Ilustración de Pawel Kuczynski.

De cara a la llamada “polarización” política en nuestro país y de las continuas agresiones y conflictos provocados por el fanatismo o los extremismos ideológicos, he vuelto a meditar sobre el papel de las creencias en la vida cotidiana y del uso tendencioso que hacen las redes sociales para exacerbar las pasiones.

Un primer aspecto a dilucidar –olvidado con facilidad– es que la creencia reconoce como verdadera o le concede toda validez a una opinión que no ha sido comprobada ni verificada. El conocimiento de la creencia es superficial, basado en ideas comunes, en prejuicios o en impresiones de esas que Francis Bacon agrupaba bajo la denominación de “los ídolos de la caverna”. Y por proceder de esta manera, por moverse sobre nociones o impresiones, la creencia es proclive a exagerar, a inventar o a echar mano de la imaginación y la fantasía. Si no fuera así, no existirían las leyendas y los mitos. Pero una cosa es el papel loable de las creencias en el mundo de la ficción, y, otra, bien diferente, el proceder de las creencias cuando se trata de las ideologías, especialmente políticas. En este caso, se vuelven un terreno fértil para la demagogia, el odio al contradictor y para azuzar las pasiones masivas. Los partidos políticos saben que los extremismos, la calumnia, la mentira, son buena semilla para el terreno de las creencias; y porque conocen esa parcela de “verdades no discutibles” utilizan formas y medios masivos para convertirlas en punta de lanza de la opinión pública.

De otra parte, las creencias son ideas infundadas o, por lo menos, “transmitidas” por otros, ya sean familiares, educadores, medios masivos de información o “influenciadores” de todo tipo. En esta perspectiva, las creencias son aceptadas por una adhesión afectiva, de autoridad o de fe. Y dependiendo de quién sea la “fuente” o “iniciador” en determinadas creencias así será su profundidad, el grado de confiabilidad o el tipo de adhesión establecida. Dicho de otra manera: no nacemos con creencias, sino que, dependiendo del tipo de crianza, educación y socialización, se va conformando o consolidando una constelación de ideas consideradas como ciertas, sin prueba de verificación y que, de forma inconsciente, adoptamos como propias.   

Por supuesto, las creencias parten de una confianza en otros, de cierto asentimiento a lo que alguien a bien tiene enseñarnos, contarnos o informarnos. En este sentido, asumir ciertas creencias es poner nuestra mente o nuestro espíritu en actitud de “fidelidad” o “afiliación” a esa persona, credo, ideología o partido que ha servido de emisor o semilla de unas ideas. De allí por qué, especialmente en el espacio religioso, las creencias se identifiquen con la fe o con la aceptación de “dogmas” incuestionables. La “devoción” o entrega irreflexiva a un líder, minimiza sus errores o, lo que resulta más grave, para cualquier espacio de convivencia social, convierte sus consignas en mandatos inapelables, en órdenes de conducta ciega o desaforada. La consecuencia, desde luego, es la irritación de los ánimos y la obcecación de la mente: los que no comparten las mismas creencias se convierten en adversarios sospechosos, en enemigos acérrimos o en personas destinadas al menosprecio, el ultraje o la flagrante indignidad.

Salta a la vista que tener algunas creencias es apenas necesario para darle sentido al mundo que vivimos y hacernos una representación “posible” de la realidad. Si no confiáramos en una constelación de ideas consideradas como ciertas difícilmente podríamos compartir una vida social, establecer relaciones afectivas o comerciales de largo aliento, aliarnos para avizorar proyectos y fraguar utopías, o consolidar un repertorio de convicciones personales que terminan transformándose en rasgos distintivos de nuestra identidad. Ese no es el problema con las creencias. Lo complicado empieza cuando dotamos a esas creencias de los atributos de la verdad absoluta o las convertimos en banderas dogmáticas, extremistas y sectarias. La dificultad es teñir esas creencias con el tinte del fanatismo, y convertirnos en “idiotas útiles” de intereses ajenos o en crédulos defensores de amañadas percepciones. Porque, así estemos ahítos de convencimiento de nuestras creencias –y más aún si se refieren a tendencias políticas–, no podemos perder el espíritu de sospecha sobre lo que nos dicen o nos cuentan los medios masivos de información, sobre los mensajes incendiarios de las redes sociales, sobre el chisme tendencioso del colega de trabajo. Si perdemos el filtro de la “lectura crítica” a los mensajes circulantes, si nos ponemos la venda del idólatra intolerante perderemos la capacidad de análisis, la posibilidad de ver los matices de la realidad y la oportunidad de descubrir fisuras o falencias en nuestras creencias más arraigadas.

Aferrarse obstinadamente a unas creencias, volverlas un pasaporte para integrarse o segregar a otros, termina siendo una gran limitación para cualquier persona. No es bueno para los seres humanos reducir su mente a la burbuja de unas pocas ideas consideradas como verdades incontrovertibles. La historia misma nos ha dado pruebas de cómo determinadas creencias dadas por ciertas en un momento fueron consideradas después flagrantes errores, y nos ha mostrado también las consecuencias que ha tenido para la humanidad querer imponerlas a la fuerza o mediante la estigmatización o el exterminio. Las creencias necesitan escrutinio permanente; no podemos dejar que ellas aniden acríticamente en nuestro corazón. Y si en verdad nos interesa abogar por una sociedad más inclusiva, más participativa y democrática, con mayor razón tendremos que aceptar la provisionalidad de nuestras creencias, su fisonomía sesgada y su frágil consistencia argumentativa.

No debemos olvidarlo: las creencias son ideas o pensamientos que asumimos como verdaderas, pero que no lo son, o parecen serlo parcialmente. En consecuencia, ni debemos darles total crédito, ni esparcirlas por las redes sociales como anatemas llenos de odio, ni sucumbir a la propaganda que de ellas hacen los políticos ladinos y los embaucadores de conciencias incautas e insensatas.