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T.S. Eliot: “La crisis religiosa moderna es una crisis de incapacidad emotiva”.
Karl Rahner: “Las palabras del poeta llaman lo innominado, se alargan a lo inasible”.

El pasado 17 de julio el Papa Francisco promulgó su más reciente encíclica: “El papel de la literatura en la formación”. Por tocar temas de especial interés no sólo para los noveles religiosos, sino para todos aquellos actores dedicados al trabajo educativo, considero relevante dedicar unas páginas a analizar con algún detalle este documento. Desde luego, mis comentarios son también una pre-texto para invitar a leer la carta apostólica en su totalidad.

La encíclica tiene 12 páginas de extensión, 44 parágrafos y 32 referencias. Después de unos párrafos iniciales, se subdivide en las siguientes partes: a) Fe y cultura, b) Jamás un Cristo sin carne, c) Un gran bien, d) Escuchar la voz de alguien, e) Una forma de ejercicio del discernimiento, f) Atención y digestión, g) Ver a través de los ojos de los demás y h) El poder espiritual de la literatura. Al igual que en otras cartas el estilo de Francisco es claro, cercano, rico en ejemplos y por momentos de tono confesional. Dicho estos aspectos generales, avanzaré en el texto haciendo mis comentarios según el orden de las ocho partes mencionadas.

El punto de partida de Francisco acota y amplía el objetivo de su carta: aunque pensó en un inicio que sus destinatarios iban a ser solamente los sacerdotes en formación, después decidió que su propósito cobijaba a todos los “agentes de pastoral” y, en últimas a “cualquier cristiano”. Su meta, entonces, es más amplia porque lo que desea es reflexionar sobre “la importancia que tiene la lectura de novelas y poemas en el camino de la maduración personal”. Esta premisa es de vital importancia para todo lo que viene después: primero, porque pone a las obras literarias y a los poemas en una dimensión de lo que podríamos llamar “textos relevantes” en la formación religiosa y, segundo, porque subraya la necesidad de que todas las personas contemos con obras literarias o textos poéticos que contribuyan a nuestra “maduración personal”.

Al adentrarse en su disertación, el Papa dice que antes de la llegada omnipresente de las redes sociales y de los teléfonos móviles, “la lectura era una experiencia frecuente” y que, según nos lo va mostrar, no ha pasado de moda. Porque “encontrar un buen libro” puede llegar a ser un “oasis que nos aleje de otras actividades que no nos hacen bien” o una ayuda “para ir sobrellevando la tormenta, hasta que consigamos tener un poco más de serenidad”. Francisco afirma que la lectura permite “abrir nuevos espacios que evitan que nos encerremos en esas anómalas ideas obsesivas que nos acechan irremediablemente”. El Papa subraya de manera positiva el acto de leer y se aparta, en gran medida, de la “obsesión por las pantallas”. Es urgente en cualquier proceso formativo estimular la “lectura serena y libre”, el diálogo sobre esos libros leídos (nuevos o viejos) que “tanto nos siguen contando. De allí su reclamo a la poca trascendencia que se le otorga a la literatura en el actual magisterio ordenado. No puede seguírsela entendiendo como “forma de entretenimiento” o una “expresión poco relevante”. Lo que concluye de este descuido vale la pena destacarlo: “es el origen de una forma de grave empobrecimiento intelectual y espiritual de los futuros sacerdotes, que se ven así privados de tener un acceso privilegiado al corazón de la cultura humana y más concretamente al corazón del ser humano”.

Es ese, entonces, el objetivo de su carta: “proponer un cambio radical acerca de la atención que debe darse a la literatura en el contexto de la formación de los candidatos al sacerdocio”, porque a través de las obras literarias podremos “entrar en relación con nuestra existencia concreta, con nuestras tensiones esenciales, con nuestros deseos y significados”. Es muy contundente su observación: “la literatura tiene que ver con lo que cada uno de nosotros busca en la vida”. Por eso es tan importante que cada quien vaya encontrando “aquellos libros que digan algo a su propia vida y se conviertan en verdaderos compañeros de viaje” o, si se quiere ser más precisos, que halle esas novelas y poemas que “necesita en cada momento de su vida”.

En el apartado de “Fe y cultura”, el Papa hace eco del Concilio Vaticano II al afirmar que la literatura “presenta claramente las miserias y las alegrías de los hombres, sus necesidades y sus capacidades”. En consecuencia, se si quiere tener un diálogo genuino con otras culturas o con otras personas es indispensable conocer obras literarias en las puedan captarse las “miserias y las alegrías de los hombres”. Si, en verdad, nos interesa “penetrar el corazón de las culturas” no podemos desechar esas palabras con que hombres y mujeres expresaron “el drama de su propio vivir”. Porque las novelas y los poemas son eso: “plasmación y revelación de sus más bellas hazañas y los ideales más bellos, así como también de sus actos más violentos, sus miedos y sus pasiones más profundas”. Y Francisco agrega algo más: la literatura puede ayudar a la Iglesia a no caer en el solipsismo ensordecedor y el fundamentalismo que “consiste en creer que sólo una específica gramática histórico-cultural tiene la capacidad de expresar toda la riqueza y profundidad del Evangelio”. Es a través del contacto con diferentes estilos literarios como se logrará profundizar en “la polifonía de la Revelación”. Dicho de otra manera: la literatura evita que se empobrezcan las estructuras mentales y ayuda a que los evangelizadores, como lo fue San pablo, “entren en un diálogo fecundo con la cultura de su tiempo” y a que, como señala en el siguiente apartado, no se pierda la “carne” de Jesucristo, una carne del mismo material con que se elabora la literatura: “carne hecha de pasiones, emociones, sentimientos”.

En el tercer gran apartado, subtitulado “Un gran bien”, Francisco sostiene que el “hábito de la lectura”, además de fortalecer el vocabulario y desarrollar diversos aspectos de la inteligencia y las capacidades de las personas, las prepara para “comprender y afrontar las diferentes situaciones que pueden presentarse en la vida”. Además de servirnos de ejemplo, nos lega una sabiduría que podemos asimilar y luego podremos legar a nuestros descendientes. Más adelante, en los parágrafos 20 a 22, el Papa toma ejemplos de autores literarios para subrayar que la literatura nos educa en la acción de “escuchar la voz de alguien”, en ser interpelados por nuestros semejantes. Por eso también la literatura nos hace “sensibles al misterio de los otros”, asunto tan necesario hoy cuando vivimos de una “incapacidad emotiva” generalizada. La literatura, en últimas, está disponible para “enriquecer nuestra sensibilidad”.

El siguiente apartado de la encíclica, “Una forma del discernimiento”, se enfoca en la ganancia que tendrían los sacerdotes si adquieran el hábito de leer poesía de manera frecuente. Francisco retoma la idea de Karl Rahner que emparenta al sacerdote con el poeta: tanto uno como otro buscan con sus palabras abrirnos “a lo innominado”, a lo infinito, a lo inasible. Este tipo de palabras, en consecuencia, hace que los futuros sacerdotes se vean obligados a ejercitar el discernimiento para “afinar las capacidades sapienciales de escrutinio interior y exterior”. El ejercicio de lectura literaria se asemeja, afirma Francisco, a un discernimiento mediante el cual el lector “está implicado en primera persona como sujeto de lectura y, al mismo tiempo, como objeto de lo que lee”. Al leer participamos y nos identificamos con un cúmulo de experiencias, leemos y “somos leídos”; en suma: estamos totalmente involucrados.

En los siguientes cuatro párrafos, agrupados bajo el subtítulo de “Atención y digestión”, el Papa usa varias analogías para comprender el sentido de la literatura. Escribe que ella se parece a un laboratorio fotográfico en el que “es posible elaborar las imágenes de la vida”; añade que la literatura es importante porque permite “desarrollar las imágenes de la vida para preguntarnos por su significado”. Leer literatura contribuye a mantenernos alertas para “contrarrestar la acelerada simplificación de la vida”. Compara la literatura con un gimnasio en el que “se entrena la mirada para buscar y explorar la verdad de las personas y de las situaciones como misterio”. Finaliza el apartado asociando el rol de la literatura con el acto fisiológico de la digestión mediante el cual es posible “digerir y asimilar” nuestra presencia en el mundo; rumiar “lo que va más allá” de la superficie de las experiencias humanas.

La penúltima parte de la carta pastoral, subtitulada “Ver a través de los ojos de los demás”, habla de lo que sucede a la persona cuando lee un texto literario. Francisco afirma que al leer literatura se activa el poder de la imaginación, nos volvemos “más sensibles frente a las experiencias de los demás” y “ampliamos la perspectiva que expande nuestra humanidad”. El Papa señala que la literatura “educa nuestra mirada hacia la lentitud de la comprensión”, nos evita caer en las simplificaciones y en la “reducción del misterio del mundo y el ser humano a una antinómica polaridad de verdadero/falso o justo/injusto”. Al leer las obras literarias “descubrimos que lo que sentimos no es sólo nuestro”, que somos seres empáticos y con posibilidad de comprensión. Para quien lee literatura “nada de lo que sea humano le será indiferente”.

El Papa Francisco concluye su carta pastoral haciendo una síntesis de lo expuesto. El subtítulo declara bien lo medular de su mensaje: “El poder espiritual de la literatura”. Si ha insistido en que la formación del futuro pastor contemple la inclusión asidua de literatura y poesía es porque confía en que estas obras ofrecerán un “pluralismo de los lenguajes humanos”, le darán mayor extensión a su sensibilidad y prepararán una “apertura espiritual para escuchar la Voz a través de tantas voces”. La literatura es un buen antídoto contra “los lenguajes autorreferenciales falsamente autosuficientes”; con la literatura la palabra recupera su movimiento, su viveza interpelativa. Si el futuro sacerdote se nutre de literatura, de poesía, recuperará el don de “poner nombre a los seres y a las cosas”. Francisco cierra su encíclica mostrando la afinidad entre el sacerdote y el poeta, entre aquellos que tienen la función sacramental de la palabra divina y aquellos otros que escuchan y dan formas nuevas a la palabra humana.

Mirada en su conjunto la Carta del Pontífice deja entrever la necesidad de que en todos los espacios y niveles de formación –no solo religiosos o teológicos– se entienda mejor el sentido de leer obras literarias y el papel vertebral de la poesía en una educación de la sensibilidad y el cultivo de la interioridad. La literatura no puede considerarse como una simple “ilustración académica” o un gusto novelero y caprichoso, sino que es un “bien cultural” muy importante en la formación de todas las personas porque les posibilita reconocerse en las variadas y diversas experiencias humanas y, de esta manera, disponer su corazón hacia la solidaridad y la compasión. La literatura nos ayuda, como pensaba Jean Cocteau, a “salir de nosotros mismos”. Si comprendemos el sedimento de aprendizajes vitales que comportan las obras literarias o la lectura asidua de poemas, si las dimensionamos como semillas de fraternidad humana para abonar la mente y el espíritu de los estudiantes, seguramente volveremos a colocar dichas expresiones del lenguaje en el sitial que merecen dentro de nuestros centros educativos.