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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Comentario de canciones

Jorge Velosa: juglar y cronista musical de la vereda

11 sábado May 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Comentario de canciones, Comentario de libros, Música carranguera

Ediciones Monigote publicó recientemente Historiando mi cantar. Un viaje por la carranga (Monigote, Bogotá, 2024) de Jorge Velosa Ruiz. Se trata de un cancionero autobiográfico en el que, además de incluir las letras de 147 de sus canciones, se narra el origen o los pormenores de la composición de tal repertorio musical. A lo largo de más de 400 páginas, organizadas en cuatro jornadas, y escritas en una prosa confesional, cercana y amena, el “Carranguero mayor” nos comparte anécdotas de su vida enriquecidas con reflexiones sobre el entorno campesino, la descripción del paisaje cundiboyacense y la constante alusión a coplas populares que, como bien lo reitera en sus páginas, “es la biblioteca del saber popular”.

La obra, en general, es un homenaje al entorno y la persona del campesino. A sus cuitas y alegrías, a sus experiencias afectivas y a las vicisitudes cotidianas que abarcan desde el ahorcamiento de una vaca (“La Pirinola”) hasta eventos propios de una vereda (“El parlante de mi pueblo”, “La Dioselina”). Velosa elogia ese mundo campesino (“Canto a mi vereda”, “Buenos días, campesino”, “Yo también soy un boyaco”), retoma su habla y su sabiduría (“Las siete yerbas”, “Los consejos de mi taita”), recoge la idiosincrasia de sus personajes (“El saceño”, “El raquireño”), recrea las características notorias del mundo familiar (“La tía Carmela”). Esta celebración del mundo campesino es, de igual modo, un reconocimiento a sus orígenes, porque, según él, “todos llevamos un campesino adentro, sean nuestros taitas, nuestros abuelos o tatarabuelos, como también llevamos una vereda adentro”. Tal elogio múltiple a la “patria chica”, al pueblo, a ese ámbito cultural y humano de la ruralidad puede sintetizarse muy bien en el merengue joropeado “El rey pobre”.

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Esta canción afirma que al campesino le basta su pedazo de tierra, que su ranchito, por humilde que sea, es como su castillo. Lo importante para él es tener libres sus ojos para mirar el horizonte y contemplar ese reino pintado de verde y de azul. Esto es para el campesino su mayor orgullo, su verdadera riqueza. No necesita de oropeles ni lujosas vestimentas; le basta “la cara del sol” y sus herramientas cotidianas: una piedra de amolar puede ser un trono y un azadón un magnífico cetro. El entorno natural es guardia y compañía, los árboles, los pájaros y los animales cercanos hacen las veces de escudos y de criados, de pajes y consejeros. No son necesarias demasiadas cosas para sentirse rey. Así parezca un sueño, el campesino sabe que su pequeña parcela es un reinado magnífico. ¿Quién puede negarle la ilusión de que su ruana sin cardar sea también una vistosa capa palaciega?

Jorge Velosa, como lo testimonia en su libro, es un caminante. Caminando descansa su espíritu y al caminar se extasía con el paisaje; cuando camina recoge información y en ese continuo caminar va nutriéndose de historias. Y “entre paso y paso” van saliendo sus canciones o, por lo menos, un borrador de las mismas. Por eso es un cronista, un etnógrafo, que está atento o es sensible a un giro en una conversación, a la confesión de un paisano, al diálogo fortuito con un desconocido, a las peripecias de amigos y familiares. Esas cosas, primero las consigna en su libreta y, después, en un viaje de regreso de alguna presentación o en la soledad de su casa, las somete al “trapiche creativo”, les impregna un ritmo o pide la colaboración de otro carranguero como Delio Torres Ariza, para “sacarle el zumo de la canción”. El caminante escucha y consigna; al caminante le quedan “sonando y resonando” anécdotas y nombres, al caminante le gusta “juglar con la memoria”. De esta manera nacieron canciones como “La Cucharita”, “La china que yo tenía”, “El regreso de la china”, “El bajacocos”, “El tinterillo”, “La mula de don Roberto”, “Mocoqueco”, “Por fin se van a casar”, “Soldadito de la patria” y muchas más. El carranguero cronista es el que convierte un hecho aparentemente banal, como la pérdida de una cucharita de hueso, en una historia interpelativa y llena de trascendencia, especialmente para aquellos que hemos sentido en carne propia el robo de algún objeto muy querido.

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Otro semillero de buena parte de las canciones de Jorge Velosa reside en su infancia campesina; en los recuerdos de aquella edad en la que empezó a delinear el mapa de su identidad. Por eso hay canciones dedicadas a los juegos de la niñez, a los animales domésticos, a los alimentos y la sazón de la madre, a las travesuras de escuela o las fiestas patronales. “Viví mi infancia en el campo –dice Velosa en la presentación del libro–. En la escuela primaria, en los quehaceres de la finca y en el goce jugarreto y travesuril con mis amigos que tallaron para siempre en mis adentros las viandas del entorno campesino”. Y por tener ese abrevadero, el autor declara que “llegó al canto para espantar los espantos de mis noches veredales infantiles, cuando por quedarme oyendo las historias y las coplas de la obrerada en la casa del campo, se me hacía tarde para regresar a dormir a la casa del pueblo”. Considero que una canción magnífica para ilustrar lo que vengo diciendo es “El caramelito rojo”.

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El merengue cuenta y tiene la magia de evocar esos tiempos en los que uno de niño campesino esperaba con ansias el “presente dulce” que traía el padre cuando volvía de la ciudad. La canción hace que la boca se nos haga agua con aquellas remembranzas, con el color emocionante de esos pequeños regalos que podían ser dulces u obleas, roscones o liberales, pero especialmente el sabor de un caramelito “que era distinto al de los otros”, una golosina que disfrutábamos con frenesí y que al acabarse se convertía en esperanza y petición para un nuevo viaje de nuestro querido padre. El merengue exalta esos sabores de infancia que son tan fuertes como para impregnar de por vida las papilas afectivas de nuestra memoria.

Como buen cronista que es, Jorge Velosa describe el micromundo campesino no con los términos generales del turista, sino con las palabras precisas y apropiadas de un residente conocedor del territorio. La geografía deja de ser un espacio indefinido para adquirir los nombres propios de una localidad, un pueblo, una vereda, un caserío: Tausabita, Velandia, Cucunubá, Villa de Leyva, Zipaquirá, Iguaque, Ráquira, El Tesoro, Puente Nacional, Chocontá, Jesús María, Morro Caliente, La Virgen, Ubaté… Del mismo modo están los sustantivos adecuados para señalar un oficio, los ingredientes de un plato o la zoología de un lugar. En el bambuco carranguero “Canto a mi vereda”, por ejemplo, Velosa menciona los apellidos de los habitantes de una vereda, dice cuáles son los nombres frecuentes de mujer, al igual que distingue las aves, los árboles, los cultivos y otras particularidades propias de lugares como Ticha, Quintoque, San Isidro, San Cayetano o San Miguel de Sema. En el cancionero abundan los arrayanes, los guayacanes, “el trigo, el maicito, la papa”, y desfilan también las mirlas y azulejos, los marranos y las ovejas, las vacas y los burros, los gallos y las gallinas. Precisamente de ese ojo afinado es que nació una rumba ronda infantil, “La gallinita mellicera”. Velosa relata que fue en una visita a una casa de campo cuando “apuntó el ojo hacia un viejo horno de leña, y vio una gallina saraviada culequiando y muy mama de una camada de pollitos, nueve para ser exactos”. Recuerda que le comentó al dueño de casa algo así como “nueve huevos para nueve pollitos”, pero que su anfitrión lo había corregido de inmediato diciéndole que no eran nueve, sino ocho huevos porque “uno había sido un señor huevo de dos yemas”. Esa fue la anécdota que más tarde “la imaginación se encargó de redondearla” y, mezclada con el juego de las onomatopeyas, colaboraron a componer una canción excepcional.

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Son abundantes las historias cantadas, los sucesos musicalmente narrados que desfilan a lo largo del cancionero. Puede ser el caso contado en “El bajacocos” que nace de lo que le sucedió a Delio, el requintista de los Hermanos Torres, quien por congraciarse con una muchacha que le gustaba y satisfacer su antojo de comer coco, terminó intentando subirse a una palmera con el triste final de venirse abajo “como vara de cuete reventado”. O la historia de “El cuchumbí” en la que se relatan los pormenores de un paseo de olla a un riachuelo llamado Meche y del encuentro de Velosa de un hueso mágico de cuchumbí o perro de monte. Y en esa misma línea narrativa nacen canciones como “La pobre María” (una historia de maltrato de pareja), “La Pirinola” (la historia de una vaca resabiada “se que malogró en una horqueta”), “El tinterillo” (la historia de un problema de linderos) o “La mula de don Roberto”. Podemos detenernos un tanto en este último merengue hermanado con un son paisa para ver las entrañas de la historia: el personaje que sirve de motivo es Don Roberto, un guachetuno dueño de una finca cerca al cruce de caminos llamado La Virgen y que trabajaba conduciendo “una carriolita para cargar leche y hortalizas”. Pero algún avispado logró endulzarle el oído para que “dejara de tener vacas y huerta, porque lo que estaba dando plata eran las tractomulas”. Así que don Roberto vendió su finca y se encartó son esa “supertusa de veintipico de llantas”. La canción cuenta toda la serie de desgracias que tuvo que enfrentar, “hasta que lo perdió todo”. Velosa ha dicho que “el camino de la historia es como el caudal de un río que tiene varios afluentes, o como un acorde musical compuesto de varias notas. Se nutre de distintos recuerdos, vivencias y sonoridades”.

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Una temática transversal de las canciones de Jorge Velosa es el amor, ya sea propio o ajeno. Desde un tema clásico de la música carranguera como “Julia, Julia, Julia” hasta obras como “Es por tu amor”, el maestro raquireño describe las emociones, los avatares de este sentimiento que es contradictorio e inexplicable (“El amor es una vaina”), que nos hace profundamente felices (“Volvió la venezolana”) o nos abate el alma hasta la desesperación (La china que yo tenía”, “La coscojina”). Velosa le canta al amor ilusionado (“El cielo dice que sí”), a los cambios en el amor (“No me escribes, no me llamas”), a sus inesperadas maneras de aparecer o desaparecer (“Donde te encuentres”, “El corazón remitente”), recalca las citas, los encuentros y desencuentros, unas veces poniéndole un acento humorístico (“La cojita del Tesoro”, “El pitico”) y, en otras ocasiones, dándole voz a la nostalgia (“Ingrata cara de gata”, “Te digo adiós”). El sentimiento del amor, su certeza o su ilusión, está en muchas letras de Jorge Velosa. Pero hay una canción dedicada al amor lejano, al amor imposible, ese que desde tiempos inmemoriales ha dado pie a la expresión del más puro romanticismo. Se trata de la rumba corrida “Qué mujer más bella ella” en la que el Carranguero mayor muestra sus altas capacidades líricas: “¡Qué mujer más bella ella, / y más cuando está en el río!, / cuando las aguas le aplanchan/ los pliegues de su vestío”.

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Historiando mi cantar recoge también otra faceta de Jorge Velosa, la de folklorista del habla de la gente campesina, de los cantos, de las coplas y adivinanzas, de toda una tradición oral anclada en los romances españoles con sus respectivas adaptaciones y mantenidas por la voz de los mayores, por los taitas o los abuelos. En este sentido, Velosa sigue la tradición de los juglares recogiendo una copla allí, un relato más allá, agregando algo a lo escuchado y volviendo a recrear lo que personajes veredales como Milciades Buitrago, “Don Milcio”, recitaba al “son de un buen piquete con guarapo templado”. Tal es el caso del romance “El Jirinaldo”, adaptado al tono y el “cantadito” de estas tierras cundiboyacenses.

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Pero son las coplas las que más abundan, a veces como detonante de una canción, como ejemplos de la memoria colectiva, o como mínimas lecciones rítmicas sobre al arte de vivir. “Dígame señor coplero”, “La rumba coja”, “El testamento del armadillo”, se inscriben en esta perspectiva. Velosa afirma que las coplas “son los adobes con los que se construyen casi todas las canciones populares, a punta de estrofas y estribillos”; y que él, “se fue encariñando con ellas, que las fue conociendo en sus formas, en lo que dicen y en cómo lo dicen, en sus parecidos y en sus diferencias”, hasta que ellas mismas le fueron “enseñando sus secretos” para hacer otras semejantes: “Esto dijo el armadillo / pensando en nuestra nación: la paz sin educación / es queso sin bocadillo”. El juglar siente y presiente que “varias coplas alguna vez formaron parte de un texto más amplio, un viejo y enorme árbol del que apenas sobrevive una hoja o una mera ramita coplera que se puede sembrar para darle vida nueva al árbol, al estilo de uno en su parcela espiritual”. En el cancionero hay coplas ingeniosas, picantes, cojas; y hay coplas festivas, convertidas en un merengue arriado, listas para iniciar el baile: “Las diabluras”.

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De igual modo, el folklorista Jorge Velosa juega con el lenguaje, con los ritmos y las palabras. “Lero, lero, candelero”, “Mocoqueco”, “El chirimóyilo y la guayábula”, “La rumba de los animales”, son canciones en las que el goce por la misma materialidad lingüística, por sus repeticiones o variaciones, producen gran fascinación en los más pequeños. Elijamos una de esas canciones, inspiradas en el canto amoroso de los chirlovirlos, chilongos, jaquecos o chirlomirlos, y dejemos que Velosa nos sirva de traductor del lenguaje de los pájaros: “El chichirochío”.

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Por supuesto, Historiando mi cantar es un testimonio y una celebración a la música carranguera, a un género musical que al decir de Velosa es “canto, pregón y sueño, pensamiento, palabra y obra; un amor cotidiano con la vida y sus querencias, y un compromiso con el arte popular”. El juglar ha escrito que la carranguería es un “pacto por la alegría” hecho con “los cuatro palitos”; es decir, con el tiple, el requinto, la guitarra y la guacharaca. Y con esos instrumentos Velosa ha compuesto merengues en todas sus variantes (joropeado, bambuqueado, reposado, chiguano, cañanguero, juguetón, rajaleño, asureñado, arriado, abuitragado) o rumbas de diverso ritmo (ligera, corrida, amarrada, pregonada) al igual que torbellinos reinosos, bambucos fiesteros, rondas y otra suerte de fusiones como la mererrumba, la guabirrumba, el bamburengue sureño o el merengue rap. Esos cuatro palitos le han permitido enaltecer y pregonar, relatar y celebrar, jugar e invitar al baile. Precisamente en el merengue arriado “La carranga es libertad” Jorge Velosa pasa revista a las emociones que produce esta música, resalta sus beneficios, muestra sus diversas manifestaciones y anuncia que es un medio gozoso “de sacudirse de los trajines”, una expresión “que es chispazo y también lamento”, “una lengua que camina, que vive y deja vivir”.

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«El chino de los mandados»

19 domingo Feb 2023

Posted by Fernando Vásquez in Comentarios

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Comentario de canciones, El chino de los mandados, Walter Silva

La primera vez que escuché “El chino de los mandados” fue en el automóvil de Miguel Alonso Puentes, el esposo de Lyda Zamira Rincón, dos amigos entrañables. Íbamos desde Yopal al campus “Utopía” de la Universidad De La Salle, en Matepantano. Dejamos de conversar y nos pusimos a oír con atención la historia entonada por Walter Silva. A la par que escuchaba la letra de esa canción mi memoria me llevaba a mi infancia, a esos primeros años en la vereda de Capira, a esa edad en la que, como el protagonista de la composición, tenía que hacer muchos mandados y, semejante a ese muchachito, disfrutaba del viento y de las aventuras del ambiente campesino. Apenas iba terminando la melodía las lágrimas salieron silenciosas de mis ojos. Hubo una conexión inmediata con mi espíritu. Con la mano derecha sequé mis lágrimas y le solicité a “Miguelito” más información sobre el autor.

Miguel me dijo que la madre del compositor había sido una maestra y que Walter Silva era una de los mejores compositores de la música llanera. Me habló de otras composiciones que le encantaban porque reflejaban bien las cosas cotidianas que le pasan a la gente “recia” de esas llanuras y por la manera como él las refería: “Dice con palabras sencillas lo que le sale del corazón”. Después seguimos oyendo en el CD otras melodías, pero en mi mente continuaba gravitando dicha canción. De regreso de aquel viaje, cuando Miguel me llevó hasta el aeropuerto, me regaló ese disco en el que había una compilación de varios temas de Walter Silva. Sea esta la ocasión para reiterarle a “Miguelito” mis agradecimientos por el regalo de esa tonada y por el puente afectivo con ese canta-autor que desde entonces hace parte de mis gustos musicales.

Pero qué es lo que hay en el fondo de mi experiencia estética con esa canción de Walter Silva. Por supuesto, y eso lo supe desde aquella ocasión en que la escuché, es que relata una historia muy parecida a la mía y a otras personas que hayan tenido una infancia campesina. Una niñez viva, repleta de cortas e inolvidables aventuras, de oficios infinitos y de carreras para hacer encomiendas o atender las urgencias de los mayores. Ir de un lado para otro, cruzar quebradas, atender a los animales, buscar “chamizos” para encender el fogón en la mañana, ir a buscar la leche para el desayuno, armándose de valor para espantar y enfrentar el asedio de los perros bravos; o dilatar el tiempo tratando de cazar tórtolas con la cauchera o treparse a los árboles y comerse, entre el vaivén de sus ramas, una naranja o una guama… Todas esas cosas están en la médula de esa canción: saltar, correr, divertirse, sentir en el corazón la libertad del campo. Y para hacerla más plena, más total, ese niño de la canción anda descalzo.

Además de ese contexto rural que, para unos puede ser la llanura y, para otros, tiene forma de montaña, el relato está impregnado de pobreza, de necesidad, de carencias cotidianas. La canción habla de un niño humilde que padece las situaciones propias de un hogar necesitado, sujeto a los avatares de lo que puede suceder cada día y, sin embargo, no hay tristeza ni amargura en él. Puede que falte el café, el azúcar, “el pocillito de manteca”; puede que la cuenta esté muy “grande” en la tienda donde se fía o que toque ponerle “pereque” a la vecina para solicitarle una vez más su ayuda, pero, aun así, no hay que perder el optimismo o la confianza en que se podrá seguir adelante. Y el niño vive esas experiencias de necesidad sin perder su vocación por las aventuras, por coger “guabinos” en las quebradas, por montar a pelo un caballo; el niño lleva las razones de la necesidad y, al igual que un ángel descarriado, trae en sus manos lo que solventa la solidaridad o los designios divinos. Nada puede quitar del corazón infantil su silbido feliz, su vagabundeo curioso, ni tampoco el pararse a escuchar extasiado el concierto de los pericos verdes o maravillarse con las bandadas de garzas blancas llegando a buscar reposo. La “falta de plata”, los ramalazos de la pobreza no pueden quitarnos del todo la alegría de vivir, parece decirnos en el fondo la canción.  

El otro brazo de este pasaje es la exaltación a la “madrecita buena”, a esa mujer luchadora y fuerte, quien con “amor y sacrificio” y a pesar de las condiciones desfavorables de la fortuna, logró criar y “levantar” a “tres machos y una hembra”. Walter Silva ha contado que esta canción es un homenaje a su abnegada madre, Carmen Luisa Gutiérrez, la misma que en otro pasaje (“Las flores de mi mamá”) se sentía plenamente feliz de consentir su jardín al igual que enseñar a muchachos en una “escuelita rural”. La madre, en esta canción, es símbolo de la tenacidad, del coraje ante situaciones difíciles y de un amor que rebasa las acciones plenamente correspondidas. Una madre que sin aspavientos o pregones lastimeros sabía procurar para sus pequeños hijos la cena todos los días y hacer realidad el dicho de que “la tripa llena pone el corazón contento”. Este otro punto le otorga a la canción una raigambre popular muy fuerte, porque enaltece, casi con pudor, los heroísmos cotidianos de mujeres humildes que luchan a diario para mantener a una familia. Esta madrecita buena, a la que le gustaba tanto la música de pasillos y bambucos, la “vieja que regañaba” y le pedía a su hijo “coger fundamento” es la misma a la que ahora se le exaltan sus virtudes y se enaltece con el más profundo sentimiento. Quizá en este punto la canción toque fibras más hondas en todos los que hemos tenido la fortuna de tener las manos solícitas y cuidadoras de una madre cariñosa. Humilde, sí, pero abundante en amor y tenacidad para la crianza abnegada y responsable.

Desde luego, “El chino de los mandados” es la confesión de una parte de la historia de vida de Walter Silva. Es un relato autobiográfico que se vuelve más significativo porque señala el preludio de un futuro cantante. Y la canción sirve para evocar aquella época infantil, para homenajear a su progenitora y, para referirnos que, en ese entorno, en esas circunstancias desfavorables, también estaba en germen el sueño de aquel niño que corría por la sabana “sin camisa y contra el viento”, de “ser un cantante”. En ese paisaje seco de “necesidades” iba creciendo, poco a poco, el mejor estero para el autor casanareño. Entonces, la canción se cierra volviendo al ayer, pero entendiendo ese pasado de una manera diferente: ya no desde la “carencia”, sino desde el “sentimiento”; no desde el niño mandadero, sino del adulto que convierte esas anécdotas en pábulo para sus versos. Fueron esos “caminos” por los que deambulaba el niño los que “elevaron su pensamiento”.

Sobra decir que el video de la canción y el “actor natural” elegido para representar al “chino de los mandados” (Diego Yanit Gutiérrez, primo del cantautor y fallecido a los 13 años) se amalgaman de manera excepcional. La imagen, la música y la voz hacen que el mensaje llegue más profundo a nuestro corazón. La imaginación se transporta a nuestro terruño de la niñez, a la casita de techo de paja y bahareque, a la alberca con agua fresca, al corral, a las gallinas y los marranos, a ese mundo lleno de sol y de infinidad de pájaros. La voz de Walter Silva nos adentra en ese mundo de nuestros primeros años y sentimos, por unos momentos, que ya no estamos encerrados en un cuarto de ciudad, sino que corremos saltando, libres y felices, por aquellos paisajes verdes y polvorientos de nuestra infancia. De alguna manera, así sea un tanto nostálgica, esta canción hace “retroceder el tiempo”, para ver con otros ojos las heridas de la pobreza y agradecer a aquellas personas que nos cubrieron de amor y lograron mantener indemnes nuestros sueños, justo en el momento en que despuntaban como ideales imposibles.

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