Feria del libro y libros álbum

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En la pasada Feria del libro de Bogotá (35 años), que tuvo a México como país invitado de honor, busqué y encontré varios libros álbum que no sólo me cautivaron por su propuesta gráfica, sino por la manera de abordar diferentes temáticas. Comparto algunos de ellos por dos motivos: en principio, por un deseo de contagiar a otros lectores de mi experiencia estética al disfrutar de estas obras en las que se conjugan magistralmente la imagen y el texto y, en segunda medida, porque el uso recurrente de libros álbum debería ser una de las consignas de animación a la lectura de todas las instituciones educativas, en general, y muy especialmente por parte de los docentes de todas las disciplinas.

LA VOZ CIEGA

He elegido La voz ciega de la ilustradora mexicana Mariana Alcántara (Fondo de Cultura Económica, 2022) como mi primer libro álbum recomendado. Además de la propuesta gráfica en azul, con incorporación de tipografías que sirven de texturas o formas de objetos, es una obra extraordinaria para mostrar el tema de la pérdida de visión. Tanto el texto como la imagen van dando cuenta de la progresiva ilegibilidad del mundo de ese” hombre de letras” llamado Emilio. El personaje que jugaba y coleccionaba palabras, que consideraba su diccionario como “la única cosa para llevar a una isla desierta”, poco a poco va dándose cuenta de que sus amadas palabras empiezan a “esconderse y desaparecer”. El hombre de letras ya no puede leer, ya no hay amarillos ni rojos para apreciar por la ventana; la oscuridad lo abruma. No obstante, una noche escuchó “un ligero golpeteo que lo llamaba”. Abrió la puerta de sus oídos y sintió de nuevo el árbol de la ventana que le “susurraba gotas, viento, brisa, hojas”… Ya no era a través de sus ojos como le llegaba el mundo, ahora retornaba a través de sus oídos. El libro álbum se cierra con una afirmación esperanzadora: “y como una tormenta, nacieron nuevas palabras que cubrieron la ciudad”. Las guardas de este libro ofrecen pistas de lectura muy interesantes: al inicio se ven con claridad letras y formas determinadas, al final sombras y manchas en medio de un fondo brumoso. La propuesta gráfica de esta obra permite, además, una lectura en muchos niveles de signos, de su rico simbolismo, de las marcas expresivas de aquellas emociones que nacen cuando alguien siente que se va diluyendo ante sus ojos la luz, las cosas, las personas y, al mismo tiempo, el cambio personal que necesita para aprender a “leerlas” con otro sentido diferente a la vista.

UN VACÍO

El segundo libro álbum que he elegido es Un vacío (lamaleta ediciones, 2022). Los textos son de Azam Mahdavi y las ilustraciones de Maryam Tahmasebi, ambas artistas de origen iraní. Esta obra tiene como motivo la pérdida de un ser querido y el proceso de duelo para sanar el corazón. La propuesta ilustrativa, con planos de picado y una paleta de colores de grises, armoniza bien con la historia de una niña que experimenta la muerte de su madre y quien, durante todo el texto, siente y transforma ese vacío en un enorme globo de compañía. Lo interesante del libro-álbum es que ese vacío, que toma el lugar de la madre, se torna en “su único amigo”, “la acompaña todo el tiempo”, “la lleva a casa desde el cole” y se queda “cerca, muy cerca de ella”. Hacia la mitad de la obra hay un cambio: la maceta que habían plantado la niña y la madre comienza a florecer. Los grises empiezan a mermar y el amarillo y el azul renacen. Los signos de la vida comienzan a cobrar otra vez importancia: un gato, la lectura del padre, el juego, la cena compartida, los espectáculos callejeros. Este magnífico libro álbum representa muy bien el ciclo de la vida: comienza con la última foto de la madre y la niña, con la última flor que sembraron juntas, y termina mostrando en las últimas páginas una nueva foto en la que el padre, la niña, el gato y el vacío están sembrando “una primera flor”.

HAY RECUERDOS QUE LLEGAN VOLANDO

Un tercer libro álbum que me ha parecido de gran calidad es Hay recuerdos que llegan volando (Fondo de Cultura Económica, 2022) del colombiano Julián Ariza. La obra fue ganadora del Premio Distrital del Libro infantil ilustrado 2021, proyecto fomentado por el Instituto Distrital de las Artes – Idartes. El eje de este libro son los recuerdos, su manera de aparecer y desaparecer; de esos recuerdos “tan pequeños que apenas sientes un leve aleteo a tu alrededor”, de su dinámica tan cálida que parece una brisa o de su avasalladora presencia que se asemeja a una “tormenta que todo lo inunda”. Los recuerdos y la manera de impactarnos; los recuerdos que, a pesar de nuestra voluntad por dejarlos atrás, logran alcanzarnos. Sí, hay recuerdos que quisiéramos olvidar. Pero, de igual manera, la obra emplea las últimas páginas en mostrarnos que existen determinados momentos en nuestra vida, ciertas experiencias transformadoras que “nunca se van a olvidar”. Sabemos que es propio de los recuerdos venir y partir cual un ave migratoria; sin embargo, hay unos recuerdos que se asemejan a un cachorro de perro frágil que, al acogerlos y protegerlos cariñosamente en nuestra alma, cambian la forma de nuestro corazón, hacen parte de nosotros. Esos son los recuerdos que deseamos volver inolvidables. A lo largo del libro álbum se emplean diversidad de recursos ilustrativos: la microhistorias dentro de la gran historia, el juego de sombras, las viñetas del cómic, los planos de secuencia de imágenes. Como afirma el autor “no existen fórmulas para el olvido”, pero hay experiencias o personas que calan tan hondo en nuestro pecho que se encarnan para siempre en el ave del recuerdo.

ESPERANDO EL AMANECER

Me centro ahora en Esperando el amanecer (Kalandraka, 2022) , de la peruana Fabiola Anchorena. Se trata de un libro álbum centrado en la amenaza de los incendios forestales, desde la perspectiva emocional de los animales. La obra fue ganadora del XV Premio internacional Compostela para ábumes ilustrados 2022 y, como afirma la autora, “nació del miedo, la incertidumbre y la angustia que sentí en 2019 cuando la Amazonía ardía a causa de los peores incendios de los últimos años”. El detonante de la historia está en que los animales “hace mucho no ven el amanecer” y parece que “el sol se hubiese ido muy lejos”. Todos en el bosque están a la expectativa, todos andan en “búsqueda de la luz de la mañana”. Entonces, aparece una luz demasiado fuerte, con un intenso calor, pero ese “no es el amanecer que estaban esperando”. La luz que llega, quema, produce miedo y genera la huída. Afortunadamente aparece la lluvia trayendo la calma. Ahora sí, aparece de nuevo la ansiada luz que ofrece tranquilidad al hogar: el bosque ha revivido. Lo interesante de la historia es el contrapunteo armonioso que hace la imagen. De los tonos oscuros a la pinceladadas incandescentes y de éstas a los matices verdes y amarillos, pletóricos de abundante colorido. Y si en las primeras guardas está la oscuridad, en las últimas resplandece las gamas del verde esplendoroso. Este es un libro ábum que cumple bien el propósito de la ilustradora de “amar los animales”, de apoyar a las organizaciones que se preocupan por conservar los bosques de la Amazonía, pero es a la vez una excelente manera de advertirnos la responsabilidad que tenemos todos de cuidar estos “pulmones de la tierra”.

Inquietudes sobre cómo escribir ensayos (III)

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Ilustración de Andrea De Santis.

Esta es la última entrega de respuestas a los interrogantes que me formularon los estudiantes de diferentes carreras de la Pontificia Universidad Bolivariana, sede de Montería, relacionados con la escritura de ensayos. Sirva este espacio para agradecerles su escucha y su nutrida participación.

¿Qué tiempo puede tardar un ensayista a la hora de escribir un ensayo? (José Alejandro Santamaría Escobar – Ingeniería civil).

Los tiempos dependen de la complejidad del tema, de si se ha meditado a fondo un asunto, de la poca o mucha familiaridad con la escritura, del grado de interés con que se enfrente la escritura del ensayo. Lo cierto es que un ensayo de calidad supone contar con unos días para meditar, investigar o descubrir una tesis y otros más para buscar los argumentos de autoridad pertinentes, recopilar los ejemplos e idear los otros tipos de avales o garantías. A eso habría que sumarle las horas de redacción, revisión y elaboración de por lo menos dos borradores. Puede suceder que un escritor experto condense esos tiempos en tres días, mientras que un novato necesite más de una semana para cubrir esas etapas.

¿Sobre qué se debe escribir el ensayo?  (Valeria Páez Espitia – Psicología).

Los temas son infinitos. Sin embargo, hay asuntos más difíciles de tratar o para los cuales se necesita una pesquisa de largo aliento. En algunos casos será mejor escribir sobre temas más cotidianos, pero también es posible que asuntos no tan conocidos reten al ensayista a profundizar en ellos. Ahora, si se desea cumplir la premisa de que en un buen ensayo lo fundamental es presentar una tesis personal, pues lo más aconsejable será que el escritor “medite” lo suficiente sobre aquellas temáticas consideradas cercanas o profundice con ojo crítico en las problemáticas más alejadas. Por ser el ensayo un texto que implica moverse con argumentos y no con opiniones gratuitas, exige que se limiten o determinen, en gran medida, los temas que podrían abordarse.

¿Cómo organizo mis ideas? (Juan Ignacio Acosta David – Comunicación social y periodismo). ¿Cómo organizar mis ideas para empezar? (Sofía Elena Canchila Barrios – Arquitectura).

La organización de las ideas hace parte del primer momento de la escritura de un ensayo. Me refiero a la pre-escritura. Entonces, hay que acudir a recursos como el mapa de ideas, los cuadros sinópticos o esquema de llaves, a una tabla de contenido con ideas principales e ideas secundarias, a los agrupamientos asociativos… Si se quiere profundizar en estos y otros recursos, vale la pena revisar dos libros de María Teresa Serafini, Cómo redactar un tema y Cómo se escribe, publicados por la editorial Paidós. Sea como fuere, la organización de las ideas debe tener como fin la elaboración del esbozo del futuro ensayo.

¿Cómo adquiero una buena redacción? (Juan Diego Vellojin – Derecho). ¿Cómo debe estar bien redactado un ensayo? (Fernando Tirado Suárez- Ingeniería civil). ¿De qué manera se puede mejorar la redacción en los ensayos? (Jesús David Oyola – Ingeniería civil).

La redacción se adquiere escribiendo de manera habitual, leyendo muchísimo, imitando a los grandes ensayistas, cuidando el uso del lenguaje, oyendo cómo armonizan entre sí las palabras. La redacción se mejora produciendo un primer texto y luego volviéndolo a leer con atención para corregirlo, enmendarlo o para eliminar palabras o apartados. La redacción se mejora haciendo varias versiones de un mismo texto; destilando la prosa que primero se nos viene a la cabeza; dejando en remojo o tomando distancia para apreciar repeticiones innecesarias, incoherencias flagrantes, desarticulaciones en el discurso. La redacción se mejora puliendo, afinando el sentido, observando la puntuación y la precisión semántica. Porque la redacción es más una labor de tipo artesanal que una súbita obra de la genialidad o la inspiración.

¿Cómo mantener la continuidad después de un tiempo? (Marco Antonio Bohórquez – Derecho).

Lo vertebral en un ensayo es la tesis. En consecuencia, no hay que perderla de vista a lo largo de los distintos párrafos. Ella es como el eje que articula las diferentes partes, los variados argumentos. La tesis debe retomarse, referenciarse o tenerla presente en la medida en que avanza la argumentación. Lo otro que ayuda mucho para mantener la continuidad de la tesis en el ensayo son los conectores lógicos. Gracias a los marcadores textuales el lector sabe cómo se va desplegando la argumentación, por qué el autor desea insistir en algo, con qué fin emplea determinado argumento, o cuándo un ejemplo o una analogía hacen las veces de ilustraciones o testigos irrebatibles. La continuidad supone una relectura permanente del escritor de lo que vaya produciendo, y con mayor razón si el ensayo tiene más de dos páginas. La continuidad se logra avanzando en el texto para redactar unos párrafos y, al mismo tiempo, volviendo atrás para revisar los ya escritos.

¿Cómo se hace la introducción de la tesis? (Orlando Junior Benítez Arteaga- Administración de empresas). ¿Cómo podemos desarrollar una buena introducción? (Yolaira Arcia Vidal – Ingeniería industrial). ¿Cómo puedo estar segura de que mi introducción está bien redactada? (Valentina Padilla García – Arquitectura).

En sentido estricto, el ensayo empieza con la presentación de la tesis. Esto ayuda a que el lector sepa, sin rodeos, qué es lo que el ensayista desea plantearle desde el comienzo. A veces por hacer demasiados circunloquios o explicaciones, lo que resulta es la confusión o que no se sepa bien cuál es el foco del autor. No obstante, a veces algunos ensayos requieren un párrafo de encuadre o uno introductorio que permita ubicar o señalar el contexto en el que se va a inscribir el texto. Lo que no debe confundirse es que ese párrafo introductorio sea la tesis del ensayo. Ahora, si es estrictamente necesario hacerlo, la introducción no puede ser extensa, ni convertirse en un adelanto de los argumentos que luego van a desarrollarse, ni ser un listado de preguntas.

¿Qué es lo más importante al seleccionar la población a la que se dirige el ensayo? (Samuel David Fong Ramos – Ingeniería mecánica).

Desde luego, cuando alguien escribe un ensayo debe pensar en el tipo de lector para el cual redacta el texto. Y si bien el ensayo casi siempre tiene un destinatario académico; es decir, se presenta a un docente en particular, lo mejor es pensar en un público más amplio. Eso ayuda a darle un campo de radiación comunicativa que supere los límites del salón de clase. También es factible pensar que el público para el que se escribe el ensayo sean otros compañeros de carrera o colegas de otras profesiones. En todo caso, una vez se ubica quién es el grupo de público, el ensayo tendrá que adaptarse a tal población y, luego, si se piensa mostrar dicho texto a un sector diferente, tendrá que sufrir ciertos ajustes, especialmente en la elección de las palabras, en las exigencias formales y en el uso o no de subtítulos. No sobra advertir aquí un punto que demanda un esfuerzo adicional a muchos ensayistas: me refiero al tipo de artículos fijados por una publicación periódica y al cumplimiento de unas normas de presentación exigidas por revistas indexadas que, de alguna manera, prefiguran la comunidad para la cual se está escribiendo. Tales revistas ya han seleccionado previamente el público y, en esa medida, delimitan también el tipo de ensayo que reciben para ser publicado.

¿Cómo es el lenguaje en un ensayo? (María Valeria González Rivero – Psicología).

El lenguaje utilizado en el ensayo es el propio de los textos argumentativos. Es decir, un lenguaje meditado, lógico, vigilante de su cohesión y su coherencia. Un lenguaje que evita demasiado las digresiones y que debe ser altamente interpelativo para lograr su función persuasiva. En esta perspectiva, no puede ser tan abstruso o rebuscado que termine fracturando la comunicación con el lector, ni tan descuidado o impreciso que debilite la consistencia interna de los argumentos o el rigor en la defensa de una tesis. En más de una ocasión el ensayista tendrá que ser preciso en el uso de determinados términos y ser muy cuidadoso si va emplear expresiones soeces, injuriosas o abiertamente ofensivas. Además de utilizar un lenguaje organizado y de tono conceptual, también podrá echar mano de imágenes, metáforas u otro tipo de lenguaje figurado, siempre y cuando esté en función del propósito argumentativo. Por supuesto, cada ensayista tiene o está en la búsqueda de un “estilo personal”, pero no por ello puede terminar confundiendo el lenguaje de este tipo de texto con aquellos otros usados para hacer un comentario, un relato o una simple anécdota.

¿Cómo convencer a la gente? (Sophie Pretelt Guzmán – Comunicación social y periodismo).

La persuasión depende, en principio, de la calidad de los argumentos escogidos y de la manera como se los desarrolla en el ensayo. En segunda medida, la persuasión se logra siendo coherentes a lo largo del escrito, manteniendo el hilo lógico de la argumentación del primero al último párrafo. Y, por último, la persuasión se conquista sabiendo utilizar los conectores lógicos, usándolos como heraldos o guías de lo que se desea defender en el ensayo. De igual modo, la persuasión supone tener conciencia del contexto en el que se inscribe el escrito y conocer bien el tipo de público al que va dirigido. Recordando a Umberto Eco, una buena parte de la persuasión reside en el “lector modelo” que el autor prefigura mientras elabora su texto.

¿Cuáles son las observaciones que debemos realizar para hacer un ensayo? (Luisa Fernanda Barrios Negrete – Derecho).

Entiendo la pregunta desde el punto de vista de las acciones previas antes de redactar el ensayo. Siendo así, cuando el tema no es tan conocido o reviste gran complejidad, lo primero que habrá que hacer es ponerse a investigar sobre dicho asunto. La indagación documental, el contraste de fuentes, el cotejo de diversas miradas teóricas o experienciales, será fundamental para lograr formular la tesis. En esta misma vía, y ya pensando en los argumentos, será indispensable revisar textos, materiales o documentos que puedan servir de avales para nuestra tarea argumentativa. Una mirada crítica al problema que nos convoca y un buen tiempo para “meditar” en él, resultan fundamentales antes de ponerse a redactar. Siempre es importante recordar que el ensayo nace después de “rumiar” largo rato una temática, de ver sus pros y sus contras, de aquilatar las ideas ajenas en el crisol de nuestra mente.

¿Cómo hago para mejorar la lluvia de ideas durante el proceso de creación del ensayo? (Fredy Estrada Sáenz – Ingeniería mecánica).

Para mejorar la lluvia de ideas hay que soltar la imaginación, evitar ser tan lógicos, lanzarse a dejar libres las conexiones de nuestra cognición. No evaluar, ni ser tan esquemáticos. Cuando se entra en esta etapa de la pre-escritura lo fundamental es favorecer las conexiones, las “intuiciones”, las ideas derivadas que van saliendo en la medida en que no les prohibamos su emerger sinuoso, intermitente o contradictorio. El acopio de pensamientos dispersos, la reunión de elementos heterogéneos o de diversas disciplinas, la tranquilidad para albergar enunciados disparatados o ambiguos, es consustancial a este recurso de la creatividad. Una vez más las propuestas de María Teresa Serafini, en los dos libros arriba mencionados, pueden ofrecer otras luces sobre tal inquietud.

¿Cómo saber en qué momento empezar a redactar los argumentos? (Connie Castillo Zabala – Comunicación social y periodismo).

Si la pregunta se refiere a cuándo empezar a redactar los argumentos en el proceso de escribir un ensayo, la respuesta es hacerlo después de tener definida la tesis; entre otras cosas, porque sin ese norte, no se sabría cómo elegirlos o hacia dónde dirigirlos. Ahora, si la inquietud apunta a cuándo presentar los argumentos en la organización del texto, habría que responder de esta forma: una vez se plantee la tesis en el primer párrafo, de manera inmediata se comienzan a redactar los argumentos. Después, se continuarán presentando uno a uno hasta terminar el ensayo. En todo caso, no es bueno dilatar la exposición de los argumentos, ofreciendo explicaciones o haciendo digresiones justificadoras. Por supuesto, hay que elegir bien cuál argumento se lanza primero y cuál servirá de cierre. Los argumentos deben encadenarse de tal manera que vayan provocando en el lector un convencimiento paulatino, un crescendo hacia la adhesión de nuestra tesis.

¿Cómo darle inicio a un ensayo sobre un libro? (Aleida María Madera Almario – Ingeniería civil).

Lo fundamental es haber leído el libro más de una vez, ojalá subrayándolo y tomando abundantes notas. De igual modo, a la par que se lee la obra es indispensable ir mirando las recurrencias, las ideas fuerza que vertebran el texto, el modo de organizar el discurso. Terminado ese momento, luego de un meditado análisis, la tarea consiste en hallar la tesis desde la cual se desea elaborar el ensayo. No hablo de la tesis del autor (si fuera un libro de ensayos), sino de la tesis que el ensayista quiere plantear a propósito de la lectura de ese libro. Y serán las notas que tomó, las citas que subrayó, las que servirán como argumentos para avalar su lectura.

¿Cuál es la forma correcta de abordar un tema? (Samuel David Otero Arango – Ingeniería civil).

Los temas se empiezan a abordar desde un acto continuo de reflexión. Meditar en el tema es el primer mandato de cualquier ensayista: hacerle preguntas al tema, ver sus fisuras, contrastarlo; ponerlo en la mesa de disección para ver sus partes, sus interrelaciones con otros temas, su densidad epistemológica. Eso es lo esencial. Posterior o a la par de este momento es conveniente leer sobre el tema, documentarse, abrir la mente a diversas aproximaciones sobre el asunto o problema que nos interesa. Hay que “caminar el tema”, hablar de él con los más cercanos, dejarlo habitar en los actos cotidianos. Se pueden ir tomando notas o apuntes de lo que se vaya encontrando, de esas ideas sueltas que van apareciendo o de “ocurrencias” asociadas con el tema que nacen mientras hacemos otras labores. Todo lo anterior sirve para rubricar un consejo a los novatos ensayistas: si no se ha “rumiado” o cavilado de manera suficiente en un tema, será difícil que se les ocurra una tesis y, menos aún, que encuentren buenos argumentos.  

¿Cuáles son los errores más frecuentes al escribir un ensayo? (Arianna Alemán Jaramillo – Comunicación social y periodismo).

Los más frecuentes errores son los siguientes: a) confundir un ensayo con un comentario o confundir un ensayo con el resumen de un tema, b) ponerse a hablar generalidades sobre un tema, pero sin tener una tesis, c) presentar una tesis en el primer párrafo, pero luego abandonarla en los siguientes apartados; o no mantener el hilo de la tesis a lo largo de todo el ensayo, d) acopiar argumentos de autoridad, pero sin vincularlos directamente con la tesis objeto del ensayo, e) redacción fragmentada tanto en la inclusión de las ideas como en la construcción de los párrafos; o uso de un estilo farragoso, acumulativo, en el que predomina el uso reiterativo de comas y la ausencia del punto seguido, f) poco empleo de conectores lógicos que contribuyan a darle cohesión y coherencia a las ideas, g) títulos de los ensayos que no están conectados con la tesis del ensayo, sino con un tema genérico, h) exceso de párrafos demasiado cortos que podrían agruparse en uno solo; o abundancia de párrafos demasiado extensos en los que se incluyen muchos aspectos diferentes de un mismo asunto, i) dificultad para utilizar otro tipo de argumentos, distintos a los de autoridad, j) poco dominio en una forma de citación o de referencia bibliográfica determinada, k) ausencia notoria del uso de notas a pie de página, como estrategia para ampliar o profundizar información, l) debilidad en la macroestructura del texto, entre otras cosas porque no se elabora previamente un esbozo del ensayo, m) gran dificultad en la elaboración de analogías, como medio para argumentar a partir del pensamiento relacional, n) poco hábito en los procesos mentales de la deducción y la inducción; o fallas en el modo de sacar inferencias, ñ) desánimo para elaborar una segunda versión a partir de la correcciones del docente, o) mínima lectura de textos ensayísticos que sirvan de referente para la elaboración de los textos personales, p) creencia en que la escritura es el resultado de un “chispazo de genialidad o de suerte” y no una labor artesanal de pulimento y trabajo continuado.

Alfabetizarnos en semiótica: una cartilla educativa y un escudo personal

Ilustración de Paul Blow.

Considero que la semiótica es antes que nada una manera particular de leer. Una mirada ante el mundo y la vida mediante la cual sospechamos de los mensajes o las actuaciones que saltan rápidamente a nuestros ojos o interpelan nuestros sentidos. Un modo de pensar que sabe que los datos inmediatos nos engañan, que detrás de todo eso que calificamos de “natural” se esconde un fino entramado simbólico, un tejido complejo de significados. Y esto es así, porque estamos inmersos entre signos, porque somos consumidores y productores de mensajes, porque nos socializamos y nos educamos a partir de sistemas de códigos. Es decir, el mundo que habitamos ya es de por sí un mundo signado. Entonces, la semiótica viene siendo como una especie de alfabetismo para poder leer esa maleza sígnica que nos circunda, una habilidad para descifrar ese enorme texto de la cultura. O, para ser más precisos, la semiótica es un abecedario, una cartilla con la cual podemos leer o descifrar gran parte de los mensajes que circulan en la vida cotidiana.

Parte de esa alfabetización supone convertirse en extranjero de la misma parcela de realidad que se busca descifrar. Ser extranjero demanda una capacidad de lectura en donde hay que rebasar los límites de lo obvio, de lo natural, de lo dado por hecho. Leer semióticamente es aprender a sospechar. Y sospechar es tomar distancia de los hechos, los eventos, las informaciones, de los emisores que las enuncian. Esa toma de distancia ayuda a comprender asuntos que, por estar inmersos en ellos, no podemos apreciarlos a cabalidad. Sospechar es poner entre paréntesis lo que escuchamos o nos dicen para no ser incautos o tan crédulos como para aceptar sin cuestionamiento o tamiz las “verdades” que parecen comunicársenos con tono aséptico o desinteresado. La sospecha ha sido, vale reiterarlo, una de las claves de la filosofía y un detonante para la investigación científica. Piénsese no más, en todos los “maestros de la sospecha”: Freud, Nietzsche, Marx, y cómo lograron leer en profundidad los signos de su época, fisurar los sistemas, excavar dentro de las cosmovisiones vigentes de su mundo. El semiotista, por eso mismo, cuestiona, pregunta, entrevé, intuye, conjetura, olfatea su entorno como si fuera un explorador en tierra ajena.

De otro lado, nos alfabetizamos en semiótica exacerbando los sentidos, así como pedía Arthur Rimbaud a los poetas; mirando con cuidado, escuchando con atención, tocando el mundo, oliscando todos esos indicios que desfilan ante nuestras narices, pero que la mayoría de las veces pasan desapercibidos. Lo otro, es estar atentos, alertas a la realidad circundante. Los semiotistas son vigías de los textos y los contextos, de los intertextos y los paratextos. Instalados en la atalaya del entendimiento, los alfabetizados en semiótica perciben relaciones, ven diferencias, aprecian los matices. De igual modo, los semiotistas adquirieren ciertos criterios, unas categorías de juicio, un método de análisis para investigar o dar cuenta de un problema, un asunto noticioso o un acontecimiento social.  Tener un método es contar con una especie de lógica para ordenar la cabeza. Tal esquema de pensamiento no se basa en las opiniones emocionales o en el rumor maledicente, sino en un pausado y plural examen de las cosas que contribuye a tener un mejor diagnóstico de cualquier situación. Digamos que el proceder del semiotista puede sintetizarse en un axioma de hondas raíces artísticas: mirar lo que todos los demás dan por visto.

Precisamente por ello, creo que los maestros y maestras, más allá de impartir conocimientos, tenemos la función de proveerles a los estudiantes unos “miradores” para leer la realidad, unos lentes para hacer legible el mundo que les toca en suerte. Necesitamos alfabetizar a las nuevas generaciones en semiótica. Y especialmente en esta época, cuando hay tal avalancha de información, que no es fácil diferenciar una cosa de otra; una época en donde los mensajes circulan a gran velocidad, pero en la que las personas no tienen el juicio formado para aquilatar lo valioso de la basura insustancial. La lectura semiótica sería una habilidad desarrollada por los educadores de todas las áreas. Esa lectura semiótica ayudaría a que los estudiantes aprendan a poner en relación los detalles en la perspectiva del conjunto, a cotejar cada texto con los contextos en que se producen, a aquilatar diversos puntos de vista antes de emitir un juicio, a entrever las intenciones soterradas de las ideologías ocultas que manejan los emisores. Porque no podemos olvidar que, por ejemplo, los medios masivos de información “fabrican” una idea del mundo y de las personas; editan el entorno para dárnoslo organizado de una particular manera. En consecuencia, los aprendices de semiótica irán aprendiendo poco a poco a “desmontar” la puesta en escena en que se produce la información para descubrir qué se ha omitido, qué se ha sobredimensionado hasta la exageración o cuáles son las intenciones implícitas que se fraguan detrás de cámaras. Como se ve, la semiótica es un buen laboratorio para apreciar cómo se producen, circulan y recepcionan los mensajes.  Ya sea frente a una pantalla, en actitud de escucha o de cara a un “espectáculo informativo” la semiótica descubre las redes y las constelaciones de signos que los grandes medios tejen en su función de crear audiencias, reforzar cosmovisiones hegemónicas, reconducir la opinión pública o elaborar un relato persuasivo de la realidad.

Desde luego, las bondades no solo se circunscriben al sector educativo. Pienso que todo ciudadano debería también alfabetizarse en semiótica por dos razones principales: La primera, porque la semiótica era y sigue siendo una poderosa herramienta conceptual para leer la sociedad que habitamos; una especie de metalenguaje traductor mediante el cual es posible desenredar los sendos hilos con que están tejidas las relaciones humanas, los conflictos de intereses, los juegos de poder. La segunda, porque al ser lectores hábiles de signos nos hacemos más aptos para aceptar la pluralidad de opiniones y la diversidad de otras maneras de entender el mundo y la vida y, lo más importante, se crea un espíritu tolerante para ser menos fanáticos y menos sectarios. Con esos útiles cívicos de la semiótica nos entenderemos mejor con el diferente, sin tener que entrar a violentarlo o destituirlo porque no lo aceptamos o, lo más grave, porque no logramos comprenderlo.

Agregaría, en esta misma perspectiva, que alfabetizarnos en semiótica es un buen recurso de protección ante el odio propagado en las redes sociales y es un buen catalizador para romper la estratagema de las falsas noticias. A lo mejor, si en esta época de mentiras a la mano y de redes engatusadoras nos proveemos de elementos de lectura semiótica, lograremos descifrar el truco del mago o lo que astutamente se esconde detrás de celadas con apariencia de verdad. Con esas herramientas conceptuales de la semiótica aprenderemos a develar lo que está sistemáticamente clausurado o vedado por el poder; adquiriremos un espíritu crítico que nos saque del marasmo de ser sólo consumidores de información; y ampliaremos nuestra comprensión de los credos, las ideologías y las mentalidades con el fin de prevenirnos de fundamentalismos sectarios. En suma, tendremos una “protección cognitiva” para no sucumbir como borregos a las demandas irracionales de la masa, a las manipulaciones de la ladina politiquería que, como se sabe, le interesa sobre todo el beneficio personal más que favorecer a la mayoría. Necesitamos proteger nuestra salud mental para no alimentar esa actitud cotidiana de “todos contra todos”, tan aumentada en nuestros días por los grandes medios masivos de información que se regodean con su contagio estridente de odio, desesperanza y crisis generalizada.  

Concluyo invitando a todos los que tienen una labor formativa, llámense maestros o padres de familia, “influenciadores” o” “líderes de opinión” a acoger algunos de los rasgos de la lectura semiótica que aquí he señalado. O si se prefiere, los convoco a poner en práctica diez principios de actuación comunicativa que, en cierto sentido, son enunciados éticos:  1) Mejor tardarse en comprender que apresurarse apasionadamente a enjuiciar, 2) Ver siempre las ramas en relación con el conjunto del árbol que las sostiene, 3) Tener una mirada plural, antes que un único punto de vista, 4) Anteponer la duda y la pregunta a todo aquello que pida la sumisión sin argumentos, 5) Desconfiar de las verdades a medias, porque en realidad son mentiras disfrazadas de certidumbre, 6) Estar prevenidos con los mensajes que prefieren destacar los adjetivos y los epítetos que los sustantivos y los verbos, 7) Entender que cada persona filtra la información que recibe y, según sus intereses, edita la información que comunica, 8) Comprender que sin un horizonte histórico las opiniones fácilmente se convierten en prejuicios, 9) Descubrir que en la relectura o la revisión está la clave para hacer aflorar el submundo escondido de los mensajes, 10) Reconocer que la ambigüedad de los signos es la que motiva la perspicacia y exige un esfuerzo intelectivo para interpretarlos.

Utilidades didácticas de trabajar con miniensayos

Miniatura de Tatsuya Tanaka.

“Microscopismo significa, de suyo, nimiedad. 
Nimiedad exige prolijidad”.
José Ortega y Gasset

 

Deseo ampliar en los párrafos siguientes las razones que me llevaron a escribir mi libro Las claves del ensayo[1], centrado básicamente en la redacción de miniensayos, y en el que ofrezco una alternativa didáctica para incentivar y hacer razonable en el aula el desarrollo del pensamiento argumentativo. Como en la obra en mención agrupo consejos y estrategias para los que desean escribir un ensayo en una página, considero oportuno ahora compartirles a los docentes algunas utilidades que obtendrán si optan por esta modalidad textual.

Por supuesto, uno de los primeros beneficios de usar el miniensayo en los espacios educativos es el de ir preparando paulatinamente a los estudiantes en una escuela de la argumentación. Antes de ponerlos a escribir ensayos extensos, se empezará por foguearlos con textos breves de esta tipología argumentativa. El miniensayo es un buen tinglado para ejercitarse en la tarea de presentar una tesis y soportarla con argumentos, pero desde el propósito formativo de aprender a dominar los fundamentos, la estructura básica de dicho tipo de escrito. Siguiendo uno de los principios básicos de la didáctica, se irá de lo pequeño a lo más grande, de lo simple a lo complejo. Tal objetivo contribuye a que los noveles escritores descubran, practiquen y adquieran las destrezas —tanto de forma como de contenido— del género ensayístico, pero no de sopetón o de manera fortuita, sino mediante una secuencia de enseñanza adecuada, que evite la desmotivación, la incomprensión o el fracaso al momento de enfrentarse a redactar esta modalidad textual.  

La segunda utilidad de traer al aula la redacción de miniensayos es la de apreciar en una o dos hojas el modo como se desenvuelve el flujo de una argumentación; la manera como se teje el hilo de razones que permite apuntalar o darle consistencia a una tesis. El miniensayo hace las veces de un reducido escenario en el que se puede apreciar la actuación de los diferentes avales que con sus voces contribuyen a reforzar la toma de postura del ensayista. Así, pues, se apreciará con más realce qué aporta cada argumento, de qué forma enriquece el camino de la exposición; al igual que podrá notarse si logra, parte por parte, la ruta del convencimiento o, si, por el contrario, lo que sobresale es la inconsistencia o la fragilidad en un planteamiento. El pequeño campo del miniensayo ofrece una mirada de ave desde la cual se observan con rapidez los logros o fallas argumentativas vertebrales del texto y, en esa misma medida, le permite al maestro reconocerle al estudiante sus principales aciertos u ofrecerle alternativas para subsanar las falencias más gruesas de su escrito. Dicho de otro modo: el miniensayo deja entrever, de manera rápida y total, si el estudiante ha entendido bien qué es presentar una tesis y defenderla con diferentes argumentos.

Una ganancia adicional, que soluciona un aspecto muy descuidado en la didáctica de las tipologías textuales, es la de darle relevancia a la construcción y revisión de los párrafos. En el miniensayo, el párrafo se convierte en la unidad de creación y de análisis. En consecuencia, será fácil ver en ese pequeño cuerpo textual cómo se plantea y articula una idea, apreciar sus ramificaciones explicativas al igual que sus engarces lógicos para mantenerla al tronco de una arista argumentativa. También será perceptible el itinerario comunicativo de las ideas, desde cuando se las enuncia hasta cuando se cierran, pasando por el modo como se las conecta entre sí (los marcadores textuales) y detallando si cumplen lo que anuncian o dejan fisuras o asuntos a medio camino. Si se toma como piedra de toque el párrafo, se facilitará de igual forma enseñar la manera de interrelacionar un apartado con el otro; y será más sencillo entender qué es eso de darle unidad a un texto, o apreciar en “cámara lenta” cómo es que se arma la macroestructura del escrito.

Derivado de la concentrada atención en la redacción de los párrafos nace otro rendimiento didáctico: la de mostrar la orfebrería sobre los diversos tipos de argumentos. Ver con lupa cómo se elabora un argumento de autoridad, de qué manera se tejen voces ajenas con la propia, como se armonizan las citas con la tesis; o apreciar, hilo por hilo, cómo desde una analogía, amalgamando los rasgos de semejanza en realidades diferentes, puede irse construyendo un tejido de razones convincentes. Igual podrá hacerse con los argumentos mediante ejemplos o esos otros originados de procesos de pensamiento como la inducción o la deducción. Al tener ese espacio acotado del párrafo y el tiempo “lento” para detallarlo, el miniensayo gana en claridad, en profundidad y consistencia en las ideas. Fijarse en los pormenores y precisar de qué manera contribuyen al engranaje de la persuasión, no es un asunto menor cuando se trata de aprender a escribir textos argumentativos.

Es más notorio en el pequeño terreno de los miniensayos apreciar la ausencia o presencia de los conectores lógicos, que si se buscan en un texto de larga extensión. Esa es otra utilidad de esta opción de escritura: los marcadores textuales serán fácilmente advertidos. Se los podrá identificar y saber si cumplen bien su función o si, por el contrario, están puestos allí sin ninguna intencionalidad comunicativa. Y al no tener sino unas pocas páginas para detectarlos y evaluar su cometido, será más sencillo explicarles a los estudiantes la conveniencia o no de emplear una de esas bisagras textuales, mostrarles qué pasa si se las intercambia por otra con finalidad diferente o enseñar con ejemplos concretos cómo se fragua la cohesión interna de un texto. Una vez se logre identificar el tipo de conector fallido o la familia de conectores en la que el aprendiz tiene mayor dificultad, el maestro podrá ofrecerle campos semánticos de conectores para solventar tales carencias, y dedicar sesiones de corrección enfocadas únicamente a perfeccionar la elección y ubicación de tales partículas en el texto. La visibilidad patente de los conectores en el miniensayo da pie para cualificar la buena articulación entre las ideas y entender el uso de puentes comunicativos con el lector.    

De otra parte, la redacción de miniensayos es un recurso ideal para que el estudiante pueda redactar varias versiones de un mismo texto y, en esa medida, realmente aprenda a escribir. Es decir, que no se contente con buscar un golpe de suerte para acertar en el primer texto que elabore, sino invitarlo a entrar en el proceso artesanal de la escritura, a que vea cómo van ganando en coherencia y consistencia sus ideas a medida que reelabora su miniensayo. Esta modalidad de “destilación por versiones” resulta manejable para el docente y es menos agobiante que cuando se les exige a los estudiantes ensayos de larga extensión o cuando se tienen grupos numerosos. Si en verdad nos interesa que los aprendices descubran la importancia de la corrección y las enmiendas cuando se redacta, si nos importa hacerles entender que escribir no es un atributo de la genialidad, sino una práctica de reelaboración constante de los textos, con toda seguridad la redacción de miniensayos es una mediación didáctica y un dispositivo eficaz para alcanzar esos objetivos formativos.

En esta misma perspectiva, la redacción de miniensayos permite un genuino acompañamiento del docente. Al tener mayor tiempo para leer con detenimiento la concentrada producción de sus aprendices, al poder hacerles anotaciones y observaciones puntuales en los márgenes, al señalarles dónde están los problemas de redacción o las inconsistencias en la estructura, se logrará un verdadero seguimiento y, por supuesto, una evaluación formativa. No sobra recordar que la escritura no se mejora con recomendaciones generales o poniendo un “signo de visto o de chequeo” o una calificación en la primera página de una tarea. La escritura se cualifica teniendo un “socio” o un “tutor” que vaya paso a paso mostrándonos aciertos o deficiencias en lo que redactamos. Tal vez ahí esté una de las bondades más grandes de trabajar con miniensayos en clase: la de cambiar el comportamiento del distante profesor que exige, demanda y califica textos, a empezar a asumir un rol más cercano, de coequipero o asesor de la producción escrita de sus estudiantes.  Los miniensayos crean las condiciones para realizar una efectiva y continuada retroalimentación.

Vale la pena mencionar acá la utilidad del miniensayo para debatir argumentativamente sobre subtemas específicos y no sobre asuntos tan generales en los que difícilmente el estudiante logra aportar algo significativo. La ganancia para el docente estriba en llevarlo a desagregar los contenidos de su asignatura o en esforzarse para plantearlos más como problemas que como información descriptiva. Por tener un reducido espacio para desarrollarse, el miniensayo demanda a los docentes ofrecer un menú diverso de cuestiones, con el fin de que los estudiantes puedan elegir un aspecto sobre el cual quieran circunscribir su escrito. Tal variedad de posibilidades sobre un mismo asunto enriquece la comprensión de cualquier temática, aporta nuevos elementos de juicio a un problema, motiva a la participación y, lo más importante, rompe los modelos rutinarios de explicación de una sola vía. El hecho de exponer en clase una materia asediada desde diferentes posturas (que serán las tesis propuestas en los distintos miniensayos), convertirá cada sesión de clase en un testimonio de enseñanza activa en la que la pregunta será el lubricante dinamizador empleado por el maestro y los argumentos esgrimidos en cada caso el contrapunteo utilizado por los estudiantes. Diversificar los temas ofrece opciones puntuales para enfocar los miniensayos y potencia la idea de que la enseñanza es una argumentada conversación a varias voces.      

Agregaría otro beneficio del miniensayo, relacionado con la dinámica de la clase. Por ser cortos, es factible leer un mayor número de ellos en clase; fomentar la escucha entre pares; abrir el diálogo a las resonancias producidas por los textos. De esta manera, no se escribiría únicamente para el docente, sino con un radio de acción mayor: el auditorio de los propios compañeros, que tendrían la oportunidad de conocer lo que piensan los demás y ofrecerles alguna réplica o juicio valorativo. Este punto es vital para que en el aula se exalte y cobre valía la voz personal, el punto de vista de los estudiantes. Que se favorezca, en últimas, el desarrollo del pensamiento, en general, y del pensamiento crítico, en particular. Si cada estudiante lleva tres o cinco copias de lo que produjo, si las reparte entre sus colegas, y si luego lee su texto en voz alta ante la plenaria, con toda seguridad irá tomando más confianza en lo que piensa, se volverá fuerte para defender sus ideas y podrá aceptar, sin enfadarse, que hay otros puntos de vista diferentes al suyo, pero igualmente válidos. El miniensayo permite que los productos escritos, solicitados por el docente, circulen y se debatan en clase.

Considero, además, que tomar como estrategia la redacción de miniensayos es un modo inteligente de racionalizar las tareas exigidas a los estudiantes. A la par que se atiende a un criterio didáctico, se resuelven aspectos de orden práctico, como la retroalimentación precisa y oportuna. No sobra recordar que la dosificación en cualquier proceso de aprendizaje es determinante para unos óptimos resultados. De poco o nada sirve atiborrar a los muchachos y muchachas de largas y extenuantes tareas de redacción, cuando desconocen lo medular de una tipología textual. La ganancia en el aprendizaje es evidente: resulta más provechoso enriquecer y cualificar un texto corto hasta que quede bien hecho, que gastar tiempo y energías en un largo escrito elaborado a la deriva y del cual, por su misma extensión, no se hará una segunda versión o tendrá una mínima vida en el itinerario de las tareas. La invitación a redactar miniensayos convierte esta “obligación académica” en algo menos excesivo o intrincado de realizar. Y, una vez asimilado un pequeño paso en la escala de la argumentación, resultará más cómodo avanzar o exigir el dominio en otros niveles.

Como puede colegirse de lo expuesto, hay muchos motivos alentadores para incorporar el miniensayo en la práctica educativa. Esto no solo tiene una ganancia de tiempo y energía para la labor del docente, sino que propicia un genuino espacio de aprendizaje de la escritura en los estudiantes. No se piense que la redacción de dichos textos cortos sea un simulacro o remedo de los ensayos canónicos que todos conocemos. Hay que insistir y aclarar una premisa de esta modalidad de enseñanza: la redacción de miniensayos tiene el mismo rigor que los ensayos de muchas páginas. Su complejidad no está en la extensión, sino en la minucia de conocer en profundidad las piezas y el funcionamiento de lo mínimo.

[1] Kimpres, Bogotá, 2016.

Poética de la escucha (IV)

Ilustración de Rafal Olbinski.

22

“Hoy quisiera escuchar de nuevo el eco
de  tu voz y tornar a las dulzuras
de aquellas breves horas en la noche.
Otra vez probaría la hermosura,
sin rostro, de tus labios en la sombra,
y el cálido temblor de aquellas últimas
palabras, sólo un sueño o un murmullo,
sólo rumor de viento, sólo hondura”.
Antonio Colinas

 

Escuchar al enamorado tiene una magia especial, entre otras cosas, porque parte de una disposición del receptor —en cuerpo y alma— para recibir sin reparos a otra persona. Cuenta con el esmero absoluto, con la atención suprema instada por la pasión; con la emocionada curiosidad de conocer o relacionarse con otro ser. Es evidente que este interés por quien dice el mensaje constituye un escenario favorable para que la comunicación sea percibida en sus gamas de sutileza, en los detallados matices de entonación, en los intencionados silencios causados por el deseo o por la turbación. La escucha del amoroso tiene como aliciente la estimación o el afecto que ansía retener todo lo escuchado para hacerlo significativo o, al menos, digno de recordación. La escucha amorosa se desarrolla y afianza en lo memorable. De otra parte, por estar anclada en la sinceridad, por comunicarse de manera sencilla y veraz, por expresar la singularidad de un corazón, la confidencia amorosa reclama del receptor un espíritu de complicidad que, en gran medida, se emparenta con los lazos de lo clandestino o encubierto. La interlocución, en este caso, convoca a una real y entregada coparticipación. Escuchar a otro ser enamorado, con esta delicadeza o finura, crea las condiciones de sintonía para que lo escondido florezca, para que las confidencias modulen o musiten sus querencias más anheladas. Aquí vale la pena hacer una advertencia: el escucha amoroso debe saber que aquellas confesiones tienen el sello de lo impublicable; son relatos de vida convertidos en pactos de sangre, en alianzas del mundo afectivo que, por celo a lo reservado, son inquebrantables. La escucha amorosa se acendra y refrenda en el silencio.

23

“Escucho hablar dos voces,
una es tu espíritu, la otra
son los actos de tus manos”.
Louise Glück 

 

Cuando se escucha a alguien lo fundamental está en el contenido del mensaje que intenta transmitirnos. Pero, a la par de esa confesión sonora, de esas modulaciones y énfasis en la voz, también está la comunicación no verbal que acompaña las palabras. En algunos momentos suplen, complementan o dan consistencia al discurso; en otros, reiteran o insisten el algún aspecto que por ningún motivo puede pasar desapercibido por un escucha atento. La postura con que el emisor enuncia sus confidencias, el ritmo de las manos, los movimientos de cabeza, las inclinaciones del tronco, el movimiento ansioso de los pies, todo el cuerpo, en general, crea una orquesta que acompaña la voz. Así que no es suficiente con detectar bien el contenido de lo dicho, no basta con la fidelidad de un solo canal; por el contrario, es indispensable percatarse de todos esos signos paralelos que acentúan, contradicen, contrapuntean o llenan de nudos el hilo del mensaje. Si se es perceptivo a esos detalles para relacionarlos con rapidez, si se logra apreciar y entender la obra de fondo que representan las diversas partes del cuerpo del interlocutor, con toda seguridad podrá comprenderse tanto el contenido como la forma que lo acompaña. Escuchar sentados o de pie, al frente o al lado de la otra persona, en silencio o con ruido estridente, no son asuntos menores; así como tampoco da lo mismo oír a alguien en una alcoba, en un sitio de comidas rápidas o en un pequeño y resguardado café. Se olvida con facilidad que las revelaciones íntimas no brotan de cualquier manera, que los secretos del alma reclaman unas condiciones y un ambiente y una postura de quien sirve de receptor. El escucha perspicaz sabe que tiene que hallar la posición menos evaluativa, ubicarse en un sitio no intimidante, y asumir una postura corporal que le ofrezca a la otra persona un espacio de confianza. Los escuchas avezados siguen el principio de que se habla con todo el cuerpo.

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“Si me quiere ayudar no me pregunte nada,
las preguntas nos desnudan un poco y yo no quiero desnudarme,
quiero vestirme de palabras,
quiero cubrirme con palabras y por eso le pido que me escuche:
no sé por qué razón quien nos escucha nos perdona”.
Luis Rosales

 

Por lo general, se busca a alguien que nos escuche con el fin de recibir de él una ayuda o un consejo a partir de las inquietudes o problemas que le compartimos. Pero, en otras ocasiones, lo que se anhela es hallar un ser humano que escuche en silencio, sin interrumpir o cortar el flujo de las confidencias o el caudaloso desahogo de una interioridad. A pesar de lo atropellado de las palabras, de lo inconexo y fragmentado del discurso, lo que se desea es que ese especial interlocutor se mantenga muy atento y neutral a la vez, y que aguante sin impacientarse el torbellino de las emociones con esos altibajos de llanto o de exaltada ira. Que no interrogue o cuestione tales manifestaciones, ni mucho menos descalifique con sus gestos el paroxismo de las angustias en pleno furor. Tal escucha ansiado debe asumir, entonces, una “impasibilidad porosa” que le permita mantenerse impertérrito ante las explosiones del alma ajena y, al mismo tiempo, desplegar una zona acogedora en la que se sientan la compasión, la solidaridad o esa comprensión fraterna tan parecida al perdón. Quizá encontrar este escucha, tan copartícipe como mesurado, sea más difícil de lo que se cree, porque requiere un ejercitamiento de “morderse la lengua” y de poner en salmuera el deseo de objetar o el impulso natural de la curiosidad. El resultado, aunque parezca desconocer la participación del escucha de carne y hueso, es altamente fructífiero para quien lo solicita: gracias a la presencia reservada de esa otra persona y a su complicidad silente, el emisor logra sacar de adentro lo que tenía atascado en el alma, descarga el peso que arrastraba en silencio, hace público lo que parecía inconfensable. El escucha ha servido de “roca depositaria” o de benigno catalizador. En suma: pedir ser escuchados es un reclamo o una imploración de silencio para poder hablar.

25

“Para escuchar mejor pegué
mi oído a los campos, vacilante y sumiso
y por debajo de la tierra escuché
el latir bullicioso de tu corazón”.
Lucian Blaga

 

La mayoría de las confesiones, especialmente aquellas que están cubiertas con la pátina de la culpa o del remordimiento, se emiten en unas frecuencias no fáciles de comprender en la superfice del discurso. Para lograr captar lo que está en el subsuelo, en el alma de quien las pronuncia, es definitivo traspasar las primeras capas de las suposiciones o los estereotipos; “pegar la oreja” al movimiento de unas aguas profundas a las que no estamos habituados o para las que no tenemos una definición preestablecida. Entender el rumor de esas zonas abisales del espíritu supone descubrir, como aprendices sumisos, un lenguaje que si bien no es legible en un inicio, poco a poco irá develando su mensaje  de oquedades y despeñaderos desconocidos. El escucha tendrá que asimilar esas vibraciones imperceptibles y prepararse para lo inédito. Entonces, lo que parecía extraño o inexplicable, cobrará una transparencia comunicativa que nos llevará a detener nuestros labios para el injuiciamiento  o la recriminación moralizante. Es del alma confesarse en sonidos subterráneos que, si sabemos escucharlos, revelarán mensajes únicos, sorprendentes, esencialmente inesperados. Pero además, y este es un reto supremo para la atención o presupone una entrenada flexibilidad auditiva del escucha, lo que es útil para descifrar el discurso de una persona, muy poco servirá para aclarar las confidencias de otro semejante. El subsuelo anímico, afectivo o pasional de los seres humanos es diferente en cada uno, como lo son sus huellas dactilares o los vasos sanguíneos de su retina. Las confidencias fluyen mejor por debajo de lo establecido o socialmente aceptado; el subsuelo de lo íntimo las resguarda de los ruidos exteriores y, de esta manera, conservan su autenticidad, se mantienen fieles a los quejidos de sus genuinos padecimientos, sin simulacros o  falsificaciones. Escuchar lo más íntimo de alguien nos exige una sensible y esmerada experticia en la auscultación del corazón.

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“Esperamos el alba,
para escuchar al fiel canario
desvelado,
cuando el sueño abate las pupilas”.
Fernando Paz Castillo

 

Lo común es que la escucha nazca de la necesidad manifiesta de otra persona, de la solicitud que hace para que se atienda una urgencia expresiva tan semejante a un clamor de auxilido existencial. Sin embargo, los buenos escuchas están a la expectativa, atentos a los posibles llamados de acompañamiento, de asistencia fraterna. Parte de su perspicacia reside en descubrir quién —y en qué momento— reclama su presencia o su disposición para sentarse a escucharlo. Tal actitud de “acecho bienhechor” conlleva a que el escucha esté expectante, que permanezca solícito o esté preparado para “detectar” determinados ensimismamientos o gestos de contenido sufrimiento. Los escuchas sigilosos sospechan cuándo tienen que estar presentes para ofrecer, como si fuera un abrazo acogedor, la atención, el consuelo, la compañía sincera y oportuna. Saben prever o conjeturar cuándo los problemas de los demás, sus angustias, sus penas más demoledoras —que los hacen caer en un mutismo desesperanzador— indican con aquellos ademanes silenciosos la necesidad de alguien que pueda ayudarles a soliviar el peso de tales cuitas o tribulaciones del alma. Los escuchas más perceptivos tienen esos presentimientos de “compañía” para acudir y socorrer a otro ser humano, para adelantarse a sus demandas, sin avasallarlo o parecer inoportuno. A veces la sola presencia del escucha crea un ámbito propicio para que aflore la palabra o se desgrane la voz del interlocutor. No siempre la escucha nace de la petición o la rogativa; en muchas ocasiones emerge del cuidado que se tenga por el familar, el colega, el amigo o el vecino. Si el otro nos importa realmente, si nuestros semejantes tienen rostro, si no son seres anónimos, seguramente será fácil adivinar cuándo necesitan momentos de audición o de franco y abierto diálogo para expresar lo que les aflige, preocupa o desconsuela. Los escuchas vigilantes son heraldos del cuidado preventivo.

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“Los hombres están atascados,
hacen ruido para no escuchar,
su corazón ya no los soporta.
Todo respira y da gracias,
menos ellos”.
Rafael Cadenas

 

Si hay algo que se opone a la escucha es el exceso de ruido circundante o el que se hace a propósito para evitar el contacto y el diálogo cara a cara. La escucha se torna más díficil cuando el ruido de los aparatos cotidianos se multiplica al mismo tiempo que las personas están “totalmente conectadas” con las nuevas tecnologías; se torna imposible en las actuales prácticas cotidianas de estar cada quien metido en su burbuja, en un ambiente aislado para los que viven con él; se merma en gran proporción al enfrentarla a las rutinas de trabajo, basadas en la eficiencia y la productividad, que prohíben o evitan la charla y el solaz entre compañeros. La contaminación auditiva es el mayor enemigo para una escucha atenta y tranquila. La exigencia de la prisa, la centralidad de todas las actividades humanas en la adquisición de bienes materiales y riquezas, todo ello ha aumentado el nivel de Ia insensibilidad a las voces de los demás, bien sea porque ya se está sordo para el murmullo de las confidencias y el ritmo íntimo de compartir experiencias vitales o porque, el mismo ruído, ha ido conviertiendo el testimonio vivo  o las revelaciones de otras personas en mensajes irrelevantes. De allí que la acción de escuchar sea una manera de “hacer una pausa” en el vertiginoso proceder de lo masivo y novedoso, de darle relevancia a la comunicación que acaece en la lentitud, de invitar al encuentro para contemplar y maravillarse con el paisaje singular de nuestros semejantes. De no hacerlo, de proseguir en ese ensordecimiento para el clamor de los demás, más limitados serán nuestros referentes, poco hábiles seremos para la polifonía de la convivencia humana, y mayor será nuestra soledad egocéntrica y materialista. La escucha hace diáfanos los sonidos del mundo y de la vida, abre nuestro corazón a otros seres que nos complementan o nos trascienden.

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“Escucharás todas las opiniones y las filtrarás a través de ti mismo”. 
Walt Whitman

 

Los escuchas vivaces e incisivos saben discriminar bien lo que oyen; su oído es tan penetrante como para distinguir el fárrago de lo medular de un mensaje. Porque su escucha es aguda, porque su mente está despierta y su atención es vigilante, logran percatarse de lo esencial que desea compartirles otra persona. Ni son tan crédulos como para “creer” todo lo que les cuentan, ni son tan escépticos como para desconfiar de todos los detalles confesados. Los buenos escuchas matizan, filtran, ponen en la criba de su discernimiento la avalancha de frases dichas de afán y con angustia por su interlocutor, ciernen aquellas afirmaciones lapidarias o esas ofensas y maldiciones brotadas del obcecado apasionamiento. Al tener esa sagacidad auditiva comprenden cuándo el interlocutor exagera u omite información realmente importante, y cuándo deja de lado la autocrítca o el reconocimiento de sus errores u omisiones. Y si bien no están ahí para enjuiciar o servir de paradigma moral, tampoco se comportan como un ingenuo receptor. La escucha profunda es una escucha intuitiva, capaz de apreciar fisuras o intersticios relevantes en una confidencia o de llenar los vacios en la cadena narrativa de una historia. Tales hallazgos cobrarán importancia cuando el emisor le pida una opinión o le solicite un consejo. En ese momento, los buenos escuchas se convierten en caja de resonancia para que la otra persona escuche lo que no puede o no quiere oír, para que tenga un reflejo sensato que le ayude a dimensionar las decisiones que desea tomar o le permita constrastar las apreciaciones sesgadas y apresuradas sobre determinado problema. Desde luego, los escuchas penetrantes saben que hay diferentes maneras de creer, sentir y actuar y, en esa medida, respetan las decisione finales que tomen los demás.  Cada quien tiene un tamiz, hecho de inteligencia y variadas experiencias, mediante el cual afronta su propia existencia y valora los problemas o inquietudes de las personas que lo rodean. Escuchar de manera aguda testimonios y confesiones ajenas es, entonces, una acción oscilante entre la credulidad y la suspicacia.