Francisco: ¿Y cómo van tus cosas?
Gabriel: Un tanto preocupado por la salud de mi madre…
Francisco: ¿Y eso?
Gabriel: Su artrosis degenerativa, su arritmia, sus ahogos…. Sus casi 88 años.
Francisco: La mía también anda muy complicada con lo de su diabetes… y ahora le resultó algo con la vesícula…
Gabriel: Me duele mucho verla sufrir… el dolor en los seres que amamos se hace más fuerte en la medida en que revela también nuestra impotencia ante su deterioro… Aunque ella hace todo el esfuerzo para mostrar fortaleza.
Francisco: La mía se aferra a su rosario.
Gabriel: Igual, es mi Vieja. En esta etapa de su vida, además de mis palabras de aliento, ahora son mis manos acuciosas las mejores portadoras de todo mi amor.
Francisco: Creo que lo más importante es estar con ellas.
Gabriel: Así es, estimado amigo.
Francisco: ¿Y cómo te ha ido con los médicos?
Gabriel: Esa ha sido otra de mis preocupaciones de estos meses.
Francisco: Pensé que era solo a mí que me tocaban los más regularcitos.
Gabriel: Fíjate, la semana pasada tuve que pedir un domiciliario por una complicación de mi Vieja en su piel, y me tocó en suerte una médica que la revisó, la formuló, cobró el copago, pero sin mostrar ningún tipo de interrelación especial con una persona mayor.
Francisco: El aspecto humanitario de la medicina ha sido olvidado. O por atender las condiciones laborales que les imponen las empresas donde trabajan, se ha ido desdibujando o terminó en una indiferencia hacia el paciente.
Gabriel: He reflexionado mucho en qué características debería tener un médico que atiende especialmente a un anciano enfermo. Y hasta tengo ganas de compartir algunos de esos principios en mi Facebook, a ver si otros se suman a mis “reglas de oro”.
Francisco: Me gusta la idea. ¿Y ya tienes algunas para que me compartas?
Gabriel: Sí. Las he ido haciendo como si fueran principios deontológicos o recomendaciones de conducta…
Francisco: Qué más podría esperarse de alguien que le ha gustado siempre la filosofía y la literatura.
Gabriel: Varias de estas reglas de oro están destiladas de lo que he visto y sentido durante estos años acompañando a mi Vieja a consultorios de diferentes especialidades y por historias que me han contado familiares y amigos.
Francisco: Bueno, no le des más vueltas al asunto. Compárteme algunas de esas reglas de oro para los médicos cuando tienen que atender a los ancianos enfermos.
Gabriel: La primera regla de oro la redacté así: “Recuerde siempre que atender a un viejo es custodiar la fragilidad de otro ser humano”.
Francisco: ¡Qué bien dicho! Porque la vejez es esencialmente eso, fragilidad. Y la fragilidad nos hace terriblemente vulnerables.
Gabriel: Esa fragilidad supone, entonces, cambiar el protocolo habitual para un paciente joven o adulto por otro en el que se afiance primero la confianza o se tenga delicadeza para decir las cosas, mandar hacer unos exámenes, apaciguar los temores…
Francisco: De acuerdo, un viejo es muy vulnerable y espera que el médico lo acoja comprensivamente o, al menos, le permita expresar su sufrimiento.
Gabriel: Precisamente, en ese sentido, escribí otra regla de oro: “Antes de examinar al anciano, construya un puente comunicativo cálido y fraterno”. Porque la que vino a ver a mi Vieja, de habilidades comunicativas con personas de la tercera edad, nada de nada. Y por más que mi madre trataba de hablarle o crear cierto vínculo cordial, ella la cortaba o le hacía notar que no le interesaban sus comentarios.
Francisco: Sí, ese es otro punto que mi mamá también ha padecido. He visto médicos poco afables, soberbios y con un malestar contenido porque la paciente no lo entiende o quiere hacerle una pregunta al margen.
Gabriel: Y si a eso le sumamos la hipoacusia de buena parte de los viejos, ya te podrás imaginar la fractura en esa interacción comunicativa. Por eso es tan importante que el médico esté muy atento para saber cuándo debe repetirle asuntos claves de su diagnóstico y, especialmente, de las indicaciones sobre determinada medicación o procedimiento.
Francisco: Oyéndote, y aunque no sea un experto en redactar reglas de oro, a mí se ocurre una que podría quedar así: “Al paciente anciano háblele con claridad, explicándole los tecnicismos y repitiendo cuantas veces sea necesario los procedimientos a seguir y la medicación indicada”.
Gabriel: Para ser la primera, te quedó muy bien… Rubrico tal regla de oro. Se me ocurre otra, derivada de la que mencionaste: “Cuando formule los medicamentos al anciano dimensione los efectos en la salud integral del paciente”.
Francisco: Sí, sí… a veces formulan unas drogas sin ni siquiera revisar la historia de vida del anciano, sus predisposiciones, sus otras dolencias en curso.
Gabriel: Se pierde de vista la totalidad del enfermo y no se aquilata bien la receta con las consecuencias en su calidad de vida.
Francisco: Lo que me extraña es que ellos pueden ahora ver la historia clínica mediante plataformas en su computador, pero llegan sin esos referentes a atender al anciano. Quizá sea por tanto paciente que les toca visitar en un día.
Gabriel: Eso es probable, pero el viejo necesita crear unos lazos emocionales que le den seguridad, así sea por el tiempo de la consulta. Me gustó lo que dijiste hace un momento: el viejo requiere, antes que nada, sentirse acogido por el médico. Que sea algo así como un refugio para sus dolencias; un sitio en el que pueda descargar la pesada maleta de sus largos años.
Francisco: Es que el solo hecho de ir a un consultorio o hacerse unos exámenes ya es de por sí una odisea para un viejo. Por eso hay que mirar al enfermo de manera integral, no por pedacitos…
Gabriel: Recién empecé a reflexionar sobre estas cosas, pensé en una regla de oro general o que sirviera de telón de fondo para las otras. Sería más o menos así: “Tenga presente que la medicina es una profesión de servicio y hace parte de las artes del cuidado”.
Francisco: Servir a otro, cuidar de otro ser humano. Me parece fundamental. A pesar de que algunos galenos piensen que se trata de algo menos altruista o comprometedor.
Gabriel: Y a propósito de las profesiones de servicio, he venido pensado que las labores del médico y el educador tienen cierta semejanza: el primero se encarga de la salud del cuerpo; el segundo, de la salud del espíritu. Y hacen parte de las artes del cuidado, porque la motivación principal está en otro ser que nos interesa, en otra persona que no interpela desde sus dolores o su inexperiencia. En últimas, Pachito, son oficios en los que se desplaza el interés por el yo hacia las demandas de un tú…
Francisco: Te metiste en honduras filosóficas, querido amigo. Pero me animaste a elaborar, de manera provisional, otra regla de oro. Aquí va: “Deje que el anciano, así sea por unos minutos, haga catarsis de sus penas y quebrantos. Antes de cualquier cosa, escuche con actitud empática”.
Gabriel: Subrayo ese aporte. Yo creo que el secreto de una buena consulta médica consiste, esencialmente, en una escucha activa. Y más cuando los que se atienden son ancianos que, en muchas ocasiones, no tienen a quien contarle sus dolores.
Francisco: Tanto del cuerpo como del alma.
Gabriel: A mí me parece que no todos los médicos tienen ese tacto para entrar en relación con los viejos. Es un público para el cual hay que prepararse y al cual no se le puede aplicar el mismo “protocolo” usado para pacientes más jóvenes. Me parece que hay que ajustar o graduar el manejo de las emociones, los sentimientos, la paciencia, la empatía, cuando se interactúa con enfermos de la tercera edad. Hay un campo de saber, la gerontología, en el que se combinan la psicología, la sociología y las disciplinas del cuidado, que hay que conocer y aprender, apropiar y descubrir tanto en sus recurrencias como en sus matices…
Francisco: Sabes que sí, los médicos deberían tener formación en gerontología. Y más si nos tomamos en serio lo que se avecina porque, según leí, la población mayor de 65 años se duplicará en América Latina durante los próximos 25 años…
Gabriel: Viejos, y sin médicos preparados para saber entenderlos y atenderlos.
Francisco: Pero, me dejaste iniciado con las reglas de oro para médicos que atiendan ancianos enfermos. ¿Tienes otras de esas a la mano?
Gabriel: Claro que sí. Escucha ésta a ver cómo te parece: “Cierre su consulta con unas palabras esperanzadoras, recalcando siempre su disposición para atender cualquier eventualidad o indicando qué debe hacer si la dolencia se complica”. La redacté después de ver cómo la médica aquella terminó la consulta con mi Vieja. No hubo ningún mensaje que le levantara el ánimo o que le ayudara a sortear la dificultad por la que estaba pasando. Y lo más grave, no dio información sobre a quién o donde acudir frente a las posibles vicisitudes adversas en la evolución de su enfermedad. Fue una consulta discontinua, que empezó y terminó en ese momento. Después la paciente y sus familiares verán cómo enfrentan lo que sigue. Se cree que con la entrega de la fórmula ya termina el trabajo médico o que su dictamen es tan preciso que no puede albergar complicaciones.
Francisco: Eso que describes, ese acompañamiento al anciano enfermo por parte del médico o de la institución a donde él está adscrito, es algo que también ha pasado a un segundo plano. Se cree que un paciente atendido es igual a paciente curado.
Gabriel: Tengo en remojo alguna regla de oro en la que sea esencial la paciencia comprensiva. Como sabes, Pacho, los viejos son tercos, aferrados a sus hábitos, reiterativos en sus padecimientos… y la mejor manera de sobrellevar tales actitudes o comportamientos es con la paciencia comprensiva. Es decir, poniéndose por un momento en el lugar de esa persona, aumentando nuestra capacidad de tolerancia, siendo más flexibles en nuestro modo de relacionarnos.
Francisco: Además le ayudaría mucho al propio médico para mermarle al estrés y mostrarse solidario con el anciano.
Gabriel: Y por aquí tengo otra regla de oro que debería estar enmarcada y bien visible en todos los consultorios médicos: “Durante la consulta salvaguarde a toda costa la dignidad del paciente”.
Francisco: Esa es una regla de oro que aplica no solo para los viejos enfermos, sino para todos los que hemos padecido tratos indignos, impropios o degradantes.
Gabriel: Totalmente de acuerdo. En todo caso, estos eventos de visita de médicos domiciliarios y consulta a especialistas para mi Vieja me han servido para repensar el sentido de la profesión médica. Aunque también hemos tenido la suerte de encontrar médicos empáticos con una anciana llena de achaques, y algunos más que desde su afabilidad y genuina preocupación por otro ser humano han logrado “darle rostro e historia” a una paciente y ofrecerle una voz de aliento y horizontes esperanzadores.
Francisco: A mí este encuentro me ha servido para conocer de tus actuales preocupaciones y ofrecerte, como siempre, mi abrazo de apoyo.
Gabriel: Gracias, apreciado Pachito.
Francisco: Y me ha quedado una tarea tan retadora como creativa: elaborar otras reglas de oro para médicos que traten ancianos enfermos. Me pondré en esas y te las mandaré a tu correo.
Gabriel: Estaré atento. Salúdame a tu madre. Yo seguiré cuidando de la mía, soportando a estos médicos y médicas que contrarían el juramento hipocrático y esperando encontrar a esos otros galenos que alivian el sufrimiento y mejoran la calidad de vida de las personas. Especialmente, si ya están al final de su ciclo vital.

Luis Carlos Villamil J dijo:
Más del doctor Quiñones
Fue mi pediatra y el de mis hermanos. Nos fascinaba con su acento, hablaba distinto, también con su color, era de Buenaventura. En Bogotá era extraño ver afrodescendientes. Mi madre recordaba con cariño uno de mis imprudentes comentarios infantiles. Nos llevaron al Parque Nacional un domingo. Una orquesta cubana se presentaba los músicos se parecían al doctor, en especial el de las maracas. El lunes tuvimos consulta, mi saludo fue doctor usted también es músico, estaba tocando maracas en el Parque Nacional. Mi madre entró en pánico, «doctor perdone a este niño», le dijo. El doctor quiñones se rio, me abrazó y me dijo: «Luisito si soy músico toco guitarra, pero no soy tan bueno como para tocar en el Parque». Una consulta inolvidable.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario. Más elementos y anécdotas que ayudan a perfilar un médico ejemplar.
Luis Carlos Villamil J dijo:
Con tu escrito de la semana me acordé del doctor Quiñones, el médico de la familia durante mi infancia. Las familias teníamos un médico que atendía los problemas de salud de los niños, los padres, los tíos y los abuelos. Su disponibilidad era muy especial, la consulta domiciliaria era frecuente, el doctor recibía atención especial, se le ofrecía en bandeja de plata con carpeta bordada vino Cherry y galletas. Nos conocía, sabía nuestros nombres, era especial para romper el hielo, generaba confianza, le teníamos respeto y cariño. Era especial con los abuelos.
Son mis gratos recuerdos del doctor Quiñones, un ser maravilloso y ejemplar; uno de nuestros médicos queridos de la vieja guardia, un humanista y un médico. Ahora en nuestras excursiones por las instituciones de salud quisiéramos encontrar (por fortuna los hay) médicos que se apiaden del niño y del viejo porque en esencia, eso somos.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario. ¡Cuánta falta nos hace hoy personas como el doctor Quiñones!, ¡Cuánto habría que aprender de ese médico ejemplar y profundamente humanista!