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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Investigación biográfica

Puntos clave para realizar una historia de vida

25 sábado Ene 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Investigación biográfica, Metodologías de investigación cualitativa

Obra en madera reciclada del artista belga Stefaan De Croock.

En una pasada entrada de este blog hablé sobre los pormenores de los informantes cuando se quiere realizar una historia de vida. En esta ocasión me interesa profundizar en otros aspectos clave y su incidencia en la calidad de este tipo de investigación biográfica.

Comenzaré llamando la atención sobre los criterios orientadores que focalizan la realización de la historia de vida. Dichos criterios pueden enfatizar el desarrollo intelectual, las realizaciones artísticas o profesionales, el itinerario de formación, las peripecias del mundo íntimo o afectivo. En algunos casos dichos criterios hacen las veces de capítulos o, cuando se desea ahondar en alguno de ellos, sirven para desechar otros como irrelevantes. Contar con esos criterios no sólo ayuda a la selección de los aspectos medulares de la guía de entrevista o la búsqueda documental, sino que facilitan la recogida de información y su posterior organización. Los criterios orientadores obligan al investigador a buscar información pertinente, a estudiar previamente al personaje, a tener claridad sobre los objetivos de su búsqueda. Si no se poseen esos criterios o son demasiado difusos no se logrará delimitar el alcance de la historia de vida, como tampoco se tendrán elementos de juicio para el análisis posterior de la información recogida.

Un segundo punto esencial en la elaboración de una historia de vida son los llamados incidentes críticos. A qué me refiero. Una historia de vida no es una cronología en la que se vayan detallando, año a año, el mayor número de datos sobre una persona; se trata, más bien, de la reconstrucción de una vida orientada por determinados criterios. Así que, bien sea a partir de entrevistas o de una labor documental, hay que descubrir esos momentos altamente significativos, esos giros en un itinerario vital, esos hitos que hacen las veces de puntos de referencia en la trayectoria de una existencia. El investigador en educación Antonio Bolívar los entiende también como “puntos de inflexión” que permiten identificar momentos o circunstancias –positivas o negativas– en el desarrollo normal de una vida. Los incidentes críticos se evidencian en las “fases de cambio notorio”, en los “períodos de crisis”, en las “epifanías” o episodios de transformación interior, en el contacto o relación con determinadas personas de gran influencia en el sujeto motivo de nuestra pesquisa, en “experiencias impactantes” que conducen a rupturas o virajes en una trayectoria personal, intelectual, científica o profesional.  

La tercera clave está en disponer o elaborar un archivo. Esto supone adquirir algunas habilidades en manejo de documentos, tales como datación, indexación, uso de descriptores y, desde luego, la organización de la información en carpetas de fácil acceso.  Por lo general, el archivo se clasifica según los criterios orientadores; esto permite ganar tiempo durante la pesquisa y contribuye a hacer visibles los aspectos ya trabajados al igual que aquellos otros en los que se tiene poca o ninguna información. Todo documento –textual, de audio, de video– debe fecharse y acompañarse de una mínima referencia en la que se incluyan datos esenciales, útiles para la redacción posterior de la historia de vida. De otra parte, un buen archivo es fundamental para la triangulación de la información; es decir, para el cotejo de diferentes documentos cuando se tengan dudas o se quiera validar información diferente sobre un mismo asunto. Es recomendable también incluir dentro del archivo el “cuaderno o libreta de notas” en las que el investigador va consignando breves observaciones sobre determinado aspecto del personaje, sus “impresiones en caliente” después de realizar una entrevista, los puntos recurrentes detectados a partir de las diversas fuentes consultadas, los nuevos interrogantes surgidos al leer un documento o por el testimonio de un testigo.

Otro asunto clave, a medida que se van realizando las entrevistas, es ir haciendo la selección de voces que puedan ser útiles para la construcción del texto. Estas voces hacen las veces de “citas” o “fragmentos relevantes” que van sirviendo de testimonios a lo largo del relato de la historia de vida. Las voces, en la medida en que son apartados de un texto más amplio o responden a una pregunta específica, requieren darles un contexto que las ubiquen o expliquen bien a qué se refieren. No sobra usar alguna codificación que facilite su manipulación o la revisión del contenido cuando haya alguna duda o confusión. Salta a la vista que cuando se comienza a redactar la historia de vida habrá que combinar la propia voz expositiva del investigador con las voces de los informantes; saber entretejer esos “apartados” es lo que le va da dando validez a la información recogida y le otorga al texto un carácter interpelativo o lo torna interesante para el lector. Siempre es bueno tener un mayor número de voces de las que finalmente van a utilizarse en la redacción final e irlas agrupando por los criterios o temas predeterminados.

Agregaría algo más a estas reflexiones sobre la elaboración de historias de vida, que resulta definitivo para lograr “objetividad” o “ponderación” en los resultados: y es mantener siempre un espíritu crítico sobre la información recolectada. Porque realizar una historia de vida no es un panegírico desaforado sobre un personaje o una transcripción sin tamizaje de lo que dicen los informantes. Se necesita el análisis de los documentos, el contraste y comparación de fuentes, la perspectiva histórica que posibilita revisar los testimonios con la lupa de evidencias confiables. Quien realiza una historia de vida asume una perspectiva valorativa, determina unos criterios, interpreta los datos recolectados, pone en alto relieve lo que –por diferentes motivos– ha estado oculto o invisibilizado. Por eso se trata de una “reconstrucción” en la que cuenta mucho la pericia del artesano que trabaja con pequeñas piezas al igual que el horizonte de sentido en el que desea ubicar a su persona investigada. De alguna manera, al redactar una historia de vida se valida o legitima la trayectoria vital de una persona, de un ser humano en particular, y eso demanda buen temple ético y un rigor académico con lo que se afirma, enjuicia o se considera digno de reconocimiento público.

Reconstruir una vida con fragmentos de testimonios

09 jueves Ene 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Historias de vida, Investigación biográfica, Metodologías de investigación cualitativa, Pormenores del testimonio

Ilustración de John Craig.

Terminé de leer el libro Soledad & Compañía de la periodista barranquillera Silvana Paternostro en el que, a partir de entrevistas a amigos, “compinches”, editores y familiares reconstruye la vida y obra de Gabriel García Márquez. Se trata de un collage de voces diversas, organizadas a partir de tres grandes apartados: “Antes de Cien años de soledad”, “Después de Cien años de soledad” y “Diez años sin Gabo”, y manteniendo la frescura de la oralidad que permite las reiteraciones, las contradicciones y los olvidos. Por supuesto que ofrece informaciones interesantes sobre la creación de novelas y cuentos del escritor, saca a flote sus manías y hábitos, muestra hechos significativos de su itinerario vital y, especialmente, ofrece los testimonios de sus grandes amigos. Es una “historia de vida” armada con retazos de recuerdos, de teselas de encuentros, de impresiones contadas al lado de un café o un vaso de wiski. La lectura de esta obra me ha llevado a pensar, una vez más, en las complejidades metodológicas y expresivas para reconstruir la vida de una persona. Trataré de mostrar a continuación lo enrevesado de tal propósito.

El primer escollo reside en la selección de los informantes. Desde luego, eso depende de qué tanto acceso se tenga a las personas que conocieron, trataron o mantuvieron una relación permanente con quien nos interesa historiar. Algunas de esas personas, desafortunadamente para el investigador, ya están fallecidas al momento de realizar el trabajo o, por diferentes motivos, no quieren ofrecer su testimonio. Lo ideal es contar con un grupo de familiares, desde los más íntimos hasta aquellas figuras “clave” en su desarrollo vital. Enseguida están los amigos y amigas, los colegas de trabajo, los compañeros de aventura, los cómplices de proyectos, los hitos o referentes del mundo afectivo. Los informantes se elegirían yendo en un movimiento centrífugo, de los más cercanos a aquellos otros ancilares o de circunstancia. La dificultad se presenta porque no siempre se logra una “muestra” representativa de todos estos niveles de informantes, y porque –en muchos casos– el más relevante es justo el que no se ha podido contactar o el acceso resulta bien dificultoso para el investigador.

Superado ese inconveniente, viene otro igualmente complicado: se trata de la calidad discursiva de los informantes. A veces sí se cuenta con el testimonio de la persona indicada, pero al grabar o escuchar lo que dice se descubre que no es lo bastante locuaz, que es poco descriptivo o se expande en otros asuntos que dejan de lado lo que en verdad nos interesa. Tampoco sirve mucho para realizar una historia de vida los testimonios difusos, repletos de “lagunas” o imprecisiones o aquellos otros en que se nota que la fabulación tiende a completar lo que la memoria no logra precisar. Por lo demás, la reticencia o la elusión puede aparecen cuando se tocan aspectos “íntimos” que comprometen o implican al entrevistado. En suma, no siempre se logra que la información de las personas seleccionadas sea relevante o interesante. También sucede que estos testigos, especialmente cuando hablan de una persona con un alto reconocimiento público, tiendan a vanagloriarse, a revelarse como forjadores de su talento o mostrarse más importantes de lo que en realidad son. En estas ocasiones, el discurso deja de tener el tono objetivo del testigo y comienza a asumir la primera persona del pavoneo y el engreimiento.    

Una tercera dificultad estriba en el momento o época en que los informantes conocieron o tuvieron trato con el personaje que nos interesa. Porque no todos los testimonios siguen el itinerario de una vida ajena o pueden delinear bien los pormenores y cambios que cualquier persona sufre a lo largo del tiempo. La mayoría de las veces lo que se poseen son esbozos o pinceladas de un carácter, de un evento, de una determinada experiencia, pero se tiende a convertir ese fragmento en toda una forma de ser o un juicio global sobre alguien. Y a eso habría que sumarle el hecho de que los juicios que los seres humanos lanzan sobre sus semejantes dependen, en gran medida, de los estados de ánimo o de los sentimientos que los gobiernan al entrevistarlos. Puede suceder, entonces, que en el presente se tenga una evaluación negativa, diferente al aprecio que se tuvo por alguien en el pasado. O que se absolutice un error o un comportamiento indebido en el pretérito y, desde allí, se saquen conclusiones incontrovertibles sobre la identidad de una persona. Lo complicado está en convertir opiniones circunstanciales o apreciaciones ocasionales en rasgos concluyentes o verdades definitivas.

Salta a la vista que otro escollo enorme es la validez de la información ofrecida por los testigos. Sobra decir que el investigador parte de una confianza inicial en lo que dicen los informantes; pero esto no debe llevarlo a la credulidad ingenua o a desconocer que las opiniones están teñidas de intereses, de afectos, de creencias y prejuicios. A veces la verdad que comparten los informantes está “editada” o “maquillada” para salvaguardar el buen nombre o la reputación de una persona; o está lo suficientemente “estereotipada” para responder a lo esperado por la mayoría de la gente; o está plagada de exageraciones y aspectos maravillosos que convierten a un ser humano en un genio o un ser particularmente “extravagante”. De allí la importancia de pasar la información de los testigos por el cedazo de la contrastación, del cotejo de datos, de la “triangulación” entre diversas fuentes. Y, en lo posible, buscar al menos dos sesiones de entrevista con esos testigos para descubrir las recurrencias, los vacíos; preguntar y repreguntar para profundizar en la información y lograr con ello apreciar los matices o descubrir la verdad que sobrenada después de varias sesiones de conversación o advertir flagrantes contradicciones que el testigo, de manera intencionada o no, deja traslucir en sus palabras.

Señalaría una dificultad más que afecta de manera indirecta los testimonios de los informantes: me refiero al poco conocimiento de las realizaciones o logros significativos –profesionales, intelectuales o artísticos– de aquel a quien deseamos historiar y sólo conformarse con las opiniones que sobre dichos asuntos hacen los individuos seleccionados. Si no hay un estudio o investigación preliminar del personaje de nuestro interés, si se carece de un trabajo documental concienzudo, si no se han detallado sus contribuciones, conquistas o producciones, lo más seguro es que se carezcan de elementos contrastantes para sopesar la información de los testigos. Por supuesto que los testimonios son vertebrales o de gran relevancia, pero necesitan aquilatarse con resultados o creaciones, con evidencias de primera mano. Este aspecto se vuelve más sensible cuando la historia de vida desea dar cuenta de los mundos creados por la imaginación de una persona con trayectoria en un campo artístico o literario y apenas se conoce una mínima parte de ella o el grueso de la información que posee el investigador es referida o demasiado genérica. Sin esa labor previa de archivo y estudio de documentos las voces de los testigos parecerán la única interpretación fiable o se sentirán a sus anchas para engatusar o decir cualquier cosa.

Como puede inferirse de lo expuesto, no es tarea sencilla reconstruir la vida de una persona con fragmentos de testimonios. Entre otras cosas porque no todos los testigos tienen acceso al mundo íntimo o a esas “zonas secretas” de un individuo de las cuales sólo él tiene la llave. De igual modo, y eso lo saben muy bien los historiadores de oficio, si no se tiene una suficiente perspectiva temporal, siempre existirá la posibilidad de fallar en el juicio valorativo o quedarse en la superficie anecdótica de un individuo. Los seres humanos tenemos diversas facetas, sufrimos transformaciones y mutaciones a medida que vivimos, cambiamos de creencias y opiniones en tanto somos afectados por diversas experiencias. La dificultad está ahí, precisamente, en ese dinamismo de la personalidad que la hace variante, impredecible y muchas veces contradictoria. Mostramos y ocultamos a la vez; decimos muchas palabras, pero, de igual manera, cuidamos ciertos silencios. En este sentido, una historia de vida es siempre una aproximación, una ruta posible de lectura de un individuo, un mosaico de un ser humano elaborado con testimonios diversos y de distinto colorido.

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