En una pasada entrada de este blog hablé sobre los pormenores de los informantes cuando se quiere realizar una historia de vida. En esta ocasión me interesa profundizar en otros aspectos clave y su incidencia en la calidad de este tipo de investigación biográfica.
Comenzaré llamando la atención sobre los criterios orientadores que focalizan la realización de la historia de vida. Dichos criterios pueden enfatizar el desarrollo intelectual, las realizaciones artísticas o profesionales, el itinerario de formación, las peripecias del mundo íntimo o afectivo. En algunos casos dichos criterios hacen las veces de capítulos o, cuando se desea ahondar en alguno de ellos, sirven para desechar otros como irrelevantes. Contar con esos criterios no sólo ayuda a la selección de los aspectos medulares de la guía de entrevista o la búsqueda documental, sino que facilitan la recogida de información y su posterior organización. Los criterios orientadores obligan al investigador a buscar información pertinente, a estudiar previamente al personaje, a tener claridad sobre los objetivos de su búsqueda. Si no se poseen esos criterios o son demasiado difusos no se logrará delimitar el alcance de la historia de vida, como tampoco se tendrán elementos de juicio para el análisis posterior de la información recogida.
Un segundo punto esencial en la elaboración de una historia de vida son los llamados incidentes críticos. A qué me refiero. Una historia de vida no es una cronología en la que se vayan detallando, año a año, el mayor número de datos sobre una persona; se trata, más bien, de la reconstrucción de una vida orientada por determinados criterios. Así que, bien sea a partir de entrevistas o de una labor documental, hay que descubrir esos momentos altamente significativos, esos giros en un itinerario vital, esos hitos que hacen las veces de puntos de referencia en la trayectoria de una existencia. El investigador en educación Antonio Bolívar los entiende también como “puntos de inflexión” que permiten identificar momentos o circunstancias –positivas o negativas– en el desarrollo normal de una vida. Los incidentes críticos se evidencian en las “fases de cambio notorio”, en los “períodos de crisis”, en las “epifanías” o episodios de transformación interior, en el contacto o relación con determinadas personas de gran influencia en el sujeto motivo de nuestra pesquisa, en “experiencias impactantes” que conducen a rupturas o virajes en una trayectoria personal, intelectual, científica o profesional.
La tercera clave está en disponer o elaborar un archivo. Esto supone adquirir algunas habilidades en manejo de documentos, tales como datación, indexación, uso de descriptores y, desde luego, la organización de la información en carpetas de fácil acceso. Por lo general, el archivo se clasifica según los criterios orientadores; esto permite ganar tiempo durante la pesquisa y contribuye a hacer visibles los aspectos ya trabajados al igual que aquellos otros en los que se tiene poca o ninguna información. Todo documento –textual, de audio, de video– debe fecharse y acompañarse de una mínima referencia en la que se incluyan datos esenciales, útiles para la redacción posterior de la historia de vida. De otra parte, un buen archivo es fundamental para la triangulación de la información; es decir, para el cotejo de diferentes documentos cuando se tengan dudas o se quiera validar información diferente sobre un mismo asunto. Es recomendable también incluir dentro del archivo el “cuaderno o libreta de notas” en las que el investigador va consignando breves observaciones sobre determinado aspecto del personaje, sus “impresiones en caliente” después de realizar una entrevista, los puntos recurrentes detectados a partir de las diversas fuentes consultadas, los nuevos interrogantes surgidos al leer un documento o por el testimonio de un testigo.
Otro asunto clave, a medida que se van realizando las entrevistas, es ir haciendo la selección de voces que puedan ser útiles para la construcción del texto. Estas voces hacen las veces de “citas” o “fragmentos relevantes” que van sirviendo de testimonios a lo largo del relato de la historia de vida. Las voces, en la medida en que son apartados de un texto más amplio o responden a una pregunta específica, requieren darles un contexto que las ubiquen o expliquen bien a qué se refieren. No sobra usar alguna codificación que facilite su manipulación o la revisión del contenido cuando haya alguna duda o confusión. Salta a la vista que cuando se comienza a redactar la historia de vida habrá que combinar la propia voz expositiva del investigador con las voces de los informantes; saber entretejer esos “apartados” es lo que le va da dando validez a la información recogida y le otorga al texto un carácter interpelativo o lo torna interesante para el lector. Siempre es bueno tener un mayor número de voces de las que finalmente van a utilizarse en la redacción final e irlas agrupando por los criterios o temas predeterminados.
Agregaría algo más a estas reflexiones sobre la elaboración de historias de vida, que resulta definitivo para lograr “objetividad” o “ponderación” en los resultados: y es mantener siempre un espíritu crítico sobre la información recolectada. Porque realizar una historia de vida no es un panegírico desaforado sobre un personaje o una transcripción sin tamizaje de lo que dicen los informantes. Se necesita el análisis de los documentos, el contraste y comparación de fuentes, la perspectiva histórica que posibilita revisar los testimonios con la lupa de evidencias confiables. Quien realiza una historia de vida asume una perspectiva valorativa, determina unos criterios, interpreta los datos recolectados, pone en alto relieve lo que –por diferentes motivos– ha estado oculto o invisibilizado. Por eso se trata de una “reconstrucción” en la que cuenta mucho la pericia del artesano que trabaja con pequeñas piezas al igual que el horizonte de sentido en el que desea ubicar a su persona investigada. De alguna manera, al redactar una historia de vida se valida o legitima la trayectoria vital de una persona, de un ser humano en particular, y eso demanda buen temple ético y un rigor académico con lo que se afirma, enjuicia o se considera digno de reconocimiento público.

