No es el yo fundamental
eso que busca el poeta,
sino el tú esencial.
Antonio Machado
La búsqueda del poeta que, en una primera instancia, parece ser ir al fondo de sí mismo para expresar los más profundos sentimientos o las más recónditas pasiones, tiene una intención más importante: la de hallar en un “otro” la esencia de los seres o de las cosas. Más que un canto ególatra o con rumores de ensimismamiento, el poeta usa sus palabras para develar la esencia del mundo o los seres con quienes habita.
Bien podría empezar esa labor con una pesquisa sobre su propio ser. Observar con mucha atención, como es lo propio de los artistas, la geografía de su alma. Indagar en quién es en verdad y cuál es la esencia que lo constituye; adentrarse en los vericuetos de su sensibilidad o en las no menos laberínticas selvas de sus pensamientos. Ir en busca de lo fundamental de su constitución como ser humano. Esa puede ser la primera escala en su oficio de poeta. Como puede suponerse, ello demanda una tarea de filtrado, de tamizaje hondo de todo aquello que parece ser el fundamento de sí mismo; y una lucha denodada con las apariencias, el autoengaño y la falsa conciencia. El poeta escudriña al ser desnudo, al auténtico yo que anda refundido entre espejismos y vanaglorias postizas. Alcanzar tales esencias es, pues, el cometido preliminar de su quehacer alquímico con las palabras.
Pero su objetivo no concluye ahí. Necesita dar un paso más adelante, cumplir con otra etapa. Ahora requiere adentrarse no en sí mismo, sino en los territorios del Otro, en la alteridad que se le ofrece como horizonte inexplorado. Develar la frontera del tú, conocer sus pormenores y consistencias, abrirse a lo totalmente diferente es lo que en realidad persigue el poeta. Ese tú lo obliga a afinar los sentidos y la percepción en un radio de acción mayor que el empleado para el propósito inicial. El tú es escucha activa y paciente, es fineza en la relación con las personas y el mundo, con la vida y el universo. El tú es concentración suprema para auscultar los mensajes cifrados en que hablan las hojas, es tacto preciso para sentir cómo dialogan los corazones y es afinamiento de la capacidad de silencio para lograr detectar las emisiones levísimas del tiempo. El poeta ansía, desde esa actitud de criatura asombrada y maravillada ante lo extraño, hallar la esencia de la otredad, la médula de lo que lo circunda, el centro vivo de lo que lo trasciende. Entonces, usando otra vez las redes de sus palabras, intentará atrapar lo que por ser tan leve y fugaz parece huir de cualquier signo. Aun así, persistirá en esa conquista de las esencias de ese mundo ajeno, de esa otredad maravillosa que, aunque presente, deja una estela de forma evanescida.
Y por eso el poeta necesita de la música, del ritmo. Porque para acceder o atrapar ese tú esencial, esa otredad perfecta, tiene que acompañar las palabras de sonidos. Dotarlas de un imán o una cadencia que atraiga aquellos seres extranjeros. Sus versos son, en verdad, un cifrado encantamiento, una fórmula armoniosa para detener al otro, a ese tú volátil; sus versos son un espejo armonioso para que logre mirarse lo distante y, así, extasiado, poder capturar la fisonomía de su apariencia. Los versos armoniosos del poeta son el recurso empleado para detener la otredad desvanecida. Porque el tú esencial, el otro en su extrañeza, siempre es opaco, sinuoso, mudable, misterioso. De ahí la necesidad de conjurarlo con ritmos asonantes y consonantes, con rimas y juegos de palabras. El tú sólo se devela frente a la magia del sonido; la otredad suprema únicamente se hace visible con los acordes finamente producidos al poner juntas determinadas palabras.
Según lo dicho, ir de los fundamentos a las esencias, de los cimientos del yo a las entrañas del tú: ese es el itinerario del poeta. Conocer la raíz del propio ser, sí; pero, también, bajar hasta el fondo, a la sustancia de sus semejantes. Al poeta no le basta descubrir el centro de su intimidad, ansía de igual manera atrapar la entraña del prójimo. En ese recorrido aprenderá a engañarse menos consigo mismo y, lo más importante, a estar dispuesto para el encuentro con el diferente. El poeta nos enseña con sus versos cómo aproximarnos a las fronteras de lo desconocido, al territorio inédito del encuentro con las personas y el mundo humanizado. Los versos del poeta, su lectura, nos ponen en contacto con zonas personales que nos eran desconocidas y, al mismo tiempo, con seres distantes que poco o nada lograban interpelarnos.

