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Antologías de poesía, Didáctica de la literatura, El modernismo literario, Félix Rubén García Sarmiento
Ahí está ante nosotros. El gran mestizo. De ojos y labios grandes. De rasgos marcados por algún ancestro indígena. Ahí está, con su sombrero amplio, aunque también lo vemos de traje militar, de sable y charreteras. Ahí está el mestizo de bigote encorvado hacia arriba en sus puntas, Ahí está, pensativo, de riguroso vestido oscuro o frac de corte inglés. Ahí está, con su hábito imaginario de monje, como si fuera un segundo Dante. Ahí está el mestizo en su lecho de muerte. Ahí está Rubén Darío. El mestizo.
Aquí está con nosotros la figura de Rubén Darío, la persona de Félix Rubén García Sarmiento, el poeta nicaragüense: “¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre africana, o de indio chorotega o nagrandano? Pudiera ser, a despecho de mis manos de marqués; mas he aquí que veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles (…) Si hay poesía en nuestra América, ella está en las cosas viejas: en Palenque y Utatlán, en el indio legendario y el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro”.
Rubén Darío, el mestizo. 49 años de vida. Dos fechas: 1867-1916.Varios lugares: Chile, Buenos Aires, Costa Rica, París, Alcalá. Prosas, versos, infinidad de artículos. Rubén Darío y sus obras: Abrojos, Rimas, Azul, Prosas profanas, Cantos de vida y esperanza, El Canto errante, Canto a la Argentina… Rubén Darío, el mestizo.
YO PERSIGO UNA FORMA
“Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo.
Botón de pensamiento que busca ser la rosa;
se anuncia con un beso que en mis labios se posa
al abrazo imposible de la Venus de Milo.
Adornan verdes palmas el blanco peristilo:
los astros me han predicho la visión de la Diosa;
y en mi alma reposa la luz como reposa
el ave de la luna sobre un lago tranquilo.
Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en el espacio boga;
y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga”.
II
Rubén Darío, un poeta que, según Martín de Riquer y José María Valverde, partió en dos la literatura hispanoamericana. Con Rubén Darío se inicia verdaderamente nuestra historia literaria. Octavio Paz así lo corrobora: “Darío no es únicamente el más amplio y rico de los poetas modernistas: es uno de nuestros grandes poetas modernos. Es el origen”. Otro tanto ha dicho el narrador argentino Manuel Gálvez: “Darío enseñó que cada palabra tenía un valor musical.; él aumentó el dominio de la sensibilidad; él nos hizo ver que la poesía era una arte serio, no un ejercicio de retóricos; él modernizó nuestra lengua e inició la formación de un castellano nuevo, y él, al propagar la obra de tantos escritores extranjeros desconocidos, fue un profesor de cultura”. Gracias a Darío nuestra poesía salió de un enclaustramiento imitativo y accedió a lo universal, aspiró a lo posible, se propuso inventar. El crítico literario Enrique Anderson Imbert aclara cuál fue ese gran aporte: «Rubén Darío dejó la poesía diferente de como la había encontrado (…) Sus cambios formales fueron inmediatamente apreciados. La versificación española se había reducido, durante siglos, a unos pocos tipos. De pronto, con Rubén Darío se convirtió en orquesta sinfónica. Dio vida a metros y estrofas del pasado, aun a los que sólo ocasionalmente se habían cultivado, haciéndolos sonar a veces con imprevistos cambios de acento; y además inventó un lenguaje rítmico de infinitas sorpresas, sin salir de la versificación regular. Que otros lo aventajaron en el dominio de tal o cual forma métrica tradicional, es posible; pero nadie pudo haberle disputado el señorío sobre la mayor diversidad de metros en nuestra lengua. No sólo desarrolló todas las posibilidades musicales de la palabra, sino que para cada estado de ánimo usó el instrumento adecuado. Leyéndolo uno educa el oído; al educarlo, más planos sonoros aparecen en el recitado. Por su técnica verbal Darío es uno de los más grandes poetas de todos los tiempos; y, en español, su nombre divide la historia literaria en un ‘antes’ y un ‘después’. Pero no sólo fue un maestro del ritmo. Con incomparable elegancia poetizó el gozo de vivir y el terror de la muerte».
Pedro Salinas, en el amplio estudio que le dedicó a Rubén Darío, dice que su poesía se articula desde tres principios activos, desde tres pilares, o tres líneas rectoras: de un lado, el erotismo agónico, el eros sin amada; de otro, la preocupación social y, por último, su ideal de arte en donde Darío halla un espacio innovador. Escribe Salinas: “El alma de Rubén actuó sobre estos tres temas tan disímiles como opera siempre el espíritu poético original, a manera de fuerza correlacionante, de potencia combinatoria, la cual percibe las secretas proximidades de las cosas lejanas y apartadas, sus misteriosas referencias a un centro común, y atrayéndolas desde sus distancias, realiza en sí el inesperado contacto, del cual tan sólo él descubrió que eran capaces”.
Rubén Darío fue puente, enlace, animador, espectador, crítico y capitán de la batalla modernista. Con él empieza el Modernismo y con él acaba, pero su obra –afirma Octavio Paz– “no termina con el modernismo: lo sobrepasa, va más allá del lenguaje de esta escuela y, en verdad, de toda escuela. Es una creación, algo que pertenece más a la historia de la poesía que a la de los estilos”. En “El canto errante” Darío se confiesa y resume sus convicciones creativas:
“Yo he dicho: Ser sincero es ser potente. La actividad humana no se ejercita por medio de la ciencia y de los conocimientos actuales, sino en el vencimiento del tiempo y del espacio. Yo he dicho: Es el Arte el que vence el espacio y el tiempo. He meditado ante el problema de la existencia y he procurado ir hacia la más alta idealidad. He expresado lo expresable de mi alma y he querido penetrar en el alma de los demás, y hundirme en la vasta alma universal. He apartado asímismo, como quiere Schopenhauer, mi individualidad del resto del mundo, y he visto con desinterés lo que a mí yo parece extraño, para convencerme de que nada es extraño a mi yo. He cantado, en mis diferentes modos, el espectáculo multiforme de la naturaleza y su inmenso misterio. He celebrado el heroísmo, las épocas bellas de la historia, los poetas, los ensueños, las esperanzas. He impuesto al instrumento lírico mi voluntad del momento, siendo a mi vez órgano de los instantes, vario y variable, según la dirección que imprime el inexplicable Destino”.
Con lo ya expuesto, podemos decir que la importancia de Rubén Darío, la validez actual de sus creaciones y sus ideales estéticos radica en esa “voluntad de estilo”, en esa sinceridad por decir lo propio. Darío es un poeta que inaugura el no avergonzarse de lo personal, que sobrepasa la tradicional manera de copiar y sopesa las fuerzas de todas las influencias. Darío es el poeta que se atreve a inventar, diciéndonos, eso sí, el riesgo que conlleva tal invención. Darío abrió, dejó libres las esclusas de la creatividad. Darío persiguió lo imposible y eso lo torna absolutamente moderno; husmeó en los límites, se aventuró a ir a tientas por los recovecos del arte, no imponiendo un modelo o un código literario, sino proclamando la invencible voluntad de crear:
“Construir, hacer, ¡oh, juventud! Juntos para el templo; solos para el culto. Juntos para edificar; solos para orar. Y la constancia no será la menor virtud, que en ella va la invencible voluntad de crear (…) El don del arte es un don superior que permite entrar en lo desconocido de antes y en lo ignorado de después, en el ambiente del ensueño o de la meditación. Hay una música ideal como hay una música verbal. No hay escuelas; hay poetas. El verdadero artista comprende todas las maneras y halla la belleza bajo todas las formas. Toda la gloria y toda la eternidad están en nuestra conciencia”.
III
Dejemos por un momento la poesía y los poemas de Darío y miremos de cerca al Modernismo. El modernismo es más que una escuela, fue un tipo de actitud. “Un estado de conciencia”, escribió el historiador y crítico literario uruguayo Alberto Zum Felde. Y también fue, según el pensar de Pedro Henríquez Ureña, un alzamiento contra la pereza romántica, mediante la autoimposición de severas disciplinas, tomando ejemplos de Europa, pero pensando en América, según el “juicio criollo” de Martí, los “Cantos de Vida y Esperanza” de Darío y el “Sentimiento americano” de José Enrique Rodó. El modernismo bien puede considerarse como un estado de maduración de la cultura americana, un añejamiento, un árbol que por fin muestra sus frutos. O, en otros términos, el Modernismo es la inserción americana en el tiempo universal.
Pero el Modernismo es, de igual modo, una postura que divorció la poesía de la política: a un lado quedaron, entonces, el general y el dictador, la levita, el guante blanco, y en el otro, el poeta. El Modernismo hizo claridad ética. Igualó el ideal de la belleza y el ideal de la verdad.
Octavio Paz, en un magnífico ensayo “EL caracol y la sirena”, nos aclara aún más lo que era el arte para los modernistas: “El Modernismo no fue una escuela de abstención política sino de pureza artística. Su esteticismo no brota de una indiferencia moral. Tampoco es un Hedonismo. Para ellos el arte es una pasión, en el sentido religioso de la palabra, que exige un sacrificio como todas las pasiones. El amor a la modernidad no es el culto a la moda: es voluntad de participación en una plenitud histórica hasta entonces vedada a los hispanoamericanos. La modernidad no es sino la historia en su forma más inmediata y rica. Más angustiosa también: instante henchido de presagios, vía de acceso a la gesta del tiempo”.
Con el Modernismo por fin tenemos –como quería Martí– vino añejo, aunque fuera de plátano. Por fin tenemos vino propio. Julián del Casal, Manuel Gutiérrez Nájera, Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig, José Martí, Rubén Darío… El anacronismo colonial ha quedado sepultado.
IV
Pero volvamos de nuevo a Félix Rubén García Sarmiento. Volvamos a Darío. Y preguntémonos, ¿qué color enmarca su obra? Por supuesto el azul, el azul que le viene de Víctor Hugo. El arte es azul. El azul que es perfección, melodía ideal, belleza. Azul de aguas tranquilas, azul de cielo sin nubes. Aunque a veces el azul es suma blancura.
¿Y habría algún mito que identificara la poesía de Darío? Desde luego: el mito de Leda y el Cisne. El mito de la belleza permutada. De un lado, la diosa, la perfección desnuda y, de otro, el cisne como cantor que intenta poseerla. Leda y el Cisne: unión de la noche y el sol. Leda y el Cisne, posibilidad de que el poeta consiga el ideal, de que el anhelo encarne. Y, sin embargo, mito que explica también una imposibilidad. El cisne canta un himno de muerte. Siempre huye la diosa, siempre huye la palabra.
Nos quedaría por saber si hay en Darío alguna flor, ¿alguna flor en particular? Puede que no sea tan particular, es común en la poesía: la rosa. La rosa de dolor, la gracia femenina. La rosa boca de princesa. La rosa en botón, la que quiere ser la rosa. La blanca rosa. “La rosa sexual que al entreabrirse conmueve todo lo que existe”.
¿Y qué nombre de mujer llenaría las hojas del diario íntimo de Darío? ¿Qué mujer es derrotero en su camino? El nombre ideal sería el de Venus. O si se prefiere una mujer bifronte, que sea agua y sangre al mismo tiempo; es decir, que conjugue a Eva y Salomé. Pero en la vida real Darío optó por la hembra, e hizo de las mujeres, la mujer. Rosario Murillo, Rafaela Contreras, Francisca Sánchez. En todo caso, Darío no fue un hombre afortunado en el amor. La mujer fue siempre para él la gran pregunta sin respuesta. El enigma distante.
VENUS
En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.
En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.
En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,
Como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.
A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,
que esperaba a su amante, bajo el techo de su camarín,
o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.
‘¡Oh, reina rubia! –díjele–, mi alma quiere dejar su crisálida
y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;
Y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,
y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar’.
El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.
Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar”.
V
En todas las antologías de poesía hispanoamericana no pueden faltar los versos de Rubén Darío. Esos poemas ya hacen parte de la memoria colectiva de los latinoamericanos. Por ejemplo, el inicio de la “Canción de otoño en primavera”: “¡Juventud, divino tesoro, / ya te vas para no volver!”; o las primeras líneas de “Sonatina” que aparece en la mayoría de los libros de lectura: “La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan de su boca de fresa, / que ha perdido la risa, que ha perdido el color”. Los antologistas coinciden en destacar un poema como “Lo fatal”, dedicado a su amigo y poeta chileno René Pérez, que ilustra bien el alma melancólica de Rubén Darío:
LO FATAL
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos…!”
También coinciden los críticos en elogiar el primer largo poema de Cantos de vida y esperanza: “Yo soy aquel que ayer no más decía” o el poema XIV titulado: “Marcha triunfal”. Y cómo no sumar a esa selección el “Coloquio de los centauros”, “Los motivos del lobo” o la “Letanía de Nuestro Señor Don Quijote”, ese homenaje a la figura literaria del supremo ideal que empieza con unos versos magníficos:
“Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.”
La selección puede ampliarse y prolongarse. No obstante, quedémonos con un poema más, uno de los finales de Prosas profanas y otros poemas, “Alma mía”:
ALMA MÍA
Alma mía, perdura en tu idea divina;
todo está bajo el signo de un destino supremo;
sigue en tu rumbo, sigue hasta el ocaso extremo
por el camino que hacia la Esfinge te encamina.
Corta la flor al paso, deja la dura espina;
en el río de oro lleva a compás el remo;
saluda el rudo arado del rudo Triptolemo,
y sigue como un dios que sus sueños destina…
Y sigue como un dios que la dicha estimula,
y mientras la retórica del pájaro te adula
y los astros del cielo te acompañan, y los
ramos de la Esperanza surgen primaverales,
atraviesa impertérrita por el bosque de males
sin temer las serpientes, y sigue, como un dios…”
VI
Leopoldo Lugones declaraba que la influencia de Rubén Darío fue definitiva para la moderna poesía española: “después de él, todos cuantos fuimos juventud cuando él nos reveló la nueva vida mental, escribimos de otro modo que los de antes. Los que siguen, hacen y harán lo propio. América dejó ya de hablar como España, y en cambio ésta adopta el verbo nuevo. El pájaro azul cantaba y detrás de él venía el sol”. En esa misma perspectiva se expresó Jorge Luis Borges: “cuando un poeta como Darío ha pasado por una literatura, todo en ella cambia. No importa nuestro juicio personal, no importan aversiones o preferencias, casi no importa que lo hayamos leído. Una transformación misteriosa, inasible y sutil ha tenido lugar sin que lo sepamos. El lenguaje es otro” (…) Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magua peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y des sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesará; quienes alguna vez lo combatimos, comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el Libertador”. Por todas estas razones y por sus lecciones estéticas de caminar sin miedo por el “vago desierto de la página blanca” es que vale la pena releer a Rubén Darío, el gran mestizo.
TODO LO QUE ENIGMÁTICO DESTINO…
Todo lo que enigmático destino
ponga de duro, o ponga de contrario
al paso del poeta peregrino:
flecha de tenebroso sagitario,
insulto de sayón, o golpe rudo,
caída en el camino del Calvario,
lo resiste quien lleva por escudo,
tranquilo y fuerte en la gloria del día
y con el sueño azul en la cabeza,
la devoción de la Alta Poesía
y de Nuestra Señora la Belleza”.
