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Ocho voces liricas para un mundo insensible y convulsionado.

En el discurso de recepción del premio Nobel, los escritores laureados –en este caso, poetas– leen o hacen una declaración sobre su quehacer literario. Me ha parecido interesante repasar algunos de esos discursos para entresacar las particularidades o ideas vertebrales del ser de la poesía.

Empecemos por Octavio Paz. El mexicano creía que “la poesía está enamorada del instante y quiere revivirlo en un poema: lo aparta de la sucesión y lo convierte en un presente fijo”. Tal convicción lo conducía a intuir que los poetas saben algo muy especial: saben “que el presente es el manantial de las presencias”. Una presencia que se nos escapa siempre, que es como el pájaro que, “cuando queremos asirlo, abre sus alas y se desvanece, vuelto un puñado de sílabas”. De Octavio Paz podemos inferir que, si bien la poesía trabaja con palabras, su materia prima esencial es el tiempo.

Seamus Heaney, el poeta irlandés, insistió en su discurso que la poesía “era capaz de crear un orden tan fiel al impacto de la realidad exterior como tan sensible a las leyes internas del ser del poeta”. Por eso era una especie de “auxilio” para que hubiera “una relación fluida y revitalizante entre el centro de la mente y su circunferencia”. Heaney afirmó que, por esto, la poesía era una certidumbre de humanidad porque lograba “persuadir a esa parte vulnerable de nuestra conciencia de su rectitud; porque nos recordaba que somos cazadores y recolectores de valores”. Heaney le agradece a la poesía por ayudarle a mantener “la fidelidad a la vida”. En este caso, para la tarea que nos hemos propuesto, podemos extraer de Heaney el puente sensible de la poesía para mantener intercomunicados de manera fluida el mundo exterior con el mundo íntimo.

Las ideas de Heaney guardan una relación con las del polaco Czeslaw Milosz, quien en su discurso afirmó que la vocación del poeta consistía en “contemplar la tierra a lo lejos, desde arriba, pero al mismo tiempo ver en ella hasta el más mínimo detalle”. Es decir, que las dos grandes cualidades del poeta eran: “el ansia de ver y el deseo de describir lo que ve” o, para ponerlo en términos del objetivo de la poesía: “es la Tierra vista desde arriba en un presente eterno y la Tierra que perdura en un tiempo recuperado”. Milosz advertía que “ver” no significaba tener algo frente a los ojos, sino también podría significar “tener algo en la memoria” o “reconstruirlo en la imaginación”. Lo que más nos interesa de Milosz es esa doble lente de la poesía tanto para acercarnos a la vida y explicar sus detalles, como su mirada en distancia para comprender su significado.

El gran chileno, Pablo Neruda, dijo que “la poesía era una acción pasajera o solemne en que entraban por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza”. Neruda advertía que el poeta no podía perder la “sencilla conciencia” pues sin ella le sería imposible cumplir los deberes de todo gran poeta: “la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita”. De Neruda retomamos el papel concienciador de la poesía para hacernos hondamente sensibles y solidariamente fraternos.

Jaroslav Seifert, el poeta checo, optó por referirse en su discurso no tanto a la poesía, sino al “estado lírico” que es “un estado de serenidad que no es ni paciente ni impaciente, un estado de tranquila experimentación de esos valores en que el hombre halla los fundamentos más profundos, fundamentales, esenciales de su equilibrio y habilidad para habitar este mundo”. Ese estado lírico posibilita “fluir con el mundo junto con él haciendo la unidad y la identificación”. Seifert insistió en que el estado lírico permite “escuchar afortunadamente lo que está a nuestro alrededor y, de esta particular manera, encontrarnos”. De este poeta nos resulta llamativo el papel de la poesía para vincularnos con valores esenciales que equilibran nuestra humanidad.

El ruso Joseph Brodsky afirmó en su discurso que la poesía combinaba tres tipos de cognición: “el analítico, el intuitivo y el de la revelación”. Señaló, además, que el poema era “un coágulo vertical negro sobre la hoja en blanco”, y cerró su intervención diciendo que la escritura de versos era “un acelerador extraordinario de la conciencia” que le posibilitaba al pensamiento “comprender el universo”. Según Brodsky, la poesía no era sólo una acción racional, sino también intuitiva que cambiaba el ritmo de la propia conciencia para, en ese estado de sensación extraordinaria, entrar en contacto directo con el lenguaje. Y así lograr aproximarse o entrever el sentido de la existencia, del mundo y de la vida. De Brodsky recogemos esta proposición: la poesía o la lectura de ella nos intensiva los niveles de conciencia, nos hace sensibles a todas las manifestaciones del cosmos.

Además de las ideas ofrecidas por los poetas ya mencionados, podemos recuperar otros testimonios sobre los pormenores de la poesía. Para no extendernos demasiado, quedémonos con dos de ellos: El del poeta francés Saint-John Perse quien dijo en su discurso que la poesía “debía elevar ante el espíritu un espejo más sensible a sus posibilidades interiores; propiciar una condición más humana, más digna del hombre original”. Y conservemos también lo dicho por el griego Odiseas Elytis; él aseveró que el quehacer poético respondía a una metafísica solar en la que los poetas debían “sostener el sol en las manos sin quemarse y convertirlo en una antorcha que guiara a otros en la oscuridad”.