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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: Fernando Vásquez

Para leer en vacaciones II

26 martes Dic 2023

Posted by Fernando Vásquez in Del diario, LECTURA

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Cuentos de los sabios taoístas

Ilustración de André Letria.

Los relatos que siguen, recogidos por Pascal Fauliot, hacen parte del libro Cuentos de los sabios taoístas (Paidós, Barcelona, 2007).

Los caballos del destino

Un humilde campesino vivía en el norte de China, en los confines de las estepas frecuentadas por las hordas nómadas. Un día regresó silbando de la feria con una magnífica potranca que había comprado a un precio razonable, gastando pese a ello lo que había ahorrado en cinco años de economías. Unos días más tarde, su único caballo, que constituía todo su capital, se escapó y desapareció hacia la frontera. El acontecimiento dio la vuelta al pueblo, y los vecinos acudieron uno tras otro para compadecer al granjero de su mala suerte. Éste se encogía de hombros y contestaba imperturbable:

—Las nubes tapan el sol, pero también traen la lluvia. Una desgracia, trae consigo a veces un beneficio. Ya veremos.

Tres meses más tarde, la yegua reapareció con un magnífico semental salvaje caracoleando junto a ella.  Estaba preñada. Los vecinos acudieron para felicitar al dichoso propietario.

—Tenías razón al ser optimista. ¡Pierdes un caballo y ganas tres!

—Las nubes traen la lluvia nutricia, y en ocasiones la tormenta devastadora. La desgracia se esconde en los pliegues de la felicidad. Esperemos.

El hijo único del campesino domó al fogoso semental y se aficionó a montarlo. No tardó en caerse del caballo y poco le faltó para romperse el cuello. Salió del paso con una pierna rota.

A los vecinos que venían de nuevo para cantar sus penas, el filósofo campesino les respondió:

—Calamidad o bendición, ¿quién puede saberlo? Los cambios no tienen fin en este mundo que no permanece.

Unos días más tarde, se decretó la movilización general en el distrito para rechazar una invasión mongola. Todos los jóvenes válidos partieron al combate y muy pocos regresaron a sus hogares. Pero el hijo único del campesino, gracias a sus muletas, se libró de la masacre.

El ladrón de hachas

Un campesino, que tenía madera para cortar, no lograba encontrar su hacha grande. Recorría su patio de un lado a otro, iba a echar un vistazo furibundo por el lado de los troncos, del cobertizo, de la granja. ¡Nada que hacer, había desaparecido, sin duda robada! ¡Un hacha completamente nueva que había comprado con sus últimos ahorros! La cólera, esa breve locura, desbordaba su corazón y teñía su mente con una tinta tan negra como el hollín. Entonces vio a su vecino llegar por el camino. Su forma de caminar le pareció la de alguien que no tenía la conciencia tranquila. Su rostro dejaba traslucir una expresión de apuro propia del culpable frente a su víctima. Su saludo estaba impregnado de una malicia de ladrón de hachas. Y cuando el otro abrió la boca para contarle las trivialidades meteorológicas habituales entre vecinos, ¡su voz era sin lugar a dudas la de un ladrón que acababa de robar un hacha flamante!

Totalmente incapaz de contenerse durante más tiempo, nuestro campesino cruzó su porche a grandes zancadas con la intención de ir a decirle cuatro verdades a ese merodeador ¡que tenía la osadía de venir a burlarse de él! Pero sus pies se enredaron en una brazada de ramas muertas que yacía al borde del camino. Tropezó, atragantándose con la andanada de insultos que tenía destinada a su vecino, ¡y se cayó de manera que fue a dar con la nariz contra el mango de su hacha grande, que debía haberse caído hacía poco de su carreta!

El pretil*

El príncipe de Tsinn estaba banqueteando con sus cortesanos. La comida se había regado abundantemente. El soberano, un poco achispado, decía palabras deshilvanadas, y en ocasiones muy extravagantes, a las que sus favoritos respondían con halagos untuosos. De repente, el príncipe estiró las amplias mangas de su traje, lanzó una exclamación de satisfacción y declaró:

—No existe mayor felicidad que la de ser monarca. ¡No hay que rendir cuentas a nadie y ninguno se atreve a contradecirte!

Kuang, su maestro de música, que estaba sentado frente a él, tomó entonces su laúd y se lo arrojó a la cara. El príncipe brincó de su asiento, esquivando así el instrumento, que se hizo pedazos contra el muro con un gemido lastimero.

Indignados, los cortesanos se levantaron y protestaron enérgicamente. Uno de ellos le preguntó al músico:

—¿Cómo has osado levantar la mano contra tu soberano?

—¡Jamás haría yo nada semejante! —se ofendió el maestro de música—. Sencillamente he querido corregir a un usurpador que había tomado el puesto del príncipe.

Y señaló el asiento vacío del monarca diciendo:

—¡He oído, procedentes de ese sitio, palabras indignas de un soberano!

Algunos dignatarios, irritados, habían echado mano al grosero personaje. Lo arrastraron ante el príncipe de Tsinn para preguntarle a su majestad que castigo quería que se le infligiera. Pero el soberano se echó a reír y dijo:

—Soltadlo. ¡Me es mucho más útil que vosotros ya que él me sirve de pretil!

* Barandilla o paredilla construida a los lados de un puente o en sitio parecido por donde hay posibilidad de caerse.

El arte del tiro con arco

Qi Shang deseaba aprender el arte del tiro con arco, que, según dicen, es un excelente camino para acceder al Tao. Fue en busca del maestro Fei Wei, quien gozaba de una reputación considerable. Éste le dijo:

—Cuando seas capaz de no parpadear, te enseñaré mi arte.

Qi Shang regresó a casa, se deslizó bajo el telar de su mujer y se entrenó en seguir con la mirada y sin parpadear el ir y venir de la lanzadera. Tras dos años de practicar este ejercicio, ya no pestañeaba en absoluto, ¡ni quisiera cuando la punta de la lanzadera le rozaba el ojo! Regresó entonces para anunciárselo al viejo Fei Wei.

—Bien —dijo el Maestro—. Ahora debes aprender a ver. Debes distinguir con toda nitidez la percepción más ínfima. Atrapa a un piojo, átalo con un hilo de seda y cuando seas capaz de contar los latidos de su corazón, ven a verme.

Qi Shang tardó diez días en atrapar un piojo, necesitó seis meses para conseguir atarlo. Después, se dedicó a mirar fijamente el insecto durante varias horas al día. Al cabo de un año, lo vio tan grande como un platillo, y al cabo de tres años, tan grande como una rueda de carro. Corrió entonces triunfalmente hasta la casa de su maestro.

—Bien —dijo el viejo arquero—, ahora vas a poder ejercitar tu puntería. Cuelga el piojo de la rama de un árbol, retrocede cincuenta pasos, y cuando consigas traspasar el insecto sin tocar el hilo de seda, vuelve a verme.

Y le tendió un arco y una aljaba.

Qi Shang tardó tres meses en tensar el arco sin temblar, un año para dar en el tronco del árbol y dos años para tocar el hilo de seda. Cien veces cortó el hilo sin tocar el piojo. Transcurrieron otros tres años antes de que la flecha atravesara el insecto sin tocar el hilo.

—Bien —dijo el viejo Fei Wei—, ya casi has concluido. Ahora sólo te queda intentar lo mismo en medio de un vendaval. Entonces, ya no tendré nada que enseñarte.

Y tres años más tarde, Qi Shang logró esta última proeza. Entonces se dijo que ya sólo el faltaba una cosa por hacer: medirse con su maestro, saber si era capaz de superarle, si podría finalmente ocupar su lugar. Tomó su arco, sus flechas y se fue en busca de Wei Fei.

El viejo arquero, como si le esperara, había salido a su encuentro, arco en mano, con las mangas remangadas.

Cada uno en un extremo del prado, se saludaron sin decir palabra, colocaron una flecha sobre el arco y se apuntaron cuidadosamente. Las cuerdas vibraron al unísono, las flechas chocaron en pleno vuelo y cayeron sobre la hierba. Seis veces silbaron y seis veces se dieron. Fei Wei había vaciado su aljaba, pero Qi Shang aún tenía una flecha. Dispuesto a todo para deshacerse de su rival, para terminar con su maestro, disparó. La risa del anciano respondió al grito de la flecha y, con el meñique de su mano derecha, desvió el tiro mortal que fue a plantarse en la hierba. Fei Wei dio tres pasos, recogió la flecha, la colocó sobre su arco y apuntó a su vez a su discípulo.

Qi Shang no hizo ningún gesto, pero la flecha sólo rozó su cintura, como si su maestro hubiese errado el tiro… o le hubiera perdonado la vida. Pero cuando quiso dar un paso, ¡su pantalón cayó sobre sus tobillos! El golpe magistral del viejo Fei Wei había cortado el cordón.

Entonces Qi Shang se prosternó y exclamó.

—¡Oh, gran Maestro!

Fei Wei se inclinó a su vez y dijo:

—¡Oh, gran Discípulo!

Para leer en vacaciones I

18 lunes Dic 2023

Posted by Fernando Vásquez in Del diario, LECTURA

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Cuentos de los sabios judíos cristianos y musulmanes, Cuentos y leyendas de los hebreos

Ilustración de Soizick Meister.

La viña de Noé

Este relato, reelaborado por la parisina Axelle Hutchings, hace parte del libro Cuentos y leyendas de los hebreos (Kókinos, Madrid, 2014).

 

Tras el diluvio. Noé tuvo que volver a plantar en los vergeles que las aguas habían anegado. Era un buen labrador. Los granados ya estaban dando sus frutos, cuyo jugo agridulce servía para calmar la sed de los pastores y caravaneros. Los almendros estaban cuajados de flores blancas y en los manzanos aparecían las primeras yemas. Noé plantó entonces la vid. Llevaba ya un buen rato trabajando en ello cuando apareció Satán en el cerro. Este se encaramó en lo alto de un majano y preguntó a Noé:

—¿Por qué te sigues desmolando? ¿Qué penoso trabajo te has impuesto esta vez? ¡Dios te ha tocado con su gracia y has librado de su cólera al hombre y a su descendencia! ¡Has salvado del diluvio a todo el reino animal: del insecto más dañino al mamífero más majestuoso! ¿Qué más quieres?

—Baja de esas piedras —replicó Noé sin mirar a su interlocutor.

Satán obedeció clavando su mirada en el hombre:

—De acuerdo. Pero dime qué estás haciendo.

—Estoy plantando un viñedo —respondió Noé.

—¿Por qué? —volvió a preguntar Satán.

Noé se irguió, se enjugó el rostro con un pico de su larga túnica, e indicó:

—Porque el fruto de la vid es valioso. Alegra el corazón del hombre y es saludable tanto para el alma como para el cuerpo.

Satán quiso aprovechar la ocasión: “Esta planta, se dijo, será la mía. Gracias a ella, poblaré los infiernos…”.

Y entonces propuso a Noé con malicia:

—¡Voy a ayudarte! Te has ganado de sobra el derecho a descansar.

—¡De acuerdo! Busca un buen abono para alimentar esta tierra árida.

—¡Confía en mí! Yo sabré dónde encontrar cuanto sea preciso. Tendrás un suelo fértil y tus vides se doblarán con el peso de las uvas.

Satán fue a buscar un cordero. Lo sacrificó al pie de la primera vid y derramó la sangre del animal por el suelo. Para la segunda planta, eligió un león; para la tercera, un cerdo. Y, finalmente, un mono corrió la misma suerte en la cuarta.

El abono de Satán surtió el efecto deseado: la viña de Noé produjo sarmientos vigorosos.

Los sarmientos cargaron pesados racimos. Vendimiaron la viña, pisaron la uva y llenaron las tinajas. Era la primera cosecha tras el diluvio y la celebraron con alegría. Sacaron el primer caldo de los cántaros y llenaron con él las copas. De la copa a la boca, el vino soltaba la lengua y trababa amistades, pues el primer vino volvía manso como un cordero. De la boca al estómago, el vino despertaba la animosidad, pues el segundo vino volvía pendenciero como el león. Del estómago a la tierra, el vino ensuciaba el suelo, pues el tercer vino llevaba a revolcarse en el fango, como los cerdos. Con el cuarto, se hacían tonterías dando saltos alrededor de las tiendas de los campamentos, soltando palabras sin sentido, como los monos.

Y así es como, dese entonces, la gente bebe, junto con el vino, los defectos de los animales cuya sangre se mezcló con la vid. Allí donde Satán no puede llegar envía al vino como mensajero, poblando así su reino.

Ilustración de Jungho Lee.

Las cuatro historias que siguen, redactadas por Jean-Jacques Fdida, hacen parte del texto Cuentos de los sabios judíos cristianos y musulmanes (Paídos, Barcelona, 2007).

Despierto para rezar

Un derviche se pasaba las noches rezando y experimentaba grandes éxtasis.

Una noche, uno de sus hijos le preguntó si podía quedarse a velar con él. El padre aceptó, y el niño pudo acceder a su vez a los misterios divinos. Sin embargo, al romper el alba el niño, mirando a sus hermanos, tiró a su padre de la manga y le dijo:

—Papá, me ha gustado mucho esta noche de vigilia. Pero ahora siento pena por mis hermanos, a quienes el sueño priva de tantas bellezas.

—Hijo mío —le respondió el derviche—, si sólo te has quedado despierto para mirar cómo duermen los demás, habrías hecho mejor quedándote en la cama.

El blanco

Había una vez un rabino, un viejo rabino, que tenía esa capacidad increíble —y cuán envidiable— de poder responder a todas las preguntas que le hacían simplemente contando una historia. Esto tenía a sus discípulos muy impresionados.

Un día fueron a verlo y le preguntaron:

—Rabino, díganos, explíquenos cómo lo hace para conseguir encontrar siempre una historia que responda precisamente a la pregunta que planteamos.

Y el rabino respondió:

—Pues es muy simple… Os contaré una historia.

En el imperio de Japón había un samurái, un gran arquero, que recorría el país en busca de una forma de dominar mejor su arte. Un día llegó a una posada. Le hicieron entrar al patio. Y allí se quedó boquiabierto: sobre todos los muros del recinto vio blancos dibujados con una flecha clavada en el centro de cada uno de ellos.

El samurái llamó al posadero:

—¿Quién ha hecho esto?

—Mi hijo —respondió el posadero.

—¿Y dónde está tu hijo?

—Allí, creo, está jugando…

El samurái se dirigió al niño y le preguntó:

—¿Has sido tú quien ha hecho esto?

—Sí —respondió el niño.

Entonces, sin decir palabra, el samurái se apartó y, acto seguido, con un gesto extremadamente armonioso y más rápido que un parpadeo, disparó una flecha justo en el centro de cada uno de los blancos y partió la flecha del niño en dos.

Después se acercó al pequeño y le dijo:

—Esta es mi técnica. ¿Cuál es la tuya?

Y el niño respondió:

—¡Ah! Pues yo no lo hago así. Yo primero lanzo la flecha y después dibujo el blanco.

 —Y yo —dijo el rabino a sus discípulos—, yo hago más o menos lo mismo con vuestras preguntas y mis historias.

La vidente

Un joven judío fue a visitar a una vidente. Ella le cogió la mano y le dijo:

—¡Ay, ay, ay! ¡Es más bien triste!… Hasta los treinta años, no veo más que cosas terribles… Sí, hasta los treinta años su vida será un infierno.

—Bueno —respondió el judío—. ¿Y después de los treinta?

—Después de los treinta, se acostumbrará.

El escondite

Cuentan que un día Yéhiel, el nieto del célebre hasid Rabbi Baroukh, estaba jugando al escondite con sus amigos. Había encontrado un escondite perfecto y estaba esperando a que lo descubrieran. Esperó y esperó… Pero al cabo de un rato se le acabó la paciencia y salió de su escondite. Y cuál sería su decepción al darse cuenta de que sus amigos no sólo no lo estaban buscando, sino que además se habían olvidado completamente de él y habían empezado un nuevo juego. Entonces el niño rompió a llorar y fue a contarle su historia a Rabbi Baroukh. Sin embargo, el niño quedó estupefacto al ver que, mientras lo escuchaba, su abuelo había empezado a llorar en silencio. Tenía el rostro bañado en lágrimas. El niño le preguntó por qué lloraba. Y Rabbi Baroukh respondió:

—Hijo mío, lloro porque tu historia me ha parecido terrible. Y ya ves, tengo la impresión de que a Dios le pasa algo parecido… Ha encontrado un escondite perfecto, pero ya nadie quiere jugar con él.

Sentido e importancia de la Sistematización de experiencias

12 martes Dic 2023

Posted by Fernando Vásquez in Ensayos

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Ilustración de Joey Guidone.

Cuando observamos con detalle algunas actividades laborales que realizamos, o al repasar cierto proyecto llevado a cabo durante varios años, o en las ocasiones que analizamos el saber acumulado proveniente de un oficio, caemos en la cuenta de que, por no tener el tiempo o la disposición para registrar estos eventos, dicho caudal de experiencia se va menoscabando y muere en el olvido sin que haya sido transmitido a otros. Para evitar esa pérdida de conocimiento proveniente de la práctica y recuperarla desde sus mismos protagonistas es que se ha recurrido al instrumento o el método de la sistematización de experiencias. Reflexionemos en los párrafos siguientes el sentido e importancia de esta manera de reconstruir el conocimiento situado.

La sistematización de experiencias es un modo de elaborar saber desde lo particular, lo local, desde “lugares periféricos”, no siempre reconocidos o validados por discursos hegemónicos. En esta perspectiva, su apuesta es más por la emergencia de “subjetividades ocultas”, de dar relieve a actividades u oficios aparentemente secundarios y la visibilización de haceres que, por sus mismas particularidades repetitivas, parecen no comportar mayores innovaciones. Todo ello realizado desde la óptica de sus protagonistas, sin mediaciones de “expertos” o sin cumplir estándares de normas determinados por autoridades académicas foráneas.

De igual manera, la sistematización de experiencias es una forma de identificar y reconocer aprendizajes originados desde la experiencia. En este caso, aunque no se desconozcan referencias inspiradoras de saberes eruditos, se privilegia el conocimiento que nace cotidianamente de la acción, del quehacer, de enfrentar día a día una ocupación. Cuando así se procede es porque se dota a la experiencia de un estatuto epistemológico propio en el que cuentan el tiempo de dedicación a una tarea, el dominio de útiles y herramientas, la previsión y los planes de contingencia para resolver problemas, la inteligencia práctica y una franca adhesión a las lecciones derivadas del método natural del ensayo y error. Por eso, en la sistematización de experiencias es vital recuperar las voces de los implicados debido a que, poco a poco, son ellos los que dan forma a la tradición de una práctica, los que elaboran a partir de su experiencia un repertorio de consejos que por lo regular son transmitidos de manera oral y, en gran medida, hacen parte del modo como se hereda a otros eso que llamamos sabiduría.

Precisamente por lo anterior, la sistematización de experiencias es un recurso de formación estratégico para intercambiar y replicar saberes validados desde la práctica. El saber aplicado requiere otras condiciones diferentes al aula convencional o la mediación de instituciones formales de educación. Por tratarse de un saber validado desde la experiencia, por privilegiar las voces de los directamente implicados, por necesitar de evidencias que comprueben los modos como se produce determinada actividad, la sistematización de experiencias es un medio potente para inducir a novatos en el aprendizaje de un oficio. Cuando alguien accede a dicha información lo que descubre no son las teorías abstractas o los requerimientos de una profesión o un quehacer, sino el testimonio directo de quien se ha enfrentado a tal conjunto de actividades. Se trata de un saber encarnado y ubicado en un espacio y tiempo determinados. Allí, en esa descripción pormenorizada, en los consejos o advertencias para llevar a cabo una tarea, en las sugerencias dadas cuando se tenga una eventualidad semejante, la sistematización de experiencias se convierte en una especie de “tutoría” o acompañamiento basado en el colegaje, en la ayuda mutua y en la hermandad pregonada por los artesanos.

Por supuesto, ese esfuerzo de reconstrucción de lo vivido es un ejercicio de rememoración y registro, pero desde algunos criterios analíticos. Esto es lo que le da consistencia a tal proceder de la memoria y evita la divagación o la falta de foco al relatar alguna actividad o acontecimiento. Los criterios pueden ser variables, aunque, de manera general, se centran en la identificación, reconstrucción, análisis y proyección de la experiencia. De allí que, en el relato de la experiencia, se incluyan aspectos como los motivos que la originaron, los actores participantes, el contexto donde se desarrolló y una descripción pormenorizada de la misma. Será importante también mencionar los logros más destacados, las dificultades más notorias, los aprendizajes significativos y las proyecciones o recomendaciones prácticas derivadas de dicha experiencia.

Como se ve, el calificativo de “sistematizar” la experiencia rubrica varias tareas previas o paralelas: habrá que preparar un archivo de documentos o materiales relacionados con aquello que nos convoca; tendremos que entrevistar o buscar testimonios que ayuden a corroborar o apreciar mejor una línea de tiempo, una serie de hechos, unas vicisitudes relevantes; será fundamental al momento de redactar la experiencia saber discriminar detalles o circunstancias, objetos o productos, contextos o condiciones específicas. La sistematización subraya una organización de datos, personas, eventos, sentimientos que se agolpan desordenados cuando los convocamos por nuestra memoria. Es una remembranza acompañada de la reflexión permanente, del análisis de la acción y de una enorme capacidad de autocrítica para poder resaltar los aciertos, pero de igual forma señalar los errores o los inconvenientes. Por lo demás, se tendrá que cuidar la forma de escribir esa experiencia para que sea comunicable o legible, y así lograr que su relato contenga la información necesaria y suficiente. No debe olvidarse que la sistematización de experiencias pretende, como objetivo último, poder ser replicada por otras personas.

Vale recalcar al cierre de estas reflexiones que animarse a realizar una sistematización de experiencias implica enfrentarse a la mediación de la escritura. El encuentro con este medio expresivo es, para muchos, uno de los mayores retos, especialmente porque poco se escribe y falta apropiar esta “tecnología de la mente”. Será necesario, por lo mismo, prepararse para realizar varios borradores, elegir las palabras más idóneas de aquello que deseamos compartir, hallar cómo encadenar las ideas y, mediante una destilación progresiva del documento, alcanzar un texto cohesionado y coherente. No obstante, una vez se logre poner en sintonía nuestras ideas con las palabras y las palabras con un futuro lector, seguramente se tendrá una sistematización de experiencias que sirva, en principio, para dignificar lo que hacemos, al tiempo que se convierta en un aporte a la construcción colectiva de los saberes y a esa necesaria microhistoria de los oficios y las profesiones.

Escribir para reconocernos

28 martes Nov 2023

Posted by Fernando Vásquez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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«Autorretrato» de Johannes Gumpp.

La escritura, además de sus funciones utilitarias y comunicativas, puede ser un medio idóneo para reconocernos.

Pero, antes de desarrollar esta tesis, considero importante recordar algo sobre el sentido del reconocimiento. En la tragedia clásica, la anagnórisis o agnición era el momento en que, por determinadas circunstancias (una cicatriz, por ejemplo), se lograba el descubrimiento de un desaparecido o la identidad de alguien oculto. Sirva de ilustración la escena de Euriclea, la anciana ama de llaves, cuando lava los pies a Odiseo y lo reconoce, precisamente, por la herida que le había dejado el jabalí en su muslo. Ese mínimo detalle conduce a revelarle a la anciana que no está frente a un mendigo, sino ante su antiguo amo. El reconocimiento, como se infiere del ejemplo, permite revelar una identidad, sacar a flote la persona auténtica.

Entonces, ¿por qué considero que la escritura es una aliada o un recurso excepcional para reconocernos?

En principio, porque cuando realizamos un registro escrito sobre un hecho, una vicisitud o peripecia personal, al hacerlo empezamos a entender su peso, su valía, o su grado de resonancia en nuestra existencia.  Es como si tuviéramos un espejo de palabras para, a través de esos signos, mirarnos cara a cara. Ya se trate de una situación de dolor o de alegría, un evento positivo o un problema abrumador, la escritura de tal suceso nos revela, nos ayuda a entender “aquello que nos pasa” y, en esa misma medida, contribuye a que veamos cómo encajan esas piezas discontinuas dentro de la figura de nuestro ser. No digo, por supuesto, que ese reconocimiento siempre tenga un resultado feliz; de igual modo puede llevar a ensimismamientos retadores o dolorosos, a descubrir falencias recurrentes, o a detectar actuaciones que al verlas puestas en el papel muestran filiaciones con “marcas” de crianza o improntas escondidas de un temperamento.

Además de esto, la escritura nos ayuda a recuperar hechos de nuestra vida para volverlos genuinos acontecimientos. Nuestra infancia, nuestro periplo afectivo, nuestras pérdidas y alegrías, los grandes triunfos, las penosas derrotas… todo eso por lo que pasamos, esas peripecias existenciales, se tornan memorables cuando pasan por el cedazo de la escritura. Tales relatos son, en verdad, trabajos de “recuperación del tiempo perdido”, formas textuales para atrapar lo que de suyo es evanescente, documentos de reconocimiento para restablecer filiaciones espirituales con nuestro pasado.

Y esta misma función reveladora de la escritura podemos aplicarla a otros campos. Supongamos que somos educadores con muchos años de oficio, pero durante ese tiempo no hemos escrito nada sobre lo que hacemos. A lo mejor hemos llenado formatos o diligenciado encuestas de desempeño, pero poco acudimos a la escritura para reconocernos. Trabajamos, devengamos un salario, buscamos formar a otras personas, nos ocupamos en las tareas cotidianas de la escuela, sin haber nunca dejado un registro escrito de nuestro quehacer. Cosa distinta sucedería si, con cierta constancia, describiéramos determinadas actividades de aula, lleváramos un diario de clase, o realizáramos la crónica de algún proyecto de nuestro curso. En tal caso, al leer y releer lo que hemos escrito, podríamos “caer en la cuenta” de lo que hacemos para, desde ese reconocimiento, lograr explicar y comprender mejor el mundo de nuestras actividades. Además de obtener un beneficio adicional: el de ver en esos registros escritos las claves para mejorar o transformar nuestro quehacer.

En esta perspectiva, la escritura es un medio para reflexionar la práctica. Y con esa “evidencia de signos” es posible descubrir las coordenadas de nuestro saber docente, la singularidad como maestros, nuestro estilo de enseñanza.

De otra parte, la escritura también nos posibilita reconocer el modo como pensamos o la configuración de nuestro pensamiento. Cuando escribimos descubrimos las entretelas de nuestra cognición, aparece ante nuestros ojos una especie de radiografía de la armazón de nuestro pensar. De allí porqué algunos investigadores de la escritura, como Walter Ong, hayan sugerido que escribir sea un modo de aprender a pensar mejor, a ser coherentes, a tener un pensamiento organizado, a cualificar nuestra argumentación y hallar las conexiones lógicas entre diferentes proposiciones.

Este punto lo considero fundamental para reiterar un asunto en el que he venido insistiendo hace ya muchos años: la escritura permite el reconocimiento de que podemos pensar por cuenta propia, que tenemos la mayoría de edad intelectual para entrar a participar de ese diálogo escritural que moviliza la cultura. Entonces, la escritura posibilita reconocernos como trabajadores del mundo de las ideas. Gracias a ella descubrimos que no solo somos rutinarios trabajadores de la sobrevivencia, sino también seres razonantes y cuestionadores, seres críticos capaces de romper las propias limitaciones de las creencias heredadas y proponer visiones de otros mundos posibles.

Hagamos un alto y repasemos lo que hasta aquí hemos expuesto: al escribir tomamos distancia de nosotros mismos, de lo que hacemos y de lo que pensamos. El escribir es un proceso alquímico mediante el cual ponemos afuera nuestro pensamiento, lo objetivamos y, de esta manera, logramos analizarlo con detenimiento. El filtro de la escritura nos dota de una personalidad diferente a la que aparece en los datos de identidad de nuestra cédula. La escritura nos permite transformar la suerte no elegida de nuestra herencia biológica en una genuina reconstrucción de quiénes somos. Más que un dato, al escribir nos erigimos como historia; más allá de una fecha de nacimiento y otra de muerte, nos transmutamos en un relato apasionante y único de cómo una conciencia da sentido y explicación a su vida. Al escribir dejamos de ser ajenos a nuestra existencia; nos hacemos dueños de nuestro propio destino.

Hastío de la politiquería

20 lunes Nov 2023

Posted by Fernando Vásquez in Ensayos

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Ilustración de Ángel Boligán.

Se los oye dando declaraciones en los medios de comunicación sobre sus llamativas propuestas de gobierno si llegan a ganar las elecciones y uno no sabe si hablan de esa manera porque consideran a la audiencia tonta o cabalmente crédulos, pues lo que prometen ni es factible, ni está avalado por determinado estudio, una investigación de largo aliento o al menos soportado en alguna documentación. Su discurso está lleno de generalizaciones, de lugares comunes: “acabaré de tajo con la corrupción”, “impondré la seguridad desde mi primer día de gobierno”, “solucionaré ahora sí el problema de la movilización en la ciudad”, “no habrá nuevos impuestos”. Son frases dichas a la topa tolondra, sin ningún respaldo, sin el conocimiento mínimo de lo que implica el largo proceso administrativo de una decisión gubernamental. Son consignas repetitivas, puestas en boca de los aspirantes a gobernar, pero que han sido dichas por los mismos que ahora ocupan los puestos que estos candidatos, “adalides de la democracia”, pretenden alcanzar.

Pero, además de esta vacuidad en el discurso, de esas frases tan rimbombantes como raquíticas de contenido, lo que reiteran estos demagogos marrulleros en las entrevistas, en la prensa y lo multiplican en las redes sociales, son frases llenas de epítetos agresivos contra sus contrincantes de turno. Cada uno acusa a sus opositores de los vicios o los defectos que él dice no tener o exhibe virtudes o comportamientos irreprochables. Por supuesto, tampoco de esto hay respaldo alguno, ni aun cuando de manera flagrante se demuestran delitos como el cohecho o el tráfico de influencias. Bien se sabe, que el discurso del odio contribuye a menguar la vergüenza propia o disipar el reconocimiento de la falta. Son los otros los deshonestos, es el contrincante el que posee todos los males que causan el deterioro de un país. Aquí, una vez más, el discurso de estos tunantes de cuatrienio apela a la desmemoria de la masa, absolutiza el presente y, desde ese tiempo, anuncia las panaceas, el elíxir de la solución definitiva: “conmigo empieza el futuro”, “mi propuesta sí dará solución a las iniquidades y la pobreza”, “yo les devolveré la seguridad a todos los ciudadanos”. Lo común en sus campañas, y que es capitalizado por los medios de información ansiosos por aumentar las audiencias, no es hablar de las debilidades de las propuestas de los contrincantes, sino centrarse en la persona del opositor. De allí que los crédulos electores terminen votando en “contra de alguien” y no eligiendo un programa, una agenda de partido, una razonable propuesta de gobierno.

Pienso que esto último se debe, entre otras razones, a la improvisación o falta de consistencia ideológica y programática de las organizaciones políticas. Es común crear de sopetón un partido para inscribir una candidatura sin ni siquiera haber debatido los principios que lo guían, los fundamentos de su propuesta, su agenda de gobierno. Son partidos de afán, hechos a la medida de las circunstancias y acomodados a la astucia del pícaro redomado y sus secuaces o la “coyuntura política del momento”. Por eso también hay mutantes, trásfugas, militantes tipo “canguro” que saltan de un movimiento a otro, ejemplo de su debilidad ideológica y mostrando un oportunismo mayúsculo. Y ni qué decir de los presuntos directores de los partidos llamados tradicionales, quienes –a la manera de patriarcas religiosos– dan su bendición o excomulgan a los que no acatan sus designios. Mirando en detalle los comicios nacionales es fácil detectar por qué la gente viene descreyendo de los partidos, por qué ya no los representan, y por qué se han ido convirtiendo en “maquinarias” para lograr un único cometido: hacer que alguien ocupe un puesto de gobierno para favorecer los intereses particulares.     

De otra parte, aunque con el mismo fin, los medios de información, especialmente la radio, asumen el papel de propagandistas de tales ladinos camaleónicos. Gran parte de los programas matutinos de noticias se ocupan en llamar a dichos candidatos para preguntarles qué piensan de lo que afirmó otro oponente y, con esa declaración, convertirla en “comodín” para despertar aversiones y repetir el mismo mensaje a lo largo del día, rubricado por los noticieros televisivos que, a su vez, vendiendo la idea de que la “gente debe estar bien informada”, diseñan “debates” para favorecer tendenciosamente a unos o, convirtiéndose en jueces, acorralar con preguntas a otros. Lo cierto es que el cubrimiento informativo de la politiquería trae un doble beneficio: para los demagogos, porque convierten la amplificación de los medios en una semilla para propiciar el rumor, la mentira o la calumnia sobre sus opositores, y para los medios, que conocen de sobra los beneficios de aumentar su audiencia alimentando el fuego de la polémica, la mutua ofensa o la pelea que, como ellos mismos afirman, está para “alquilar balcón”.

Pasadas las elecciones del momento, estos remedos de líderes se los verá asumir, si han ganado, el tono triunfalista y desafiante sobre los vencidos; o, en el caso de que hayan perdido, alegar los fraudes o la falta de “condiciones” para haber logrado su cometido. Hibernarán por un tiempo y, cuando tomen posesión de su cargo, construirán un discurso de descrédito sobre sus antecesores, hallarán más de una razón para disculpar su ineficiencia o, lo que resulta más deprimente, alegarán que necesitan “otro período” para alcanzar sus metas más ambiciosas. Y lo que en sus campañas era tildado de repudiable, ahora se convertirá en motivo de justificación; los principios éticos, defendidos como bandera en el pasado, serán en el presente menos inquebrantables; las promesas hechas en campaña por su partido pasarán a ser negociadas con otros que, enquistados por décadas en las ramas legislativas del Estado, conocen cómo sacar provecho del erario del país. Instalados en el poder estos dirigentes calculadores sabrán disponer las fichas en el gobierno para su propio beneficio, favorecerán a sus financiadores, e irán dejando en el olvido las grandes consignas, el mundo utópico proclamado en las campañas, las ingentes reformas que parecían fáciles de conquistar.

Lejos, muy lejos, están dichos personajes de ser o alcanzar la talla de estadistas responsables, de gestores de sociedades más equitativas e incluyentes, de hombres íntegros al servicio de lo público. Lo suyo es un simulacro de tales atributos; una pantomima del ejercicio responsable de la política, una “ladina ocupación de masas” que cada día se ve más catapultada por la propaganda de los medios masivos de información, el uso de la desinformación de las redes sociales y el respaldo de la abundancia de dinero ya sea de procedencia lícita o ilícita.

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