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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: APRENDER A ESCRIBIR

Características notorias de los textos académicos

16 viernes Feb 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos, LECTURA

≈ 4 comentarios

Ilustración de Aad Goudappel.

Son variados los textos académicos que en los espacios educativos solicitan los maestros a sus estudiantes. Los hay cortos o de larga extensión, con medianos o altos requisitos formales, pero siempre asociados a ejercicios de escritura sobre la comprensión de un texto disciplinar, o usados como práctica de lectura frecuente y cotidiana en diferentes áreas del conocimiento para aprender los pormenores de un campo del saber. De igual modo, son prueba de suficiencia y comprobación del dominio en un área, evidencias de las etapas de un proceso investigativo, o requisitos de grado para acceder a un título universitario. En definitiva: los textos académicos forman parte de la dinámica habitual de la enseñanza y el aprendizaje.

No obstante, a veces los aprendices tienden a no diferenciar este tipo de textos de otros que circulan en la vida social o se olvidan de sus particularidades. Tal inadvertencia lleva a que se los enfrente de cualquier manera, sin las herramientas cognitivas y materiales requeridos, y, además, se pierda o minimice la importancia que tienen para un proceso formativo. Así que vale la pena delinear un grupo de características de los textos académicos con el fin de que, antes de entrar en relación con ellos, se comprenda bien su pertinencia, uso y modo de leerlos o escribirlos.

  1. Presentan información compleja o, por lo menos, diferente al discurso del habla común. Son textos que incluyen diversas capas de información, que involucran una manera de argumentar muy diferente a la que apreciamos en una página de periódico, en el papeleo administrativo o en las transacciones comerciales. Su complejidad entraña cierto nivel de dificultad comprensiva.
  2. Exigen una atención mayor para entenderlos que la usada para los textos de circulación cotidiana. Los textos académicos, por su misma complejidad, necesitan para su lectura concentración, interés manifiesto y una intencionada vigilancia a los pormenores de su contenido. Sin la atención debida, el lector fácilmente cae en la indiferencia o la incomprensión.
  3. Tienen unas marcas especiales en su tipografía, a veces usan subtítulos y muestran una jerarquía en el diseño de la información. Estos textos presentan en su aspecto formal distinciones en el tamaño y estilo de letra, usan subtítulos u otras marcas para dividir la información, con el propósito de darle una estructura organizada al contenido y hacerla más comprensible al lector.
  4. Suponen para su comprensión disponer a la mano de otras fuentes de referencia. Por su misma complejidad, porque incluyen un lenguaje depurado o relacionan autores especializados en un campo, los textos académicos invitan a que el lector tenga a la mano otras fuentes de consulta para aclararlos o ahondar en su mensaje. Los diccionarios especializados son imprescindibles.
  5. Ofrecen conocimientos o informaciones no tan comunes o en gran parte desconocidas. Los textos académicos exploran en conocimientos diferentes a los que circulan en la vida cotidiana de las personas o, por lo menos, muestran otros aspectos de asuntos o problemas habituales. Parte de su riqueza es que nos ponen en contacto con temas, preguntas o cuestiones a las que muy difícilmente accederíamos o investigaríamos por nuestra cuenta.
  6. Tienen una estructura particular y un modo de presentar u organizar el discurso. La organización formal de estos textos se estructura a partir de determinados formatos o responden a las características de una tipología textual específica. Conocer y acatar ciertos modelos o patrones de construcción y presentación hace parte de su identidad académica.
  7. Incluyen muchas veces un buen número de citas y notas a pie de página. En estos textos lo común es que aparezcan abundantes referencias a otros autores o que se agregue información adicional de lo que se esté tratando. Tal manera de presentar la información no solo apunta a mostrar un respaldo de autoridad dentro de una disciplina, sino a señalar responsablemente que hay una tradición acumulada en cualquier campo del saber.
  8. Se centran en el desarrollo de un tema o en la suma de argumentos para soportar una tesis. Por lo general, los textos académicos buscan explicar un tema de la manera más clara, ordenada y precisa o se enfocan en presentar una tesis avalada con argumentos fundamentados y consistentes. Su propósito vertebral es adentrarnos en una materia u ofrecernos elementos para analizar un asunto que, al mismo tiempo, ofrezcan razones de peso para saber argumentarlo.
  9. Exigen la relectura de sus apartados para entender cómo se relacionan las partes con el conjunto. Por presentar información compleja y mantener una exposición o argumentación durante una extensión considerable, los textos académicos demandan la práctica de la relectura. Estos textos nos imponen avanzar y retroceder constantemente para saber articular los fragmentos con la totalidad. Descubrir el andamiaje de su estructura es esencial para alcanzar su comprensión.
  10. Obligan a que el pensamiento del lector haga constantemente análisis, inferencias, relaciones congruentes. Los textos académicos están confeccionados para que la mente del lector vaya más allá del sentido literal de los términos. Estos textos, además de informarnos, son más para examinarlos en profundidad, para cotejar sus afirmaciones y descubrir semejanzas y diferencias en su contenido. Los textos académicos convocan las principales operaciones lógicas del pensamiento.
  11. Requieren más tiempo para entenderlos que otro tipo de textos. Por exponer información compleja o desarrollar argumentaciones de largo aliento, los textos académicos no se captan completamente en una primera lectura, ni pueden abordarse de forma rápida o con un simple vistazo. La disponibilidad de tiempo nos indica que los textos académicos son para estudiarse. Es decir, que es necesario aplicar la inteligencia, memorizar un contenido, esforzar el entendimiento.
  12. Suponen el empleo de habilidades como el subrayado, la toma de apuntes, el resumen, los esquemas y otros recursos de discriminación de información. Por sus particularidades y su estructura densa los textos académicos presuponen el uso de técnicas de aprendizaje o el manejo de herramientas asociadas al trabajo intelectual. El conocimiento de estas técnicas es una labor previa o paralela durante su lectura.
  13. Poseen la función implícita de provocar la producción oral o escrita de quien los lee. Los textos académicos son un referente privilegiado para ejercitar la conversación, el debate, el intercambio de opiniones o de juicios. Los textos académicos hacen las veces de punto de encuentro para retomar y hacer avanzar el flujo de las ideas, para asimilar y producir conocimiento, para desarrollar la creatividad y el pensamiento crítico.
  14. Son usados en ambientes educativos para el aprendizaje de una disciplina o una profesión. Además de mostrar información nueva o satisfacer la curiosidad, los textos académicos tiene una intencionalidad didáctica; es decir, son confeccionados o adecuados para cumplir una mediación formativa, concebida y planeada con unos objetivos determinados y el logro de unas capacidades específicas.
  15. Están interrelacionados con otros textos y hacen parte del capital cultural de una sociedad. Los textos académicos se relacionan con otros semejantes, tienen vínculos interdisciplinares y forman parte de un acervo valioso de conocimientos; en este sentido, sirven de artefactos culturales para transferir información preciada y útil a las nuevas generaciones.
  16. Presentan marcas de autoridad que los hacen confiables o dignos de credibilidad. Una buena parte de los textos académicos rubrican o destacan el aporte de personas dedicadas a reflexionar un oficio o profesión, o enaltecen los resultados de quienes se dedican a la investigación. En este sentido, privilegian la confiabilidad en los contenidos al igual que la sustentación en las ideas al escribirlos.
  17. Poseen una identidad bibliográfica precisa con el fin de ubicarlos, datarlos y referenciarlos. Los textos académicos son celosos del modo como se conserva su procedencia y, al mismo tiempo, de su ubicación en determinados espacios de acopio de información. Los textos académicos se comportan como genuinos documentos y, en esa medida, obligan a cumplir estándares de almacenamiento, acceso y circulación.
  18. Necesitan de una alfabetización y acompañamiento continuado para entender sus particularidades y el modo de abordarlos. Debido a su complejidad o por la especialización de la que tratan, los textos académicos presuponen una inducción o acompañamiento que ofrezca las claves para desentrañarlos y los métodos más adecuados para interactuar con ellos. En este aprestamiento está la garantía de su eficacia como útiles de aprendizaje y el secreto de su cabal apropiación.
  19. Obedecen normas de presentación específicas, y usan una redacción cuidadosamente elaborada. Los textos académicos no se conciben de forma espontánea ni se redactan de cualquier manera; buena parte de la dificultad para producirlos reside, precisamente, en atender normas y lineamientos acordados por comunidades académicas o científicas. Quien escribe un texto académico debe usar un lenguaje tamizado, vigilar las reglas mínimas de la gramática y aspirar a un alto grado de comunicabilidad.
  20. Muestran un estilo de pensamiento riguroso y una argumentación clara y consistente. Por basarse en el análisis y la reflexión continuas, los textos académicos se destacan por el razonamiento deductivo o inductivo y por la exigencia intelectual de mantener a lo largo de su discurso la cohesión y la coherencia entre las ideas. Los textos académicos privilegian la explicación razonada, revestida de abstracciones, que la opinión ligera o la expresión emotiva.

Con estos elementos ya podemos lanzar un cuarteto de conclusiones: la primera, que los textos académicos merecen un lugar importante en los currículos de las instituciones educativas, al igual que una reflexión entre colegas para acordar cuáles son los más pertinentes o los más necesarios para alcanzar un perfil de egreso. Una segunda conclusión es ésta: los textos académicos exigen el desarrollo previo de habilidades lógicas de pensamiento que, si no se conocen y ejercitan en los primeros años de escuela, y se refuerzan en la educación media, difícilmente lograrán madurar en la educación superior. La tercera consecuencia de las características presentadas es que saber escogerlos, dosificarlos, diseñar guías, protocolos u otros recursos de acompañamiento, son funciones de los buenos maestros si, en verdad, les importa que sus estudiantes tengan una relación motivada por el deseo de saber y aprendan cómo sacarle el mejor provecho a este tipo de textos. Y una conclusión final: ser un usuario competente y productor de textos académicos es uno de los indicadores de calidad de un profesional preparado, reflexivo y crítico, como también es un atributo de visibilidad de quienes se dedican a investigar y buscan mediante esta modalidad de textos compartir sus hallazgos y someterlos al escrutinio de sus pares. 

Ejercicios de escritura creativa

09 viernes Feb 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

≈ 9 comentarios

Etiquetas

campos semánticos, juramento, manifiestos, mayéutica, retahílas

Ilustración de Valeria Docampo.

Son variadas las formas y las alternativas de jugar con las palabras, de explorar la potencia creativa del lenguaje. Presento acá cuatro ejercicios que pueden utilizarse como motivación para “calentar la mano”, si tenemos la pasión por escribir, o de referencia didáctica si quiséramos utilizarlos en el aula con un grupo de estudiantes.

  1. Inventar retahilas y trabalenguas

De lo que se trata es de elaborar un texto, por lo general poético, en el que se atiendan las dificultades de pronunciar ciertos términos a la par que se estimulen la fantasía y la fascinación con el ritmo de las palabras.

“En clave de C”

Con la Ce

se compran cosas

difíciles de comer:

como el caldo con costilla

los huevos en cacerola

y el cacao o el café.

Con la Ce

se compran cosas

muy fáciles de comer:

como la concha del coco

la cáscara de la yuca

y el cocido de ciempiés.

Con la Ce

se compran cosas

cualquier cosa con la ce:

cigarras encebolladas

cucarachas encurtidas

y caballo en canapé.

Con la Ce

se compran cosas,

muchas cosas de comer.

Con la Ce

se compran cosas…

Qué deliciosa es la ce.

 

Con “G” de Gael

Un gato con gorra

hacía la guerra

a dos gotas de agua.

Una de las gotas

agarró la gorra

y con un gotero

la llenó de agua.

La otra gota al gato

le pegó al bigote

una goma amarga.

¿Quién ganó la guerra?

Las dos gotas de agua.

  1. Redactar un juramento o un manifiesto

Consiste en redactar un texto, de mediana extensión, en el que se presente de forma organizada y coherente un conjunto de afirmaciones o declaraciones que voluntariamente se desean cumplir y que hagan las veces de consignas orientadoras para llevar a cabo determinado oficio o actividad.

Juramento de un artesano de la escritura

Pondré todas mis fuerzas en alcanzar un estilo claro y sin extenuantes digresiones. Procuraré usar el punto seguido más que la abundancia de comas entre las diferentes ideas de un párrafo. No olvidaré que un conector lógico es una forma de cortesía comunicativa con el lector. Tendré a la mano un diccionario razonado de sinónimos y antónimos y otro de ideas afines. Pase lo que pase, aunque me sienta seguro del significado de un término, revisaré el Diccionario de uso del español de María Moliner. Todos los días trataré de aprender una nueva palabra y me ejercitaré en memorizar tres de un mismo campo semántico. Volveré un hábito la lectura de poesía con el fin de hacer más dúctil mi mente y descubrir la potencia del pensamiento relacional. Combinaré en mis escritos los conceptos con las imágenes para convocar no solo la inteligencia sino la imaginación del lector. Seguiré este método cuando redacte un texto: apenas lance las primeras palabras, las volveré a leer para poner las que siguen; enseguida que escriba la primera frase, la releeré muchas veces antes de poner la idea siguiente; una vez haya escrito el primer párrafo lo releeré en sendas oportunidades como condición de las palabras del párrafo inmediato; terminado un apartado considerable o un capítulo, volveré a repasarlo hasta empezar el otro; y al concluir de escribir un texto lo leeré en muchas ocasiones para descubrir en él oportunidades de mejora. Consideraré que tachar no es un defecto, sino la forma como la escritura se destila hasta alcanzar su exquisito sabor. Dedicaré un buen tiempo a las enmiendas de mis escritos amparado en la convicción de que siempre es posible encontrar un mejor modo de expresar una idea. Tendré en mente siempre no solo que mis frases sean claras y precisas, sino que tengan ritmo. Me habituaré, por lo mismo, a leer en voz alta lo que escriba y a corregir no tanto con los dictámenes sintéticos de los ojos sino con el consejo analítico del oído. No dejaré que las modas literarias contaminen mis propias búsquedas o decidan el estilo que he ido consiguiendo a partir de tenacidad y trabajo. Llevaré un diario porque es allí en donde el cuerpo aprende a armonizar con los ejercicios de la mente. También portaré una libreta de notas y estaré atento a registrar voces, términos o ideas que se me ocurran en tareas cotidianas o diligencias de todo tipo. Me impondré la consigna de escribir un párrafo de calidad cada día y al menos un texto de fundamento a la semana. Mantendré siempre cercana la obra de un escritor de cabecera, la cual leeré asiduamente hasta descubrir su modo particular de componer. Visitaré librerías con regularidad confiado en que habitar y conocer las obras de otros escritores motiva y estimula mis proyectos creativos. Estaré convencido de que escribir es una labor artesanal, humilde, sin pretensiones de genialidad ni extravagancias populistas. Procuraré no mentirme en mis búsquedas ni renunciar al itinerario interior de mis proyectos. Me consideraré un custodio de la prosa meditada y pulida e intentaré poner mi experiencia al servicio de otros noveles escritores, por eso dignificaré los momentos de enseñanza y leeré con atención lo que escriban mis aprendices.

  1. Responder una pregunta con otra pregunta

Con este ejercicio no solo se incita a la creatividad para buscar y redactar un grupo de preguntas relacionadas con un tópico en particular, sino que se espolea al ingenio para responder a tales cuestionamientos usando otros interrogantes. No se trata de contestar de cualquier manera, ni de perder el foco de la cuestión; más bien el reto consiste en ofrecer implícitamente la respuesta, pero derivándola hacia una nueva pregunta.

—¿Nace uno escritor?

—¿Son los genes un destino?

—¿O se forma como escritor?

—¿Qué son nuestros instintos sin la educación?

— ¿Existen los géneros literarios?

— ¿Afecta de igual manera el tiempo a los hombres?

— ¿Y qué es el estilo?

— ¿Hay rasgos del carácter que impregnen una forma de ser?

— ¿Qué es lo primero que debe saber alguien que desee ser escritor?

—¿Hay algo más hermoso y vasto que las palabras?

—¿Y qué útiles son indispensables para empezar ese oficio?

—¿Dónde se guardan de manera ordenada las palabras?

— ¿Existe la inspiración?

— ¿No son las obsesiones una manera de hallazgo?

— ¿Qué papel cumple la etapa de corrección en los escritos?

­— ¿Se puede llegar a la estatua sin tallar el mármol?

— ¿Es bueno imitar a otros escritores para aprender a escribir?

— ¿Cuánto tiempo perderíamos si cada persona tuviera que recorrer toda la historia de la humanidad?

—¿Qué importancia tiene publicar?

—¿Sirve de algo hornear el pan si no hay bocas dispuestas a degustarlo?

  1. Elaborar un corto texto a partir de un campo semántico

El cuarto ejercicio creativo es de gran utilidad para enriquecer la afinidad o sinonimia entre las palabras (aumentar el vocabulario) y, al mismo tiempo, ofrece la oportunidad de usar el diccionario con el fin de afinarse en la precisión semántica. Se trata de emplear todas las palabras previstas en el campo semántico propuesto (conjugándolas, si son verbos), pero sin repetirlas.

CAMPO SEMÁNTICO DE MITIGAR (apaciguar, moderar, atenuar, aplacar, arreglar, suavizar, ajustar, frenar, contener).

Modo 1: en forma de diálogo teatral

—Póngale freno a esa lengua —dijo el hombre a su mujer.

—Usted es el que tiene que aplacar sus ofensas —contestó la mujer airada.

—Pero si era una broma, para ver si se le atenuaba el mal genio.

—Esas bromas suyas en lugar de contenerme me alborotan más la sangre.

—Bueno. Yo lo que afirmo es que es mejor suavizar los reproches si queremos arreglar las cosas.

—Era otra su verdadera intención —le replicó la mujer con ironía.

—No. Es cierto. Si usted ajusta las palabras de seguro a mí se me apacigua el ánimo.

—Ya veremos. Modere por ahora sus chistecitos flojos.

Modo 2: en forma de párrafo argumentativo

A pesar de que las personas tienen la voluntad para frenar la lengua cuando hablan o comentan algo negativo de sus semejantes, lo que acontece es todo lo contrario: no apaciguan su discurso cuando sienten una molestia, como tampoco moderan el tipo de lenguaje empleado. Ni suavizan sus críticas, ni atenúan sus apreciaciones. De su boca sale lo que primero que se les ocurre, sin hacer ningún alto para aplacar sus emociones o sin ninguna esclusa que contenga la avalancha de sus pasiones. Los que así actúan, por lo general olvidan que la convivencia nos obliga a ajustar lo que expresamos con las posibles consecuencias de nuestros mensajes y a arreglar o buscar el mejor modo de decir lo que nos incomoda sin agredir u ofender a los demás.

Escribir para reconocernos

28 martes Nov 2023

Posted by Fernando Vásquez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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«Autorretrato» de Johannes Gumpp.

La escritura, además de sus funciones utilitarias y comunicativas, puede ser un medio idóneo para reconocernos.

Pero, antes de desarrollar esta tesis, considero importante recordar algo sobre el sentido del reconocimiento. En la tragedia clásica, la anagnórisis o agnición era el momento en que, por determinadas circunstancias (una cicatriz, por ejemplo), se lograba el descubrimiento de un desaparecido o la identidad de alguien oculto. Sirva de ilustración la escena de Euriclea, la anciana ama de llaves, cuando lava los pies a Odiseo y lo reconoce, precisamente, por la herida que le había dejado el jabalí en su muslo. Ese mínimo detalle conduce a revelarle a la anciana que no está frente a un mendigo, sino ante su antiguo amo. El reconocimiento, como se infiere del ejemplo, permite revelar una identidad, sacar a flote la persona auténtica.

Entonces, ¿por qué considero que la escritura es una aliada o un recurso excepcional para reconocernos?

En principio, porque cuando realizamos un registro escrito sobre un hecho, una vicisitud o peripecia personal, al hacerlo empezamos a entender su peso, su valía, o su grado de resonancia en nuestra existencia.  Es como si tuviéramos un espejo de palabras para, a través de esos signos, mirarnos cara a cara. Ya se trate de una situación de dolor o de alegría, un evento positivo o un problema abrumador, la escritura de tal suceso nos revela, nos ayuda a entender “aquello que nos pasa” y, en esa misma medida, contribuye a que veamos cómo encajan esas piezas discontinuas dentro de la figura de nuestro ser. No digo, por supuesto, que ese reconocimiento siempre tenga un resultado feliz; de igual modo puede llevar a ensimismamientos retadores o dolorosos, a descubrir falencias recurrentes, o a detectar actuaciones que al verlas puestas en el papel muestran filiaciones con “marcas” de crianza o improntas escondidas de un temperamento.

Además de esto, la escritura nos ayuda a recuperar hechos de nuestra vida para volverlos genuinos acontecimientos. Nuestra infancia, nuestro periplo afectivo, nuestras pérdidas y alegrías, los grandes triunfos, las penosas derrotas… todo eso por lo que pasamos, esas peripecias existenciales, se tornan memorables cuando pasan por el cedazo de la escritura. Tales relatos son, en verdad, trabajos de “recuperación del tiempo perdido”, formas textuales para atrapar lo que de suyo es evanescente, documentos de reconocimiento para restablecer filiaciones espirituales con nuestro pasado.

Y esta misma función reveladora de la escritura podemos aplicarla a otros campos. Supongamos que somos educadores con muchos años de oficio, pero durante ese tiempo no hemos escrito nada sobre lo que hacemos. A lo mejor hemos llenado formatos o diligenciado encuestas de desempeño, pero poco acudimos a la escritura para reconocernos. Trabajamos, devengamos un salario, buscamos formar a otras personas, nos ocupamos en las tareas cotidianas de la escuela, sin haber nunca dejado un registro escrito de nuestro quehacer. Cosa distinta sucedería si, con cierta constancia, describiéramos determinadas actividades de aula, lleváramos un diario de clase, o realizáramos la crónica de algún proyecto de nuestro curso. En tal caso, al leer y releer lo que hemos escrito, podríamos “caer en la cuenta” de lo que hacemos para, desde ese reconocimiento, lograr explicar y comprender mejor el mundo de nuestras actividades. Además de obtener un beneficio adicional: el de ver en esos registros escritos las claves para mejorar o transformar nuestro quehacer.

En esta perspectiva, la escritura es un medio para reflexionar la práctica. Y con esa “evidencia de signos” es posible descubrir las coordenadas de nuestro saber docente, la singularidad como maestros, nuestro estilo de enseñanza.

De otra parte, la escritura también nos posibilita reconocer el modo como pensamos o la configuración de nuestro pensamiento. Cuando escribimos descubrimos las entretelas de nuestra cognición, aparece ante nuestros ojos una especie de radiografía de la armazón de nuestro pensar. De allí porqué algunos investigadores de la escritura, como Walter Ong, hayan sugerido que escribir sea un modo de aprender a pensar mejor, a ser coherentes, a tener un pensamiento organizado, a cualificar nuestra argumentación y hallar las conexiones lógicas entre diferentes proposiciones.

Este punto lo considero fundamental para reiterar un asunto en el que he venido insistiendo hace ya muchos años: la escritura permite el reconocimiento de que podemos pensar por cuenta propia, que tenemos la mayoría de edad intelectual para entrar a participar de ese diálogo escritural que moviliza la cultura. Entonces, la escritura posibilita reconocernos como trabajadores del mundo de las ideas. Gracias a ella descubrimos que no solo somos rutinarios trabajadores de la sobrevivencia, sino también seres razonantes y cuestionadores, seres críticos capaces de romper las propias limitaciones de las creencias heredadas y proponer visiones de otros mundos posibles.

Hagamos un alto y repasemos lo que hasta aquí hemos expuesto: al escribir tomamos distancia de nosotros mismos, de lo que hacemos y de lo que pensamos. El escribir es un proceso alquímico mediante el cual ponemos afuera nuestro pensamiento, lo objetivamos y, de esta manera, logramos analizarlo con detenimiento. El filtro de la escritura nos dota de una personalidad diferente a la que aparece en los datos de identidad de nuestra cédula. La escritura nos permite transformar la suerte no elegida de nuestra herencia biológica en una genuina reconstrucción de quiénes somos. Más que un dato, al escribir nos erigimos como historia; más allá de una fecha de nacimiento y otra de muerte, nos transmutamos en un relato apasionante y único de cómo una conciencia da sentido y explicación a su vida. Al escribir dejamos de ser ajenos a nuestra existencia; nos hacemos dueños de nuestro propio destino.

Inquietudes sobre cómo escribir ensayos (III)

13 martes Jun 2023

Posted by Fernando Vásquez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Etiquetas

Buena redacción, Errores frecuentes al escribir un ensayo, Organización de las ideas para un ensayo, Público del ensayo

Ilustración de Andrea De Santis.

Esta es la última entrega de respuestas a los interrogantes que me formularon los estudiantes de diferentes carreras de la Pontificia Universidad Bolivariana, sede de Montería, relacionados con la escritura de ensayos. Sirva este espacio para agradecerles su escucha y su nutrida participación.

¿Qué tiempo puede tardar un ensayista a la hora de escribir un ensayo? (José Alejandro Santamaría Escobar – Ingeniería civil).

Los tiempos dependen de la complejidad del tema, de si se ha meditado a fondo un asunto, de la poca o mucha familiaridad con la escritura, del grado de interés con que se enfrente la escritura del ensayo. Lo cierto es que un ensayo de calidad supone contar con unos días para meditar, investigar o descubrir una tesis y otros más para buscar los argumentos de autoridad pertinentes, recopilar los ejemplos e idear los otros tipos de avales o garantías. A eso habría que sumarle las horas de redacción, revisión y elaboración de por lo menos dos borradores. Puede suceder que un escritor experto condense esos tiempos en tres días, mientras que un novato necesite más de una semana para cubrir esas etapas.

¿Sobre qué se debe escribir el ensayo?  (Valeria Páez Espitia – Psicología).

Los temas son infinitos. Sin embargo, hay asuntos más difíciles de tratar o para los cuales se necesita una pesquisa de largo aliento. En algunos casos será mejor escribir sobre temas más cotidianos, pero también es posible que asuntos no tan conocidos reten al ensayista a profundizar en ellos. Ahora, si se desea cumplir la premisa de que en un buen ensayo lo fundamental es presentar una tesis personal, pues lo más aconsejable será que el escritor “medite” lo suficiente sobre aquellas temáticas consideradas cercanas o profundice con ojo crítico en las problemáticas más alejadas. Por ser el ensayo un texto que implica moverse con argumentos y no con opiniones gratuitas, exige que se limiten o determinen, en gran medida, los temas que podrían abordarse.

¿Cómo organizo mis ideas? (Juan Ignacio Acosta David – Comunicación social y periodismo). ¿Cómo organizar mis ideas para empezar? (Sofía Elena Canchila Barrios – Arquitectura).

La organización de las ideas hace parte del primer momento de la escritura de un ensayo. Me refiero a la pre-escritura. Entonces, hay que acudir a recursos como el mapa de ideas, los cuadros sinópticos o esquema de llaves, a una tabla de contenido con ideas principales e ideas secundarias, a los agrupamientos asociativos… Si se quiere profundizar en estos y otros recursos, vale la pena revisar dos libros de María Teresa Serafini, Cómo redactar un tema y Cómo se escribe, publicados por la editorial Paidós. Sea como fuere, la organización de las ideas debe tener como fin la elaboración del esbozo del futuro ensayo.

¿Cómo adquiero una buena redacción? (Juan Diego Vellojin – Derecho). ¿Cómo debe estar bien redactado un ensayo? (Fernando Tirado Suárez- Ingeniería civil). ¿De qué manera se puede mejorar la redacción en los ensayos? (Jesús David Oyola – Ingeniería civil).

La redacción se adquiere escribiendo de manera habitual, leyendo muchísimo, imitando a los grandes ensayistas, cuidando el uso del lenguaje, oyendo cómo armonizan entre sí las palabras. La redacción se mejora produciendo un primer texto y luego volviéndolo a leer con atención para corregirlo, enmendarlo o para eliminar palabras o apartados. La redacción se mejora haciendo varias versiones de un mismo texto; destilando la prosa que primero se nos viene a la cabeza; dejando en remojo o tomando distancia para apreciar repeticiones innecesarias, incoherencias flagrantes, desarticulaciones en el discurso. La redacción se mejora puliendo, afinando el sentido, observando la puntuación y la precisión semántica. Porque la redacción es más una labor de tipo artesanal que una súbita obra de la genialidad o la inspiración.

¿Cómo mantener la continuidad después de un tiempo? (Marco Antonio Bohórquez – Derecho).

Lo vertebral en un ensayo es la tesis. En consecuencia, no hay que perderla de vista a lo largo de los distintos párrafos. Ella es como el eje que articula las diferentes partes, los variados argumentos. La tesis debe retomarse, referenciarse o tenerla presente en la medida en que avanza la argumentación. Lo otro que ayuda mucho para mantener la continuidad de la tesis en el ensayo son los conectores lógicos. Gracias a los marcadores textuales el lector sabe cómo se va desplegando la argumentación, por qué el autor desea insistir en algo, con qué fin emplea determinado argumento, o cuándo un ejemplo o una analogía hacen las veces de ilustraciones o testigos irrebatibles. La continuidad supone una relectura permanente del escritor de lo que vaya produciendo, y con mayor razón si el ensayo tiene más de dos páginas. La continuidad se logra avanzando en el texto para redactar unos párrafos y, al mismo tiempo, volviendo atrás para revisar los ya escritos.

¿Cómo se hace la introducción de la tesis? (Orlando Junior Benítez Arteaga- Administración de empresas). ¿Cómo podemos desarrollar una buena introducción? (Yolaira Arcia Vidal – Ingeniería industrial). ¿Cómo puedo estar segura de que mi introducción está bien redactada? (Valentina Padilla García – Arquitectura).

En sentido estricto, el ensayo empieza con la presentación de la tesis. Esto ayuda a que el lector sepa, sin rodeos, qué es lo que el ensayista desea plantearle desde el comienzo. A veces por hacer demasiados circunloquios o explicaciones, lo que resulta es la confusión o que no se sepa bien cuál es el foco del autor. No obstante, a veces algunos ensayos requieren un párrafo de encuadre o uno introductorio que permita ubicar o señalar el contexto en el que se va a inscribir el texto. Lo que no debe confundirse es que ese párrafo introductorio sea la tesis del ensayo. Ahora, si es estrictamente necesario hacerlo, la introducción no puede ser extensa, ni convertirse en un adelanto de los argumentos que luego van a desarrollarse, ni ser un listado de preguntas.

¿Qué es lo más importante al seleccionar la población a la que se dirige el ensayo? (Samuel David Fong Ramos – Ingeniería mecánica).

Desde luego, cuando alguien escribe un ensayo debe pensar en el tipo de lector para el cual redacta el texto. Y si bien el ensayo casi siempre tiene un destinatario académico; es decir, se presenta a un docente en particular, lo mejor es pensar en un público más amplio. Eso ayuda a darle un campo de radiación comunicativa que supere los límites del salón de clase. También es factible pensar que el público para el que se escribe el ensayo sean otros compañeros de carrera o colegas de otras profesiones. En todo caso, una vez se ubica quién es el grupo de público, el ensayo tendrá que adaptarse a tal población y, luego, si se piensa mostrar dicho texto a un sector diferente, tendrá que sufrir ciertos ajustes, especialmente en la elección de las palabras, en las exigencias formales y en el uso o no de subtítulos. No sobra advertir aquí un punto que demanda un esfuerzo adicional a muchos ensayistas: me refiero al tipo de artículos fijados por una publicación periódica y al cumplimiento de unas normas de presentación exigidas por revistas indexadas que, de alguna manera, prefiguran la comunidad para la cual se está escribiendo. Tales revistas ya han seleccionado previamente el público y, en esa medida, delimitan también el tipo de ensayo que reciben para ser publicado.

¿Cómo es el lenguaje en un ensayo? (María Valeria González Rivero – Psicología).

El lenguaje utilizado en el ensayo es el propio de los textos argumentativos. Es decir, un lenguaje meditado, lógico, vigilante de su cohesión y su coherencia. Un lenguaje que evita demasiado las digresiones y que debe ser altamente interpelativo para lograr su función persuasiva. En esta perspectiva, no puede ser tan abstruso o rebuscado que termine fracturando la comunicación con el lector, ni tan descuidado o impreciso que debilite la consistencia interna de los argumentos o el rigor en la defensa de una tesis. En más de una ocasión el ensayista tendrá que ser preciso en el uso de determinados términos y ser muy cuidadoso si va emplear expresiones soeces, injuriosas o abiertamente ofensivas. Además de utilizar un lenguaje organizado y de tono conceptual, también podrá echar mano de imágenes, metáforas u otro tipo de lenguaje figurado, siempre y cuando esté en función del propósito argumentativo. Por supuesto, cada ensayista tiene o está en la búsqueda de un “estilo personal”, pero no por ello puede terminar confundiendo el lenguaje de este tipo de texto con aquellos otros usados para hacer un comentario, un relato o una simple anécdota.

¿Cómo convencer a la gente? (Sophie Pretelt Guzmán – Comunicación social y periodismo).

La persuasión depende, en principio, de la calidad de los argumentos escogidos y de la manera como se los desarrolla en el ensayo. En segunda medida, la persuasión se logra siendo coherentes a lo largo del escrito, manteniendo el hilo lógico de la argumentación del primero al último párrafo. Y, por último, la persuasión se conquista sabiendo utilizar los conectores lógicos, usándolos como heraldos o guías de lo que se desea defender en el ensayo. De igual modo, la persuasión supone tener conciencia del contexto en el que se inscribe el escrito y conocer bien el tipo de público al que va dirigido. Recordando a Umberto Eco, una buena parte de la persuasión reside en el “lector modelo” que el autor prefigura mientras elabora su texto.

¿Cuáles son las observaciones que debemos realizar para hacer un ensayo? (Luisa Fernanda Barrios Negrete – Derecho).

Entiendo la pregunta desde el punto de vista de las acciones previas antes de redactar el ensayo. Siendo así, cuando el tema no es tan conocido o reviste gran complejidad, lo primero que habrá que hacer es ponerse a investigar sobre dicho asunto. La indagación documental, el contraste de fuentes, el cotejo de diversas miradas teóricas o experienciales, será fundamental para lograr formular la tesis. En esta misma vía, y ya pensando en los argumentos, será indispensable revisar textos, materiales o documentos que puedan servir de avales para nuestra tarea argumentativa. Una mirada crítica al problema que nos convoca y un buen tiempo para “meditar” en él, resultan fundamentales antes de ponerse a redactar. Siempre es importante recordar que el ensayo nace después de “rumiar” largo rato una temática, de ver sus pros y sus contras, de aquilatar las ideas ajenas en el crisol de nuestra mente.

¿Cómo hago para mejorar la lluvia de ideas durante el proceso de creación del ensayo? (Fredy Estrada Sáenz – Ingeniería mecánica).

Para mejorar la lluvia de ideas hay que soltar la imaginación, evitar ser tan lógicos, lanzarse a dejar libres las conexiones de nuestra cognición. No evaluar, ni ser tan esquemáticos. Cuando se entra en esta etapa de la pre-escritura lo fundamental es favorecer las conexiones, las “intuiciones”, las ideas derivadas que van saliendo en la medida en que no les prohibamos su emerger sinuoso, intermitente o contradictorio. El acopio de pensamientos dispersos, la reunión de elementos heterogéneos o de diversas disciplinas, la tranquilidad para albergar enunciados disparatados o ambiguos, es consustancial a este recurso de la creatividad. Una vez más las propuestas de María Teresa Serafini, en los dos libros arriba mencionados, pueden ofrecer otras luces sobre tal inquietud.

¿Cómo saber en qué momento empezar a redactar los argumentos? (Connie Castillo Zabala – Comunicación social y periodismo).

Si la pregunta se refiere a cuándo empezar a redactar los argumentos en el proceso de escribir un ensayo, la respuesta es hacerlo después de tener definida la tesis; entre otras cosas, porque sin ese norte, no se sabría cómo elegirlos o hacia dónde dirigirlos. Ahora, si la inquietud apunta a cuándo presentar los argumentos en la organización del texto, habría que responder de esta forma: una vez se plantee la tesis en el primer párrafo, de manera inmediata se comienzan a redactar los argumentos. Después, se continuarán presentando uno a uno hasta terminar el ensayo. En todo caso, no es bueno dilatar la exposición de los argumentos, ofreciendo explicaciones o haciendo digresiones justificadoras. Por supuesto, hay que elegir bien cuál argumento se lanza primero y cuál servirá de cierre. Los argumentos deben encadenarse de tal manera que vayan provocando en el lector un convencimiento paulatino, un crescendo hacia la adhesión de nuestra tesis.

¿Cómo darle inicio a un ensayo sobre un libro? (Aleida María Madera Almario – Ingeniería civil).

Lo fundamental es haber leído el libro más de una vez, ojalá subrayándolo y tomando abundantes notas. De igual modo, a la par que se lee la obra es indispensable ir mirando las recurrencias, las ideas fuerza que vertebran el texto, el modo de organizar el discurso. Terminado ese momento, luego de un meditado análisis, la tarea consiste en hallar la tesis desde la cual se desea elaborar el ensayo. No hablo de la tesis del autor (si fuera un libro de ensayos), sino de la tesis que el ensayista quiere plantear a propósito de la lectura de ese libro. Y serán las notas que tomó, las citas que subrayó, las que servirán como argumentos para avalar su lectura.

¿Cuál es la forma correcta de abordar un tema? (Samuel David Otero Arango – Ingeniería civil).

Los temas se empiezan a abordar desde un acto continuo de reflexión. Meditar en el tema es el primer mandato de cualquier ensayista: hacerle preguntas al tema, ver sus fisuras, contrastarlo; ponerlo en la mesa de disección para ver sus partes, sus interrelaciones con otros temas, su densidad epistemológica. Eso es lo esencial. Posterior o a la par de este momento es conveniente leer sobre el tema, documentarse, abrir la mente a diversas aproximaciones sobre el asunto o problema que nos interesa. Hay que “caminar el tema”, hablar de él con los más cercanos, dejarlo habitar en los actos cotidianos. Se pueden ir tomando notas o apuntes de lo que se vaya encontrando, de esas ideas sueltas que van apareciendo o de “ocurrencias” asociadas con el tema que nacen mientras hacemos otras labores. Todo lo anterior sirve para rubricar un consejo a los novatos ensayistas: si no se ha “rumiado” o cavilado de manera suficiente en un tema, será difícil que se les ocurra una tesis y, menos aún, que encuentren buenos argumentos.  

¿Cuáles son los errores más frecuentes al escribir un ensayo? (Arianna Alemán Jaramillo – Comunicación social y periodismo).

Los más frecuentes errores son los siguientes: a) confundir un ensayo con un comentario o confundir un ensayo con el resumen de un tema, b) ponerse a hablar generalidades sobre un tema, pero sin tener una tesis, c) presentar una tesis en el primer párrafo, pero luego abandonarla en los siguientes apartados; o no mantener el hilo de la tesis a lo largo de todo el ensayo, d) acopiar argumentos de autoridad, pero sin vincularlos directamente con la tesis objeto del ensayo, e) redacción fragmentada tanto en la inclusión de las ideas como en la construcción de los párrafos; o uso de un estilo farragoso, acumulativo, en el que predomina el uso reiterativo de comas y la ausencia del punto seguido, f) poco empleo de conectores lógicos que contribuyan a darle cohesión y coherencia a las ideas, g) títulos de los ensayos que no están conectados con la tesis del ensayo, sino con un tema genérico, h) exceso de párrafos demasiado cortos que podrían agruparse en uno solo; o abundancia de párrafos demasiado extensos en los que se incluyen muchos aspectos diferentes de un mismo asunto, i) dificultad para utilizar otro tipo de argumentos, distintos a los de autoridad, j) poco dominio en una forma de citación o de referencia bibliográfica determinada, k) ausencia notoria del uso de notas a pie de página, como estrategia para ampliar o profundizar información, l) debilidad en la macroestructura del texto, entre otras cosas porque no se elabora previamente un esbozo del ensayo, m) gran dificultad en la elaboración de analogías, como medio para argumentar a partir del pensamiento relacional, n) poco hábito en los procesos mentales de la deducción y la inducción; o fallas en el modo de sacar inferencias, ñ) desánimo para elaborar una segunda versión a partir de la correcciones del docente, o) mínima lectura de textos ensayísticos que sirvan de referente para la elaboración de los textos personales, p) creencia en que la escritura es el resultado de un “chispazo de genialidad o de suerte” y no una labor artesanal de pulimento y trabajo continuado.

Utilidades didácticas de trabajar con miniensayos

28 domingo May 2023

Posted by Fernando Vásquez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

≈ 2 comentarios

Miniatura de Tatsuya Tanaka.

“Microscopismo significa, de suyo, nimiedad. 
Nimiedad exige prolijidad”.
José Ortega y Gasset

 

Deseo ampliar en los párrafos siguientes las razones que me llevaron a escribir mi libro Las claves del ensayo[1], centrado básicamente en la redacción de miniensayos, y en el que ofrezco una alternativa didáctica para incentivar y hacer razonable en el aula el desarrollo del pensamiento argumentativo. Como en la obra en mención agrupo consejos y estrategias para los que desean escribir un ensayo en una página, considero oportuno ahora compartirles a los docentes algunas utilidades que obtendrán si optan por esta modalidad textual.

Por supuesto, uno de los primeros beneficios de usar el miniensayo en los espacios educativos es el de ir preparando paulatinamente a los estudiantes en una escuela de la argumentación. Antes de ponerlos a escribir ensayos extensos, se empezará por foguearlos con textos breves de esta tipología argumentativa. El miniensayo es un buen tinglado para ejercitarse en la tarea de presentar una tesis y soportarla con argumentos, pero desde el propósito formativo de aprender a dominar los fundamentos, la estructura básica de dicho tipo de escrito. Siguiendo uno de los principios básicos de la didáctica, se irá de lo pequeño a lo más grande, de lo simple a lo complejo. Tal objetivo contribuye a que los noveles escritores descubran, practiquen y adquieran las destrezas —tanto de forma como de contenido— del género ensayístico, pero no de sopetón o de manera fortuita, sino mediante una secuencia de enseñanza adecuada, que evite la desmotivación, la incomprensión o el fracaso al momento de enfrentarse a redactar esta modalidad textual.  

La segunda utilidad de traer al aula la redacción de miniensayos es la de apreciar en una o dos hojas el modo como se desenvuelve el flujo de una argumentación; la manera como se teje el hilo de razones que permite apuntalar o darle consistencia a una tesis. El miniensayo hace las veces de un reducido escenario en el que se puede apreciar la actuación de los diferentes avales que con sus voces contribuyen a reforzar la toma de postura del ensayista. Así, pues, se apreciará con más realce qué aporta cada argumento, de qué forma enriquece el camino de la exposición; al igual que podrá notarse si logra, parte por parte, la ruta del convencimiento o, si, por el contrario, lo que sobresale es la inconsistencia o la fragilidad en un planteamiento. El pequeño campo del miniensayo ofrece una mirada de ave desde la cual se observan con rapidez los logros o fallas argumentativas vertebrales del texto y, en esa misma medida, le permite al maestro reconocerle al estudiante sus principales aciertos u ofrecerle alternativas para subsanar las falencias más gruesas de su escrito. Dicho de otro modo: el miniensayo deja entrever, de manera rápida y total, si el estudiante ha entendido bien qué es presentar una tesis y defenderla con diferentes argumentos.

Una ganancia adicional, que soluciona un aspecto muy descuidado en la didáctica de las tipologías textuales, es la de darle relevancia a la construcción y revisión de los párrafos. En el miniensayo, el párrafo se convierte en la unidad de creación y de análisis. En consecuencia, será fácil ver en ese pequeño cuerpo textual cómo se plantea y articula una idea, apreciar sus ramificaciones explicativas al igual que sus engarces lógicos para mantenerla al tronco de una arista argumentativa. También será perceptible el itinerario comunicativo de las ideas, desde cuando se las enuncia hasta cuando se cierran, pasando por el modo como se las conecta entre sí (los marcadores textuales) y detallando si cumplen lo que anuncian o dejan fisuras o asuntos a medio camino. Si se toma como piedra de toque el párrafo, se facilitará de igual forma enseñar la manera de interrelacionar un apartado con el otro; y será más sencillo entender qué es eso de darle unidad a un texto, o apreciar en “cámara lenta” cómo es que se arma la macroestructura del escrito.

Derivado de la concentrada atención en la redacción de los párrafos nace otro rendimiento didáctico: la de mostrar la orfebrería sobre los diversos tipos de argumentos. Ver con lupa cómo se elabora un argumento de autoridad, de qué manera se tejen voces ajenas con la propia, como se armonizan las citas con la tesis; o apreciar, hilo por hilo, cómo desde una analogía, amalgamando los rasgos de semejanza en realidades diferentes, puede irse construyendo un tejido de razones convincentes. Igual podrá hacerse con los argumentos mediante ejemplos o esos otros originados de procesos de pensamiento como la inducción o la deducción. Al tener ese espacio acotado del párrafo y el tiempo “lento” para detallarlo, el miniensayo gana en claridad, en profundidad y consistencia en las ideas. Fijarse en los pormenores y precisar de qué manera contribuyen al engranaje de la persuasión, no es un asunto menor cuando se trata de aprender a escribir textos argumentativos.

Es más notorio en el pequeño terreno de los miniensayos apreciar la ausencia o presencia de los conectores lógicos, que si se buscan en un texto de larga extensión. Esa es otra utilidad de esta opción de escritura: los marcadores textuales serán fácilmente advertidos. Se los podrá identificar y saber si cumplen bien su función o si, por el contrario, están puestos allí sin ninguna intencionalidad comunicativa. Y al no tener sino unas pocas páginas para detectarlos y evaluar su cometido, será más sencillo explicarles a los estudiantes la conveniencia o no de emplear una de esas bisagras textuales, mostrarles qué pasa si se las intercambia por otra con finalidad diferente o enseñar con ejemplos concretos cómo se fragua la cohesión interna de un texto. Una vez se logre identificar el tipo de conector fallido o la familia de conectores en la que el aprendiz tiene mayor dificultad, el maestro podrá ofrecerle campos semánticos de conectores para solventar tales carencias, y dedicar sesiones de corrección enfocadas únicamente a perfeccionar la elección y ubicación de tales partículas en el texto. La visibilidad patente de los conectores en el miniensayo da pie para cualificar la buena articulación entre las ideas y entender el uso de puentes comunicativos con el lector.    

De otra parte, la redacción de miniensayos es un recurso ideal para que el estudiante pueda redactar varias versiones de un mismo texto y, en esa medida, realmente aprenda a escribir. Es decir, que no se contente con buscar un golpe de suerte para acertar en el primer texto que elabore, sino invitarlo a entrar en el proceso artesanal de la escritura, a que vea cómo van ganando en coherencia y consistencia sus ideas a medida que reelabora su miniensayo. Esta modalidad de “destilación por versiones” resulta manejable para el docente y es menos agobiante que cuando se les exige a los estudiantes ensayos de larga extensión o cuando se tienen grupos numerosos. Si en verdad nos interesa que los aprendices descubran la importancia de la corrección y las enmiendas cuando se redacta, si nos importa hacerles entender que escribir no es un atributo de la genialidad, sino una práctica de reelaboración constante de los textos, con toda seguridad la redacción de miniensayos es una mediación didáctica y un dispositivo eficaz para alcanzar esos objetivos formativos.

En esta misma perspectiva, la redacción de miniensayos permite un genuino acompañamiento del docente. Al tener mayor tiempo para leer con detenimiento la concentrada producción de sus aprendices, al poder hacerles anotaciones y observaciones puntuales en los márgenes, al señalarles dónde están los problemas de redacción o las inconsistencias en la estructura, se logrará un verdadero seguimiento y, por supuesto, una evaluación formativa. No sobra recordar que la escritura no se mejora con recomendaciones generales o poniendo un “signo de visto o de chequeo” o una calificación en la primera página de una tarea. La escritura se cualifica teniendo un “socio” o un “tutor” que vaya paso a paso mostrándonos aciertos o deficiencias en lo que redactamos. Tal vez ahí esté una de las bondades más grandes de trabajar con miniensayos en clase: la de cambiar el comportamiento del distante profesor que exige, demanda y califica textos, a empezar a asumir un rol más cercano, de coequipero o asesor de la producción escrita de sus estudiantes.  Los miniensayos crean las condiciones para realizar una efectiva y continuada retroalimentación.

Vale la pena mencionar acá la utilidad del miniensayo para debatir argumentativamente sobre subtemas específicos y no sobre asuntos tan generales en los que difícilmente el estudiante logra aportar algo significativo. La ganancia para el docente estriba en llevarlo a desagregar los contenidos de su asignatura o en esforzarse para plantearlos más como problemas que como información descriptiva. Por tener un reducido espacio para desarrollarse, el miniensayo demanda a los docentes ofrecer un menú diverso de cuestiones, con el fin de que los estudiantes puedan elegir un aspecto sobre el cual quieran circunscribir su escrito. Tal variedad de posibilidades sobre un mismo asunto enriquece la comprensión de cualquier temática, aporta nuevos elementos de juicio a un problema, motiva a la participación y, lo más importante, rompe los modelos rutinarios de explicación de una sola vía. El hecho de exponer en clase una materia asediada desde diferentes posturas (que serán las tesis propuestas en los distintos miniensayos), convertirá cada sesión de clase en un testimonio de enseñanza activa en la que la pregunta será el lubricante dinamizador empleado por el maestro y los argumentos esgrimidos en cada caso el contrapunteo utilizado por los estudiantes. Diversificar los temas ofrece opciones puntuales para enfocar los miniensayos y potencia la idea de que la enseñanza es una argumentada conversación a varias voces.      

Agregaría otro beneficio del miniensayo, relacionado con la dinámica de la clase. Por ser cortos, es factible leer un mayor número de ellos en clase; fomentar la escucha entre pares; abrir el diálogo a las resonancias producidas por los textos. De esta manera, no se escribiría únicamente para el docente, sino con un radio de acción mayor: el auditorio de los propios compañeros, que tendrían la oportunidad de conocer lo que piensan los demás y ofrecerles alguna réplica o juicio valorativo. Este punto es vital para que en el aula se exalte y cobre valía la voz personal, el punto de vista de los estudiantes. Que se favorezca, en últimas, el desarrollo del pensamiento, en general, y del pensamiento crítico, en particular. Si cada estudiante lleva tres o cinco copias de lo que produjo, si las reparte entre sus colegas, y si luego lee su texto en voz alta ante la plenaria, con toda seguridad irá tomando más confianza en lo que piensa, se volverá fuerte para defender sus ideas y podrá aceptar, sin enfadarse, que hay otros puntos de vista diferentes al suyo, pero igualmente válidos. El miniensayo permite que los productos escritos, solicitados por el docente, circulen y se debatan en clase.

Considero, además, que tomar como estrategia la redacción de miniensayos es un modo inteligente de racionalizar las tareas exigidas a los estudiantes. A la par que se atiende a un criterio didáctico, se resuelven aspectos de orden práctico, como la retroalimentación precisa y oportuna. No sobra recordar que la dosificación en cualquier proceso de aprendizaje es determinante para unos óptimos resultados. De poco o nada sirve atiborrar a los muchachos y muchachas de largas y extenuantes tareas de redacción, cuando desconocen lo medular de una tipología textual. La ganancia en el aprendizaje es evidente: resulta más provechoso enriquecer y cualificar un texto corto hasta que quede bien hecho, que gastar tiempo y energías en un largo escrito elaborado a la deriva y del cual, por su misma extensión, no se hará una segunda versión o tendrá una mínima vida en el itinerario de las tareas. La invitación a redactar miniensayos convierte esta “obligación académica” en algo menos excesivo o intrincado de realizar. Y, una vez asimilado un pequeño paso en la escala de la argumentación, resultará más cómodo avanzar o exigir el dominio en otros niveles.

Como puede colegirse de lo expuesto, hay muchos motivos alentadores para incorporar el miniensayo en la práctica educativa. Esto no solo tiene una ganancia de tiempo y energía para la labor del docente, sino que propicia un genuino espacio de aprendizaje de la escritura en los estudiantes. No se piense que la redacción de dichos textos cortos sea un simulacro o remedo de los ensayos canónicos que todos conocemos. Hay que insistir y aclarar una premisa de esta modalidad de enseñanza: la redacción de miniensayos tiene el mismo rigor que los ensayos de muchas páginas. Su complejidad no está en la extensión, sino en la minucia de conocer en profundidad las piezas y el funcionamiento de lo mínimo.

[1] Kimpres, Bogotá, 2016.

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