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Garzón. El duelo imposible, la novela gráfica de Alfredo Garzón y Verónica Ochoa (Rotundo Vagabundo, Pereira-Bogotá, 2024) es una obra excepcional de 564 páginas. No sólo por el tratamiento de las imágenes, por la investigación histórica que le sirve de soporte, sino por la fuerza narrativa con que está construida. Por supuesto que es el homenaje de un hermano a su hermano asesinado, pero al mismo tiempo es un reconocimiento a otras personas como Jaime Garzón que fueron eliminadas brutalmente por sus ideales libertarios o su crítica al establecimiento corrupto y sus diferentes modalidades de represión política. Por ser una obra magnífica en su resolución gráfica, reflexiva en sus textos, conmovedora en su médula simbólica, deseo comentar con algún detalle varios de estos aspectos.

Deseo comenzar por la factura editorial. El trabajo de diseño, la  diagramación, la paleta de colores empleada, el juego entre página y doble página, la inclusión de páginas desplegables, las portadillas que sirven de separación entre capítulos, el juego de planos, la selección y combinación tipográfica, la inclusión de historias dentro de la historia vertebral…las guardas que sintetizan y abren múltiples lecturas, los intertextos políticos, musicales, poéticos… la recuperación de voces de la época y de un habla expresada en grafitis… todo ello crea un dinamismo que evita la fatiga al leer el grueso volumen e invita a seguir leyéndolo, a disfrutar de una secuencia viñeta tras viñeta o a desplegar una página que se multiplica como un tríptico de El Bosco.

Porque ese es otro elemento exquisitamente destacable. Alfredo Garzón y el equipo de dibujantes (Álvaro Duarte, Sergio Palacio, Alejandro Guarín, Daniel Martín, Lucía Duarte, Juliana Ocampo) con el colorido de Felipe Rivera, elaboraron una galería página tras página. Los autores lo reconocen al final de la obra que les sirvieron de inspiración Goya, El Bosco, Brueghel el Viejo… y agregaría las resonancias fantásticas de Jean Giraud (Moebius). Hay una intención de los dibujantes para que el detalle también cuente, para que las texturas creen derivaciones ideológicas, para que las letras (en muchos casos en forma de palimpsesto) se conviertan en otra expresión del grafismo, en otro lenguaje autónomo y altamente interpelativo. Picados y contrapicados, planos generales y primerísimos primeros planos, multiplicación de un mismo escenario con variación de actores, reproducción de piezas gráficas o de fotografías, refiguraciones del muralismo latinoamericano… crean un relato que no es vicario del texto, sino que por sí mismo, deriva al lector hacia otras dimensiones, lo pone en sintonía con otros imaginarios, lo insta a la introspección o hacer catarsis sobre su propia historia.

Desdoblo, por ejemplo, la “espiral del terror” y observo que arriba, en la cúspide está Alfredo abrazando a su hermano muerto (como en otra Pietà) y más abajo, entre frailejones aparece un hombre lobo comiendo partes de un cuerpo mutilado; y más abajo, entre platanales, un hombre persiguiendo a un campesino con un machete; y más abajo, un cura armado arengando a un grupo de feligreses con peinillas en sus manos; y más abajo, cortes de franela y danzas macabras alrededor de cuerpos sin cabeza, y hombres pájaro con motosierras en la mano… y arriba, en el cielo, gallinazos que se disputan pedazos de piernas humanas, muñones de cadáveres. “Parecemos presos de esa espiral que, en el caso colombiano, es un eterno retorno al terror”, dice el bocadillo en la parte inferior de este cuadro que parece evocar el Infierno dantesco grabado minuciosamente por las manos de Doré.

Ahora, quisiera detenerme en la historia, en el relato que, como en la parte gráfica, además de Verónica Ochoa (quien había trabajado antes una obra de teatro sobre Garzón: Corruptour ¡País de mierda!) tuvo la colaboración otras personas, tales como Laura Nepta. La historia empieza por el final, por el asesinato de Jaime Garzón; y termina en un homenaje simbólico al hermano muerto, que ahora toma la forma de un caballo, “Heyoka”, el payaso sagrado de los pueblos Lakota del norte de los Estados Unidos. Pero no es un narrador testigo que se mantiene fuera de la historia, sino alguien que reflexiona, se autorretrata y entra a formar parte de lo que va contando. Esto hace que, por momentos, la novela adquiera el tono autobiográfico o que siga un flujo de conciencia en el que entran recuerdos, poemas, dudas, incertidumbres, preguntas, muchísimas preguntas. “Hay duelos que son imposibles de elaborar”. En esa búsqueda, Alfredo Garzón (que guarda la “carpeta verde” donde está el informe forense y las fotos del hermano), descubre un punto de inicio para relatarnos la historia que le interesa contarnos; se trata de otra muerte: la muerte de su padre. Y con este hilo se adentra en sus visitas al Cementerio Central de Bogotá y a la conclusión de que en ese lugar no solo hay un pedazo de su infancia, sino que allí también “están enterradas aquellas personas a las que se les ha negado la palabra”.

Los textos nos van contando o llevando a recordar diálogos entre hermanos y familiares, entre amigos y personas casuales; son voces que entran y salen como en un escenario teatral. Sabemos que el narrador ha tomado un taxi, nos informamos del diálogo que tiene con el taxista, pero también nos enteramos de lo que pasa por su pensamiento: “¿Por qué regresé? Veo el germen del asesinato de Jaime en todas partes. ¿Qué estoy haciendo aquí?”. De otra parte, a la par de la voz del narrador, van apareciendo noticias escuchadas en la radio, datos sobre personajes relacionados con la época en que transcurre la historia, apartes de textos de Paulo Freire o de Marx y Engels, eventos claves en la historia política de América Latina. También se hace un recuento de la conformación del paramilitarismo en Colombia y de una época de atentados terroristas cobijados por “el poder oscuro y criminal del narcotráfico”. Se destacan, de igual modo, eventos significativos de la vida del personaje, sus gestiones humanitarias y, desde luego, su labor como humorista político. A lo largo de varias páginas, se incluyen apartes del pensamiento de Jaime Garzón que confluyen con las manifestaciones populares y las luchas de la clase trabajadora. Aquí hay otro logro de esta obra, y es el de aunar una historia del pasado con un hecho del presente: La voz de Jaime Garzón en los bocadillos de texto (retomados de una conferencia en Cali, en 1997) y las imágenes del estallido social acaecidas en el 2021.

En esta novela gráfica, además de exaltarse la figura de Jaime Garzón (quien defendió la libertad «en cualquiera de sus manifestaciones”), Alfredo Garzón hace un homenaje a otras personas que fueron asesinadas por la defensa de la vida: Guillermo Cano, Bernardo Betancur, Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro, Sergio Restrepo, Jesús Yáñez Plata, Juan José Cordero, Bernardo Jaramillo, Silvia Duzán… Y, de manera especial, rinde un tributo a Mario Calderón (“todo lo que estuviera vivo era sujeto de derechos”), Elsa Alvarado (“la vida adquiría una nueva dimensión cuando los humanos entraban en comunicación con todo lo que los rodea”), Jesús María Valle (quien luchó para que “los líderes de las comunidades no fueran asesinados”) y Eduardo Umaña Luna (el abogado que sabía que «una vida sin justicia era una vida usurpada”). El libro recoge sus voces, algunos de sus textos, sus investigaciones; es decir, los motivos que llevaron a sus asesinatos. Todos ellos, como se lee en uno de los bocadillos ubicado al lado de una corona de flores: “fueron víctimas de amenazas, persecución, estigmatización y guerra sucia”.

Como puede verse, son varios los elementos que hacen de esta novela gráfica una obra excepcional. Porque además de explicar y contar la historia de vida de una persona cercana, íntima, con hondos vínculos familiares; el libro es también el itinerario mental o espiritual de alguien que no sabe bien cómo entender o explicar estos actos atroces; de un colombiano que sigue sin comprender por qué en nuestro país “se siguen asesinando a quien lucha, a quien resiste, a quien piensa, a quien disiente, a quien cuida de la vida”.  El libro es interesante, agudo, profundamente conmovedor. Sobre todo, cuando Alfredo Garzón nos comparte sus angustias, sus recuerdos familiares, sus desconsuelos, los sueños de su flujo de conciencia, los símbolos gráficos con que pretende expresar una pérdida esencial. El último capítulo de la novela nos vuelve a un presente en el que el autor camina a solas con sus recuerdos. Y lo más extraordinario es lo que nos cuenta: ahora es cuidador de caballos, y, a uno de ellos, lo ha llamado “Heyoka”, para hacerle un homenaje a su hermano; “Heyoka”, el payaso sagrado, el payaso indígena que ridiculizaba al opresor. Un payaso que se reía de la desgracia, que lloraba en los momentos alegres, que lo hacía todo al revés… Como Jaime Garzón, el humorista político que muchos extrañamos.