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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Entrevistas

Vargas Llosa y el oficio de escribir

18 viernes Abr 2025

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Entrevistas, Homenajes

≈ 6 comentarios

Vargas Llosa en Barcelona, 1970. Fotografía de Alberto Viñals Gisbert.

Sigo creyendo que el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es leer o releer su obra. Así que, para no caer en la banalidad periodística que todo lo reduce a chisme farandulero, he decidido hacerle un reconocimiento a Vargas Llosa revisando varias de las entrevistas que él concedió a lo largo de su vida.  Me valdré para ello de los diálogos que sostuvo el autor peruano, en diferente época, con periodistas, críticos y escritores como Günter Lorenz (Diálogo con Latinoamérica), Ricardo Cano Gaviria (El buitre y el ave fénix), Ricardo Setti (Confesiones de escritores, The Paris Review) y Joumana Haddad (En busca de los ladrones del fuego). Recogeré, entonces, algunas de sus respuestas enfocadas en el oficio de escribir, asunto sobre el cual Vargas Llosa no sólo habló con amplitud, sino que profundizó en varios seminarios, conversatorios y libros puntuales, como, por ejemplo, Cartas a un joven novelista. Rindámosle, entonces, este pequeño homenaje a uno de los grandes escritores latinoamericanos leyendo con atención sus lúcidas declaraciones, dichas en tono testimonial y con el ritmo propio de la conversación.

Empecemos desde el principio, ¿el pequeño Mario soñaba con ser escritor de mayor?

El pequeño Mario era sobre todo un lector ávido, como todos los escritores, supongo. Para mí, aprender a leer fue el mejor regalo de mi vida. Recuerdo que entonces tenía cinco años, y este hecho cambió el mundo que me rodeaba de una manera tan radical que creo que mi “vocación”, o mi talento literario, nació en aquel momento crucial. Su chispa original fue la felicidad que me otorgó devorar los libros de mi infancia, la etapa de los grandes descubrimientos. De hecho, comencé a escribir de forma casi espontánea en una etapa posterior, cuando todavía era adolescente. Pero fue al entrar en la universidad cuando fui “consciente” de que a la literatura era a lo que quería dedicarme en la vida. Porque de adolescente, en un país como el mío, Perú, no es concebible soñar con ser sólo escritor, sino que había que pensar especialmente en cómo ganarse la vida, porque escribir “no da de comer”. Así que estudié literatura y derecho al mismo tiempo. Aunque, a los diecisiete o dieciocho años, ya había decidido y comprendido que escribir era mi vida.

Podrías decirme ¿por qué y con qué objetivo escribes?

Yo creo que si alguien supiera por qué escribe, entonces no sería escritor. Pienso que en la base de esta vocación hay un esfuerzo, en cierta forma un esfuerzo ridículo, de crear pensamientos, realidades y verdades, es decir, crear con palabras algo semejante, equivalente a esa cosa tan vasta, tan múltiple, tan rica como es la realidad. ¿Por qué se empeña un hombre en producir más vida de la que hay? Tal vez porque la vida no es suficiente para él, porque la realidad no le basta. En otras palabras, porque esa realidad no le satisface, no lo deja conforme. Creo que si uno escribe no está conforme con la realidad; y si intenta crear verdades y realidades lo hace porque no acepta la realidad real. Y su voluntad de crear realidades ficticias es un acto de rebelión, el testimonio de un desacuerdo profundo con el mundo. Esa es, creo yo, la razón de la vocación literaria: rebelión a la realidad, al mundo.

¿A qué te refieres cuando hablas de esa “realidad” contra la que se rebela la vocación del escritor?

Escribir es una manera de negar el mundo, el mundo tal como el escritor lo siente o lo ve. Ahora bien, ¿por qué el escritor es un rebelde? Yo creo que él no lo sabe, porque si supiera la causa de su rebelión la traduciría en actos más directos que el escribir libros, que en última instancia son actos indirectos, una forma de no-acción, de reacción, tan solitarios que casi no significan una acción para el escritor. La dificultad para el escritor reside en que le es desconocida la raíz de su malestar frente al mundo. Y así el escribir es para él un método de indagar y aclarar ante sí mismo las causas y la naturaleza de ese malestar frente al mundo. Trata de explicarse a sí mismo el porqué de esa relación viciada con la realidad. Yo creo que ese es el origen de la vocación literaria, naturalmente expresada muy en general. Es un desacuerdo con el mundo, de raíces oscuras para el propio escritor y por las cuales indaga mediante esa vocación, esa voluntad de crear ficciones.

Se sabe que eres un trabajador muy activo y meticuloso. Me gustaría que me dijeras algo sobre el proceso creador. Es decir, ¿cómo se desarrolla este proceso y cómo se efectúa?

Un escritor como cada poeta tiene su propio mundo, en el que está inmerso, en el cual vive. En mi caso, guiarme por la espontaneidad, por la intuición del momento, por lo que se llamó en un tiempo inspiración, en la cual yo no creo, sería fatal. He comprobado que lo que escribo sin revisión, sin paciencia, sin mucha obstinación, resulta siempre caótico, incoherente. Que las primeras versiones son materiales muy deficientes, son hasta poco legibles; es evidente, pues, que necesito un método especial para escribir. Necesito a través de varias adaptaciones de los episodios descubrir cuál es el tratamiento que conviene más para cada situación, cuál es la técnica apropiada para aprovechar mejor las vivencias que puede encerrar en sí cada episodio. Por otra parte, pienso que la novela en sí misma exige constancia, un rigor más estricto que otros géneros. Es comprensible que un poeta escriba guiándose a veces por la espontaneidad, que no sea laborioso y disciplinado. Pero la novela, que es la creación de un mundo muy vasto, exige que el escritor vaya en cierto modo viviendo este mundo desde adentro, vaya incorporándoselo, vaya siendo aceptado por este mundo. Creo que esto sólo se puede conseguir a través de una disciplina, de una constancia, de una paciencia.

¿Te identificas con los protagonistas de tus libros?

Creo que sólo se puede escribir a partir de ciertas experiencias personales. Experiencias que, por alguna razón, desconocidas para el escritor, lo han marcado más profundamente que otras, han permanecido en él, y se han ido convirtiendo poco a poco en memorias, en recuerdos que lo obseden, que lo atormentan, en verdaderos demonios, esos demonios que él quiere emancipar, exorcizar de sí mismo, y al mismo tiempo quiere salvar del olvido, de la muerte. Entonces creo que el origen de todo lo que he escrito yo está profundamente enraizado en ciertas experiencias de mi vida, y en consecuencia lo que escribo es, por supuesto, una especie de confesión interrumpida, fragmentada, salpicada. Ahora yo creo que en ese sentido toda literatura narrativa es confesional, pero hago esta salvedad: sólo es literatura esta materia confesional en el momento en que se emancipa de su autor, en el momento en que esas experiencias personales se transforman en algo distinto, adquieren soberanía, adquieren vida propia, y por lo tanto pasan a ser experiencias compatibles por los demás hombres. Es decir, se han emancipado, se han liberado del escritor y han pasado a formar parte de una especie de “fondo común” de la sociedad, o de la Humanidad, si se quiere. Este es el objetivo del escritor, convertir esas experiencias personales a través de la imaginación, del lenguaje, y de una estructura, en experiencias comunes, en experiencias imaginarias colectivas.

¿Cómo se da en el escritor ese primer contacto con la forma y el asunto de lo que desea escribir?

Hay escritores que se atreven a decir que el impulso creador es en ellos no un asunto sino una forma. Hay algunos que sostienen que una novela o un cuento nació en su cerebro inicialmente como una manera de adjetivar, o como un tiempo verbal y que luego, en una segunda fase, la creación consistió en encarnar esas abstracciones formales en una materia o un asunto. Pero indudablemente en la mayor parte de los creadores el estímulo inicial, el impulso primero, es siempre un asunto o, mejor dicho, un embrión de asunto. Un rostro, un suceso, un estado de ánimo, del cual va surgiendo toda una trama, toda una materia a la que hay que tratar de encarnar y vitalizar en un lenguaje, en un orden. Creo que es en esta segunda fase —aunque se dan casi al mismo tiempo y se condicionan mutuamente— cuando el escritor puede gobernarse más fácilmente, mediante esa elección de un lenguaje y un orden, a medida que la materia le va siendo suministrada por la propia realidad, a través de sus propias experiencias. La realidad ejerce una coacción sobre él, una presión invisible, al entregarle según un ritmo imprevisible las experiencias que lo han marcado y que han hecho de él un escritor. También se puede deducir, que es en el dominio de la forma donde realmente se juega todo en literatura, donde se juega la verosimilitud o inverosimilitud de una ficción, su profundidad o su superficialidad, ya que es donde, así mismo, el escritor despliega todos sus poderes intelectuales y culturales, donde realmente maneja las riendas, donde tiene capacidad de decisión.

A este nivel, el tema y la técnica trabajan al unísono, ¿verdad?

El tema y la técnica son elementos que existen a nivel puramente individual y, en última instancia, tienen un significado válido exclusiva y fundamentalmente para el creador. Mi tema es una, o un grupo de experiencias determinadas, válidas sólo para mí porque sólo a mí me han marcado fundamentalmente, enemistándome con la realidad, creando en mí la necesidad de abolirla y de sustituirla por otra. Mi técnica son esos procedimientos, esos métodos, tácticas, trucos de los que me valgo apara empezar a trasvasar ese material, del plano nebuloso de las obsesiones y pulsiones, al plano temporal y concreto de la escritura. En esta etapa, ambas instancias, ambos aspectos son, podríamos decir, incomunicables. En esta etapa, todos los escritores están exactamente en el mismo nivel, en el mismo plano; todos parten de ese mismo punto de partida. Es solamente cuando esos dos aspectos están ya realizados, cuando ya la técnica se ha metamorfoseado en forma y el tema en contenido, que se pueden establecer jerarquías y que ambas cosas se independizan totalmente de su creador, contando ya no en función del hombre particular sino del hombre, ya no del individuo sino de la sociedad.

¿Escribes a mano, mecanografías o alternas?

Primero escribo a mano. Siempre trabajo de mañana, y durante las primeras horas del día siempre escribo a mano. Esas son siempre las horas más creativas. Nunca trabajo más de dos horas de ese modo… se me acalambran las manos. Después empiezo a tipiar lo que escribí, haciendo cambios mientras avanzo; posiblemente ésa sea la primera etapa de reescritura. Pero siempre dejo algunos renglones sin tipiar, porque de ese modo, al día siguiente puedo empezar tipiando el final de lo escrito el día anterior. Prender la máquina de escribir crea cierta dinámica… es como un ejercicio de precalentamiento.

Hemingway usaba la misma técnica, la de dejar una oración por la mitad para poder retomar el hilo al día siguiente…

Sí, pensaba que no tenía que escribir todo lo que tenía pensado, para poder empezar con mayor facilidad al día siguiente. La parte más difícil —o eso me parece a mí— es empezar. A la mañana siguiente, volver a establecer contacto, la ansiedad del momento… Pero si uno tiene algo mecánico que hacer, el trabajo ya está empezado. De todos modos, tengo un riguroso horario de trabajo. Todas las mañanas, hasta las dos de la tarde, me encierro en mi escritorio. Esas horas son sagradas para mí. Eso no significa que me pase todo el tiempo escribiendo; a veces sólo reviso o tomo notas. Pero trabajo sistemáticamente. Por supuesto, hay días buenos para la creación, y también días malos. Pero trabajo todos los días porque, aunque no tenga ninguna idea nueva, dedico el tiempo a hacer correcciones, revisar, tomar notas, etc. A veces decido reescribir algo terminado, aunque sólo sea para cambiarle la puntuación.

¿Y nunca te apartas de esa rutina espartana?

Aparentemente, no puedo. No sé trabajar de otro modo. Si me dispusiera a esperar los momentos de inspiración, nunca terminaría un libro. La inspiración viene a mí gracias al esfuerzo regular. Esta rutina me permite trabajar, con gran entusiasmo o no, según los días.

Acabas de afirmar que en tu caso la inspiración es producto de la disciplina, pero, ¿nunca conociste la famosa “iluminación”?

Eso nunca me ocurrió. Se trata en mi caso de un proceso mucho más lento. Al principio hay algo muy nebuloso, un estado de alerta, cierta cautela, cierta curiosidad. A veces percibo, en la bruma y la vaguedad que despierta mi interés, mi excitación y mi curiosidad, y que luego se traduce en trabajo y notas, el resumen del argumento. Después, cuando ya he hecho el bosquejo y he empezado a poner las cosas en orden, hay algo muy difuso, muy nebuloso, que todavía persiste. La “iluminación” sólo se produce durante el trabajo en sí. Es el trabajo duro el que, en un determinado momento, puede desencadenar esa… percepción acentuada, esa excitación capaz de producir revelación, soluciones y luz. Cuando llego a la médula de una historia en la que he estado trabajando durante cierto tiempo… entonces sí ocurre algo. La historia deja de ser fría, ajena a mí. Por el contrario, se torna tan viva, tan importante, que todo lo que experimento existe solamente en relación con lo que estoy escribiendo. Todo lo que escucho, veo, leo, parece contribuir de una manera u otra a mi trabajo. Me convierto en una especie de caníbal de la realidad. Pero para llegar a ese estado, tengo que pasar por la catarsis del trabajo.

Escribiste gran parte de tu obra fuera del Perú, en lo que podríamos llamar un exilio voluntario. ¿Encontrarse lejos del “vértigo de la realidad” es de alguna manera una ventaja para la reconstrucción de esa misma realidad?

Sí, nunca he sido capaz de escribir sobre lo que está próximo a mí. La proximidad es inhibitoria en el sentido de que no me permite trabajar con libertad para estar en condiciones de transformar la realidad, de cambiar a las personas, de hacerlas actuar de manera diferente, o de introducir en el relato algún elemento personal, algo perfectamente arbitrario. Es absolutamente esencial. Eso es la creación. Si uno tiene la realidad delante de los ojos, se convierte en una restricción, al menos para mí. Siempre necesito cierta distancia, cierto tiempo, o mejor aún, una distancia espacio-temporal. En ese sentido, el exilio ha sido para mí muy beneficioso. Por él descubrí la disciplina. Descubrí que escribir era un trabajo y, en gran parte, una obligación. La distancia también me ha resultado útil porque creo en la gran importancia que tiene la nostalgia para un escritor. Hablando en general, diría que la ausencia del tema fertiliza la memoria. Al mismo tiempo, creo que la distancia crea una perspectiva muy útil. Sirve para destilar la realidad, esa cosa complicada que nos embriaga. Es muy difícil seleccionar o distinguir entre lo que es importante y lo que es secundario. La distancia posibilita la distinción. Establece las jerarquías necesarias entre lo esencial y lo secundario.

¿Los muchos años en el oficio te dan más seguridad al escribir?

El trabajo creativo no conduce a esa sensación de seguridad, incluso en el septuagésimo libro. Es la misma confusión, el mismo miedo, diría alarma, ante la terrorífica hoja blanca, la misma amenaza de vacío. El creador es un principiante cada vez, cada vez que dice para sus adentros: “puede que ya no tenga nada más que decir”, pero excava y excava hasta encontrar algo que decir. Es así como con el tiempo se vuelve más estricto consigo mismo, más crítico con su obra y más consciente de lo que ha sido incapaz de lograr, de lo contrario no sobreviviría. Yo no tuve tanto miedo cuando lancé mi primera novela como ahora. Luego está el riesgo de repetirse a sí mismo: esta amenaza siempre debe estar presente en su mente, es algo que le incita a incurrir en nuevas y diferentes experiencias, que no necesariamente tienen que ser exitosas. Dondequiera que vaya el creador hay minas. Entonces, ¿cómo puede sentirse tranquilo? El creador es el personaje dramático raciniano por excelencia.

Como escritor, ¿cuál consideras que es tu mayor cualidad, y cuál tu mayor defecto?

Creo que mi mayor cualidad es mi perseverancia: soy capaz de trabajar muy duro y dar más de mí de lo que me parecía posible. Creo que mi mayor defecto es la falta de seguridad, que me atormenta enormemente. Me lleva tres o cuatro años escribir una novela… y me paso una buena parte de ese tiempo dudando. Es algo que no mejora con el tiempo; al contrario, creo que me he vuelto cada vez más autocrítico y menos seguro. Pero sé que escribiré hasta el día en que me muera. Escribir es mi naturaleza. Vivo toda mi vida según mi trabajo. Quiero escribir muchos libros más, y mejores. Quiero tener aventuras más interesantes y maravillosas que las que he tenido. Me niego a admitir la posibilidad de que ya he dejado atrás mis mejores años, y no lo admitiré, ni aunque me viera enfrentado a evidencias.

Entrevista a La Escritura

30 sábado Mar 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Entrevistas

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«La carta de Katie» del pintor inglés Haynes King.

La escritura, quien prefiere la soledad y el aislamiento, y que muy contadas veces le gusta dar entrevistas, aceptó este diálogo, pero con la condición de que le enviara previamente el cuestionario. Aunque prefería una conversación en directo, repleta del calor y la vivacidad, decidí enviarle el listado de preguntas confiado en que al contestarlas se animara a hablar después cara a cara. Pasados unos días recibí en un sobre manila las respuestas pasadas a máquina, escritas en un papel crema poco común. Noté que varias líneas habían sido corregidas a mano, con una tinta sepia. Transcribo toda la entrevista por la riqueza de aspectos que comenta y por ser el testimonio de alguien dedicada largo tiempo a este oficio.

Para comenzar, ¿cómo entiende o qué es para usted la escritura?

Esta es una pregunta que ameritaría muchas páginas para responderla en profundidad. Sin embargo, para no parecer que eludo dar una respuesta, diría que la escritura es una de las grandes invenciones de la humanidad, un modo de comunicación lo suficientemente abstracto como para trascender el tiempo y el espacio. La escritura es también, al decir de Walter Ong, una tecnología de la mente, y por eso requiere aprendizajes específicos y un adiestramiento que puede llevar muchos años. Pero, además, la escritura es un recurso poderoso para ayudar a nuestra frágil memoria, una modalidad de registrar lo acaecido y de romperle el espinazo al olvido, a la desmemoria. O para decirlo, en términos más filosóficos, la escritura es una invención del hombre para trascender la finitud, para sortear la inevitable muerte.

¿Cuál es la relación de la escritura con el desarrollo del pensamiento?

Gracias a la escritura la mente puede reconocerse o volver sobre sí para descubrir su modo de proceder. La escritura afianzó y desarrolló nuestra capacidad para el análisis. Cuando escribimos tenemos la posibilidad de “percibir” el discurrir de nuestras ideas, sus aciertos o falencias, su consistencia o sus flagrantes contradicciones. El hábito de escribir contribuye a hacer más lógicos nuestros razonamientos, más precisa nuestra capacidad de argumentar, más ordenado el palpitar emocional de nuestras opiniones. La escritura es un yunque mediante el cual el pensamiento se caldea, halla su temple y afina sus potencialidades abstractas, metódicas, críticas y creativas.

¿El escritor nace, se hace?

Puede que una persona tenga cierta disposición o un abanico de aptitudes para la invención o la facilidad expresiva, pero si no aprende la técnica de escribir será muy difícil que adquiera algún dominio. Esa técnica comprende muchas cosas, desde aspectos gramaticales hasta otros más complejos, aquellos relacionados con la organización de las ideas, la cohesión entre las mismas y la composición de un texto. Por eso quienes asocian escribir con redactar, desconocen o dejan de lado otros asuntos igualmente importantes: la producción de las ideas, la corrección y la prefiguración de un lector. En realidad, la escritura comprende tres grandes fases o momentos: la preescritura, que corresponde a la generación y organización de las ideas; la redacción, que cobija el dominio de las palabras y su sintaxis; y la posescritura, más centrada en la corrección y el ajuste con un tipo de público. Tal vez por habernos enfocado demasiado en la redacción hemos reducido la escritura al seguimiento de reglas o a no cometer errores gramaticales; pero no es así. Como bien se sabe hoy, muchas de las fallas en la escritura están asociadas a la falta de planeación, a la carencia de rumia en las ideas y a una flojera para enmendar y mejorar lo que a todas luces no es sino un primer borrador. Así que deberíamos, para recoger un consejo de los escritores expertos, dedicar más tiempo a pensar en lo que vamos a decir, antes de ponernos a redactar lo primero que se nos ocurra.

¿Para escribir se necesita inspiración?

Si por inspiración entendemos tener la mano preparada para escribir, diría que sí; pero, si, por el contrario, asociamos la inspiración con alguna fuerza divina que ilumina o dicta lo que vamos a pergeñar en una página, le contestaría que no. La escritura es una labor artesanal, un oficio del cuerpo y de la mente; entonces, de nada sirve esperar la ayuda de fuerzas extraordinarias cuando no tenemos un trato frecuente con estos veintisiete signos y su combinatoria. Por supuesto que hay momentos en que, cuando uno está conectado con la escritura, vienen imágenes, recuerdos, asociaciones diversas, que entran súbitamente al proceso de escribir y de las cuales no podemos decir con certeza su procedencia. Aunque no creo que puedan asociarse con una Musa, en el sentido tradicional del término. La mayoría de las veces lo que llamamos inspiración no es sino el cúmulo de experiencias potenciadas por la fuerza de la imaginación que forman un caldo de cultivo en nuestra memoria y es la base del proceso creativo de escribir.

¿Cuáles son las mayores dificultades al momento de escribir?

Las dificultades son diversas y dependen de la personalidad del escritor. De igual modo, esos escollos cambian o surgen otros en la medida en que llevamos más tiempo escribiendo. Una de las dificultades, es la falta de hábito de escribir; de disciplinar el cuerpo para que afronte el reto de la página en blanco, de dedicar largas horas a tratar de redactar un buen párrafo o de emplear una cantidad de tiempo corrigiendo unas cuantas páginas. Otro impedimento son las mismas palabras. La falta de una riqueza verbal, el limitado vocabulario o el descuido por la variedad de acepciones de un término, frustran nuestro deseo de darle un buen vestido léxico a una idea o una historia. Cabría mencionar una dificultad más: me refiero a la de no tener mucho que decir o contar, a un pobre caudal experiencial realmente significativo o, dicho de otra forma, a una limitada capacidad para idear mundos posibles con palabras, a una constreñida facultad imaginativa.

Y si hay un goce al escribir, ¿podría describírnoslo?

Por extraño que parezca, a pesar del reto intelectual y psicológico que significa escribir, provoca también un goce especial. De una parte, porque, seguramente, es la concreción de una pasión personal o la realización de una vocación íntima alimentada por lecturas y admiración de autores considerados maestros de la escritura.  Y está de igual modo, el goce que produce crear, de construir algo nuevo con la guía de nuestra mente y el poder mediador de las palabras. Esta tarea de ser artífices es muy reconfortante para el espíritu pues, de alguna manera, permite sentir la alegría de legar algo a los demás, de extender nuestras ideas a otras personas, de otras latitudes y en diferente tiempo.

¿Por qué es tan importante escribir algunas líneas todos los días? ¿Cuál es el valor de adquirir ese hábito?

El hábito de escribir es importante para aprender y dominar las técnicas del oficio, para mantener en tensión el desarrollo de una idea, para establecer una familiaridad con la materia prima del escritor. El hábito supone la fuerza de voluntad para sentarse a escribir durante algunas horas, sin divagaciones o dispersos atendiendo otros asuntos. No hay que olvidar que se escribe con el cuerpo y, en esa medida, necesita ejercitárselo para adquirir fuerza y resistencia al momento de escribir. Desde luego, el hábito mismo, cuando ya ha sido adquirido, genera otra cosa: se convierte en una necesidad, en un reclamo de nuestro ser para que se lo alimente con algunas líneas cada día.

¿Qué sucede cuando hay bloqueos al escribir, así se cuente con el hábito?

Los bloqueos del escritor pueden originarse por varios motivos. La mayoría de las veces es porque la creación necesita tiempo para hibernar o sedimentarse. Esos períodos son como la maduración que requieren ciertos licores para lograr su mejor fermentación o su destilado ideal. En este sentido, este tipo de bloqueos se solucionan dejando que la idea pase por sus diferentes estadios de conformación. A veces los bloqueos nacen del cansancio o de la insistencia tozuda en un planteamiento; en este caso, lo aconsejable es cambiar de actividad o salir a caminar para airear la mente y tomar distancia de lo que estamos escribiendo. Puede ser que los bloqueos provengan de la tipología textual en la que estamos trabajando, que no nos sea tan familiar o necesitemos conocer más elementos de sus particularidades para dominarla. Y hay también otros bloqueos que corresponden a la zona sentimental o afectiva del escritor, a los problemas por los que esté pasando, a los incidentes críticos que afectan su producción escrita. Estos últimos bloqueos son tan largos como inciertos porque impactan la estabilidad psicológica y anímica de quien escribe.

¿La escuela sí enseña a escribir?

Sí, en la medida en que familiariza a los estudiantes con algunos aspectos de la redacción. Desde luego, unas instituciones educativas logran mejores resultados que otras. Pero, si entendemos la escritura como la confluencia de los tres momentos que he mencionado antes, diría que la escuela está en deuda. Faltan didácticas específicas para las diversas tipologías textuales: que los maestros enseñen a escribir textos expositivos-informativos, narrativos o argumentativos; que dejen el generalismo instruccional y se centren en la enseñanza de tipos particulares de texto: un ensayo, un informe, una reseña, un cuento, un comentario, un poema, un artículo, una crónica… para mencionar algunos ejemplos. Y esto supone adentrarse en las minucias de poder diferenciar y entender los fines, los medios y la estructura de cada uno de estas manifestaciones de la escritura. Habría que agregar que la escuela necesita profundizar más en las lógicas de la composición escrita y para ello no son suficientes las reglas de herencia gramatical, sino que habría que incorporar los testimonios de escritores dedicados al oficio, a artistas o autores expertos en esto de crear mundos con lenguaje escrito. Aquí los aportes de la literatura resultan fundamentales para una didáctica de la escritura. Y no digo para formar escritores de ficción, sino para aprender de los grandes escritores cómo construyen, como corrigen, como usan las palabras, qué dudas se plantean, qué consejos dan a los noveles escritores; en fin, son ellos otras fuentes importantísimas en esto de aprender a escribir.

¿Qué pueden aportarnos para la enseñanza de la escritura lo que opinan los escritores consagrados al oficio?

Necesitaría un largo espacio para compartirle la cantidad de consejos de los escritores consagrados al oficio que podrían usarse en la enseñanza de la escritura. Sin embargo, voy a referirme a tres de ellos. El primero, y del cual hablan con insistencia los escritores, es el de la corrección. Ya se trate de novelistas, ensayistas, poetas o cuentistas, todos mencionan este punto como algo esencial en el logro de un texto de calidad. Corregir a mano, corregir con diferentes colores, corregir en las márgenes, corregir algo anterior mientras se trabaja en otra cosa; Octavio Paz, Julio Cortázar, Mempo Giardinelli, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Jorge Luis Borges, Augusto Monterroso, Marguerite Yourcenar, Gabriel García Márquez, para sólo mencionar algunos nombres, declaran la importancia de la corrección y la tarea valiosa de revisar con ojo crítico el texto que estamos escribiendo. Este punto me parece clave para aplicarlo al aula: más que “entregas finales” sin tachaduras o correcciones, los maestros debemos esforzarnos en enseñar durante el proceso de escribir el valor de la corrección, es decir, darle relevancia a la etapa de la posescritura. Un segundo consejo es el de someter lo que escribimos a un tamizaje o destilación permanente; los escritores hablan de versiones. Edward Albee, José Donoso, Raymond Chandler, Carlos Fuentes, Susan Sontag, son ejemplos de este otro recurso de los consagrados al oficio de escribir. La idea es entender que el primer texto que redactamos necesita pasar por diversas cribas si pretende alcanzar precisión semántica, una estructura coherente y un buen tono comunicativo. Me parece que también esta estrategia podría trasladarse al campo educativo; el uso de portafolios, en los que se lleva un registro y una reflexión de los diferentes borradores que se van produciendo, es un recurso ideal para este fin. Agregaría una enseñanza más de los que han dedicado su vida a escribir. Me refiero a la lectura constante de obra de autores clásicos o de aquellos que han logrado un dominio en determinado género literario o tipología textual; se trata de “leerlos con lápiz y papel” para ver cómo construyen y elaboran sus obras, de leerlos con cuidado para aprender sus formas de composición, sus técnicas de zurcido de la prosa o su manera de resolver un problema narrativo. Roberto Bolaño, Truman Capote, Sergio Pitol, Juan Rulfo, George Steiner, Ricardo Piglia, Alejo Carpentier, sirven de ilustración de este consejo cuando se está escribiendo. La lectura atenta de estas obras hace las veces de modelaje, de contagio positivo, de ritmo de fondo o paisaje semántico para la propia producción. Salta a la vista que el recurso de leer, antes o durante el proceso de escribir, podría llevarse al aula; pero, en este caso, se requiere el buen tino del maestro para saber elegir qué obras o autores son los apropiados o de qué manera el plan lector de una institución contribuye de manera intencionada a enriquecer ese capital escritural.

¿Escribir es pasar el habla a unas grafías, es una traducción del lenguaje oral?

Son procesos diferentes, tanto en su origen como en su configuración. La oralidad se aprende con la crianza y la socialización; la escritura presupone un aprendizaje que demanda esfuerzo, dominio de técnicas y la incorporación de un saber que no es natural o espontáneo. La oralidad se apoya en el gesto y la entonación; la escritura no posee esas ayudas. Tal vez por eso, uno de los errores más comunes de quien empieza a escribir es suponer que basta escribir como habla; pero las redundancias, la falta de subordinación entres las ideas, la confusión en los planteamientos, todo ello muestra que, para escribir, la oralidad necesita pasarse por unos cedazos, por una destilación que vuelve lo concreto abstracto y lo acumulativo en subordinado.

 ¿Hay fuentes especializadas para aprender a escribir?

Por supuesto que sí. Pero debo advertir que esas obras no son respuestas estandarizadas o ayudas infalibles; más bien son pistas, recursos, material de apoyo, caja de herramientas útiles según se tenga una u otra necesidad mientras se está escribiendo. Piénsese no más en los Diccionarios de dudas o incorrecciones del idioma que contribuyen a evitar algunos vicios del lenguaje, a lograr un adecuado uso y manejo del idioma. O, tómese el caso de los Diccionarios razonados de sinónimos y antónimos que ayudan a tener variedad léxica y precisión semántica; o en los Diccionarios de ideas afines o ideológicos que son esenciales en la etapa de la preescritura, para tener una mirada global del campo semántico de un término, o que resultan fundamentales cuando nos falta el vocablo exacto para determinado asunto en el que estamos trabajando. Pero, además, están los textos de autores reconocidos en el oficio de escribir que ofrecen libros testimoniales en los que aconsejan cómo realizar o llevar a cabo determinado tipo de texto. Baste mencionar Consejos a un joven novelista de Mario Vargas Llosa, Apostillas a El nombre de la rosa de Umberto Eco, El viaje del escritor de Christopher Vogler, u obras con una decidida intención didáctica como La cocina de la escritura de Daniel Cassany, Cómo se escribe de María Teresa Serafini o El arte de reescribir de Silvia Adela Kohan. Hay un buen repertorio de este tipo de obras y sirven, sin lugar a dudas, como orientación o abanico de posibilidades al escritor en ciernes o aún para quienes ya llevan bastantes años en el oficio.

 ¿Cuál es la relación de la escritura con los géneros y las tipologías textuales?

La escritura se hace visible en formatos, en géneros, en tipologías textuales que tienen una historia particular y unas características propias. Si bien usamos el verbo escribir de manera general, lo cierto es que al momento de redactar tenemos que elegir una de esas concreciones: o es un cuento, un ensayo, un poema, una reseña o una novela. Y si bien hay mezclas y combinatorias entre ellas, el aprendizaje de la escritura radica en poder distinguir unas de otras y saber atender las particularidades o las exigencias de esas formas que han ido evolucionando y enriqueciéndose con el aporte de diferentes escritores. Los géneros literarios o los géneros discursivos, las tipologías textuales, esas formas en las que se expresa la escritura han tenido teorizadores y maneras de enseñarse, tal como sucedió con la Poética de Aristóteles. Durante mucho tiempo la escuela privilegió las denominadas Preceptivas literarias en las que, además de entender el proceso de composición de la escritura, apoyado en modelos clásicos, se aprendían las características de esas tipologías y se motivaba a producir textos análogos. Hoy contamos con una amplia bibliografía sobre tipologías específicas, en las que se presenta una detallada manera de confeccionarlas.

¿Existen tipologías textuales que van a desaparecer como la epopeya, la carta, el soliloquio?

Creo que no. Lo que pasa es que ya no se usan mayoritariamente, pero conservan todo su potencial expresivo y comunicativo. Buena parte de la ciencia ficción contemporánea vuelve a retomar los elementos básicos de la epopeya, así como se usa el formato de la carta para establecer una relación más íntima con un posible lector; pienso en las Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke o Cartas a quien pretende enseñar de Paulo Freire. Creo que el soliloquio, tan usado en las obras dramáticas pasadas o en textos filosóficos como los escritos por Agustín, sigue conservando todo su vigor en los flujos de conciencia de la novela moderna o en algunas técnicas de terapia narrativa. Tal vez la creatividad de un escritor radique, precisamente, en renovar o innovar esas tipologías del pasado, explotar su potencialidad, traerlas al hoy con el lenguaje y los problemas de este tiempo. Baste mencionar lo que hizo Augusto Monterroso con la fábula o Elías Canetti con la descripción de los defectos morales de las personas, que antes se denominaban caracteres o retratos psicológicos.

¿Piensa que la escritura pasará a un segundo plano con la inteligencia artificial?

Para aquellos que desean encontrar respuestas rápidas a la redacción de formatos de textos altamente estandarizados, seguramente la inteligencia artificial ofrecerá soluciones para el campo administrativo o burocrático. Si se quiere evitar el esfuerzo de crear mundos posibles con palabras que sean innovadores e imaginativos, entonces resultarán útiles estos recursos tecnológicos de la virtualidad. Pero para otras personas que desean explorar imaginativamente en un tema o una historia, jugar con el lenguaje, imponerle su marca personal a un producto de escritura, no les parecerá la inteligencia artificial el camino más apropiado o la solución más idónea. Una cosa es obtener en segundos un texto derivado de la combinación de lo ya establecido y, otra, bien retadora, enfrentarse a la página en blanco, asumir el aprendizaje de un oficio a partir de alternativas y errores, y obtener el placer de recrear de manera inédita un mundo personal, unas experiencias singulares, el testimonio particular e irrepetible de conocer y sentir la vida.

Después de tantos años consagrada a este oficio, ¿qué puede decirnos de dicha experiencia?

La cantidad de años dedicados a esta pasión, porque lo que hago está vinculado con las fuerzas esenciales de mi ser, me ha producido una felicidad especial, una satisfacción interior que dota de sentido mi existencia. Y cuando estoy a solas tratando de cultivar con palabras el terreno de la página en blanco me siento satisfecha conmigo misma, percibo que los astros me son favorables y hasta los problemas cotidianos pierden su intensidad. Mi labor me ayuda a entender mejor la condición humana y creo, al menos por lo que comentan mis lectores, que mis líneas han servido de apoyo o referencia para otras personas.

Una pregunta final, ¿qué aconsejaría a alguien que desee seguir su ejemplo?

Aunque cada persona halla y construye su propio camino, me atrevo a dar algunos consejos a quien pretenda dedicarse a escribir: que independientemente de la calidad de sus escritos se mantenga auténtico en lo que desee expresar, que no falsifique sus propósitos por obtener el favor de las celebridades o las figuras del momento; que explore en la tradición de los grandes maestros de la escritura con devoción y alma de aprendiz, leyéndolos con la intención de emularlos y superarlos; que no tema darle rienda suelta a su imaginación, pero que no confunda esos impulsos expresivos con lo mejor que puede producir; que, con la paciencia de un artesano, vaya construyendo poco a poco su obra, sin preocuparse demasiado por el éxito comercial o las tendencias caprichosas de la moda; y que, si esa actividad de escribir le produce un goce íntimo, si se convierte en una necesidad cotidiana semejante a los llamados de una vocación, pues, entonces, que no dude en entregarse con fervor y tenacidad a tal oficio.

Una “entrevista-mosaico” con el Papa Francisco sobre comunicación, medios y redes sociales

26 lunes Jun 2023

Posted by Fernando Vásquez in Entrevistas

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Ilustración del peruano Pancho Cajas.

Mosaico: “trabajo artístico hecho acoplando trozos de piedra, vidrio, cerámica, de distintos colores, de modo que formen una figura”.

Es indudable que muchos de los mensajes del Papa Francisco tienen una riqueza de pensamiento o son reflexiones útiles para todo tipo de personas, y no únicamente para religiosos o con algún vínculo eclesial. Este magisterio intelectual y pastoral del Papa se puede apreciar muy bien en sus encíclicas y en los mensajes que regularmente escribe para diferentes públicos: los enfermos, los emigrantes, los jóvenes, los misioneros, los pobres, los abuelos y los mayores. En esta perspectiva, me ha parecido conveniente “adaptar” o “convertir” un conjunto de textos expositivos (aquellos preparados para las Jornadas mundiales de las comunicaciones sociales) en un formato de entrevista. Todas las respuestas de la siguiente “entrevista-mosaico”, por lo mismo, son citas textuales tomadas de los mensajes 48 a 54, aunque no necesariamente en ese orden. Mi objetivo, por lo mismo, además de entresacar o poner en limpio algunos puntos vertebrales sobre la comunicación, los medios y las redes sociales, es invitar a los lectores de este blog a conocer y profundizar en las consideraciones y propuestas del Papa Francisco contenidas en tales documentos.

Usted ha hablado en varias ocasiones de la proximidad, ¿cómo se manifiesta en el uso de los medios de comunicación y en los nuevos ambientes digitales?

Descubro una respuesta en la parábola del buen samaritano, que es también una parábola del comunicador.

¿Podría ampliarnos el sentido de esa parábola?

En efecto, quien comunica se hace prójimo, cercano. El buen samaritano no sólo se acerca, sino que se hace cargo del hombre medio muerto que encuentra al borde del camino. Jesús invierte la perspectiva: no se trata de reconocer al otro como mi semejante, sino de ser capaz de hacerme semejante al otro. Comunicar significa, por tanto, tomar conciencia de que somos humanos, hijos de Dios. Me gusta definir este poder de la comunicación como «proximidad».

¿La comunicación como una forma de solidaridad?

Sí. Hoy corremos el riesgo de que algunos medios nos condicionen hasta el punto de hacernos ignorar a nuestro prójimo real. El mundo de los medios de comunicación no puede ser ajeno de la preocupación por la humanidad, sino que está llamado a expresar también ternura. La red digital puede ser un lugar rico en humanidad: no una red de cables, sino de personas humanas.

¿Y esas afirmaciones de que los medios son neutrales?

La neutralidad de los medios de comunicación es aparente: sólo quien comunica poniéndose en juego a sí mismo puede representar un punto de referencia. El compromiso personal es la raíz misma de la fiabilidad de un comunicador. Precisamente por eso el testimonio cristiano, gracias a la red, puede alcanzar las periferias existenciales.

Una comunicación real, de doble vía…

Recuerdo que el papa Benedicto XVI, en uno de sus mensajes para la Jornada Mundial de las Comunicaciones decía, precisamente, que no se ofrece un testimonio cristiano bombardeando mensajes religiosos, sino con la voluntad de donarse a los demás.

Quizá la verdadera comunicación consista en crear las condiciones para escuchar al otro, a los otros…

Es necesario saber entrar en diálogo con los hombres y las mujeres de hoy para entender sus expectativas, sus dudas, sus esperanzas, y poder ofrecerles el Evangelio, es decir Jesucristo, Dios hecho hombre, muerto y resucitado para liberarnos del pecado y de la muerte. Este desafío requiere profundidad, atención a la vida, sensibilidad espiritual. Dialogar significa estar convencidos de que el otro tiene algo bueno que decir, acoger su punto de vista, sus propuestas. Dialogar no significa renunciar a las propias ideas y tradiciones, sino a la pretensión de que sean únicas y absolutas.

Háblenos un poco más de la escucha.

Comunicar significa compartir, y para compartir se necesita escuchar, acoger. Escuchar es mucho más que oír. Oír hace referencia al ámbito de la información; escuchar, sin embargo, evoca la comunicación, y necesita cercanía. La escucha nos permite asumir la actitud justa, dejando atrás la tranquila condición de espectadores, usuarios, consumidores. Escuchar significa también ser capaces de compartir preguntas y dudas, de recorrer un camino al lado del otro, de liberarse de cualquier presunción de omnipotencia y de poner humildemente las propias capacidades y los propios dones al servicio del bien común.

¿El diálogo como una intencionada manera de establecer un vínculo?

Así es. La comunicación tiene el poder de crear puentes, de favorecer el encuentro y la inclusión, enriqueciendo de este modo la sociedad.

Comunicación en búsqueda de la proximidad…

Lo que es verdaderamente la comunicación como descubrimiento y construcción de proximidad es la capacidad de abrazarse, sostenerse, acompañarse, descifrar las miradas y los silencios, reír y llorar juntos, entre personas que no se han elegido y que, sin embargo, son tan importantes las unas para las otras.

¿Eso supone ir más allá del mero transmitir información?

El desafío que hoy se nos propone es, por tanto, volver a aprender a narrar, no simplemente a producir y consumir información. Esta es la dirección hacia la que nos empujan los potentes y valiosos medios de la comunicación contemporánea. La información es importante pero no basta, porque a menudo simplifica, contrapone las diferencias y las visiones distintas, invitando a ponerse de una u otra parte, en lugar de favorecer una visión de conjunto.

Me parece que sobre las bondades de la narración para la pastoral o la evangelización es algo en lo que ha insistido usted en varios de sus textos y alocuciones.

Y lo hago porque narrar significa comprender que nuestras vidas están entrelazadas en una trama unitaria, que las voces son múltiples y que cada una es insustituible.

Usted ha dicho que la narración es el modo como la vida se hace historia, ¿verdad?

El hombre es un ser narrador porque es un ser en realización, que se descubre y se enriquece en las tramas de sus días.

Casi que estamos necesitados de buenos relatos, para enfrentar esta ola actual de pesimismos y desesperanza.

Creo que para no perdernos necesitamos respirar la verdad de las buenas historias: historias que construyan, no que destruyan; historias que ayuden a reencontrar las raíces y la fuerza para avanzar juntos. En medio de la confusión de las voces y de los mensajes que nos rodean, necesitamos una narración humana, que nos hable de nosotros y de la belleza que poseemos. Una narración que sepa mirar al mundo y a los acontecimientos con ternura; que cuente que somos parte de un tejido vivo; que revele el entretejido de los hilos con los que estamos unidos unos con otros.

¿Todas las historias son buenas?

No todas. Cuántas historias nos narcotizan, convenciéndonos de que necesitamos continuamente tener, poseer, consumir para ser felices. Casi no nos damos cuenta de cómo nos volvemos ávidos de chismes y de habladurías, de cuánta violencia y falsedad consumimos. A menudo, en los telares de la comunicación, en lugar de relatos constructivos, que son un aglutinante de los lazos sociales y del tejido cultural, se fabrican historias destructivas y provocadoras, que desgastan y rompen los hilos frágiles de la convivencia. Recopilando información no contrastada, repitiendo discursos triviales y falsamente persuasivos, hostigando con proclamas de odio, no se teje la historia humana, sino que se despoja al hombre de la dignidad.

Como quien dice, pasar de lo instrumental a lo trascendente….

Mientras que las historias sean utilizadas con fines instrumentales y de poder tienen una vida breve, una buena historia es capaz de trascender los límites del espacio y del tiempo.

Recuerdo ahora mis lecciones de historia sagrada, aquellos relatos, esas parábolas.

Es cierto. El mismo Jesús hablaba de Dios no con discursos abstractos, sino con parábolas, narraciones breves, tomadas de la vida cotidiana. Aquí la vida se hace historia y luego, para el que la escucha, la historia se hace vida: esa narración entra en la vida de quien la escucha y la transforma. No es casualidad que también los Evangelios sean relatos.

Esos relatos tienen el poder de encarnarse en nuestro corazón y nuestra memoria.

Sí, porque en todo gran relato entra en juego el nuestro. Mientras leemos la Escritura, las historias de los santos, y también esos textos que han sabido leer el alma del hombre y sacar a la luz su belleza, el Espíritu Santo es libre de escribir en nuestro corazón, renovando en nosotros la memoria de lo que somos a los ojos de Dios. Cuando rememoramos el amor que nos creó y nos salvó, cuando ponemos amor en nuestras historias diarias, cuando tejemos de misericordia las tramas de nuestros días, entonces pasamos página. Ya no estamos anudados a los recuerdos y a las tristezas, enlazados a una memoria enferma que nos aprisiona el corazón, sino que abriéndonos a los demás, nos abrimos a la visión misma del Narrador. Contarle a Dios nuestra historia nunca es inútil; aunque la crónica de los acontecimientos permanezca inalterada, cambian el sentido y la perspectiva. Contarle al Señor es entrar en su mirada de amor compasivo hacia nosotros y hacia los demás. A Él podemos narrarle las historias que vivimos, llevarle a las personas, confiarle las situaciones. Con Él podemos anudar el tejido de la vida, remendando los rotos y los jirones.

Cambiando de tema, ¿cómo ve usted lo de las redes sociales?

Hay que reconocer que, por un lado, las redes sociales sirven para que estemos más en contacto, nos encontremos y ayudemos los unos a los otros; pero por otro, se prestan también a un uso manipulador de los datos personales con la finalidad de obtener ventajas políticas y económicas, sin el respeto debido a la persona y a sus derechos.

Pienso que esas redes sociales se comportan más como guetos excluyentes que como verdaderos espacios integradores.

Es evidente que, en el escenario actual, la social network community no es automáticamente sinónimo de comunidad. En el mejor de los casos, las comunidades de las redes sociales consiguen dar prueba de cohesión y solidaridad; pero a menudo se quedan solamente en agregaciones de individuos que se agrupan en torno a intereses o temas caracterizados por vínculos débiles. Además, la identidad en las redes sociales se basa demasiadas veces en la contraposición frente al otro, frente al que no pertenece al grupo: este se define a partir de lo que divide en lugar de lo que une, dejando espacio a la sospecha y a la explosión de todo tipo de prejuicios (étnicos, sexuales, religiosos y otros). Esta tendencia alimenta grupos que excluyen la heterogeneidad, que favorecen, también en el ambiente digital, un individualismo desenfrenado, terminando a veces por fomentar espirales de odio. Lo que debería ser una ventana abierta al mundo se convierte así en un escaparate en el que exhibir el propio narcisismo.

Es como una paradoja: lo que se pensó para unir, ahora se convirtió en un medio para separar a las personas.

De acuerdo. La red constituye una ocasión para favorecer el encuentro con los demás, pero puede también potenciar nuestro autoaislamiento, como una telaraña que atrapa.

Y, entonces, ¿qué debemos hacer los comunicadores?

Está claro que no basta con multiplicar las conexiones para que aumente la comprensión recíproca. Se puede esbozar una posible respuesta a partir de una tercera metáfora, la del cuerpo y los miembros, que san Pablo usa para hablar de la relación de reciprocidad entre las personas, fundada en un organismo que las une. «Por lo tanto, dejaos de mentiras, y hable cada uno con verdad a su prójimo, que somos miembros unos de otros». El ser miembros unos de otros es la motivación profunda con la que el Apóstol exhorta a abandonar la mentira y a decir la verdad: la obligación de custodiar la verdad nace de la exigencia de no desmentir la recíproca relación de comunión. De hecho, la verdad se revela en la comunión. En cambio, la mentira es el rechazo egoísta del reconocimiento de la propia pertenencia al cuerpo; es el no querer donarse a los demás, perdiendo así la única vía para encontrarse a uno mismo.

Me queda resonando eso de que los periodistas deben ser custodios de la verdad, tarea nada fácil en épocas de tanta mentira propagada en las redes sociales.

Esa imagen del cuerpo y de los miembros, de la que hablaba hace unos momentos, nos recuerda que el uso de las redes sociales es complementario al encuentro en carne y hueso, que se da a través del cuerpo, el corazón, los ojos, la mirada, la respiración del otro. Si se usa la red como prolongación o como espera de ese encuentro, entonces no se traiciona a sí misma y sigue siendo un recurso para la comunión. Si una familia usa la red para estar más conectada y luego se encuentra en la mesa y se mira a los ojos, entonces es un recurso. Si una comunidad eclesial coordina sus actividades a través de la red, para luego celebrar la Eucaristía juntos, entonces es un recurso. Si la red me proporciona la ocasión para acercarme a historias y experiencias de belleza o de sufrimiento físicamente lejanas de mí, para rezar juntos y buscar juntos el bien en el redescubrimiento de lo que nos une, entonces es un recurso.

No usar las redes para apartarnos, sino para intentar hermanarnos…

Queremos redes abriendo el camino al diálogo, al encuentro, a la sonrisa, a la caricia… Esta es la red que queremos. Una red hecha no para atrapar, sino para liberar, para custodiar una comunión de personas libres. La Iglesia misma es una red tejida por la comunión eucarística, en la que la unión no se funda sobre los “like” sino sobre la verdad, sobre el “amén” con el que cada uno se adhiere al Cuerpo de Cristo acogiendo a los demás.

¿Y cuáles serían los límites de los comunicadores?

Si somos en verdad comunicadores cristianos, la misericordia puede ayudarnos a nunca expresar el orgullo soberbio del triunfo sobre el enemigo, ni humillar a quienes la mentalidad del mundo considera perdedores y material de desecho. Nuestra primordial tarea es afirmar la verdad con amor, como se afirma en la Carta a los Efesios. Sólo palabras pronunciadas con amor y acompañadas de mansedumbre y misericordia tocan los corazones de quienes somos pecadores. Palabras y gestos duros y moralistas corren el riesgo hundir más a quienes querríamos conducir a la conversión y a la libertad, reforzando su sentido de negación y de defensa.

Un excelente consejo para los comunicadores en estos tiempos de agresiones en los medios, en las redes sociales…

El encuentro entre la comunicación y la misericordia es fecundo en la medida en que genera una proximidad que se hace cargo, consuela, cura, acompaña y celebra. En un mundo dividido, fragmentado, polarizado, comunicar con misericordia significa contribuir a la buena, libre y solidaria cercanía entre los hijos de Dios y los hermanos en humanidad.

¿Se inscribiría en su propuesta de una cultura del encuentro?

Efectivamente. Y aprovecho esta entrevista para exhortar a todos a una comunicación constructiva que, rechazando los prejuicios contra los demás, fomente una cultura del encuentro que ayude a mirar la realidad con auténtica confianza.

Por lo que oigo o veo en la radio, en los noticieros televisivos o en ciertas revistas sensacionalistas, más que buscar una cultura del encuentro lo que hacen es propagar el odio, incendiar los espíritus, regodearse con el miedo de la gente…

Creo que es necesario romper el círculo vicioso de la angustia y frenar la espiral del miedo, fruto de esa costumbre de centrarse en las «malas noticias» (guerras, terrorismo, escándalos y cualquier tipo de frustración en el acontecer humano). Ciertamente, no se trata de favorecer una desinformación en la que se ignore el drama del sufrimiento, ni de caer en un optimismo ingenuo que no se deja afectar por el escándalo del mal. Quisiera, por el contrario, que todos tratemos de superar ese sentimiento de disgusto y de resignación que con frecuencia se apodera de nosotros, arrojándonos en la apatía, generando miedos o dándonos la impresión de que no se puede frenar el mal. Además, en un sistema comunicativo donde reina la lógica según la cual para que una noticia sea buena ha de causar un impacto, y donde fácilmente se hace espectáculo del drama del dolor y del misterio del mal, se puede caer en la tentación de adormecer la propia conciencia o de caer en la desesperación.

¿Y cómo sería ese estilo comunicativo?

Quisiera contribuir a la búsqueda de un estilo comunicativo abierto y creativo, que no dé todo el protagonismo al mal, sino que trate de mostrar las posibles soluciones, favoreciendo una actitud activa y responsable en las personas a las cuales va dirigida la noticia. Invito a todos a ofrecer a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo narraciones marcadas por la lógica de la «buena noticia». No debemos olvidar que en el lugar donde la vida experimenta la amargura del fracaso, nace una esperanza al alcance de todos.

¿Una comunicación que subraye la esperanza?

Se trata de una esperanza que no defrauda ―porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, como afirma Pablo en la Carta a los Romanos―y que hace que la vida nueva brote como la planta que crece de la semilla enterrada. Bajo esta luz, cada nuevo drama que sucede en la historia del mundo se convierte también en el escenario para una posible buena noticia, desde el momento en que el amor logra encontrar siempre el camino de la proximidad y suscita corazones capaces de conmoverse, rostros capaces de no desmoronarse, manos listas para construir.

Hermosa tarea…

Sin lugar a dudas. La esperanza es la más humilde de las virtudes, porque permanece escondida en los pliegues de la vida, pero es similar a la levadura que hace fermentar toda la masa.

Aunque no es fácil, y más en esta época en que todo parece estar contaminado por las falsas noticias…

La eficacia de las fake news se debe, en primer lugar, a su naturaleza mimética, es decir, a su capacidad de aparecer como plausibles. En segundo lugar, estas noticias, falsas pero verosímiles, son capciosas, en el sentido de que son hábiles para capturar la atención de los destinatarios poniendo el acento en estereotipos y prejuicios extendidos dentro de un tejido social, y se apoyan en emociones fáciles de suscitar, como el ansia, el desprecio, la rabia y la frustración. Su difusión puede contar con el uso manipulador de las redes sociales y de las lógicas que garantizan su funcionamiento. De este modo, los contenidos, a pesar de carecer de fundamento, obtienen una visibilidad tal que incluso los desmentidos oficiales difícilmente consiguen contener los daños que producen.

Cuánto cuesta, por desidia o calentura emocional, distinguir la cizaña del trigo verdadero…

La dificultad para desenmascarar y erradicar las fake news se debe asimismo al hecho de que las personas a menudo interactúan dentro de ambientes digitales homogéneos e impermeables a perspectivas y opiniones divergentes. El resultado de esta lógica de la desinformación es que, en lugar de realizar una sana comparación con otras fuentes de información, lo que podría poner en discusión positivamente los prejuicios y abrir un diálogo constructivo, se corre el riesgo de convertirse en actores involuntarios de la difusión de opiniones sectarias e infundadas. El drama de la desinformación es el desacreditar al otro, el presentarlo como enemigo, hasta llegar a la demonización que favorece los conflictos. Las noticias falsas revelan así la presencia de actitudes intolerantes e hipersensibles al mismo tiempo, con el único resultado de extender el peligro de la arrogancia y el odio. A esto conduce, en último análisis, la falsedad.

Los periodistas se olvidan de su responsabilidad social…

Tienen la tarea, en el frenesí de las noticias y en el torbellino de las primicias, de recordar que en el centro de la noticia no está la velocidad en darla y el impacto sobre las cifras de audiencia, sino las personas. Informar es formar, es involucrarse en la vida de las personas. Por eso la verificación de las fuentes y la custodia de la comunicación son verdaderos y propios procesos de desarrollo del bien que generan confianza y abren caminos de comunión y de paz.

Además de agradecerle por este largo diálogo, quisiera cerrarlo pidiéndole algunos consejos para orientar el trabajo periodístico, ¿le parece?

Más que consejos es un anhelo: deseo dirigir un llamamiento a promover un periodismo de paz, sin entender con esta expresión un periodismo «buenista» que niegue la existencia de problemas graves y asuma tonos empalagosos. Me refiero, por el contrario, a un periodismo sin fingimientos, hostil a las falsedades, a eslóganes efectistas y a declaraciones altisonantes; un periodismo hecho por personas para personas, y que se comprende como servicio a todos, especialmente a aquellos –y son la mayoría en el mundo– que no tienen voz; un periodismo que no queme las noticias, sino que se esfuerce en buscar las causas reales de los conflictos, para favorecer la comprensión de sus raíces y su superación a través de la puesta en marcha de procesos virtuosos; un periodismo empeñado en indicar soluciones alternativas a la escalada del clamor y de la violencia verbal.

TEXTOS DE REFERENCIA

https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/communications/documents/papa-francesco_20140124_messaggio-comunicazioni-sociali.html

https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/communications/documents/papa-francesco_20150123_messaggio-comunicazioni-sociali.html

https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/communications/documents/papa-francesco_20160124_messaggio-comunicazioni-sociali.html

https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/communications/documents/papa-francesco_20170124_messaggio-comunicazioni-sociali.html

https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/communications/documents/papa-francesco_20180124_messaggio-comunicazioni-sociali.html

https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/communications/documents/papa-francesco_20190124_messaggio-comunicazioni-sociali.html

https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/communications/documents/papa-francesco_20200124_messaggio-comunicazioni-sociali.html

Entrevista a un maestro investigador

23 martes Abr 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Entrevistas, INVESTIGACIÓN, OFICIO DOCENTE

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Craig Frazier

Ilustración de Craig Frazier.

Entrevistador: Empecemos por lo obvio: ¿cómo empezó usted a investigar?

Investigador: Debo contestarle que desde muy niño, por haberme criado en el campo, mis mayores me enseñaron a seguir las huellas de los animales, a leer el contexto, a diferenciar marcas y signos del entorno. Ir de cacería con uno de mis tíos, por ejemplo, era de por sí una clase maravillosa de atender los detalles, de percatarme de sutiles diferencias, de hacer inferencias y estar atento a las pequeñas variaciones en un camino, en un cultivo, en las ramas de los árboles. El verbo que mejor resume ese estado de alerta y perspicacia al ambiente era: “atisbar”. Desde luego, esas no eran investigaciones que pudiéramos llamar académicas, pero ya en ellas estaba el germen o el gusto por la pesquisa y la curiosidad de desentrañar lo que a primera vista parece irrelevante. Mi entrada muy joven al periódico El Espectador fue otro punto valioso para responder su inquietud. Ver a los periodistas cómo buscaban la información, cómo contrastaban las fuentes y, finalmente, cómo la convertían en una noticia o un reportaje, tuvo un alto impacto para mí. Los primeros archivos que conocí fueron los de ese periódico, no solo de fuentes escritas, sino también de fotografías. Creo que después, la investigación se centró en el lenguaje y en sus posibilidades: mi interés y fascinación por las palabras, me obligaron a husmear en los diccionarios, en las interrelaciones entre esos signos que se concretaban en crucigramas, en dameros, en el cifrado mundo de los juegos de lenguaje. Pero fue al hacer mi carrera de literatura cuando tuve una experiencia investigativa documental, y más al tener la responsabilidad de hacer los libretos semanales para un programa de radio llamado “Detrás de la palabra”. Era un investigación intensiva, multidisciplinar y con una enorme voluntad comunicativa, pues todo lo consultado y leído debía ser transformado en un lenguaje ágil y fuertemente interpelativo. Más de cien emisiones, más de cien libretos me ayudaron a hacer habitual lo que parecía excepcional y lejano.  El otro filón importante fue mi relación con la semiótica, con el campo de la comunicación social, el que en propiedad me acerca a la investigación, entendida como formular un problema, tener unos objetivos y disponer de un método para alcanzarlos. El escenario de la semiótica, la de los telenoticieros, la de los objetos, la del consumo cultural, la de la imagen, se convirtieron para mí en preocupación de enseñanza y de muchísimas direcciones de trabajo de grado. Ahora que me lo pregunta, las investigaciones semióticas son las que me dieron aliento para entrar a otro campo fascinante, la educación. Dentro de ese campo, mis investigaciones se concentraron en los procesos de la lectura y la escritura que, siguen siendo una veta de mis investigaciones actuales. La experiencia me ayudó a afinar un método, a cualificar los instrumentos y a saber buscar fuentes pertinentes y oportunas. El ángulo que asumí y sobre el cual produje varios artículos fue el de la investigación etnográfica, que algunos rubrican como de orientación cualitativa.  Muchos estudios de caso, trabajo a fondo usando el diario de campo, preferencia por la entrevista en profundidad y la observación sistemática. 

Entrevistador: ¿Así que son muchas las raíces, y muy diversas?

Investigador: Desde luego que sí. Al menos en mi caso, la investigación ha estado asociada a mis campos de trabajo, a mis búsquedas profesionales y a mis preocupaciones vitales. ¿Qué quiero decir con esto? Que, para mencionar solo un aspecto, durante un tiempo estuve dedicado a enseñar semiótica en la carrera de Diseño industrial de la Universidad Javeriana; entonces, mis investigaciones buscaron hacer legible ese universo, me sumergí en la sintaxis, la semántica y la pragmática de los objetos; indagué con mis alumnos en el nacimiento, evolución y significado de los objetos, me adentré en autores y metodologías propias de este lugar docente. O, para mencionar otro caso, dado mi interés por los procesos de composición escrita en autores de larga trayectoria o considerados expertos, por más de 20 años le fue siguiendo la pista en diarios, cartas, entrevistas a esos escritores con el fin de aprender los trucos del oficio, las técnicas, los recursos de ese arte de hacer mundos posibles con palabras. Fruto de ese largo proyecto de investigación está mi libro Escritores en su tinta. Lo que me interesa subrayar con estos dos ejemplos es que la investigación no ha estado por fuera ni de mi trabajo, ni de mis inquietudes intelectuales. O para decirlo de otra manera, no soy investigador porque me lo demande un contrato laboral, sino por una necesidad interior que me lleva a hacerme preguntas, a someter a prueba algunas conclusiones; porque me produce felicidad descubrir, conocer más allá de la obvio o lo dado por hecho.

Entrevistador: ¿Siempre hay esa felicidad en usted, cuando investiga?

Investigador: Casi siempre. Por supuesto, también hay incertidumbres. He escrito que uno investiga, precisamente, porque su zona de incertidumbre es mayor que la de sus certezas. Hay etapas de duda, de andar como a tientas, sin saber muy bien a dónde se va a llegar. Más esto, con el tiempo, hace parte del goce de investigar. Hay investigaciones difíciles, complejas, que exigen paciencia y una persistencia a toda prueba; y otras, que parecen más cercanas a nuestras manos, salen a nuestro encuentro como si fueran familiares muy queridos. 

Entrevistador: Hablemos un poco de sus maestros de investigación… ¿Los hubo?, ¿qué particularidades tenían o tienen?

Investigador: Ahora que me lo pregunta, no tengo en mi memoria un nombre específico. Yo creo que buena parte de los profesores que tuve en mi formación básica y luego en la educación superior eran grandes sabedores de contenidos pero no tanto me marcaron en su personal manera de investigar. Pero obras escritas, testimonios de investigadores, sí han servido de referente para mi trabajo investigativo. Pienso ahora en el historiador Georges Duby y su texto autobiográfico, La historia continúa. En ese libro obtuve claves para aprender a investigador y, muy especialmente, para ser acompañante de esa labor. El otro autor, fue un Umberto Eco: por su manera de estudiar las prácticas, los objetos o los discursos de la vida cotidiana. Recuerdo, especialmente, sus estudios sobre los cómics. En esa misma perspectiva, considero que leer y estudiar los trabajos de investigación de Roland Barthes, me dieron elementos de análisis y ejemplos de indagar con rigor y sistematicidad: El sistema de la moda, Sarracine, Mitologías. Un maestro indirecto, que ha sido uno de los más cercanos a mi sensibilidad intelectual, fue y sigue siendo Paul Ricoeur. Me ofreció muchos rudimentos para la pesquisa al detalle, me mostró como las disociaciones pueden ayudar a construir teorías, y cómo ahondar en los textos y cómo interpretarlos. Mucho más adelante, leí a dos autoras, Goetz y Lecompte, que me adentraron, con claridad y lucidez, en el mundo de la investigación etnográfica, en sus vericuetos y toda la utilería necesaria para abordar los espacios y los actores de la escuela, en un inicio, pero también de otras parcelas de la realidad. Digamos que han sido más los investigadores que he leído y no tanto los maestros investigadores que he escuchado, los que han contribuido a formarme como investigador.

Entrevistador: ¿Y a qué atribuye usted eso?, ¿por qué escasearán los maestros investigadores?

Investigador: Por muchas razones. Se me ocurren por ahora dos, que son las más recurrentes: una, porque muchos de los educadores se concentran en su tarea de transmisión y descuidan la de la investigación. Se centran en sus clases y van con el tiempo, cubriéndose de una pátina sobre lo ya sabido, van adquiriendo esa seguridad sobre determinado campo de saber, que los hace inmunes a los cuestionamientos, a la pregunta, a la incertidumbre, que son los que movilizan al investigador. Y si a ese trabajo se le suma la cantidad de horas de clase y de estudiantes a su cargo o la proliferación de formatos exigidos por la burocracia administrativa, pues, cada vez se aleja más el dedicarse a una investigación. La otra razón, muy relacionada con la anterior, es la relación que una gran parte de los maestros establecen con el conocimiento. Me refiero a ser excelentes replicantes de información ajena, pero poco productores de saber. Nutren su oficio de lo hecho por otros, con un mínimo aporte personal. A lo mejor esto corresponde a cierto temor a exponerse, o a mantener en su pensamiento un “subdesarrollo intelectual” que los hace siempre vicarios de ideas foráneas, débiles para publicar, tímidos para entrar en discusión con la tradición y leerla creativamente. Aunque mirando esas dos razones, que en algo explican lo que me pregunta, considero que la que más pesa en los maestros para no ser investigadores es ese exceso de certeza sobre el conocimiento, esa actitud de no fisurar o poner en cuestionamiento lo que parece un saber acabado o definitivo.

Entrevistador: ¿Cuéntenos de sus primeras investigaciones?, ¿cuál podemos considerar su trabajo pionero?

Investigador: Mis primeras investigaciones, de corto alcance, estuvieron enfocadas a la lectura de textos literarios, usando a veces instrumentos de la estilística o echando mano del arsenal estructuralista y semiótico. El símil en la obra narrativa de Juan Rulfo, el mundo de la imagen en Lezama Lima…  Del mismo modo, hubo varios trabajos de investigación documental: sobre el arte colonial, sobre las novelas de caballería, sobre la mujer en la Comedia de Dante.  Después vinieron trabajos de mayor alcance, como un estudio semiótico sobre los telenoticieros, el consumo cultural de los jóvenes universitarios, las particularidades del libreto para radio… Pasados varios años empecé a concentrar mis investigaciones en el campo de la lectura y la escritura, que siguen siendo vetas inagotables de mis actuales indagaciones. Mire, usted, no más, el largo trabajo de investigación sobre cómo escriben los escritores expertos, que me llevó por lo menos diez años de pesquisa. O ese otro proyecto de investigación sobre la escritura argumentativa o uno más sobre las particularidades del texto poético.

Entrevistador: ¿Y cómo ha logrado mantener esa producción investigativa al tiempo de tener clases?

Investigador: La clave ha sido vincular lo que investigo con lo que enseño; o lo que enseño no desligarlo de lo que investigo. Me esfuerzo para establecer ese vínculo, para poner trabajos o tareas no desligadas de lo que son mis filones de investigación. Otra cosa que he hecho es aprender a guardar registros de mi labor como docente, a tener archivos o documentos que luego puedo analizar o comparar. De igual modo, y esto sí que es fundamental para un investigador, he adquirido el hábito de escribir –así sean textos pequeños–sobre una actividad, un proyecto, o sobre asuntos derivados del quehacer educativo. Reflexionar sobre lo que se hace es, sin lugar a dudas, uno de los secretos para enfilarse como investigador. De allí que use mi libreta de notas o mi diario de escritor a la manera de un artefacto de etnógrafo, o parecidas a las bitácoras de quien viaja y se sorprende de lo que observa a su alrededor. Por lo demás, no dejo de seguirle la pista a determinado problema a lo largo de varios años; lo coyuntural no logra desviarme de mis búsquedas personales o de mis preocupaciones más sentidas. Esos pequeños textos, esos mismos productos derivados de procesos o proyectos de investigación, los hago circular con mis estudiantes y, al dialogarlos con ellos, los voy validando, enriqueciendo, puliéndolos en su contenido y en su calidad comunicativa. Puesto de otra forma, mi trabajo cotidiano está atravesado por mis inquietudes investigativas en una doble vía, tanto al diseñar un syllabus o preparar una tarea, como en la reflexión continuada sobre las peripecias del mismo oficio de enseñar. En esto, el caso de un maestro investigador como Vigotsky es digno de imitar.

Entrevistador: Compártanos un ejemplo de cómo es su proceso de investigación, ¿cómo son sus rutinas de trabajo, su técnicas, sus estrategias?

Investigador: Voy a echar mano de una de ellas, la que realicé sobre las técnicas de escritura de los escritores expertos. El motivo empezó con varias preguntas que me rondaban fuerte en mi cabeza: ¿cómo escriben los escritores expertos?, ¿qué han dicho de ese oficio?, ¿cuáles son las técnicas que emplean? Esos cuestionamientos estaban asociados, por supuesto, a mis propias preguntas como incipiente escritor. Quería desentrañar lo que era una vocación pero aún torpe para manifestarse. Yo había leído el “Manual del perfecto cuentista” de Horacio Quiroga y algunas cartas de Flaubert a su amada Colet, pero nunca me había propuesto de manera continuada y sistemática dar alguna respuesta a esas inquietudes. Entonces, lo que fui haciendo fue recopilar en mis agendas, frases que iba encontrando sobre ese punto. En esa búsqueda me encontré con un libro para mi pesquisa: El oficio de escritor, en el que se recopilaban varias entrevistas a escritores literarios de prestigio, publicadas originariamente en The Paris review. Ese encuentro bibliográfico me llevó a adentrarme, como fuente primaria de mi investigación, en las entrevistas dadas por escritores. Allí empecé a encontrar que los entrevistadores, aunque no siempre, les hacían preguntas relativas al mismo objetivo de mi investigación, es decir, ¿cómo escribían?, ¿qué manías eran las frecuentes en su labor?, ¿qué técnicas empleaban? Me propuse por lo mismo adquirir la colección Confesiones de escritores, publicada por editorial El Ateneo, de Buenos Aires, en la que se compilaban dichos testimonios de autores de novela, de cuento, de poesía, latinoamericanos y europeos… Esa fue una primera base para recolectar información. Luego, casi al mismo tiempo de lo anterior, descubrí los diarios, los diarios de los escritores. En esas páginas obtuve una mina muy valiosa para mi pesquisa. Una vez más, la lectura concienzuda me llevó a hallar pequeños apartados de escritores como Virginia Woolf, Cesare Pavese, Ernst Jünger, Franz Kafka, en los que referían cómo enfrentaban su labor creativa y las minucias del oficio literario. Otra fuente de datos la obtuve en libros y en revistas –tengo en mi memoria las portadas blancas de la Revista de Occidente y las de Cuadernos Hispanoamericanos–, en las que pude ubicar ensayos o textos en los que los propios autores hablaban de su oficio. De igual modo acudí a cartas de los escritores y a biografías en las que se recuperaban testimonios sobre su tarea de construir mundos posibles con palabras. Sobra decir que toda esta labor de ubicar y recolectar información me llevó varios años. Ya con ese material, procedí a analizarlo a partir de unos criterios: los puntos de partida, los trucos del oficio, las maneras de corregir, los consejos específicos sobre redacción, las técnicas tanto en la planeación como en la producción… Tomé, entonces, toda la información que ya tenía pasada en mi máquina de escribir, cita por cita en hojas independientes, y fui a mano señalando si hacían parte de uno u otro criterio. Fui haciendo paquetes o carpetas rubricadas con cada uno de estos tópicos. Más adelante, empecé a discriminar dentro de cada paquete los pormenores o a elaborar un segundo tamizaje que me permitió descubrir minucias y habilidades específicas de cada autor que, al mirarlas en conjunto con otras de otros escritores, me permitieron descubrir las recurrencias y las variantes a determinado aspecto de la artesanía escritural. Un primer fruto de ese trabajo fue mi artículo “El oficio de escribir. La creación literaria a través del testimonio de escritores consagrados al oficio”. Proseguí con esa tarea por otros años, recopilando y filtrando, analizando y agrupando, escudriñando y analizando, haciendo índices analíticos y revisando la información recolectada… Por fin, toda esa investigación se agrupó en mi libro Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos.

Entrevistador: Son muchos años dedicados a un mismo asunto, ¿verdad?

Investigador: Sí. La investigación genuina, la que nos convoca desde el fondo de nuestras preocupaciones, no es algo circunstancial; permanece, se enriquece con el tiempo. Pienso que esos “nichos” continúan resonando a lo largo de nuestra existencia, independientemente de las circunstancias o las obligaciones laborales. Si usted quiero saberlo, sigo recolectando esas citas, esa información de los escritores sobre su propio oficio. A lo mejor ahí se esté caldeando un nuevo artículo o un nuevo libro. Y si a eso le sumamos la nueva bibliografía existente, pues las respuestas que obtuve en un momento ya se han convertido en otras preguntas que aguijonean mi curiosidad y movilizan mi pensamiento.

Entrevistador: Entiendo que usted le da mucha importancia al análisis de la información recolectada en una investigación, ¿por qué?

Investigador: De nada sirve recopilar información, si uno no la destila o la pasa por los filtros del análisis. Creo que ahí es donde realmente uno aporta algo al esclarecimiento de un problema o ahonda en el conocimiento de una temática. Ahora bien, analizar la información, que parece una etapa natural para el que investiga, presupone unas habilidades de pensamiento que desafortunadamente no se enseñan o, lo más grave, se presuponen. Piense no más en qué es clasificar y qué codificar, sin mencionar la dificultad de categorizar un conjunto de datos. Considero que si uno no tiene una buena formación en lógica, en semiótica, los resultados son lamentables. El investigador cuando analiza la información es cuando en realidad aporta algo a un asunto, es el momento en que construye un campo explicativo o comprensivo a un problema. Por eso hay que prestarle tanta importancia y por eso, también, es necesario enseñar a elaborar este tipo de análisis, a partir de criterios, de recurrencias, de campos semánticos y cuadros categoriales.

Entrevistador: Según leí en un artículo suyo, ha propuesto otras maneras de presentar los resultados de una investigación diferentes a los formatos ya establecidos, ¿puede ampliarnos de qué se trata?

Investigador: Lo que sucede es que nos hemos acostumbrado ahora a una única manera de divulgar o hacer pública nuestras investigaciones. Hay una especie de estandarización que no ayuda en nada a la riqueza y la diversidad de las investigaciones, en particular de un campo como las ciencias sociales. No digo que no sean una posibilidad de socializar los resultados; lo que afirmo es que es terriblemente reductiva y que, al igual que la leyenda del lecho de Procusto, termina tergiversando o constriñendo lo que en realidad hacen los investigadores. Piense no más en el uso del diario, al estilo de Darwin, para dar cuenta del proceso y los hallazgos de un tipo de pesquisa, o el valor de la crónica para narrar la variedad de voces y de perspectivas de un acontecimiento, como lo hizo de manera excepcional Carlos Monsiváis en México; o la eficacia del relato para contar, en viva voz, los sentimientos y la experiencia de vida de unos sujetos. No todo puede expresarse en un único canon, con la excusa de parecer más objetivos y más científicos. En este mundo globalizado, también hay transnacionales que con su parafernalia formalista pretende invisibilizar la diferencia y homogenizar lo que a todas luces reclama su propio orden discursivo.

Entrevistador: Usted nos habló antes de su aprendizaje en investigación leyendo libros, ¿cuáles serían esos textos recomendados para alguien que desea aprender a investigar?

Investigador: Es muy amplia la bibliografía disponible y muy diversos los campos de trabajo. Pero para echar mano de mi propia experiencia como maestro, voy a centrarme únicamente en la investigación en ciencias sociales, advirtiendo que esta ruta es una de las posibles. Un libro que recomendaría, como caldo de cultivo para motivar a los futuros investigadores, es Los descubridores de Daniel Boorstin (Crítica, Barcelona, 2000). Esta obra contribuye enormemente a entender qué es eso de investigar, cómo se lleva a cabo una pesquisa de largo aliento y, lo más importante, cuáles son las particularidades o las condiciones de esos seres que pueden dedicar toda una vida para descubrir la tabla periódica, las leyes de la herencia o la circulación de la sangre. Me parecen útiles, y eso es un gusto personal, los textos: Cómo se hace una investigación de Loraine Blaxter, Cristina Hughes y Malcolm Tigh (Gedisa, Barcelona, 2000); Metodología de las Ciencias humanas de Sylvain Giroux y Ginette Tremblay (Fondo de Cultura Económica, México, 2004) y Más allá del dilema de los métodos. La investigación en Ciencias sociales de Elsy Bonilla-Castro y Penélope Rodríguez Sehk (Uniandes-Norma, Bogotá, 1997), por su manera didáctica de expresar y mostrar con ejemplos los diferentes aspectos de un trabajo de investigación. Finalmente, le daría un lugar destacado a dos libros: La escuela por dentro. La etnografía en la investigación educativa de Peter Wood (Paidós, Barcelona, 1998) y Trucos del oficio. Cómo conducir su investigación en Ciencias sociales del sociólogo Howard Becker (Siglo XXI, Buenos Aires, 2009), que más allá de ser manuales sistemáticos de investigación, son un repertorio de pistas, alternativas y recomendaciones para el quehacer cotidiano del investigador.

Entrevistador: Conversemos ahora, un poco, de su experiencia como tutor de investigación, ¿cómo es su manera de hacerlo?

Investigador: Mire que este tema es uno de los que más me ha interesado en los últimos años, entre otras cosas porque nace de muchas presuposiciones o sobreentendidos. A qué me refiero: a que las personas dedicadas a tutorear investigación, en gran parte, no han hecho investigaciones; son tutores de metodología de la investigación pero sin pruebas concretas de lo mismo que demandan o reclaman en sus tutorados. Sumado a una indefinición o línea de operatividad sobre cómo investigar. De allí el fracaso o los tiempos indefinidos a los que someten a sus pupilos. Me he dado cuenta de que tutorear es una destreza que demanda experiencia, contención en el saber, claridad en las tareas, corrección y acompañamiento permanente, y una habilidad especial para motivar y fomentar la confianza. No es una actividad como la docencia en la que sea suficiente el dominio de un área del conocimiento. Aquí se trata más bien de una labor hombro a hombro en la que la confianza se junta con la prodigalidad académica para logar que alguien inexperto e inseguro en sus búsquedas, pueda abrirse camino y alcanzar unos objetivos. Para mí, y eso lo que he confirmado con los años, un buen tutor de investigación empieza por contagiar a otros de un problema, invitarlos a meterse de lleno en el asunto y, luego, apenas toman vuelo, ayudarles a que dominen un método para alcanzar de la mejor manera lo que se condensa en una pregunta de investigación. He escrito que esa tarea implica, a la vez, cercanía y lejanía, presencia continua y actos de manumisión, entrega de una ruta prefijada y posibilidad de experimentar desvíos… Mi forma de ser tutor trata de cumplir eso que le vengo diciendo, aunque también depende mucho de quién es el tutorado y qué tanto está comprometido con una investigación. 

Entrevistador: A partir de esa larga experiencia investigativa, ¿qué consejos le daría a alguien que está empezando a hacer una investigación?

Investigador: Lo primordial, que más allá de cumplir unos requisitos académicos, considere su trabajo de grado o su tesis como una oportunidad para responderse esos cuestionamientos que lo acucian o que son esenciales en su trayectoria formativa. Así, pues, antes de las teorías y los métodos, está la actitud y la disposición para investigar. Que no se desespere o se desanime cuando empiece su proyecto; serán muchas las dudas, las inquietudes que aparecerán en el camino. En la labor investigativa a veces se avanza un poco y, pasos adelante, hay que volver atrás para corregir o tomar una vía más idónea. Por eso hay que persistir, insistir y no claudicar al primer escollo o dificultad. De igual modo le recomendaría leer fuentes primarias o, en su defecto, consultar editoriales confiables. Que lea siempre atendiendo los otros textos mencionados y a la letra menuda citada en las notas a pie de página o referenciada en la bibliografía. Que haga lecturas de estudio, con notas a la mano, sacando en limpio preguntas, inferencias, desarrollos derivados de su pesquisa inicial. Le diría, además, que lea bien un texto de técnicas de investigación, acorde al campo de su interés. Pero que lo haga con intención de dominarlo, de aprender en serio dicho repertorio de instrumentos. Desde luego, le sugeriría que atienda lo que dice su tutor, que se deje guiar, pero no asumiendo un comportamiento pasivo y acrítico, sino llegando preparado a cada sesión, para que se dé una conversación productiva, interesante y con enorme ganancia para su proyecto. No sobraría advertirle a ese aprendiz de investigador que tenga presente una ética en los datos que obtenga y en la confidencialidad de los mismos, que respete a sus informantes y que no adultere o saque conclusiones apresuradas de la información recolectada.  No sobrará insistirle a esa persona que piense bien en el impacto social de su pesquisa y cómo, desde su proyecto de investigación, contribuye a la solución de un problema o a la mejora de cualquiera de las dimensiones del ser humano.  

Entrevistador: ¿Y qué recomendaciones le haría a quien empieza su tarea de tutor de investigación?

Investigador: Lo primero, y quizá lo más importante, que lea concienzudamente lo que sus tutorados producen; que no devuelva informes de avance sin haberlos analizado y glosado. Esto es vital para ganar en el tutorado un compromiso y lograr reconocimiento al rol de tutor. Lo segundo, que no trate de que sus pupilos dominen una información para la que él ha necesitado años para lograrlo. La dosificación en lecturas es una de las cualidades de un tutor experimentado; aprender a seleccionar esas lecturas puntuales, ofrecerlas en el tiempo adecuado, saber ubicar la información pertinente y precisa, constituye parte de la experticia del que guía un proyecto y que luego repercutirá en los avances del mismo. Tercero, que sea paciente pero al mismo tiempo exigente; que no sea tan laxo como para dejar que los tutorados hagan cualquier cosa, ni tan autoritario para no permitirles tomar sus iniciativas. De otra parte, le diría que lleve registros constantes de las sesiones de tutoría realizadas tanto para evitar la dispersión como para concretar las tareas y las responsabilidades; es sabido que la oralidad, por su fugacidad, tiende a la desmemoria y si no pasa por el filtro de la escritura, se termina repitiendo lo ya dicho o empantanados en la confusión de los malentendidos. Y un consejo adicional, que ayuda a favorecer el dominio teórico o la fundamentación conceptual: que los proyectos que dirija estén vinculados a una línea de investigación en la que él mismo haya hecho pesquisas, o sobre la cual tenga conocimientos consistentes y con suficiente apropiación. En suma, que no se disperse tutoreando cuanto tema le propongan, creyendo que le serán suficientes los generales saberes de metodología de investigación. Ese es un engaño que a la final repercute en la credibilidad del tutor y en los alcances reales de un proyecto investigativo.

Entrevistador: No quisiera terminar esta entrevista sin preguntarle ¿en qué proyecto de investigación anda ahora?, ¿qué problema ocupa sus reflexiones y su días?

Investigador: Lo que ocupa mayormente mi tiempo, en estos meses, es una investigación para una novela. Por ahora le adelanto que ya tengo una pregunta que condensa el problema: ¿cuál es la causa determinante para que alguien tome la decisión de quitarse la vida? Como podrá suponer, esta investigación me ocupará varios años.

Educar en la poesía

26 jueves Abr 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Entrevistas, OFICIO DOCENTE

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Vladimir Kush

Ilustración de Vladimir Kush.

El diálogo que sigue corresponde a una entrevista que los maestrantes Elkin Ballesteros Guerrero, Martha Lucía Vargas Liévano, Luz Esperanza López Welfar y Oscar Yair Pérez Rubiano, de la Maestría en Docencia de la Universidad de La Salle, me hicieron para su proyecto de investigación sobre “La poesía, una expresión para ser incluida en la educación artística”. A ellos mi agradecimiento.

¿Qué concepción tiene de poesía?

En su origen la poesía es creación. Poiesis es creación. Hay una distinción que Octavio Paz hizo entre poesía y poema. La poesía es más que el poema; el poema es la concreción de una dimensión de la poesía; porque la poesía no existe solo en las palabras, en el sentido amplio de la poiesis. En tanto que lenguaje, la poesía es como la exquisitez del mismo, como el afinamiento mayor de esa materia prima. En su inicio la poesía era canto, danza y palabra. En algún sentido, rito, y en otro, fiesta. La poesía también es una mirada en el espejo del mismo lenguaje; es el lenguaje mirándose a sí mismo, regodeándose, mirando sus matices. Maiakovski hablaba de un ritmo-retumbo. El lenguaje reflejándose a sí mismo, o el lenguaje lúdico: “mi lu, mi lubidulia mi golosisadalove…” de Oliverio Girondo. Esas palabras pueden prescindir de sus significados y ellas solas, en sí mismas, producir un ritmo. Ahí hay un inicio de la poesía. Otra vía es entender que la poesía está asociada a la invocación y la oración, al rito. De igual modo, la poesía tiene también esa dimensión de comunicar estados de ánimo, del espíritu. A veces uno está deprimido, y escucha cierta música que lo pone más bajo o lo levanta. En la película El Show Debe Continuar de Bob Fosse, todas las mañanas el protagonista pone a Vivaldi, y es como que la vida, a pesar de la enfermedad, sigue. Entonces hay poemas que tiene la función de levantar el espíritu. Hay también un vínculo de la poesía con lo existencial del hombre; el objetivo mayor de la poesía es tocar los problemas esencialmente humanos: el dolor, la soledad, la muerte, la esperanza, el amor, el olvido… Lo que trato de decir con todo esto es que, en últimas, la poesía es una de las manifestaciones expresivas del hombre a través de la palabra. Pero eso ha cambiado a lo largo de la historia y las culturas: la poesía ha sido rito, canto, exaltación, ensimismamiento, juego…

Ahora hablemos del poema. El poema es una forma organizada del lenguaje que responde a un ritmo, a una cadencia, a unos hemistiquios, a unos cortes, que también varían según los contextos; pero implica, por lo general, una forma de tratar y organizar la palabra. En su inicio muy pegado a la música o al ritmo. Entonces, cuando hablamos del poema, la poesía limita sus alcances porque es el poema lo que se comunica, es el medio, pero a lo que aspira el poema es a producir un efecto estético en el lector. La poesía es como el aire, el ámbito, el ambiente. Pero el poema es el avión, el cohete, la flecha. Hay de alguna manera poesía en la vida, hay poesía en ciertos actos y determinados estados poéticos que no necesariamente terminan en un poema.

¿A qué se debe que la poesía tenga un lugar privilegiado en su vida?

He leído cuento, novela, mucho ensayo, pero lo que leo habitualmente es poesía. ¿Para qué me ha servido la poesía? Para alimentar el alma, para darme un espíritu de sutileza, para afinar la mirada. Para darle a la escritura una flexibilidad; la poesía me ha ayudado a tener una prosa más amigable, menos ladrilluda, más cercana con el lector. La poesía también ha sido una escuela de sensibilidad para mí. Por ejemplo en el amor, Pedro Salinas fue mi maestro, y Luis Cernuda, y Vicente Aleixandre. Esa idea es muy importante, porque muchos de nosotros primero descubrimos el amor en la poesía y luego lo buscamos en los labios reales. Un poco como en la película El cartero, a propósito de Pablo Neruda, el poeta nos presta unas palabras para luego encontrar a alguien de carne y hueso para decírselas. Para mí la poesía ha sido una escuela de la sensibilidad, muy importante. En mi libro Vivir de poesía he seleccionado poemas que se han vuelto como consignas en mi vida, también han sido reflexiones de sabiduría. ¿Tienes una pérdida amorosa?, ¿quién te da una clave para enfrentarla? Elizabeth Bishop y un poema excepcional “Aprender el arte de perder”. ¿Estás viviendo la plenitud del amor?, ¿quién lo ha descrito de manera perfecta?, pues Pedro Salinas, Ese libro de Vivir de Poesía es un libro que quiero mucho, porque es una especie de testamento existencial: el libro va desde tener motivos para venir al mundo hasta alegrarnos por haber vivido: amor, dolor, pasiones, todo, y ahí están los poetas, Vallejo, Cavafis, Kipling, Rilke, todos esos poetas que quiero. Ha sido muy importante en mi vida la poesía porque me ha dado referentes, algunos poemas se han vuelto hitos, poetas que son como consejeros: “Dame tu libertad. No quiero tu fatiga, no, ni tus hojas secas…”. Esos poetas, esos poemas me han ayudado a construir mi sentimentalidad y a entender esos asuntos complejos de la vida.  

Creo que la poesía me han provisto de un lenguaje para nombrar el mundo. Si uno es un lector habitual de poesía tiene más afinada la sensibilidad y, por eso mismo, puede gozar más. Pero también puede sufrir en mayor medida, porque la poesía te afina la sensibilidad; o te da cierta perspicacia, cierta manera de enfrentarte a muchas cosas. Cuando perdí a mi padre yo ya había hecho una escuela, con Eduardo Cote Lamus, “Elegía a mi padre”.  Lo que quiero decir es que no sé si a todas las personas les pasará igual, pero la poesía es mentora, consultora, compañía. Me ha dado unos catalejos para mirar a lo lejos, para escudriñar la noche. En mi libro La palabra inesperada hablo mucho de eso, del que está de noche, del que otea, del vigía.

El aprendizaje y dominio de un arte requiere de unos conocimientos, habilidades técnicas propias de la expresión; entonces podríamos decir que: el escultor, arcilla y precisión en las manos; el pintor, lienzo, pinturas y técnica para desarrollar su estilo; el músico el instrumento, las partituras y el virtuosismo, ¿y el poeta?

El poeta tiene palabras, un repertorio de palabras. Unas técnicas de composición, unas figuras para componer, llámense también recursos expresivos.  Elementos musicales. Sí, como soportes musicales, tiene también eso a la mano.

Para usted, ¿la creación de poesía es el resultado de la inspiración o del estudio riguroso y programado?

Picasso decía que ojalá la inspiración lo cogiera trabajando. La inspiración es uno de los motivos vertebrales del romanticismo, pero es un concepto de los griegos, de las musas, de que dioses alados te visitan. A mí me gusta más entender que lo que llamamos inspiración es el resultado de una concentración. Pongo un ejemplo: a los estudiantes del Nivelatorio los invité a escribir aforismos sobre un tópico específico… todos los días tenían que escribir algo. Y me dicen: “pero Fernando es que yo no estoy inspirado”… Sin embargo, el ejercicio no es de estar inspirado o no, sino de que de tanto estar ahí con el tema, de pronto sale una chispa. Es como una piedra, uno la va raspando, y de pronto hay una chispa, esa chispa es el fruto de raspar. ¿Qué es la chispa en esto de la inspiración? Es el trabajo de la raspa de la mano.

Las artes son hijas de las musas, ¿pero quién era la madre de ellas? Mnemosine, la diosa de la memoria. Pero no estoy diciendo con esto que no haya ciertos momentos especiales. Lo que digo es que no creo que uno se siente a esperar la inspiración. Pero sí hay ciertas condiciones para que se dé ese estado: requiere concentración, dedicación; es estar, como se dice coloquialmente, metido en el cuento. Ahora viene la segunda parte de la pregunta: entre mejor uno domine la técnica más rápido agarra esa diosa alada llamada la inspiración. Pero también aplica al revés: la sola técnica no produce buenos poetas, se requiere de una sensibilidad especial preparada, educada.

Basados en algunas evidencias de nuestro proceso de investigación, identificamos que la poesía se ve como un eje temático exclusivo del área de Lengua Castellana y desde una perspectiva muy técnica. ¿Por qué cree que la Educación Artística en la escuela no se ocupa de su enseñanza siendo esta una expresión del arte?

El cultivo de la personalidad en este momento está volcado en el afuera. En el tener, en el producir. Al adentro lo mata la sociedad de consumo. La pérdida de la esencia tiene que ver con este mundo de la prisa, de la rapidez. Creo que la poesía podría darnos pistas sobre una escuela de la lentitud. La lentitud nos hace íntimos, profundos; es muy difícil, por ejemplo, alcanzar ciertos sentimientos y afectos o entender a las personas desde la lógica de la prisa. La lentitud no como pereza, sino como degustación. La poesía es para leerla, para releerla. Reposar, reposar, reposar. El espíritu en salmuera. Ciertos poemas hay que beberlos como un buen coñac; la intención no es que te tengas que emborrachar. La lentitud puede ser una pista para el tiempo de la poesía. Ciertas experiencias de silencio de igual manera son fundamentales. El silencio interior es uno de los silencios más difíciles de escuchar; a veces, en situaciones de pérdida lo escuchamos. Escucha uno sus penas, sus angustias. Yo creo que las situaciones que te ponen fuera de ti, el éxtasis o el sufrimiento lo obligan a uno a escucharse. Esa es otra pista importante: por estar tan pegados de la cultura del afuera la poesía escasea, porque la poesía implica el oído y lo interior. Todo el mundo hoy está volcado hacia el afuera, la poesía le dice a uno: espera. Vuélcate hacia dentro. Hacía ti mismo. Y escucha.

¿Se puede determinar una edad específica para comenzar los procesos de acercamiento a la poesía en la escuela?, ¿cuáles?, ¿por qué?

La didáctica de la poesía empieza jugando con las palabras. Si eso se capitaliza, ya hay un principio de la construcción poética. Inventar lenguajes. Crear juegos de lenguaje es uno de los principios de la escritura poética. Las jitanjáforas y todos los juegos de lenguaje; aquellas palabras que terminan igual, que al cambiar de sentido producen otra cosa. Si la materia prima del lenguaje no se explora bien, el niño no entenderá qué es la poesía. Los juegos del lenguaje le crean al niño un oído para el ritmo, para ver los cambios y variaciones que se pueden hacer con las palabras.

¿Cómo enseñar poesía en la escuela?, ¿qué pasos seguir?, ¿qué estrategias?, ¿qué recursos serían los esenciales?

En la didáctica de la poesía hay que encontrar detonadores, algo que la agencie, que provoque el encuentro con la magia de las palabras. Pongamos un ejemplo: la profesora llega y dice, “niños, van a hacerle un poema a su madre”. Yo creo que no se trata de eso. Mejor preguntarles, ¿qué es lo que más recuerdan de su madre?, ¿si llegara a faltar que sería lo que más recordarían de ella? No es mucho, pero obliga a que pase algo en la sensibilidad de los niños. En los estudios fundamentales de poética de Emil Staiger dice que la poesía nace con el recuerdo.

Deberíamos hacer una didáctica de la sentimentalidad, tener un telón de fondo para la emocionalidad. ¿Qué conmueve a los estudiantes? O hacer talleres de poesía con los más pequeños sobre el asombro. Uno les pregunta a los niños que les asombra, por qué se asombran, qué les produce asombro, por qué les genera asombro, qué nombre le pondrían a ese asombro… O jugar con las palabras: invitarlos a descubrir palabras feas, bonitas, tristes, palabras gordas. O invitar a los estudiantes a que indaguen sobre el origen de sus nombres, ¿qué significan? Cuando un niño o niña sabe que significa su nombre, si es de origen alemán, vasco, hebreo, empieza a descubrir que las palabras tienen magia, que ellas hacen cosas. Como decía Octavio Paz, “la palabra pan, tocada por la palabra sol, se vuelve efectivamente un astro; y el sol, a su vez, se vuelve un alimento luminoso”.

O podríamos empezar desarrollando en ellos la observación. No se puede ser poeta sin observar finamente; o sea, lo primero es una escuela de la observación y los sentidos. Yo creo que la observación es la base para que uno luego vea relaciones, y las comparaciones son el caldo de cultivo, la semilla mayor de la poesía. Cuando se relaciona, cuando se compara, estamos próximos a la analogía, que es la base de la metáfora. O que lleven un diario de la escucha; que consignen en un cuaderno aquello que hayan escuchado y que les llame la atención. Educar el oído es otra vía para familiarizarse con la poesía.

Me parece que hay otra pista clave en una didáctica de la poesía: la educación del ritmo. Los diferentes tipos de ritmo, Hay un libro de Georges Jean, sobre este punto. El ritmo del corazón, el ritmo circadiano, los ritmos de la naturaleza. Que, a su vez, repercuten en los tipos de verso, el terceto, el cuarteto, el sexteto… Necesitamos formar a los niños en el ritmo; de ahí la importancia del profesor de Música y de Danza. La música, así los estudiantes no vayan a escribir en rima, es clave en la iniciación de la poesía. Las canciones de cuna, son los primeros encuentros con la poesía.

Usted le da mucha importancia a la mostración didáctica, ¿Qué sería la mostración en el caso de la poesía?

Enseñar, por ejemplo, la forma como se ha construido un poema, quiero decir, cómo está compuesto. Fascinar a nuestros estudiantes mostrándoles algunos poemas y mirarlos para que aprecien su estructura interna. Que el estudiante pueda sorprenderse de la maravilla de su composición. Las composiciones fascinan porque la gente no se da cuenta de eso. Es como el “making”, el detrás de cámaras; los estudiantes no han tenido la posibilidad de que alguien les muestre los vericuetos, los engranajes de eso; pero no con un fin evaluativo o para calificar, sino para maravillar. En últimas, es como destapar la caja negra; es esa la función didáctica de enseñar, de mostrar.

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