La Sombra de la Muerte, William Holman Hunt (1827-1910)

«La sombra de la muerte» de William Holman Hunt.

Determinados cuadros nos gustan o nos interpelan por la composición, el colorido o la temática. Están de igual modo, aquellas obras que la crítica de arte ha ido convirtiendo en referentes obligados de un autor, un estilo o una época específica. Y hay también cuadros que nos seducen por la manera como el pintor plasmó en ellos una convicción religiosa. Me refiero al lienzo “La sombra de la muerte” de William Holman Hunt.

El cuadro está centrado en la figura de Jesús, el Jesús histórico. Recrea la imagen de un hombre, hijo de un carpintero, quien después de hacer su faena diaria toma un tiempo para hacer la oración vespertina. Tiene los brazos en alto, en la actitud de orar de los orientales, y realiza este gesto en su entorno habitual, en medio de los útiles del carpintero. Hasta aquí no hay nada extraordinario. Quizá la minuciosidad con la que Hunt pinta los objetos y el ambiente; de pronto, el esmero con que el artista inglés detalla las prendas de vestir y cada uno de los elementos del taller. Sin embargo, lo que llama la atención es la sombra que proyecta este cuerpo de torso desnudo sobre la pared del cuarto. Observamos cómo la penumbra de los brazos en alto del carpintero parece adherida a una tabla en la que están organizadas las herramientas de su oficio. La sorpresa que produce esta sombra es semejante a la de la mujer del cuadro que, de espaldas al espectador, se admira de aquel hecho fortuito.

La sombra, lo sabemos por Jung, tiene una relación profunda en nuestro psiquismo con lo aplazado, con aquello que forma parte esencial de nosotros y, sin embargo, no asumimos y, por alguna razón, hemos postergado o eludido de manera inconsciente. Esta carga simbólica de la sombra se hace más fuerte en la pintura porque ella hace las veces de premonición, de vaticinio sobre la vida de Jesús. Hunt aúna tres tiempos en este cuadro: el pasado de las profecías, el presente de un momento cotidiano de plegaria y el futuro de la pasión de Cristo. De allí proviene la sorpresa y esa es quizá la causa de la fascinación de esta obra.

Es claro que este efecto no es posible sin la perfección buscada por Hunt y “La hermandad” de los prerrafaelistas. El ideario de estos pintores ingleses se puede evidenciar en los colores puros empleados, en el tratamiento concienzudo de los detalles y en un esfuerzo por evitar el claroscuro. Fue ese afán de percibir la realidad sin cortapisas lo que llevó a Hunt a viajar y vivir en Jerusalén y entrevistar a viejos carpinteros de Belén para tener datos de primera mano sobre las herramientas tradicionales y sobre el ambiente con los cuales lograra dotar su lienzo de un realismo capaz de suscribir las ideas de John Ruskin: “captar las cosas es aprender a experimentarlas directamente”. Pero no fue solo eso. También cuenta la carga simbólica y alegórica con que Hunt llenó de indicios su obra: el arco de una de las ventanas hace las veces de aureola sobre la cabeza de Jesús; están al fondo del cuarto las cañas que podrían prefigurar el cetro usado como vejamen; sobre una repisa hay dos granadas, símbolo de la pasión, y está la cinta de color escarlata que preludia la corona de espinas. Estudiosos como George Landow ha inferido que la mujer de espaldas es María, la madre de Jesús, y que la revelación de esa sombra es como una segunda “anunciación” sobre el destino de su hijo. Todas estas alusiones y el trabajo del artista sobre la luz coadyuvan para crear una escena realista y hondamente simbólica. 

Según William Gaunt, en su libro El sueño prerrafaelista, “el espíritu pío de los nazarenos alemanes se reveló de manera exaltada en Hunt”; lo que anhelaba este pintor era “ser fiel tanto a la religión como a la naturaleza”. Se trataba de una fe profunda, de un misticismo, del cual dan cuenta otras de sus obras, como “La luz del mundo” y “El chivo expiatorio”. Aunque es en “La sombra de la muerte” donde Hunt mejor expresa su convicción de que al pintar cumplía con “un deber religioso”. No obstante, más allá de estos asuntos personales, lo que sigue interpelándonos hoy de esta pintura ―al menos para mí― es el poder revelador de la sombra, el papel insinuante de ese símbolo sobre la vida o el destino de un hombre. Es posible que, como en este cuadro de William Holman Hunt, muchas de nuestras actuaciones diarias proyecten una penumbra sobre nuestro futuro, invisible para nosotros, pero sorprendente y legible para los demás.