Ilustración de Thomas Nast.

Lo primero que observamos del plutócrata es su gesto soberbio y displicente. Muestra una seriedad semejante al desprecio. Mira a los que están a su alrededor por encima del hombro o con el convencimiento de sentirse superior a ellos. El plutócrata, por eso mismo, habla siempre con imperativos y, la mayoría de las veces, deja entrever en sus discursos una soterrada amenaza para aquellos que piensen contradecirlo. Dada esta forma de comunicarse, prefiere adeptos que compañeros de camino, seguidores y no coequiperos en sus proyectos. El plutócrata es clasista, discriminatorio y, esencialmente, sectario en sus credos e ideologías. Para este personaje no existen medias tintas y su modo de proceder con los demás se rige por la convicción guerrerista de “si no estás conmigo, estás contra mí”.

El plutócrata considera la deliberación una pérdida de tiempo; detesta los acuerdos y los consensos; tiene como rasero axiológico interesarse sólo en aquello que le genere algún beneficio. Al plutócrata se le dificulta demasiado escuchar, porque cree que sus opiniones son verdades y los puntos de vista de los demás flagrantes equivocaciones. En tanto persona autoritaria que infunde temor, fácilmente consigue aduladores que le refuerzan lo que hace o lo que dice al igual que serviles defensores de sus caprichos. Al plutócrata, más que asesores le interesan lisonjeros que le rindan culto; más que miembros diversos para hacer un equipo, lo que ansía es una tropa de obedientes admiradores. Como consecuencia de esta incapacidad para escuchar a otros, este personaje es obcecado, terco y profundamente arbitrario en sus decisiones.

Al plutócrata le importa poco la justicia, la ley, las normas establecidas. Este individuo considera que él mismo puede cambiarlas, adulterarlas u omitirlas. No teme a la justicia porque considera que el abundante dinero que posee le otorga unos privilegios o un trato diferencial al de la mayoría. Para el plutócrata todo es negociable y circunstancial; y el estamento normativo debe adaptarse a las condiciones de sus demandas. El plutócrata corrompe con facilidad, ofrece dádivas o sobornos, sabe usar las artimañas de los procesos jurídicos o los ardides de los abogados para acomodarlos a sus causas, así sean claramente delictivas o moralmente censurables. Si hay una ideología que gusta a esta persona es la del utilitarismo, sumada a la astucia política de Maquiavelo que recomienda no darles importancia a los medios con tal de conseguir los fines. El plutócrata se burla de las causas altruistas, de los proyectos solidarios, de los movimientos reivindicativos de las minorías. Lo que no está dentro de sus dictámenes o lineamientos económicos es visto como sospechoso o claramente subversivo.

El plutócrata miente con facilidad, engaña a sus interlocutores, los embauca con gran habilidad porque esa es parte de su experticia. No debemos olvidar que él es, antes que nada, un negociante. Entonces, cuando habla de sus iniciativas lo hace como si vendiera uno de sus productos; de allí que exagere, magnifique y multiplique las bondades de sus planes o sus maquinaciones. Lo que le interesa es vender su mercancía, así le toque encubrir los defectos u olvidarse de ofrecerles una garantía de calidad. Por eso el discurso del plutócrata está lleno de eslóganes pegadizos, de consignas de fácil recordación, de frases que prometen la solución para cualquier problema o de sanalotodo para todo tipo de dolencia. En este sentido, el plutócrata pronuncia sus discursos como si fueran proclamas salvadoras de una crisis mayúscula o soluciones perfectas a una tragedia ineluctable. Los mensajes de este personaje no tienen profundidad porque su intención no es provocar la reflexión y el análisis crítico, sino movilizar las pasiones o emociones básicas de la gente. Si algo sabe hacer bien el plutócrata es banalizar lo complejo, usar generalizaciones para disfrazar sus ignorancias, usar epítetos efectistas y acompañarse permanentemente de estratégicas campañas de propaganda para mantener en alto su índice de popularidad. Resalta en el plutócrata el uso descarado de cualquier dato estadístico con el fin de sacar conclusiones alarmistas, aumentar el miedo de las masas y ratificar su designio como el caudillo que estaban esperando.

Si hay un rasgo de personalidad que sobresale en el plutócrata es su egocentrismo. Quiere ser siempre el centro de atención y, para lograr tal objetivo, todo lo que hace lo convierte en un espectáculo o lo usa como motivo para los titulares sensacionalistas de los medios informativos. El plutócrata no puede ser discreto, está en contravía de su envanecimiento; carece de prudencia, porque lo suyo es la temeridad y el atrevimiento. Los ambientes preferidos del plutócrata tienen objetos dorados, decoración resplandeciente que hace sintonía con el brillo de los enormes espejos en que él pueda verse una y otra vez. Al plutócrata no le importa escandalizar, si con ello se mantiene vigente y está en la comidilla de la alta sociedad. Por eso, despotrica e injuria sin cesar; por eso usa la calumnia y la burla como una manera de espolear la reacción pasional de sus contradictores. Lo importante es que se hable de él, ojalá de manera permanente.

Cabe decir acá que el plutócrata se ensaña con los más débiles, humilla con facilidad, es insensible al sufrimiento ajeno y avaro hasta la indolencia. Disfruta viendo cómo el que no tiene mayores recursos tiene que doblegar su dignidad o tragarse en silencio su inconformismo. Al estar motivado por la ambición del dinero, el plutócrata sabe que la política es otra forma de negocio y el Estado una empresa de la que se pueden sacar excelentes dividendos. El ámbito de lo público en él se circunscribe al beneficio particular. El plutócrata pregona y muestra sus bienes como marcas, su mismo ser es una etiqueta; exhibe sus posesiones sin vergüenza, alardeando sus propiedades o sus cuentas millonarias, para crear en torno suyo una aureola de ser exitoso, que merece la emulación y el constante halago. Pero, detrás esa vanagloria, lo que en verdad desea es ratificar en la sociedad que es “único”, “distinguido” y un ser privilegiado, con prerrogativas excepcionales a las que tiene el mayor número de personas condenadas a jugarse cada día la sobrevivencia.

Allí donde proliferan los ciudadanos crédulos y dóciles, en las sociedades movidas por la polarización política y la animadversión hacia los considerados diferentes, en ese ambiente social de fanatismo y de ambición por el éxito económico y la celebridad mediática, el plutócrata halla el mejor caldo de cultivo para crecer a sus anchas. El odio entre coterráneos lo fortalece, la mínima formación política de las personas le ofrece oportunidades para lanzarse a la plaza púbica, la desinformación constante y las noticias falsas de las redes sociales y los medios masivos de información contribuyen a su ungimiento o su mitificación. Con la llegada del plutócrata a las más altas esferas del gobierno las razones argumentadas que llevan a los consensos, se hacen trizas; la búsqueda de soluciones participativas para la solución de los problemas de las mayorías, se detiene o entra en hibernación. El plutócrata en el poder es un ser peligroso para las democracias porque tiende a diluir los límites reguladores de las leyes, coarta la participación ciudadana deliberativa y ahonda la inequidad social entre unos pocos que multiplican sus ganancias y los millones de personas que se verán lastimosamente más empobrecidas.