Battista Dossi Alegoría de la noche

«Alegoría de la noche» de Battista Dossi.

El cielo

El cielo está siempre cubriéndonos; tiene mucho de seno nutricio o de abrazo protector. El cielo, aunque distante, posee en su abundancia la forma de la cercanía. Cada quien puede tomar algo de esa cobija celeste y hacerla suya como si fuera el cobertor de su infancia. El cielo es amplísimo, extenso, infinito. Al mirar al cielo aumentamos la capacidad de los pulmones y logramos insuflarnos un aire especial en el espíritu. El cielo nos hace sentir que no estamos solos, que a pesar de nuestras penas o nuestras angustias, siempre está ese manto azulísimo para escuchar nuestros lamentos. El cielo tiene la particularidad de brillar aún más en la oscuridad. El día le da vastedad, pero la noche le otorga su dimensión profunda. El cielo nocturno desnuda el verdadero tejido que lo hace fascinante: cada puntada es una estrella, cada zurcido un lucero destellante. El cielo en la noche sirve para rememorar el origen más remoto de la vida: somos polvo de astros. El cielo nocturno es aún más inabarcable que el de día, tiene un parentesco con los inicios del mundo y la primera aparición de los dioses. El cielo azul u oscuro tensa la pequeñez de los seres humanos hasta las fronteras de lo desconocido. El cielo es sobrecogedor, incognoscible, sagrado. El cielo es un regalo de la eternidad, una muestra diaria de lo que perseguimos a sabiendas de nunca lograrlo poseer. Gracias al cielo, en particular el de la noche, los hombres aprendimos a soñar y, al hacerlo, logramos despertar la imaginación, la única vía para ceñir lo inconmensurable.

La palmera

La palmera es portadora estilizada de flexibilidad. No tiene anchas cortezas ni grueso cuerpo, pero su misma maleabilidad le otorga una fortaleza a prueba de tifones y huracanes desalmados. La palmera es muy fuerte en su alma cimbreante, es una fortaleza hecha de no oponerse a los elementos, sino de saber adaptarse a las circunstancias. La palmera cifra su temple en el modo de doblarse, en la cimbreante contextura de su tronco. La palmera convierte la arena en agua salvadora para el náufrago, en carne blanca para el perdido en las islas desiertas o para los que tienen el alma a la deriva. Si uno está cerca de una palmera puede sentirse en tierra firme, logra poblar su soledad y confiar en que no sufrirá de sed. La palmera mantiene con el viento una conversación solidaria: comprende lo que esas ráfagas ensordecedoras proclaman a todos los puntos cardinales. La palmera es un modelo de la escucha empática y profunda, de saber descifrar el mensaje oculto detrás del estruendo de la furia y el caos arrollador. La palmera hunde sus raíces en la tranquilidad, en una tierra que sabe conservar el zumo de lo imperturbable. No teme la palmera desordenar sus cabellos o quedar con poquísimos atuendos; no hay en la palmera un asomo de posesión. Toda ella es una bandera de libertad, un estandarte que se hace más sólido en la misma medida en que se libera de pesos y accesorios. La palmera es tan celosa de su figura que siempre alberga una curva, un arco, así sea mínimo, para conservar su esbelto movimiento. La palmera nos muestra que las corazas exteriores son demasiado vulnerables, y que una fragilidad pacientemente cultivada, anillo por anillo, logra sobrevivir a las ofensas devastadoras del afuera inclemente. La palmera encarna una evidencia: se es flexible cuando logramos acompasar o sintonizar las contingencias exteriores con el ritmo interno del corazón.

La piedra

La piedra está ahí para enseñarnos la inamovible dureza.  Su ser es una potente ilustración de lo que se nos opone o eso otro que llamamos realidad. La piedra permanece, no se altera, conserva un mismo temperamento y una misma actitud. La piedra no tiene emociones o, si las tiene, las ha secado al máximo. Por eso permanece idéntica, no se transforma, ni sufre alteraciones. La piedra tiene parentescos secretos con la eternidad, y se ufana de nuestros limitados años de finitud. La piedra es consistente, a pesar de su multiforme manera de existir. Todo aquel que se enfrenta a la piedra resulta herido o desesperado; o quizá, como en un juego de niños, la forma de dominar su dureza sea cubriéndola con algo leve, abrazándola en lugar de destruirla. La piedra conoce de su potencial como arma, de su agresiva fisonomía. Sabe también que si se multiplica, si se deja organizar por hábiles manos, logra ser un espacio de refugio, de soledad, de defensa absoluta. Los grandes místicos conocen de estas virtudes de la piedra, los ensimismados adoran su muro protector. Toda piedra viene del fondo, de un lugar subterráneo habitado por el fuego; y por eso mismo la piedra se levanta hacia el cielo, porque esa es su querencia, su anhelo, su ilusión. La piedra pesa, su firmeza la lleva a permanecer estática. Su fortaleza la inmoviliza. Por eso, aunque ella misma no lo necesite, a pesar de no albergar en su médula rígida esos comportamientos, le gusta que alguna mano la cambie de sitio; así sea unos cuantos milímetros. En esa nueva posición vuelve a elaborar su proyecto de permanencia, su casa de inalterabilidad. Ella no puede evitarlo, porque desde su centro, lo que se irradia es solidez. La piedra es compacta, resistente y, del mismo modo, áspera y rigurosa. No resulta fácil relacionarse con la piedra; se necesita paciencia de artesano y una confianza absoluta. La piedra simboliza la resistencia de lo inmóvil, el modo como lo intemporal se muestra a los ojos de los seres frágiles y finitos.

El viento

El viento es rápido y cambiante porque está hecho de levedad. Su consistencia le permite moverse con rapidez; es, por excelencia, el antónimo de la quietud. El viento dice con su ir de aquí para allá que la vida es movimiento, que la acción es el antídoto contra cualquier forma de muerte. El viento con sus oleadas, a veces refresca y, en otras ocasiones, amenaza. El viento tiene intensidades, eso lo convierte en un ser indescifrable. Al igual que el mar –con quien tiene lazos de sangre–, es misterioso, inasible, de súbitos cambios y temperamento caprichoso. El viento es fluido como el agua y puede colarse o meterse por cualquier hendidura; su modo de transpirar es multiforme y adaptativo. A su paso vivifica lo viejo, esparce las semillas y cada cosa resguardada parece tener un baño de jovialidad. Aunque es invisible, se lo puede sentir; a pesar de andar oculto lo percibimos vibrar en cada hoja de los árboles, en el ondear de los trigales, en las campanillas de los pórticos de las casas, en la mano escondida que exprime y seca las ropas en los techos. El viento aúlla como los lobos; posee voz de animal nómada. Porque el viento es salvaje, le gusta ocultarse en las montañas, en lo más alto, para entonar sus melodías de silbidos penetrantes. El viento detesta la pesadez, prefiere el compás de la ligereza y un caminar sutil que le permite adelgazarse hasta la máxima suavidad. El viento ama las cometas porque lee en ellas su vocación incorpórea, porque adivina en su fisonomía de papel una disposición total para habitar el vuelo. El viento se jacta de su ingravidez, y este no estar atado a otros, esta liberalidad, lo hace desenvuelto y juguetón. El viento es lúdico, travieso, aventurero. Por no tener cadenas, el viento puede entrar y salir de donde quiera; por no tener lastres, anda de excursión como cualquier niño curioso. El viento proclama libertad a donde vaya; dice con sus ráfagas y su rugido que lo mejor es ser espontáneo y emanciparse de yugos de toda índole. El viento es el emblema de las almas con franquicia, de los espíritus realmente independientes.