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Ilustración de Jean-Manuel Duvivier.

Una de las causas de mayor peso en los bajos resultados de los productos de escritura solicitados en la Universidad es la falta de indicaciones claras y precisas por parte de los profesores. Se cree erróneamente que esas “habilidades” ya se han desarrollado en la educación media o que brotan de manera espontánea apenas los estudiantes pisan las aulas de una institución superior. Como una manera de responder a esta debilidad de enseñanza es que se han concebido guías, secuencias, protocolos y otras ayudas didácticas acordes a las particularidades de diferentes tipologías textuales. Concentrémonos, en los párrafos siguientes, a perfilar y mostrar las ventajas de trabajar con protocolos.

Un protocolo de escritura es una ayuda didáctica centrada en describir y mostrar ordenadamente las acciones necesarias que un estudiante necesita realizar para lograr un producto escritural de calidad. Dicho de otra manera, los protocolos indican qué hay que hacer y cómo hay que hacerlo. En este sentido, son instrumentos asociados a la planeación, a la regulación de las prácticas de aprendizaje y, por supuesto, a una focalización de las intencionalidades formativas. Subrayemos, entonces, que los protocolos a la par que describen, instruyen; y al mismo tiempo que relacionan en detalle los pasos para realizar determinada tarea, también establecen un orden de prioridad.

Decía que los protocolos ordenan la acción o, si se quiere ser más estrictos, ofrecen la secuencia de acciones indispensables para lograr con calidad determinado procedimiento o, en el caso de la escritura, determinado producto. Tal intención reguladora obedece a mermar la incertidumbre que tienen los aprendices en cualquier tarea u oficio. Son pautas fiables redactadas con el fin de evitar cometer errores en una práctica, contar con las mejores alternativas ante un problema o disponer de un saber confiable al momento de la toma de decisiones. Los protocolos son, en sí mismos, rutas acertadas para sortear los imprevistos y llegar en el menor tiempo posible a las metas esperadas.

Los protocolos nacen, precisamente, del saber de los expertos en una disciplina, profesión u oficio, condensando esa experiencia acumulada en líneas de acción. Los protocolos son el resultado del consenso de un grupo de especialistas sobre determinado campo (convocados para tal fin o a partir de lo que hayan escrito), que se proponen –de manera clara, secuencial y detallada–, fijar las pautas esenciales para realizar actividades de uso frecuente. Este conjunto de pautas (en ciertos casos regladas) sirven de referente para una comunidad profesional o, si nos enfocamos en el campo de la educación universitaria, son un “documento modelo” para fijar ciertas pautas de enseñanza con determinados logros de aprendizaje. Los protocolos, en su esencia, aspiran a ofrecer la mejor forma de llevar a cabo una actividad, en situaciones concretas, y optimizando los recursos disponibles.

La elaboración de protocolos es una tarea lenta, meditada y con una intencionalidad ilustrativa o reguladora. Porque seleccionar los mejores ejemplos para realizar determinado producto o actividad, prever los ejercicios parciales o las fases para llegar a una meta precisa, secuenciar las acciones en un tiempo establecido, conocer la información más pertinente para un asunto específico, no es algo que se realice espontáneamente o a la ligera. Aquí se requiere, por el contrario, una experiencia validada y una reflexión continua sobre la propia práctica que permita valorar, frente a un problema o procedimiento, qué es lo esencial y qué lo secundario, al igual que poder diferenciar de forma oportuna cuáles son las acciones básicas que necesitan atenderse de manera prioritaria y cuáles pueden dejarse para un segundo momento. Es evidente, entonces, que quienes redactan un protocolo conocen de primera mano la complejidad de aquello mismo que detallan, ordenan y prescriben didácticamente.

Pero, además, los protocolos contribuyen a “tener o compartir un lenguaje común” sobre la manera de realizar una actividad o desarrollar una técnica. No hay que estar inventándose cada día aquellos procedimientos que por la misma reincidencia y el saber acumulado ya tienen un paso a paso conocido y con óptimos resultados. Este punto es fundamental en la enseñanza de la escritura porque los docentes, quizá por desconocimiento en las minucias de las tipologías textuales, confunden diversas formas discursivas o dan indicaciones tan generales que terminan desorientando a los estudiantes. Tampoco ayuda mucho que cada educador exija la producción de una forma discursiva de alguna tipología textual, llámese ensayo, reseña o comentario, sin ofrecer indicaciones o instrucciones detalladas y secuenciales de lo que debe hacerse para conseguir los objetivos previstos. Esa deuda didáctica sobre las particularidades y las maneras de elaborar diferentes formas discursivas es la que pretende subsanar el uso de protocolos. 

Hay que insistir en algo: los protocolos se elaboran porque existe el deseo de acompañar intencionadamente al estudiante en la consecución de una tarea o un producto académico. En este sentido, su construcción minuciosa responde a no dejar de lado u olvidar asuntos que, por la prisa o el descuido, pueden tener consecuencias negativas en el resultado final. Las operaciones descritas con gran detalle, los consejos y recomendaciones puntuales, las pequeñas actividades y su forma secuencial de encadenarse, todo ello contribuye a evitar la desmotivación o la pérdida de foco en una actividad académica. Y dado que el escribir no es una competencia que se desarrolle naturalmente, con mayor razón el empleo de los protocolos sirve de “mentoría reglada” a quienes se les dificulta redactar determinado tipo de forma discursiva o a aquellos otros que esperan de manera mágica que les llegue la inspiración para comenzar a escribir.

No sobra resaltar, y más tratándose de instituciones educativas, una bondad de los protocolos que resulta muy sensible para los estudiantes, me refiero al aspecto de la evaluación formativa. Por estar centrados en facilitar y ayudar al logro de determinadas metas, por detallar las acciones mostrando los posibles errores y la forma de solucionarlos, por hacer explícito el cómo realizar secuencialmente una tarea, los protocolos se inscriben en una evaluación que permite al aprendiz ir autoevaluándose y regulando su propio aprendizaje. Ya no se trata, entonces, de “imponer un trabajo” y esperar a ver “con qué sale el estudiante”, sino de orientarlo para que logre los mejores resultados posibles, de que tenga a la mano un recurso escrito en el que se le detalle, desde el principio hasta el final, cómo llevar a cabo dicha actividad. Por lo demás, al hacer explícitos los saberes y las habilidades esperadas, los protocolos se convierten en un buen instrumento de “chequeo” en el que el estudiante puede constatar, al aplicarlo, dónde hay suficiencias y dónde debilidades. Y si de su apropiación para redactar un texto se puede dar una nota, lo importante es que, gracias a ese material didáctico de apoyo, se logró en realidad contribuir a un genuino aprendizaje.

Por supuesto, los protocolos pueden sufrir ajustes o modificaciones dependiendo de los contextos o, debido a las condiciones de tiempo y número de personas, incluir asuntos que no estaban contemplados en su estructura básica. Hasta resulta aconsejable revisarlos con alguna periodicidad. Sin embargo, lo importante es que sean socializados y acatados por aquellos que tienen una misma responsabilidad o atienden eventos semejantes. Piénsese en la importancia de los protocolos en el área médica, en la gestión pública, en la intervención psicológica o en la informática. Si no se acatan dichas pautas, toda eventualidad se convierte en una catástrofe, se aumenta la improvisación en procedimientos ya estandarizados y resulta imposible la comunicación fluida y certera entre pares o colegas. Algo similar habría que decir en el sector de la docencia: si no se atienden determinados protocolos, si no se comparten en un área, un programa o una Facultad, cada profesor hará las cosas “como mejor le parece”, pero olvidándose de las intencionalidades formativas que subyacen a un currículo o a un perfil de egreso. Por eso, utilizar y seguir conjuntamente determinados protocolos, y más cuando se trata de enseñar a escribir, es una manera de realizar planificación colegiada, de establecer consensos sobre la conveniencia de ubicar una u otra forma discursiva en determinado curso, ciclo o semestre; de entender, en últimas, el rol esencial del acompañamiento en cualquier acción docente.

Cierro estas reflexiones sobre el protocolo señalando que el aprendizaje de la escritura –como labor artesanal que es– presupone el conocimiento y dominio de unos útiles de apoyo, de unas herramientas cognitivas y procedimentales en las que sean visibles sus técnicas de composición y sus modos de estructurarse. En esta perspectiva, los protocolos no sólo contribuyen a hacer más cercana la relación con el acto de escribir, sino que develan los pormenores o artilugios de esta tecnología de la mente.