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1
“Murmuran que hablo muy poco
alma los que nada saben
de nuestros largos coloquios”.
Miguel Hernández
“A mi alma”.
A veces nuestros silencios no son más que la cáscara del ensimismamiento. Y si nos negamos a hablar es porque no queremos interrumpir esa otra conversación que tenemos con nuestra alma. La parquedad o el mutismo protege las voces de nuestra conciencia y evita que perdamos la atención sobre asuntos que nos preocupan, nos atormentan o que tienen la forma de presentarse como preguntas inquietantes. ¡Cuánto tiempo necesitamos para establecer ese diálogo con nosotros mismos! ¡Y cuánto más para comprender lo que allí decimos de manera silente! En muchas ocasiones, cuando se pierde la confianza en los más cercanos, o cuando los problemas acuciantes atenazan la garganta y multiplican la desazón del espíritu, nos queda la posibilidad de establecer ese coloquio interior, ambientado por el silencio o por el compás de nuestro caminar sin rumbo determinado. Entonces, nos hablamos sin cortapisas, nos decimos lo que nos duele o nos preocupa y, al mismo tiempo, percibimos lo que nuestro propio pensamiento replica o nos cuestiona. Es posible que este diálogo solitario alivie el alma u ofrezca salidas a nuestras dificultades; o que nos ayude a sobrellevar mejor la avalancha de nuestras pesadumbres.
2
“Oh Dios. Tú que nos has hecho
para morir, ¿Por qué nos infundiste
la sed de eternidad que hace al poeta?”.
Luis Cernuda
“Las ruinas”.
Si tuviéramos la humilde resignación para aceptar nuestra finitud sin decir nada, dóciles al paulatino deterioro de nuestro ser, todo sería más fácil de entender o soportar. Sin embargo, en nuestro espíritu –terco él– ansiamos que la felicidad continúe, que el amor no se canse, que nuestras limitadas manos puedan tocar las estrellas. El dramatismo nuestro reside en esa condición de ser finitos y, al mismo tiempo, tener un corazón con sed de eternidad. Racionalmente entendemos que tenemos que morir y, sin embargo, nuestro apasionamiento irreflexivo siente que esos límites pueden traspasarse con sólo pronunciar unas palabras o alargando los momentos dichosos. Tal dramatismo se hace más intenso, más hondo, cuando quien lo padece es el poeta. Porque con la misma intensidad con que siente el palpitar del mundo o el comportarse de las personas, en esa misma proporción termina siendo afectado, conmovido, o llevado al ensimismamiento. Al haber preparado su alma para lograr captar la “esencia” de los seres y las cosas, para adivinar incluso su secreto palpitar, el poeta tiene un umbral mayor de resonancias íntimas, de afectación emocional. La sensibilidad exacerbada del poeta hace más drástico ese destino ineluctable de los hombres. Y si bien reconoce su condición de ser polvo deleznable, no deja por ello de salvaguardar en su pecho la sed de infinito.
3
“Corta la vida o larga, todo
lo que vivimos se reduce
a un gris residuo en la memoria”.
Ida Vitale
“Residua”.
Lo vivido produce un aserrín, un residuo que vamos almacenando en nuestra memoria. ¿Qué nos queda de todas las experiencias que hemos tenido, si no lo que salvamos a manera de recordación o permanece reverberando en nuestra mente? De allí que el significado o la valoración de una existencia dependa, en gran parte, de su pregnancia en la memoria, del grado de profundidad en el pozo de las remembranzas. Lo vivido adquiere densidad en la medida en que podemos evocarlo o hacerlo nítido en nuestro presente; y es más importante si, a pesar de nuestros años, sigue intacto en sus pormenores y particularidades. Por supuesto, a la par que envejecemos algunos hechos y personas, determinados acontecimientos pierden su irradiación novedosa y empiezan a adquirir una pátina claroscuro, semejante al barniz de los objetos antiguos. Tal opacidad no los hace menos importantes; por el contrario, les otorga una majestad o un encanto especial por ser portadores de las claves de nuestra propia historia. Recordar, en consecuencia, es darle lustre a ese mobiliario personal, limpiarlo del polvo del olvido, abrirle ventanas testimoniales para que entre el aire refrescante de lo memorable.
4
“Mas los que no volvieron viven más hondamente,
los muertos viven en nuestras canciones”.
Aurelio Arturo
“Rapsodia de Saulo”.
Si bien los que ya no están con nosotros –especialmente los más queridos– parecen desaparecer de nuestra vida, en verdad permanecen en relatos que contamos sobre ellos, en anécdotas traídas a colación en situaciones inesperadas, en frases que parecen condensar su legado de sabiduría. Y, si hay talento, esos muertos reviven a través de la alquimia de las formas del arte; renacen por un pincel, una fotografía, una escultura, una canción o un poema. Y al ver sus rostros ya fallecidos, apreciar una película sobre su existencia o devolverle su fisonomía y su carácter a través de un cuento o unos versos, nos damos cuenta de que su presencia es mayor de lo que pensamos; que tienen una consistencia atemporal o que pueden habitar diferentes espacios. Nuestras evocaciones los hacen revivir, los ponen de nuevo a deambular a la par de nuestra cotidianidad y parece que nunca han partido del hogar de nuestros afectos. Tal vez todo se explique por la consistencia imantada del corazón de los hombres que sigue atrayendo hacia sí todas las partículas del afecto que alguna vez estuvieron pegadas o vinculadas con su ser.
5
“Moneda que está en la mano
quizá se deba guardar;
la monedita del alma
se pierde si no se da”.
Antonio Machado
“Consejos”.
Nuestras riquezas –pocas o muchas– merecen toda la sensatez para no dilapidarlas o malgastarlas en cualquier cosa innecesaria. Saber ahorrar nuestras monedas con perspectiva previsiva, es un consejo de antiquísima sabiduría. Pero, algo diferente ocurre con los bienes de nuestra alma, con nuestros afectos o nuestros sentimientos: si no los compartimos, si no podemos darlos a otros, terminarán perdiendo su valor o, lo más doloroso, herrumbrándonos el espíritu. Ofrecer nuestro afecto, darlo a manos llenas, multiplicar nuestra capacidad de abrazar es una forma de airear la interioridad, de no dejarla que se convierta en agua infecta, amargada y ponzoñosa. Lo que oxigena el alma es nuestra capacidad de albergar a otros seres, de propiciar vínculos, de disponernos en situación de acogida o de franca solidaridad. Tal movimiento de ir con apertura hacia los otros, el cuidado constante hacia la alteridad, es lo que aumenta los caudales de nuestro interior. Dos monedas tenemos en nuestros haberes: una, nos enconcha para la reserva y el desinterés ajeno; otra, nos hace abrir las manos, yendo hacia quien percibimos con rostro de necesitado. Si sólo pensamos en guardar, si la cicatería y el egoísmo rigen nuestras relaciones humanas, con toda seguridad perderemos las riquezas que traen consigo la filantropía y la generosidad.
6
“Si no la infancia, ¿qué había entonces allí que no hay ahora?”.
Saint-John Perse
“Para celebrar una infancia”.
Sabemos, por supuesto, que nuestra infancia ya hace parte del pasado; que la vivimos o disfrutamos a plenitud con esa libertad que se asemeja mucho al divagar del viento. Juegos y algarabía, aventuras y ojos exploradores, ocio infinito compartido con amigos y mascotas y empleado devotamente en odiseas solitarias, todo ello hace que esta etapa de la vida se impregne de manera indeleble en nuestra memoria. Y aunque ya esté lejana en el tiempo, lo cierto es que permanece en nosotros como una reserva de felicidad. La infancia es como una patria del espíritu a la que volvemos siempre, una tierra rebosante de fertilidad, un árbol majestuoso que, además de cobijarnos, nos permite encontrar las raíces de lo que en verdad somos. Lo más común es que al volver a aquellos ambientes de nuestra infancia, ya no estén ni las personas que nos cuidaron ni los escenarios frecuentados por nuestros pequeños pies; sin embargo, al caminarlos, verlos en una fotografía o evocarlos de nuevo con nuestra imaginación, recuperan su radiante plenitud, abren otra vez su esplendor de vida en alborada. La infancia continúa siendo, hasta el final de nuestra existencia, un fuego tutelar que mantiene caliente la morada de nuestro corazón.
7
“Si me quieres, quiéreme entera,
no por zonas de luz o sombra…”.
Dulce María Loynaz
“Si mi quieres, quiéreme entera”.
Quizá por idealizar los afectos o por una cándida manera de entender las pasiones, anhelamos amar a seres perfectos, invariables o que se adecuen a nuestro estereotipo de persona deseable. Olvidamos que todos los hombres y mujeres son falibles, sujetos al error, variables en su carácter y, especialmente, afectables por el paso del tiempo. Porque dejamos de lado estas realidades humanas es que tendemos a recortar a nuestro antojo las personas que dicen amarnos o a quienes queremos amar; a veces las evitamos porque no queremos aceptar sus oscuridades o nos empecinamos en desmancharles lo que no está acorde con nuestros gustos. Nos cuesta amar íntegramente a otro ser, nos confronta abrazar a quien sentimos diferente o, lo que resulta más lamentable, nos obcecamos en tratar de cambiarlo para que se ajuste a nuestros patrones amorosos. Amar a otro ser humano, con sus luces y sombras, con sus aciertos y equivocaciones, supone ampliar los límites del propio corazón. Quien bien ama comprende que hospedar a otro ser, darle rostro y proyección en el tiempo, es una apertura de complicidad con sus fortalezas como también un compromiso fraterno de cuidar sus fragilidades.

Luis Carlos Villamil J dijo:
Apreciado Fernando:
Los Contrapuntos, con versos memorables, constituyen una inspiradora reflexión sobre los momentos más impactantes del alma. El número cuatro, dedicado al poema de Aurelio Arturo, evoca la permanencia de quienes nos han dejado, a través de los relatos, las anécdotas y las frases que solían pronunciar. La “alquimia de las formas del arte” genera el milagro del recuerdo, que parece materializarse en la cotidianidad, atraída por la “conciencia imantada” del corazón. Tus comentarios son, a la vez, poemas.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario.