Sigo creyendo que el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es leer o releer su obra. Así que, para no caer en la banalidad periodística que todo lo reduce a chisme farandulero, he decidido hacerle un reconocimiento a Vargas Llosa revisando varias de las entrevistas que él concedió a lo largo de su vida. Me valdré para ello de los diálogos que sostuvo el autor peruano, en diferente época, con periodistas, críticos y escritores como Günter Lorenz (Diálogo con Latinoamérica), Ricardo Cano Gaviria (El buitre y el ave fénix), Ricardo Setti (Confesiones de escritores, The Paris Review) y Joumana Haddad (En busca de los ladrones del fuego). Recogeré, entonces, algunas de sus respuestas enfocadas en el oficio de escribir, asunto sobre el cual Vargas Llosa no sólo habló con amplitud, sino que profundizó en varios seminarios, conversatorios y libros puntuales, como, por ejemplo, Cartas a un joven novelista. Rindámosle, entonces, este pequeño homenaje a uno de los grandes escritores latinoamericanos leyendo con atención sus lúcidas declaraciones, dichas en tono testimonial y con el ritmo propio de la conversación.
Empecemos desde el principio, ¿el pequeño Mario soñaba con ser escritor de mayor?
El pequeño Mario era sobre todo un lector ávido, como todos los escritores, supongo. Para mí, aprender a leer fue el mejor regalo de mi vida. Recuerdo que entonces tenía cinco años, y este hecho cambió el mundo que me rodeaba de una manera tan radical que creo que mi “vocación”, o mi talento literario, nació en aquel momento crucial. Su chispa original fue la felicidad que me otorgó devorar los libros de mi infancia, la etapa de los grandes descubrimientos. De hecho, comencé a escribir de forma casi espontánea en una etapa posterior, cuando todavía era adolescente. Pero fue al entrar en la universidad cuando fui “consciente” de que a la literatura era a lo que quería dedicarme en la vida. Porque de adolescente, en un país como el mío, Perú, no es concebible soñar con ser sólo escritor, sino que había que pensar especialmente en cómo ganarse la vida, porque escribir “no da de comer”. Así que estudié literatura y derecho al mismo tiempo. Aunque, a los diecisiete o dieciocho años, ya había decidido y comprendido que escribir era mi vida.
Podrías decirme ¿por qué y con qué objetivo escribes?
Yo creo que si alguien supiera por qué escribe, entonces no sería escritor. Pienso que en la base de esta vocación hay un esfuerzo, en cierta forma un esfuerzo ridículo, de crear pensamientos, realidades y verdades, es decir, crear con palabras algo semejante, equivalente a esa cosa tan vasta, tan múltiple, tan rica como es la realidad. ¿Por qué se empeña un hombre en producir más vida de la que hay? Tal vez porque la vida no es suficiente para él, porque la realidad no le basta. En otras palabras, porque esa realidad no le satisface, no lo deja conforme. Creo que si uno escribe no está conforme con la realidad; y si intenta crear verdades y realidades lo hace porque no acepta la realidad real. Y su voluntad de crear realidades ficticias es un acto de rebelión, el testimonio de un desacuerdo profundo con el mundo. Esa es, creo yo, la razón de la vocación literaria: rebelión a la realidad, al mundo.
¿A qué te refieres cuando hablas de esa “realidad” contra la que se rebela la vocación del escritor?
Escribir es una manera de negar el mundo, el mundo tal como el escritor lo siente o lo ve. Ahora bien, ¿por qué el escritor es un rebelde? Yo creo que él no lo sabe, porque si supiera la causa de su rebelión la traduciría en actos más directos que el escribir libros, que en última instancia son actos indirectos, una forma de no-acción, de reacción, tan solitarios que casi no significan una acción para el escritor. La dificultad para el escritor reside en que le es desconocida la raíz de su malestar frente al mundo. Y así el escribir es para él un método de indagar y aclarar ante sí mismo las causas y la naturaleza de ese malestar frente al mundo. Trata de explicarse a sí mismo el porqué de esa relación viciada con la realidad. Yo creo que ese es el origen de la vocación literaria, naturalmente expresada muy en general. Es un desacuerdo con el mundo, de raíces oscuras para el propio escritor y por las cuales indaga mediante esa vocación, esa voluntad de crear ficciones.
Se sabe que eres un trabajador muy activo y meticuloso. Me gustaría que me dijeras algo sobre el proceso creador. Es decir, ¿cómo se desarrolla este proceso y cómo se efectúa?
Un escritor como cada poeta tiene su propio mundo, en el que está inmerso, en el cual vive. En mi caso, guiarme por la espontaneidad, por la intuición del momento, por lo que se llamó en un tiempo inspiración, en la cual yo no creo, sería fatal. He comprobado que lo que escribo sin revisión, sin paciencia, sin mucha obstinación, resulta siempre caótico, incoherente. Que las primeras versiones son materiales muy deficientes, son hasta poco legibles; es evidente, pues, que necesito un método especial para escribir. Necesito a través de varias adaptaciones de los episodios descubrir cuál es el tratamiento que conviene más para cada situación, cuál es la técnica apropiada para aprovechar mejor las vivencias que puede encerrar en sí cada episodio. Por otra parte, pienso que la novela en sí misma exige constancia, un rigor más estricto que otros géneros. Es comprensible que un poeta escriba guiándose a veces por la espontaneidad, que no sea laborioso y disciplinado. Pero la novela, que es la creación de un mundo muy vasto, exige que el escritor vaya en cierto modo viviendo este mundo desde adentro, vaya incorporándoselo, vaya siendo aceptado por este mundo. Creo que esto sólo se puede conseguir a través de una disciplina, de una constancia, de una paciencia.
¿Te identificas con los protagonistas de tus libros?
Creo que sólo se puede escribir a partir de ciertas experiencias personales. Experiencias que, por alguna razón, desconocidas para el escritor, lo han marcado más profundamente que otras, han permanecido en él, y se han ido convirtiendo poco a poco en memorias, en recuerdos que lo obseden, que lo atormentan, en verdaderos demonios, esos demonios que él quiere emancipar, exorcizar de sí mismo, y al mismo tiempo quiere salvar del olvido, de la muerte. Entonces creo que el origen de todo lo que he escrito yo está profundamente enraizado en ciertas experiencias de mi vida, y en consecuencia lo que escribo es, por supuesto, una especie de confesión interrumpida, fragmentada, salpicada. Ahora yo creo que en ese sentido toda literatura narrativa es confesional, pero hago esta salvedad: sólo es literatura esta materia confesional en el momento en que se emancipa de su autor, en el momento en que esas experiencias personales se transforman en algo distinto, adquieren soberanía, adquieren vida propia, y por lo tanto pasan a ser experiencias compatibles por los demás hombres. Es decir, se han emancipado, se han liberado del escritor y han pasado a formar parte de una especie de “fondo común” de la sociedad, o de la Humanidad, si se quiere. Este es el objetivo del escritor, convertir esas experiencias personales a través de la imaginación, del lenguaje, y de una estructura, en experiencias comunes, en experiencias imaginarias colectivas.
¿Cómo se da en el escritor ese primer contacto con la forma y el asunto de lo que desea escribir?
Hay escritores que se atreven a decir que el impulso creador es en ellos no un asunto sino una forma. Hay algunos que sostienen que una novela o un cuento nació en su cerebro inicialmente como una manera de adjetivar, o como un tiempo verbal y que luego, en una segunda fase, la creación consistió en encarnar esas abstracciones formales en una materia o un asunto. Pero indudablemente en la mayor parte de los creadores el estímulo inicial, el impulso primero, es siempre un asunto o, mejor dicho, un embrión de asunto. Un rostro, un suceso, un estado de ánimo, del cual va surgiendo toda una trama, toda una materia a la que hay que tratar de encarnar y vitalizar en un lenguaje, en un orden. Creo que es en esta segunda fase —aunque se dan casi al mismo tiempo y se condicionan mutuamente— cuando el escritor puede gobernarse más fácilmente, mediante esa elección de un lenguaje y un orden, a medida que la materia le va siendo suministrada por la propia realidad, a través de sus propias experiencias. La realidad ejerce una coacción sobre él, una presión invisible, al entregarle según un ritmo imprevisible las experiencias que lo han marcado y que han hecho de él un escritor. También se puede deducir, que es en el dominio de la forma donde realmente se juega todo en literatura, donde se juega la verosimilitud o inverosimilitud de una ficción, su profundidad o su superficialidad, ya que es donde, así mismo, el escritor despliega todos sus poderes intelectuales y culturales, donde realmente maneja las riendas, donde tiene capacidad de decisión.
A este nivel, el tema y la técnica trabajan al unísono, ¿verdad?
El tema y la técnica son elementos que existen a nivel puramente individual y, en última instancia, tienen un significado válido exclusiva y fundamentalmente para el creador. Mi tema es una, o un grupo de experiencias determinadas, válidas sólo para mí porque sólo a mí me han marcado fundamentalmente, enemistándome con la realidad, creando en mí la necesidad de abolirla y de sustituirla por otra. Mi técnica son esos procedimientos, esos métodos, tácticas, trucos de los que me valgo apara empezar a trasvasar ese material, del plano nebuloso de las obsesiones y pulsiones, al plano temporal y concreto de la escritura. En esta etapa, ambas instancias, ambos aspectos son, podríamos decir, incomunicables. En esta etapa, todos los escritores están exactamente en el mismo nivel, en el mismo plano; todos parten de ese mismo punto de partida. Es solamente cuando esos dos aspectos están ya realizados, cuando ya la técnica se ha metamorfoseado en forma y el tema en contenido, que se pueden establecer jerarquías y que ambas cosas se independizan totalmente de su creador, contando ya no en función del hombre particular sino del hombre, ya no del individuo sino de la sociedad.
¿Escribes a mano, mecanografías o alternas?
Primero escribo a mano. Siempre trabajo de mañana, y durante las primeras horas del día siempre escribo a mano. Esas son siempre las horas más creativas. Nunca trabajo más de dos horas de ese modo… se me acalambran las manos. Después empiezo a tipiar lo que escribí, haciendo cambios mientras avanzo; posiblemente ésa sea la primera etapa de reescritura. Pero siempre dejo algunos renglones sin tipiar, porque de ese modo, al día siguiente puedo empezar tipiando el final de lo escrito el día anterior. Prender la máquina de escribir crea cierta dinámica… es como un ejercicio de precalentamiento.
Hemingway usaba la misma técnica, la de dejar una oración por la mitad para poder retomar el hilo al día siguiente…
Sí, pensaba que no tenía que escribir todo lo que tenía pensado, para poder empezar con mayor facilidad al día siguiente. La parte más difícil —o eso me parece a mí— es empezar. A la mañana siguiente, volver a establecer contacto, la ansiedad del momento… Pero si uno tiene algo mecánico que hacer, el trabajo ya está empezado. De todos modos, tengo un riguroso horario de trabajo. Todas las mañanas, hasta las dos de la tarde, me encierro en mi escritorio. Esas horas son sagradas para mí. Eso no significa que me pase todo el tiempo escribiendo; a veces sólo reviso o tomo notas. Pero trabajo sistemáticamente. Por supuesto, hay días buenos para la creación, y también días malos. Pero trabajo todos los días porque, aunque no tenga ninguna idea nueva, dedico el tiempo a hacer correcciones, revisar, tomar notas, etc. A veces decido reescribir algo terminado, aunque sólo sea para cambiarle la puntuación.
¿Y nunca te apartas de esa rutina espartana?
Aparentemente, no puedo. No sé trabajar de otro modo. Si me dispusiera a esperar los momentos de inspiración, nunca terminaría un libro. La inspiración viene a mí gracias al esfuerzo regular. Esta rutina me permite trabajar, con gran entusiasmo o no, según los días.
Acabas de afirmar que en tu caso la inspiración es producto de la disciplina, pero, ¿nunca conociste la famosa “iluminación”?
Eso nunca me ocurrió. Se trata en mi caso de un proceso mucho más lento. Al principio hay algo muy nebuloso, un estado de alerta, cierta cautela, cierta curiosidad. A veces percibo, en la bruma y la vaguedad que despierta mi interés, mi excitación y mi curiosidad, y que luego se traduce en trabajo y notas, el resumen del argumento. Después, cuando ya he hecho el bosquejo y he empezado a poner las cosas en orden, hay algo muy difuso, muy nebuloso, que todavía persiste. La “iluminación” sólo se produce durante el trabajo en sí. Es el trabajo duro el que, en un determinado momento, puede desencadenar esa… percepción acentuada, esa excitación capaz de producir revelación, soluciones y luz. Cuando llego a la médula de una historia en la que he estado trabajando durante cierto tiempo… entonces sí ocurre algo. La historia deja de ser fría, ajena a mí. Por el contrario, se torna tan viva, tan importante, que todo lo que experimento existe solamente en relación con lo que estoy escribiendo. Todo lo que escucho, veo, leo, parece contribuir de una manera u otra a mi trabajo. Me convierto en una especie de caníbal de la realidad. Pero para llegar a ese estado, tengo que pasar por la catarsis del trabajo.
Escribiste gran parte de tu obra fuera del Perú, en lo que podríamos llamar un exilio voluntario. ¿Encontrarse lejos del “vértigo de la realidad” es de alguna manera una ventaja para la reconstrucción de esa misma realidad?
Sí, nunca he sido capaz de escribir sobre lo que está próximo a mí. La proximidad es inhibitoria en el sentido de que no me permite trabajar con libertad para estar en condiciones de transformar la realidad, de cambiar a las personas, de hacerlas actuar de manera diferente, o de introducir en el relato algún elemento personal, algo perfectamente arbitrario. Es absolutamente esencial. Eso es la creación. Si uno tiene la realidad delante de los ojos, se convierte en una restricción, al menos para mí. Siempre necesito cierta distancia, cierto tiempo, o mejor aún, una distancia espacio-temporal. En ese sentido, el exilio ha sido para mí muy beneficioso. Por él descubrí la disciplina. Descubrí que escribir era un trabajo y, en gran parte, una obligación. La distancia también me ha resultado útil porque creo en la gran importancia que tiene la nostalgia para un escritor. Hablando en general, diría que la ausencia del tema fertiliza la memoria. Al mismo tiempo, creo que la distancia crea una perspectiva muy útil. Sirve para destilar la realidad, esa cosa complicada que nos embriaga. Es muy difícil seleccionar o distinguir entre lo que es importante y lo que es secundario. La distancia posibilita la distinción. Establece las jerarquías necesarias entre lo esencial y lo secundario.
¿Los muchos años en el oficio te dan más seguridad al escribir?
El trabajo creativo no conduce a esa sensación de seguridad, incluso en el septuagésimo libro. Es la misma confusión, el mismo miedo, diría alarma, ante la terrorífica hoja blanca, la misma amenaza de vacío. El creador es un principiante cada vez, cada vez que dice para sus adentros: “puede que ya no tenga nada más que decir”, pero excava y excava hasta encontrar algo que decir. Es así como con el tiempo se vuelve más estricto consigo mismo, más crítico con su obra y más consciente de lo que ha sido incapaz de lograr, de lo contrario no sobreviviría. Yo no tuve tanto miedo cuando lancé mi primera novela como ahora. Luego está el riesgo de repetirse a sí mismo: esta amenaza siempre debe estar presente en su mente, es algo que le incita a incurrir en nuevas y diferentes experiencias, que no necesariamente tienen que ser exitosas. Dondequiera que vaya el creador hay minas. Entonces, ¿cómo puede sentirse tranquilo? El creador es el personaje dramático raciniano por excelencia.
Como escritor, ¿cuál consideras que es tu mayor cualidad, y cuál tu mayor defecto?
Creo que mi mayor cualidad es mi perseverancia: soy capaz de trabajar muy duro y dar más de mí de lo que me parecía posible. Creo que mi mayor defecto es la falta de seguridad, que me atormenta enormemente. Me lleva tres o cuatro años escribir una novela… y me paso una buena parte de ese tiempo dudando. Es algo que no mejora con el tiempo; al contrario, creo que me he vuelto cada vez más autocrítico y menos seguro. Pero sé que escribiré hasta el día en que me muera. Escribir es mi naturaleza. Vivo toda mi vida según mi trabajo. Quiero escribir muchos libros más, y mejores. Quiero tener aventuras más interesantes y maravillosas que las que he tenido. Me niego a admitir la posibilidad de que ya he dejado atrás mis mejores años, y no lo admitiré, ni aunque me viera enfrentado a evidencias.




