«El alma de la rosa» de John William Waterhouse.

Andrés: Para hablar de las rosas, para iniciar esta tertulia a la que nos convocaste, estimado Eugenio, voy a empezar entonando un poema de Jorge Luis Borges, titulado así: “La rosa”.

“La rosa,

la inmarcesible rosa que no canto,

la que es peso y fragancia,

la del negro jardín en alta noche,

la de cualquier jardín y cualquier tarde,

la rosa que resurge de la tenue

ceniza por el arte de la alquimia,

la rosa de los persas y de Ariosto,

la que siempre está sola,

la que siempre es la rosa de las rosas,

la joven flor platónica,

la ardiente y ciega rosa que no canto,

la rosa inalcanzable”.

Eugenio: “La que siempre está sola”, la inalcanzable rosa. Una magnífica elección y un buen punto de partida para nuestro coloquio vespertino. Los he invitado a hablar sobre la rosa, entre otras razones por ser mayo el mes que tradicionalmente se asocia con el amor, por la abundancia de regalos florales que damos o recibimos y por el mero gusto de reencontrarnos a partir de un motivo literario. Gracias por aceptar mi invitación.

Edgar: Me siento feliz de ver rostros amigos y haber tenido la oportunidad de revisar a poetas conocidos, como Rainer María Rilke:

“Te miro, rosa, libro entreabierto,

que tantas páginas contiene

de gozo detallado,

que nadie ha de leerlo nunca, Libro-mago,

 

se abre al viento y puede ser leído

con los ojos cerrados…,

salen de él mariposas confundidas

de haber tenido idénticas ideas”.

Eugenio: Esa asociación entre los pétalos de la rosa y las páginas de un libro me resulta imaginariamente precisa. Yo recuerdo de Rilke su epitafio, que él mismo escribió en su testamento y que resume bien la belleza y el misterio de esta flor:

“Rosa, contradicción pura,

placer de no ser sueño de nadie

entre tantos párpados”.

Mónica: Celebro también este reencuentro. Yo hallé un poema que, si bien no está centrado en la rosa, habla del sentido profundo de las flores. Es del poeta portugués José Sobral de Almada Negreiros…

“Se le dice a un niño: ¡Dibuja una flor! Se le da lápiz y papel. El niño va a sentarse al otro extremo de la habitación, en donde no hay nadie. Pasado algún tiempo, el papel está todo lleno de rayas. Unas en una dirección, otras en otra; unas más gordas, otras más finas; unas trazadas con soltura, otras con dificultad. El niño ha puesto tanta vehemencia en algunas rayas que el papel por poco se rompe. Otras eran tan delicadas que el sólo peso del lápiz resultaba excesivo.

Después, el niño viene a enseñar esas rayas a las personas mayores: ¡una flor!

Las personas mayores no encuentran esas rayas parecidas a una flor.

Si embargo, la palabra flor ha andado dando vueltas en el interior del niño, de la cabeza al corazón y del corazón a la cabeza, en busca de las rayas con que se hace una flor, y el niño ha puesto en el papel algunas de esas rayas o tal vez todas ¡Quizá las haya puesto fuera de su sitio, pero son esas las rayas con que Dios hace una flor!”

Eugenio: Es indudable que la literatura está llena de coincidencias. Lo que decía hace un momento el poeta portugués se asemeja a lo expuesto en El Principito. Las personas mayores, las que se sienten mayores, nunca entienden el dibujo o los garabatos de un alma inocente. Mucho menos pueden apreciar la hechura de una flor y, sería casi imposible para ellas, captar la esencia de una rosa.

Edgar: Yo leí que la rosa simboliza el desarrollo espiritual, la regeneración, la fecundidad y la pureza. La rosa es logro absoluto, perfección, centro místico. Se la asocia con el corazón, con el sexo femenino, con la mujer amada.

Andrés: En la historia del cristianismo la rosa ha tenido diversos simbolismos: la caridad, la piedad, el perdón universal, el amor divino, el martirio y la victoria. La castidad de la virgen María se identifica con la rosa blanca; la rosa roja es el símbolo de la caridad y del martirio que brotó de las gotas de sangre de Cristo en el Calvario.

Edgar: Para los griegos era una flor muy apreciada; tejían coronas de rosas y con ellas adornaban a los comensales en los banquetes. En la Roma antigua era el símbolo de la victoria, del orgullo y del amor triunfante. También era la flor de Venus, la diosa del amor.

Eugenio: Según leí, cuando Venus nació de las espumas del mar quiso dar una prueba de su poder y, para ello, ideó crear algo perfecto y hermoso como ella; y mientras las últimas gotas de agua resbalaban por su blanquísima piel, surgió del seno una flor maravillosa: una rosa blanca. Venus la escogió como su flor y se adornó con ella, sin permitir que ninguna mujer tuviera otra semejante. Pero Baco se acercó a la Venus y dejó caer de su copa una gota de vino tinto; al caer sobre el seno de la bellísima diosa esta gota de vino tiñó la rosa y le confirió la fascinación de su color.

Andrés: Otros mitos atribuyen el color rojo de las rosas a la leyenda de Venus y Adonis. Porque cuando Venus supo de la muerte de su amado Adonis, por culpa del jabalí, salió corriendo en su búsqueda. Pero al pasar por un rosal de rosas blancas, las espinas hirieron su cuerpo. Fue su sangre la que tiñó de rojo escarlata las antiguas rosas blancas.

Eugenio: ¡Otra coincidencia literaria! Precisamente, revisando una antología de poesía francesa, hallé un poema de Clément Marot que recoge este mito. En una de sus estrofas dice:

“Venus un día tras de su Adonis iba

por un jardín de espinos y de ramas

con pies desnudos e inmaculados brazos,

y de un rosal hirióse con la espina:

eran entonces todas las rosas blancas,

mas con su sangre volviéronse encarnadas”.

Edgar: Son variadas y múltiples las leyendas asociadas a la rosa. En la antigua Inglaterra se afirmaba que las rosas eran las gotas de sangre de Jesucristo y la Virgen misma se la asociaba con esta flor. De allí la creencia de que ni las brujas ni los poseídos podían oler el aroma de las rosas y que los hombres lobo, al momento que tocaban el escaramujo o rosal silvestre, inmediatamente volvían a asumir la forma humana.

Andrés: Vuelvo con Jorge Luis Borges que tanto escribió sobre la rosa. “La rosa amarilla”:

“Ni aquella tarde ni la otra murió el ilustre Giambattista Marino, que las bocas unánimes de la Fama (para usar una imagen que le fue cara) proclamaron el nuevo Homero y el nuevo Dante, pero el hecho inmóvil y silencioso que entonces ocurrió fue en verdad el último de su vida. Colmado de años y de gloria, el hombre se moría en un vasto lecho español de columnas labradas. Nada cuesta imaginar a unos pasos un sereno balcón que mira al poniente y, más abajo, mármoles y laureles y un jardín que duplica sus graderías en un agua rectangular. Una mujer ha puesto en una copa una rosa amarilla; el hombre murmura los versos inevitables que a él mismo, para hablar con sinceridad, ya lo hastían un poco:

Púrpura del jardín, pompa del prado.

Gema de primavera, ojo de abril…

Entonces ocurrió la revelación. Marino vio la rosa como Adán pudo verla en el paraíso y sintió que ella estaba en su eternidad y no en sus palabras, y que podemos mencionar o aludir, pero no expresar, y que los altos y soberbios volúmenes que formaban en un ángulo de la sala una penumbra de oro no eran (como su vanidad soñó) un espejo del mundo, sino una cosa más agregada al mundo.

Esta iluminación alcanzó Marino en la víspera de su muerte, y Homero y Dante la alcanzaron también”.

Eugenio: Es indudable que en el espacio poético es donde la rosa ha sido cantada y tenido su mayor despliegue imaginario. Por momentos, asimilándola a la belleza o a la mujer y, en otros, relacionándola con la brevedad de la lozanía o el tiempo instantáneo. La rosa ha mantenido para los poetas un misterio perenne. Por ejemplo, este soneto de Góngora que me parece maravilloso:

“Ayer naciste, y morirás mañana.
Para tan breve ser, ¿quién te dio vida?
¿Para vivir tan poco estás lucida,
y para no ser nada estás lozana?

Si te engañó tu hermosura vana,
bien presto la verás desvanecida,
porque en tu hermosura está escondida
la ocasión de morir muerte temprana.

Cuando te corte la robusta mano,
ley de la agricultura permitida,
grosero aliento acabará tu suerte.

No salgas, que te aguarda algún tirano;
dilata tu nacer para tu vida,
que anticipas tu ser para tu muerte
”.

Mónica: Es como una reflexión lírica sobre la vanidad de la belleza, sobre el engaño que posee la belleza.

Edgar: O sobre el destino de la belleza: la lozanía será desvanecida por el tiempo. La lozanía está signada por el tiempo.

Mónica: Sí, eso:porque en tu hermosura está escondida
la ocasión de morir muerte temprana”.

Eugenio: Yo creo que los poetas le cantan a la rosa porque ella representa al mismo tiempo la cara y el envés del anhelo artístico. La rosa como el poema buscan perdurar. El poeta quiere asir la forma perfecta, pero es imposible alcanzarla. Eso lo describió bien Rubén Darío, el poeta nicaragüense: “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, botón de pensamiento que busca ser la rosa…” Algo semejante pensaba Rilke, en uno de sus Sonetos a Orfeo:

“Oh tú entronizada rosa, para los antiguos
eras un cáliz de borde sencillo.
Para nosotros eres la flor plena e infinita,
un objeto inagotable.

En tu riqueza luces vestido sobre vestido
alrededor de un cuerpo hecho tan sólo de esplendor;
pero a la vez cada uno de tus pétalos
es como un negar y rehusar todo ropaje.

A través de los siglos nos llega tu perfume,
llamándonos con sus nombres más dulces;
de pronto descansa como un loor en el aire.

Pero no lo sabemos nombrar, lo adivinamos…
Y va a incorporarse a él el recuerdo
que suplicamos en las horas de evocación”.

Andrés: La rosa es ante todo ambigüedad, seducción que encanta por ser intocable. La rosa encarna la forma perfecta; es decir, aquella se desvanece antes de serlo; la que oculta los pliegues que la delimitan. La rosa fascina en su aletargado despertar que retiene para sí un espacio de penumbra vacía. La rosa fascina al poeta por ser una flor pudorosa, por insinuar ocultándose.

Edgar: Yo encontré un poema de Miguel de Unamuno que compara la rosa con la luna.

“En el silencio estrellado
la Luna daba a la rosa
y el aroma de la noche
le henchía –sedienta boca–
el paladar del espíritu,
que adurmiendo su congoja
se abría al cielo nocturno
de Dios y su Madre toda…

Toda cabellos tranquilos,
la Luna, tranquila y sola,
acariciaba a la Tierra
con sus cabellos de rosa
silvestre, blanca, escondida…
La Tierra, desde sus rocas,
exhalaba sus entrañas
fundidas de amor, su aroma …

Entre las zarzas, su nido,
era otra luna la rosa,
toda cabellos cuajados
en la cuna, su corola;
las cabelleras mejidas
de la Luna y de la rosa
y en el crisol de la noche
fundidas en una sola…

En el silencio estrellado
la Luna daba a la rosa
mientras la rosa se daba
a la Luna, quieta y sola”.

Mónica: ¿La rosa y la luna se emparentan por estar solas?, me pregunto. ¿O es que la luz de la luna se asemeja al aroma de la rosa?

Eugenio: Es una unión mística; el cielo y la tierra fundidos en un solo cuerpo. Pero el encuentro de la luna y la tierra se hace patente a través de la rosa. La luz es un aroma que todo lo inunda; el aroma, otra luz que todo lo impregna. Dos cuerpos lejanos tan sedientos como necesitados. Y lo más sutil del poema reside en que ese encuentro se da en silencio; es una fusión secreta, escondida, nocturna.

Andrés: Oscar Wilde, en su cuento El ruiseñor y la rosa, explora en el costo de tener una flor perfecta para trocarla por el amor. “Ella bailaría conmigo si le llevara una rosa roja! Pero, no hay rosas rojas en el jardín…” El problema es dónde encontrar un ruiseñor que se sacrifique por hallar esa rosa roja, “porque solo la sangre de un ruiseñor puede colorear el corazón de una rosa”. Es un cuento que habla de la belleza, de la inutilidad del sacrificio, de la muerte y de la variabilidad de lo femenino.

Eugenio: La rosa y la muerte guardan una secreta relación. Encontré un poema de William Blake, titulado “La rosa enferma” que recoge esta hermandad entre la rosa y la muerte.

“¡oh, rosa, estás enferma!

El gusano invisible

que vuela en la noche,

en la furiosa tormenta,

ha descubierto tu lecho

de alegría carmesí;

y su amor, oscuro y secreto,

destruye tu vida”.

Edgar: Es indudable que la rosa alberga dentro de sí los opuestos. Por eso Rilke decía que la rosa era contradicción pura; porque en ella se aúnan el florecer y el marchitarse. Y esa contradicción se da en el instante. La rosa es lo contrario a la duración: la rosa es del instante. La rosa no tiene memoria, porque ella misma es fugacidad.

Andrés: Pero a pesar de esa fugacidad, cada quien desea conservar una rosa. Revisando algunos poemas para este encuentro descubrí que Borges quería guardar la postrera rosa que el poeta Milton, acercó a su cara, sin verla; y César Vallejo, el peruano Vallejo, anhelaba retener la rosa blanca, la rosa náufrago ataúd.

Eugenio: Sí, cada quien desea conservar una rosa en particular. Como aquella rosa especial mencionada en El Principito. Antoine de Saint-Exupéry, explica muy bien ese vínculo que establecemos con una determinada rosa: “El tiempo que perdí por mi rosa hace que mi rosa sea tan importante… Vosotras, rosas, no sois en absoluto parecidas a mi rosa. No sois nada aún. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois bellas, pero estás vacías… No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que es ella la rosa que he regado. Puesto que es ella la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres que se hicieron mariposas). Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aún algunas veces, callarse. Puesto que ella es mi rosa”.

Mónica: Ese capítulo del libro lo he leído muchas veces. La rosa me parece que allí simboliza el sentido profundo del amor; que es cuidado, que es elección y conservación, que es protección y escucha de otro ser. La rosa se vuelve importante para una persona en la medida que le dedica tiempo, en que se preocupa por su bienestar y salvaguarda.

Edgar: En mi búsqueda de textos para esta tertulia encontré un poema de Pablo Neruda, que es una “Oda a la rosa”. Lo que más me llamó la atención es un apartado en que el poeta imagina el modo como la rosa elabora su perfume, su color. Escuchen:

“Rosa obrera,

trabajas

tu perfume,

elaboras

tu estallido escarlata o tu blancura,

todo el invierno

buscas en la tierra,

excavas

minerales,

minera,

sacas fuego

del fondo

y luego

te abres,

esplendor de la luz, labio del fuego,

lámpara de hermosura”.

Eugenio: Qué capacidad de Neruda para entrever realidades profundas a partir de cosas evidentes. Qué imagen tan vigorosa esa de asociar el color de la rosa como el resultado de un trabajo de minería de la flor, como una excavación profunda a las entrañas de la tierra.

Mónica: Y lo más admirable es que, luego, ese encendido fuego se abre a los demás… como “una lámpara de hermosura”.

Andrés: No deja de sorprenderme la riqueza mitopoética que hemos hallado de esta flor. La rosa, hija del rocío que nació de la sonrisa de Eros o cayó del cabello de Aurora, diosa del alba, cuando se peinaba… La rosa mística, la cantada por Dante, la que simboliza el Paraíso, la rosa del amor divino.

Eugenio: Así es, apreciado Andrés. La tertulia nos ha permitido indagar y escuchar historias y leyendas, leer poemas y fascinarnos con la figura de la rosa. Deseo ir cerrando nuestro encuentro de esta tarde con un poema de un poeta victoriano inglés que asocia la rosa con el misterio. Se trata de Ralph Hodgson y su poema se titula, precisamente, así: “El misterio”:

Vino, me tomó de la mano

y me llevó a un rosal de flores rojas;

se guardó Su secreto,

pero me dio una rosa.

 

Aunque no le rogué

que llegara a mostrarme

Su misterio.

Ya me era bastante

aspirar en aquella rosa el Cielo

y ver Su propia cara”.

Edgar: Yo no quisiera terminar nuestro coloquio sin darte las gracias a ti Eugenio y a Mónica y Andrés que trajeron para compartir todas esas “joyas literarias”. Mi espíritu se va enriquecido. Y deseo aportar un poema más, un corto texto de Juan Ramón Jiménez que sintetiza la esencia de la rosa a la par de la fugacidad de la belleza:

“¡No le toques ya más,

que así es la rosa!”