«En el caballete» de James N. Lee.

Es probable que la sugestión del negro, del negro que desea inundar de tristeza este momento de tu vida, te hipnotice con sus sombras. Entonces, ¿qué tal si este fin de semana te dedicas a pintar para mitigar tu aflicción?

Eso estaría muy bien. Podrías empezar con el rojo para celebrar tu vida, la vida que has engendrado, la vida que ha estado y está cerca de ti. Pero también, el rojo para decir el amor que das y has recibido, la pasión que te exalta y te renombra, el deseo que libre corre por tus venas. El rojo, es una buena opción… especialmente para afirmar los lazos de la sangre que crean vínculos y renuevan la existencia.

¿Y qué tal si te pintas de azul?, pues, seguramente, querrás aludir o remarcar tus sueños más queridos, tus ideales, los proyectos de largo aliento, o todas esas ilusiones que siguen rondando en tu cabeza. Azul para todo lo que en ti es infinito y hondamente profundo, para todo aquello asociado con lo trascendente y que, a pesar de las banalidades cotidianas, te sobrecoge.

Creo que el verde expresaría, por supuesto, tu gusto por la naturaleza, por el rocío mañanero, por la libertad vuelta juego y canto. Si tiñes de verde tu papel acuarela será porque no quieres olvidar las travesuras de tu infancia y la exaltación que te producía irte de aventura por los caminos polvorientos del campo. Si te pintas en verde es porque sigues renaciendo y las fuerzas de la naturaleza confluyen para ayudarte. El verde será como tu polo a tierra, como un signo de permanencia o pacto con la realidad.

Por supuesto también podrás escoger el amarillo. Porque te gusta el sol, porque esos rayos de color te devuelven lo que las sombras han querido quitarte. Amarillo porque disfrutas viendo y sintiendo el calor en tu rostro y porque en tu espíritu hay una estrella fulgurante que no te deja desfallecer. Si hay abundante amarillo es para exaltar tu inteligencia, el don de la palabra que posees, y porque no quieres denigrar el valor de tus ideas.

O, si te resultan más llamativos, escoges el fucsia o el naranja… o echas mano de otros colores elegidos un tanto al azar —y ojalá te untes los dedos como si fueras una niña escolar— con el único fin de mantener viva la posibilidad de la alegría, el regocijo multicolor de la esperanza. No dudes en poner tus huellas, tus manos; sé tú misma el medio y el fin con que elabores esa obra.

Lo importante es que no dejes que el negro te hipnotice con sus sombras.  Busca, entonces, tus pinturas, tu papel acuarela, tus pinceles y dispón tu espíritu para que el fin de semana te consagres a colorear tu vida. Anhelo, de todo corazón, que haya mucho rojo, abundante azul… infinidad de verde y radiantes espacios de amarillo. Que cada hoja pintada sea un mantra, un escudo, un talismán para contrarrestar o diluir las brumas de esta ocasional amargura.

Y si a pesar de ello siguen los grises agobiándote, si no despunta el ánimo o el dolor parece adueñarse de gran parte de ti, te aconsejo mandar enmarcar aquellas pequeñas obras que realizaste, y colgarlas en un lugar privilegiado de los espacios donde habitas —ojalá sea en tu alcoba—. Tus pinturas serán como ícono sagrado o una imagen tutelar que no solo custodiarán tus días, sino que al mirarlas desplegarán un halo de certidumbre en la vida, un magnetismo de confianza honda y sostenida en lo que eres esencialmente. Si contemplas aquellas pinturas, y dejas que su simbolismo penetre en tu alma, descubrirás que el fluir de los colores siempre disuelve las manchas que parecen permanentes o definitivas.