiempo que se convierta en un aporte a la construcción colectiva de los saberes y a esa necesaria microhistoria de los oficios y las profesiones.

Luis Carlos Villamil Jiménez dijo:
Apreciado Fernando, esta semana ofreces una reflexión sobre el quehacer del oficio, el día a día de nuestra actividad que fluye por la senda de las semanas de clase y se pierde al final de cada período académico. Fueron experiencias a veces importantes, otras no tanto; nuevos problemas, grandes o pequeños conflictos; buenas o regulares decisiones; aciertos y por qué no también desaciertos que, mirados en retrospectiva, compendian el trasegar del maestro.
La sistematización de experiencias les daría vida a esos saberes validados desde la práctica, siempre y cuando se empleara la escritura como el mediador estratégico para la cristalización del proceso de la sistematización. Como bien lo dices, “sistematizar dignifica el quehacer, aporta a la construcción colectiva de saberes y a la microhistoria del oficio o la profesión”. Nos planteas un exigente reto a quienes ejercemos el oficio de Maestros.
Gracias mil por tu ensayo inspirador.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario.