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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Seamus Heaney

Los poetas premios Nobel hablan de su oficio

11 domingo Ene 2026

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Czeslaw Milosz, Jaroslav Seifert, Joseph Brodsky, Octavio Paz, Odiseas Elytis, Pablo Neruda, Saint-John Perse, Seamus Heaney

Ocho voces liricas para un mundo insensible y convulsionado.

En el discurso de recepción del premio Nobel, los escritores laureados –en este caso, poetas– leen o hacen una declaración sobre su quehacer literario. Me ha parecido interesante repasar algunos de esos discursos para entresacar las particularidades o ideas vertebrales del ser de la poesía.

Empecemos por Octavio Paz. El mexicano creía que “la poesía está enamorada del instante y quiere revivirlo en un poema: lo aparta de la sucesión y lo convierte en un presente fijo”. Tal convicción lo conducía a intuir que los poetas saben algo muy especial: saben “que el presente es el manantial de las presencias”. Una presencia que se nos escapa siempre, que es como el pájaro que, “cuando queremos asirlo, abre sus alas y se desvanece, vuelto un puñado de sílabas”. De Octavio Paz podemos inferir que, si bien la poesía trabaja con palabras, su materia prima esencial es el tiempo.

Seamus Heaney, el poeta irlandés, insistió en su discurso que la poesía “era capaz de crear un orden tan fiel al impacto de la realidad exterior como tan sensible a las leyes internas del ser del poeta”. Por eso era una especie de “auxilio” para que hubiera “una relación fluida y revitalizante entre el centro de la mente y su circunferencia”. Heaney afirmó que, por esto, la poesía era una certidumbre de humanidad porque lograba “persuadir a esa parte vulnerable de nuestra conciencia de su rectitud; porque nos recordaba que somos cazadores y recolectores de valores”. Heaney le agradece a la poesía por ayudarle a mantener “la fidelidad a la vida”. En este caso, para la tarea que nos hemos propuesto, podemos extraer de Heaney el puente sensible de la poesía para mantener intercomunicados de manera fluida el mundo exterior con el mundo íntimo.

Las ideas de Heaney guardan una relación con las del polaco Czeslaw Milosz, quien en su discurso afirmó que la vocación del poeta consistía en “contemplar la tierra a lo lejos, desde arriba, pero al mismo tiempo ver en ella hasta el más mínimo detalle”. Es decir, que las dos grandes cualidades del poeta eran: “el ansia de ver y el deseo de describir lo que ve” o, para ponerlo en términos del objetivo de la poesía: “es la Tierra vista desde arriba en un presente eterno y la Tierra que perdura en un tiempo recuperado”. Milosz advertía que “ver” no significaba tener algo frente a los ojos, sino también podría significar “tener algo en la memoria” o “reconstruirlo en la imaginación”. Lo que más nos interesa de Milosz es esa doble lente de la poesía tanto para acercarnos a la vida y explicar sus detalles, como su mirada en distancia para comprender su significado.

El gran chileno, Pablo Neruda, dijo que “la poesía era una acción pasajera o solemne en que entraban por parejas medidas la soledad y la solidaridad, el sentimiento y la acción, la intimidad de uno mismo, la intimidad del hombre y la secreta revelación de la naturaleza”. Neruda advertía que el poeta no podía perder la “sencilla conciencia” pues sin ella le sería imposible cumplir los deberes de todo gran poeta: “la fraternidad con la rosa y la simetría, con el exaltado amor y con la nostalgia infinita”. De Neruda retomamos el papel concienciador de la poesía para hacernos hondamente sensibles y solidariamente fraternos.

Jaroslav Seifert, el poeta checo, optó por referirse en su discurso no tanto a la poesía, sino al “estado lírico” que es “un estado de serenidad que no es ni paciente ni impaciente, un estado de tranquila experimentación de esos valores en que el hombre halla los fundamentos más profundos, fundamentales, esenciales de su equilibrio y habilidad para habitar este mundo”. Ese estado lírico posibilita “fluir con el mundo junto con él haciendo la unidad y la identificación”. Seifert insistió en que el estado lírico permite “escuchar afortunadamente lo que está a nuestro alrededor y, de esta particular manera, encontrarnos”. De este poeta nos resulta llamativo el papel de la poesía para vincularnos con valores esenciales que equilibran nuestra humanidad.

El ruso Joseph Brodsky afirmó en su discurso que la poesía combinaba tres tipos de cognición: “el analítico, el intuitivo y el de la revelación”. Señaló, además, que el poema era “un coágulo vertical negro sobre la hoja en blanco”, y cerró su intervención diciendo que la escritura de versos era “un acelerador extraordinario de la conciencia” que le posibilitaba al pensamiento “comprender el universo”. Según Brodsky, la poesía no era sólo una acción racional, sino también intuitiva que cambiaba el ritmo de la propia conciencia para, en ese estado de sensación extraordinaria, entrar en contacto directo con el lenguaje. Y así lograr aproximarse o entrever el sentido de la existencia, del mundo y de la vida. De Brodsky recogemos esta proposición: la poesía o la lectura de ella nos intensiva los niveles de conciencia, nos hace sensibles a todas las manifestaciones del cosmos.

Además de las ideas ofrecidas por los poetas ya mencionados, podemos recuperar otros testimonios sobre los pormenores de la poesía. Para no extendernos demasiado, quedémonos con dos de ellos: El del poeta francés Saint-John Perse quien dijo en su discurso que la poesía “debía elevar ante el espíritu un espejo más sensible a sus posibilidades interiores; propiciar una condición más humana, más digna del hombre original”. Y conservemos también lo dicho por el griego Odiseas Elytis; él aseveró que el quehacer poético respondía a una metafísica solar en la que los poetas debían “sostener el sol en las manos sin quemarse y convertirlo en una antorcha que guiara a otros en la oscuridad”.

El arte de cavar con la pluma, según Seamus Heaney

29 lunes Jul 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Comentario de poemas, Seamus Heaney

Seamus Heaney , obra del retratista británico Tai-Shan Schierenberg.

El primer poema que leí del poeta irlandés Seamus Heaney, mucho antes de recibir el premio Nobel de literatura, fue “Ostras” publicado en la Gaceta del Fondo de Cultura Económica[1]. Me gustó su precisión al nombrar aquellas conchas y la relación que establecía entre la antiquísima historia de aquel alimento marino y el deseo del poeta de que, al comerse la jornada dichosa del día, se transformara “en verbo, en verbo puro”. La traducción de ese poema era del director de la publicación, Jaime García Terrés:

“Nuestras conchas golpeaban en los platos.

Estuario desbordante era mi lengua,

Mi paladar absorto con brillos estelares:

Mientras gustaba yo saladas pléyades

Orión puso su pie dentro del agua.

(…)”. 

Inquieto por este autor, empecé a buscar sus obras. Pude adquirir su poemario Norte, en la desaparecida librería “La gran Colombia”, y Muerte de un naturalista de ediciones Hiperión[2]. Y después Campo abierto y  Cadena Humana de la Colección Visor de Poesía[3]. Mi interés siguió en aumento a la par que leía y releía sus versos:

“(…)

Construid en la oscuridad.

Esperad la aurora boreal

en la incursión profunda,

no la cascada luminosa.

 

Y mantened el ojo limpio

como el carámbano.

Confiad en el tacto del trozo de tesoro

que han conocido vuestras manos

(…)”.   

Pero, entre todos esos textos hubo un poema que llamó poderosamente mi atención. Se trata de “Cavando” y hace parte del poemario Muerte de un naturalista, traducido por Pura López Colomé. Transcribo todo el texto[4]:

 

Entre índice y pulgar

La gruesa pluma reposa, a gusto, como un arma.

 

Bajo mi ventana

el limpio, áspero sonido

de la pala hundiéndose en el suelo de grava:

Mi padre está cavando. Volteo desde arriba

 

a ver su tensa grupa por entre los lechos de flores

hasta que se inclina más, y se endereza

veinte años atrás agachándose con ritmo

entre los surcos de papas

donde estaba cavando.

 

La tosca bota anidaba en la pala,

eje contra rodilla se nivelaba con firmeza.

Iba arrancando los brotes altos, enterraba hondo el filo brillante

para esparcir las nuevas papas que recogíamos,

felices con su fresca dureza entre las manos.

 

¡Por Dios!, ¡Vaya si el viejo sabía manejar la pala!

Igual que su propio viejo.

 

Mi abuelo cortaba más turba en un día

que ningún otro en la ciénaga de Toner.

Una vez le llevé una botella de leche

con tapa floja de papel. Se enderezó

para beber, y de inmediato volvió a la tarea

 

cortando y rebanando con esmero, levantando trozos

por encima del hombro, y luego una y otra vez

hasta el buen tepe. Cavando.

 

El frío olor del limo de papas, el chapoteo y golpeteo

de la turba empapada, los cortes del filo en seco

por entre raíces vivas despiertan en mi memoria.

Mas yo no tengo pala para imitar a hombres como ellos.

 

Entre índice y pulgar

la gruesa pluma reposa.

Yo cavaré con ella”.

 

El poema es magnífico por varias razones. En principio, porque es un homenaje a la tradicional labor campesina de sembrar y cosechar papas; en segunda instancia, porque es un reconocimiento al trabajo denodado y bien hecho de  los ancestros humildes;  en un tercer nivel porque muestra una ruptura sobre los oficios heredados hechos con los manos; y, en última instancia, porque es un símbolo del quehacer de escritor. Si vamos estrofa por estrofa veremos cómo se logran estos cometidos.

El texto empieza en un gesto, un gesto que se repetirá en los últimos versos del poema. Se trata del gesto de empuñar la pluma, de tomar la pluma para empezar a escribir. Al inicio como si fuera una confortable arma y, al  cierre, como si se tratara de una pala para labrar la tierra. Entre esos dos gestos transcurre el poema.

En medio de esas dos pequeñas estrofas Heaney observa a su padre labrar la tierra. Lo ve debajo de su ventana a la par que escucha el sonido de la pala “hundiéndose en el suelo de grava”. El sonido del azadón a la par que es límpido también se oye áspero. El poeta describe con minucia el acto de cavar la tierra; observa al hombre en una labor rítmica en la que lleva más de veinte años.

La descripción se hace más fina e involucra la bota y el mango de la pala; detalla cómo las manos “arrancaban los brotes altos” a la par que “enterraban muy hondo aquel brillante filo”, para que salieran las nuevas papas y lograr esparcirlas sobre la tierra. Aquí el poeta se vuelve protagonista de lo mismo que observa: “papas que recogíamos felices con su fresca dureza entre las manos”.

Pero la remembranza campesina no se queda en la descripción. Heaney elogia con admiración la labor de su padre: “¡Vaya si el viejo sabía manejar la pala!”. Y para darle mayor fuerza a esa exaltación de un oficio humilde, recuerda que tal destreza en aquella tarea también la desempeñaba a la perfección su abuelo. En este punto se centra la sexta estrofa. El poeta recupera una anécdota con ese hombre “que cortaba más turba en un día que ningún otro en la ciénaga de Toner”. Heaney cuenta que al llevarle una botella de leche el viejo apenas se levantó para beberla pero luego se inclinó de nuevo a su tarea. Eran hombres dedicados a su incansable trabajo de cavar la tierra, “ahondado más y más en busca de la turba buena”.

Esos recuerdos lo asaltan mientras tiene la mano en reposo. Remembranzas que traen, además, “el frío olor del limo de papas, el chapoteo y golpeteo de la turba empapada”. Olores y sonidos acuden a la memoria del poeta irlandés. Es como si aquellas raíces mantuvieran una conexión subterránea con sus recuerdos, que se conservaran vivas en su cabeza y, de pronto, despertaran en un instante de evocación. Sin embargo, el poeta descubre que “ya no tiene pala para imitar a hombres como ellos”. Seamus Heaney reconoce que ya no puede ser campesino, que debe romper con esa continuidad de hombres enfrentados a la turba. Entonces, su decisión estriba en lo que declara en la última estrofa: cavará sí, pero con la pluma de escritor. Esa será ahora su verdadera pala.

Visto y releído en su conjunto el texto pueden corroborarse las razones mencionadas de mi gusto por este poema. Se trata de una declaración del oficio de escribir, una “arte poética” a partir de un hecho visto repetidas veces, de un contexto particular. Heaney no solo enaltece aquellas tareas propias del campo y se maravilla con la tenacidad de sus mayores, sino que entrevé en esa herencia de labranza su futuro. Por supuesto, cambiando las herramientas de trabajo. Y así como su padre se dedicó, con devoción y esmero, “al surco de las patatas”, él se consagrará a labrar sus palabras entre el surco de los versos. Necesitará como sus antecesores “esmero” y “tenacidad”, tendrá que adquirir la capacidad para no distraerse, deberá saber utilizar su instrumento “con firmeza” para lograr sacar de todo ese subsuelo de experiencias y recuerdos, de vivencias, personas y lugares, otra cosecha que pueda “desparramarse” sobre las páginas que escribe.

¡Qué gran poeta es Seamus Heaney! De él aprendimos que la fuente de los poemas se encuentra “debajo del suelo mismo de la memoria”[5], y para lograr sacarlos a la luz hay que cavar una y otra vez con el azadón de la escritura.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Gaceta del Fondo de Cultura Económica, Número 132, México, diciembre de 1981, pág., 7.

[2] Norte y Muerte de un naturalista, traducción de Margarita Ardanaz, Hiperión, Madrid, 1995 y 1996.

[3] Campo Abierto, traducción de Vicente Forés y Jenaro Talens, Visor, Madrid, 2004; Cadena Humana, traducción de Pura López Colomé, Visor, Madrid, 2014.

[4] Revista de la Universidad de México, octubre de 2021. https://www.revistadelauniversidad.mx/releases/112e3c8e-7dc7-4fbc-a058-cc7141b569ab/trabajo

[5] Seamus Heaney, De la emoción de las palabras, Anagrama, Barcelona, 1996, pág., 60.

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