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Ética y política, Ejercicio democrático, Liderazgo y política, Política y redes sociales, Publicidad política
Lejos estamos hoy de una forma de hacer política centrada en las ideas, y padecemos, en abundancia, un modo de proceder de los antiguos y nuevos candidatos basado en las ofensas. Hemos cambiado la profundidad en los planteamientos por la fogosidad y el tono ofensivo en los discursos. Esto, como parece evidenciarse en varias latitudes, responde a un desplazamiento de una política concebida como mediación participativa para la toma de decisiones hacia el beneficio común a otra articulada desde el beneficio personal y las cuotas burocráticas.
Sorprende, en primera instancia, la cantidad de personas que se sienten autorizadas para lanzarse al más alto cargo público. Pareciera que la autocrítica y un ajuste entre las exiguas capacidades y las amplias limitaciones no se tuviera en cuenta. Ni la preparación, ni los saberes especializados para tal puesto, ni el talante de liderazgo, se ponen en consideración; basta con el simple deseo y disponer de los suficientes recursos económicos para sentirse ya futuro mandatario. Quizá esto se deba a una mirada muy superficial de lo que es el Estado, de la lógica interna de las instituciones y de las minucias de la administración de recursos públicos. Más aún: por el afán inmediatista de llegar a la presidencia se desconocen los intríngulis de gobernar, las relaciones y los límites de las ramas del poder público, y el papel fundamental que cumplen los organismos de control. Hay miopía de las particularidades de la administración pública que trata de compensarse con soluciones fáciles sacadas de la manga o con frases de cajón barnizadas de patriotismo.
Pero lo más grave de tal estilo de divulgar o hacer campaña política es la poca importancia que se da a las propuestas, a la agenda programática, a la consistencia de las iniciativas o planes de gestión pública. De eso no se habla o si se tocan estos temas se hacen de afán, apelando a generalidades o invocando el bienestar “del pueblo”. Hasta el mismo periodismo ha contribuido a potenciar esta superficialidad en los contenidos políticos por andar preocupados en exaltar el rumor del momento o esperando a que el entrevistado diga algo en contra de alguien para, con cierta malevolencia, ponerlo como titular a la espera de la reacción del destinatario. Las opiniones reactivas han sepultado el análisis y los asuntos verdaderamente importantes pasan a un segundo plano porque, lo que mueve a las audiencias, es promover la pelea, replicar el escándalo, azuzar la discordia y darle pábulo al cotilleo alarmista.
Los medios masivos de información han ido copiando las formas y el modo de comunicar de las redes sociales. Es decir: propagan la adhesión por emociones primarias, por pasiones irracionales que, en el fondo, acendran el odio y la animadversión. Y si a esto se le suman la mentira irresponsable, el fanatismo y una despreocupación por indagar en la verdad de los hechos, el resultado será la pérdida de un horizonte real para comprender y buscar soluciones a los problemas esenciales de un país; a cambio de ello se engolosina a la gente con una barahúnda de opiniones sin piso, sin conocimiento especializado o experiencia validada en la gestión pública. En consecuencia, lo que prima es quien haga la mayor alharaca, el que ofrezca panaceas curalotodo o aquel que reduzca la complejidad de gobernar a un eslogan efectista, semejante al modo de la venta de productos comerciales. Precisamente por esto, los políticos que tratan de mostrar propuestas o proyectos bien pensados, respaldados en estudios o aquilatados por el buen juicio, son tildados de “tibios”, de débiles o faltos de garra o carácter. En el vertiginoso mundo de las redes sociales no hay tiempo para meditar o examinar la consistencia y validez de iniciativas ofrecidas de afán o para congraciarse astutamente con inconformismo coyuntural de la gente.
Tampoco cuenta en esta manera de hacer política la trayectoria del futuro servidor público, los antecedentes en cargos de responsabilidad administrativa, la hoja de vida profesional del candidato. Basta con buscar a como dé lugar un número de firmas, aliarse con quien sea para engrosar la financiación de la campaña y utilizar astutamente las redes sociales para crear un efecto de visibilidad mediática. Se ha creado la falsa idea de que “cualquiera” puede dirigir a un país o que para cargos de gran responsabilidad gubernamental es suficiente con tener un número considerable de seguidores. El youtuber agitador ha sepultado al sesudo estadista; el vedetismo farandulero se ha impuesto sobre la trayectoria y los avales de experiencia validada en campos específicos de gobernanza. Nadie parece preocuparse por mostrar una hoja de vida de ciudadano honesto y responsable de sus deberes. La barbarie moral ha doblegado al escrutinio ético que, como es sabido, es garantía para lograr la confianza de los demás y, con ella, instaurar un clima de genuina autoridad. La grandeza en el servicio suena a ideal romántico del pasado; porque lo que exhiben como prenda de garantía estos futuros gobernantes es que han tenido éxito en los negocios. ¿Será que conducir un Estado es igual a gerenciar una empresa? No lo creo: porque una cosa es el Estado como mediador para el bienestar social y la provisión de servicios y, otra bien distinta, una empresa que busca la mayor rentabilidad y los jugosos dividendos.
De otra parte, este modo de hacer política se ha agudizado por la crisis de los partidos políticos que han terminado siendo grupos de personas sin filiación real a un ideario que les de unidad o derroteros de acción. Lo que percibimos –a veces con un descaro rampante– son partidos oportunistas, cambiando de bando según sus intereses o haciendo alianzas para no perder los beneficios burocráticos o económicos ya tenidos o con expectativas de tenerlos. El transfuguismo se ha convertido en hábito y cada quien se acomoda en función no de unos principios que convocan y direccionan, sino atendiendo al maquiavelismo de que no importan los medios con tal de obtener determinados fines. La idea de representación de un conglomerado social, tan sustancial para la esencia y mantenimiento de los partidos, ha derivado en las prebendas o intereses particulares de quienes los dirigen.
Qué vergonzoso y qué riesgo para el ejercicio de la democracia terminar participando de un modo de hacer política en el que se incentiva a votar contra alguien y no a favor de una propuesta programática. Porque si se mira con alguna objetividad, las insuficiencias administrativas o de liderazgo de los políticos en campaña se disfrazan con el comentario infundado contra el contrincante, con el juicio descontextualizado, con el vituperio enardecido, pero jamás soportado en pruebas. De allí que, cuando estos políticos consiguen su objetivo, lo que se nota, además de sus incapacidades flagrantes, son las intenciones de fondo que traían entre manos: la posibilidad de sacar “tajada” del erario para sus negocios, sus empresas o sus financiadores de campaña; la participación en el amañado juego de las influencias y prebendas que lubrican la corrupción; la conquista de cierto régimen de inmunidad y vanagloria ofrecido por el poder. No cabe duda: este modo de hacer política responde a la lógica de los negocios y no a una responsable tarea de representar a los ciudadanos en búsqueda del beneficio de la mayoría.
Dado este panorama de candidatos a granel, de poca hondura en los programas ofrecidos y de campañas que tienen como foco principal los agravios a los antagonistas, lo mejor es meditar bien a quién se le puede confiar nuestro voto. No es bueno sucumbir a los cantos de sirena de políticos oportunistas, improvisados y pendencieros; no podemos rebajar nuestra condición de ciudadanos defensores de la democracia y del Estado de derecho entregando nuestra libertad de elegir a cualquier mercachifle bravucón y altanero o a aquellos otros que de entrada sabemos van a defraudarnos. Un freno personal al emotivismo ciego, una mirada de largo alcance hacia los problemas fundamentales de nuestro país y un continuado escrutinio crítico parecen ser los remedios para filtrar tanto bagazo promesero y ver las entretelas de los discursos demagógicos.

Leticia dijo:
Apreciado Fernando,como siempre ,tus acertadas y claras ideas me encantan y te agradezco el compartírmelas.Abrazos
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimada Leticia, gracias por tu comentario.
Elvia Nadis Patiño dijo:
Excelente apreciación, sin palabras
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Elvia Nadis, gracias por tu comentario.
JOHANNA ALFONSO dijo:
Fernando, como siempre es un placer leer tus ideas, que en este caso reflejan con claridad un panorama un tanto opaco que nos espera en las siguientes elecciones y que sin duda será lo que marque la pauta en el futuro. Fuerte abrazo
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Johanna, gracias por tu comentario. Otro abrazo para ti.
Germán D. Castro dijo:
Radiografía del panorama político y electoral actual. No hay salida, cada vez es más confuso y deteriorado. El texto apunta, señala, las falencias de candidatos y propuestas. Se parece más a un circo electoral y a unos sentires vengativos y sectarios que a grandes confrontaciones de ideas.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Germán, gracias por tu comentario.
Luis Carlos Villamil J dijo:
Apreciado Fernando:
Tu mensaje de la semana nos llama a la reflexión porque analiza con objetividad el devenir político actual, marcado por la ausencia de principios y de idearios colectivos, convertido en un sainete de oportunismo y cálculo mezquino donde el transfuguismo se ha convertido en hábito y la cizaña reina como norma. El panorama evidencia el fin de los partidos como instituciones cohesionadas y la desfiguración de quienes pretenden la representación política mediante prebendas y favores.
En esa misma línea, denuncias las prácticas nocivas de las campañas: el vituperio vacío, ataque personal sin pruebas, manipulación de la opinión pública mediante agravios y descontextualizaciones. Todo ello revela no solo la pobreza ideológica y programática de los partidos, sino también la ausencia de propuestas serias que respondan a las necesidades de la ciudadanía.
Frente a este escenario, señalas con acierto la necesidad de un voto consciente, que no se deje seducir por los “cantos de sirena” de los politicastros de turno. Tu texto se convierte así en una invitación a recuperar la hondura del ejercicio democrático, capaz de actuar como un filtro que depure el bagazo demagógico y rescate la esencia de lo público.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Apreciado Luis Carlos, gracias por tu comentario.
William Mejia dijo:
Me encantó tu texto, Fernando. Mesurado y realista. Es muy triste ver cómo está funcionando la mayoría de las campañas. El panorama tiende a ser oscuro.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado William, gracias por tu comentario.