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Ilustración de Marcelo Escobar.

Alexander: En las pasadas vacaciones de fin de año volví a leer Altazor de Vicente Huidobro.

Diana María: Sí, yo conocí esa obra cuando estudiaba literatura. Altazor o el viaje en paracaídas.

Alexander: Es un poema extenso en siete cantos… Con esta obra Huidobro le dio a la poesía latinoamericana nuevas fuerzas y posibilidades creativas.

Diana María: Este poeta chileno escribió otras obras tanto en prosa como en verso… Me acuerdo ahora de Las pagodas ocultas, El espejo del agua, Poemas árticos,

Alexander: El ciudadano del olvido, Poemas giratorios, Temblor de cielo…

Diana María: Pero su obra cumbre, sin lugar a dudas, es Altazor.

Alexander: Mira, aquí tengo el ejemplar que terminé de leer. ¿Quieres que te recuerde algunos apartados:

Diana María: Vamos a retroceder en el tiempo… Te escucho:

Alexander:

“Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad?

¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa

con la espada en la mano?

¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como

el adorno de un dios?

¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser?

Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir

¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce de todos

los vientos del dolor?

Se rompió el diamante de tus sueños en un mar de estupor

Estás perdido Altazor

Solo en medio del universo

Solo como una nota que florece en las alturas del vacío

No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza

¿En dónde estás Altazor?

Diana María: Para mí Altazor es el periplo de una caída…

Alexander: Sí, así es:

“Eres tú tú el ángel caído

La caída eterna sobre la muerte

La caída sin fin de muerte en muerte

Embruja el universo con tu voz

Aférrate a tu voz embrujador del mundo

Cantando como un ciego perdido en la eternidad”.

Diana María: Haciendo memoria, me parece que Altazor es un poema difícil. Un poema que es, según los críticos literarios, una rebelión de la palabra. La misma construcción del poema se asemeja a un Génesis invertido, una creación a partir de otra creación fallida.

Alexander: Sí, para el lector, es un camino complejo, porque el poema nos habla de la caída, de la encarnación del espíritu o el conocimiento.

Diana María: Altazor, y espero no equivocarme, fue escrito cuando el poeta tenía 33 años.

Alexander: Pero duró escribiéndolo como doce años, haciéndole cambios y transformaciones. Cambios que también eran los propios del autor…

Diana María: Desde el día que lo leía por primera vez me impactó el inicio del poema: “Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor”.

Alexander: Además de esa entrada, a mí me sorprendió la conclusión del poema, una serie de sonidos que bien pudieran ser el balbuceo de un niño, el gruñido de una bestia o las palabras con las que hablaban primigeniamente los dioses:

“Ululayu

ulayu

ayu yu

Lunatando

Sensorida e infimento

Ululayo ululamento

Plegasuena

Cantasorio ululaciente

Oraneva yu yu yo

Tempovío

Infilero e infenauta zurrosía

Jaurinario ururayú

Montañendo oraranía

Arorasía ululacente

Semperiva

Ivarisa tarirá

Campanudio lalalí

Auriciento auronida

Lalalí

Io ia

Iiio

Ai a i ai a i i i i i o ia”

Diana María: Es la palabra aunada a la música… el ritmo original de la vida.

Alexander: Altazor, según lo expresó Huidobro, es el recorrido que va del cenit al nadir, del vientre de la madre o del borde de la estrella a la muerte o a la tierra. El poeta decía que esta caída es el miserable destino del hombre; que la vida está enjaulada por ese destino y que, este viaje en paracaídas rueda entre rocas de sueño y nubes de muerte:

“¿No ves que vas cayendo ya?

Limpia tu cabeza de prejuicio y moral

Y si queriendo alzarte nada has alcanzado

Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo de la sombra

Sin miedo al enigma de ti mismo

Acaso encuentres una luz sin noche

Perdida en las grietas de los precipicios”.

Diana María: En un trabajo que presenté en aquella época sobre esa obra yo decía que la caída de Altazor era una lucha entre estar amarrado a la puerta o abrirla definitivamente, y que se iba dando por estratos. El poeta cae por escalones fantásticos. En el primero de ellos se encuentra al creador quien le dice que los hombres han pervertido la lengua: la bella nadadora. Luego, sigue cayendo y se enreda en una estrella apagada y es desde allí que habla de la poesía y del poema: enuncia su Génesis.

Alexander: Así lo expresa Huidobro en el Prefacio de la obra:

“Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía.

Un poema es una cosa que será.

Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser.

Un poema es una cosa que nunca ha sido, que nunca podrá ser.

Huye del sublime externo, si no quieres morir aplastado por el viento”.

Diana María: Más adelante el aeronauta se encuentra con la virgen, la virgen que habla una lengua que llena los corazones según la ley de las nubes comunicantes. Ella le promete al poeta enseñarle proezas aéreas a cambio de su amor; sin embargo, cuando el poeta duerme y recita sus versos, seca con sus palabras los cabellos de la virgen, quedándose solo, huérfano. Es, entonces, cuando Altazor aparece.

Alexander: Aquí tengo esa aparición: “Ah, ah, soy Altazor, el gran poeta, sin caballo que coma alpiste, ni caliente su garganta con claro de luna, sino con mi pequeño paracaídas como un quitasol sobre los planetas.

De cada gota del sudor de mi frente hice nacer astros, que os dejo la tarea de bautizar como a botellas de vino.

Lo veo todo, tengo mi cerebro forjado en lenguas de profeta”.

Diana María: En mi trabajo, precisamente, insistí en eso: en la profecía, que es uno de los aspectos fundamentales de Altazor. La profecía o el imperio de la palabra. Profecía dada desde la magia, la poesía o el sueño; todas ellas son, como diría Huidobro, las llaves que abren con un suspiro la puerta que ha cerrado el huracán. Poesía, sueño, magia: líneas de evasión que intentan salvar al hombre de la caída inevitable. Aunque no sé si lo salvan en verdad. ¿Cómo salvar al hombre de la caída si está cayendo? Me parece que el final de Altazor deja un lugar para el miedo, el silencio, el vértigo; un lugar para el dolor, aquel secreto tenebroso que olvidó sonreír.

Alexander: Leyendo con cuidado y glosando el poema, noto que desde el prefacio de Altazor hasta el canto VII, Huidobro repite un movimiento de caída, de viaje hacia abajo, hacia la muerte. Y lo hace en dos instancias: el hombre y la palabra. El primero va desde el dolor de ser isla, orquesta trágica, hasta la desmesura enferma o el ángel caído. El hombre se mueve entre la piel y el sentimiento, o entre la nostalgia de ser barro y Dios, al mismo tiempo. La otra instancia se desarrolla con la misma intensidad, pero en el terreno de la palabra, del lenguaje: desde el precepto trágico o el símil gastado hasta el nuevo lenguaje. Se trata de la palabra profética en donde ya no hay trampas o simulación porque se habla desde la herida. Tanto en una como en otra instancia, Huidobro anhela romper dichos espacios, quiere salir de ese destino. Por un lado, usando una “lengua mojada en mares no nacidos”; por otro, atando sus pies a la estrella propia.

Diana María: Noto que tu perspicaz lectura se emparenta con algo que yo también averigüé en ese trabajo para el profesor Figueroa: Huidobro considera que el hombre es un animal fraterno desnudo de nombre que está junto al abrevadero de sus límites. El hombre está mordido por la eternidad; la serpiente se llama: ansia de infinito. De igual manera, la palabra o el verso vive su tragedia al no poder salir de las sienes, al estar también entre los barrotes de la temporalidad. ¿Qué queda, entonces? Quizá renegar, maldecir, pedir cuentas: ¿por qué, ¿para qué? De pronto, porque al hombre sólo le ha quedado la posibilidad de la pregunta.

Alexander: Cómo hay de preguntas en Altazor.

“Ángel expatriado de la cordura

¿Por qué hablas? ¿Quién te pide que hables?

Revienta pesimista mas revienta en silencio

Cómo se reirán los hombres de aquí a mil años

Hombre perro que aúllas a tu propia noche

Delincuente de tu alma

El hombre de mañana se burlará de ti

Y de tus gritos petrificados goteando estalactitas

¿Quién eres tú habitante de este diminuto cadáver estelar?

¿Qué son tus náuseas de infinito y tu ambición de eternidad?

Átomo desterrado de sí mismo con puertas y ventanas de luto

¿De dónde vienes? ¿a dónde vas?”

Diana María: Pienso que las posibilidades de Altazor son esas: cantar, maldecir, renegar. Esta ave de las alturas protesta y araña el infinito con las garras, y calla únicamente cuando la tierra va a dar a luz un árbol o cuando la mujer, la dadora de infinito, se presenta ante él y hace dudar al tiempo. La mujer, la vida, la profundidad de toda cosa, la otra voz que crea un imperio en el espacio. Sin embargo, Altazor advierte que tanto él como su amante enfermera están cosidos a la misma estrella.

Alexander: Por todo ello, en el Canto IV Huidobro advierte que hay que renovar las lenguas, hay que resucitar la poesía. No hay tiempo que perder, hay que cuidar el ojo, es precioso regalo del cerebro. ¡Hay que darse prisa, no hay tiempo que perder! Nos advierte Altazor. El buque tiene los días contados, como el hombre, como el poeta. No hay tiempo que perder; la muerte madura como los planetas, hay que aferrarse para ver más allá del más allá, porque ya viene la golondrina monotémpora, el acento antípoda de las lejanías que se acercan. No hay tiempo que perder, la eternidad quiere triunfar y se lanza cayendo en otro campo inexplorado, jugando fuera del tiempo, jugando como el molino de viento… Jugando con las posibilidades ilimitadas del lenguaje;

“Hurra molino moledor

Molino volador

Molino charlador

Molino cantador

Cuando el cielo trae de la mano una tempestad

Hurra molino girando en la memoria

Molino que hipnotiza las palomas viajeras.

(…)

Profetiza profetiza

molino de las constelaciones

mientras bailamos sobre el azar de la risa

ahora que la grúa que nos trae el día

volcó la noche fuera de la tierra”.

Diana María: No sé qué has investigado, pero siento que esta obra de Huidobro resulta inclasificable.  Me Parecen insuficientes categorías como creacionista, ultraísta, poesía concreta, vanguardista. Y ni qué decir del significado de Altazor. Yo me animé a concluir algo al cierre del trabajo que presenté. Allí dije que Altazor se mueve en dos tipos de caída: la caída como revelación y la caída como confusión. En el primer caso, el hombre cae en la cuenta de su ser finito, de su temporalidad. Mitos como los de Faetón, Ixión, Belerofonte, Adán, Lucifer o los ángeles, reflejan la epifanía de la mortalidad del hombre. La segunda caída es ésta: Altazor descubre que las fronteras del lenguaje son las fronteras de su mundo. La torre de Babel señala la finitud del lenguaje y la carga mortal de la palabra.

Alexander: Sí, por acá tengo subrayadas algunas líneas al respecto:

“Todo ha de alejarse en la muerte esconderse en la muerte

Yo tú el nosotros vosotros ellos

ayer hoy mañana”.

Diana María: Caer es conocer el tiempo fulminante. Para el bípedo vertical que somos todos, el sentido de la caída y de la gravedad acompañan todas nuestras primeras tentativas de movimiento, decía Gilbert Durand, en su hermoso libro las Estructuras antropológicas de lo imaginario. Se me quedó grabada de Durand esta frase: “El vértigo es una llamada brutal de nuestra humanidad y presenta condición terrestre”.

Alexander: Se nota, por lo que me compartiste, que Huidobro caló hondo en tu formación de literata.

Diana María: Huidobro y su máxima para todos aquellos que intentamos escribir: “El adjetivo, cuando no da vida, mata”.

Alexander: Antes de despedirnos releamos juntos algo del Canto primero de Altazor. ¿Te parece?

Diana María: Con todo gusto… ¿Puede ser acá donde tienes el separador?

Alexander: Sí, ahí, precisamente:

“Soy todo el hombre

El hombre herido por quién sabe quién

Por una flecha perdida del caos

Humando terreno desmesurado

Sí desmesurado y lo proclamo sin miedo

Desmesurado porque no soy burgués ni raza fatigada

Soy bárbaro tal vez

Desmesurado enfermo

Bárbaro limpio de rutinas y caminos marcados

No acepto vuestras sillas de seguridades cómodas

Soy el ángel salvaje que cayó una mañana

En vuestras plantaciones de preceptos

Poeta

Antipoeta

Culto

Anticulto

Animal metafísico cargado de congojas

Animal espontáneo directo sangrando sus problemas

Solitario como una paradoja

Paradoja fatal

Flor de contradicciones bailando un fox-trot

Sobre el sepulcro de Dios

Sobre el bien y el mal

Soy un pecho que grita y un cerebro que sangra

Soy un temblor de tierra

Los sismógrafos señalan mi paso por el mundo”.