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Comunicación y sinodalidad, Magisterio de la escucha según el Papa Francisco, Semiótica del escuchar, Virtuosismo de la escucha
La editorial CELAM acaba de publicar (en versiones digital e impresa) mi nuevo libro: La actitud de escucha. Reflexiones y aproximaciones narrativas en perspectiva de sinodalidad. La obra hace parte de una nueva colección que busca mostrar diversos enfoques y retos al campo de la comunicación y “ofrecer subsidios formativos para comunicadores, catequistas, educadores y agentes de pastoral”.
Las razones que han motivado la realización de este libro sobre la escucha son variadas: una época de vertiginosa información que no da tiempo para el discernimiento y, mucho menos, para pensar en los emisores de tales mensajes; el tintineo de odio de las redes sociales que combinan ofensas con falsedad informativa y que, de entrada, niegan cualquier tipo de interlocución; el afán desmedido por hablar de líderes y políticos centrados más en avasallar a los demás que en construir reales espacios para el diálogo y la convivencia… Y, por supuesto, la necesidad de ahondar en esta “virtud pasiva” de la comunicación que nos obliga a contenernos, a concentrar nuestra atención y a tratar de comprender a otra persona, antes de juzgarla o denigrarla con nuestros gritos.
La obra contiene textos de revisión documental sobre el amplio magisterio de la escucha por parte del Papa Francisco, análisis pormenorizados de las condiciones y particularidades de escuchar y diversas propuestas narrativas centradas en el mismo tópico. La idea de fondo en tal organización del libro responde a una propuesta o convicción que he venido defendiendo desde hace mucho tiempo en foros y en seminarios de investigación: no podemos seguir pensando que la única forma de abordar una temática sea desde los textos expositivos, argumentativos o llamados “académicos”; de igual manera son válidas las formas literarias: una fábula, un cuento, un aforismo, un poema, tienen en sí mismos su propia consistencia, su rigor y su “verdad comunicativa”, como para seguir considerándolos menores o “poco serios” en relación con otro tipo de documentos. Lo que sucede es que requieren un lector diferente; un lector que sea capaz de ver en la forma figurada o alegórica, en la alusión estética, otra manera de develar o poner en alto relieve aspectos esenciales de la condición humana. La narrativa o las formas literarias no pueden reducirse a mera entretención; más bien debemos entenderlas como lo que son: miradores integrales de la condición humana que, partiendo de experiencias particulares, muestran situaciones o problemas universales.
Este libro rubrica, de igual manera, una preocupación personal de estos últimos años: la incapacidad de las personas de “frenar la lengua” para que brote la escucha y se produzca la relación comunicativa. Soy testigo de ese afán, de esa imprudencia, de esos actos cotidianos de “tapón auditivo” en los que se contradice sin saber bien por qué, en los que un trato indigno fractura la dignidad de un compañero afectivo, un subordinado laboral o un familiar, y en los que se multiplican las discusiones y la violencia precisamente por no hacer una pausa para escuchar, y crear un ambiente propicio en el que fluyan la conversación y el intercambio de opiniones o pareceres diferentes. Reconozco que la inmediatez de las emociones propagada por los mensajes de chat en los que se invita a “reaccionar” y no a pensar con juicio, han ido relegando la importancia de escuchar como mediación idónea para crear pareja, hogar, sociedad. Sé también que la arrogancia de los poderosos o los plutócratas de nuestra época consideran una debilidad o innecesario sentarse a escuchar a sus contradictores o empleados; y hasta las mismas empresas o compañías de bienes y servicios, sienten que atender las demandas de sus clientes son una pérdida de tiempo o una molestia de la cual hay que salir lo más pronto posible. En diversos ámbitos de nuestra vida nos cuesta escuchar o se nos ha vuelto habitual considerar que comunicarse con otros es un acto verboso, grosero y unidireccional.
Pienso, además, que al poner el sentido de la existencia sólo en el afuera, en adquirir cosas, en alimentar cierto exhibicionismo de lo privado, ha hecho que perdamos contacto con nuestra intimidad, con nuestro mundo interior que supone dejar habitar el silencio, ponernos en actitud de recogimiento y disponer el espíritu para “escucharnos a nosotros mismos”. Tal falta de cuidado sobre nuestra “zona íntima” nos ha ido convirtiendo en autómatas morales, en masas acríticas, en seres angustiados por aparentar lo que no somos o por perseguir sueños creados por la tendencia en redes o la novedad del momento. Tal vez esta despreocupación por la médula de nuestro ser le convenga a los propagandistas de utopías fáciles, a los embaucadores de la guerra y el fanatismo, a los que incitan a acabar con quien piense diferente. Porque si tuviéramos el tiempo y la disposición para escucharnos, para dejar hablar a nuestro corazón, seguramente descubriríamos nuestras falencias y torpezas, nuestra falta de “tacto” para decir las cosas, nuestras dudas e incertidumbres. Y si esto hiciéramos, de manera intencionada y continua, con toda seguridad descubriríamos que es preferible buscar la bondadosa fraternidad al avaro egoísmo, y que las falencias de un solitario “yo” pueden solventarse en gran parte si abrimos las puertas a otros “tú” que nos apoyen y enriquezcan.
Aprender a escuchar supone ir más allá del mero oír. Es un acto volitivo que demanda contener las riendas de nuestros prejuicios, darle flexibilidad a nuestro espíritu y afinar, con dedicación genuina, nuestra capacidad para atender a nuestro interlocutor, descubriendo en los pormenores de su mensaje las fisuras y silencios, las reiteraciones y titubeos. Escuchar, lo reitero, es una “virtud pasiva”, porque supone un esfuerzo de nuestra voluntad, porque implica un trabajo de forja sobre nuestro impulsivo y fogoso carácter. Escuchar es una calidad o una conquista evolutiva de los seres humanos para hermanarse con sus semejantes, un hito de la comunicación que permitió construir las bases de la tribu, de estar en comunidad. Escuchar, en su dimensión más profunda, es un deseo de albergar a la palabra ajena, especialmente cuando está confundida, asediada por el infortunio o agobiada por la inevitable fragilidad.











