«Tan cerca», obra de Cristina Troufa.

¿Qué puede significar la expresión “el lenguaje es un patrimonio intangible? Sé que la UNESCO prefiere hablar de patrimonio “inmaterial”, pero con un sentido análogo. Y bajo esa denominación incluye el idioma “como vector del patrimonio cultural inmaterial”, al lado de las tradiciones y expresiones orales, las artes del espectáculo, los rituales y actos festivos, las técnicas de artesanías tradicionales, entre otros. Sin embargo, motivado por el deseo de comprender mejor el calificativo de “intangible” me pareció interesante explorar en sus significados e inferir algunos rasgos característicos. Espero que estas ideas muestren la importancia de la “intangibilidad” a todos los que estudian, investigan o se interesan por las relaciones entre el lenguaje y la cultura.    

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“Tangible” es una palabra que empezó a usarse en español a principios del siglo XVII, como cultismo. Y está relacionada con el término, “tañer”, originado a su vez, en el latín “tangere, ‘tocar’ o ‘ejercer el sentido del tacto’. Esta acepción de “tañer”, según el etimologista Joan Corominas, “se conservó en castellano en toda la Edad Media, aunque desde el principio aparece también especializada en el toque de campanas y demás instrumentos sonoros”. En consecuencia, el término “intangible” está más asociado a la imposibilidad de ser tocado, a la lejanía de la mano, a algo que “no se pude percibir de manera precisa, real, concreta”, y a una secreta filiación con el silencio.

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De otra parte, intangible se asocia también con lo “intocable”, con aquello que, por su naturaleza especial, señala María Moliner, “merece extraordinario respeto y no puede o no debe ser alterado, menoscabado o violado”. Recuerdo en estos momentos el episodio de la Odisea cuando Ulises baja al Hades y las almas de los difuntos no pueden ser tocadas ni abrazadas, solo escuchadas en su “clamor horroroso”. O el momento en que Eneas, al ver a Anquises en el Hades, trata infructuosamente de abrazarlo: “Tu imagen, ¡oh padre!, tu imagen apesadumbrada, que a menudo aparecióseme, me da decidido a franquear estos umbrales. Mi flota está fondeada en aguas del mar Tirreno. ¡Dame, dame tu diestra, padre, y no te sustraigas a mi abrazo!”. Mientras así hablaba, largo llanto humedecía su rostro. Tres veces intentó rodearle con sus brazos el cuello; tres veces, en vano asida, la imagen de sus manos huyó, como el soplo ligero de los vientos, tal como un sueño que se desvanece”[1]. Este rasgo de la intangibilidad permite distinguir lo palpable del mundo profano con ese otro fuero propio de lo sagrado.

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Otro significado, más contemporáneo, es que los “intangibles” son un tipo de bienes asociados a la esfera empresarial. Se habla de activos intangibles, entendiéndolos como “variables estratégicas para el crecimiento y la rentabilidad de los negocios”. La contadora colombiana Patricia González diferencia entre activos tangibles e intangibles[2]: los primeros “crean valor de manera directa, su valor no es potencial y depende de las fuerzas del mercado; en tanto los intangibles, crean valor de forma indirecta, su valor depende del contexto y es potencial”. En el mundo de los negocios o las empresas se relacionan activos intangibles como la capacidad de gestión y de innovación, la relación con los clientes, el talento humano, los servicios, las marcas y el goodwill. Salta a la vista que otro rasgo de la intangibilidad es su potencialidad de generar valor, de producir un tipo de capital relacionado con lo intelectual o el conocimiento.

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Me detengo ahora en otra particularidad de lo intangible: su invisibilidad. Para ello, acudo al poema XVII de Rainer María Rilke sobre Las rosas[3].

Eres tú quien preparas en ti misma
algo más que tú, tu última esencia.
Lo que sale de ti, turbadora emoción,
es tu danza.

Cada pétalo consiente
y da en el viento
algunos pasos perfumados
invisibles.

Oh música de los ojos
toda rodeada por ellos,
te vuelves en el medio
intangible.

Si se mira con cuidado el poema, lo intangible de la rosa es su esencia, algo que sale de adentro de la flor, pero que se parece más al olor o al viento. Esa invisibilidad, fraguada y protegida por los pétalos, es lo que le otorga a la rosa su belleza, su atracción. La intangibilidad se fragua desde dentro, lo de afuera es apenas la envoltura de lo sustancial de su ser. Situación similar acaece con el lenguaje, con las palabras que usamos para expresar una honda pasión o una experiencia altamente significativa; esas palabras bordean o sirven de heraldos a los que está en el centro de tales expresiones; son la cáscara, porque la médula sigue siendo intangible, secreta o al menos cifrada por aquel que las usa. La intangibilidad del lenguaje trasciende sus propios medios, va más allá de las palabras. Uno de esos límites es la mística; el otro, el silencio.

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Voy a otro lugar para mostrar el aspecto imaginario de la intangibilidad. Repaso para tal fin un pasaje de los evangelistas, el de Juan, titulado la incredulidad de Tomás. Lo transcribo para quienes no les sea tan cercano: “Tomás, uno de los doce, a quien llamaban el Mellizo, no estaba con ellos cuando se presentó Jesús. Los otros discípulos le decían: —Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: —Tengo que verle en las manos la señal de los clavos; hasta que no toque con el dedo la señal de los clavos y le palpe con la mano el costado, no lo creo. Ocho días después los discípulos estaban otra vez en casa, y Tomás con ellos. Estando atrancadas las puertas, llegó Jesús, se puso en medio y dijo: —Paz con vosotros. Luego se dirigió a Tomás: —Aquí están mis manos, acerca el dedo; trae la mano y pálpame el costado. No seas desconfiado, ten fe. Contestó Tomás: —¡Señor mío y Dios mío! Jesús le dijo: —¿Por qué me has visto tienes fe? Dichosos los que tienen fe sin haber visto”[4]. Me interesa esta escena bíblica porque ilustra bien el tipo de esfuerzo que demanda la intangibilidad para ser creíble y, al mismo tiempo, porque muestra la diferencia entre la literalidad y lo connotativo del lenguaje. Si hay demasiado apego a lo material, a lo físico; si ese es nuestro rasero para valorar la importancia de algo o de alguien, muy seguramente no podremos apreciar otras cualidades que rebasan los límites de nuestros sentidos. El lenguaje es valioso no solo por su utilidad para las transacciones comerciales o el trato cotidiano, sino porque posibilita evocar, creer o crear cosas que sin ser vistas o palpadas pueden ser imaginadas. Roland Barthes sigue teniendo razón: “al volverse cualidad, la parte del lenguaje promovida es lo que éste no dice, lo que no se articula. En lo no dicho es donde se alojan el goce, la ternura, la delicadeza, la satisfacción, los más delicados valores de lo Imaginario”. Y concluye el semiólogo francés: “es posible que las cosas sólo tengan valor por su fuerza metafórica” [5]

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Caso contrario al apóstol Tomás sería el de los ciegos cantados por la poetisa polaca Wislawa Szymborska. Digamos que estos invidentes ya no necesitan ver para creer y, por eso, logran maravillarse de lo que escuchan, de los paisajes multicolores, de los destellos de luz, de los peces y azores que crean un susurro perfecto a la par que evanescente. He aquí el poema.

La cortesía de los ciegos[6]

Una poeta lee poemas a unos ciegos.
No se imaginaba que fuera tan difícil.

Le tiembla la voz.
Le tiemblan las manos.

Siente que cada frase
debe superar la prueba de la oscuridad.
Tendrá que arreglárselas sola,
sin luces ni colores.

Peligrosa aventura
para las estrellas de sus poemas,
para la aurora, el arco iris, las nubes, los neones, la luna,
para los peces hasta ahora tan plateados bajo el agua
y los azores tan callados, altos en el cielo.

Lee –porque es ya demasiado tarde para no leer–
sobre el niño de la cazadora amarilla en el verde prado,
sobre los rojos tejados que se pueden contar en los valles,
sobre los vivaces números en las camisetas de los jugadores
y sobre una mujer desnuda tras una puerta entreabierta.

Quisiera omitir –aunque eso no es posible–
a todos aquellos santos en la bóveda de la catedral,
aquel gesto de despedida desde la ventana del vagón,
la lente del microscopio y el destello en el anillo,
y las pantallas y los espejos y el álbum con rostros.

Pero grande es la cortesía de los ciegos,
grandes su comprensión y su magnanimidad.
Escuchan, sonríen, aplauden.

Alguno de ellos incluso se acerca
con un libro abierto al revés
pidiendo un autógrafo invisible para él.

Al igual que estos ciegos –corteses, comprensivos y magnánimos– deberíamos ser todos los que pregonamos y defendemos las bondades de la intangibilidad del lenguaje. Esa parece ser la mejor actitud de los que creemos en el patrimonio inmaterial de las palabras: escuchar, imaginar, sonreír, aplaudir.

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Cambio de perspectiva para vislumbrar una cualidad más de la intangibilidad: su atmósfera. Sirva de argumento lo que escribe el arquitecto colombiano Mauricio Cabas, recogiendo algunas ideas de su colega belga Peter Zumthor[7]: “Existen elementos en el espacio arquitectónico que son intangibles, imposibles de medir y que muchas veces solo aparecen muchos años después de haber sido construida la obra arquitectónica. Son elementos inmateriales pero extremadamente reales, que tienen que ver con los sentidos, las experiencias y afectos”[8]. Me detengo en esta idea arquitectónica y descubro que, a pesar de su inmaterialidad, el lenguaje tiene también su propia atmósfera. A qué me refiero, en principio a que las palabras crean atmósferas afectivas, impresiones sentimentales o emocionales.  Este clima afectivo es el que genera vínculos entre la imagen acústica y el significado del signo lingüístico; entre el sonido material del lenguaje y las resonancias intangibles en los afectos o las emociones. La intangibilidad del lenguaje está asociada a un ethos, en el sentido de carácter, de temperamento.

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Descubro que en el mundo de los cómics de Marvel existe una superheroína que tiene el don de la intangibilidad. Se trata de la mutante Kitty Pryde[9]. Ella logra atravesar casi todo tipo de materia física, barreras e incluso el cuerpo de las personas. Retomo este personaje de los cómics para hablar de un rasgo adicional de la intangibilidad, su capacidad de desplazamiento. Esta capacidad mutante del lenguaje, este modo de adaptarse y transformarse según la vasija que lo contenga, ha hecho que las palabras hayan logrado traspasar fronteras, territorios, épocas, a pesar de las murallas o las distancias extremas. Sirva de soporte a mi tesis un apartado del texto de Francisco Moreno Fernández, La maravillosa historia del español en el que encuentro un ejemplo para ilustrar mi planteamiento: el periplo de la palabra azúcar. Dice el sociolingüista español que “El origen del azúcar se sitúa en la India y el étimo de la palabra que lo designa es de origen persa. Aunque la procedencia de la caña de azúcar y de otras plantas de jugo dulce es asiática oriental, en la India fue donde parece que se inventó la técnica de la cristalización. Allí la conocieron las tropas de Alejandro Magno —«la miel sin abejas» le decían al azúcar— y, a través de Persia, la llevaron hasta Grecia, donde la llamaron sánjari. Esta forma fue tomada por los árabes como sukkar, que, con el artículo, se transformó en assúkkar en el árabe hispánico, desde donde pasó al español (…) El periplo seguido por el producto es sencillamente asombroso –prosigue el director del Instituto Cervantes– y el de la palabra no resulta menos llamativo”.[10]  Eso mismo afirmó el afinado prosista cubano Fernando Ortiz, en su magna obra Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar: “El azúcar tardó siglos y hasta milenios para salir de la India asiática, pasar a la Arabia y al Egipto, correrse por las islas y costas del Mediterráneo hasta las del Océano Atlántico y las Indias de América”[11]. No cabe duda de que esa capacidad de desplazamiento y mutación de la intangibilidad, es la que le ha permitido al lenguaje traspasar territorios, viajar de incognito entre la tripulación de antiguos navíos o atravesar los gruesos muros de castillos y murallas de diferentes pueblos.

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Me detengo acá y recopilo algunas de las características de la “intangibilidad” que he venido refiriendo:  su lejanía de la mano, la secreta filiación con el silencio, su relación con lo sagrado, su potencialidad de generar valor, su invisibilidad, su dimensión imaginaria, su fuerza metafórica, la capacidad de crear atmósfera y su capacidad de desplazamiento… Dicho esto, me pregunto, ¿en qué medida el lenguaje participa de esos rasgos? Y mi respuesta positiva no solo enaltece su importancia, sino que subraya un punto: ese intangible es demasiado importante para la socialización, la creatividad y los procesos de simbolización humana. Aunque, como es fácil de presuponer, lo más complejo seguirá siendo la valoración o ponderación de estos rasgos de intangibilidad. Además, sabemos que la inclusión de las diversas modalidades de patrimonio intangible, es motivo de luchas políticas, culturales y sociales, y por eso merece nuestro interés académico e investigativo y el compromiso personal de ser cuidadores de tal riqueza heredada.

REFERENCIAS

[1] Virgilio, La Eneida, canto VI, Montaner y Simón, Barcelona, 1951, pág. 234.

[2] Medición de activos intangibles, Univalle, 2017.

[3] Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán, ediciones de La Mirándola. 

[4] Nueva Biblia Española, Cristiandad, Madrid, 1977, pág. 1691.

[5] Roland Barthes, “La música, la voz, la lengua” en Lo obvio y lo obtuso. Imágenes, gestos y voces, Paidós, Barcelona, 1986. p. 278,

[6] Dos puntos, Igitur, 2008.

[7] Atmósferas, Gustavo Gili 2006.

[8] Mauricio Cabas: Lo intangible del espacio arquitectónico, Corporación Universidad de la Costa, 2021.

[9] https://marvel.fandom.com/wiki/Katherine_Pryde_(Earth-616)

[10] Pág. 61

[11] Fernando Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, Editorial Ayacucho, Caracas, 1978, p., 49