«El Alma del Ebro», escultura de Jaume Plensa.

He dedicado otros textos a profundizar en el valor formativo de realizar una autobiografía, al igual que en diversas estrategias para llevarla a cabo. Hoy quisiera centrarme en el recurso del Diccionario autobiográfico, del cual he mostrado en este blog varios ejemplos.

Iniciaré resaltando una bondad psicológica de esta escritura del yo. Me refiero a la importancia que tiene para una persona encontrar un grupo de palabras, un vocabulario, que lo defina o de sentido a su identidad. Porque hay términos que sólo tienen significado para nosotros; que escapan a las atribuciones dadas por el común de las personas o que no figuran en las acepciones consignadas en los diccionarios. Lo que está en la base del elaborar un Diccionario autobiográfico es acopiar esos términos que hacen las veces de “señas de identidad”, de “marcas de singularidad”, de claves semánticas para lograr distinguirnos.

Es ahí donde radica su fuerza y, al mismo tiempo, su potencial formativo. Seguramente a lo largo de nuestra trayectoria vital hemos ido oyendo esas “voces”, han estado presentes en la crianza, nos han seguido haciendo resonancias en nuestro corazón. Muchas son legados lingüísticos de nuestros mayores, de nuestros mentores más queridos; otras, han desfilado sus nombres en los objetos que pueblan la vida cotidiana o que proclaman sus marcas en los medios de comunicación; y unas más, han sido “atribuciones íntimas” o “nominaciones mágicas” que fuimos poniendo a las posesiones que consideramos sagradas o a esos bienes conquistados con demasiado esfuerzo. Recopilar esas palabras, ponerlas en la perspectiva de un diccionario, es darle forma a nuestra existencia, pero usando la materia prima del lenguaje.

Es apenas obvio que para lograr este objetivo necesitaremos recordar. Habrá que echar mano de los objetos, las fotografías, los papeles que guardamos; y también, escarbar en las diversas zonas de nuestro pasado: el lugar donde nacimos, las personas ya idas del nicho familiar, los maestros o maestras que nos abrieron otros horizontes, los trabajos que nos fueron tallando el carácter o las manos. Todo eso ayudará a convocar la aparición de “esas palabras nuestras”, de ese abecedario hecho a la medida de nuestra historia. No sobrará rememorar, por lo mismo, las manías que nos caracterizan, los gustos etiquetados por nuestros sentidos, los temores que nos dicen desde cierto silencio, las pasiones intelectuales a las que dedicamos gran cantidad de tiempo. Sin esta labor de revivificación no hallaremos ese grupo de expresiones en las que podamos genuinamente reconocernos.

Y por eso también es importante emplear el recurso de tomar como inicial de cada palabra del Diccionario autobiográfico todas las letras del abecedario. Este es un ejercicio poderoso para obligar al recuerdo a sondear espacios, personas, objetos, exclamaciones, documentos que, en una primera reminiscencia de nuestra vida, quedarían sepultados por los vocablos de los años más inmediatos o por los lugares comunes de lo primero que salta a nuestra mente. Si uno asume la tarea de recopilar su vida usando todas las letras del alfabeto se obliga a excavar en diversos escenarios de su ser, a observar con atención las ramificaciones de su existencia.

Después de hallar y completar las palabras que conformarán el Diccionario lo que sigue es la definición de tales términos. Para tal propósito se procederá a explicar o aclarar cada vocablo o a describirlo con la mayor claridad posible. Se trata de precisar o contextualizar de la mejor manera el término en cuestión, buscando siempre que el lector quede lo mejor informado o que entienda el sentido que le damos a cada palabra. No sobra decir aquí, que la redacción de las definiciones es lo que le otorga al Diccionario autobiográfico su singularidad, su distintivo personal. Puede suceder que dos personas hayan elegido palabras semejantes; pero en la definición de las mismas se verán las diferencias, los matices, los rasgos de originalidad.

De otra parte, hay que prestar especial atención a no usar palabras tan genéricas que diluyan o constriñan la salida de los términos más particulares, de esos vocablos que dan la “especificidad” al Diccionario. No es lo mismo incluir la palabra “perro” dentro de nuestro listado, que elegir el nombre de “Talismán”, para referirse a ese can que nos acompañó durante la infancia. Lo mismo vale para la palabra “finca”, cuando sería mucho mejor emplear el nombre de ese lugar, o el apelativo que la familia le daba a tal parcela campesina. Cuentan los “apodos”, los “apelativos cariñosos”, las formas cifradas de un vínculo; como también las onomatopeyas que troquelaron nuestra memoria auditiva, los juegos de lenguaje de los que fuimos protagonistas, las expresiones reiterativas que acompañaron nuestra crianza. Entre menos apelemos a generalizaciones y más nos enfoquemos en términos distintivos mayor será la originalidad de nuestro abecé personal.

A veces es bueno acompañar el Diccionario autobiográfico de imágenes o archivos de audio que amplíen o muestren aspectos relevantes de cada término. Ilustrar las palabras contribuye a enriquecer la definición de los vocablos seleccionados. Cuando así se procede, los autores de los diccionarios se convierten en arqueólogos de su propia vida, en archivistas de su historia. Tal pesquisa documental tiene un beneficio adicional: a veces al hallar una carta, una revista, un carné, esos objetos llevan a que emerjan otras palabras que dábamos por perdidas o que parecían no hacer parte de nuestra investigación. Igual acontece con la música o con las fotografías guardadas por largo tiempo: escuchar esas melodías de nuevo o mirar antiguos álbumes, despierta su “aura significativa”, hacen audibles o visibles nombres inadvertidos o presencias que, al ser recuperadas por el oído o la vista, cobran su justa valía. Basta encontrarse de súbito con una vieja libreta de calificaciones para que se desparramen en nuestra memoria rostros, paisajes, juegos, calles y aventuras en una algarabía de voces entrecortadas.

Resulta útil cuando se está elaborando el Diccionario emplear fichas para cada palabra que vayamos encontrando; así como hacía María Moliner, la autora del indispensable Diccionario de uso del español. Recomiendo este modo de redactar cada término porque la memoria procede como quitando capas de barniz, como destejiendo hilos en el tejido del tiempo. Nos acordamos de algo en un instante y, horas o días después, asoma la forma de otra remembranza tan valiosa como la primera. Ni de todo nos acordamos a la vez, ni tenemos completas las definiciones de un fogonazo mnémico. Lo aconsejable es ir sumando significados o sentidos de la definición de cada palabra. Más tarde podrán ajustarse tales observaciones en un párrafo fluido, coherente y limpio de ripios o muletillas innecesarias.

Los diccionarios autobiográficos son de gran ayuda, decíamos, para hacer memoria de nuestra vida. También son útiles en los procesos educativos, especialmente para que los estudiantes muestren y compartan su vocabulario significativo; para que esos “otros lenguajes” también hagan parte de la clase. Pero, a la vez, son de gran ayuda para los maestros como medio de conocer a sus estudiantes; como recurso comunicativo para hallar “comodines verbales” mediante los cuales sea posible establecer o afianzar un vínculo personalizado. Por supuesto, al elaborar el diccionario autobiográfico los estudiantes tendrán un medio expresivo para explorar en sí mismos, para acabar de conocerse; y los maestros, al leerlos o asistir a su exposición en clase, hallarán mapas particularizados de su grupo, con topónimos claves de referencia individual, para establecer una atinada relación pedagógica y cumplir su principal objetivo de saber cuidar a otros.