«La artesanía de la escritura».

Durante mucho tiempo —y excepcionalmente hoy— la figura del corrector de estilo fue determinante a la hora de conseguir un texto escrito de calidad. Los originales al llegar a las manos de esta persona no sólo remediaban problemas de cohesión, concordancia y puntuación, sino que, además, atendían dificultades en la sintaxis o ganaban en precisión semántica. El corrector de estilo era el último filtro en esta labor difícil de escribir bien y con una clara conciencia comunicativa. A medida que el proceso editorial perdió este mediador son más comunes los errores ortotipográficos, al igual que frases repetitivas, desconectadas y llenas de lugares comunes. Cuando todo queda a capricho del autor, de su afán por publicar o de su pereza para realizar enmiendas a su misma escritura, entonces, la figura de ese corrector de estilo es substituida por una hojeada fugaz, sin mayor preocupación por el buen uso del idioma. 

¿Pero por qué hoy no nos parece tan relevante o fundamental acudir a esta “aduana correctiva” en la redacción de textos? En principio, porque las presiones actuales de los medios de comunicación masivos anclados en la velocidad, en atender las urgencias del momento, han ido reafirmando la idea de que no importa cómo se digan las cosas, con tal de opinar en el fragor de la inmediatez. De igual modo ha influido el altísimo narcisismo de nuestra época y la creencia en la autosuficiencia para realizar cualquier actividad, que conduce a no aceptar la ayuda de otra persona para que nos señale omisiones o deficiencias en nuestros escritos, y más cuando se concentra en subrayar las fallas y no tanto en multiplicar los elogios.

Sin embargo, la escritura se cualifica cuando hay otra persona que nos lee de verdad; cuando alguien se toma el tiempo necesario —a veces horas— para mirar el zurcido de nuestros textos. Ese lector atento es el que percibe problemas de coherencia en nuestras ideas, el que advierte fallos en la estructura de los párrafos, el que se da cuenta de una exposición fracturada o pone de manifiesto una flagrante carencia en el uso de algún signo de puntuación. Este lector es fundamental para que la escritura gane en precisión, en claridad, en efectividad comunicativa. Pero, como es de suponer, permitir que otra persona lea lo que escribamos supone dos disposiciones: de un lado, una actitud de apertura mental, de escucha activa, para recibir los comentarios sin molestarse, sin posturas defensivas; sólo así podrá sopesarse lo que dice el lector con lo que se haya escrito. De otra parte, se requiere un talante positivo hacia la imperfección; es decir, una disposición para aceptar que la escritura —en cuanto obra de artesanía y no de inspiración divina— es perfectible, mejorable y, por eso mismo, sujeta a cambios, modificaciones y correcciones permanentes.

Cuando nos cerramos a la opinión del lector cualificado, cuando consideramos que nuestro primer impulso de escritura ya es el texto definitivo, terminamos acudiendo al amigo o colega que nos elogia sin habernos leído o a esas otras personas que pasan las hojas de nuestro texto, dicen algunas generalidades y se ponen a hablar de cualquier asunto. La escritura se enriquece mediante el aporte de otros ojos que, a diferencia de los nuestros, vean como nuevo el escrito que les presentamos; que no estén tan familiarizados con el contenido como para seguir de largo por los diferentes párrafos. De allí la importancia de asesorarse de un corrector de estilo o, en su defecto, tomarse muy en serio las observaciones y anotaciones puntuales que nos hace un profesor al devolvernos lo que escribimos o, si hay suerte, cultivar a algún lector cualificado que, desde una complicidad fraterna, nos indique dónde encuentra imprecisiones notorias, supuestos que dejamos al garete, cacofonías innecesarias o la exposición de ideas atropelladas que resultan muy confusas. 

Y si carecemos de todas esas personas que nos puedan colaborar, si no hay visores de calidad para leernos con juicio, lo aconsejable es aprender algunas estrategias de autocorrección usadas por lo escritores expertos. Señalaré sólo un sexteto de ellas, advirtiendo que en mi libro Escritores en su tinta, podrán ampliarse y corroborarse con un grupo amplio de ejemplos.

Una primera estrategia es la relectura continua de lo que vamos escribiendo. Una vez redactamos una línea, antes de lanzarnos a escribir la segunda idea, es necesario leer y releer lo primero que consignamos. Y si ya vamos a iniciar el segundo párrafo, es fundamental leer completo el anterior. Varias veces. Este ejercicio no solo ayuda a mantener la continuidad en lo que vamos diciendo, sino a descubrir falencias o repeticiones y a ir encontrando la puntuación más indicada. Cuando el texto empieza a crecer, cuando ya pasa las tres páginas, lo más aconsejable es imprimir el documento, y tenerlo a la mano para leerlo todo, en más de una ocasión.

La impresión de lo que vamos escribiendo sigue siendo otra de las más efectivas estrategias para cualificar lo que redactamos. El ojo metido dentro de los márgenes de una pantalla no observa lo mismo que si puede revisar y manipular al mismo tiempo las distintas hojas de un escrito. La visión de conjunto, de totalidad, es fundamental para apreciar la estructura global del texto y evitar concentrarse únicamente en uno o dos párrafos. Es recomendable apostillar ese texto impreso, poner a mano las enmiendas que vayan apareciendo y no mostrarse compasivo —tachar si es necesario— con aquellas líneas insustanciales o con esas otras que, por estar tan mal redactadas, ameritan una nueva organización y no un arreglo superficial. A partir de esas correcciones realizadas a mano sobre el texto impreso se puede volver al documento que vamos redactando en el computador, incorporar los nuevos ajustes y avanzar en el proceso de escritura. Después de otras tres páginas es bueno repetir las acciones mencionadas y releer la totalidad de lo ya elaborado. Insisto en esta estrategia porque gran parte de los errores de estructuración de un escrito se deben a la focalización cerrada de la pantalla, a esas anteojeras que nos privan de la panorámica del conjunto.

Salta a la vista que para escribir con cierta calidad es indispensable elaborar varias versiones del mismo texto. No es asunto de superponer pequeñas modificaciones a un mismo documento, o de conformarse con cambiar un término o de incluir una corta línea. El sentido de este recurso parte de un hecho: trabajar sobre diferentes versiones permite explorar en nuevas perspectivas de organización, en totalidades textuales que respondan a determinada autonomía interna. Numerar cada versión, poderlas comparar, contribuye también a descubrir lo que se va ganando a medida que avanzamos, a repasar y comprobar cuándo una idea gana en profundidad o hacer evidentes apartes que siguen “flojos” o párrafos que merecen trabajarse más. En últimas, mediante el cotejo de esas versiones se lograr ir aprendiendo lo que significa escribir.

Una cuarta estrategia consiste en utilizar diversos colores o marcadores que permitan distinguir diferentes aspectos de una temática o del modo como se desarrollan en el escrito diversas líneas de argumentación. Resaltar sobre el escrito esos hilos organizativos del texto ayuda a visualizar dónde se cortó una exposición, en qué parte es necesario suturar o coser un vínculo expositivo y constatar de qué forma podrían armonizarse las distintas partes con lo medular del conjunto. Al subrayar con diversos colores será más fácil identificar si aquello que prometemos al inicio de nuestro texto sí logra cumplirse, al igual que descubrir párrafos sueltos o puestos sin articularse con una línea argumentativa central. Acostumbrarse a realizar este subrayado discriminador sobre lo que vamos escribiendo rinde grandes beneficios para la consistencia del escrito y es una garantía de comunicabilidad hacia el posible lector.

Someter la propia escritura al espíritu crítico y el examen basado en evidencias resulta muy útil para quienes albergan el deseo de superar permanentemente su producción escrita. En este caso se trata de pasar de una dinámica anclada en la redacción a otra soportada en el ojo analítico y valorativo. Las evidencias, por supuesto, están en las diferentes secciones del texto que nos sirve de motivo para la lectura. Examinar con detalle lo que redactamos, haciendo realmente un ejercicio metacognitivo, es un indicador del compromiso o responsabilidad con que asumimos la labor de escribir y del alto nivel comunicativo con que adelantamos dicha tarea. Este recurso de autocorrección es un buen remedio para “desinflar el ego de la redacción inmediata” y dejar a un lado —en observación— las genialidades complacientes.

Redactar siempre pensando en un posible lector es la sexta de las estrategias de autocorrección de la escritura. Al redactar un texto pensando en otra persona que lo va a leer hace que salgamos de nuestro mundo cerrado y autorreferencial y busquemos maneras de elaborarlo más interpelativo, más legible, más “amigable”. Porque tenemos en mente a un posible lector es que pensamos alternativas de organización de los párrafos, usamos diferentes tipos de letra, nos valemos de subtítulos o usamos con sumo cuidado los conectores lógicos. Esa presencia del futuro lector contribuye a que no nos perdamos entre cavilaciones gratuitas, abusemos de la jerga especializada o convirtamos el escribir en un espejo de palabras para nuestra vanagloria solitaria. La conciencia de saber que escribimos para un lector nos lleva a comprender que las ideas pueden expresarse de diferente forma y que, en esa medida, hay mejores maneras de decir las cosas. Y que escribir, en últimas, consiste en buscar esas vías más idóneas para comunicar un mensaje a otro ser humano.

Con lo dicho hasta aquí espero haber mostrado la necesidad de que cualquier escritor —al menos una vez— se permita someter sus textos a los comentarios de un corrector de estilo.  Los beneficios serán valiosos y ejemplarizantes. Y si hay resistencias interiores o inseguridades a que otra persona critique lo que se ha escrito, al menos necesitamos volver habitual algunas de las estrategias de autocorrección arriba expuestas. Lo que debemos evitar cuando escribamos son las prácticas de expresión a la deriva, de redactar sin corregir, de usar las palabras de cualquier manera y jactándonos de nuestros desatinos o nuestra modorra artesanal.