El cuidador sabe de su condición por elección; no es algo heredado o natural. Más bien se trata de un aprendizaje de la compasión o de una sensibilidad especial hacia la fragilidad de otro ser humano. Y si bien hay profesionales del cuidado, lo que resulta interesante en la figura del cuidador es que, sin una vocación declarada, asume por un corto o largo tiempo la responsabilidad de velar por otra persona, de atender sus requerimientos, de estar al lado acompañándola en situaciones de enfermedad, precariedad o cuando es asediada por los achaques del envejecimiento. El cuidador llega a serlo por decisión, es un oficio motivado por el amor, por la gratitud o porque acepta hasta el final las responsabilidades de los vínculos de la sangre.
El cuidador está atento, esa es parte de su diligente tarea; en eso radica su talento y su pericia. Está atento a las sutiles variaciones de ánimo de otro semejante o a los cambios en su motricidad que va trayendo el tiempo. El cuidador aprende a reconocer los matices de voz, el interpelar susurrante de los quejidos, las variantes de cariño que puede albergar una petición. Por mantenerse atento, por haber aprendido esta cualidad de miramiento sobre otro ser, el cuidador se abre a la escucha o descubre que el verdadero sentido de la compañía radica en estar dispuesto para oír con intensidad y empatía. La atención del cuidador, cuando es sincera y abnegada, pone en un segundo plano los demás asuntos cotidianos que le lanzan sus propias demandas. La atención del cuidador lo lleva a concentrarse en alguien, a jerarquizar las horas, a acoplar su itinerario de vida con el de otra persona, a reconocer en la fraternidad una forma inadvertida de la filiación y el parentesco.
El cuidador es previsivo; advierte que en cualquier momento las cosas pueden empeorar o que las circunstancias inesperadas están rondando el ambiente en que se desenvuelve. Lo eventual siempre está al acecho para quien asume el rol de cuidador. Por ello, por esa intempestiva manera de aparecer lo imprevisto, el cuidador no se contenta con lo apenas necesario y menos aún confía en el azar o en los súbitos cambios de fortuna. La previsión del cuidador lo lleva a tener en sus haberes y en su mente la capacidad de reserva, el plan alternativo, las posibles salidas a un problema. El cuidador va un paso delante de los hechos, prevé desenlaces, avizora las ramificaciones del camino. La previsión del cuidador responde a un mandato ético: el de saberse responsable de otra persona, el de asumir corresponsablemente la existencia de otra vida.
El cuidador afina las habilidades o los movimientos que llevan a que otro ser se sienta más cómodo, menos lastimado o más tranquilo con los quebrantos de su cuerpo. A veces es haciendo un pequeño cambio en un cojín o en una almohada, o buscando la manta que abrigue y aleje el frío. El cuidador descubre que sus manos tienen talentos inexplorados para masajear o frotar, para suavizar o esparcir alguna crema, algún gel calmante. El cuidador descubre, poco a poco, que la fragilidad necesita una destreza en el tacto capaz de distinguir las emisiones insonoras que van del “muy duro” hasta el “más pasito”. El cuidador entiende que su oficio reside en gran medida en la experticia de sus manos. Ellas son las que crean las condiciones para el descanso, las que aminoran el dolor, las que ayudan a cambiar una prenda, las que sirven de lazarillo cuando las fuerzas ya no responden a los deseos.
El cuidador reconoce que sus palabras son tan importantes como sus manos. Es consciente de que lo que dice posee las propiedades de un fármaco. Las palabras del cuidador –sopesadas, oportunas, precisas, bien elegidas– transforman el desánimo en esperanza, llenan de vigor al desalentado, sirven de consuelo y tranquilidad al sitiado por el desespero. El cuidador pone en sus palabras, en la tonalidad utilizada, el calor de la compañía, la certeza de la solidaridad, la resonancia que rompe el mutismo de la soledad. No es que el cuidador deba hablar siempre; porque, en algunas ocasiones, su forma de conversar es mediante las pausas de asentimiento, de los cortos empalmes de palabras que sirven de hilo para continuar la narración, de silentes miradas que mantienen la interacción con otro ser humano, la respetuosa dignidad que instaura todo ser que sufre. El cuidador sabe llevar el ritmo acompasado de los silencios.
El cuidador no se mueve en un solo sitio, su actuar le exige dinamismo o, al menos, una franca voluntad para salir de sus dominios. Y si bien su eje es aquella persona objeto de sus atenciones, lo cierto es que debe trasladarse a diferentes puntos según las urgencias o necesidades del momento. El cuidador se desplaza hacia el afuera, más de lo acostumbrado, para traer cosas, medicamentos y noticias al que está adentro. Buena parte de su tarea estriba en servir de puente o de intermediario para que las voces y los eventos de la calle lleguen a los oídos de quien no puede salir o que está confinado en las paredes de su casa o de su cuarto. El cuidador es un apoyo móvil, un emisario que convierte las solicitudes en pequeños regalos para la complacencia, un explorador con encomiendas de relatos. El cuidador es un corredor de fondo, porque su labor es más de resistencia que de velocidad.
El cuidador se mantiene en estado de vigilia; revisa por las noches a la persona de su interés que se ha quedado dormida en una postura incómoda y necesita reacomodarse; hace rondas de observación para saber si falta el vaso de agua o llama la atención sobre el medicamento recetado que no ha sido tomado a tiempo. La vigilia del cuidador se transforma en un regulador de los tiempos de otro ser; marca las nuevas rutinas o es un custodio de rituales inveterados; abre temprano las cortinas para anunciar el nuevo día y vuelve a cerrarlas con los deseos del buen descanso y el sueño reparador. El cuidador vigila para que el postrado tenga a la mano algo que leer, para que las cobijas no se arrastren y las pantuflas estén en su sitio, para que el aire fresco entre a la habitación de quien atiende, para que las pequeñas caminatas sean una forma de desembrujar su desaliento. El cuidador es un vigilante de las llamadas del hambre, de las solicitudes de ayuda, de todas aquellas alertas que amenacen el bienestar de una vida.
El cuidador pone a raya su impaciencia y calma los momentos de desespero de quien acompaña. Reconoce que no debe ser un asunto fácil depender de otra persona, sentir que la decrepitud avanza o que las limitaciones se multiplican. El cuidador, por eso mismo, se torna más reflexivo, más medido en lo que dice, más solidario y propenso a la transigencia. Sabe dosificar la alegría cuando los diagnósticos médicos no son alentadores y multiplica los motivos de esperanza cuando el doliente está a punto de desfallecer. El cuidador ahonda en las entretelas de los sentimientos, de las pasiones y las emociones de los seres humanos, especialmente cuando enfrentan situaciones de impotencia, o pasan por momentos adversos o agobiantes.
El cuidador puede ser severo y tierno a la vez; realista e imaginativo; juguetón y práctico. El cuidador confía en que las vicisitudes negativas puedan mejorar, pero, de igual modo, entiende que el deterioro humano es inevitable. El cuidador es el guardián de los ciclos de la vida, tanto en su crecimiento y conservación, como en su paulatino ocaso.

Claudia Patricia Puentes Vargas dijo:
Fernando buenos días gracias por el texto, te agradezco escuchar estas palabras de ti por fin alguien me aclara tanto lo de ser cuidador. En este momento soy la cuidadora de mi padre después de la muerte de mi mamá desde el año 2018,ha sido una experiencia muy dura pero me ha enriquecido mucho, le he brindado compañía y he aprendido muchas cosas, respecto a mis planes me tocó seguir por este camino y espero culminarlo cuando sea el momento, muchas cosas me quedaron pendientes pero tengo la esperanza de volverlas a retomar, gracias nuevamente por la grandioso texto. Claudia Patricia
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Claudia Patricia, gracias por tu comentario. Me alegra lo que me cuentas. Subrayo lo que dices: el aprendizaje del cuidador es «duro», pero reporta un crecimiento personal enorme. Te recomiento leer un libro mío: Custodiar la vida. Reflexiones sobre el cuidado de la cotidianidad.