Que la vida es, en esencia, un regalo del tiempo, nos lo subraya Quevedo en este soneto. Vivir es ser habitado por esa sangre de las horas, los días y los años. Y lo más interesante, en lo cual el poeta se detiene, es que la conciencia de la vida misma está en la memoria de ese tiempo encarnado. Sabemos de la vida, comprobamos que hemos vivido, justo cuando el manantial del tiempo empieza a secarse. De alguna manera, vivir es ir gastando poco a poco esa cantidad de tiempo que nos ha sido dado a la manera de un don o un milagro maravilloso. La respuesta sobre la vida, nos enseña Quevedo, está en lo ya vivido.
Por eso resulta extraño o por lo menos sorprendente el que, sin darnos cuenta, se nos vaya la salud y entremos en el declive de la vida. Ese tiempo que nos constituye, invisible por lo demás, opera silenciosamente en nuestra piel, en nuestros sentidos, en nuestra mente. El tiempo, y ahora las resonancias llegan hasta el gran poeta Eduardo Cote Lamus, roe nuestro ser, raspa la superficie de nuestra piel, horada la consistencia de lo que somos. Nos percatamos tarde de ese inquilino que nos devora. Son las “calamidades” las que nos llevan a reconocer que la sangre, los huesos y los nervios, los músculos y los órganos, no son más que manifestaciones materiales de una fuente incorpórea e insensible. Es nuestro “cansancio” el que realmente nos confronta con ese hacedor interior que inicia su labor en nuestra cuna y nos lleva lentamente hasta la tumba. Ese es el descubrimiento postrero: “que el ayer se fue”, “que el mañana no ha llegado”, y que el poco presente que nos queda, “se está yendo sin parar”.
Quevedo insiste en que el tiempo nos va pasando de forma continua. No hay escapatoria, entre otras cosas, porque advertimos su amenaza o su devastación progresiva. Cada día que vivimos es una mortaja del anterior. Entre más años acumulamos, más muerte cargamos encima. Somos “presentes sucesiones de difunto”. Por supuesto, de eso no nos damos cuenta. O quizá sea un recurso de la propia vida para evitar el pánico, la desazón interior o la angustia inclemente. Vivimos cada día con la certeza de un futuro; nos gusta albergar la posibilidad de ser eternos. Tal manera de asumir nuestra condición finita, extiende nuestras limitaciones hasta una frontera ilimitada. Sin embargo, cuando nuestra fragilidad o nuestro organismo empiezan a fallar, cuando nos cuesta demasiado estar de pie, cuando ya no irradiamos la misma energía, caemos en la cuenta de que el horizonte del futuro está limitado por el presente y que la sobrevivencia del día se impone a los sueños de inmortalidad. En el declive de nuestra existencia tenemos la revelación de que vivir es irse desmoronando; que el término de la vida no es una meta puesta hacia el final, sino un progresivo irse deshilvanando, el deterioro incesante de la suave ola que carcome día y noche al acantilado.
¿Qué es la vida? Una sucesión de vivires, un cúmulo extinto de experiencias, un cementerio de lo que vamos siendo. No somos solo la conciencia del presente, también a la vez somos lo que ya fuimos y, de alguna manera, lo que seremos. Querámoslo o no, el tiempo que nos conforma y nos posee, se adhiere a nuestro ser en todas sus manifestaciones. Se conjuga en el escenario de nuestra existencia. ¿Qué es la vida? Bien podríamos decir que un soplo, si la miramos desde la perspectiva del universo. O que es, en su médula, la memoria de un tránsito; el recuerdo de ese acontecimiento, con sus múltiples peripecias. En todo caso, y ahí Quevedo resulta iluminador, la vida adquiere significado en su huidiza presencia, en ese tiempo que, a la par que nos habita, huye inexorable de nosotros.
Luis Carlos Villamil J dijo:
Apreciado Fernando:
Hay que vivir mientras vivamos la sucesión de vivires.
Gracias por la oportuna y profunda reflexión a propósito del ¡Ah de la vida! de Quevedo.
Un abrazo,
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario. Subrayo tu afirmación: «hay que vivir mientras vivamos la sucesión de vivires».
PATRICIA ELENA CALLE BOTERO dijo:
¡Qué bueno tu madurez! Entendiéndola junto a Quevedo y junto a tantos otros en que el tiempo habita como un tesoro sabio e íntimo.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimada Patricia, gracias por tu comentario. Un fraterno abrazo.