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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Del diario

Pintarte de colores

20 sábado Abr 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Alegorías, Del diario

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«En el caballete» de James N. Lee.

Es probable que la sugestión del negro, del negro que desea inundar de tristeza este momento de tu vida, te hipnotice con sus sombras. Entonces, ¿qué tal si este fin de semana te dedicas a pintar para mitigar tu aflicción?

Eso estaría muy bien. Podrías empezar con el rojo para celebrar tu vida, la vida que has engendrado, la vida que ha estado y está cerca de ti. Pero también, el rojo para decir el amor que das y has recibido, la pasión que te exalta y te renombra, el deseo que libre corre por tus venas. El rojo, es una buena opción… especialmente para afirmar los lazos de la sangre que crean vínculos y renuevan la existencia.

¿Y qué tal si te pintas de azul?, pues, seguramente, querrás aludir o remarcar tus sueños más queridos, tus ideales, los proyectos de largo aliento, o todas esas ilusiones que siguen rondando en tu cabeza. Azul para todo lo que en ti es infinito y hondamente profundo, para todo aquello asociado con lo trascendente y que, a pesar de las banalidades cotidianas, te sobrecoge.

Creo que el verde expresaría, por supuesto, tu gusto por la naturaleza, por el rocío mañanero, por la libertad vuelta juego y canto. Si tiñes de verde tu papel acuarela será porque no quieres olvidar las travesuras de tu infancia y la exaltación que te producía irte de aventura por los caminos polvorientos del campo. Si te pintas en verde es porque sigues renaciendo y las fuerzas de la naturaleza confluyen para ayudarte. El verde será como tu polo a tierra, como un signo de permanencia o pacto con la realidad.

Por supuesto también podrás escoger el amarillo. Porque te gusta el sol, porque esos rayos de color te devuelven lo que las sombras han querido quitarte. Amarillo porque disfrutas viendo y sintiendo el calor en tu rostro y porque en tu espíritu hay una estrella fulgurante que no te deja desfallecer. Si hay abundante amarillo es para exaltar tu inteligencia, el don de la palabra que posees, y porque no quieres denigrar el valor de tus ideas.

O, si te resultan más llamativos, escoges el fucsia o el naranja… o echas mano de otros colores elegidos un tanto al azar —y ojalá te untes los dedos como si fueras una niña escolar— con el único fin de mantener viva la posibilidad de la alegría, el regocijo multicolor de la esperanza. No dudes en poner tus huellas, tus manos; sé tú misma el medio y el fin con que elabores esa obra.

Lo importante es que no dejes que el negro te hipnotice con sus sombras.  Busca, entonces, tus pinturas, tu papel acuarela, tus pinceles y dispón tu espíritu para que el fin de semana te consagres a colorear tu vida. Anhelo, de todo corazón, que haya mucho rojo, abundante azul… infinidad de verde y radiantes espacios de amarillo. Que cada hoja pintada sea un mantra, un escudo, un talismán para contrarrestar o diluir las brumas de esta ocasional amargura.

Y si a pesar de ello siguen los grises agobiándote, si no despunta el ánimo o el dolor parece adueñarse de gran parte de ti, te aconsejo mandar enmarcar aquellas pequeñas obras que realizaste, y colgarlas en un lugar privilegiado de los espacios donde habitas —ojalá sea en tu alcoba—. Tus pinturas serán como ícono sagrado o una imagen tutelar que no solo custodiarán tus días, sino que al mirarlas desplegarán un halo de certidumbre en la vida, un magnetismo de confianza honda y sostenida en lo que eres esencialmente. Si contemplas aquellas pinturas, y dejas que su simbolismo penetre en tu alma, descubrirás que el fluir de los colores siempre disuelve las manchas que parecen permanentes o definitivas.

Ejercicios de escritura creativa

09 viernes Feb 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

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campos semánticos, juramento, manifiestos, mayéutica, retahílas

Ilustración de Valeria Docampo.

Son variadas las formas y las alternativas de jugar con las palabras, de explorar la potencia creativa del lenguaje. Presento acá cuatro ejercicios que pueden utilizarse como motivación para “calentar la mano”, si tenemos la pasión por escribir, o de referencia didáctica si quiséramos utilizarlos en el aula con un grupo de estudiantes.

  1. Inventar retahilas y trabalenguas

De lo que se trata es de elaborar un texto, por lo general poético, en el que se atiendan las dificultades de pronunciar ciertos términos a la par que se estimulen la fantasía y la fascinación con el ritmo de las palabras.

“En clave de C”

Con la Ce

se compran cosas

difíciles de comer:

como el caldo con costilla

los huevos en cacerola

y el cacao o el café.

Con la Ce

se compran cosas

muy fáciles de comer:

como la concha del coco

la cáscara de la yuca

y el cocido de ciempiés.

Con la Ce

se compran cosas

cualquier cosa con la ce:

cigarras encebolladas

cucarachas encurtidas

y caballo en canapé.

Con la Ce

se compran cosas,

muchas cosas de comer.

Con la Ce

se compran cosas…

Qué deliciosa es la ce.

 

Con “G” de Gael

Un gato con gorra

hacía la guerra

a dos gotas de agua.

Una de las gotas

agarró la gorra

y con un gotero

la llenó de agua.

La otra gota al gato

le pegó al bigote

una goma amarga.

¿Quién ganó la guerra?

Las dos gotas de agua.

  1. Redactar un juramento o un manifiesto

Consiste en redactar un texto, de mediana extensión, en el que se presente de forma organizada y coherente un conjunto de afirmaciones o declaraciones que voluntariamente se desean cumplir y que hagan las veces de consignas orientadoras para llevar a cabo determinado oficio o actividad.

Juramento de un artesano de la escritura

Pondré todas mis fuerzas en alcanzar un estilo claro y sin extenuantes digresiones. Procuraré usar el punto seguido más que la abundancia de comas entre las diferentes ideas de un párrafo. No olvidaré que un conector lógico es una forma de cortesía comunicativa con el lector. Tendré a la mano un diccionario razonado de sinónimos y antónimos y otro de ideas afines. Pase lo que pase, aunque me sienta seguro del significado de un término, revisaré el Diccionario de uso del español de María Moliner. Todos los días trataré de aprender una nueva palabra y me ejercitaré en memorizar tres de un mismo campo semántico. Volveré un hábito la lectura de poesía con el fin de hacer más dúctil mi mente y descubrir la potencia del pensamiento relacional. Combinaré en mis escritos los conceptos con las imágenes para convocar no solo la inteligencia sino la imaginación del lector. Seguiré este método cuando redacte un texto: apenas lance las primeras palabras, las volveré a leer para poner las que siguen; enseguida que escriba la primera frase, la releeré muchas veces antes de poner la idea siguiente; una vez haya escrito el primer párrafo lo releeré en sendas oportunidades como condición de las palabras del párrafo inmediato; terminado un apartado considerable o un capítulo, volveré a repasarlo hasta empezar el otro; y al concluir de escribir un texto lo leeré en muchas ocasiones para descubrir en él oportunidades de mejora. Consideraré que tachar no es un defecto, sino la forma como la escritura se destila hasta alcanzar su exquisito sabor. Dedicaré un buen tiempo a las enmiendas de mis escritos amparado en la convicción de que siempre es posible encontrar un mejor modo de expresar una idea. Tendré en mente siempre no solo que mis frases sean claras y precisas, sino que tengan ritmo. Me habituaré, por lo mismo, a leer en voz alta lo que escriba y a corregir no tanto con los dictámenes sintéticos de los ojos sino con el consejo analítico del oído. No dejaré que las modas literarias contaminen mis propias búsquedas o decidan el estilo que he ido consiguiendo a partir de tenacidad y trabajo. Llevaré un diario porque es allí en donde el cuerpo aprende a armonizar con los ejercicios de la mente. También portaré una libreta de notas y estaré atento a registrar voces, términos o ideas que se me ocurran en tareas cotidianas o diligencias de todo tipo. Me impondré la consigna de escribir un párrafo de calidad cada día y al menos un texto de fundamento a la semana. Mantendré siempre cercana la obra de un escritor de cabecera, la cual leeré asiduamente hasta descubrir su modo particular de componer. Visitaré librerías con regularidad confiado en que habitar y conocer las obras de otros escritores motiva y estimula mis proyectos creativos. Estaré convencido de que escribir es una labor artesanal, humilde, sin pretensiones de genialidad ni extravagancias populistas. Procuraré no mentirme en mis búsquedas ni renunciar al itinerario interior de mis proyectos. Me consideraré un custodio de la prosa meditada y pulida e intentaré poner mi experiencia al servicio de otros noveles escritores, por eso dignificaré los momentos de enseñanza y leeré con atención lo que escriban mis aprendices.

  1. Responder una pregunta con otra pregunta

Con este ejercicio no solo se incita a la creatividad para buscar y redactar un grupo de preguntas relacionadas con un tópico en particular, sino que se espolea al ingenio para responder a tales cuestionamientos usando otros interrogantes. No se trata de contestar de cualquier manera, ni de perder el foco de la cuestión; más bien el reto consiste en ofrecer implícitamente la respuesta, pero derivándola hacia una nueva pregunta.

—¿Nace uno escritor?

—¿Son los genes un destino?

—¿O se forma como escritor?

—¿Qué son nuestros instintos sin la educación?

— ¿Existen los géneros literarios?

— ¿Afecta de igual manera el tiempo a los hombres?

— ¿Y qué es el estilo?

— ¿Hay rasgos del carácter que impregnen una forma de ser?

— ¿Qué es lo primero que debe saber alguien que desee ser escritor?

—¿Hay algo más hermoso y vasto que las palabras?

—¿Y qué útiles son indispensables para empezar ese oficio?

—¿Dónde se guardan de manera ordenada las palabras?

— ¿Existe la inspiración?

— ¿No son las obsesiones una manera de hallazgo?

— ¿Qué papel cumple la etapa de corrección en los escritos?

­— ¿Se puede llegar a la estatua sin tallar el mármol?

— ¿Es bueno imitar a otros escritores para aprender a escribir?

— ¿Cuánto tiempo perderíamos si cada persona tuviera que recorrer toda la historia de la humanidad?

—¿Qué importancia tiene publicar?

—¿Sirve de algo hornear el pan si no hay bocas dispuestas a degustarlo?

  1. Elaborar un corto texto a partir de un campo semántico

El cuarto ejercicio creativo es de gran utilidad para enriquecer la afinidad o sinonimia entre las palabras (aumentar el vocabulario) y, al mismo tiempo, ofrece la oportunidad de usar el diccionario con el fin de afinarse en la precisión semántica. Se trata de emplear todas las palabras previstas en el campo semántico propuesto (conjugándolas, si son verbos), pero sin repetirlas.

CAMPO SEMÁNTICO DE MITIGAR (apaciguar, moderar, atenuar, aplacar, arreglar, suavizar, ajustar, frenar, contener).

Modo 1: en forma de diálogo teatral

—Póngale freno a esa lengua —dijo el hombre a su mujer.

—Usted es el que tiene que aplacar sus ofensas —contestó la mujer airada.

—Pero si era una broma, para ver si se le atenuaba el mal genio.

—Esas bromas suyas en lugar de contenerme me alborotan más la sangre.

—Bueno. Yo lo que afirmo es que es mejor suavizar los reproches si queremos arreglar las cosas.

—Era otra su verdadera intención —le replicó la mujer con ironía.

—No. Es cierto. Si usted ajusta las palabras de seguro a mí se me apacigua el ánimo.

—Ya veremos. Modere por ahora sus chistecitos flojos.

Modo 2: en forma de párrafo argumentativo

A pesar de que las personas tienen la voluntad para frenar la lengua cuando hablan o comentan algo negativo de sus semejantes, lo que acontece es todo lo contrario: no apaciguan su discurso cuando sienten una molestia, como tampoco moderan el tipo de lenguaje empleado. Ni suavizan sus críticas, ni atenúan sus apreciaciones. De su boca sale lo que primero que se les ocurre, sin hacer ningún alto para aplacar sus emociones o sin ninguna esclusa que contenga la avalancha de sus pasiones. Los que así actúan, por lo general olvidan que la convivencia nos obliga a ajustar lo que expresamos con las posibles consecuencias de nuestros mensajes y a arreglar o buscar el mejor modo de decir lo que nos incomoda sin agredir u ofender a los demás.

Para leer en vacaciones III

31 domingo Dic 2023

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario, LECTURA

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Cuentos de los sabios de la India

Ilustración de Emiliano Ponzi.

Los relatos siguientes, redactados por Martine Quentric-Séguy, hacen parte del libro Cuentos de los sabios de la India (Paidós, Barcelona, 2007).

Espejos

Un hombre muy pagado de sí mismo mandó cubrir con espejos todas las paredes y el techo de su habitación más bella. Se encerraba a menudo en ella, contemplaba su imagen, se admiraba en detalle, por arriba, por abajo, por delante, por detrás. Se sentía de ese modo entonado, listo para enfrentarse al mundo.

Una mañana abandonó la estancia sin cerrar la puerta. Entró en ella su perro. Al ver otros perros, los olfateó; como le olfateaban, gruñó: como gruñían, los amenazó; como le amenazaban, les ladró y se abalanzó sobre ellos. Fue un combate espantoso: ¡las batallas contra uno mismo son siempre las más feroces! El perro murió extenuado.

Un asceta pasaba por ahí mientras el amo del perro, desconsolado, mandaba tapiar la puerta de la sala de los espejos.

—Este lugar puede enseñarte mucho —le dijo—. Déjalo abierto.

—¿Qué quieres decir?

—El mundo es tan neutro como tus espejos. Según nos mostremos maravillados o ansiosos, nos refleja lo que le damos. Si eres feliz, el mundo lo es. Si estás atormentado, también lo estará el mundo. En él combatimos sin tregua nuestros reflejos y morimos en el enfrentamiento. Que esos espejos te ayuden a comprender esto: en cada ser y en cada instante, feliz, fácil o difícil, no vemos a la gente ni el mundo, sino sólo nuestra imagen. Observa esto, y todo temor, todo rechazo, todo combate te abandonarán.

El monje y el novicio

La lluvia del monzón crepitaba sobre la carretera cavando acequias, liberando las piedras. El monje y el novicio caminaban con la espalda encorvada. Esa misma tarde les esperaban en el monasterio plantado sobre la montaña. Avanzaban sin ver más allá de tres pasos por delante de ellos. A su alrededor, el mundo había dejado de existir. Estaban envueltos en una especie de capullo blanquecino y tibio que anulaba todo ruido, todo color, todo olor. Era fácil ver que no era más que ilusión.

Se habían despojado de sus sandalias de cuero empapado que serraban sus pies arrugados por el agua. Las asperezas del camino volvían a resultar perceptibles bajo el callo reblandecido que les servía de suela. Con sus atuendos monásticos pegados al cuerpo, luchaban, como estatuas móviles, ayudándose con bastones para avanzar a contracorriente. Torrentes de lodo lado bajaban rodando sobre el mundo, se arremolinaban en torno a ellos, cubriéndoles las pantorrillas y las rodillas. No avanzaban más que a costa de un esfuerzo considerable, en un mutismo de aliento ronco. Todas sus fuerzas se concentraban en echar un pie delante del otro. Les dolían las caderas, y los músculos de los muslos les ardían, debido al esfuerzo. En ocasiones, los detenía un calambre. Entonces agarraban con ambas manos el miembro dolorido, lo sacudían, le pegaban golpecitos discontinuos y lo frotaban para hacerlo entrar en calor. Cuando cesaba la crispación, inspiraban, aliviados, y reanudaban de inmediato la marcha hacia el monasterio perdido en la bruma.

Finalmente la lluvia cesó, dejando tras de sí una luminosidad inaprensible, colores avivados por el agua, un olor almizcleño a musgo y a cieno. La ruta volvió a aparecer, las montañas se manifestaron de nuevo en la estela de las nubes barridas por el viento. Se detuvieron para escurrir sus prendas y vaciar el fondo de las escudillas colgadas de su cintura. Luego reemprendieron la marcha.

En un recodo del camino, una mujer empapada, que contemplaba consternada el río crecido pro el monzón, les cortó el paso.

—Madre —le dijeron respetuosamente, pues lo monjes llaman a todas las mujeres “madre” para alejar el deseo potencial—, ¿por qué permaneces en medio del camino para mirar el río?

—Mi casa y mi familia están al otro lado: esta mañana, casi lo he vadeado, pero esta tarde el agua está tan alta que no me atrevo a aventurarme.

El novicio la subió entonces sobre sus hombros y la cruzó. Después regresó junto al monje. Se miraron un instante para confirmar mutuamente que ya era hora de seguir, y reemprendieron su ascensión, que duró varias horas más.

Llegaron a la vista del monasterio un poco antes del anochecer. Agotados por el viaje, se sentían aliviados al ver perfilarse el gran edificio sombrío y la inmensa campana de la estupa. Hicieron una pausa para recobrar el aliento. De repente, el monje se inquietó.

—¿Cómo vas a explicarle eso al lama?

—¿Qué debo explicarle al lama?

—¡Esa mujer que has tomado sobre tus hombros!

El novicio se echó a reír:

—Yo la dejé en la otra orilla. ¿Y tú? ¿Realmente la has llevado durante todo este tiempo?

La esencia de la sabiduría

El viejo rey había muerto demasiado pronto. Su joven hijo aún no había alcanzado la madurez. Subió al trono, preocupado por estar tan poco formado para el cargo que le correspondía. Tenía esa penosa sensación de que la corona se le caía de la cabeza, de que era demasiado grande y demasiado pesada. Se atrevió a decirlo. Los consejeros se tranquilizaron; pensaron: “su conciencia de no saber, de no estar listo, le predispone a ser un buen rey, capaz de aceptar consejos, de escuchar sugerencias sin precipitarse a la hora de tomar una decisión, de reconocer un error y de aceptar corregirlo. Alegrémonos por el reino”. Él, deseoso de instruirse, hizo llamar a todos los sabios del reino: eruditos, monjes y sabios probados. De entre ellos eligió a algunos como consejeros y pidió a los demás que recorrieran el mundo entero para ir a buscar y traer toda la ciencia conocida en su época, con el fin de extraer de ella el conocimiento, incluso la sabiduría.

Algunos partieron tan lejos como la tierra podía llevarles, otros tomaron vías marítimas hasta los confines del horizonte. Regresaron dieciséis años más tarde, cargados de rollos, libros, sellos y símbolos. El palacio era vasto. No pudo, sin embargo, albergar tan prodigiosa abundancia de ciencia. ¡Solo el que regresaba de China había traído consigo, sobre innumerables dromedarios, los veintitrés mil volúmenes de la enciclopedia Cang-Xi, así como las obras de Lao Tse, Confucio, Mencio y otros muchos, tanto renombrados como desconocidos!

El rey recorrió a caballo la ciudad del saber que había tenido que mandar construir para recibir tal abundancia. Se sintió satisfecho de sus mensajeros, pero comprendió que una sola vida no bastaba para leerlo, para comprenderlo todo. Solicitó entonces a los letrados que leyeran los libros en su lugar, que extrajeron de ellos la médula esencial y que redactaran, para cada ciencia, una obra comprensible. Pasaron ocho años antes de que los letrados pudieran entregar al rey una biblioteca constituida por los simples resúmenes de toda la ciencia humana. El rey recorrió a pie la inmensa biblioteca así constituida. Ya no era tan joven, veía la vejez llegar dando zancadas, y comprendió que no tendría tiempo en esta vida para leer y asimilar todo eso. Pidió entonces a los letrados que habían estudiado esos textos que no escribieran más que un único artículo por ciencia, yendo directamente a lo esencial.

Pasaron ocho años antes de que todos los artículos estuvieran listos, ya que buen número de los eruditos que habían partido hacia los confines del mundo recogiendo todo este saber estaban ya muertos, y los jóvenes letrados que proseguían la obra en curso debían leer previamente todo el material antes de escribir un artículo.

Finalmente, se le entregó un libro en varios volúmenes al anciano rey, postrado en su cama, enfermo. Rogó que cada cual resumiera su artículo en una frase.

Resumir una ciencia en pocas palabras no es cosa fácil. Se necesitaron ocho años más. Se concibió un único libro que contenía una frase sobre cada una de las ciencias y las sabidurías estudiadas. Al viejo consejero que le traía el libro, el rey moribundo le pidió en un murmullo:

—Dime una única frase que resuma todo ese saber, toda esa sabiduría. ¡Una sola frase antes de mi muerte!

—Majestad —dijo el consejero—, toda la sabiduría del mundo cabe en dos palabras: “Vivir el instante”.

Para leer en vacaciones II

26 martes Dic 2023

Posted by Fernando Vásquez in Del diario, LECTURA

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Cuentos de los sabios taoístas

Ilustración de André Letria.

Los relatos que siguen, recogidos por Pascal Fauliot, hacen parte del libro Cuentos de los sabios taoístas (Paidós, Barcelona, 2007).

Los caballos del destino

Un humilde campesino vivía en el norte de China, en los confines de las estepas frecuentadas por las hordas nómadas. Un día regresó silbando de la feria con una magnífica potranca que había comprado a un precio razonable, gastando pese a ello lo que había ahorrado en cinco años de economías. Unos días más tarde, su único caballo, que constituía todo su capital, se escapó y desapareció hacia la frontera. El acontecimiento dio la vuelta al pueblo, y los vecinos acudieron uno tras otro para compadecer al granjero de su mala suerte. Éste se encogía de hombros y contestaba imperturbable:

—Las nubes tapan el sol, pero también traen la lluvia. Una desgracia, trae consigo a veces un beneficio. Ya veremos.

Tres meses más tarde, la yegua reapareció con un magnífico semental salvaje caracoleando junto a ella.  Estaba preñada. Los vecinos acudieron para felicitar al dichoso propietario.

—Tenías razón al ser optimista. ¡Pierdes un caballo y ganas tres!

—Las nubes traen la lluvia nutricia, y en ocasiones la tormenta devastadora. La desgracia se esconde en los pliegues de la felicidad. Esperemos.

El hijo único del campesino domó al fogoso semental y se aficionó a montarlo. No tardó en caerse del caballo y poco le faltó para romperse el cuello. Salió del paso con una pierna rota.

A los vecinos que venían de nuevo para cantar sus penas, el filósofo campesino les respondió:

—Calamidad o bendición, ¿quién puede saberlo? Los cambios no tienen fin en este mundo que no permanece.

Unos días más tarde, se decretó la movilización general en el distrito para rechazar una invasión mongola. Todos los jóvenes válidos partieron al combate y muy pocos regresaron a sus hogares. Pero el hijo único del campesino, gracias a sus muletas, se libró de la masacre.

El ladrón de hachas

Un campesino, que tenía madera para cortar, no lograba encontrar su hacha grande. Recorría su patio de un lado a otro, iba a echar un vistazo furibundo por el lado de los troncos, del cobertizo, de la granja. ¡Nada que hacer, había desaparecido, sin duda robada! ¡Un hacha completamente nueva que había comprado con sus últimos ahorros! La cólera, esa breve locura, desbordaba su corazón y teñía su mente con una tinta tan negra como el hollín. Entonces vio a su vecino llegar por el camino. Su forma de caminar le pareció la de alguien que no tenía la conciencia tranquila. Su rostro dejaba traslucir una expresión de apuro propia del culpable frente a su víctima. Su saludo estaba impregnado de una malicia de ladrón de hachas. Y cuando el otro abrió la boca para contarle las trivialidades meteorológicas habituales entre vecinos, ¡su voz era sin lugar a dudas la de un ladrón que acababa de robar un hacha flamante!

Totalmente incapaz de contenerse durante más tiempo, nuestro campesino cruzó su porche a grandes zancadas con la intención de ir a decirle cuatro verdades a ese merodeador ¡que tenía la osadía de venir a burlarse de él! Pero sus pies se enredaron en una brazada de ramas muertas que yacía al borde del camino. Tropezó, atragantándose con la andanada de insultos que tenía destinada a su vecino, ¡y se cayó de manera que fue a dar con la nariz contra el mango de su hacha grande, que debía haberse caído hacía poco de su carreta!

El pretil*

El príncipe de Tsinn estaba banqueteando con sus cortesanos. La comida se había regado abundantemente. El soberano, un poco achispado, decía palabras deshilvanadas, y en ocasiones muy extravagantes, a las que sus favoritos respondían con halagos untuosos. De repente, el príncipe estiró las amplias mangas de su traje, lanzó una exclamación de satisfacción y declaró:

—No existe mayor felicidad que la de ser monarca. ¡No hay que rendir cuentas a nadie y ninguno se atreve a contradecirte!

Kuang, su maestro de música, que estaba sentado frente a él, tomó entonces su laúd y se lo arrojó a la cara. El príncipe brincó de su asiento, esquivando así el instrumento, que se hizo pedazos contra el muro con un gemido lastimero.

Indignados, los cortesanos se levantaron y protestaron enérgicamente. Uno de ellos le preguntó al músico:

—¿Cómo has osado levantar la mano contra tu soberano?

—¡Jamás haría yo nada semejante! —se ofendió el maestro de música—. Sencillamente he querido corregir a un usurpador que había tomado el puesto del príncipe.

Y señaló el asiento vacío del monarca diciendo:

—¡He oído, procedentes de ese sitio, palabras indignas de un soberano!

Algunos dignatarios, irritados, habían echado mano al grosero personaje. Lo arrastraron ante el príncipe de Tsinn para preguntarle a su majestad que castigo quería que se le infligiera. Pero el soberano se echó a reír y dijo:

—Soltadlo. ¡Me es mucho más útil que vosotros ya que él me sirve de pretil!

* Barandilla o paredilla construida a los lados de un puente o en sitio parecido por donde hay posibilidad de caerse.

El arte del tiro con arco

Qi Shang deseaba aprender el arte del tiro con arco, que, según dicen, es un excelente camino para acceder al Tao. Fue en busca del maestro Fei Wei, quien gozaba de una reputación considerable. Éste le dijo:

—Cuando seas capaz de no parpadear, te enseñaré mi arte.

Qi Shang regresó a casa, se deslizó bajo el telar de su mujer y se entrenó en seguir con la mirada y sin parpadear el ir y venir de la lanzadera. Tras dos años de practicar este ejercicio, ya no pestañeaba en absoluto, ¡ni quisiera cuando la punta de la lanzadera le rozaba el ojo! Regresó entonces para anunciárselo al viejo Fei Wei.

—Bien —dijo el Maestro—. Ahora debes aprender a ver. Debes distinguir con toda nitidez la percepción más ínfima. Atrapa a un piojo, átalo con un hilo de seda y cuando seas capaz de contar los latidos de su corazón, ven a verme.

Qi Shang tardó diez días en atrapar un piojo, necesitó seis meses para conseguir atarlo. Después, se dedicó a mirar fijamente el insecto durante varias horas al día. Al cabo de un año, lo vio tan grande como un platillo, y al cabo de tres años, tan grande como una rueda de carro. Corrió entonces triunfalmente hasta la casa de su maestro.

—Bien —dijo el viejo arquero—, ahora vas a poder ejercitar tu puntería. Cuelga el piojo de la rama de un árbol, retrocede cincuenta pasos, y cuando consigas traspasar el insecto sin tocar el hilo de seda, vuelve a verme.

Y le tendió un arco y una aljaba.

Qi Shang tardó tres meses en tensar el arco sin temblar, un año para dar en el tronco del árbol y dos años para tocar el hilo de seda. Cien veces cortó el hilo sin tocar el piojo. Transcurrieron otros tres años antes de que la flecha atravesara el insecto sin tocar el hilo.

—Bien —dijo el viejo Fei Wei—, ya casi has concluido. Ahora sólo te queda intentar lo mismo en medio de un vendaval. Entonces, ya no tendré nada que enseñarte.

Y tres años más tarde, Qi Shang logró esta última proeza. Entonces se dijo que ya sólo el faltaba una cosa por hacer: medirse con su maestro, saber si era capaz de superarle, si podría finalmente ocupar su lugar. Tomó su arco, sus flechas y se fue en busca de Wei Fei.

El viejo arquero, como si le esperara, había salido a su encuentro, arco en mano, con las mangas remangadas.

Cada uno en un extremo del prado, se saludaron sin decir palabra, colocaron una flecha sobre el arco y se apuntaron cuidadosamente. Las cuerdas vibraron al unísono, las flechas chocaron en pleno vuelo y cayeron sobre la hierba. Seis veces silbaron y seis veces se dieron. Fei Wei había vaciado su aljaba, pero Qi Shang aún tenía una flecha. Dispuesto a todo para deshacerse de su rival, para terminar con su maestro, disparó. La risa del anciano respondió al grito de la flecha y, con el meñique de su mano derecha, desvió el tiro mortal que fue a plantarse en la hierba. Fei Wei dio tres pasos, recogió la flecha, la colocó sobre su arco y apuntó a su vez a su discípulo.

Qi Shang no hizo ningún gesto, pero la flecha sólo rozó su cintura, como si su maestro hubiese errado el tiro… o le hubiera perdonado la vida. Pero cuando quiso dar un paso, ¡su pantalón cayó sobre sus tobillos! El golpe magistral del viejo Fei Wei había cortado el cordón.

Entonces Qi Shang se prosternó y exclamó.

—¡Oh, gran Maestro!

Fei Wei se inclinó a su vez y dijo:

—¡Oh, gran Discípulo!

Para leer en vacaciones I

18 lunes Dic 2023

Posted by Fernando Vásquez in Del diario, LECTURA

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Cuentos de los sabios judíos cristianos y musulmanes, Cuentos y leyendas de los hebreos

Ilustración de Soizick Meister.

La viña de Noé

Este relato, reelaborado por la parisina Axelle Hutchings, hace parte del libro Cuentos y leyendas de los hebreos (Kókinos, Madrid, 2014).

 

Tras el diluvio. Noé tuvo que volver a plantar en los vergeles que las aguas habían anegado. Era un buen labrador. Los granados ya estaban dando sus frutos, cuyo jugo agridulce servía para calmar la sed de los pastores y caravaneros. Los almendros estaban cuajados de flores blancas y en los manzanos aparecían las primeras yemas. Noé plantó entonces la vid. Llevaba ya un buen rato trabajando en ello cuando apareció Satán en el cerro. Este se encaramó en lo alto de un majano y preguntó a Noé:

—¿Por qué te sigues desmolando? ¿Qué penoso trabajo te has impuesto esta vez? ¡Dios te ha tocado con su gracia y has librado de su cólera al hombre y a su descendencia! ¡Has salvado del diluvio a todo el reino animal: del insecto más dañino al mamífero más majestuoso! ¿Qué más quieres?

—Baja de esas piedras —replicó Noé sin mirar a su interlocutor.

Satán obedeció clavando su mirada en el hombre:

—De acuerdo. Pero dime qué estás haciendo.

—Estoy plantando un viñedo —respondió Noé.

—¿Por qué? —volvió a preguntar Satán.

Noé se irguió, se enjugó el rostro con un pico de su larga túnica, e indicó:

—Porque el fruto de la vid es valioso. Alegra el corazón del hombre y es saludable tanto para el alma como para el cuerpo.

Satán quiso aprovechar la ocasión: “Esta planta, se dijo, será la mía. Gracias a ella, poblaré los infiernos…”.

Y entonces propuso a Noé con malicia:

—¡Voy a ayudarte! Te has ganado de sobra el derecho a descansar.

—¡De acuerdo! Busca un buen abono para alimentar esta tierra árida.

—¡Confía en mí! Yo sabré dónde encontrar cuanto sea preciso. Tendrás un suelo fértil y tus vides se doblarán con el peso de las uvas.

Satán fue a buscar un cordero. Lo sacrificó al pie de la primera vid y derramó la sangre del animal por el suelo. Para la segunda planta, eligió un león; para la tercera, un cerdo. Y, finalmente, un mono corrió la misma suerte en la cuarta.

El abono de Satán surtió el efecto deseado: la viña de Noé produjo sarmientos vigorosos.

Los sarmientos cargaron pesados racimos. Vendimiaron la viña, pisaron la uva y llenaron las tinajas. Era la primera cosecha tras el diluvio y la celebraron con alegría. Sacaron el primer caldo de los cántaros y llenaron con él las copas. De la copa a la boca, el vino soltaba la lengua y trababa amistades, pues el primer vino volvía manso como un cordero. De la boca al estómago, el vino despertaba la animosidad, pues el segundo vino volvía pendenciero como el león. Del estómago a la tierra, el vino ensuciaba el suelo, pues el tercer vino llevaba a revolcarse en el fango, como los cerdos. Con el cuarto, se hacían tonterías dando saltos alrededor de las tiendas de los campamentos, soltando palabras sin sentido, como los monos.

Y así es como, dese entonces, la gente bebe, junto con el vino, los defectos de los animales cuya sangre se mezcló con la vid. Allí donde Satán no puede llegar envía al vino como mensajero, poblando así su reino.

Ilustración de Jungho Lee.

Las cuatro historias que siguen, redactadas por Jean-Jacques Fdida, hacen parte del texto Cuentos de los sabios judíos cristianos y musulmanes (Paídos, Barcelona, 2007).

Despierto para rezar

Un derviche se pasaba las noches rezando y experimentaba grandes éxtasis.

Una noche, uno de sus hijos le preguntó si podía quedarse a velar con él. El padre aceptó, y el niño pudo acceder a su vez a los misterios divinos. Sin embargo, al romper el alba el niño, mirando a sus hermanos, tiró a su padre de la manga y le dijo:

—Papá, me ha gustado mucho esta noche de vigilia. Pero ahora siento pena por mis hermanos, a quienes el sueño priva de tantas bellezas.

—Hijo mío —le respondió el derviche—, si sólo te has quedado despierto para mirar cómo duermen los demás, habrías hecho mejor quedándote en la cama.

El blanco

Había una vez un rabino, un viejo rabino, que tenía esa capacidad increíble —y cuán envidiable— de poder responder a todas las preguntas que le hacían simplemente contando una historia. Esto tenía a sus discípulos muy impresionados.

Un día fueron a verlo y le preguntaron:

—Rabino, díganos, explíquenos cómo lo hace para conseguir encontrar siempre una historia que responda precisamente a la pregunta que planteamos.

Y el rabino respondió:

—Pues es muy simple… Os contaré una historia.

En el imperio de Japón había un samurái, un gran arquero, que recorría el país en busca de una forma de dominar mejor su arte. Un día llegó a una posada. Le hicieron entrar al patio. Y allí se quedó boquiabierto: sobre todos los muros del recinto vio blancos dibujados con una flecha clavada en el centro de cada uno de ellos.

El samurái llamó al posadero:

—¿Quién ha hecho esto?

—Mi hijo —respondió el posadero.

—¿Y dónde está tu hijo?

—Allí, creo, está jugando…

El samurái se dirigió al niño y le preguntó:

—¿Has sido tú quien ha hecho esto?

—Sí —respondió el niño.

Entonces, sin decir palabra, el samurái se apartó y, acto seguido, con un gesto extremadamente armonioso y más rápido que un parpadeo, disparó una flecha justo en el centro de cada uno de los blancos y partió la flecha del niño en dos.

Después se acercó al pequeño y le dijo:

—Esta es mi técnica. ¿Cuál es la tuya?

Y el niño respondió:

—¡Ah! Pues yo no lo hago así. Yo primero lanzo la flecha y después dibujo el blanco.

 —Y yo —dijo el rabino a sus discípulos—, yo hago más o menos lo mismo con vuestras preguntas y mis historias.

La vidente

Un joven judío fue a visitar a una vidente. Ella le cogió la mano y le dijo:

—¡Ay, ay, ay! ¡Es más bien triste!… Hasta los treinta años, no veo más que cosas terribles… Sí, hasta los treinta años su vida será un infierno.

—Bueno —respondió el judío—. ¿Y después de los treinta?

—Después de los treinta, se acostumbrará.

El escondite

Cuentan que un día Yéhiel, el nieto del célebre hasid Rabbi Baroukh, estaba jugando al escondite con sus amigos. Había encontrado un escondite perfecto y estaba esperando a que lo descubrieran. Esperó y esperó… Pero al cabo de un rato se le acabó la paciencia y salió de su escondite. Y cuál sería su decepción al darse cuenta de que sus amigos no sólo no lo estaban buscando, sino que además se habían olvidado completamente de él y habían empezado un nuevo juego. Entonces el niño rompió a llorar y fue a contarle su historia a Rabbi Baroukh. Sin embargo, el niño quedó estupefacto al ver que, mientras lo escuchaba, su abuelo había empezado a llorar en silencio. Tenía el rostro bañado en lágrimas. El niño le preguntó por qué lloraba. Y Rabbi Baroukh respondió:

—Hijo mío, lloro porque tu historia me ha parecido terrible. Y ya ves, tengo la impresión de que a Dios le pasa algo parecido… Ha encontrado un escondite perfecto, pero ya nadie quiere jugar con él.

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