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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: OFICIO DOCENTE

Sopesar las dificultades para escribir textos académicos

13 sábado Abr 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos, OFICIO DOCENTE

≈ 22 comentarios

Ilustración de Joey Guidone.

Los maestros universitarios, aunque no solo ellos, me comparten a veces sus dificultades cuando se enfrentan a escribir un texto académico. Me refiero a algún artículo, un ensayo, una secuencia formativa, una reseña o un comentario de algún libro. Y si bien dicen estar motivados por realizar dicha tarea, manifiestan su angustia y unos bloqueos cognitivos que no los dejan empezar a redactar los primeros párrafos. Pensando en dichas dificultades y el modo de superarlas he escrito los párrafos siguientes.

Un primer inconveniente, que corroe el espíritu hasta la inmovilidad, es el nivel de perfección que se ponen como meta. A veces, las expectativas que nos imponemos son tan altas que, en esa misma proporción, alimentamos nuestra frustración. Cuando empezamos a redactar un texto, aún a sabiendas del poco trato que mantengamos con la escritura, esperamos que sea de un altísimo nivel o que ya cumpla los estándares de revistas especializadas. Por supuesto que no podemos contentarnos con lo primero que se nos ocurra o considerar de gran factura lo que hasta ahora va en proceso de elaboración, pero si nos fijamos objetivos demasiado elevados eso hará que sintamos pobre, incipiente o de muy baja calidad lo que comenzamos a escribir. Deberíamos, por el contrario, ponernos objetivos más razonables y realistas, acordes al nivel de experiencia que tengamos con la palabra escrita.

Una segunda causa de freno a la escritura de textos académicos es el afán de ser completamente originales. Es decir, el deseo de que la temática o el problema del que nos ocupemos ojalá no haya sido mencionado por alguien o que la mayoría de las razones que expongamos sean únicas o extraordinarias. Quizá esto se deba al poco trato con el mundo de las ideas o con la circulación del conocimiento y su manera de producirlo. Porque en realidad al escribir de algo o meternos de lleno en un asunto lo que vamos descubriendo es que nuestra voz es una tonada en medio del concierto de otras voces del pasado. Que escribir es entrar en una práctica de elaborar un palimpsesto en el que nuestra escritura se conforma a partir de los signos de otros que han escrito y en la que nuestras marcas personales entran a servir de base para aquellos que estén interesados en el mismo asunto. Entonces, si se mantiene ese prurito de redactar cosas que tengan el estigma de la originalidad, con seguridad no redactaremos una línea. Creo que lo verdaderamente original está en la manera como abordamos un tema o un problema, el modo como elegimos y organizamos el lenguaje, las marcas autobiográficas con que impregnamos nuestros escritos.

Hay otra dificultad, más de orden emocional o psicológico, y es el miedo a fracasar, a que lo que redactemos no va a salir bien. Este impedimento se crea aún antes de que se redacte una línea; es hijo de creencias pesimistas o de la baja autoestima o de una cierta propensión a destacar nuestras posibles falencias que nuestros inéditos talentos. Este temor, por supuesto, tiene relación con la forma como sobredimensionamos el error en lo que hacemos, a considerar las fallas como derrotas definitivas y a percibir la inexperiencia como una desgracia. Esta dificultad se atenuaría si entendiéramos que escribir no es una actividad de encontrar sin estorbos un acierto, sino de ir poco a poco batallando con las palabras, tachando y enmendando lo que expresamos, buscando alternativas en un constante corregir para volver a comenzar.

Mencionan los colegas maestros que otro obstáculo radica en el temor a ser criticados por lo que escriban. Se trata de una exagerada importancia a la recepción que tengan nuestras palabras y que, por momentos, se asemeja mucho a la ansiedad que padecen los adolescentes por ser aceptados o reconocidos por su grupo. Cuando escribimos algo y se publica, lo más seguro es que habrá diversas opiniones: a unos les parecerá interesante; otros, coincidirán con algunos de nuestros planteamientos; y también habrá lectores que se apartarán de lo que nosotros expusimos. Eso es lo normal de hacer públicas nuestras ideas. No podemos privarnos de escribir porque alberguemos la esperanza de que todos los que nos lean coincidan con nuestros planteamientos o den un veredicto favorable. Aceptar el lado positivo de la crítica contribuye a que revisemos lo que hemos redactado, a que veamos fisuras o descubramos alternativas a lo escrito.

Una dificultad más se atribuye al poco tiempo que se dispone para dedicarse a escribir. Se tiene la aspiración de contar con horas o días sin ninguna responsabilidad laboral para lograr aislarse y poder así, sin interferencias, concentrarse de lleno a redactar el ensayo o el artículo. Pero, en verdad, esa es una situación ideal que riñe con la realidad de un docente universitario quien, además de clases, debe resolver asuntos administrativos y atender a sus estudiantes. De allí que, la alternativa sea programar en la agenda semanal unas horas para adelantar el escrito, asumir ese tiempo con el mismo empeño y responsabilidad con que realiza las otras tareas y mantener la persistencia de redactar unos cuantos párrafos en cada sesión. Ahora, si el profesor se acostumbra a producir pequeños textos para su labor docente, como apuntes de clase, síntesis temáticas, ellos mismos irán optimizando los tiempos ya establecidos.

Es común oír también que el mayor impedimento para empezar a escribir se debe a que aún no se tiene claro en la cabeza todo lo que se desea escribir. Lo que subyace a esta dificultad es la concepción de que entre más información se tenga, más datos se acumulen, o se cuente con indicaciones más precisas, será más fácil empezar a redactar. Sin embargo, así se cuente con todo ello, mientras no nos lancemos a elaborar los primeros párrafos nunca sabremos si todo ese caudal informativo nos será útil. Por supuesto que hay que tener un esbozo o un mapa de ideas que contribuya a ordenar el pensamiento, pero tampoco podemos esperar que todo el contenido del escrito lo tengamos resuelto en sus mínimos detalles. Se olvida que el mismo proceso de escribir permite ir repensando nuestras opiniones, que la claridad es el resultado de foguearse con el lenguaje, que cosas que parecían oscuras, al irlas desarrollando, van mostrando flancos de luminosidad. El impedimento desaparecería si entendiéramos que escribir es un medio para clarificar nuestras ideas.

Un séptimo escollo estriba en las dificultades mismas de redactar un determinado tipo de texto. Lo que se arguye como impedimento es la poca familiaridad con las particularidades del formato en que se pide un documento o la reducida experiencia al enfrentar este tipo de actividades. Desde luego, el desconocimiento de la tipología textual elegida y la poca lectura de textos ejemplares hace que se exageren y multipliquen las dificultades para redactarlos. Este obstáculo se supera animándose a imitar modelos de texto semejantes al que tenemos entre manos, detallando en otros escritores expertos cómo desarrollan un tema, exponen un asunto o defienden una tesis. La escritura es un saber artesanal en el que los grandes maestros del oficio ponen sus obras como lecciones para los futuros aprendices. Más que esperar tener la experticia en un género o modalidad textual, lo más indicado es comenzar a explorar y descubrir las características distintivas de una u otra tipología y, sobre todo, entendiendo que aquello que se escriba no es sino el primer borrador de otras versiones posteriores.

Otros educadores dicen que no se atreven a escribir por su falta de dominio gramatical o el desconocimiento del buen uso del idioma. Esta limitación se hace mayor cuando quienes desean escribir están inscritos en áreas lejanas de las humanidades o son docentes de profesiones muy técnicas. Se cree erróneamente que saber redactar bien un texto —sin fallas de sintaxis o de ortografía— es sólo para literatos o personas creativas con gran imaginación. Esto no es cierto. Un alto dominio gramatical no es garantía para empezar a escribir o producir un mayor número de textos. Por supuesto que eso ayuda, pero lo esencial es tener algo que decir, saber organizar las ideas y buscar la mejor manera de comunicarlas. Por lo demás, hoy contamos con una buena cantidad de recursos virtuales y amplísimos textos de consulta para solucionar dudas de redacción o solventar las incorrecciones idiomáticas.

Si se miran en conjunto las anteriores dificultadas comprobaremos que se originan más en temores infundados, en cierto menosprecio de las propias capacidades o en la falta de “riesgo” intelectual para lanzarse a escribir. Las justificaciones para no enfrentarse con la hoja en blanco o las recurrentes excusas para dilatar este tipo de tarea, provienen, en gran medida, de una relación lejana, ocasional y esporádica que los docentes tienen con la escritura. Esta actividad, como no hace parte de su cotidianidad académica o de sus responsabilidades laborales, se va dejando al garete y hasta puede suceder que pase un semestre o un año sin haber redactado una página. Por todo ello, y a pesar de los titubeos y dudas al escribir, de los bloqueos emocionales que se tengan, vale la pena expresar nuestro pensamiento comenzando por emborronar una página. Tal vez así desdibujemos esos miedos y dejemos atrás nuestra presunta incapacidad para escribir.

Carta a un educador interesado en la lectura crítica

06 sábado Abr 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cartas, LECTURA, OFICIO DOCENTE

≈ 9 comentarios

Ilustración de Aristides Hernández Guerrero (Ares).

Estimado colega,

Además de reiterarte mi saludo fraterno y mis buenos deseos para que todo vaya muy bien en tu cotidiano oficio de enseñar, quiero apoyarme en este medio de comunicación para responderte algunas inquietudes que me hiciste vía chat en los pasados días. Mi objetivo, entonces, en los párrafos que siguen es ofrecerte algunos consejos sobre hacer lectura crítica en el aula; recomendaciones que, por supuesto, sabrás adecuar, ajustar o dosificar según el contexto y las particularidades de tus estudiantes.

Empezaré por recordarte dos cosas que sirven de trasfondo a mis sugerencias. La primera de ellas es que la lectura crítica hace parte de las concreciones del llamado pensamiento crítico, asunto que deberíamos tomarnos más en serio en las aulas de todos los grados escolares y todos los niveles educativos. Me refiero a un tipo de pensamiento que nos habilita para comparar y contrastar información, clarificar y resolver problemas, examinar argumentos e interpretar textos. El otro asunto es que la lectura crítica se inscribe dentro de las posturas filosóficas conocidas como “escuelas de la sospecha”; es decir, de un modo de leer en el que los mensajes o las explicaciones del mundo o de la vida, no son asumidos pasivamente, sino que se los somete a análisis y deliberación, a un agudo y atento escrutinio que conduce a ver sus fisuras o contradicciones, a rastrear su origen y sus contextos, y a tomar una postura frente a lo leído.

Dicho esto, puedo ahora sí, avanzar en mis recomendaciones. Comenzaré, entonces, invitándote a que, cuando pongas una lectura a tus estudiantes no te conformes con escribirle encima de la primera página una referencia bibliográfica. Si tu intención es formar a los estudiantes en lectura crítica no puedes “dejar fotocopias huérfanas” o enviar un PDF que no incluyan la portada (con sus solapas), la página legal y la tabla de contenido. Todo esto es clave para que lector novato empiece a ver la relación entre la parte y el todo de un texto, asunto sobre el que volveré más adelante. Pero no solamente se trata de agregar estas otras hojas, sino de enseñar a leer en el aula las tablas de contenido (esa carta de navegación textual), invitando a los estudiantes a inferir cuál puede la temática del libro, cuál el vínculo entre la lectura en cuestión y los otros textos que la acompañan. De igual modo, las solapas ofrecen información relevante sobre el autor y sobre el mismo libro.

Antes de seguir, ya te habrás dado cuenta de que la lectura crítica supone una adecuación de los materiales que entregamos a los estudiantes. Hay que editarlos para que cumplan una intencionalidad formativa, sabiendo seleccionar la mejor edición (o traducción), escaneándolos si fuera necesario y haciendo visibles los aspectos que están en los créditos o página legal.

Una segunda estrategia, que seguramente empleas, es la de formular o entregar un listado de preguntas orientadoras que le sirvan a los estudiantes de pistas para la lectura del texto. Dichas preguntas no operan como un dispositivo de evaluación, sino más bien como indicios claves para adentrarse en el documento mirando, por ejemplo, relaciones no evidentes, datos reveladores, recurrencias que permitan evidenciar una postura ideológica, términos medulares de un planteamiento. El listado de preguntas son un abrebocas a lo que luego podrá desarrollarse en clase, una manera de enriquecer la discusión grupal o un bagaje de referentes importantes para los estudiantes que dará mayor sentido a la exposición del maestro.

Otro recurso clave es invitar a los estudiantes a que se familiaricen con el autor y, muy especialmente, con el contexto en que se escribió o publicó el documento. Se puede sugerir buscar entrevistas, escritas o en video, encontrar testimonios de colegas o estudiosos del personaje en cuestión.  Profundizar en el autor ayuda a descubrir si hay intencionalidades implícitas en la obra que nos ocupa, respuestas estéticas a motivaciones personales, vínculos con incidentes críticos de origen biográfico. De igual modo, es importante analizar comparativamente el telón histórico de fondo del texto en cuestión tanto a nivel nacional e internacional, detectando movimientos sociales relevantes, hitos culturales significativos o eventos políticos de gran repercusión. Tales actividades son importantes porque al hacer lectura crítica es fundamental poner el texto a dialogar con el contexto.

Aunque podría comentarte otras estrategias me quiero centrar ahora en el trabajo de aula. Lo ideal es que todos los estudiantes tengan a la mano el documento, ojalá impreso, y cuenten con útiles como marcadores de diferente color, notas adhesivas y hojas para escribir. Lo primero es hacer una mirada de ave para descubrir las marcas relevantes en el texto: ¿tiene subtítulos?, ¿hay notas a pie de página?, ¿aporta alguna bibliografía? Vale la pena en este momento recomendarles que hagan una tabla de contenido del texto o que detallen y saquen aparte su macroestructura. Te comento esto porque un error muy común de los lectores noveles es lanzarse como topos a devorar los párrafos, pero sin apreciar el conjunto. En algunas ocasiones, los textos tienen una introducción que sirve de orientación al lector o presentan un resumen al final en el que resaltan sus aspectos esenciales. Como ya podrás haberte dado cuenta, la lectura crítica es una actividad atenta sobre el intratexto, sobre las relaciones entre sus partes y el conjunto. Y también sobre los intertextos que le sirven de referencia o fundamento.

Enseguida, es muy útil –para facilitar la labor de análisis y discusión posterior sobre el texto– indicarles a los estudiantes la importancia de numerar los párrafos e invitarlos a utilizar las técnicas del subrayado de ideas fuerza, de redactar glosas al margen, de elaborar resúmenes al final de los capítulos o de diseñar mapas de ideas. Si no hacemos tales actividades y los ejercitamos en estos recursos para discriminar la información, no podrán percatarse de los detalles que están sugeridos o permanecen implícitos; tampoco detectarán las recurrencias o la línea argumental de un planteamiento y mucho menos advertirán el entramado de los significados o los intersticios que hay en cualquier tipo de mensaje. Salta a la vista, estimado colega, que la lectura crítica es una labor de identificación y sospecha sobre los enunciados, de profundización y relectura del contenido, de fijarse en lo dicho, pero también en lo tácito en cada apartado, de enfocarse en determinados términos y descubrir sus redes semánticas.

Desde luego, la lectura crítica cobra más resonancia cuando llega el momento de la discusión en la clase. Terminada la actividad de trabajo sobre el análisis pormenorizado del texto, teniendo a la mano las notas y las diversas marcas hechas sobre él, con esas herramientas a la mano, se puede iniciar la conversación o el debate. Aquí es prioritario que el profesor diseñe un guion para dicha actividad. La misma discusión en clase debe ser un ejemplo didáctico de cómo hacer lectura crítica. Por tal motivo, el educador tendrá que haber preparado también su lectura, llevarla al aula, compartirla a la par que va abriendo los turnos para la conversación. Seguramente el poseerá una mejor información sobre el autor y el contexto del documento, podrá compartir presentaciones que haya preparado sobre este punto y leerá lo que haya escrito como derivación de su lectura. Te subrayo esto último: la lectura crítica supone que el maestro muestre las evidencias de su encuentro con el texto; no basta con que haga comentarios generales o dirija una actividad de participación grupal. Una clase centrada en lectura crítica no puede improvisarse como tampoco reducirse a preguntas del tipo: “¿qué fue lo que más les gustó del texto?”. El uso de preguntas estratégicas, el resaltado de ciertas ideas textuales, el ejercicio continuado de inferencias, todo ello contribuye a crear un clima idóneo para la lectura crítica. Por lo mismo, el guion que orientará el debate grupal deberá al menos tener estos cinco momentos: el autor, el contexto, el intratexto, los intertextos y la conclusión crítica.

Terminada la sesión de clase, ya sea como producto evaluativo o resultado final de la lectura crítica de un texto, se podrá solicitar a los estudiantes que realicen un trabajo escrito. Sugiero, en particular, pedir miniensayos porque esta tipología textual es idónea para fomentar el juicio personal a partir de una tesis soportada con argumentos. Las características del miniensayo obligan a que el aprendiz “ordene la cabeza”, asuma una postura frente a lo leído y tenga que volver a revisar el documento con un interés puntual. No sobra decirte que la lectura crítica se cimienta y rinde sus mejores frutos a partir de la relectura. O también cabe solicitar una reseña o un comentario, siempre y cuando cumplan dos condiciones: analizar pormenorizadamente el texto y presentar una valoración crítica. En todo caso, la idea de estas tareas es recomponer de manera comprensiva lo que se analizado parte a parte. La lectura crítica se hace más contundente cuando, de manera cohesionada y coherente, se muestran por escrito las razones que permiten tomar una postura para interpretar con suficiencia las entretelas o niveles de significado de un mensaje.

Sé que varias cosas que te he mencionado antes merecen una mayor explicación, pero si deseas profundizar en ellas puedes ampliarlas en mi libro Vías y sentidos de la lectura, que te invito a explorar. En esta obra hallarás reflexiones y ejemplos que he validado con mis estudiantes a la par que bibliografía que te será de utilidad. De igual modo, vale la pena consultar el texto de Daniel Cassany, Tras las líneas. Sobre la lectura contemporánea, en el que desarrolla y muestra ejercicios de lectura crítica, enmarcados en su triple propuesta: leer las líneas, leer entre líneas, leer detrás de las líneas. Te recomiendo especialmente mirar el apartado, “Leer la ideología”, en el que enumera 22 técnicas para fomentar la comprensión crítica de un texto agrupadas en tres aspectos: el mundo del autor, el análisis del género discursivo y el análisis de las posibles interpretaciones del texto. Y si quieres conocer un puñado de experiencias concretas para el aula te recomiendo el libro La lectura crítica. Propuestas para el aula derivadas de investigación educativa, publicado por la Universidad De la Salle, cuyos autores son estudiantes de la maestría en Docencia y las editoras las tutoras Ruth Milena Páez y Gloria Marlén Rondón. En esta obra se muestran ejemplos de lectura crítica de artículos de opinión, del anuncio publicitario, de la ciudad, de la novela urbana o de páginas de internet, entre otros. El libro ofrece ideas relevantes para la formación de lectores críticos.

No quisiera terminar esta misiva sin subrayar dos intencionalidades que están en la base de la lectura crítica. La primera es de orden académico o asociada al desarrollo cognitivo de los estudiantes: se trata de ayudarles a tomar distancia comprensiva de los mensajes que reciben, de que no consuman la información circulante sin procesarla, de que sospechen y pongan el filtro de la duda sobre las “verdades” generalizadas; de que sepan que detrás de los discursos hay intereses, artificios de manipulación, agendas de poder para hacerlos creíbles. La segunda intencionalidad tiene un acento ético: y es la de valernos de la lectura crítica para formar el carácter de las nuevas generaciones con el propósito de que sean capaces de disentir, de asumir una voz personal no plegada a la “tendencia” de la mayoría, que tengan el valor moral para reprobar en los medios masivos dónde la información se disfraza de opinión tendenciosa, develar en los discursos una flagrante mentira o reconocer en los runrunes de la opinión pública su soterrada intención de arrastrarnos al fanatismo y la intolerancia.

Confío en que esta carta te anime a incorporar la lectura crítica en tu quehacer docente, independientemente del área en que te desempeñes. O al menos que mis consejos enriquezcan lo que has venido haciendo. Estoy convencido de que, frente al mundo globalizado y veloz en el que estamos, plagado de falsas noticias y zarandeado por el manejo emocional de las redes sociales, los educadores debemos responder enseñando a los estudiantes los recursos y la suspicacia de la lectura crítica.

Práctica docente con investigación

09 sábado Mar 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, INVESTIGACIÓN, OFICIO DOCENTE

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Nichos-problema, Registros y evidencias, Textos derivados de la práctica

"El arte de la pintura

«El arte de la pintura» de Johannes Vermeer.

La transformación de la práctica docente, para que sea permanente, requiere estar vinculada a la investigación. Un maestro que se llame “vigente” es porque no ha dejado de indagar sobre las dificultades y los logros en lo que hace. Considero que muchos educadores ocupados más en los pormenores de la docencia descuidan o se desentienden de la investigación. O si por momentos les inquieta no tienen la suficiente persistencia para continuarla o llevarla hasta una sistematización digna de publicarse.

Desde mi propia experiencia, y viendo cómo proceden otros maestros investigadores, he descubierto cuatro estrategias para mantener viva la indagación en nuestro quehacer cotidiano. Lo primero que hay que hacer en hallar un nicho-problema que realmente nos interese o nos preocupe esencialmente. No hablo del área en que trabajamos o del campo disciplinar del que somos titulados. Me refiero a algo específico, a una temática que logre atraer buena parte de nuestros intereses intelectuales y emocionales. Cuando uno encuentra ese nicho, ya tiene ganada una vía hacia la investigación. Ya podemos decir que estamos en una línea, en un foco o un problema que merece escudriñarse. Ubicada esa diana o ese objetivo de interés empezaremos a recopilar bibliografía y cibergrafía relacionada con tal aspecto. Nuevas carpetas se abrirán en nuestro computador, nuevas obras empezarán a pedir espacio en nuestra biblioteca, nuevos grupos de colegas, nuevas revistas especializadas harán parte de nuestro discurso cotidiano. Definir ese nicho-problema nos permite profundizar más que extendernos, conocer más en propiedad que opinar sobre generalidades de segunda mano. Esa es la primera estrategia.

La segunda, es comenzar a vincular las tareas o actividades que pongamos a los estudiantes con ese nicho-problema. A veces de manera explícita; otras, de forma indirecta. Lo importante acá es que convirtamos el tiempo de corrección y supervisión de las tareas en un insumo para nuestras preguntas o nuestras inquietudes investigativas. Esas lecturas y evaluaciones no solo servirán de retroalimentación para el que aprende sino de insumo para recoger información, para constatar una hipótesis, para consolidar los primeros hallazgos. Sobra decir que no es fácil hacer esto, pero si uno se organiza y gasta un buen tiempo en la planeación o en la programación de cada curso o de cada asignatura, si piensa con cuidado los trabajos que va a poner a sus alumnos, muy seguramente descubrirá que esas acciones hacen parte del mismo proyecto de investigación en el que se está o se viene trabajando.

Una tercera estrategia tiene que ver con guardar algunas evidencias de eso mismo que solicitamos. Muchas veces nuestra labor diaria queda huérfana de evidencias. Una foto, el escaneo a un documento, el registro de una producción o grabar una pequeña entrevista a los directos involucrados, todas esas cosas las dejamos pasar o no tenemos la costumbre de hacerlas parte de nuestra profesión de maestros. Si nos habituamos a seleccionar y guardar tales registros, pronto nos daremos cuenta de que esos materiales son el insumo fundamental para empezar una etapa de reflexión y análisis sobre la propia práctica. Aquí deberemos aprender también a manejar archivos y a convertir a nuestros estudiantes en espontáneos asistentes de investigación. Lo digo, porque los apuntes de clase, si de entrada nos preocupa algo en especial, podrán ser luego motivo de autoexamen o reconocimiento de lo que hacemos.

La cuarta estrategia, y esa ha sido la clave de mi propia producción investigativa, es producir pequeños textos derivados de tales pesquisas. No hablo de extensos informes de investigación, ni de proyectos con toda la formalización canónica. Me refiero a una o dos páginas que son como apuntes o síntesis de lo que vamos descubriendo, o la ampliación de una pregunta, o la descripción de una situación recurrente, o el esbozo de un plan de contingencia a un problema que hemos detectado. Mejor dicho: se trata de vincular el escribir con lo que hacemos cotidianamente. Podemos llegar a sorprendernos cuando, después de varios meses, notemos que esos apuntes, que esas hojas sueltas, van consolidando una cartografía de nuestros intereses, un mapa –así incipiente– de nuestras preocupaciones y nuestras inquietudes sobre la profesión docente. Eso es, precisamente, lo que hacía el psicólogo ruso Lev Vygotski, que convertía su aula en constante laboratorio, y lo que realizaba Paulo Freire, que volvía cada actividad de su vida, como profesor o consultor, en un motivo para producir un artículo, escribir una carta o diseñar una propuesta. 

Las cuatro estrategias anteriores rubrican mi tesis de que los educadores necesitamos hacer de la investigación una parte constitutiva de nuestra actividad docente. No como algo secundario o eventual, sino como una pesquisa regular que nos permita comprender nuestros aciertos o desaciertos en el aula y el modo de seguir cualificando lo que hacemos. Pero, además, como un medio de aportar por escrito, desde nuestro quehacer situado, nuevas experiencias reflexionadas sobre la práctica pedagógica.

Importancia y razón de las secuencias formativas

23 viernes Feb 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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planeación didáctica

Ilustraciones de Marshall Arisman.

Los profesores, especialmente aquellos que no poseen ninguna capacitación en pedagogía o didáctica, cuando se los contrata o tienen la responsabilidad de orientar un espacio académico, lo primero que deben presentar es un programa o un documento en donde muestren la parcelación temática de su asignatura. Algunos de estos productos resultan más bien esquemáticos en la división de los contenidos y otros, los más comunes, además de los objetivos subdividen los temas y precisan la evaluación. Estos docentes, a no ser que sean curiosos por la enseñanza o por las maneras de aprender, saben poco de lo que es una secuencia didáctica o, en un sentido más integral, una secuencia formativa.

¿Qué son, entonces, las secuencias formativas?, ¿cuál es la importancia para el proceso de enseñanza-aprendizaje?, ¿qué elementos las constituyen?, ¿en qué se diferencian de la habitual práctica de tener un programa o syllabus de una asignatura? Dediquemos los párrafos siguientes a responder estas y otras inquietudes.

Una primera distinción de mucha ayuda en nuestro planteamiento es que la programación de contenidos o la parcelación de los mismos está más organizada desde la lógica de la enseñanza, en tanto que las secuencias formativas, además de la enseñanza, se preocupan por el aprendizaje. O si se quiere entender de otra manera, los syllabus o programas de una asignatura ponen en alto relieve el conocimiento y dominio disciplinar del profesor, mientras las secuencias formativas destacan el dominio didáctico del docente en cuanto al proceso de enseñar y aprender y su relación pedagógica para lograrlo.

Otro punto relevante para aclarar las diferencias entre estos dos instrumentos de planeación microcurricular es que los programas habituales dejan de lado aspectos como los conocimientos previos, la motivación y la dosificación de los contenidos, mientras las secuencias formativas los consideran de primer orden. La parcelación de un área o un aspecto de una disciplina, por más detallada que esté, no basta para que se produzca una transmisión eficaz. Si no se tiene en cuenta el contexto y las particularidades del que aprende, si parece banal el itinerario epistemológico de lo simple a lo complejo, si no se diseñan situaciones o actividades para transferir un conocimiento, lo más seguro es que no se lograrán aprendizajes significativos y menos aún la asimilación y reestructuración de unos contenidos.

Un tercer filón, para hacernos claridad, es que los programas, por lo general, se entregan o presentan al inicio del semestre o el período académico, pero sin hacer una explicación de los mismos.  Se convierten en un compromiso o una rutina del profesor que, de no cumplirla, podrá tener una evaluación negativa por parte del estudiante. Los programas de la asignatura se entregan al empezar un curso o seminario, pero no tienen un papel protagónico en la enseñanza. Las secuencias formativas, por el contrario, prevén eventos, actividades o el uso de recursos durante todo el tiempo de la relación pedagógica. Si algo caracteriza a las secuencias formativas es el diseño de momentos o actividades de acompañamiento docente. Acá son fundamentales, por lo mismo, explicitar los recursos de comunicación previstos, las dinámicas seleccionadas, los productos esperados. En esta perspectiva, las secuencias formativas sirven de preproducción a la sesión de clase tanto para el profesor como para los aprendices.

Expuestas las anteriores distinciones, podemos agregar ahora que la importancia de las secuencias formativas estriba en pensar de qué manera un conocimiento, una habilidad o una práctica se pueden aprender; en establecer, bien sea de manera preliminar o definitiva, un punto de llegada o nivel de logro esperado. Pero no como algo general o difuso, sino detallando las fases o los momentos para alcanzar dicho propósito. Así que, cuando nos ubicamos en la línea temporal de inicio, desarrollo y cierre, lo que estamos subrayando es que el aprendizaje no se da de golpe o se conquista de cualquier manera. Además, las secuencias formativas son valiosas porque el docente al momento de diseñarlas ha hecho una selección de lecturas, de actividades, de resultados esperados que posibilitan el acceso paulatino a una temática, la apropiación de unos conceptos, el adecuado dominio de una técnica, el conocimiento y uso de útiles específicos. La secuencia formativa evita la dispersión de contenidos al tratar de aprenderlos y la saturación de información cuando somos inexpertos en una disciplina.

Por supuesto, y esto no es menos importante, las secuencias formativas incluyen los eventos de interacción entre el que enseña y el que aprende. No son los contenidos lo único que se pone en movimiento en una secuencia formativa: están las expectativas y los presaberes de los estudiantes; están las interrelaciones de habla y las dudas y comentarios entre los que aprenden; están los procesos de pensamiento que se movilizan y los productos derivados de tales procesos; y están los momentos de reconocimiento y evaluación académica o de valoración cognitiva al lado de situaciones para la dignificación de la persona y la formación en valores. Todo eso se pone en juego en un acto pedagógico. De allí que, cuando se piensa y redacta una secuencia formativa, es necesario tener presente los posibles errores o confusiones del que aprende, los elementos de refuerzo, la dinámica al interior de los grupos, el fomento de la autorregulación y la autonomía en el estudiante.

Concluyamos diciendo que las secuencias formativas, a diferencia de otros instrumentos de planeación docente, destacan o hacen explícita la intencionalidad en los aprendizajes. No son temas o contenidos parcelados y dispuestos a la buena voluntad del estudiante ni una lista de referencias bibliográficas con alguna tarea al final. Se trata de otra cosa: de articular de manera intencionada los diferentes actores y elementos de un evento de enseñanza aprendizaje. Las secuencias formativas a la par que detallan el acceso gradual y encadenado de un saber, también especifican el empalme de acciones didácticas –realizadas en tiempos y espacios discontinuos– en una unidad pedagógica con un propósito formativo definido.

Repensar el Plan lector institucional

06 miércoles Sep 2023

Posted by Fernando Vásquez in Ensayos, LECTURA, OFICIO DOCENTE

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Ilustración de Andy Robert Davies.

En buena parte de las instituciones educativas, especialmente de formación básica y media, se acostumbra seleccionar un número de libros agrupados bajo el nombre genérico de Plan lector. Por considerarlo de vital importancia para la formación integral de los estudiantes, considero necesario dedicar unas páginas a repensar este proyecto de animación, promoción y enseñanza de la lectura.

Partiré, de una vez, señalando un error que deberíamos corregir tanto directivos como profesores: el Plan lector no es responsabilidad únicamente del área de español o de lenguaje. Ni son ellos los únicos que seleccionan los textos, como tampoco los celosos “guardianes” y evaluadores de esta propuesta. El Plan lector es de la institución educativa y, en esa medida, se relaciona con la misión, con los valores, con el perfil de egresado concebido en el Proyecto educativo. En esta perspectiva, la toma de decisiones para elegir ese grupo de obras les compete a varios actores de las instituciones educativas.

Considero, por ejemplo, que el rector y el coordinador académico o de convivencia, tienen un papel fundamental. Son ellos, en últimas, los que fijan los criterios para elegir o no un tipo de libros, los que han discernido evaluativamente sobre las diversas propuestas editoriales, y los que “velan” para que el Plan lector interprete, complemente o ahonde en los pilares formativos esenciales de una institución. Los directivos le aportan al Plan lector un norte, unos objetivos transversales, acordes a las características y la identidad de cada centro educativo.

Otro tanto habría que decir del grupo de docentes de todas las disciplinas. Mediante un organizado proceso de consulta, de lectura y discusión sobre los diversos textos previstos, contribuirán a que el Plan lector se avive y dé sus mejores frutos en las diversas asignaturas. Todos los maestros son custodios de ese proyecto y, como es apenas obvio, deberán conocer en gran medida los textos centrales de dicho Plan lector o, al menos, los que en determinado período hacen parte de un grado o grupo de grados. Y si bien la mayoría de los maestros no profundizan en todos los libros que conforman el Plan lector, sí podrán tenerlos como referencia para ejemplificar, asociarlos a un proyecto de aula, convertirlos en motivo de conversación, incluirlos en su bibliografía o establecer filiaciones interdisciplinares. Al estar realmente comprometidos con el Plan lector los maestros no serán meros espectadores de este proyecto, sino que se convertirán en dinamizadores de dicha propuesta.

Por supuesto, los profesores de español tendrán un protagonismo mayor, en la medida en que conocen con más profundidad el tipo de textos que configuran el corpus del Plan lector. En este caso, su principal papel será leer a fondo las diversas propuestas editoriales, trabajar en alianza con la biblioteca, hacer tertulias o grupos de estudio para evaluar la conveniencia, relevancia o sentido de seleccionar determinado texto. No será, por lo mismo, una tarea rápida e irresponsable de confeccionar un listado de libros, sino una labor paciente, crítica, consensuada, soportada en criterios, y a la cual habrá que dedicarle por lo menos un semestre, preparando el Plan lector del año siguiente. Los profesores de español podrán elaborar unos criterios de selección y presentárselo a las directivas de la institución para enriquecerlos con sus observaciones y sugerencias.

Y ya que mencioné los criterios de selección de los textos de un Plan lector, me parece que para tal propósito es indispensable conjugar los lineamientos educativos de políticas del estado con las particularidades formativas de cada institución y con las necesidades de los contextos en los que viven los destinatarios de este plan de lectura. De igual modo, los criterios podrán abarcar otras características: obras clásicas y modernas; editoriales grandes e independientes; textos producidos por hombres y mujeres de contextos lejanos o de ambiente locales; libros que atiendan a diversas dimensiones del desarrollo humano, con un abanico amplio de temas y valores… En todo caso, si no hay unos criterios para seleccionar el Plan lector todo quedará en “pálpitos”, gustos particulares, obras de moda o se banalizará la propuesta. Son estos criterios los que permiten, además, poder evaluar los resultados del Plan lector y saber qué libros debe mantenerse, cambiarse, ajustarse según los resultados obtenidos. No sobra decir aquí que, una vez se tenga el Plan lector, es indispensable compartirlo a otros actores de la institución para explicar sus alcances, señalar los pormenores formativos y conseguir el apoyo de esas personas para lograr unos buenos resultados de la propuesta. El Plan lector no acaba en los muros de la institución educativa; traspasa esa frontera, porque su fin último es el mundo de la vida de los estudiantes, su familia, la sociedad en que viven.

Ahora bien, ¿qué aporta un Plan lector a la formación de los estudiantes? En principio, ofrece un menú de obras seleccionadas con criterios educativos y no dejadas a la deriva de la lógica del consumo o del mercado. Son libros decantados por su intencionalidad formativa, propuestos a la manera de “tutores silenciosos” que ofrecen lecciones de vida, ejemplos de situaciones que seguramente los estudiantes han vivido o podrán experimentar en el futuro; de igual forma, este grupo de obras potencian la imaginación, la creatividad y lo fantástico, al igual que abren la mente hacia mundos inéditos o poco familiares. El Plan lector va más allá de un campo del saber disciplinar porque busca tocar lo medular de la persona, ahondar en las vicisitudes existenciales, darle valor a la facultad de soñar, desplegar las peripecias de la aventura de vivir y mostrar cómo las personas enfrentan positiva o negativamente los problemas propios de la condición humana.

De otra parte, seleccionar el Plan lector supone entender muchas cosas que, cuando se miran con cuidado las ofertas editoriales de calidad educativa, son claves al momento de definir ese grupo de textos. Por ejemplo: el tipo de obra elegida según la edad del estudiante, los valores implícitos que promueven determinados textos, las capacidades que subrayan o fomentan, la complejidad temática acorde al momento del desarrollo de los estudiantes. No se puede pasar por alto o de afán lo que psicólogos, educadores, investigadores y productores de contenidos presentan en cuadros comparativos, colecciones específicas y “rutas formativas” dentro de su oferta de textos. Si algo debilita un Plan lector es una selección hecha a toda prisa, sin atender a los fundamentos educativos que sirven de eje a una propuesta de formación lectora, sin tan siquiera revisar con cuidado el “concepto editorial” manifiesto en un catálogo de obras y de autores. Por eso, más que “chulear” o hacer una lista de libros, los directivos y maestros deben invitar a los promotores a que expongan con detenimiento su propuesta, y después necesitan estudiar esa oferta editorial, leer los textos, para con esos insumos tomar una decisión argumentada. Todas estas acciones dan consistencia, sentido, y permiten entender por qué se asume una u otra obra y por qué se prefieren los textos de determinada editorial. Insisto en ello: el Plan lector se prepara de un período para otro; se analiza y discute en tertulias o grupos de estudio, se realiza y acuerda con un grupo de maestros antes de volverlo una demanda para los estudiantes. Puesto de otra manera: los primeros usuarios del Plan lector son los mismos docentes de la institución; ellos son los que pueden dar un primer testimonio de las bondades o potencialidades formativas de tales obras.

Decía antes que el Plan lector hay que evaluarlo en relación con los criterios tenidos en cuenta para construirlo. No se trata de decir que tal libro “no sirvió”, “no gustó” o “no tuvo suficiente impacto”. Hay que evaluar en verdad la recepción de estas obras con el fin de tener razones de peso para tomar decisiones sobre mantener una obra, cambiarla o ver sus debilidades formativas. A veces no es el texto en sí el que falla, sino el grado elegido; en otras ocasiones, no es la obra, sino la estrategia didáctica empleada para leerla o la falta de acompañamiento por parte del maestro. Creo que si cada institución hace una verdadera evaluación de su Plan lector vigente esto contribuirá a mejorar y cualificar cada vez más sus propias elecciones de textos y ayudará enormemente a las editoriales para sopesar si sus propósitos educativos corresponden con la práctica de aula o señalan aspectos que no necesariamente son visibles para los creadores de contenidos.

Concluyo reiterando aquí la importancia de la lectura para potenciar la imaginación y la creatividad, las habilidades comunicativas y sociales, el caudal de referentes de vida para orientar la propia existencia de los estudiantes. Más allá del gusto efímero de una época por los best sellers o aún se siga avalando que las nuevas generaciones menosprecian el trato frecuente con los libros, lo cierto es que la lectura hace parte de las maneras privilegiadas como el ser humano accede al acervo espiritual de la tradición y la cultura, vincula los conocimientos ajenos con la propia experiencia y logra afianzar la discriminación de información, la ampliación de horizontes, el pensamiento relacional y el juicio crítico. Desde luego que la lectura comporta un goce y un placer estético, eso nunca hay que olvidarlo ni dejar de motivarlo; pero, de igual manera, la lectura desarrolla habilidades cognitivas como la abstracción y el análisis. Así que, cuando una institución propone un Plan lector a sus estudiantes y a la comunidad educativa en general, está declarando que la lectura sigue siendo una habilidad del pensamiento que le interesa cultivar y desarrollar y, a la vez, ofrece un plan paralelo de formación en el que los mundos posibles hechos con palabras se convierten en otros enseñantes que hacen de sus páginas otras aulas para aprender asuntos que rebasan los alcances de una asignatura.  

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