Fotografía de Carlos Andrés Rubio Cruz.

PEQUEÑO JARDÍN

En medio de áridas rutinas

o del agobiante tintineo

de conquistar con las manos la sobrevivencia,

los seres humanos necesitan

de pequeños jardines

en medio del desierto.

Puede ser un vergel de fantasía,

una complicidad perfecta

o un corto recreo lúdico y feliz.

Eso no importa.

Lo que cuenta es hallar ese oasis,

inventarlo si es preciso,

descubrirlo entre las dunas interminables 

y los eriales que a diario nos asedian con su sequía.

Fotografía de Carlos Andrés Rubio Cruz.

FUMAROLAS

Pasado el fuego abrasador

y la incontenible furia

guardada en sus entrañas,

una vez las ansias incandescentes

arrasan todo a su paso,

la pasión del amor

descansa en sosegado silencio.

Aunque es una calma aparente:

debajo de las cordilleras de la piel

sigue ardiendo la sangre,

ese líquido ardor de ancestrales cavernas.

Basta la chispa de una palabra,

el esperado toque de las manos,

o la súbita lumbre de unos ojos,

para volver a desatar el paroxismo.

El deseo es un volcán dormido.

Fotografía de Carlos Andrés Rubio Cruz.

DECLINAR DEL SOL

Es necesario imponerse la meta

de llegar al ocaso de la vida

con la justa experiencia

y la sabiduría necesaria

para estar tranquilos y sin remordimientos.

Que sin angustias o vanos anhelos,

sin nostalgias amargas

o pasiones a destiempo,

podamos atravesar el río de nuestra existencia,

disfrutar el declinar del sol

con la misma alegría de sus primeros rayos.

Y que tengamos la fuerza suficiente

para mantenernos de pie en nuestra barca.