Esa noche, como tantas otras, el sueño huía de su cuerpo. Saúl sentía que el calor se intensificaba en cada parte de su piel. Aún en calzoncillos, acostado en la cama, sin ninguna sábana cubriéndolo, le era imposible conciliar el sueño. Se incorporó y puso los pies desnudos en el cemento. Esa era una maña que tenía: confiaba en que el frío del piso le regulara el calor en su cuerpo; pero la estratagema no le sirvió de nada. Miró por la ventana del cuarto y alcanzó a divisar en medio de la noche una luna grande, completa, radiante. Se puso de pie, buscó la camisa, y abrió con discreción la puerta de la alcoba. Dio unos pasos hacia el oriente, siguiendo el reducido andén de la casa y fue a toparse con los perros que salieron a encontrarlo moviendo la cola. Saúl les acarició la cabeza. Contempló abajo el tejado de zinc de la casa del tío Antonio, donde seguramente estarían durmiendo Ulises y Beatriz, al igual que la tía Purificación, observó el techo de paja de la cocina y el palo de guanábano que servía de dormidero para las gallinas y los gallos. Todo estaba en silencio. Apenas se escuchaba el croar de las ranas hacia el lado del charco y los grillos con su canto incesante.
Saúl se sentó, poniendo la espalda en la pared de la casa. Inconscientemente usó uno de los costales de los perros como cojín para sus nalgas. Los animales, se acomodaron al lado de él, dispuestos a continuar su sueño. Saúl se concentró en la luna, que a esa hora estaba bien arriba de las montañas de Lomalarga y teñía de una luz plateada los cafetales, los árboles y las piedras de los caminos. Buscó en el bolsillo de la camisa una cajetilla de cigarrillos. Ahí, al lado, también estaban los fósforos. Prendió un cigarrillo y sintió que el humo o la brisa le aligeraban el bochorno o esa sensación de encierro que minutos antes lo tenía desesperado. Chupo fuerte el cigarrillo y exhaló poco a poco el humo. Miró la luna y se extasió con su luz y con su silenciosa manera de cubrirlo todo. Aunque no sabía por qué, la luna tenía la propiedad de tranquilizarlo o de ofrecerle una compañía que lo llevaba a hablar consigo mismo, a decirse cosas que pensaba o que le atenazaban el corazón.
Él no sabía bien desde cuándo empezó a tener esa complicidad con la luna. Lo cierto es que esa noche, como otras muchas de desvelos, al mirar ese astro su alma tuvo una especie de revelación. Porque la luna estaba sola, como él; porque la luna se ocultaba en el día, como él; porque la luna era muda en su tránsito, como él; porque la luna, su luz, era triste, como él… Eso meditaba Saúl, mientras volvía a chupar el “Pielroja” que, si bien era amargo como su destino, en esta ocasión le supo menos acre. “Desquite”, uno de los perros, levantó las orejas al escuchar el ulular de un currucú por el lado de la mata de guadua. La mirada de Saúl se detuvo en el gallinero. Ninguna gallina, ni los tres gallos, pronunciaban un sonido. Los palomos permanecían igual. Era la noche, la alta noche. Solamente la luna se mantenía despierta, irrigando de luz tenue el paisaje, tocando las puertas de las veredas con sus nudillos leves y amarillos. Saúl pensó que la luna era lúgubre, tal vez contagiado por el canto lastimero del currucú. Lúgubre era la luna, ella en su redondez de vigía, era como un centinela de la muerte, una invitación a encontrarse con esas zonas oscuras de uno mismo, con esos abismos del alma. Algo negativo debía tener la luna, porque desde niño había escuchado que no se podían capar a los marranos en cuarto creciente, o si no se les enconaba la herida, se les engusanaba; y algún poder debía tener ese astro silente porque cuando había luna nueva a Sagrario, la tía muda, se le multiplicaban las dolencias en su cabeza y empezaba a patalear y lanzar gritos que parecían romper todas las montañas de Capira; y por eso decían en la región que se tenía que cortar la madera en menguante y el cabello de las mujeres cuando hubiera luna llena… Todo eso pensaba Saúl, mirando a la luna. Y tal vez por esas cosas, o para saber sortear esos maleficios de la luna, Ulises no dejaba de consultar el almanaque Bristol.
El tiempo parecía ir muy lento. Sául no sabía bien cuántos minutos llevaba allí sentado contemplando la redondez fascinante de la luna, a lo mejor ya había pasado un cuarto de hora, pero le era indiferente el transcurrir del tiempo. Su memoria le trajo algo de alegría al recordar cómo le gustaba caminar de noche cuando había luna llena, como la que en ese momento se alzaba imponente y lejana. Era como si una gran linterna le sirviera de guía, pero con una luz tenue, fría, una gran luz parecida a la que emitía la “Coleman” que usaban en la casa cuando había cogidas de café y tenían que seguir de largo descerezando esas pepas rojas, dándole vueltas a una rueda de color verde oscuro que las iba convirtiendo en babosos granos apergaminados. Vino a su mente las varias veces que cogió el camino real de noche para ir a verse con Carmen, abajo, en el cacao de monte, cuando ella y él andaban atorados por el deseo, cuando ella lo esperaba con un vestido de flores sin nada debajo, como si también anduviera presa de un calor imposible de aplacar. Y Carmen era como la luna, porque se dejaba amar sin decir nada, ni aun cuando alcanzaba su mayor goce; Carmen abría su cuerpo como si fuera un largo tallo de bore, esos rizomas que tanto gustan a los marranos y que, a pesar de todos los colmillos hambrientos, pueden mantenerse en pie, así tengan corroídas sus raíces. Todo eso recordaba Saúl a la par que le daba una última chupada al cigarrillo que, antes de ir hasta sus labios, acumulaba la ceniza en un equilibrio misterioso. Volteó el rostro y contempló un árbol de marañón: con tres cogollos en leche caliente, durante una semana, había logrado Beatriz quitarle una pechuguera que se obstinaba en apretarle el pecho. La luz de la luna destacaba apartes de la hojarasca del pequeño arbusto, resaltando los frutos rojizos en la parte más carnosa. Saúl recordó las semillas de ese árbol y las asoció con la postura de los fetos, contraídos sobre sí, volcados sobre su vientre, resguardando o doliéndose de un mal impronunciable. ¡Qué bueno sería que los tres cogollos de marañón sirvieran para eliminar su pesadumbre!, ¡que Beatriz tuviera el remedio para espantarle esa desazón en el corazón, y bastara con tomar unos sorbos antes de acostarse! “Tolismán”, el otro perro, se rascó con una pata las orejas. Saúl alzó la vista hasta un clavellino que estaba hacia arriba de la cocina y descubrió, después de buscarla unos segundos, a “Rebeca”, la lora con la que le gustaba platicar mientras desayunaba. Ella también dormía. “Patojito real, ¿quiere cacao?”.
(Capítulo de mi novela inédita Saúl Cadena).


Pilar dijo:
¡Qué alegría da ver que este proyecto avanza firme y, según se aprecia, magnífico en su narrativa!
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimada Pilar, gracias por tu comentario.
Luis Carlos Villamil J dijo:
Cautivos de la luna
La luna llena, brillante y silenciosa, plateaba los senderos, los árboles y los cafetales de Catira. Tanto Saúl como Carmen, estaban cautivados por “su luz y la silenciosa manera de cubrirlo todo”, y porque Saúl lograba “hablar consigo mismo, decirse cosas que pensaba, que le atenazaban el corazón”. Carmen con su vestido de flores sin nada debajo, era como la luna, porque con la luz de la noche acudía al encuentro de Saúl para amarse en silencio.
Otro bello capítulo de tu novela.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario.
maria Fula dijo:
Me encantan las descripciones, me identifico con el personaje en la contemplación de la luna y los sentimientos que despierta
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
María, gracias por tu comentario.